22/02/2024

aurora venturini, obra 4

 

Cuentos secretos

Aurora Venturini

Tusquets Editores (2015)

(en ebook)

Sinopsi:

    Los relatos reunidos en Cuentos secretos abarcan gran parte de la historia literaria y personal de la autora. Entornos familiares enfermos y disfuncionales; personajes feroces y monstruosos; historias de soledad y sufrimiento; sexo y erotismo se condensan en estas ficciones. Con una voz disonante e incisiva, Aurora Venturini incorpora cultismos, anacronismos y jerga popular y se inventa un idioma propio y sin reglas como solo ella supo hacerlo. Sagaces, y con un desbordante sentido del humor, estos relatos secretos están inspirados en la memoria y en las extraordinarias atmósferas que Venturini crea e ilumina para contar tanto lo banal como lo trágico.

Fragment:

    "Vestía con elegancia forzada prendas exhumadas de roídos baúles, botines con alta capellada acordonada, hartos del lustre desesperado para mejorar desgastes, todo ello en vano intento de actualizarlos.

    Con tal atuendo me detuvo a las puertas de la Iglesia, en Florencia, aquella dama pobre mas noblemente distinguida. La voz transida de la preciosa difunta dijo: «Atiéndala, es una tía».

    La Iglesia era y sigue siéndolo ante el mundo Santa Margherita dei Cerchi, vecina a la residencia de los Alighieri, hoy museo. Adentro de Santa Margherita, en su tumba, duerme Beatrice, bajo una losa en la que se lee:

«Sotto questo altare
Folco Portinari
construi la tomba
di familia
L’8 giugno 1291
Vi fu sepulta
Beatrice Portinari».

    Junto a la tía anduvimos hasta el Puente de la Trinidad; ella creyó anoticiarme, pero yo lo había leído en la Divina Comedia que ahí mismo aconteció el flechazo del querubín travieso que uniría para toda la eternidad a la pareja dolorosa, imposible en esta tierra; por secula seculorum en el Paraíso.

    La señora narró situaciones desconocidas de familia; se apellidaba Portinari y tenía un guardapelo de Beatrice en su casita de las afueras adonde me invitó. Yo acepté."

21/02/2024

aurora venturini, obra 3

 

Los rieles

Aurora Venturini

Literatura Random House, 2015 (2013)

páginas: 186

Sinopsi:

    "¡No estoy muerta!", grita Aurora Venturini en Los rieles, su última novela, que escribió a los noventa años luego de sufrir un accidente doméstico y de permanecer varios meses internada en un hospital. Es el relato de una mujer "ya en el límite de todas las edades" que camina anestesiada entre la vida y la muerte, y que con las palabras como armas principales se enfrenta a monsieur Le Diable hasta ganarle la partida.

    En Las primas es la niña pobre y monstruosa salvada por el arte; en Nosotros, los Caserta, la niña brillante y aristocrática que busca el origen de su rareza en la genealogía; en Los rieles, la anciana creadora de aquellas niñas, frente a la muerte. Una novela desmesurada y rabiosa en la que Venturini revive tanto su juventud como la decadencia física de la vejez, pasando por su primer amor frustrado. Autobiografía y supervivencia se entrecruzan como contraseña personal del universo literario de esta.

Fragment:

    "­Las situaciones dolorosas, difíciles, conllevan territorios insondables guardados subconscientemente, que al surgir en estado de vigilia todavía brumosa, desconciertan. ­Vienen a mi memoria los rieles soñados de un ferrocarril.

    ­Tal vez aparecieron durante las horas que ocuparon mis intervenciones quirúrgicas. ­Trato de exhumarlos de mi interior confuso y uno a uno huyen cual peces lábiles de la red. ­Luego, insisto.

­    Entonces extasío cierta calma fría antes percibida, extraordinariamente experimentada en pose de sentada entre dos vías de dos trenes cuyas lamentaciones recorren territorio de pampa muy lisa, viniéndose hacia la orilla del río.

­    Estoy sentada, ya lo escribí. ­Ahora agrego que el húmedo paisaje fluvial inunda los rieles y moja hasta mi espalda. ­El hecho no molesta. ­Permanezco.

­    En eso se acerca el médico cuyo apellido es ­Viscuso, junto a una enfermera.

­    De tal patética manera, me enteré de la existencia del cirujano que me intervenía y vi a su ayudante.

­    En ningún momento sufrí.

­    Es lo que confunde, dado que ese profesional de la medicina dejó huella importante en el abdomen.

    ¿­Cómo es posible tener conciencia exacta de unas personas y pasar inadvertida una operación gastrointestinal profunda? ¿­Acaso podrán colarse en las tramas subconscientes los acontecimientos desde el mismo horario en que ocurren? ­Pero la sensación espantosa del bisturí no entra, borrada como por una piedad caritativa…

­    Yo estaba expuesta a la intemperie de un día invernal, cerca de la estación, y de pronto veía la cúpula del edificio que ficciona un barco. ­Había personas que observaban y sus charlas eran otras hojas desprendidas de árboles amarillos en sus copas; caían alrededor, sumando pena a mi desconsuelo.

    ­En vida consciente, anduve por las zonas agrestes que extasiaron mis sentidos; voces guardadas nombraban mencionándome. ­Puertas de madera muy pesada aparecieron y uno de los que habitaban la gran casa abrió y cerró de inmediato.

­    Las pálidas nubes bajas casi tocaban el desamparo de la criatura sentada en el agua que estancaban los fierros.

    ­Creo, aunque no con seguridad, que algo dolió; un cortante paso que cortaba la epidermis y seguía curso agresivo hacia adentro.

­    Vagué entre humareda proveniente de fogatas encendidas por los lugareños para quemar vegetación seca y ramas podadas. ­En tales figuraciones fui perdiéndome hasta desaparecer de mí misma."

20/02/2024

aurora venturini, obra 2

 


El marido de mi madrastra

Aurora Venturini

(cuentos)

Literatura Random House, 2015 (2012)

páginas: 234

Sinopsi:

    Aurora Venturini construye una colección de relatos sobre una galería de personajes extraños y deformes. Gatos volando en medio de tornados. Niñas que nacen con un bulto negro en el cuello. Una maestra que se enamora de un ventrílocuo de circo. Gitanos, niños-monstruos, viejos y mujeres que les pegan a sus hijas.

    Dueña de un estilo excepcional, lírico y sórdido a la vez, Venturini narra las zonas perversas y macabras del mundo, atrapando a estos raros personajes antes de que desaparezcan. Dividida en dos partes, El marido de mi madrastra y Hadas, brujas y señoritas, los relatos se funden y emparientan en una única manera de entender la literatura y la vida: como una sucesión de sombras, que a veces son fantasmas y otras amenazas, interrumpida por breves parpadeos de una luminosidad que lastima.

Fragment:

    "Carbúncula Tartaruga sale al anochecer apoyada en sus gruesos bastones de madera durísima, acaso sea roble. De otra manera, esos soportes se hubieran doblado y hasta se hubieran quebrado, tal la enormidad seudohumana de la usuaria, porque Carbúncula es inmensa. Carbúncula es torpe en su caminar lentísimo. Tan lento…

    Avanza con tal lentitud que se dijera se desliza como los caracoles y las babosas. Deja tras ella un lampo blanquecino y fofo.

    Viene con su resbaloso modo susurrando algo ininteligible. Asegura que reza. No aclara a quién dirige su oración. Carbúncula nunca aclara nada a nadie; es sombra redonda, robusta, olorosa, inquietante de sí misma. Resulta horrenda, pero se acepta, ella lo hace con aparente goce y satisfacción.

    «Porque yo…», comienza sus chácharas feas.

    Digo feas porque son en contra de alguien. Ella, según ella, es perfecta y no habrá juez que se atreva a juzgarla, «porque yo…»; y ahí se saldan la teoría, la tesis y la conclusión.

    Lleva grabadores en todos los bolsillos de sus chaquetas y en su casa los hay hasta en los árboles del parque.

    «Porque yo sé de vos más que vos misma», repite al oído temeroso de aquellas mujeres a las que ella supone amigas.

    Alguna, remisa, intentó zafarla: «Pero yo le hice escuchar una grabación». Siempre procede de tal suerte.

    Se viste con la ropa de hombre que heredó de su papá, un ser tan raro como ella. Aseguran que Carbúncula mató a su mamá.

    En mis momentos de gran melancolía, pienso que tuvo una buena razón para aniquilar a su vieja: el hecho de traerla al mundo."

19/02/2024

aurora venturini, obra 1

 

Nosotros, los Caserta

Aurora Venturini

Tusquets Editores, 2022 (1992)

páginas: 256

Sinopsi:

    Chela Stradolini revisa un baúl de papeles y fotos, recuerdos de un exilio que dan cuenta de su biografía. Ella, que nunca fue nada de nadie, ni siquiera consigue emocionarse al enfrentarse a la muerte del que fue su gran amor, una historia imposible, como casi todas las relaciones que ha tenido a lo largo de su vida. La revisión de esos objetos la lleva a su infancia de niña rica, superdotada, demasiado flaca, y demasiado morena para el gusto aburguesado de la epoca. La adolescencia en un internado, el descubrimiento de la literatura, las escapadas a Chile, París y Roma. La excentricidad de las familias adineradas en la Europa de entreguerras. Y un viaje a Sicilia, a la finca de los Caserta, en busca de un linaje, y al encuentro de su tía abuela, con quien vivirá por fin un romance apasionado. Todo eso es Chela, y tambien noches de somníferos y tranquilizantes; elixires para apaciguar el dolor. De fondo, los últimos intentos de una oligarquía decadente por mantenerse en pie.

09/02/2024

aurora venturini i 3

 


Aurora Venturini, la escritora que nació a los 85 años

Acaba de publicarse una biografía definitiva de la narradora platense, que ilumina cómo mezclaba la realidad con la ficción. Y cómo jugaba a ser un personaje como los suyos.

por Pablo Schanton
Clarín
20/08/2023

    "Para una escritora que confía en el poder de la imaginación, no resultaría tan paradójico nacer a los 85 años, como el hecho de haber publicado antes de ese nacimiento una treintena o más de libros.

    Todos solventados por ella misma. Esas ediciones juntaban el polvo de no haber valido la pena por ausencia de lectores y valoración crítica. Pero también, juntaron unas glorias: laureles nacionales o municipales que apenas hacen bulto en el CV.

    Aurora Ángela Venturini llega hasta aquí -el año 2007- siendo una octogenaria arrinconada en una intersección de números platenses.

    Un departamento al fondo de un PH, donde las paredes combinan retratos de Eva y Juan Domingo con fotos de perros. La cuestión es que estamos en Buenos Aires a fines del ‘07, donde tres de los literatos del momento -Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls- y otros no sospechan que están a punto de premiar a esta mujer, que ha enviado su novela a un concurso sin conocerlos.

    En efecto, una tal Beatriz Poltrinari (sic) se levanta para purgar tanto anonimato definitivamente, apoltronada en un nombre bien dantesco, para ganarse el Premio Nueva Novela de Página/12 por la nouvelle Las Primas.

    Ahí nace entonces Aurora Venturini, una de las narradoras argentinas que, recién comenzado este siglo, logra convertirse en un ícono de culto, al mismo tiempo que best seller, aquí, allá y en todas partes (se editó hasta en Lituania).

    Sólo disfrutará en vida ocho años de consagración, entre 2007 y 2015. El cenit del reconocimiento lo ignorará, será póstumo. Su nacimiento tardío la empuja a una hiperactividad contra reloj. Por fin, se siente reconocida, así que ahora no habrá quién la pare.

    La editan en España, Italia, Francia... Su agente española soporta varios mensajes de ella por día, vía mail y teléfono de línea, donde le demanda más publicaciones, más seguidas. “Tengo casi 90 años, no sé qué es la paciencia”, se justifica.

    Hasta su muerte, escribe a mano, dicta a una asistente que tipea y lanza 10 libros en menos de una década. Ok, no para. Aun hoy se reproducen sus libros, pero... ¿cómo se sigue escribiendo y publicando cuando uno ha muerto? Sólo tercerizando el proceso, claro.

    O, en término más místicos, declarando a un/a médium como publicista en el más acá.

    Aquí es cuando ingresa quien hará ese papel. Será la escritora y periodista Liliana Viola, que por estos días acaba de editar una insoslayable biografía de Aurora, Esta no soy yo. Cuenta Viola: “(…) sacó de su cartera un sobre que contenía un testamento firmado ante escribana, donde decía que me legaba, como albacea y heredera, su obra literaria, la que ya había escrito y la que pensaba escribir”.

    La escritora que nació a los 85 la siente como esa hija que le hubiese gustado tener de haber sido madre. Lo siente desde el mismísimo momento en que la periodista la llama para informarle que ganó el premio Nueva Novela que ella coordinaba.

    La ganadora le explica algo más: “Te estoy agradecida porque leíste el manuscrito de Las Primas y, pudiendo haberlo tirado, no lo tiraste ni lo traspapelaste (…) tengo que seguir publicando cuando ya no esté acá, y ¿quién lo va a hacer?” Sin ir más lejos, luego de versiones portuguesas, holandesas y rusas, esta semana sale en Alemania la novela Nosotros, los Caserta, tras el éxito de Las Primas.

    Todo por negociación de su albacea, para quien el mandato de la muerta es un tesoro y una carga a la vez.

    El título de la biografía delata un doblez: nada o nadie es lo que parece. Y, para peor, la biografiada tiene fama de mentirosa. “No digo que mi hermana mintiera”, aclara Ofelia Venturini.

    “Vivía en una realidad que construía ella misma muy cuidadosamente para salir de la realidad del resto, que es más dolorosa.” Por eso, a la biógrafa le toca cotejar documentos, consultar a parientes. Ir a un registro civil para escudriñar si existió un cuarto hermanito que suena a fantasía. Ella lo advierte:

    “Si los biógrafos quieren componer mi historia, que lean detenidamente mis novelas, mis cuentos, hasta mis poesías”. Eso significa que su biografía se contagiará de los métodos de la crítica literaria inevitablemente.

    Repasando distintas biografías, encontramos vidas novelescas, donde los mojones biográficos equivalen a actos épicos, así como vidas teatrales: ahí lo que cuenta es crear un personaje y que todo gire a su alrededor como puesta en escena.

    O poéticas, donde lo que importa es la forma de percibir el mundo del protagonista. La que nos legó Venturini es del segundo tipo. “Las Primas soy yo (…) Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas…

    Y yo también”, afirma Venturini, quien podía usar narraciones o entrevistas para crearse una imagen pública a piacere. Nada que hoy día no nos faciliten las redes.

    Ella puede novelar a partir de lo que vive, y en el proceso ganan la mitomanía y la fabulación que apenas se hilvanan a algún recuerdo.

    En su libro, Viola logra completar las telarañas y constelaciones que forman esos hilvanes. Venturini puede declarar que le escribió discursos a Evita o que se codeó con Simone de Beauvoir.

    Todo tan incomprobable como su supuesta amistad con Borges, o que la hormiga atrapada adentro de su anillo de cristal había sobrevivido a la bomba de Hiroshima.

    En las selfies de Venturini (o sea, en su obra), se multiplican los filtros que afean. Su fábrica de monstruos más grande queda cerca, en casa: es la familia. “No éramos comunes por no decir que no éramos normales”, leemos en Las Primas.

    La fatalidad en el Mundo Venturini radica en la impotencia humana para cumplir con alguna “normalidad”. Sus personajes sufren de desmesura: o son “minusválidos” o son “superdotados”. Nadie da el pinet en esa ecología exiliada de toda eugenesia.

    Liliana Viola señala una de las razones de esta mirada deformante: ya recibida de profesora de filosofía, en los años primigenios del peronismo (1946-1956), Aurora ejerce a su modo la psicología infantil en la Dirección General del Menor de la Provincia de Buenos Aires. Su especialidad, la psicometría.

    “Las niñas masturbadoras, los jóvenes con seis dedos, las enanas, los cabezudos, los minigenios de sus novelas primero estuvieron en los formularios de la institución”, cuenta Viola.

    Su fascinación por Messi se mide con la misma vara. Miren, si no: “Lo hicieron crecer con hormonas, lo estiraron. Igual quedó chiquito. Qué le habrán puesto. Porque la pelota se le pega a la punta del pie. Lo deformaron y salió mejor”.

    Este fue un Vidas para leer que puso en crisis el formato: no es fácil contar la vida de una mujer acostumbrada a la mentirita y por demás fabuladora.

    Podríamos haber repetido los datos que ofrece Wikipedia y que su biógrafa no rectifica: que tuvo tres hermanas, dos maridos (el juez Eduardo Varela y el historiador Fermín Chávez) y ningún hijo.

    Ahora bien, fíjense a qué punto esta mujer tuvo una vida de novela que hasta la oracular Wikipedia debió cambiar la fecha de nacimiento (antes de la biografía, se leía “La Plata, 1922”, porque la escritora se restaba un año), y sigue con una fecha de muerte que es más que sospechosa (24 de noviembre de 2015), ya que Venturini le dejó dicho a su sobrino que no avisara de su muerte hasta que ella estuviera cremada.

    Le preguntamos a su heredera literaria-médium cómo logró abrirse camino entre verdades y mentiras. Responde: “Aurora creía en la posteridad tanto como en dios. Por eso se ocupó de escribir testamento y elegir albacea. Quería seguir publicando más allá de su muerte. Yo, que no creo en esas cosas, me encuentro ahora conversando con un fantasma -eso es escribir una biografía-, alegrándome por sus logros, cumpliendo o desoyendo órdenes. Aurora creía en ella, por eso nunca dejó de escribir. Yo también le creo”.

    En Esta no soy yo, la escritora viva aclara que la escritora muerta jamás le pidió explícitamente que contara su vida. Por eso, la biógrafa siente que la traicionó. Así y todo, el título del libro ratifica el refrán “Quien avisa no traiciona”."

08/02/2024

aurora venturini, 2

 


Beatriz Portinari - Un documental sobre Aurora Venturini

Ficha técnica:

Dirección: Agustina Massa, Fernando Krapp

Guion: Agustina Massa, Fernando Krupp

Fotografía: Manuel Abramovich

Año: 2013

Duración: 76 min.

País: Argentina

Intervenciones de: Aurora Venturini, María Laura Fernández Berro, Carlos Alberto Mancuso, Haydée Bambilli, Elba Alcaraz de Porro

Sinopsis

    A Aurora Venturini no le caben definiciones. Su vida es un compendio de varias vidas llenas de historias fascinantes, algunas reales y otras no. Escuchar hablar a Aurora a los 91 años es placentero: a pesar de ese cuerpo frágil con el que carga, su mente es jovial, audaz, irónica, y muy sagaz. No tiene paciencia, no parecen gustarle las cámaras, en realidad nada tecnológico parece agradarle: dice sin ninguna vergüenza que está esperando el día para destruir su computadora. Sus amigos y conocidos hablan de ella con admiración, y ¿cómo no hacerlo? Amiga de Eva Perón, alumna de Jean Paul Sartre, filósofa de La Sorbonne, escritora, autora de más de treinta títulos y ganadora del concurso literario de Página 12 a los ochenta y seis años. La vida de esta impactante mujer no parece real.


07/02/2024

aurora venturini

 



Aurora Venturini. Sin puntos en la lengua

    Mujer de las mil vidas, joven revelación octogenaria, la escritora argentina tardó en obtener el reconocimiento popular, pero su obra ha perdurado.

por Damián Huergo
revista Coolt
08/12/2021

    La primera vez que me encontré con Aurora Venturini, ella aún caminaba y yo tenía una revista en papel. Fue en el año 2008, en la década donde estallaron los blogs en Argentina como salas de ensayo para jóvenes y no tan jóvenes escritores. Con Fernando Krapp, a tono con la época, no tuvimos mejor idea que lanzar una revista en papel. Ese año nos habían echado en simultáneo de una librería en la que trabajamos juntos. Gastamos las dos indemnizaciones laborales en imprentas y bares, emborrachando al diseñador para que nos ayude sin costo. La revista se llamó Diez Pinos, un guiño a Manal y a nuestros orígenes suburbanos. La línea editorial, por llamarla de algún modo, era “literaturizar la vida”. Con esa bajada pretenciosa convocamos a autores exitosos, nóveles y a otros que admirábamos pero contaban con tantos lectores como familiares y enemigos. Para el tercer número pensamos en Aurora Venturini. Solo habíamos leído de ella su novela Las primas. Desde entonces, queríamos saberlo todo sobre su vida y su obra.

    No recuerdo cómo conseguimos su dirección. Supongo que por medio de la escritora María Laura Fernández Berro, que en esos años era su asistente o algo parecido. Aurora vivía en un barrio de casas bajas, en la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires. Con Fernando caminamos los últimos metros hasta su casa, en la Calle 37, disminuyendo la velocidad de nuestros pasos. Era invierno, el aire estaba húmedo y helado, un souvenir que nos acercaba el Río de La Plata para que no olvidemos su cercanía. Frente a la puerta blanca, de chapa, tardamos en desenfundar las manos de los bolsillos de las camperas. No por el frío, sino por la sensación de que tocar el timbre era como apoyar el dedo en una copa de cristal para invocar espíritus.

    Aurora estaba sola en su casa, un lujo que en los años siguientes no podría darse. Abrió la puerta que daba a la calle y, como si no hubiéramos acordado un encuentro, preguntó:

—¿Qué quieren?

    Luego, sin dirigirnos una palabra, la seguimos a velocidad tortuga por los cuatro o cinco metros de pasillo angosto hasta su casa: una cueva color pastel, recargada de adornos, cuadros con marcos dorados y diplomas de certámenes literarios municipales. Aurora se sentó en un sillón individual inmenso. Chiquita, flaca, movía los pies en el aire como si fuese una nena vieja. Nos miró de arriba a abajo, con ojos de pajarraco en extinción. Sin ofrecernos café, mate o un vaso de agua, dijo:

—Escucho.

    Fernando, con una mirada fugaz, me dejó la palabra. Le conté de la revista, de la elección del nombre, de los autores que habían colaborado en números anteriores. También le conté que había una sección donde un escritor narraba su primer día de trabajo, que sabíamos que había trabajado en la Fundación Eva Perón con Evita, que nos gustaría que escriba sobre esa historia. Aurora sin dejar de mirarme a los ojos, como si fuera el único hombre en la sala, no dijo ni sí ni no. Me pidió una dirección postal y dijo que en unos días enviaría el texto. Pasaron dos, tres, cuatro semanas y no tuvimos ninguna novedad. Dimos por descartado que no contaríamos con su texto. En esos días yo no tenía una dirección fija, así que dimos la de Fernando. Cuando ya nos habíamos olvidado del texto, el cartero, como en una película de amor en blanco y negro, golpeó la puerta. Fernando firmó una planilla y a cambio le dejó en las manos un sobre con el remitente “Aurora Venturini”.

    Fernando abrió el sobre de inmediato, con cuidado para no dañar el contenido. Adentro guardaba tres hojas escritas a ambos lados, con una letra redonda y dibujada, de maestra de escuela. Para su sorpresa, el texto no contaba la historia de la Fundación Evita ni nada referido a una experiencia laboral de Aurora o de un personaje ficticio. El texto no tenía puntos ni comas ni otro signo de puntuación. Incluso era difícil descifrar de qué iba, si es que iba a algún lado.

    El texto de Aurora no salió en la revista. No por habernos transformado en editores exquisitos o caprichosos, sino porque el tercer número de la publicación nunca llegó a la imprenta. Como escribió Fabián Casas, “las parejas y las revistas literarias duran casi siempre dos meses”. El sobre está guardado en un cajón. Y su historia abre la película Beatriz Portinari, un documental sobre Aurora Venturini (2013), dirigida en coautoría por Agustina Massa y Fernando Krapp.

    En 2007, el diario Página/12 lanzó el Premio Nueva Novela con la intención de descubrir voces inéditas de la literatura argentina. Además de un importante estímulo económico (30.000 pesos argentinos que, en esa época, se convertían en 6.000 dólares), el ganador o la ganadora iban a tener la bendición de un jurado de lujo, compuesto por Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Juan Forn, Guillermo Saccomanno, Sandra Russo, Juan Sasturain y Juan Ignacio Boido. Por unanimidad, el primer premio se lo dieron al manuscrito de Las primas, firmado con el seudónimo Beatriz Portinari. Cuando el jurado abrió el sobre de plica, para conocer a la enigmática autora, tuvo la misma sensación que tuvimos con Fernando al abrir la carta de Venturini: no encontraron lo que esperaban. La joven narradora, la nueva voz, la autora inédita que iban a lanzar desde el diario al cosmos literario, tenía 85 años.

    A los integrantes del jurado, ya les había llamado la atención que el manuscrito estuviese escrito a máquina, con tachaduras y correcciones manuales. Pero, sobre todo, los había cautivado la narración sobre una familia de anormales en los años cuarenta y, en particular, la brutalidad de la voz de Yuna, hermana literaria del Benjy de Faulkner de El ruido y la furia y de Pecola, la protagonista de Ojos azules de Toni Morrison.

    Mariana Enríquez trabajó como prejurado en la elección de manuscritos del Premio Nueva Novela. En el prólogo a la última reedición de Las primas, cuenta: “El encuentro con la narradora de Las primas fue impactante. La sintaxis radical que evitaba la puntuación porque la ‘cansaba’, la brutalidad en la exposición de las miserias de los personajes, la inusitada falta de piedad para describir a una familia”. Y, en otro apartado, agrega “Aurora Venturini estaba fascinada por el humor negro, la crueldad, la monstruosidad: ella se consideraba anómala y creía en una literatura deforme, lúdica también, porque Las primas es una novela de reirse en voz alta ante las provocaciones y las decisiones insólitas. Cuerpos al límite, escritura como borbotones de sangre.”

    Aurora Venturini no era una autora inédita, como buscaba descubrir el Premio Nueva Novela. Ella se jactaba de escribir desde los 4 años y sumaba —entre poemarios, novelas, cuentos y traducciones— más de 40 libros editados. Todos por editoriales chicas o en ediciones caseras donde la propia autora costeaba la tirada. En la primera visita, Aurora nos dio un libro de poemas titulado Al pez y una edición artesanal de una traducción suya de Lautréamont. Los había separado en dos packs sobre la mesa baja del living. Apenas entramos nos los dio y, de pie, se aseguró que los guardemos en las mochilas.

    Luego de dos horas de charla, nos acompañó hasta la puerta de la Calle 37. Cuando pisamos la vereda, desde la oscuridad del pasillo, con voz cavernosa nos dijo:

    —Se llevan los libros, ¿no? Tengan cuidado que muerden.

    Son muy pocas las entrevistas donde Aurora no contaba que fue amiga y colaboradora de Evita (“se le hinchaban los pies de tanto trabajar”); que frecuentó a Borges cuando vivió en Buenos Aires; que era amiga de Violette Leduc y del tándem Beauvoir-Sartre, en su exilio francés —que empieza en 1955 por ser peronista durante la Revolución Libertadora y se extendió hasta 1975—; que fue unas de las pocas mujeres en estudiar filosofía en la Universidad Nacional de La Plata en la primera mitad del siglo XX; que fue cortejada por un jovencísimo Ernesto Sábato (le dedicó el libro Uno y el universo); que tradujo obras de Villón y Rimbaud; que como maestra se “hacía respetar” y que fue unas de las primeras en aplicar los test Rorschach en Argentina.

    En cambio, poco y nada le gustaba hablar de sus dos maridos; el primero un juez conservador de nombre Eduardo; el segundo, Fermín Chávez, un historiador reconocido tanto por su obra académica como por sus libros de divulgación. De ambos quedó viuda.

    En las entrevistas, tampoco hablaba de su familia o sus orígenes. Eso, en todo caso, lo dejó para sus libros. “Yo no soy muy familiera, nunca fui, pero siempre acabo escribiendo sobre mi familia, o sobre familias”, decía. “Mis seres son todos monstruosos. Mi familia era muy monstruosa. Es lo que conozco. Y yo no soy muy común. Soy una entidad rara que solo quiere escribir.”

    Aurora Venturini murió en el 2015, a los 92 años. Desde que ganó el Premio Nueva Novela había alcanzado los lectores y la repercusión que siempre había añorado y consideraba se merecía. Sin embargo, con un gesto de altivez, se burlaba de su tardío descubrimiento. En una entrevista que le realiza Leila Guerriero, dice: “Yo ya había publicado antes cuarenta libros, pero esto fue una explosión. Ahora acá dicen que soy buena porque lo dicen en Europa. Son repugnantes, mirá. Vivimos en un charco inmundo”.

    Sus libros estallaron en Argentina y en Europa, donde fueron traducidos al italiano, al francés y se rumorea que pronto al inglés. En España, Aurora Venturini, en vida, publicó el libro de cuentos Nosotros, los Caserta y la novela Las primas que obtuvo en el 2009 el premio Otras Voces, Otros Ámbitos que otorga El Corte Inglés. Entre otros elogios de la crítica, recibió piropos de Enrique Vila-Matas, que dijo que quizás detrás de la firma de Venturini “pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de loca faulkneriana”.

    En estos días, parte significativa de su obra vuelve a las librerías españolas por Tusquets. La reedición de varios de sus títulos, cuenta con una serie de tapas maravillosas de Sebastián Freire. En las imágenes se puede ver a niñas y jóvenes desesperadas, escapando de casas laberínticas, y a viejas sonrientes, con muecas pícaras liberadas de sus cuartos propios.

    Los últimos años Venturini los pasó en silla de ruedas, bajo el cuidado de una enfermera o empleada doméstica que trató con indiferencia. En su novela autobiográfica Los rieles, narra el accidente doméstico que le quebró varios huesos y derivó en una internación de varios meses donde, prácticamente, tuvo que aprender a caminar de nuevo. Publicada en el 2011, es una novela sobre la vejez maldita y la decadencia, una puerta entreabierta que parece enunciar una despedida que también fue un principio: el del mito Venturini.

    En una entrevista que dio al diario Página/12, como si estuviera dictando su largo epitafio, narró:

    “Se va lo que se pudre, por eso ya hice el trámite: me anoté en el crematorio, con cajón y todo. No quiero que me muerdan los gusanos, que ya en vida me han mordido bastante. El señor que me atendió me preguntó: ‘¿Trae el cuerpo para cremar?’ ‘Sí, el mío, pero vas a tener que esperar’. Llené la planilla, entonces escribí mi necrológica, lo único que no puse es la fecha porque no sé cuándo me voy a morir. Pero escribí: ‘Sus restos fueron cremados y sus cenizas, esparcidas en el bosque de La Plata, ciudad a la que amó tanto’. Tal cual. El muchacho me miraba. ‘Nunca me pasó algo igual’, me dijo. ‘Ah, yo soy muy original’, le dije. Después me compré el cajón, pero le dije que quería algo baratito, total va al horno. Yo soy diferente.”

    Aurora Venturini, la joven revelación octogenaria, la escritora de otro siglo que agitó banderas que hoy dominan las calles. La mujer de las mil versiones, de las mil vidas. Y también, como la conocimos una tarde invernal, la viejita de la Calle 37 que escribía sin pelos ni puntos en la lengua."