14/06/2013

cercant la llum, 4

Autorretrato
(dedicado a Paul Gaughin)
óleo sobre tela (61x50cm)
Arlés, 1888
Museo de arte Fogg, Universidad de Harcard
"En este momento tengo un aspecto diferente. por cuanto no llevo ni pelo ni barba: me lo he cortado. Además, mi tez ha variado de un rosado verde-grisáceo a un anaranjado grisáceo. Llevo un traje blanco, en vez de uno azul,  y estoy siempre cubierto de polvo,  siempre con mi carga, erizado,  como un puercoespín,  de pinceles,  caballete,  lienzos y demás mercancía. Solo los ojos verdes permanecen. Pero hay otro color en el retrato: el sombrero de paja amarilla, como el de un hannekenmaaier [cosechadores estacionales procedentes de Alemania],  y una pipa pequeña,  muy negra. Vivo en una casa amarilla,  con una puerta verde y verdes persianas, blanqueada por dentro. En las paredes blancas,  estampas japonesas de colores brillantes,  baldosas rojas en el suelo. La casa recibe toda la luz del sol: por encima, el cielo,  de un azul intenso,  y. . . las sombras, a mediodía, mucho más cortas que en nuestro país. Pues bien, ¿puedes comprender que alguien sea capaz de pintar algo así, tan solo con unas pocas pinceladas?"

Carta a Wihelmina
Arlés, junio 1888

"¡Ah! Mi querido hermano, algunas veces sé perfectamente bien lo que quiero. Puedo muy bien, en la vida,  y también en la pintura, privarme de Dios,  pero no puedo, sufriendo, privarme de algo más grande que yo,  que es mi vida,  la potencia de crear.
Y si, frustrado en esta potencia física, se busca crear pensamientos en lugar de niños,  se debería ser aceptado igualmente dentro de la humanidad.
En un cuadro yo quisiera decir algo consolador, como una música. Quisiera pintar a los hombres o a las mujeres con un no sé qué de eterno, de lo que en otro tiempo estaba simbolizado por la aureola en la cabeza y que nosotros buscamos transmitir por el centelleo mismo, por la vibración de nuestros coloridos.
Estoy así,  siempre, entre dos comentes de ideas.  Primero, las dificultades materiales, volverse y resolverse para ganarse la vida. Después, el estudio del color. Siempre tengo la esperanza de encontrar algo allí dentro. Expresar el amor de dos enamorados por medio de la unión de dos complementarios, su mezcla y sus oposiciones, las vibraciones misteriosas de los tonos aproximados. Expresar el pensamiento de uno frente a otro por medio del resplandor de un tono claro sobre un fondo oscuro.
Expresar la esperanza por medio de una estrella. El ardor de un ser por medio de la radiación del sol poniente. Cierto que esto contradice los cánones del realismo, pero, ¿no es algo que también existe en realidad?"

Carta a Theo
Arlés,agosto 1888


12/06/2013

"los sueños de los últimos días"

Eduardo Ruíz y Hermann Gil

Ayer el escritor Hermann Gil Robles nos habló, junto con el conductor de la presentación,  Eduardo Ruiz Sosa,  de su tercera criatura, “Los sueños de los últimos días”, una novela negra  y de misterio escrita “con ciencia ficción”.

Inspirada en los cuadros surrealistas de Remedios Varo, pintora catalano-
Exploración de las fuentes del Orinoco
Remedios Varo
mexicana nacida en 1908 en Anglès, Girona, como “Exploración de las fuentes del Orinoco”, o “El gran masturbador”, del genial pintor ampurdanés Salvador Dalí, las teorías del Primer Manifiesto Surrealista,  escrito por André Breton y publicado el  año 1924 y la canción "El reparador de sueños", de Silvio Rodriguez, “Los sueños de los últimos días” es una trepidante novela donde la dura realidad aniquila todo posible atisbo o deseo de soñar e imaginar.


Hermann también nos anunció que está en el proceso de creación de una nueva novela inspirada en Barcelona, donde reside en estos momentos gracias a una beca de ayuda a la creación, y Gaudí.  Provisionalmente, este nuevo proyecto lleva el sugerente título  de “La ciudad del olvido”. 





La edición de "Los sueños de los últimos días". la ha llevado a cabo una pequeña editorial mexicana de Culiacán (Sinaloa): Andraval Ediciones



10/06/2013

cercant la llum, 3


V.van Gogh pintando girasoles
Paul Gauguin
Arlés, 1888
ólewo sobre tela (73x29cm)
Museo van Gogh, Amsterdam
Vincent decía a Theo que todo había vuelto a la normalidad en la Casa Amarilla. “Así están las cosas”, decía con alegría, “cuando he preguntado a Gauguin cómo se sentía esta mañana, me ha dicho que  volvía a recuperar su antiguo yo, lo que me ha complacido enormemente”. Pero en el fondo sabía la verdad. Incluso cuando alardeaba de un nuevo acercamiento y decía que Gauguin era un “amigo excelente”, seguía temiendo lo peor. “Hasta el último día”, diría luego, “sólo vi una cosa,  que Gauguin trabajaba con el corazón dividido entre su deseo de ir a París para dar cuenta a sus planes  y el de permanecer en Arles”. La incertidumbre le paralizaba. A pesar de que decía esforzarse sin cesar, su obra no avanzaba. En un colapso parecido al que padeciera en La Haya, pidió a Theo que le reenviara cuadros que estaban en París y le proponía no mandarle más al menos en un año. “Sería mejor si pudiera evitar mandarlos”, escribía  tristemente. “No hay ninguna necesidad de mostrarlos por ahora, ya lo sé”. Sin embargo,  a pesar de todas sus premoniciones de catástrofes, hablaba de su “absoluta serenidad” y confianza en el futuro.
No había imagen de alienación o desintegración que persiguiera más a Vincent que la descrita en el cuento “El Horla” de Guy de Maupassant. El término (horla)- el cuento vio la luz el año 1887- oscuro y gótico, procedente del bretón, describía perfectamente al personaje de Maupassant al que la Iocura produce alucinaciones y fantasías paranoicas.  Probablemente Vincent lo leyera mientras aún estaba en París, pero en sus planes con Gauguin no había lugar para el oscuro diario de una mente poseída. El brillante futuro y el optimismo sin límites de Bel-Ami – novela también de Guy de Maupassant, de 1885- , encajaba mejor con sus sueños sobre el Midi. Cuando esos sueños empezaron a desvanecerse, en diciembre, sus pensamientos volvieron al terrible cuento de Maupassant. Gauguin, un admirador de lo sobrenatural, vio la historia y su extraño título en su bloc de dibujo en Arlés, lo que demuestra que contribuyó a empeorar el ambiente que reinaba en la casa y, más tarde, Vincent habló de visiones del horla.”

Van Gogh,la vida
Steven Naifeh y Gregory White Smith

Pág.654-655


Y he aquí un fragmento del cuento de Maupassant:


 8 de mayo
¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo. (…)
11 de mayo
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.
¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.(…)
4 de julio
Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme. (…)
19 de agosto
Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mí alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo. (…)
¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.
20 de agosto
¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?
¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces? (…)
10 de septiembre
Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido... ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.
Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.
De pronto, comprendí que se agitaba a mí alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.
Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.
Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...
Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!" Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.
La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno...
¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?
¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto. . . Entonces, tendré que suicidarme...”

El Horla
Guy de Maupassant

09/06/2013

cercant la llum, 2

Albert Aurier
En enero de 1890 vio la luz un nuevo periódico, “El Mercure de France”. En su primer número un crítico de arte, Albert Aurier, publicaba un extenso artículo titulado: “Les Isolés -los que están solos- , Vincent van Gogh”, primera referencia escrita, en vida del autor – le quedaban tan solo seis meses de vida-  al trabajo del extraño holandés que residía en el sur.

El artículo arranca con unos versos del poeta simbolista por excelencia, Charles Baudelaire.  Los versos que recuerda Aurier en su artículo son los del poema “Rêve parisien” (Sueño parisiense), dedicado a Constantin Guys, y que forma parte del famosísimo libro de poemas “Les fleurs du mal”, publicado en 1857.



RÊVE PARISIEN

L'enivrante monotonie
du métal, du marbre et de l'eau.
Et tout, même la couleur noire,
semblait fourbi, clair, irisé;
le liquide enchâssait sa gloire
dans le rayon cristallisé….
Et des cataractes pesantes,
Comme des rideaux de cristal
Se suspendaient, éblouissantes,
À des murailles de métal.


SUEÑO PARISIENSE

La embriagante monotonía
de metal, del mármol y del agua.
Y todo, aun el color negro,
parecía límpido, claro, irisado;
el líquido engastaba su gloria
en el rayo cristalizado.
Y cataratas pesadas,
como cortinas de cristal,
se suspendían, deslumbrantes
de las murallas de metal.

Charles Baudelaire

Y esta es la traducción de unos fragmentos del  articulo de Aurier que tomamos prestada de la página Aryse.org:


LES ISOLÉS

VINCENT VAN GOGH

"Bajo cielos deslumbrantes, a veces tallados como zafiros o turquesas, a veces modelados bajo no sé qué tipo de azufres infernales, cálidos, deletéreos y ciegos; bajo cielos como coladas de metal y cristal en fusión, donde a veces se despliegan radiantes y tórridos discos solares; bajo el incesante y formidable centelleo de todas las luces posibles; en atmósferas cargadas, llameantes y punzantes que parecen ser exhaladas por hornos fantásticos donde el oro, los diamantes y gemas singulares son volatilizados – es aquí donde se despliega inquietante y turbadora una extraña naturaleza, que es a la vez totalmente verdadera y sin embargo casi sobrenatural, una naturaleza excesiva donde todo – seres y cosas, sombras y luces, formas y colores – se levanta con una voluntad rabiosa aullando su propia y esencial canción, con el timbre agudo más intenso y feroz; son los árboles, retorcidos como gigantes en la batalla, los que  proclaman su poder indomable con el gesto de sus nudosas ramas y la amenaza del flamear de sus verdes crines, el orgullo de su musculatura, su savia cálida como la sangre, su eterno desafío al huracán, al rayo, a la naturaleza perversa; son los cipreses los que trazan sus negras pesadillas de siluetas en llamas; montañas arqueadas como lomos de mamuts o rinocerontes; vergeles blancos, rosas y amarillos, como sueños ideales; las casas bajas se contorsionan apasionadamente como seres que gozan, sufren y piensan; piedras, terrenos, maleza, campos verdes, jardines, ríos… parecen esculpidos en desconocidos minerales, pulidos, relucientes, irisados, mágicos; son paisajes resplandecientes que parecen estar en una multicolor ebullición proveniente de algún diabólico crisol de alquimista; el ramaje se diría que es de bronce antiguo, de cobre nuevo, de cristal hilado; los parterres de flores no parecen flores sino una exuberante joyería hecha con rubís, ágatas, ónices, esmeraldas, corindones, crisoberilos, amatistas y calcedonias; es el universal y loco resplandor de las cosas; es la materia, la naturaleza frenéticamente retorcida hasta el paroxismo, llevada al culmen de la exacerbación; la forma se vuelve pesadilla, el color se torna en llamas, lavas y pedrerías, la luz incendia, da vida y fiebre alta. …

Noche estrellada
Sant-Rémy, 1889
Óleo sobre tela, 73,7x92,1 cm
Museo de arte moderno de Nueva York

…  Sin embargo, en mi opinión, en el caso de Vincent van Gogh, a pesar de la desconcertante extrañeza de sus obras, es difícil para un espectador imparcial y bien informado negar o cuestionar la veracidad ingenua de su arte, la ingenuidad de su visión.

En efecto, con independencia de este indefinible aroma a buena fe y de visión verdadera que desprenden todos sus cuadros, la elección de los temas, la armonía constante entre las notas de color más excesivas, el estudio concienzudo de los caracteres, la continua búsqueda del código esencial de cada cosa… mil detalles significativos dan prueba de su profunda y casi infantil sinceridad, de su gran amor por la naturaleza y por la verdad – de su verdad personal.

Teniendo en cuenta esto, por lo tanto se puede deducir legítimamente que las obras de Vincent van Gogh pertenecen al temperamento de un hombre, o mejor, al de un artista – una deducción que se puede corroborar, si queréis, con datos biográficos. Lo que caracteriza toda su obra es el exceso. . . el exceso en la fuerza, el exceso de nerviosismo, la  violencia de su expresión. En su afirmación categórica del carácter de las cosas, en su frecuente y temeraria simplificación de las formas, en su insolencia para fijar el sol de frente, en la pasión vehemente de su dibujo y su color, incluso en los más pequeños detalles de su técnica… se revela una figura poderosa, masculina, audaz, a menudo brutal… y  sin embargo  ingenuamente delicado.

Además,  se adivinan los excesos casi orgiásticos en todos lo que pinta, es un exaltado, un enemigo de las sobriedades burguesas y sus minucias, una especie de gigante ebrio más apto para remover montañas que para manejar chucherías en los estantes, un cerebro en ebullición derramando su lava por todos los recovecos del arte, un irresistible, un terrible y enloquecido genio, muchas veces sublime, grotesco otras, casi siempre al borde de la patología. A fin de cuentas, y sobre todo, es un hiperestésico con síntomas claros que percibe intensidades anormales, quizás incluso, dolorosas, percibe los imperceptibles y secretos caracteres de las líneas y las formas, pero más aún los colores, las luces, los matices invisibles para las pupilas sanas, las mágicas irisaciones de las sombras. He aquí el origen de su realismo, su neurosis. Y he aquí por qué su sinceridad y verdad son tan diferentes del realismo, de la sinceridad y verdad de los grandes y pequeños burgueses holandeses, ellos, con cuerpo tan sano, con un alma tan equilibrada, fueron sus antepasados y maestros.

Trigal con ciprés
Saint-Rémy, 1889
Óleo sobre tela, 73x93,5 cm
National Gallery de Londres
…  Es, casi siempre, un simbolista. No un simbolista como los primitivos italianos, esos místicos que intentaban experimentar el deseo de desmaterializar sus sueños, sino un simbolista que siente la continua necesidad de revestir sus ideas con formas precisas, ponderables y tangibles, con envolturas intensamente carnales y materiales. En casi todas sus telas, bajo esta envoltura mórfica, bajo esta carne tan carnosa, bajo esta materia tan material, subyace, para el espíritu que sabe verlo, un pensamiento, una Idea, y esta Idea, el sustrato esencial de la obra, es al mismo tiempo, la causa eficiente y final. En cuanto a las brillantes y resplandecientes sinfonías de líneas y colores, cualquiera que sea su importancia para el pintor, en su trabajo no son más que simples medios expresivos, simples procedimientos de simbolización.

… En todas sus obras, la ejecución es vigorosa, exaltada, brutal, intensa. Su dibujo, rabioso, pujante, a menudo, desmañado y un poco rudo, exagera el carácter, lo simplifica, pasa a ser el de un maestro triunfante por encima del detalle y alcanza la magistral síntesis, el gran estilo a veces, pero no siempre.
Su color ya lo conocemos. Es inverosímilmente deslumbrante. Que yo sepa, es el único pintor que percibe el cromatismo de las cosas con esta intensidad, con esta cualidad metálica, gémica. Su investigación de las coloraciones de la sombras, de las influencias de los tonos sobre los tonos, de los soles plenos son las más curiosas. Él no sabe evitar siempre algunas crudezas desagradables, ciertas discordancias, ciertas disonancias… En cuanto a la factura propiamente dicha, a sus procedimientos inmediatos para iluminar la tela, son, como todo lo suyo, fogosos, poderosos y  muy nerviosos. Su pincel  opera mediante enormes empastes de tonos muy puros, mediante regueros curvados, rotos por toques rectilíneos…, mediante el amontonamiento, a veces desmañado de una rutilante construcción, y todo esto da a algunos de sus  cuadros la apariencia sólida de deslumbrantes  murallas hechas de cristales de y de sol.

Este robusto y verdadero artista, con tanta raza, con las brutales manos  de un gigante y los nervios de una mujer histérica, con el alma iluminada, tan original y tan apartado de nuestro lastimoso arte actual… ¿Conocerá algún día – todo es posible –la alegría de la rehabilitación, el reconocimiento y cuidado de la moda? Quizás. Pero cuando llegue, aun cuando la moda pague sus telas – lo que poco probable – al precio de las pequeñas infamias de Mr. Messonier, no creo que haya mucha sinceridad en esta tardía admiración por parte del gran público. Vincent Van Gogh es, a la vez, demasiado simple y sutil para el espíritu burgués contemporáneo. ¡Nunca será plenamente comprendido más que por sus hermanos, los artistas muy artistas… y por los felices del pueblo llano, quienes por suerte habrán podido escapar de las piadosas enseñanzas laicas!"


 Albert Aurier

07/06/2013

memòria d'un temps de fam

El miércoles pasado asistimos, en el Museo i Pobalt Ibèric de Ca n’Oliver,  a la conferencia del historiador Josep Lluís Negrerira “Memòria d’un temps de fam”, en la que también intervinieron testigos directos de aquella época.

La memoria colectiva se nutre de infinidad de memorias individuales; así, una alegre anciana, decimotercera descendiente de una familia  andaluza, que vino a cuidar a su madre, aún  recuerda el ahogo  y la falta de luz que sintió al bajar en la estación de Francia, en su primer viaje a Barcelona. O la circunspecta descendiente de mineros leoneses, recuerda el duro pan negro que comía y el brazo en alto que le obligaban a sostener en alto, mientras cantaba una canción patriótica, antes de entrar en la escuela.  El electricista murciano narra con qué facilidad cambiaba de trabajo en la Cerdanyola de los años sesenta; y la que fue niña barcelonesa en los años de la inmediata posguerra,  aún hoy recuerda como comían gachas a todas horas o un chusco de pan, breve y duro hecho de harina de altramuces. También recuerda con vivo dolor, como algunas mujeres empapaban, del aceite caído en la tienda del  racionamiento, retales de tela que guardaban en un recipiente para llevar un poco de aceite extra a casa.

La larga posguerra española, pautada por un régimen sectario y vengativo que hizo sufrir hambre, escasez y salarios de miseria a la inmensa mayoría de la población, fue el tiempo de su infancia,  juventud e incipiente madurez.  Vivieron una época donde hubo más obligaciones y trabajos que juegos y alegría. Todos recuerdan que fue un tiempo de tristeza, grisura y miedo, pero también fue la época de su formación como personas, fue su tiempo de jugar,  enamorarse, soñar y luchar por una vida mejor.



Es su testimonio directo de una época oscura y mendaz. Su ejemplo ha de servir para rechazar los actuales movimientos sectarios, autárquicos y claramente fascistas que están ganando terreno en nuestro tejido social europeo: Porque fueron ellos solos, con su lucha y su trabajo,   los que consiguieron dejar atrás tanta grisura y la tristeza. 

No volvamos a cometer los mismos errores impelidos por el miedo o un cobarde conformismo.



06/06/2013

en la despedida

la ribera del Guadimar,
con el pueblo de Dolores,
Castillo de las Guardias, Sevilla, al fondo.
De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.


El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos....


Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos…

¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

Antonio Machado

“Campos de Castilla”


Un recuerdo para Dolores. 

Con cariño, Mari , Carlos,  de los compañeros y compañeras de Vespres Literaris