12/01/2025

elisa victoria, 1

 


Elisa Victoria: 
«Traigo el dictado de la palpitación de mis tripas»

    Su última novela, «Vozdevieja», ha sido una de las sorpresas más gratas de la temporada literaria que ahora termina.

por Inés Martín Rodrigo
ABC Cultural
09/07/2019

"¿Cuáles son sus intereses como escritora?

    Me interesa plasmar la inquietud de la existencia humana en todas sus vertientes, el equilibrio que puede alcanzar la vida cotidiana entre profundidad metafísica y comedia ligera, y por otro lado experimentar con los formatos, tanto desde mi capacidad para adaptarme a las estructuras establecidas como hacia la exploración de los confines del medio literario.

¿Y como lectora?

    Adoro el cómic independiente, el texto filosófico, el realismo sucio, la literatura rusa del siglo XIX, la infantil, el costumbrismo, el folclore y el género de terror.

¿Sobre qué temas suele escribir?

    Sobre desconcierto existencial y costumbrismo, a menudo mezclando enfoques melancólicos y humorísticos. También me interesan mucho el terror y la fantasía.

¿Dónde ha publicado hasta ahora?

    Mis dos primeros libros fueron publicados por Esto no es Berlín Ediciones, el tercero ha sido editado por Blackie Books y saqué un fanzine con Efecto 2000, un proyecto coordinado por María Yuste.

¿Con cuáles de sus criaturas se queda?

    El esfuerzo que le he dedicado a «Vozdevieja» (Blackie Books), mi trabajo más largo y afanoso, me hace sentir bastante orgullosa porque no sabía si sería capaz de llevar a cabo un proyecto de semejantes dimensiones, ha supuesto un reto sin comparación y me satisface ver que el resultado gusta a tanta gente.

Supo que se dedicaría a esto desde el momento en qué...

    Empecé a escribir en la pubertad de una manera muy compulsiva y natural, sin ninguna pretensión más que la de mi propia complacencia, y nunca paré, así que ha sido una constante en mi vida, pero supe que me dedicaría a la literatura de manera oficial cuando me dijeron que me iban a publicar el primer libro.

¿Cómo se mueve en redes sociales?

    Depende del día, unos las redes me parecen divertidas y provechosas y otros un auténtico tostón.

¿Qué perfiles tiene?

    El de Facebook que es personal y no sé si cuenta, y el de Instagram. También está mi página web.

¿Cuenta con un blog personal?

    No, aunque mi primer libro, «Porn & Pains», empezó en forma de blog.

¿Qué otras actividades relacionadas con la escritura practica?

    He empezado a impartir talleres literarios, he colaborado con la compañía Rosa Cerdo en la elaboración de Hovering, una pieza teatral que incluye danza contemporánea y he escrito unos textitos para algunas contraportadas de la fabulosa editorial de cómics Apa Apa.

¿Forma parte de algún colectivo?

    De un grupo de coleccionistas de la muñeca Chabel.

¿En qué está trabajando ahora?

    Estoy dando forma a una nueva novela y componiendo varios artículos periodísticos.

¿Cuáles son sus referentes?

    Se me ocurren John Fante, Fernando Pessoa, Phoebe Gloeckner, Iván Turguéniev, Charles Burns, Clarice Lispector, Percival Everett, Tomi Ungerer, Juan Ramón Jiménez, Ludwig Wittgenstein o Parménides de Elea.

¿Y a qué otros colegas de generación destacaría?

    A Jorge de Cascante, Sabina Urraca, Miguel Noguera o María Yuste. Y en cuanto a cómic e ilustración hay gente haciendo cosas increíbles como María Ramos, Ana Galvañ, Sergi Puyol, Borja González, Beatriz Lobo…

¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

    No pretendo aportar nada nuevo ni sé si está en mi mano hacerlo, lo único que puedo traer es el dictado de la palpitación de mis tripas, mi propia sensibilidad.

¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

    Redactar entradas en una plataforma de marketing de contenidos low cost a un precio miserable o corregir textos traducidos sobre las características de distintos aeropuertos del mundo. De todas formas, ninguna de esas cosas es muy rara, es más curioso que haya trabajado en cadenas de comida rápida, como dependienta en varias tiendas de ropa o en producciones audiovisuales, casi siempre en el departamento de arte."

11/01/2025

nobles y rebeldes, fragment i 4

 

    "Tanto Esmond como yo habríamos rechazado de plano la idea de que cualquier rasgo en nuestra conducta fuera ni remotamente atribuible al linaje o la educación pues, como la mayoría de gente, nos considerábamos artífices de nuestras propias vidas, seres libres en todos los aspectos, productos de nuestros propios actos y decisiones. Y sin embargo, el comportamiento del que hicimos gala durante gran parte de nuestra vida juntos, esa querencia tan acusada de Esmond por las fechorías que tanto me atraía y que suscitaba una respuesta tan entusiasta en mí, su alegre intransigencia y hasta la suprema confianza en sí mismo que tenía, la sensación de que podía salir ileso de cualquier fuego, eran rasgos cuyo rastro se remontaba claramente hasta unos antepasados y una educación inglesa de clase alta.

    Las cualidades como la paciencia, la modestia, la resignación y la autodisciplina que el obrero aporta a su lucha por una vida mejor, el respeto instintivo por la dignidad fundamental de todo ser humano —incluso del enemigo— de que dan muestras tantas veces los negros o los judíos en su lucha por la igualdad, eran algo que en nuestro caso brillaba por su ausencia o solo estaba presente en una forma embrionaria.

    El amor intenso y perfectamente genuino que Esmond sentía hacia sus congéneres no acababa de ser el de san Francisco de Asís, ni su odio hacia la guerra el de un Gandhi. Su socialismo estaba libre de loables sentimientos cristianos pues, al igual que a Gorgo, odiar se le daba de maravilla, aunque a diferencia de ella su veneno iba dirigido a los enemigos de la humanidad, la paz y la libertad.

    El entorno en que se había desarrollado nuestra infancia, recorrido como estaba por una importante veta de locura y, en el caso de Esmond, de brutalidad, no estaba pensado para empujarnos hacia las más altas cumbres de la humanidad y la cultura. No era de extrañar que gran parte de nuestra rebelión contra ese pasado adoptara a veces un cariz netamente personal. «¡Camaradas, os traigo un mensaje de ultratumba! —oímos exclamar con fortísimo acento cockney a un orador en cierta ocasión, un domingo en Hyde Park—. ¡De la tumba de Lenin, Marx y Nietzsche! ¿Veis todas esas cosas detrás de los elegantes escaparates de Selfridge’s? ¡Pues romped los escaparates! ¡Llevaos las cosas!». Nunca averiguamos qué andaba haciendo Nietzsche en tan curiosa compañía, y aunque nos entró la risa al oír aquel discurso tan raro, sentimos cierta solidaridad con el punto de vista que expresaba. «¡Llévate ese coche!», «¡Afana esos puros!», quizá parafraseamos alguna vez cuando se presentó la oportunidad.

    En otras generaciones, esa clase de herencia produjo sin duda su cupo de caballeros aficionados a las carreras de caballos o de coches, de caballeros jugadores que jugaban con amor o dinero y, que a menudo se las apañaban para acabar muriendo sin caballos, sin coches, sin un céntimo y sin amor. Dichos afanes no tenían el menor interés para nuestra generación. Lo que nos atraía, como a tantos de nuestros contemporáneos, era el dramatismo verídico de la política, el sueño de organizar un mundo de abundancia y una buena vida para todos. Bajo el abanico de estandartes que prometían mostrar el camino hacia esa nueva vida se apiñaba gente muy variopinta, con toda clase de orígenes.

    Mientras que casi todos ellos, y creo que eso puede decirse francamente, se habían unido a la lucha por los más loables motivos y habrían llegado a increíbles extremos de sacrificio personal por la causa de su elección, había quienes, como nosotros, tenían una serie de viejas cuentas que saldar por el camino. Un exceso de seguridad durante la infancia sumado a un exceso de disciplina impuesta desde arriba a la fuerza o con la amenaza de la fuerza, nos habían hecho desarrollar una malicia tremenda, una especie de prolongación de ese gusto por las travesuras de la niñez. No solo nos incitábamos mutuamente a atormentar más y más a la clase que habíamos abandonado y a cometer atrocidades contra ella, sino que nos encantaba comparar nuestro ingenio con el del mundo engeneral; de hecho, era nuestra forma de vida. Años después, Philip Toynbee me recordaría cuando robamos un montón de sombreros de copa del guardarropa de la capilla de Eton, todos los que nos cupieron en el coche, y también cuando birlamos las cortinas de la casa de campo de un tipo rico donde nos alojábamos para decorar las ventanas de Rotherhithe Street.

—¿No te acuerdas? —insistía Philip.

    Cuando le confesé que solo recordaba muy por encima aquellos incidentes, contestó con tono tristón: 

—A mí todo aquello me produjo una enorme impresión, pero supongo que para ti y para Esmond solo era la rutina de cada día.

    Y sin embargo, al final de su corta vida, Esmond había dejado atrás casi por completo la violencia y la rebelión automática contra la autoridad de cuando era adolescente para reemplazarlas por una serísima dedicación a la causa que para él constituía la mayor importancia, la causa que debía lograrse costara lo que costase para que la vida valiera la pena: la derrota del fascismo. «Tus días de bucanero ya han pasado a la historia, Esmond —solía decirle en broma Virginia Durr—. ¡Madre mía! ¡Pero qué distinguido y respetable estás con el uniforme!».

    Dar por concluidos nuestros asuntos en Miami fue bastante simple, pues gracias a una de esas coincidencias que tan a menudo parecían regir nuestras vidas la licencia de seis meses para el bar vencía justo entonces y habíamos ahorrado casi lo suficiente para devolver el préstamo de mil dólares. No nos fue tan fácil encarar la perspectiva de tener que aprender a vivir separados el tiempo que fuera; por unos meses, al menos, quizá hasta un año, según el tiempo que durase el curso de formación en la fuerza aérea. El abismo indescriptible de semejante separación se cernía amenazadoramente sobre ambos, y cada uno trataba sin éxito de tranquilizar al otro diciéndole que en realidad no duraría mucho tiempo, que no tardaríamos en estar otra vez juntos en Inglaterra.

    En el largo trayecto en coche de Miami a Washington, ciudad esta última que sería el punto de partida para Esmond, hablamos sobre el futuro. Decidimos tener un hijo de inmediato, un amigo y un compañero para mí durante los años venideros. Para cuando acabara la guerra tendría la edad perfecta —¿tres, cuatro, cinco años?— para apreciar el nuevo orden social de posguerra que, sin duda, habría de llegar.

    Entretanto, yo buscaría empleo en Washington y quizá me matricularía en algún curso —¿periodismo?, ¿taquigrafía?— que me resultara útil tanto durante la guerra como después. Planes, planes y más planes; Esmond era un maestro de la planificación, y se las apañaba para infundir tanta vida en aquellas conversaciones, para hacer que todo sonara tan divertido y constructivo, que se hacía imposible contemplar con desánimo los meses que se avecinaban.

    Esmond me instó a considerar la posibilidad de vivir con los Durr, señalando que el ambiente bullicioso de una gran familia y la energía inagotable de Virginia reducirían enormemente el riesgo de que me sintiera sola. Quedé encantada con la idea. Los Durr no eran solo el centro de lo más fascinante de la vida de Washington, sino que irradiaban simpatía y afecto, dos cualidades que en aquel momento me parecían importantísimas. Vivir en el seno de una familia así era sin duda el plan perfecto, algo completamente nuevo que esperar con ganas, una aventura en sí.

    Pasamos por su casa en cuanto llegamos a Washington para comprobar si eran verdaderamente tan maravillosos como los recordábamos. Esmond señaló que, pese a la forma un poco despreocupada con la que había tratado a «la hermanita» la noche en que cenamos allí, Virginia tendría sin duda considerable experiencia a la hora de cuidar de un bebé, experiencia que nos resultaría valiosísima cuando naciera el nuestro. Virginia me ha contado muchas veces que en aquel momento tuvo la sensación de que Esmond la había elegido para aquella tarea. Recuerda la mirada apreciativa con la que él había recorrido la casa, y que nunca le había parecido que el azar tuviera nada que ver en el hecho de que, cuando un tiempo después me invitó a pasar el fin de semana con ella, yo me quedara dos años y medio, sumando un miembro más a su ya abarrotado hogar durante ese tiempo.

    En Washington habría un sinfín de detalles de los que ocuparse: indagaciones en la legación canadiense sobre cómo ofrecerse voluntario, mapas de la ruta hasta Canadá que estudiar, la puesta a punto del coche para el viaje. Esmond, muy solícito, temiendo que yo sufriera innecesariamente si me quedaba sin hacer nada cuando él se fuera, dispuso que acompañara a Virginia Durr en un viaje en coche a la Convención Demócrata en Chicago, que tendría lugar al poco de su marcha. El bebé, que ya se hacía notar y me causaba cierta incomodidad, se ganó rápidamente el apodo de la Burri, por el burro del partido demócrata.

    Por fin estuvo todo a punto; ya no había razón para más demoras. Con el peculiar equipaje de Esmond cargado en el coche y un fuego de última hora en el motor sofocado con el contenido de la coctelera, nos dijimos «adiós» y «te veo pronto» («¡no si yo te veo antes!»), y Esmond se alejó despacio por el sendero de casa de los Durr. Vi cómo el coche doblaba la esquina con la vaga sensación de que un pedazo de mi vida acababa ahí, de que había quedado atrás para siempre."

Nobles y rebeldes
Jessica Mitford
Libros del Asteroide, 2014
pág.: 299-304

cuines literàries

 

La base del Imperio británico no fue el oro, sino la comida

Por Francis Guilès
World Economic Forum
07/11/2017

La necesidad de alimentar a la población fue el gran motor de la construcción y expansión del Imperio británico. ¿Cuál fue la historia de su creación y cómo su presencia en todos los continentes transformó los gustos de sus habitantes?


    "A través de 20 comidas, The Hungry Empire, una fascinante aportación a la historia del Imperio británico, nos narra cómo los británicos crearon una red mundial de comercio de alimentos que transportó a personas y plantas de un continente a otro y transformó los paisajes y los gustos culinarios como no ha hecho ningún otro imperio antes ni después. Permitió a Gran Bretaña controlar los recursos comestibles del planeta, desde el bacalao y la carne en salazón hasta las especias, el té y el azúcar. Al llegar al siglo XX, el pan que comía el trabajador corriente se hacía con trigo cultivado en Canadá y la pierna de cordero de los domingos procedía de animales criados en las praderas de Nueva Zelanda.

    Al contrario de lo que piensan muchos, el Imperio no se construyó para obtener oro, plata ni piedras preciosas, sino comida. El impulso comercial de los primeros tiempos de la era Tudor y la necesidad de alimentar a la población empujaron a Gran Bretaña a emprender grandes exploraciones y a expandirse para descubrir alimentos cada vez más exóticos. The Hungry Empire se complementa muy bien con A Thirst for Empire. La afición al té generó nuevas normas laborales y una red económica mundial que transformó la cultura del té en China, estimuló las plantaciones en África y el sur de Asia y llevó las hojas de té hasta las mesas y las tiendas de Gran Bretaña.

    Lizzie Collingham destaca que la historia de las exploraciones marinas suele centrarse en la búsqueda de las especias, pero que “los pescadores de bacalao de los condados occidentales fueron los primeros ingleses que aprendieron sobre las corrientes y los vientos del Atlántico, unos conocimientos que después ayudaron a los exploradores que salían en busca de una ruta marina hacia las islas de las especias”. La necesidad de buscar nuevos lugares en los que pescar bacalao les llevó a la costa este de Norteamérica, desde donde lo transportaban a Inglaterra, para la recién nacida Royal Navy, y más al sur, a las Islas Canarias, las Azores y España, donde se cambiaba por vino. Estos intercambios convirtieron a Bristol en el centro de una nueva ruta comercial.

    Ante la perspectiva de que Amberes no lograra recuperarse de la crisis económica sufrida en la década de 1550, los mercaderes ingleses, que hasta entonces habían dependido de sus contactos europeos para tener acceso a mercancías lejanas, empezaron a buscar rutas directas con los mercados más remotos. Utilizaron la plata española obtenida de la venta de bacalao en salazón para financiar rutas comerciales al Levante, Moscovia y la India Oriental. Entre 1570 y 1689, Inglaterra multiplicó por siete el volumen de su comercio marítimo y se convirtió en una gran potencia marina europea. “Como alimento fácil de transportar y como moneda de cambio, el ‘pobre juan’ (como se denominaba al bacalao) fue uno de los cimientos del Imperio británico”. El bacalao seco y salado era una alternativa barata a la carne. Si se cocinaba mal, era imposible de masticar, pero viajaba bien y duraba mucho tiempo. Para alimentar a la armada de Enrique VIII hacían falta 200.000 bacalaos desecados al año. Al comenzar el siglo XVII, partían ya 100 barcos anuales de los condados occidentales a Terranova, cuyas aguas estaban rebosantes de peces.

    Las vastas redes comerciales del primer imperio inglés, del siglo XVI al XVIII, dieron pie al desarrollo de una nueva clase: financieros, empresarios y mercaderes. Su riqueza, procedente del comercio en lugar de la tierra, les dio el poder político y económico suficiente para desafiar a la aristocracia terrateniente y preparó el terreno para la Revolución Industrial y el Imperio británico de los siglos XIX y XX.

El imperio británico hacia 1914

    Cada capítulo de The Hungry Empire comienza con una comida. Desde la de una familia rural en la Inglaterra del siglo XVIII, en la que los cercamientos han engendrado una masa de pobres sin tierras pero en la que hasta las pequeñas tiendas de pueblo almacenan azúcar, cacao y tejidos indios, a la de esclavos africanos que se alimentan de acederas y berros en una plantación de arroz de Carolina del Norte.

    En torno a una selección de comidas notables de diversos continentes y variados siglos, compartimos una iguana al curry con los mineros de diamantes en Guyana, brindamos con ponche de ron junto a los revolucionarios de Norteamérica y compartimos el bacalao en salazón de la última comida de los marineros del Mary Rose (la nave almirante de Enrique VIII). Cada capítulo es un auténtico thriller que mezcla la historia económica y la historia política con los relatos personales y una aguda descripción de los escenarios. Ilustra maravillosamente el ascenso del azúcar, la perspectiva distinta sobre la construcción del Imperio y su papel decisivo en la configuración de la dieta moderna. Cada cosa que comemos hoy contiene una pizca de Imperio.

    En el siglo XVII, prácticamente todos los pagos que se hacían en el comercio en el Atlántico tenían que ver, al final, con el azúcar. Los dueños de las plantaciones de azúcar en las Indias Occidentales acumularon grandes riquezas, que gastaban en la importación de bienes de lujo. Los campesinos del oeste de Irlanda, a los que los ingleses habían considerado siempre unos pastores primitivos, prosperaron gracias a la exportación de carne en salazón y mantequilla a las plantaciones. En Inglaterra, productos antes escasos y caros como el cacao, el azúcar y el té se abarataron y pasaron a formar parte esencial de la dieta del pobre, a menudo con consecuencias desastrosas.

    Los pobres urbanos del siglo XIX comían pan de trigo cultivado en América y bebían enormes cantidades de té en vez de la tradicional cerveza, rica en calorías. Mientras tanto, las innovaciones en conservación hicieron que alimentos más exóticos como el salmón y la piña fueran habituales. Las sopas de Crosse & Blackwell y las galletas de Huntley & Palmers, con sus propiedades vitalicias, ayudaban a los oficiales en las regiones más inaccesibles. Los platos tradicionales dejaban paso a los importados, a menudo menos nutritivos.

    El libro incluye un vívido relato de cómo la Compañía Británica de las Indias Orientales convertía el opio en té, que sustituyó a los productos textiles como la mercancía más valiosa de la compañía. Las importaciones de té en Inglaterra se multiplicaron por 100 entre 1700 y 1774. De nuevo, este capítulo está lleno de detalles fascinantes y conexiones sorprendentes. Desde la última parte del siglo XVIII hasta el final de la presencia británica en India, en 1947, la venta de opio fue la tercera fuente de ingresos para el Gobierno indio, por detrás de los impuestos sobre las tierras y sobre la sal. La historia del desvío de grandes riquezas de India por parte de la compañía y sus agentes a través del comercio con China se ha contado ya en otros sitios, pero en ningún lugar tan bien como en este libro.

    A medida que nos acercamos a las páginas finales de este extraordinario relato, ver cómo se dio prioridad a los ciudadanos británicos mientras morían millones de bengalíes añade una nota sombría. Las reglas comerciales del Imperio “siempre habían estado manipuladas a favor de Gran Bretaña, y la guerra (la Segunda Guerra Mundial) intensificó la explotación del colonialismo y, al mismo tiempo, dejó al descubierto la vaciedad de su retórica”. La idea de que estaban rescatando territorios enteros de la negligencia de sus dueños originales siguió siendo un elemento importante de la ideología idealista británica hasta el final.

    Gran Bretaña había aprendido la lección de Estados Unidos y empezó a permitir que los territorios habitados por colonos blancos tuvieran cierto grado de autogobierno y, al final, se convirtieran en naciones industrializadas por derecho propio. Pero en los países poblados por no blancos se pusieron trabas al desarrollo de la fabricación y la industria. La función de las posesiones tropicales era proporcionar materias primas a la metrópolis y, a cambio, absorber los productos fabricados en ella. La consecuencia de esta política a largo plazo fue el retraso en el desarrollo de estos países. Tras la independencia, se encontraron atrapados en ese papel de productores de materias primas, a menudo con unas economías precarias y basadas en uno o dos productos a merced de las fluctuaciones de precios en el mercado mundial.

    El sector del té fue uno de los primeros y más firmes usuarios de los recursos imperiales para financiar campañas propagandísticas y de presiones políticas a escala mundial, un modelo comercial que persiste todavía hoy y que es crucial para comprender cómo influyen la política y la propaganda en la economía internacional. Con una serie de recursos que combinan el consumo con la virtud, su tema central, Erika Rappaport cuenta con gran detalle la historia del té, desde sus principios como oscura “bebida china” hasta convertirse en una bebida universal investida de propiedades civilizadoras. Además de estudiar su viaje de Oriente a Occidente, que se ha relatado muchas veces, la autora se centra en su utilización con determinados fines.

    A principios del siglo XVIII, el movimiento antialcohólico empezó a propagar el consumo de té porque era un placer que no emborrachaba, y los empresarios recurrieron a ese argumento moral para defender que se comerciara libremente con él y, por consiguiente, hubiera un mercado mayor y más abierto para sus productos textiles. Los dueños de las fábricas estuvieron encantados de defender la causa y contar con una fuerza laboral compuesta por trabajadores sobrios, mientras que el té de los misioneros cristianos sirvió para “suavizar el encuentro colonial”. Durante la Segunda Guerra Mundial, servir el té se convirtió en una actividad social y patriótica que elevaba el ánimo de los soldados y tranquilizaba a los refugiados.

    La publicidad de esta bebida siempre presentaba los beneficios directos para los consumidores (salud, energía, relajación), y, al mismo tiempo, se aseguraba a quienes lo bebían que estaban participando en un proyecto más amplio y más noble en defensa de la familia, la nación y la civilización. Gracias a siglos de márketing brillante, el té tiene una imagen universal de que contribuye a crear amistades, que es algo que todos los seres humanos buscan. La autora explica el milagro de los mercados pero también las partes más oscuras del capitalismo: las complejas repercusiones del colonialismo británico. Estos dos libros ofrecen una aproximación magistral a los mecanismos del mundo moderno."

10/01/2025

nobles y rebeldes, fragment 3

 

Diecisiete

    "Más que un sueño hecho realidad, la vida en Bilbao me parecía directamente salida de un sueño. Era tan extraordinario estar allí, junto a Esmond, viviendo en España; y pensar que a unos cientos de kilómetros de allí, al otro lado del mar, estaba Rutland Gate, inalterada, y que la plácida vida de la familia seguía fluyendo, pautada únicamente por el desayuno, el almuerzo, el té, las noticias de la BBC de las seis de la tarde, la cena, la hora de irse a la cama, todo en su progresión habitual… Imaginaba a mis tías de visita a la hora del té, preguntándole a mi madre como si tal cosa: «¿Dónde está Decca?». «En Dieppe, con las gemelas Paget —respondería Mamu con serenidad—. A juzgar por sus cartas, está pasándolo en grande».

    La realidad seguía centrada en casa y no tenía mucho que ver con el traqueteo de los trenes franceses de tercera clase, el atestado hotel de Bayona ni el bamboleo del barco donde habíamos pasado los últimos tres días; ni, ahora, con la sombría y austera ciudad de Bilbao. Era como vivir en un espejismo prolongado.

    Me sentía desconcertada, como un convaleciente que apenas ha despertado de la anestesia tras una operación de cirugía mayor con la que, a golpes de bisturí, le han amputado las antiguas ataduras, las costumbres y los hábitos.

    Esmond, en cambio, se adaptó enseguida a la vida y el trabajo en Bilbao. Yo le iba a la zaga en su enérgico recorrido de oficinas estatales, oficinas de prensa y centros de información, acordando citas para entrevistas y artículos. Intentaba ver con claridad aquella ciudad portuaria gris y borrosa, comprender el heroísmo de aquellas gentes pálidas y decididas que seguían con tesón con sus quehaceres diarios con la sombra de la certeza de que no tardarían en atacarles.

    Aquel febrero el frente permanecía en calma. Los ejércitos enfrentados en la guerra española seguían luchando encarnizadamente en la batalla por Madrid. Había pocos periodistas extranjeros en Bilbao, y el gobierno los trataba espléndidamente. Para nuestra sorpresa, descubrimos que la oficina de prensa extranjera nos proporcionaría alojamiento y comida gratis en uno de los mayores hoteles.

    Aunque los combates tenían lugar lejos, la ciudad estaba al borde de la hambruna. Era imposible conseguir carne, leche, huevos o mantequilla; imposible distinguir entre el desayuno, la comida y la cena, pues todo consistía en arroz y garbanzos. En las cafeterías podías tomar chocolate a la taza acompañado de rebanadas de pan grisáceo. Niños hambrientos se agolpaban alrededor de los clientes, pidiendo una cucharada de chocolate o un mendrugo de pan.

    Después de pasar unos días en Bilbao, unos miembros de la oficina de prensa nos llevaron al frente. Fue un largo día de viaje en un vehículo del ejército por kilómetros y kilómetros de accidentados caminos de montaña. Nuestros acompañantes de la oficina de prensa vasca nos fueron señalando los diversos campamentos.

—Eso de ahí, a la derecha, es un batallón comunista… Un poco más allá verán una compañía de anarquistas… A la izquierda hay un batallón del católico Partido Nacionalista Vasco…

    Por lo visto, en aquel rincón de España el ejército se organizaba según las creencias políticas.

    El frente se encontraba en lo alto de una colina que daba a un profundo barranco. Más allá, a algo menos de un kilómetro de distancia, distinguimos a unos soldados enemigos y una pieza de artillería.

—Son italianos —nos informó el hombre de la oficina de prensa, antes de soltar un escupitajo.

    En nuestro bando había una serie de ametralladoras y algunos cañones espaciados, bastante lejos unos de otros.

    A nuestro acompañante se le ocurrió que quizá me gustaría disparar con un fusil. Me enseñó a apuntar a través de la mira a las diminutas figuras que había al otro lado del barranco. Apreté el gatillo y se oyó una fuerte detonación, y el retroceso me hizo caer hacia atrás. La bala había alcanzado un árbol cercano. Mi «fuego» tuvo una respuesta desganada por parte del enemigo.

    Se acentuó la peculiar sensación de irrealidad.

    A la vuelta hicimos una breve parada en un pueblo situado en tierra de nadie, una franja de varios kilómetros entre ambos frentes ºen otro sector.

    La basura se acumulaba en las calles y el pueblo parecía prácticamente desierto. Unas ancianas con largos vestidos negros hurgaban en la basura. Nos contaron que se habían negado a que las evacuaran junto a los demás refugiados y que habían preferido quedarse en sus casas, viviendo de las hortalizas y las aves de corral que pudiesen criar.

    Nuestros días en Bilbao empezaron a seguir cierta rutina. Por las mañanas nos acercábamos a la oficina de prensa por si había noticias o entrevistábamos a funcionarios del gobierno en busca de artículos de fondo. Por las tardes pasábamos a máquina los artículos para transmitirlos al News Chronicle. En aquel momento no pasaba gran cosa en Bilbao. La ciudad parecía sumida en un estado de inquieta expectativa. Las cafeterías estaban llenas de gente que seguía con atención los noticiarios, a cuyo término se ponían todos en pie para escuchar en respetuoso silencio la interpretación de no uno, sino cuatro himnos, en un símbolo del Frente Unido: el himno nacional vasco, el español, la Internacional y el himno anarquista."

Nobles y rebeldes
Jessica Mitford
Libros del Asteroide, 2014
pág.: 159-162

09/01/2025

nobles y rebeldes, fragment 2


Siete

    "Más allá de los confines de nuestra fortaleza se gestaban verdaderas tempestades. El desempleo crecía de forma alarmante en toda Inglaterra. Los periódicos informaban sobre marchas obreras contra la pobreza, al principio pequeñas manifestaciones en las que más tarde participarían habitantes de regiones enteras. De Londres a Birmingham, de Glasgow a Leeds, la policía y los huelguistas se enfrentaban en las calles. El gobierno clasificó grandes poblaciones como «zonas en penuria», áreas en las que no había perspectivas de mejora para el desempleo. La Prueba de Haberes Familiares, según la cual podía negársele el subsidio a cualquier trabajador parado cuyos parientes aún tuvieran empleo, fue objeto de violentas protestas por parte de los comunistas, quienes conseguirían involucrar gradualmente en la lucha a la mayor parte del movimiento obrero.

    Las jóvenes generaciones tenían muchísima conciencia política. Acusaban a los viejos estadistas de los países aliados de plantar las semillas de una nueva y más espantosa guerra mundial mediante el tratado de Versalles, el aplastamiento sistemático de Alemania y las exigencias de reparaciones de guerra imposibles al enemigo derrotado.

    Los antiguos conceptos de patriotismo, lealtad a la bandera y jingoísmo eran objeto de violentos ataques por parte de los escritores jóvenes. El credo del pacifismo, surgido de la determinación de evitar los horrores de una nueva guerra mundial, arrasaba entre la juventud. Los estudiantes organizaban manifestaciones contra los Cuerpos de Entrenamiento de Oficiales.

    La Oxford Union juró: «No lucharemos por el rey y la patria bajo ninguna circunstancia». Y ese acto llevado a cabo por un puñado de estudiantes de Oxford tuvo resultados electrizantes: la juventud de todos los países adoptó la Promesa de Oxford, pues así se conocería, como llamamiento a la unión. Nos llegaban noticias sobre reuniones estudiantiles en Francia, Alemania y la lejana América, donde se discutía y adoptaba el mensaje de la Oxford Union. La Promesa se convirtió en objeto de editoriales en todos los periódicos y de un encendido debate en las secciones de cartas al director. Parecía que hasta el último coronel retirado de Inglaterra hubiese despertado de su rural letargo para empuñar la pluma en defensa del rey y el Imperio contra aquella increíble declaración. La prensa de izquierdas aclamó la Promesa como un golpe a la carrera armamentística y abogó por que la adoptara cada sindicato, cada iglesia y cada grupo de jóvenes.

    Desde el interior de nuestra fortaleza, observábamos esos acontecimientos como si lo hiciéramos a través de un oscuro velo; o quizá, para ser más precisa, como un reflejo deforme en la casa de los espejos. Para el tío Geoff, la crisis económica era la consecuencia inevitable de años de tierras devastadas por el efecto de generaciones enteras de fertilización química. Atribuía el creciente movimiento pacifista a la debilidad de carácter de la población producto del uso de «lácteos lastimados» con que se alimentaba a bebés indefensos en las guarderías de todo el país. Mi madre tenía la sensación de que la causa de la crisis había sido la institución del subsidio de desempleo, que había eliminado cualquier clase de incentivo, y la jornada de ocho horas, que les dictaba a unos ingleses nacidos libres cuántas horas podían trabajar. Tanto mis padres como mis tíos estaban de acuerdo en que a los jóvenes pacifistas les harían muchísimo bien unos buenos azotes con la fusta. Las tías nos advertían de que la temporada social en Londres, con sus puestas de largo y sus presentaciones en la corte, podía convertirse, ya en nuestra generación, en un vestigio del pasado.

    Mi respuesta, como la de tantos de mi generación, fue convertirme en pacifista convencida primero, para pasar rápidamente a las ideas socialistas.

    Cuando tenía catorce años leí Cry Havoc, la condena de la guerra de Beverley Nichols. Describía con vívido detalle los horrores de los bombardeos en la primera guerra mundial y abogaba con mucha elocuencia por el desarme mundial absoluto. El libro atrajo de inmediato a los jóvenes de toda Inglaterra; se convirtió en éxito de ventas de la noche a la mañana. Yo quedé impresionadísima con la originalidad y la fuerza de sus argumentos. Ante mí se había abierto un mundo entero y nuevo. La literatura pacifista era una vía directa a la prensa de izquierdas, de la que me convertí en ávida lectora. Hasta utilicé, aunque un poco de mala gana, una pequeña parte de mi Cuenta para la Fuga para encargar libros y folletos en los que se explicara el socialismo.

    Descubrí que la naturaleza humana no era una entidad fija e inalterable como había creído siempre, que las guerras no las provoca un impulso natural de lucha en el hombre, que la posesión de tierras y fábricas no es necesariamente la recompensa natural de una sabiduría y una energía mayores. Leí sobre los grandes movimientos que habían tenido lugar en Inglaterra y otros países por despojar a los ricos de sus riquezas y transferir la propiedad de tierras y fábricas a los trabajadores.

    Me sentía como si hubiera dado de pronto con la solución de un rompecabezas gigantesco que llevaba años tratando de resolver torpemente. Como muchos otros que se topaban de repente y por primera vez con una explicación racional de la sociedad, me sentía rebosante de emoción. Anhelaba conocer a exponentes de carne y hueso de esa nueva filosofía. Nancy y sus amigos prolaboristas resultaban decepcionantes. Cuando hablaban de política parecían apoyar el socialismo, pero, que yo supiera, nunca hacían nada al respecto. Me daba la sensación de que no se tomaban nada muy en serio. Echaban por tierra los viejos valores a la primera de cambio, se mostraban burlones y satíricos y hablaban por los codos, pero por lo visto ahí acababa la cosa.

—¿Por qué no hacéis campaña a favor del Partido Laborista? —le pregunté a Nancy.

—Ay, cariño, ya sabes que eso les sentaría como un tiro a nuestros augustos vejetes… Además, piensa en lo aburrido que sería, qué horror…

—Ya estás siendo una pusilánime otra vez, como hiciste con la habitación de alquiler y lo de la ropa interior. No eres más que una rojilla de salón.

    Yo sabía que no iba a tener mucho éxito si trataba de convertir al resto de la familia. Gorgo estaba en un internado, adonde la habían mandado pese a mis gritos de «¡no es justo!» cuando Debo y yo asistíamos al colegio de Oakdale, y Debo, a sus once años, no parecía especialmente interesada en la lucha de clases.

    Sin embargo, sí empecé a ver a mi familia con otros ojos.

—Papu, ¿te das cuenta de que además de infrahumano eres una reliquia feudal?

—No llames reliquia a tu padre, pequeña D., es una grosería — intervino Mamu.

—No creas, no es tan grosero; si hasta hay un lord Relic en la Cámara, se sienta al lado de papá, lo he comprobado. Supongo que él sí se siente una reliquia, y por eso eligió ese título. Y por cierto, Mamu, ¿te das cuenta de que eres una enemiga de la clase trabajadora?

    Aquello ofendió muchísimo a mi madre.

—¡Yo no soy ninguna enemiga de la clase trabajadora! ¡Algunos trabajadores hasta me parecen un auténtico encanto! —espetó, hecha un basilisco.

    Casi fui capaz de ver las imágenes de niñeras, mozos de cuadra y guardabosques, todos un auténtico encanto, que mi frase habría hecho brotar en su mente. Decidí quedarme calladita un tiempo y reservarme mis opiniones; tenía pocas esperanzas de que arraigaran en un terreno tan poco fértil como aquel.

    Aun así, mis planes de fuga adquirieron una nueva dimensión. Ahora sabía de qué estaba huyendo y hacia dónde debería correr."

Nobles y rebeldes
Jessica Mitford
Libros del Asteroide, 2014
pág.: 69-73

08/01/2025

nobles y rebeldes, fragment 1

Uno
 

    "La región de los Cotswold, antigua y pintoresca, plagada de fantasmas y leyendas, es hoy en día una parada frecuente en las rutas turísticas. Tras haber «pateado» Oxford, es una lástima no recorrer unos treinta kilómetros más para ver algunos pueblos históricos con nombres estrafalarios: Stow-on-the-Wold, Chipping Norton, Minster Lovell, Burford. Los pueblecitos han tenido una encantadora respuesta a toda esa atención. Burford, de hecho, se ha convertido en una especie de Stratford-on-Avon en pequeño, con sus antiquísimas posadas cuidadosamente reformadas para conjugar las comodidades modernas con cierto aire Tudor. Hasta tienen Coca-Cola, aunque es posible que te la sirvan del tiempo, y las tiendecitas están llenas de recuerdos del Burford histórico con la discreta leyenda «Hecho en Japón».

    Por alguna razón, Swinbrook, a solo cinco kilómetros de distancia, parece haberse librado del turismo y ha permanecido como en mis recuerdos de hace más de treinta años. En el escaparate de la diminuta oficina de correos aún se exhiben las mismas cuatro clases de golosinas —toffees, caramelos ácidos, Edinburgh Rocks y dulces de azúcar con mantequilla— en los mismos frascos grandes de vidrio tallado. Al fondo, donde llevan colgados dos generaciones, hay unos alegres grabados de dos bellezas victorianas que contrastan entre sí: una es una joven y delicada dama con el cabello dorado y luminosos ojos azules, con los hombros suaves y blancos envueltos en alguna clase de prenda prerrafaelita; la otra, una doncella gitana de pícara belleza con el cabello increíblemente negro y espeso cayéndole en grandes rizos. De pequeña, siempre pensaba que tenían un parecido asombroso con Diana y Nancy, mis hermanas mayores. Junto a ellas, los rostros del rey Jorge V y la reina María, rosáceos y blancos y muy poco naturales, todavía contemplan el mundo con expresión benigna.

    Solo hay dos edificios públicos más, una escuela de una sola aula y la iglesia. En torno a ellos, diez o doce casitas de piedra gris se arrebujan como ovejas de Cotswold, silenciosas e imperecederas. Dentro de la iglesia, los bancos de roble pulido —una contribución que hizo mi padre tras la primera guerra mundial con lo obtenido de una apuesta ganadora en el Grand National— todavía se ven un poquito modernos en comparación con el medieval despliegue de losas, contrafuertes, columnas y arcos. El escudo de armas de los Redesdale, con su lema insulso aunque seguro de sí, «Dios vela por nosotros», que pende sobre los bancos de la familia, sigue pareciendo demasiado lustroso y contemporáneo al lado de los monumentos de desmigajada piedra gris en honor a una familia anterior de Swinbrook, cuyas estatuas llevan ahí, rígidas y frías, cuatrocientos años.

    A tres kilómetros colina arriba desde el pueblo de Swinbrook se alza una gran estructura rectangular y gris de tres plantas. Su estilo no es «moderno» ni «tradicional» ni imita una antigüedad; más bien luce el aspecto utilitario de la arquitectura francamente institucional. Podría tratarse de unos barracones militares, un internado para niñas, un manicomio privado o, en América, un club de campo. Durante su breve historia se ha insinuado más de una vez que el edificio pudiera tener en efecto todas esas funciones. Se trata en realidad de Swinbrook House, construida por mi padre para satisfacer las necesidades, según se consideraba entonces, de una familia con siete retoños. Nos mudamos allí en 1926, cuando yo tenía nueve años."

Nobles y rebeldes
Jessica Mitford
Libros del Asteroide, 2014
pág.: 5-7




07/01/2025

nobles y rebeldes, i 4

 


Honorable a la fuga

    En unas memorias que parecen un libro de aventuras, Jessica Mitford narra su vida hasta 1940

por Fernando Castanedo
El País
29/08/2014

    Jessica Mitford (1917-1996) fue la sexta hija de los barones de Redesdale y, por tanto, una de las hermanas Mitford (la quinta) que se hicieron notorias en Reino Unido durante los años treinta. Todas las hijas del barón recibían el tratamiento de “honorable”, y de ahí el título original de la obra: Hons and Rebels (1960). La más recordada hoy es Nancy, una escritora satírica en la línea de P. G. Wodehouse que se inspiró en varios miembros de su familia para mostrar las costumbres y retratar los tipos humanos que producían las clases altas británicas.

    En su tiempo alcanzó mayor fama Diana, primero casada con el riquísimo Bryan Guinness y tras un escandaloso divorcio esposada con Oswald Mosley, el líder de la Unión Británica de Fascistas. Este segundo matrimonio se celebró en casa de Goebbels con Adolf Hitler como invitado, lo que se debió a la estrecha amistad de otra Mitford —llamada con predestinación Unity Valkyrie (Unidad Valquiria)—, con la cúpula del nazismo. En 1939 esta última hermana, que había amenazado con suicidarse si Reino Unido declaraba la guerra a Alemania, se disparó en la cabeza y fue repatriada.

    Valgan estas referencias familiares y políticas para resumir el ambiente de Nobles y rebeldes, las memorias donde Jessica narró su vida hasta 1940, cuando apenas había cumplido los 23 años. La autora dedicó los primeros 14 capítulos a su infancia y adolescencia en la casa de campo de su familia, donde si bien recibió una educación que no distaba mucho de la de otras mujeres de su misma condición, contó con el raro aliciente de pertenecer a un grupo de hermanos excepcionalmente competitivo.

    De hecho, al igual que sus hermanas, también ella se sumó al fervor totalitario que recorría la Europa de entreguerras, pero por el lado comunista. Enamorada de su primo Esmond Romilly —un sobrino de Churchill escapado del colegio que andaba por Londres denunciando los privilegios de su clase—, se fugó con él a España para luchar por la República. El resto del libro se lee como la vibrante novela de aventuras de unos buscavidas, pues esa es la existencia que llevó primero en España y después en Reino Unido y EE UU, ya casada y lejos de la esfera familiar. Eso sí, unos buscavidas con excelentes cartas de recomendación.

    No cuesta imaginársela esperando en un muelle de Bermeo, donde intentaban persuadirla de que subiera a bordo de la fragata enviada por el Gobierno británico para llevársela de vuelta a Reino Unido. Y tampoco cuesta figurársela en Nueva York siendo objeto del timo de las apuestas, o en Miami llevando las cuentas del restaurante italiano donde Esmond preparaba cócteles. Sin embargo, pese a las abundantes peripecias y la gracia con que las contó, al terminar el libro uno se queda con la sensación de haber leído una historia truncada, como lo fue su historia de amor con Esmond Romilly, cuyo triste final se vio incapaz de narrar."