03/11/2007

Exposición Aziz

Aziz Salama

Ayer unos miembros del grupo asistimos a la inauguración de la exposición "Desde ambas orillas" del artista pintor Aziz Salama, amigo y creador del logo de nuestra Web. La exposición se puede visitar en el Centre Cívic de Sant Oleguer (Sabadell), C/ Sol i Padrís, 93 del 2 al 18 de noviembre.


La obra, detalle

Aziz atesora una larga trayectoria artística en esta orilla de nuestro común mar Mediterráneo y de su genio todos nos enriquecemos. De la otra orilla, tan cercana en distancia pero tan ignorada, arranca su aprendizaje, formación y madurez como artista.
Nuestro autor reniega en su obra de estos términos: ésta, aquélla, nosotros, ellos. Para el pintor, las formas, los colores y las líneas que aquí podemos contemplar, expresan, en su particular lenguaje, vías de comunicación que apelan al sentimiento, al enriquecimiento espiritual y trazan puentes de entendimiento mútuo.
En diciembre Aziz expondrá su obra en el Ateneo de Cerdanyola del Vallés, cuando sepamos la fecha de inauguración os lo haremos saber.

31/10/2007

Madame Bovary (7),La pelicula

Gustave Flaubert fue enjuiciado por atentar contra la moral pública a raiz de la publicación de su obra, al igual que Charles Baudelaire por su poemario "Les fleurs du mal". Flaubert fue absuelto, de su defensa nos ha quedado la archifamosa frase "Madame Bovary c'est moi". Baudelaire fue condenado y sometido a censurar su propia obra. En este artículo unimos un poema del autor censurado y una selección de la película basada en la novela absuelta, su obra, definitivamente, son ellos.
ME GUSTA RECORDAR ESAS DESNUDAS ÉPOCAS
Me gusta recordar esas desnudas épocas
En que placía a Febo las estatuas dorar ,
En tanto hombre y mujer, en su esplendor más alto,
Sin angustia gozaban y sin mentira alguna,
Y, el amoroso cielo envolviendo sus cuerpos,
La salud de su noble máquina ejercitaban.
Mostrábase Cibeles fértil y generosa,
No hallando que sus hijos fuesen gravosa carga;
Antes bien, loba henchida de ternezas comunes,
Nutría al universo con sus oscuras ubres.
Elegante y robusto, el hombre se preciaba
Entre bellezas múltiples que por rey le acataban.
Frutos aún no ultrajados y carentes de grietas,
¡Cuya bruñida pulpa incitaba al mordisco!
Hoy el Poeta, cuando pretende imaginar
Tal nativa grandeza y acude a los lugares
En que hombres y mujeres sin velos aparecen,
Siente envuelto su espíritu en tenebroso frío,
Ante ese negro cuadro que rebosa de espanto.¡
Oh monstruosidades llorando sus vestidos!¡
Oh ridículos torsos que son propios de máscaras!
Pobres cuerpos torcidos, fláccidos o ventrudos,
Que el Señor de lo útil, sereno e implacable,
Envolvió desde niños en pañales de bronce.
Y vosotras, mujeres, pálidas como cirios,
En quienes la lujuria se ceba, y esas vírgenes
Arrastrando la herencia de los maternos vicios¡
Y todos los horrores de la fecundidad!
Tenemos, ello es cierto, naciones corrompidas,
A los antiguos pueblos de ignorado esplendor:
Los rostros devorados por las llagas cordiales
Y algo que llamaríamos desmayadas bellezas;
Más esas invenciones de las musas tardías,
Jamás impedirán a las razas decrépitas
Rendir a las más jóvenes un profundo homenaje,
-A la juventud santa de simple y dulce frente,
De mirar claro y limpio como agua saltarina
,Y que marcha, inconsciente, por doquier esparciendo,
como el azul del cielo, las flores y los pájaros,
Sus perfumes, sus cánticos y sus suaves calores.

29/10/2007

Madame Bovary (6),El contexto histórico.

Carlos Luis Napoleón Bonaparte

Madame Bovary transcurre durante los años del Segundo Imperio, bajo el reinado de Carlos Luís Napoleón Bonaparte. Hemos de retroceder un tiempo para conocer la filiación de nuestro personaje: Carlos Luis Napoleón Bonaparte era sobrino del emperador Napoleón Bonaparte. Tras la caída de éste- en 1814- y la restauración de los Borbones en el cetro francés, se exilia en Londres. Volverá a Francia cuando se han apagado los fuegos de la revolución de 1848 y ha caído Luís Felipe I, el Rey ciudadano y último Borbón. Proclamada la II República. el autoinvestido heredero de los derechos dinásticos de los Bonaparte, concurre a las elecciones a Presidente de la República. Vence las mismas por una amplia mayoría (por primera vez hay sufragio universal masculino) gracias a su apellido y un programa basado en el retorno al orden roto por la revolución , la tradición y la religión católica. Es ampliamente respaldado por la gente de las pequeñas y medianas ciudades y del campo. El 2 de diciembre de 1851 da un golpe de Estado que amplia sus atribuciones gracias a la Constitución de 14 de enero de 1852, frente al resto de poderes del estado. En noviembre del mismo año, proclama el nacimiento de un nuevo Imperio Francés, el Segundo, bajo la mano de un nuevo Napoleón. Va a reinar de 1852 a 1863 bajo el nombre de Napoleón III.

Karl Marx realizó un lucido y divertido ensayo sobre tan singular personaje en su obra "EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE", ( la fecha recuerda el 9 de noviembre de 1799, fecha del golpe de estado de su tío-¿tradición familiar?- que se publicó en paralelo a los hechos que narra (New York 1852).
Aquí os transcribo su genial arranque:
"Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Caussidiére por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del dieciocho brumario!

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de producir libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal.

Si examinamos aquellas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observamos en seguida una diferencia que salta a la vista. Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, lo mismo los héroes que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: es decir, la eclosión e instauración de la sociedad burguesa moderna. Los primeros destrozaron la base del feudalismo y segaron las cabezas feudales que habían brotado en ella. Napoleón creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, utilizarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; mientras que del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en este continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Bruto, los Graco, los Publicóla, los tribunos, los senadores y hasta el mismo César. Con su sobrio realismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos gereralísimos estaban en las oficinas comerciales, y la "cabeza mantecosa" de Luis XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida por la producción de la riqueza y por la lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República Romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cronvwell y el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc (profeta israeli).

En aquellas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder en la realidad ante su cumplimiento, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez su espectro.

En el período 1848-1851, no se hizo más que evocar el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, el republicano de guante blanco, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla mortuoria de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la recaída, reaparecen las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecían haberse podrido desde mucho tiempo antes. La nación se parece a aquel inglés loco de Bedlam (manicomio de Londres) que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí porque no hablaban el mismo idioma. “¡ Y todo esto — suspira el inglés loco — me lo han impuesto a mí, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!" "¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!", suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de diciembre. ( El 10 de diciembre de 1848, Luis Bonaparte fue elegido por sufragio universal presidente de la República Francesa.) Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851. No sólo caricaturizaron la caricatura del viejo Napoleón, sino que caricaturizaron el viejo Napoleón mismo, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo xix.
La revolución social del siglo xix no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo xix debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar consciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el coritenido desbordaba la frase.

La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este afortunado golpe de mano inesperado como una hazaña de importancia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, son las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad la que se conquista a sí misma un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más primitiva, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tete de diciembre de 1851. Por donde vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método más rápido, por ser revolucionario, los estudios y las experiencias que en un desarrollo normal, académico, diríamos, habrían debido preceder a la revolución de febrero, para que hubiera sido algo más que un estremecimiento superficial. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.

Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos diamantinos, el éxtasis es el estado permanente de la sociedad; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilar serenamente los resultados de su período impetuoso y turbulento. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo xrx, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está Rodas, salta aquí!

Por lo demás, cualquier mediano observador, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos en Francia, tenía que presentir que esperaba a la revolución una inaudita vergüenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por los efectos milagrosos que esperaban del segundo domingo de mayo de 1852 (se extinguían los poderes presidenciales de Luis Bonaparte). El segundo domingo de mayo de 1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas (creyentes en el segundo advenimiento de Cristo) el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía vencer al enemigo con sólo escamotearlo en la fantasía, y perdía toda la comprensión del presente ante la glorificación pasiva del futuro y de las hazañas que guardaba in petto, pero que aún no consideraba oportuno realizar. Aquellos héroes que se esforzaban en refutar su probada incapacidad compadeciéndose mutuamente y reuniéndose en un tropel, habían liado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio las repúblicas in partibus para las que, en el secreto de su ánimo poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos que en épocas de malhumor pusilánime gustan de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizás de que han pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar al Capitolio.

La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y las celebridades intelectuales, el código civil y el código penal, la liberté, égalité, jraternité y el segundo domingo de mayo de 1852: todo ha desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: "Todo lo que existe merece perecer".

No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación se vio sorprendida. A la nación, como a la mujer, no se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero ha podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se aclara el enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo. Quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir a cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones."

28/10/2007

Madame Bovary (5),Literatura comparada, un ensayo sobre cuatro novelas del sglo XIX



Cuatro novelas adulterinas

por Miguel Arnas

La Madame Bovary fue publicada en 1857 y no sólo causó revuelo y escándalo, sino también ascendiente. Clarín admiraba la obra de su colega francés, y en 1885 acaba de escribir La Regenta. También Eça de Queiroz sentía devoción por la historia adulterina de Flaubert y en 1878 publica El primo Basilio, novela para la que el mismo Eça reconocía influjo flaubertiano. Tolstoi debió conocer la obra de Flaubert aunque no habla (que yo sepa) de su importancia para la redacción de Ana Karenina, escrita en 1877, tal vez porque su intención clara no era la de mostrar un adulterio, sino la de escribir una novela sobre su aldea para que fuese universal, por eso finalmente le entrega el peso de su narración a Levin, marido ejemplar (no de Ana sino de su concuñada Kitty), moralista y nada adulterino.

A lo peor estoy simplemente descubriendo la pólvora, pero no sólo las cuatro novelas se parecen en el tema sino que, en cierta forma, revelan el espíritu de cada una de las nacionalidades o lenguas desde las que fueron escritas. Si es que nadie me va a acusar de determinismo, claro, determinismo en el que tampoco yo creo por cuanto no tengo ni siquiera confianza en el dogma de la inevitabilidad del progreso humano.

Con todo, tal vez lo más interesante sea compararlas, de modo que vamos a ello.

No entro en la calidad de cada una de ellas, aunque sí parece seguro y acuerdo internacional que la Bovary es el prototipo de novela consagradísima. De La Regenta se ha dicho tanto que es la segunda novela en calidad en lengua española después del Quijote que ya da grima repetir el concepto. La portuguesa quizá sea la más desconocida (hecho odioso que en España conozcamos apenas la literatura lusitana) y, no obstante, es de una calidad del todo equiparable a las otras. Ana Karenina no es, a mi entender una gran novela si no es en alguno de sus aspectos, por ejemplo en el carácter atormentado y casi dostoievskiano de algunos aspectos de sus personajes, sobre todo, Levin, la misma Ana y el señor Karenin (Wronsky y Oblonsky son casi predecibles). Quizá ocurra que la grandeza de Guerra y paz oscurezca a la novela adulterina de Tolstoi.

De entrada, en las cuatro hay tres muertes y una supervivencia. Sólo de Anita Ozores nos evitamos el torpe espectáculo de presenciar su muerte. Los españoles siempre tan optimistas. Sin embargo, de las muertes de Luisa Mendoza, Bovary y Karenina, así como de la gran desgracia caída sobre la Regenta, sólo en tres casos tiene la culpa directamente el adulterio, porque la normanda Bovary no se suicida por amor no correspondido sino agobiada por las deudas impagables de las que inevitablemente se enterará su marido. Sin duda, el reinado de Luis Felipe en Francia debió favorecer tanto ese aburrimiento burgués consistente en atesorar bibelotes y exhibir lujos quiméricos, que la bella normanda no pudo sino caer en la estupidez.

La Regenta, es sabido, oscila entre el amor divino y el amor profano. Ese es otro defecto muy celtibérico, el falso misticismo, y digo falso porque no puede haber misticismo con curas, sólo puede haberlo sin curas. Hastiada de un marido que le hace poco caso (se llega a decir que prefiere un macho de perdiz a los placeres del matrimonio, no sé si en clarísima indirecta de perversión o Dios sabe qué), y aburrida de una ciudad provinciana española, Ana Ozores se siente inclinada, primero hacia la poesía, luego hacia la religión, y a partir de ahí, llevada por la variación de sus estados nerviosos, impulsada a los brazos del señorito donjuanesco de la villa, o a la influencia moral y religiosa del canónigo Fermín de Pas. Cuando finalmente ella necesita de veras el consuelo de la religión y, personalizando, el de su confesor, éste, buen mozo secretamente enamorado de ella pero para quien es mucho más importante su posición de vicario del Obispo y Provisor de la catedral que el amor mundano, muy cristianamente le niega ese consuelo.

Ana Mendoza de Brito Carvalho, esposa de Jorge, ingeniero a quien envían con una misión al Alentejo portugués durante un verano, acaba, en El primo Basilio, encamada con el susodicho primo, indiano, como diríamos en España, que ha corrido mundo y enriquecido. Basilio, egoísta, como todos los amantes de las novelas comentadas, menos Wronsky, la abandona a su suerte cuando se las ve maldadas.

La señora Karenina se enamora de un militar, encandilada por ese aura que los uniformes tienen, aún más que lo tenían en los países latinos, en los germanos y eslavos. No contenta con enamorarse de él, deja marido e hijo y huye, aunque finalmente vuelve con la obsesión, muy lógica por otra parte, de recuperar al niño y, de ser posible, presionar para que viva con ella. La alta sociedad moscovita y petersburguesa la repudian, el marido se niega en redondo, aunque en principio aparece tentado de concederle divorcio e hijo, aunque más por un prurito racionalista de no pelear que por bondad misma. Ana Karenina es la única, de las cuatro adúlteras, que tiene un hijo (sic). Eso la marca ineluctablemente por encima de las otras. Pero su suicidio es por inseguridad, por pesimismo eslavo: se persuade a sí misma de que Wronsky ya no la ama, y perdido definitivamente el hijo, con complejo de culpa ante la falsa bondad de Karenin, el marido, y con la marginación social que la atosiga, se tira a la vía del tren.

Desde luego, en un adulterio femenino hay dos personas más que cuentan: el marido y el amante. El marido de la Karenina no es bondadoso ni impotente sino extremadamente frío. Karenin es un tecnócrata, un ministro del zar eficaz, un buen marido y padre pero a quien no se le puede pedir un detalle de cariño, una caricia y menos un beso, un hombre que siempre pone entre piel y piel la ironía. En cambio, Wronsky es apasionado, divertido, algo artista, aunque tarde o temprano se habría convertido, si no en frío, sí en normal.

Jorge es el excelente marido de Luisa pero en el momento del adulterio está lejos del hogar. Luisa necesita su cuota diaria de ternura y sexo, y es por eso que se mete en la cama sucia (Basilio alquila un picadero en un barrio mísero de Lisboa, pero por mísero también discreto) de su primo, que es un imbécil lujurioso. En cambio, Eça nos pinta a un Jorge extraordinario, un hombre cariñoso que ama de veras a su mujer y es amado por ella. De hecho, cuando Basilio se va dejándole el grave problema (del que más tarde hablaré) a Luisa, ella vuelve a Jorge más enamorada que nunca. Incluso llega a comparar, comparación de la que sale ganando el marido. Es al enterarse Jorge de la infidelidad de su mujer que ella cae en una fiebre nerviosa y muere como consecuencia de ella.

Charles Bovary es un buen hombre cuyo mayor defecto es ser pobre y demasiado ignorante, incapaz e infortunado como para enriquecerse. Bovary es un provinciano, un pequeñoburgués, pero ¿a qué aspiraba Emma?: a todo, claro está. Rodolfo, el primer amante es todo lo contrario, un ocioso rentista, culto y refinado, pero egoísta y cobarde capaz de escribir jesuíticamente a su amante diciéndole que es su deber pedirle abandone la idea de huir con él, ¡y pedírselo por el bien de ella, pues caería en la deshonra! León, el joven segundón es eso, joven y apasionado, pero también cobarde y demasiado pobre para ayudar a Emma. Cuando Charles se entera de su traición, Emma ya ha muerto por ingerir arsénico, desesperada al no poder pagar las deudas con monsieur Lheureux, el tendero. Claro, la herencia de su esposa deja a Charles en una miseria aún más profunda de la que ya vivía meses antes del suicidio de ésta.

Respecto a Quintanar, el marido de Ana Ozores, es uno de esos cretinos convencido de que a partir de cierta edad (está en la sesentena) ya no existe impulso erótico, y tanto es así que sólo da castos besitos en la frente a la joven Ana y la trata de hija. Esa dejadez es la culpable, en el fondo, de que ella se sienta tentada por todo y enferme de los nervios. Esa dejadez y algo que insinúa Alas sin decirlo claro: la impotencia o eyaculación precoz de don Víctor Quintanar, porque en un momento alude muy veladamente a la excitación insatisfecha de ella en los primeros años de matrimonio. Ana acaba acostándose con Álvaro, el donjuan pueblerino (incluso en su mismo dormitorio de la casa conyugal), porque en él sí siente esa ternura y potencia que jamás sintió, pero le pide constancia matrimonial, cosa que ella misma sabe será imposible. Respecto al Magistral, Fermín de Pas, prefiere su estado y su poder a cualquier amor profano, y desde luego el tema le sirve a Clarín para denunciar el cretinismo irredimible de la Iglesia española. Porque Fermín, a pesar de todas sus buenas palabritas, es un ultramontano, alguien que, sin dudarlo, quemaría en la pira a cualquier místico por mucho que provoque ese misticismo falso en Ana. Ella no lo ve en ningún momento como posible amante, le repele la idea de ser amada por un clérigo, aunque se percata del enamoramiento, nada místico y sí muy carnal, de su confesor. Pero él prefiere el poder que le otorga ser director espiritual de la dama más importante de Vetusta (o al menos la más famosa por su virtud aparentemente inquebrantable), que sincerarse en ese amor. La Iglesia, ya se sabe, siempre ha pregonado el amor al prójimo y siempre ha acabado por reprimirlo, incluso a sangre y fuego.

Hay una cuarta persona en lid en todo esto, al menos en tres de las novelas: la o las criadas. El papel más importante se lo lleva la señora Juliana, criada de Luisa Mendoza, que chantajea a su ama con cartitas destinadas a su amante y primo Basilio, y que ella redime de la papelera. La cocinera, señora Juana, más bruta y lujuriosa que Juliana, pero menos interesada en el dinero, es el contrapunto a la maldad de su compañera de faena. En realidad es Juliana la que desencadena toda la desgracia de Luisa, cuyo adulterio habría pasado desapercibido para todos de no haber sido por la extorsión de la criada y su mal carácter, que obliga incluso a Luisa, señora de la casa, a realizar tareas caseras como planchar o fregar. Es la venganza del pobre que aspira a ser rico.

En las otras tres novelas, las criadas tienen poco papel, aunque en La Regenta, Petra también colabora a desencadenar el desastre, si bien la idea genial, malvada, endemoniada, es del clérigo Fermín de Pas. La Bovary tiene más ayuda que otra cosa de su criada, y en la Karenina, los criados apenas cuentan si no es el pequeño detalle del portero de la casa de los Karenin dejando entrar a Ana para ver a su hijo. Para los rusos, los bárbaros mujiks siempre han contado poco si no es en las elucubraciones sociales de Levin y para exterminarlos en los Gulags.

La opinión pública es decisiva en las cuatro, claro está, aunque en la francesa se nota ese espíritu norteño en el cual la privacidad de la vida de cada uno es vital y a nadie importa nada de los demás. En las dos novelas peninsulares, el omnipresente chismorreo vecinal y de la buena sociedad es definitivo. En la rusa, en cambio, el de la alta sociedad es el único que cuenta.

Se han vertido ríos de tinta insistiendo en la idea de que estas novelas decimonónicas reconocen, por primera vez en la historia, o casi, el deseo femenino. En la que fue origen de la moda, madame Bovary más quisiera la independencia económica que un erotismo desaforado porque para ella sus amantes no son sino excusa para vivir una vida novelera, exótica. Con todo, Flaubert nos viene a decir que la independencia económica la emplearía Emma en hacer locuras, porque la Bovary es boba, y así lo quiso el novelista, la Bovary es producto de una sociedad ¿bibelotiana?. En realidad, la única para quien su sexo está en su sitio y tiene la importancia que hoy sabemos tiene, es para Luisa Mendoza, la lisboeta. Las dos Anas, Karenina y Ozores, están más necesitadas de atenciones, ternura y afecto que otra cosa. Así, pues, en cuanto a modernidad, la de veras moderna es Luisa, mujer que, de haber nacido hoy, no saldría a la calle sin llevar preservativos en el bolso.

Y sin embargo, no acaban aquí los condicionantes para el adulterio de estas cuatro mujeres. Hay otro importantísimo y también clarificador de la manera de ser de las sociedades nacionales de los cuatro países. Ese condicionante es el quijotismo, es decir, la capacidad de tomarse en serio, de creerse a pies juntillas, románticamente, las patrañas de los libros. La rusa es muy leída, y por ello mismo sueña un mundo de vacaciones, artístico (de hecho, cuando huye con Wronsky acaban en Italia, que debió ser entonces para la alta sociedad como hoy irse a Cancún para la baja). La francesa se ha hartado (y Flaubert también se hartó para ambientarse) de leer novelitas rosa, en las que l'amour tiene un toque de palmeras y dunas en la Riviera, aunque en la Riviera no haya ni palmeras ni dunas. La portuguesa también lee para entretenerse y, de hecho, sueña con ser raptada por Basilio, ser llevada a París, fuera de esa provincia apartada que en Europa significaba Lisboa, cuyos habitantes pensaban incluso en Madrid como lugar mucho más divertido y depravado que su ciudad. La que menos lee es la española (leer en España siempre ha sido un riesgo de acabar en la hoguera o fusilado) y lo poco que lee es el Kempis y a los místicos. Por eso, cuando le da por ser poetisa, antes de casarse, intenta imitar a Fray Luis de León o a San Juan de la Cruz (y por cierto que sus educadores le siegan la hierba a los pies, consiguiendo arrancarle la funesta manía de escribir versos, tan impropia de una mujer; como consiguen arrancarle casi todo; por eso puede declararse sin ambages que La Regenta es la más feminista de todas porque sin hablar demasiado claro de sexo, como sí hace Eça, sí reclama independencia y formación para las mujeres de su época). Y son esas lecturas místicas las que la llevan a los sórdidos brazos espirituales del Magistral, brazos nefastos que ni siquiera le darán gusto alguno y que finalmente, como ya he dicho, la dejan cristianamente desasistida, sola, desamparada del único consuelo que ya podía quedarle a una mujer en su circunstancia: la religión. Pero el quijotismo, en el sentido que yo uso la palabra, de Ana Ozores es el de tomarse en serio, no sus lecturas, sino la religión, esa religión de zanahoria y zurriagazo tan abundante en nuestro país. Tal es el error de Ana. Y digo error, y lo mantengo, porque a cualquier religión le ha ido bien mientras no se ha tomado demasiado en serio a sí misma, cuando ha sido no más que medio para lograr otra cosa. El poder, por ejemplo. En ese fundamentalismo, diríamos, han caído sólo los bobos mientras los listillos hacían su agosto. Piénsese, si no, en el esplendor de Al-Andalus y las frecuentes trasgresiones del islamismo que practicaban sus dirigentes. Piénsese en la grandeza del imperio español donde la religión no era sino una forma de conseguir la unidad política, y cómo decayó hasta extremos inauditos cuando no supo adaptarse, no porque no fuera capaz sino porque se vio prendida en su propia trampa: tomarse en serio aquello que pregonó. Ana Ozores cae en la trampa. También Fermín de Pas pero él conserva el poder por no tomársela tan al pie de la letra, por no ser un Quijote. De hecho, don Fermín se acuesta con la lujuriosa criada Petra sólo por que le dé, a cambio, información. El 6º y el 9º pueden irse a tomar viento si a cambio se puede transgredir el 1º: no tendrás más dioses que a mí, y la información, el poder, es un dios mucho más importante y tentador que Dios.


23/10/2007

Madame Bovary (4), La opinión de un novelista

Manuscrito Madame Bovary

Flaubert, nuestro contemporáneo
por Mario Vargas Llosa

¿Qué puede aprender de Madame Bovary un novelista de nuestros días? Todo lo esencial de la novela moderna: que ésta es arte, belleza creada, un objeto artificial que produce placer por la eficacia de una forma que, como en la poesía, la pintura, la danza o la música, es en la novela el factor determinante del contenido.
Antes de Flaubert, los novelistas intuían la función neurálgica de la forma en el éxito o el fracaso de sus historias, y el instinto y la imaginación los conducían a dar coherencia estilística a sus temas, a organizar los puntos de vista y el tiempo de manera que sus novelas alcanzaran una apariencia de autonomía. Pero sólo a partir de Flaubert ese saber espontáneo, difuso e intuitivo, se vuelve conocimiento racional, teoría, conciencia artística.
Flaubert fue el primer novelista moderno porque fue el primero en comprender que el problema básico a la hora de escribir una novela es el narrador, ese personaje que cuenta —el más importante en todas las historias— y que no es nunca quien escribe, aun en los casos en que cuente en primera persona y haga pasar por suyo el nombre del autor. Flaubert entendió, antes que nadie, que el narrador es siempre una invención. Porque el autor es un ser de carne y hueso y aquél una criatura de palabras, una voz. Y porque el autor tiene una existencia que desborda las historias que escribe, que las antecede y que las sigue, en tanto que el narrador de una historia sólo vive mientras la cuenta y para contarla: nace y muere con ella y su ser es tan dependiente de ella como ella lo es de él.
Con Flaubert, los novelistas perdieron la inocencia con que antes se sentaban ante su mesa de trabajo y transubstanciándose en un narrador —creyendo que se transubstanciaban en un narrador— se disponían a contar sus historias desde un yo intruso, que, sin formar parte de aquella realidad que describía, delataba todo el tiempo su arbitraria presencia, porque lo sabía todo, siempre mucho más de lo que un personaje podía saber sobre los otros personajes, y que, al mismo tiempo que narraba, opinaba impúdicamente, interfiriendo en la acción y delatando, mediante ucases, la escasa o nula libertad de que gozaban sus criaturas, esos hombres y mujeres a los que sus intromisiones privaban de libre albedrío y convertían en títeres. Es verdad que en las grandes novelas clásicas, los personajes conseguían emanciparse de ese yugo y conquistar su libertad, como el Quijote, pero aun en esos casos excepcionales, la libertad del personaje era una libertad vigilada, provisoria, amenazada siempre de recortes por la irrupción súbita y abusiva del narrador-Dios, egolátrico, exhibicionista, capaz a veces, como el de Los Miserables de Victor Hugo, de interrumpir la historia novelesca para introducir largos paréntesis —verdaderos collages— sobre la batalla de Waterloo o la importancia del excremento humano como fertilizante de la naturaleza.
Flaubert introdujo en la narrativa aquella "sospecha" de la que habló Nathalie Sarraute en L'Ère du supçon. Para ser "creíble" no bastaba que un narrador tuviera una prosa excelsa y una fantasía afiebrada. Por el contrario, todo aquello que delatara su presencia arbitraria —no justificada por las necesidades de la anécdota— conspiraba contra el poder persuasivo de la historia y debilitaba la verosimilitud de lo narrado. El narrador no podía permitirse ya, como antaño, ofrecerse en espectáculo sin arrasar con la credibilidad de la historia, el único espectáculo admisible dentro de una novela y en el que el requisito esencial para su éxito era la ilusión de libertad que debían comunicar al lector sus personajes en lo que hacían o dejaban de hacer. Como no es posible que una novela no tenga un progenitor, no salga de una cabeza y una mano ajenas a ella, a fin de que aquel espectáculo pareciera tan espontáneo y libre "como la vida misma", Flaubert perfeccionó una serie de recursos narrativos encaminados a invisibilizar la presencia del intruso irremediable y convirtió al narrador en ese fantasma que es todavía en las novelas modernas, cuando no asume el papel de un simple personaje entre los otros, implicado como ellos en la trama, y que no goza de ningún privilegio de omnisciencia ni ubicuidad y está tan condicionado como aquéllos en lo que sabe, hace y ve.
Flaubert fue el primer novelista en tomar conciencia clara de que para transmitir al lector la impresión de vida propia que dan las buenas historias, la novela debía aparecer a sus ojos como una realidad soberana, autosuficiente, no parásita de la vida exterior a ella —la vida real— y que esa ilusión de soberanía, de autonomía total, una novela la lograba únicamente mediante la eficacia de la forma, es decir, del estilo y el orden de esa representación de la vida que toda ficción aspira a ser.
Para conseguir la autonomía de la ficción, Flaubert se valió de dos técnicas que usó genialmente en la primera de sus obras maestras, Madame Bovary: la impersonalidad o invisibilidad del narrador y le mot juste, la precisión y economía de un lenguaje que diera la sensación de ser tan absolutamente necesario que nada faltaba ni sobraba en él para la realización cabal de lo que se proponía contar.
A partir de Flaubert los buenos novelistas no lo fueron sólo por el vuelo de su imaginación, lo atractivo de sus historias, el relieve y la figura de sus criaturas, sino, sobre todo, por su manejo de las palabras, los alardes de su técnica, las astucias de su empleo del tiempo y la originalidad arquitectónica de sus historias. Desde Flaubert, los novelistas siguieron siendo soñadores, fantaseadores, memoriosos; pero, ante todo, fueron estilistas, relojeros de palabras, ingenieros de cronologías, planificadores minuciosos de la aventura humana. Las alucinaciones y videncias siguieron estando permitidas, a condición de que cuajaran en una prosa adecuada y una estructura funcional. Ni el genio de un Proust, ni el de Joyce, ni el de Virgina Woolf, ni el de Kafka, ni el de Faulkner, hubieran sido posibles sin la lección de Flaubert.
En vez de inaugurar el "realismo", como dice un arraigado lugar común, con Madame Bovary Flaubert revolucionó la tradicional noción de "realismo" en literatura como imitación o reproducción fiel de la realidad. Todas las ideas de Flaubert sobre la novela, elaboradas a lo largo de toda su vida y diseminadas en su correspondencia —el más lúcido y profundo tratado sobre el arte narrativo que se haya escrito— llevan irremediablemente a descartar aquella noción como quimérica y a sostener lo contrario: que entre la realidad real y la realidad novelesca no hay identificación posible sino una distancia infranqueable, la misma que separa el fantasma del hombre de carne y hueso o al espejismo del desierto en el que aparecen sus frescas cascadas y sus hospitalarios oasis. La novela no es un espejo de la realidad: es otra realidad, creada de pies a cabeza por una combinación de fantasía, estilo y artesanía. Ella es siempre "realista" o nunca lo es, con prescindencia de que cuente una historia tan verificable en la realidad como la de Emma Bovary o la Frédéric Moreau, o tan fabulosa y mítica como las tentaciones que resistió San Antonio en el desierto o las operáticas batallas de los mercenarios de Salambó en la exótica tierra de Cartago.
Desde Flaubert el "realismo" es también una ficción y toda novela dotada de un poder de persuasión suficiente para seducir al lector es realista —pues comunica una ilusión de realidad— y toda novela que carece de ese poder es irreal.
La brevísima expresión le mot juste encierra todo un mundo. ¿Qué es, cómo se mide la exactitud y la precisión de un discurso narrativo? Flaubert creía que sometiendo cada frase —cada palabra— a la prueba del gueuloir o del oído. Si, leyéndola en alta voz, sonaba de manera armoniosa y nada chirriaba ni desentonaba en ella, la frase era la perfecta expresión del pensamiento, había una fusión total entre palabras e ideas, y el estilo alcanzaba su máxima eficacia. "Plus une idée est belle, plus la phrase est sonore; soyez-en sûr. La précision de la pensée fait (et est elle-même) celle du mot." ("Mientras más bella es una idea, más sonora es la frase. Créame: la precisión del pensamiento determina —y es ella misma— la de la palabra.") (Carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 12 de diciembre de 1857.) En cambio, si, sometida a esa prueba oral, algo —una sílaba, un silencio, una cacofonía, un bache auditivo— estropeaba la fluidez musical de la expresión, no eran las palabras sino las ideas las que tropezaban y las que era preciso revisar. Esta fórmula fue válida para Flaubert, pero el principio del mot juste no implica que haya una única manera de contar todas las historias, sino, más bien, que cada historia tiene una manera privilegiada de ser contada, una manera gracias a la cual esta historia alcanza su máximo poder de persuasión.
La palabra justa lo es sólo en función de lo que las palabras quieran contar. La economía del discurso en los cuentos de Borges es tan indispensable a sus ceñidas parábolas como las anfractuosidades oleaginosas del lenguaje en las reminiscencias de Proust: lo importante es que las palabras y lo que dicen, sugieren o suponen formen una identidad indestructible, un todo sin cesuras, y que no ocurra lo que en las malas novelas —por eso lo son—, que la historia y la voz que la cuenta de repente se distancien, porque, como en los matrimonios fracasados, ya no se llevan bien y se han vuelto incompatibles. Ese divorcio se consuma cada vez que el lector de una novela advierte de pronto que aquello que lee no es, no se va haciendo ante sus ojos como por arte de magia, que en verdad le está siendo contado, y que hay, entre quien cuenta y lo que cuenta, cierta incompatibilidad. Esa toma de conciencia de una forma y un contenido distintos, alérgicos entre sí, mata la ilusión y desacredita la anécdota.
Le mot juste quiere decir funcionalidad, un estilo que se ajusta como un guante a la historia y que se funde en ella como esos zapatos que se vuelven pies en un célebre cuadro surrealista de Magritte: Le modèle rouge (1935). No hay, pues, un estilo, sino tantos como historias logradas, y en un mismo autor los estilos pueden cambiar, como cambian en Flaubert: la prosa precisa, escueta, fría y "realista" de Madame Bovary y La educación sentimental, se vuelve lírica, romántica, por momentos visionaria y mítica en La tentación de San Antonio y Salambó, y erudita, científica, preñada de ironías y sarcasmos y con resabios de humor, en la inconclusa Bouvard y Pécuchet. La "conciencia de estilo" que caracteriza al novelista moderno se debe, en gran medida, a esa desesperación con que Flaubert luchó toda su vida para escribir ese imposible libro "sobre nada", que fuera hecho "sólo de palabras", del que habló en su correspondencia a Louise Colet. Todos lo son, desde luego, pero la gran paradoja es que las obras maestras como las que él escribió parecen justamente lo opuesto: ser historia, realidad, vida, que existen y ocurren por sí mismas, por su propia verdad y fuerza, sin necesidad de esas palabras que han desaparecido en ellas para que los hechos, las personas y los paisajes sean más ciertos y visibles.
Cuando Madame Bovary apareció, algunos críticos la acusaron de fría y casi inhumana debido a la objetividad con que la historia estaba contada. Ocurre que juzgaban con el telón de fondo de las novelas románticas en las que el narrador intruso gemía y se condolía por las desventuras de sus héroes. En la novela flaubertiana las reacciones emocionales ante los sucesos de la historia correspondían al lector, la función del narrador era poner bajo los ojos de aquél estos sucesos de la manera más objetiva posible, dejándolo en plena libertad de decidir por sí mismo si, ante las peripecias de la historia, entristecerse, alegrarse o bostezar. Lo que en otras palabras significa que Flaubert al elaborar una manera de narrar que hacía de los personajes de una historia seres libres, libraba al mismo tiempo al lector de la servidumbre a que lo sometían las novelas clásicas que, al mismo tiempo que una historia, le infligían una única manera de leerla y de vivirla. Por eso, si hay que resumir en una fórmula la contribución de Flaubert a la novela, puede decirse de él que fue el libertador del personaje y del lector. ~

Marzo de 2004

22/10/2007

Madame Bovary (3), Los Modelos

Lápida de Alice-Delphine Couturier

Se conoce la existencia de un modesto médico llamado Eugéne Delamare que fue discípulo del doctor Flaubert, que casó en primeras nupcias con una mujer mayor que él y que, después de enviudar, contrajo nuevo matrimonio con una joven llamada Alice-Delphine Couturier. Esta Madame Delamare fue sin duda el modelo más directo de la famosa adúltera flaubertiana. De ella sabemos que no tenía fortuna personal, que no era tampoco muy atractiva y que, en palabras de Máxime du Camp, íntimo amigo del escritor, «sufría de ninfomanía». Alice-Delphine tuvo una serie de amoríos, contrajo deudas y murió a los veintisiete años, el 6 de marzo de 1848, sin que haya habido ninguna prueba que permita hablar de suicidio.

El paralelismo de esta desgraciada historia conyugal —que se desarrolló en la región ruanesa, ya que el doctor Delamare era médico de la villa de Ry, probable modelo del Yonville de Flaubert— con el argumento de la novela es evidente; hay una multitud de detalles que coinciden (entre ellos los antecedentes del marido e incluso el hecho de que muriera un año después de su esposa), y parece claro que el escritor tuvo en cuenta estos hechos al imaginar el drama. En cualquier caso Ry se convirtió muy pronto en lugar de peregrinación de devotos flaubertianos, y en 1896 alguien robó la lápida de la tumba de Madame Delamare.

Otra adúltera que el novelista conoció muy bien fue Madame Pradier, casada con un célebre escultor que le doblaba la edad. Flaubert frecuentaba en París la casa de Pradier, quien había esculpido sendos bustos de su padre y de su hermana, y fue allí precisamente donde conoció a Víctor Hugo y vio por vez primera a Louise Colet. En 1833 el escultor había contraído matrimonio con una joven de diecinueve años, Louise Darcet, hija de un químico que había sido amigo y colega del doctor Flaubert. Madame Pradier, que a diferencia del personaje novelesco ya era viuda, y había heredado de su primer marido una importante fortuna, dio mucho que hablar por sus constantes aventuras amorosas, muchas de las cuales recuerdan episodios del libro.

Al igual que Madame Bovary, contrajo enormes deudas que inevitablemente terminaron originando un gran escándalo, y acosada por prestamistas, acreedores y alguaciles, tuvo el impulso de poner fin a su vida arrojándose al Sena. Pero no llegó a hacerlo, hubo una separación y murió muchos años después, en 1885, pobre y retirada a un convento. Parece indudable que influyó en las características que en la novela se atribuyen a Emma.