15/01/2014

bcnegra 2014



Juan Gelman



Escribo en el olvido
en cada fuego de la noche
cada rostro de ti.
Hay una piedra entonces
donde te acuesto mía,
ninguno la conoce,
he fundado pueblos en tu dulzura,
he sufrido esas cosas,
eres fuera de mí,

me perteneces extranjera.

Juan Gelman

12/01/2014

¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda?

Jardí Mercè Rodoreda
Institut d'Estudis Catalans, Barcelona


¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda?

por Gabriel  García  Márquez

La semana pasada pregunté por Mercè Rodoreda en una librería de Barcelona y me dijeron que había muerto hace un mes. La noticia me causó una pena muy grande,  primero por la admiración muy justa que siento por sus libros y segundo por el hecho inmerecido de que la noticia de su muerte no se hubiera publicado fuera de España con el despliegue y los honores debidos.  Al parecer,  pocas personas saben fuera de Cataluña quién era esa mujer invisible que escribía en un catalán espléndido unas novelas hermosas y duras como no se encuentran muchas en las letras actuales.  Una de ellas -La plaza del Diamante- es, a mi juicio, la más bella que se ha publicado en España después de la guerra civil. La razón de que se la conozca tan poco, aun dentro de España, no puede atribuirse a que hubiera escrito en una lengua de ámbito reducido, ni a que sus dramas humanos transcurran en un rincón secreto de la muy secreta ciudad de Barcelona, pues sus libros han sido traducidos a más de diez idiomas y en todos ellos han sido objeto de comentarios críticos mucho más entusiastas de los que merecieron en su propio país. "Éste es uno de los libros de alcance universal que haya escrito el amor",  escribió en su momento el crítico francés Michel Cournot, refiriéndose a La plaza del Diamante.  Diana Athill,  sobre la versión inglesa,  escribió: "Es la mejor novela publicada en España en muchos años".  Y un crítico del Publisher Weekly, en Estados Unidos,  escribió que era una novela extraña y maravillosa.  Sin embargo, hace algunos años, y con motivo de alguno de tantos aniversarios, se hizo una encuesta entre escritores españoles de hoy para tratar de establecer, según su criterio, cuáles eran los diez mejores libros escritos en España después de la guerra civil, y no recuerdo que alguno hubiera mencionado a La plaza del Diamante.  En cambio, muchos citaron con toda justicia La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Lo curioso es que este libro, cuyos cuatro tomos apretados habían sido publicados a fines de la cuarta década de este siglo en Buenos Aires, no había sido ni ha sido todavía publicado en España, y, en cambio, La plaza del Diamante llevaba ya veintiséis ediciones en catalán. Yo la leí en castellano por esos tiempos, y mi deslumbramiento fue apenas comparable al que me había causado la primera lectura de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, aunque los dos libros no tienen en común sino la transparencia de su belleza.

A partir de entonces, no sé cuántas veces la he vuelto a leer, y varias de ellas en catalán, con un esfuerzo que dice mucho de mi devoción.

La vida privada de Mercè Rodoreda es uno de los misterios mejor guardados de la muy misteriosa ciudad de Barcelona. No conozco a nadie que la haya conocido bien, que pueda decir a ciencia cierta cómo era, y sus libros sólo permiten vislumbrar una sensibilidad casi excesiva y un amor por sus gentes y por la vida de su vecindario que es quizá lo que les da un alcance universal a sus novelas. Se sabe que pasó la guerra civil en la casa familiar de San Gervasio, y su estado de alma de ese tiempo es evidente en sus libros.  Se sabe que después se fue a vivir a Ginebra, y que allí escribió al rescoldo de sus nostalgias. "Cuando empecé a escribir la novela apenas si recordaba cómo era la plaza del Diamante",  escribió en uno de sus prólogos,  que son muestras ejemplares de su conciencia de novelista. Alguien que no sea otro escritor podría sorprenderse de que la autora hubiera logrado una recreación tan minuciosa y lúcida de sus lugares y sus gentes a partir de una vivencia remota, casi perdida entre las brumas de la infancia. "Sólo recordaba", ha escrito en el prólogo de una edición catalana, "cuando tenía trece o catorce años, que una vez, por la fiesta mayor de Gracia, fui a caminar por las calles con mi padre. En la plaza del Diamante habían levantado una carpa, como en otras plazas, por supuesto,  pero la que siempre recordé fue aquella.  Al pasar frente a esa caja de música, yo, a quien mis padres habían prohibido bailar, tenía unos deseos desesperados de hacerlo, y andaba como un ánima en pena por las calles adornadas".  Mercè Rodoreda suponía que fue a causa de esta frustración que muchos años después, en Ginebra, empezó su novela con aquella fiesta popular.

En general, esa ansiedad de bailar, que sus padres reprimieron siempre porque no era admisible en una chica decente, ha sido identificada por la propia escritora como la contrariedad original que le dio el impulso para escribir.

Pocos autores han hecho precisiones tan certeras y útiles sobre el proceso subconsciente de la creación literaria como las que hizo Mercè Rodoreda en los prólogos de sus libros. "Una novela es un acto mágico", escribió.  Hablando de Espejo roto -su novela más larga-  hizo otra revelación casi alquímica: "Eladi Farriols, muerto y tendido en una biblioteca de una casa señorial,  me resolvió el primer capítulo del modo más inesperado".  En otra parte dijo: "Las cosas tienen una gran importancia en la narración. Y la han tenido siempre, mucho antes de que Robbe-Grillet escribiera Le voyeur". Conocí esta declaración mucho después de que su autora me hubiera deslumbrado con la sensualidad con que hace ver las cosas en el aire de sus novelas, mucho después de que me hubiera asombrado la luz nueva con que las iluminan sus palabras. Un escritor que todavía sabe cómo se llaman las cosas tiene salvada la mitad del alma, y Mercè Rodoreda lo sabía a placer en su lengua materna. En castellano, en cambio, no todos los escritores lo sabemos, y en algunos se nota más de lo que nosotros mismos creemos.

Creo -si no recuerdo mal- que Mercè Rodoreda es la única escritora (o el único escritor) que he visitado sin conocerla, impulsado por una admiración irresistible. Supe por nuestro editor común, hace unos doce años,  que ella estaba en Barcelona por pocos días, y me recibió en un apartamento provisional,  amueblado de un modo muy sobrio y con una sola ventana que daba sobre el jardín crepuscular de Monterolas.  Me sorprendió su aire distraído que más tarde encontré definido en uno de sus prólogos: "Quizá la más marcada de mis múltiples personalidades sea una especie de inocencia que me hace sentirme bien en el mundo en que me ha tocado vivir".  Entonces yo sabía que junto a la vocación literaria tenía una vocación paralela, tan dominante como la otra, y era la de cultivar flores.  Hablamos de eso,  que yo consideraba como otra forma de escribir,  y entre rosas y rosas trataba de hablarle de sus libros y ella trataba de hablarme de los míos.  Me llamó la atención que de todo lo escrito por mí le interesaba más que nada el gallo del coronel que no tenía quien le escribiera, y a ella le llamó la atención que me gustara tanto la rifa de la cafetera en La plaza del Diamante.  Tengo hoy un recuerdo entre nieblas de aquel extraño encuentro, que sin duda no fue uno de los recuerdos que ella se llevó a la tumba,  pero para mí fue la única vez en que conversé con un creador literario que era una copia viva de sus personajes.  Nunca supe por qué, al despedirme en el ascensor, me dijo: "Usted tiene mucho sentido del humor". Nunca más tuve noticias de ella hasta esta semana, en que supe por casualidad, y en mala hora, que le había ocurrido el único percance que podía impedirle seguir escribiendo.

El País
18 de mayo de 1983



Dedicado a los amigos Mario y Mery (VL)

10/01/2014

el quinto en discordia y 4

 “Había llegado el momento. O hablaba entonces o callaba para siempre. Dunstan Ramsay aconsejó callar,  pero el quinto en discordia no quiso escucharlo.
      Sí, culpa.  Staunton y yo le arrebatamos la cordura a tu madre —declaré, y le conté la historia de la bola de nieve.
      Es una lástima —dijo Boy—,  pero si me permites que lo diga,  Dunny, has permitido que esto se convirtiera en algo que nunca fue.  Los hombres solteros sois unos neuróticos terribles. Yo tiré aquella bola de nieve, según dices,  y no voy a dudar de tu palabra, y tú la evitaste.  Eso precipito algo que seguramente habría ocurrido de todas formas.  La diferencia entre nosotros es que tú lo has seguido rumiando y yo lo he olvidado. Ambos hemos hecho cosas mucho más importantes desde entonces. Siento haber ofendido a tu madre,  Eisengrim,  pero ya sabes cómo son los niños: brutos, porque no saben ser otra cosa. Sin embargo, crecen y se convierten en hombres.
      En hombres muy importantes. Hombres a quienes honra la Corona —dijo Eisengrim con una risa nada agradable.
      Sí, y si pretendes que muestre modestia por ello, te equivocas.
      Hombres que incluso retienen parte de su brutalidad infantil — observé yo.
      No te comprendo.
El quinto en discordia insistió en hacerse oír.
      ¿Te refresca esto la memoria? —pregunté,  tendiéndole mi viejo pisapapeles.
      ¿Debería recordarme algo? Es una piedra normal y corriente.  Hace años que la tienes en la mesa. La he visto cientos de veces, y solo me recuerda a ti.
      Es la piedra que pusiste en la bola de nieve que le tiraste a la señora Dempster.  La he guardado, porque no podía librarme de ella. Te juro que nunca tuve intención de decirte lo que era, pero Boy, por Dios, tienes que aprender algo sobre ti mismo. La piedra que metiste en la bola de nieve es tan característica de tantas cosas que has hecho, que no debes olvidarla.
      ¿Qué es lo que he hecho? Escucha, Dunny: una de las cosas que he hecho es convertirte en un hombre bastante rico para tu posición. Te he tratado como si fueras mi hermano. Te di consejos que no le habría dado a nadie más,  permíteme que te lo recuerde. Y gracias a eso tienes tu bonito nido, el fondo de jubilación por el que tanto lloriqueabas.
Yo no era consciente de haber lloriqueado,  pero tal vez lo hubiera hecho.
      ¿Tenemos que seguir con esta contabilidad moral? — pregunté yo—. Sencillamente, estoy intentando recobrar parte de la totalidad de tu vida. ¿No quieres poseerla en conjunto, con lo bueno y lo malo? Una vez te dije que creaste un Dios a tu imagen y semejanza y que, como no daba la talla, te convertiste en ateo. Es hora de que intentes convertirte en un ser humano. Entonces, es posible que en tu horizonte surja algo más grande que tú.
      Pretendes herirme. Quieres humillarme delante de este hombre. ¡Parece que has estado confabulado con él durante años,  aunque nunca me lo mencionaste, ni a él ni a su miserable madre,  a mí,  que soy tu mejor amigo,  tu mecenas y tu protector ante tu propia incompetencia!  Bueno, que oiga también esto, ya que estamos con verdades desagradables: siempre me has odiado porque te robé a Leola. ¡Y lo hice! No fue porque hubieras perdido una pierna y fueras feo. Fue porque a mí me quería más.
Aquello acabo con mi paciencia, y apareció la vieja incapacidad de Dunstable Ramsay para resistirse a una pulla.
      Yo diría que ambos conseguimos a las mujeres que merecíamos, rey Candaulo — observé—.  Y los que comen mermelada antes de desayunar, están empalagados antes de acostarse.
      Caballeros, todo esto me interesa profundamente — intervino Eisengrim—,  pero los domingos son el único día en que puedo acostarme antes de medianoche. Debo dejaros.
De repente, Boy se convirtió en la quintaesencia de la cortesía. —Yo también me marcho. Permíteme que te lleve. Por supuesto, la intención de Boy era dejarme como un canalla ante Eisengrim en el coche.
      Gracias, Staunton —dijo Eisengrim—. Lo que nos ha contado Ramsay te deja en deuda conmigo... vale por ochenta días en el paraíso, si no puede ser en vida.  Pero estaremos en paz si me llevas al hotel.
Yo tomé la caja con las cenizas de Mary Dempster y pregunté:
      ¿Quieres llevártela, Paul?
      No, gracias,  Ramsay. Ya tengo todo lo que necesito.
Me pareció un comentario extraño,  pero con la tensión emocional del momento no le presté atención. De hecho, hasta que la noticia del fallecimiento de Boy me asaltó a la mañana siguiente,  no noté que mi pisapapeles había desaparecido.”


 “Había llegado el momento. O hablaba entonces o callaba para siempre. Dunstan Ramsay aconsejó callar,  pero el quinto en discordia no quiso escucharlo.
      Sí, culpa.  Staunton y yo le arrebatamos la cordura a tu madre —declaré, y le conté la historia de la bola de nieve.
      Es una lástima —dijo Boy—,  pero si me permites que lo diga,  Dunny, has permitido que esto se convirtiera en algo que nunca fue.  Los hombres solteros sois unos neuróticos terribles. Yo tiré aquella bola de nieve, según dices,  y no voy a dudar de tu palabra, y tú la evitaste.  Eso precipito algo que seguramente habría ocurrido de todas formas.  La diferencia entre nosotros es que tú lo has seguido rumiando y yo lo he olvidado. Ambos hemos hecho cosas mucho más importantes desde entonces. Siento haber ofendido a tu madre,  Eisengrim,  pero ya sabes cómo son los niños: brutos, porque no saben ser otra cosa. Sin embargo, crecen y se convierten en hombres.
      En hombres muy importantes. Hombres a quienes honra la Corona —dijo Eisengrim con una risa nada agradable.
      Sí, y si pretendes que muestre modestia por ello, te equivocas.
      Hombres que incluso retienen parte de su brutalidad infantil — observé yo.
      No te comprendo.
El quinto en discordia insistió en hacerse oír.
      ¿Te refresca esto la memoria? —pregunté,  tendiéndole mi viejo pisapapeles.
      ¿Debería recordarme algo? Es una piedra normal y corriente.  Hace años que la tienes en la mesa. La he visto cientos de veces, y solo me recuerda a ti.
      Es la piedra que pusiste en la bola de nieve que le tiraste a la señora Dempster.  La he guardado, porque no podía librarme de ella. Te juro que nunca tuve intención de decirte lo que era, pero Boy, por Dios, tienes que aprender algo sobre ti mismo. La piedra que metiste en la bola de nieve es tan característica de tantas cosas que has hecho, que no debes olvidarla.
      ¿Qué es lo que he hecho? Escucha, Dunny: una de las cosas que he hecho es convertirte en un hombre bastante rico para tu posición. Te he tratado como si fueras mi hermano. Te di consejos que no le habría dado a nadie más,  permíteme que te lo recuerde. Y gracias a eso tienes tu bonito nido, el fondo de jubilación por el que tanto lloriqueabas.
Yo no era consciente de haber lloriqueado,  pero tal vez lo hubiera hecho.
      ¿Tenemos que seguir con esta contabilidad moral? — pregunté yo—. Sencillamente, estoy intentando recobrar parte de la totalidad de tu vida. ¿No quieres poseerla en conjunto, con lo bueno y lo malo? Una vez te dije que creaste un Dios a tu imagen y semejanza y que, como no daba la talla, te convertiste en ateo. Es hora de que intentes convertirte en un ser humano. Entonces, es posible que en tu horizonte surja algo más grande que tú.
      Pretendes herirme. Quieres humillarme delante de este hombre. ¡Parece que has estado confabulado con él durante años,  aunque nunca me lo mencionaste, ni a él ni a su miserable madre,  a mí,  que soy tu mejor amigo,  tu mecenas y tu protector ante tu propia incompetencia!  Bueno, que oiga también esto, ya que estamos con verdades desagradables: siempre me has odiado porque te robé a Leola. ¡Y lo hice! No fue porque hubieras perdido una pierna y fueras feo. Fue porque a mí me quería más.
Aquello acabo con mi paciencia, y apareció la vieja incapacidad de Dunstable Ramsay para resistirse a una pulla.
      Yo diría que ambos conseguimos a las mujeres que merecíamos, rey Candaulo — observé—.  Y los que comen mermelada antes de desayunar, están empalagados antes de acostarse.
      Caballeros, todo esto me interesa profundamente — intervino Eisengrim—,  pero los domingos son el único día en que puedo acostarme antes de medianoche. Debo dejaros.
De repente, Boy se convirtió en la quintaesencia de la cortesía. —Yo también me marcho. Permíteme que te lleve. Por supuesto, la intención de Boy era dejarme como un canalla ante Eisengrim en el coche.
      Gracias, Staunton —dijo Eisengrim—. Lo que nos ha contado Ramsay te deja en deuda conmigo... vale por ochenta días en el paraíso, si no puede ser en vida.  Pero estaremos en paz si me llevas al hotel.
Yo tomé la caja con las cenizas de Mary Dempster y pregunté:
      ¿Quieres llevártela, Paul?
      No, gracias,  Ramsay. Ya tengo todo lo que necesito.
Me pareció un comentario extraño,  pero con la tensión emocional del momento no le presté atención. De hecho, hasta que la noticia del fallecimiento de Boy me asaltó a la mañana siguiente,  no noté que mi pisapapeles había desaparecido.”

El quinto en discordia
Robertson Davies


07/01/2014

preparant les eines?


Cómo nace un texto

 per Jorge Luis Borges

“Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso.  Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea.  Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.

En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX.  Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera.  Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo.  Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie.  Es decir, que yo puedo proceder con comodidad.  En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."


El escritor prevé todo esto y se siente trabado.  En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso.  Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea,  por el momento, en la realidad de la fábula.”

06/01/2014

el quinto en discordia, 3


“—No me enseñaron a tocar la trompeta cada vez que hago algo bueno por alguien.

— ¿No te enseñaron? ¿Te refieres al calvinismo? Soy suiza, Ramsay, y conozco el calvinismo tan bien como tú. Es una forma cruel de vivir, aunque olvides la religión y lo llames ética, comportamiento decente o cualquier otra cosa que saque a Dios del asunto.  Sin embargo, hasta el calvinismo se puede soportar si uno llega a algún arreglo consigo mismo.  Pero tú... Toda una parte de tu vida está sin vivir,  negada, apartada.  Por eso,  a los cincuenta años ya eres incapaz de soportarlo, te descompones, desnudas tu corazón ante la primera mujer realmente inteligente que conoces,  es decir,  yo,  y te dejas llevar por un capricho adolescente por una jovencita que se encuentra tan lejos de ti como si estuviera en la Luna.  Ésa es la venganza de la vida sin vivir,  Ramsay.  De repente, te convierte en un idiota.

Deberías echar un vistazo a esa parte de tu vida que no has vivido. Y no te pongas a resoplar, a retorcerte y a intentar quejarte ahora. No insinúo que debas tener secretas semanas de borracheras y una viuda que te espere todos los jueves en su piso atiborrado de encaje,  como si fueras un rufián de los barrios bajos.  Tú vales más que eso.  Pero todo hombre lleva dentro un demonio,  y un hombre de excepcional calidad,  como tú,  Ramsay, lleva un demonio igualmente excepcional.  Debes aprender a conocer a tu demonio personal e incluso a su padre,  el viejo diablo.  ¡Ah, esta cristiandad! Incluso a los que juran que no creen en ella les han calado hasta los huesos los mil quinientos años de cristiandad de este mundo,  y quieren demostrar que pueden ser cristianos sin Cristo.  Ésos son los peores,  porque poseen la implacabilidad de la doctrina sin la poesía del mito. ¿Por qué no estrechas la mano de tu demonio,  Ramsay,  y cambias esa estúpida vida tuya? ¿Por qué,  por una vez, no haces algo inexplicable,  irracional,  a cuenta del demonio y solo porque sí?  Serías un hombre distinto.

Lo que estoy diciendo no vale para todo el mundo,  por supuesto. Solo para los que nacen dos veces, y siempre se reconoce a los que nacen dos veces. A menudo llegan al extremo de cambiar de nombre. ¡No dijiste que esa chica inglesa te lo cambió? ¿Y quién es Magnus Eisengrim? ¿Y quién soy yo? ¿Sabes lo que significa realmente mi nombre,  Liselotte Vitzlipützli?  Suena divertido,  pero un día te tropezarás con su significado real.  Y aquí estás tú, dos veces nacido y más cerca de la muerte que del nacimiento,  y sigues sin llevar una vida de verdad. ¿Quién eres? ¿Dónde encajas en la poesía y el mito? ¿Quieres saber qué creo que eres, Ramsay?  Creo que eres un quinto en discordia.

¿No sabes qué es eso? En las compañías permanentes de ópera, como las que tenemos en Europa,  se necesita una prima donna,  siempre una soprano,  siempre la heroína y a menudo una tonta; también se necesita un tenor para el papel de su enamorado,  y una contralto que desempeñe el papel de la rival de la soprano,  la bruja o algo así,  y un bajo,  que interpreta el papel del villano,  del rival del tenor o de cualquier personaje que lo amenace.

Hasta aquí, todo está claro.  Pero no se puede desarrollar la trama sin otro hombre, que generalmente es un barítono,  y que en la profesión se conoce como quinto en discordia, porque es el elemento ajeno,  el personaje al que no corresponde otro del sexo opuesto.  Pero es necesario que haya un quinto en discordia, porque es quién conoce el secreto del nacimiento del héroe,  aparece para ayudar a la heroína cuando se cree perdida,  mantiene a la reclusa en su celda o incluso puede provocar la muerte de alguien, si eso forma parte del argumento. La prima donna y el tenor, la contralto y el bajo, se llevan los mejores temas musicales y hacen todas las cosas espectaculares, ¡pero no se puede desarrollar la obra sin el quinto en discordia! Tal vez no sea un papel espectacular,  pero te aseguro que es un buen trabajo,  y que los actores que los interpretan suelen tener una trayectoria profesional más prolongada que la de las voces de oro. ¿Eres el quinto en discordia? Será mejor que lo averigües.”


“El quinto en discòrdia”

Robertson Davies

04/01/2014

literatura canadenca

“Bellow, el autor de Herzog, nació en el barrio industrial de Lachine, en Montreal, y Malcolm Lowry anduvo por las frías tierras canadienses antes de incendiar en México la prosa de Bajo el volcán.  Pero los verdaderos narradores canadienses son Margaret Atwood (1939), por ejemplo, premio Príncipe de Asturias en 2008,  el astro rey de la constelación narrativa contemporánea, una de las autoras internacionales más prestigiosas y la narradora más cercana al espíritu de Virginia Woolf que se ha visto nunca en Canadá.  Ganadora del Booker por “El asesino ciego” (2000), historia de mansiones familiares, sentimientos encendidos y lujosos transatlánticos, y autora de “Resurgir” (1972) o de “El cuento de la criada” (1986), una espléndida fábula que se diría futurista si no fuera porque está narrada con un intimismo convincente,  la historia de una república fundamentalista cristiana que esclaviza a las mujeres fértiles para perpetuar la oligarquía dominante.  Observaciones microscópicas de detallismo naturalista y vocabulario sumamente rico, y una narrativa de carácter camaleónico que surge de la versatilidad genérica de Atwood, que jamás ha querido circunscribirse a un género determinado. Pero siempre acaba habiéndoselas con la culpa, las relaciones entre sexos, el matrimonio y el retorno al pasado no siempre mítico de la infancia,  como sucede en “Ojo de gato” (1988).  ¿Cómo demonios consigue Atwood dar siempre con el tono adecuado para que leamos lo que ha escrito como si fuese el testimonio incuestionable de la vida real?  Tal vez la respuesta nos la esté dando en sus estimulantes reflexiones acerca del oficio de escritor,  de la función de la narrativa y del papel de la mujer en la literatura publicadas en el ensayo “La maldición de Eva, o lo que aprendí en el colegio” (en “La maldición de Eva”), que la acerca a las convicciones engagées de otras grandes narradoras contemporáneas como Nadine Gordimer, Doris Lessing o Toni Morrison.

Sólo la gran Alice Munro (1931), tal vez la más exquisita,  desafía el protagonismo del planeta Atwood.  Autora de volúmenes de relatos fundamentales como “El progreso del amor” (1986) o “La vista de Castle Rock” (2006),  ha escrito algunos de los cuentos esenciales de la literatura anglosajona del XX,  siempre desde la poética modesta del medio rural y de la mujer posadolescente,  el detalle revelador y la iluminación epifánica.  Aparentan ser ejercicios de costumbrismo,  pero sus relatos son en realidad sofisticados diagnósticos de la condición humana.  Si leen su “Introducción” al volumen recopilatorio “Selected Stories” (Penguin, 1998), entenderán enseguida su dedicación en exclusiva al arte de mimar las palabras que más tarde mimarán al lector: un adjetivo vale en su prosa por un tratado emocional,  y un ramo de flores de jardín lo es todo menos un detalle ornamental.

Desperdigados en el cosmos narrativo del Canadá, se sitúan después los demás planetas del sistema.  Douglas Coupland (1961) se ganó la fama con su novela “Generación X”: Relatos para una cultura acelerada·” (1991), manifiesto de la vanguardia pop y de la tecno-novela conectada a la religión, el sexo y la tecnología. Más tarde ha publicado “J-Pod” (2006), convertido en serie de televisión,  si bien será para siempre jamás el padre de la Generación X, el analista de la fascinación por la cultura popular de masas y por el impacto de los medios de comunicación y el diseño gráfico y las artes visuales, el gurú de la narrativa experimental de los noventa, heredero de Vonnegut y de Warhol.  Simplemente por haber escrito “Sangre de mi sangre” (1999), la magnífica novela-río de la saga de los MacDonald desde el XVIII escocés a mediados de los ochenta en Nueva Escocia, Canadá, Alistair MacLeod (1936) se merece un lugar de privilegio en la narrativa canadiense, consolidado desde que en 2000 salió a la luz su volumen de cuentos completos, “Island”. Robertson Davies (1913-1995), el autor de la novela “Los ángeles rebeldes” (1981), que abre la Trilogía de Cornish,  Mavis Gallant (1922),  afincada en París y autora de magníficos relatos cosmopolitas de expatriados solitarios e ilusiones defraudadas, en su mayoría publicados en “The New Yorker” y reunidos en “Cuentos” (1996) editados por Lumen el año pasado, y el enigmático Réjean Ducharme (1941), autor de “El valle de los avasallados” (1966), cautivadora novela lírica e introspectiva acerca de la infancia como refugio de la niña prodigio Bérénice,  de un estilo lúdico inconfundible, pasan por ser los más veteranos de entre los clásicos contemporáneos.

Y brilla también el planeta Michael Ondaatje (1943), que por encima de todo es el autor de la célebre novela “El paciente inglés” (1992), con la que ganó el Booker y el reconocimiento internacional merced a su versión cinematográfica, y la más joven estrella, Joseph Boyden, autor de la novela “Tres días de camino” , biografía de ficción de un indio de Ontario que llegó a héroe de la Primera Guerra Mundial, y sobre todo evocadora historia de supervivencia.

Un sistema planetario ciertamente atractivo, el canadiense. Tan atractivo como escasamente explorado.”


Javier Aparicio Maydeu
“El País”
08/05/2010