Avui, en els jardins de Ca n’Ortadó, Magdalena Albero Andrés, professora de
la Facultat de Ciències de la Comunicació de l’UAB, ha presentat la seva
primera novel·la: “Los caminos del mar”, un viatge a la Grècia del segle III
a.d.c.
“En el año 285
a.C Irene tiene quince años y vive con su padre en Atenas. Su educación, que
Kleón ha cuidado con un esmero nada habitual para una mujer, la ha convertido
en una joven curiosa y culta. Sin embargo, todo su mundo se derrumba cuando él
es encarcelado. Irene queda bajo la tutela de Herófilo, un familiar médico con
el que huirá de Atenas. Durante una larga estancia en Creta, donde se ven
obligados a recalar, Irene acabará por adquirir conocimientos básicos de
medicina, suficientes para despertar su interés por continuar aprendiendo y
practicando. Así empieza su periplo por el Mediterráneo, que es a la vez un
viaje hacia el descubrimiento de sí misma.
En la aventura
vital de la protagonista se cruzan no sólo los dos hombres a los que amará,
sino también personajes históricos como Herófilo de Calcedonia, el rey Ptolomeo
I o el filósofo Epicuro, y las mujeres anónimas -campesinas, esclavas,
cortesanas y esposas de ciudadanos griegos-, que la ayudarán a convertirse en
adulta. Las peripecias de Irene nos acercan a una época en que la ciencia
médica daba sus primeros pasos y el arte y la filosofía formaban la conciencia
colectiva y se planteaban dilemas no muy alejados de los que vivimos hoy. Una
vida fascinante narrada en una novela imperdible.”
“El Monte Carmelo es una colina desnuda y árida situada al
noroeste de la ciudad. Manejados los invisibles hilos por expertas manos de
niño, a menudo se ven cometas de brillantes colores en el azul del cielo,
estremecidas por el viento, asomando por encima de la cumbre igual que escudos
que anunciaran un sueño guerrero. La colina se levanta junto al Parque Güell,
cuyas verdes frondosidades y fantasías arquitectónicas de cuento de hadas mira
con escepticismo por encima del hombro, y forma cadena con el Turó de la Rovira,
habitado en sus laderas, y con la Montaña Pelada. Hace ya más de medio siglo
que dejó de ser un islote solitario en las afueras. Antes de la guerra, este
barrio y el Guinardó se componían de torres y casitas de planta baja: eran
todavía lugar de retiro para algunos aventajados comerciantes de la clase media
barcelonesa, falsos pavos reales de cuyo paso aún hoy se ven huellas en algún
viejo chalet o ruinoso jardín. Pero se fueron. Quién sabe si al ver llegar a
los refugiados de los años cuarenta, jadeando como náufragos, quemada la piel
no sólo por el sol despiadado de una guerra perdida, sino también por toda una
vida de fracasos, tuvieron al fin conciencia del naufragio nacional, de la isla
inundada para siempre, del paraíso perdido que este Monte Carmelo iba a ser en
los años inmediatos. Porque muy pronto la marea de la ciudad alcanzó también su
falda Sur, rodeó lentamente sus laderas y prosiguió su marcha extendiéndose por
el Norte y el Oeste, hacia el Valle de Hebrón y los Penitentes. En su falda
escalonada como un anfiteatro crece la hierba de un verde amargo, salpicada
aquí y allá por las alegres manchas amarillas de la ginesta. Una serpiente
asfaltada, lívida a la cruda luz del amanecer, negra y caliente y olorosa al
atardecer, roza la entrada lateral del Parque Güell viniendo desde la plaza
Sanllehy y sube por la ladera oriental sobre una hondonada llena de viejos
algarrobos y miserables huertas con barracas hasta alcanzar las primeras casas
del barrio: allí su ancha cabeza abochornada silba y revienta y surgen calles
sin asfaltar, torcidas, polvorientas, algunas todavía pretenden subir más en
tanto que otras bajan, se disparan en todas direcciones, se precipitan hacia el
llano por la falda Norte, en dirección a Horta y a Montbau. Además de los
viejos chalets y de algún otro más reciente, construido en los años cuarenta,
cuando los terrenos eran baratos, se ven casitas de ladrillo rojo levantadas
por emigrantes, balcones de hierro despintado, herrumbrosas y minúsculas
galerías interiores presididas por un ficticio ambiente floral, donde hay
mujeres regando plantas que crecen en desfondados cajones de madera y muchachas
que tienden la colada con una pinza y una canción entre los dientes.
(…)
Para la señora Serrat, el Monte Carmelo era algo así como el
Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas. Otro
mundo. A través de la luminaria azul de su vida presente, a veces aún le
asaltaban lejanos fogonazos rojos: un viejo cañón antiaéreo disparando desde lo
alto del Carmelo y haciendo retumbar los cristales de las ventanas de todo el
barrio (entonces, cuando la guerra, vivían en la barriada de Gracia, y al
horrendo cañón al que la gente lo llamaba el «Abuelo»). (…) Eran hijos de
refugiados de la guerra, golfos armados con tiradores de goma y hondas de
cuero, y rompían faroles y se colgaban detrás de los tranvías. Pensando en
ello, ahora le dijo a su hija:
—Tú ya no te acordarás, pero cuando eras una niña, un salvaje del
Carmelo estuvo a punto de matarte...”
Siempre nos han agradado las concepciones geométricas
de las cosas. Indican una limpieza mental envidiable, un amor a la lógica, a
las soluciones pulcras, a las calidades impecables. Por ello mismo las
trayectorias del peatón barcelonés por las calles de nuestra ciudad, rectas y
geométricamente quebradas y zigzagueantes, no han podido menos que ser bien
recibidas por nosotros. Constituimos gozosamente un pequeño y ordenado glóbulo
rojo en la presión arterial de la circulación ciudadana. Y los reglamentos que
la regulan son observados con esmero por nosotros, conscientes del valor de una
disciplina en cualquier orden de la vida.
Así, pues, bien dispuestos como siempre que nos
abocamos a la calle, salimos una mañana varios amigos, hace ya bastante tiempo.
En la Ronda de la Universidad nos fue dado admirar un cívico y notable
espectáculo: un hermoso vehículo, de líneas graciosas y brillantes, avanzaba
por los raíles del tranvía a tren de cortejo, ornado con bellas guirnaldas
verdes, con banderas y gallardetes. Dentro de esta notable fábrica, un grupo de
señores viajaban con el talante grave y a la vez amable de quien cumple
gustosamente su deber. Bien pronto vimos con agradable sorpresa y admiración
que aquello era un tranvía vestido de gala y que los señores eran autoridades y
miembros directivos de la Compañía, y que todo el volumen de fiesta era porque
aquel tranvía inauguraba una nueva serie de vehículos que por su eficiencia y
modernidad venían destinados a mejorar el servicio en nuestras calles, cosa que
nos llenó de regocijo.
Al cabo de breve tiempo circularon, efectivamente,
estos tranvías que abren sus puertas con un resorte, y cuyos cristales están
siempre irisados de grietas con una adorable negligencia. Pero inmediatamente
notamos la anomalía de que solo se subía y bajaba del vehículo por la derecha,
con notorio peligro de las vidas de los viajeros. Como el reglamento de circulación prohíbe
terminantemente tal temeridad, nosotros lo hicimos notar, extrañados, a una
autoridad municipal que nos informó, con amable interés, que pronto se iban a
construir unos burladeros a la derecha de las paradas de estos tranvías. Con lo
que consideramos que las desgracias que sucediesen en este lapso de tiempo bien
empleadas estarían si daban a luz a tan notable adelanto. Porque colocar un
islote en medio del estrecho espacio de las calzadas laterales del paseo de
Gracia, por ejemplo, sin impedir el resto de la circulación, es una
delicadísima labor de ingeniería, propia de finísimos cerebros.
Pero, por desgracia, ha pasado un año y los burladeros
no aparecen por ninguna parte. Tan sólo los hay en la plaza Universidad; el
resto de los larguísimos trayectos sigue siendo igualmente peligroso. Nosotros
seguimos circulando bajo la mirada severa del urbano, en tanto que los tranvías
gozan aún de su deliciosa anarquía. Las damas ancianas, los señores reumáticos,
se siguen jugando la vida en sus viajes, en estos tranvías que si algo tienen
es una mayor incomodidad que los demás,
si es que es posible matizar entre cantidades infinitamente grandes. ¿Cómo
puede seguir todo esto? ¿Dónde están aquellos burladeros que debían ser sereno
puerto para el atribulado viajero? ¿Por cuáles prerrogativas no han de observar
las leyes municipales los tranvías o qué rara ventaja tiene el viajero bajando
y subiendo de este modo, si no es la de ser servido como en bandeja a las
ruedas de los automóviles?
El caso es que
hasta el torero de la plaza tiene un burladero para cubrirse de un único toro,
y nosotros no podemos tenerlo para la gran cantidad de coches que circulan
desatados por Barcelona. A no ser que esta demora en la construcción se deba
solamente a que se ha encargado de ella a la heroica brigada que está, desde
hace años, en la plaza de Cataluña trabajando en una labor que, aunque
misteriosa, parece ser destinada a traernos la felicidad a todos, si se juzga
por la tenacidad y parsimonia concienzuda con que se lleva a cabo. Lo que
sería, desde luego, una explicación suficiente, pues parece ser que en toda la
ciudad no hay otros hombres que sepan remediar nuestros pavimentos si no esté
tan reducido grupo de obreros que acampa en nuestra vastísima plaza, por lo
cual se hace tan lenta y pesada su labor.
“XXXV CONGRESO EUCARISTICO
INTERNACIONAL DE BARCELONA
(27 MAYO - 1 JUNIO 1952)
Por segunda vez cabe a la Patria
Hispana el inmenso honor de encerrar en sus floridos confines la gloria de un
Congreso Eucarístico Internacional. Fue en 1911 cuando la meseta castellana
—inmensa ara sacrificial alzada sobre el pedestal de toda la Península—
presencio un espectáculo único en la Historia de los pueblos: La procesión eucarística,
corona de aquel Congreso, por expresa voluntad de Don Alfonso XIII, penetra en
el Regio Alcázar... Jesucristo avanza majestuosamente hacia el trono de España,
seguido del último de sus reyes y de toda la Real Familia, y asciende al solio
de la Patria que le proclama su Rey indiscutible. Ahora, la antigua Barcino de
San Paciano, pupila de España en el Mediterráneo, será testigo de escenas
inolvidables y mostrará al mundo entero que España es la nación eucarística por
antonomasia con la heráldica de sus pueblos engarzada frecuentemente en
alegorías eucarísticas; con la teoría deslumbradora de sus custodias
insuperables; con sus Autos Sacramentales, género exclusivamente suyo en la
literatura universal, por el que un sacerdote de Cristo y de Melpómene, Calderón,
discute la supremacía dramática a Esquilo, Sófocles y Shakespeare; con el
humilde San Pascual Bailón, simpática figura de Hispanidad, que ejerce el
patronato de las asambleas eucarísticas en el orbe católico.”
en
Helmántica
Revista
de humanidades clásicas
Universidad
Pontificia Eclesiástica
Salamanca,
enero-junio 1952
nº
9 y 10
“—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba verte.
—¿Por qué? ¿Sucede
algo? —Se asustó.
Rogelio bajó la
voz. Su aire de conspirador se acentuó todavía más.
—Pusimos una bomba
—dijo.
—Dios mío… —gimió
ella.
—En febrero hubo un
consejo de guerra contra varios de la CNT. Era nuestra represalia. Lo malo es
que estalló antes y mató a uno de los nuestros. Tuvimos que ocultarnos pero…
—¿Qué?
—No creo que
podamos estar más tiempo yendo de un lado para otro. Franco viene el 28, por lo
del Congreso Eucarístico. Van a peinar la ciudad y es probable que estén sobre
nuestra pista. No nos queda más remedio que escondernos hasta que haya pasado
todo ese lío.
—¡Rogelio, no! —Se
asustó aún más.
—Escucha, Fuensanta.
—La tocó por primera vez, sujetándola por un brazo, descargando en ella toda su
energía, la presente y la retenida desde el mismo día en que se habían
conocido—. Estoy organizando las cosas para irme de España.
—¿Adónde? —La
palidez se hizo absoluta.
—Primero a Francia.
Luego ya se verá. Lo importante es salir de esta mierda.
—Pero si te vas, ya
no…
—No volveré, si es
eso a lo que te refieres.
—¿Y tú lucha?
Pensaba que era aquí donde querías llevarla a cabo.
No respondió a su
pregunta, ni a su comentario.
Seguía
sujetándola.
La miró
a los ojos.
—Vente
conmigo.
El
disparo verbal la alcanzó de lleno. Fue un impacto directo a su razón. La
sacudió de arriba abajo. La conmocionó.
—¿Quieres
que yo…?
—Sí.
—Los ojos destilaron fuego, seguridad—. Aquí no tienes nada. Está tu familia,
tu trabajo, de acuerdo, pero no vas a tener una vida. Este país vivirá en un
túnel mientras exista ése y su régimen. Y puede que después de muerto también,
durante demasiado tiempo. No quiero llegar a viejo lamentándolo. Las cárceles
siguen llenas de presos de la guerra aunque con lo del Congreso habrá una
amnistía. Las calles se llenarán de cadáveres ambulantes, rendidos y sin ganas
de seguir luchando. Tenías razón: somos unos pocos contra muchos y tarde o
temprano nos matarán a todos. Ven conmigo y sé libre, Fuensanta.
—¿Estás
loco?
—No, lo
estarás tú si te quedas. Eres diferente a ellos. —Movió la cabeza en dirección
a su casa—. Puede que aún no lo sepas, pero yo sí lo sé. Desde el primer día.
Una parte de ti se aferra a la realidad, pero la otra te grita desde dentro y
se rebela. Una u otra ha de ganar, a la larga. Las dos no pueden coexistir.
Pero cuanto más tardes en resolverlo, será peor para ti. Yo te ofrezco la
posibilidad de decidirlo ahora.
—¿Quieres
salvarme?
—Sabes
que no es sólo eso.
El
fuego y la seguridad se hicieron gelatina, como un magma maleable y sometido a
la mayor de las temperaturas antes de volverse sólido. Por un momento creyó que
él iba a abrazarla. Por un momento pensó que lo deseaba. De los ojos pasó a los
labios. Las palabras de Rogelio flotaban dentro y fuera de sí misma. Un guante
para su piel. Una esperanza para su alma.
La vida
cambiaba con un simple chasquido de dedos.
—He de
irme. —Rogelio suspiró—. Me estoy exponiendo y no quiero comprometerte.—Espera, por
favor…
—Te
enviaré un mensaje llegado el momento, con la hora, el día y el lugar. Puede
ser dentro de un mes o de dos semanas, pero lo más probable es que sea pasado
el Congreso Eucarístico, cuando toda la gente que acudirá a Barcelona se vaya.
Nos iremos a la frontera y nos pasarán a Francia por los Pirineos. Allí tenemos
amigos; no estaremos solos ni nos moriremos de hambre.
—Tú y
yo… —apenas si pudo musitar Fuensanta.
—Juntos
tendremos una oportunidad. La necesitamos y la merecemos.
Esperaba
una palabra más.
Sólo
una.
Pero
Rogelio no la dijo.
—Piénsalo,
Fuensanta —se despidió de ella.
Le vio
alejarse, encorvado, hurtándoles su rostro y su presencia a los demás. Se
convirtió en una sombra. Luego en un punto perdido que se evaporó entre la
gente.
Úrsula
se detuvo a su lado.
—¿Qué
quería? —le preguntó.
—Nada.
—Dominó sus emociones.
—Le
cogerán y le matarán —dijo la chica con voz quejumbrosa.
EL u de març de 1951 es va produir la primera vaga
a Barcelona després de la guerra. L'espurna va ser la pujada del bitllet dels
tramvies. Es va declarar un boicot i la gent no els agafava anant al seu
treball caminant mentre molts manifestaven la seva protesta. La ciutat va ser
presa per la policia armada i l'exèrcit. Després de dues setmanes de boicot, es
van produir aldarulls on els treballadors van incendiar tramvies. El governador
civil va ordenar la intervenció de la Guàrdia Civil i va haver-hi diverses
morts. Les protestes es van estendre a tot Espanya, però només van tenir
repercussió a Barcelona. El 22 de març es va declarar la Vaga General que va
ser seguida per molts treballadors. Aquesta seria l'última vaga del moviment
anarquista a Barcelona, encara que el seu inici va ser molt espontani perquè
la població portava més d'un decenni suportant unes condicions de vida
duríssimes i una fortíssima repressió policial. El moviment va tenir gran
repercussió internacional. Finalment el règim, que ja coquetejava amb els USA, va destituir
el governador civil i l'alcalde de Barcelona anul·lant la pujada de preus. La
primera victòria dels treballadors des de la guerra.
62
“Y de
pronto, era como si volviera la guerra.
Antonio aún
recordaba las trincheras, las explosiones, los disparos, los del enemigo y los
suyos, aunque jamás había apuntado ni tenía la sensación de haber matado a
nadie. Y recordaba cuando había caído preso, la cárcel, el miedo, la seguridad
de que cada noche sería la última porque lo fusilarían.
Aquellas
lágrimas de impotencia.
—¡A la
huelga!
—¡Todos!
—¡Pues claro
que sí, y si es necesario, a las barricadas!
Parecía que
eran las mismas voces, las de Agapito, Eusebio, Leonardo, Restituto, Ricardo.
Pero no. Eso era imposible porque ellos estaban muertos. No quedaba nadie. Los
había visto caer, a uno en el frente de Aragón, de un disparo, a otro en el
Ebro por lo mismo, a otro evaporado al caerle un obús encima, a otro…
—¡No son
sólo los tranvías, son las condiciones de trabajo!
—¡Exacto,
compañeros! ¡Esto hay que arreglarlo ya!
—¡Basta de
explotación!
Se trabajaba
muchas horas y en condiciones cada vez más duras, todo estaba muy caro, una
escalada de precios que se disparaba de día en día. La única vía de subsistencia
a veces era el estraperlo y su inhumana carga para unos salarios siempre en
precario. No les quedaban cosas que empeñar. Ya no podían más. La subida de los
tranvías era la gota que rebosaba el vaso.
—¡Huelga!
—¡Huelga!
—¡Huelga!
La misma
palabra en todas partes.
La primera
huelga en la España de Franco.
Y en
Barcelona.
—¿Y si
vienen a matarnos, con los tanques…?
—¡Coño,
Antonio!
—Es que así
empezamos en el 36.
—¿Tú con
quién luchaste?
—Con la
República.
—Yo con los
nacionales, ¿ves? ¿Y qué? No se trata de eso, ahora no hay rojos ni azules. Se
trata de ganarnos un respeto. Hoy son los tranvías, ¿y mañana? ¡Cada día llegan
más compañeros, también es por ellos! ¡Aquí o se va a la huelga o esto estalla!
¿Quieres ver cómo tu familia pasa hambre?
—No.
—Pues a la
huelga. Es nuestro derecho. Somos trabajadores.
—Nuestro
derecho en la República. Ahora manda Franco.