16/08/2018

padre y literatura, 1


El libro de la memoria  es la segunda parte de un libro de Paul Auster titulado La invención de la soledad.

Una mañana de enero de 1979,  Paul Auster se enteró de que su padre había muerto. Y comenzó a escribir el libro que,  como dice él,  fue el comienzo de todo, y  el germen de todo el universo literario austeriano. En esa segunda parte,  El libro de la memoria,  Auster encadena la reflexión acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y la soledad del escritor.



"Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro. Sólo podemos conocer un poco a otro ser humano, si es que esto es posible, en la medida en que él se quiera dar a conocer. Un hombre dirá: "tengo frío", o temblará, y de cualquiera de las dos formas sabremos que tiene frío. Pero ¿qué pasa con el hombre que ni dice nada ni tiembla? Cuando alguien es inescrutable, cuando es hermético y evasivo, uno no puede hacer otra cosa que observar; pero de ahí a sacar algo en limpio de lo que observa hay un gran trecho.

No quiero dar nada por sentado.

Él nunca hablaba de sí mismo, nunca parecía que hubiera nada de lo cual pudiera hablar. Era como si su vida interior lo eludiera incluso a él.

No podía hablar de ello y por lo tanto se refugiaba en el silencio.

Y si no hay nada más que silencio, ¿no será presuntuoso que hable yo? Sin embargo, si hubiera habido algo más que silencio, ¿acaso habría sentido la necesidad de hablar?

Mis opciones son limitadas. Puedo permanecer en silencio, o hablar de cosas que no pueden probarse. Al menos quiero presentar los hechos, ofrecerlos de la forma más directa posible y dejarlos decir lo que tengan que decir. Pero ni siquiera los hechos dicen siempre la verdad.

Era de una neutralidad tan implacable, su conducta era tan absolutamente predecible, que todo lo que hacía resultaba sorprendente. Uno no podía creer que existiera un hombre así, sin sentimientos, que esperara tan poco de los demás. Pero si no existía ese hombre, entonces había otro, un individuo oculto tras aquel que no estaba allí, y el asunto es encontrarlo. Siempre y cuando esté ahí para que uno lo encuentre."

fragmento

15/08/2018

recuerdos




“La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos.  La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o,  mejor dicho,  está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos. Sé que pasaron muchas cosas durante aquellos años,  pero intentar recordarlas es tan desesperante como intentar recordar un sueño, un sueño que nos ha dejado una sensación,  pero ninguna imagen,  una historia sin historia, vacía, de la que queda solamente un vago estado de ánimo.  Las imágenes se han perdido. Los años,  las palabras,  los juegos,  las caricias se han borrado,  y sin embargo,  de repente, repasando el pasado,  algo vuelve a iluminarse en la oscura región del olvido.  Casi siempre se trata de una vergüenza mezclada con alegría,  y casi siempre está la cara de mi papá,  pegada a la mía como la sombra que arrastramos o que nos arrastra.”


Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 137


14/08/2018

el soneto







“Esa misma mañana del 25 de agosto,  mi papá había estado un rato en la Facultad de Medicina,  y luego en su despacho en el segundo piso de la casa donde funcionaba la empresa de mi mamá en el centro, en la carrera Chile,  al lado de la casa donde había vivido Alberto Aguirre en su juventud y donde seguía viviendo su hermano. Esa era la sede del Comité de Derechos Humanos de Antioquia.  Supongo que fue en algún momento de esa mañana cuando mi papá copió a mano el soneto de Borges que llevaba en el bolsillo cuando lo mataron,  al lado de la lista de los amenazados.  El poema se llama «Epitafio» y dice así:









Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán , y que es ahora,
todos los hombres,  y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.”

Aquí. Hoy

Jorge Luis Borges

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 238-239


Un poema en el bolsillo, relato de las pesquisas que llevaron a descubrir la autoría del soneto a Héctor Abad Faciolince




13/08/2018

el pensamiento libre


“El pensamiento libre -fuera de ser una gran satisfacción personal- es lo que ha permitido que la humanidad haya adelantado. El pensamiento libre nos permite crear mejores esquemas y aspirar a cosas mejores.

Es difícil enseñar cuando no se quiere imponer un pensamiento, sino estimular el pensamiento ajeno, libremente. La gente se siente insegura cuando no le dicen lo que debe creer. Y ese sentimiento de inseguridad lo refleja a veces en contra del maestro que no le da una directiva clara.

Los maestros que perduran,  por supuesto, son los que crean su escuela,  su capilla,  su círculo,  su imperio,  su iglesia. Pero muchas veces me he puesto a pensar que no envidio a esos maestros; ni aun a los grandes Maestros de la historia de la humanidad. Es verdad que han creado seguidores por millares,  por millones. ¿Pero qué han hecho sus seguidores con sus ideas? Creo que, en general, las han desvirtuado. Han creado capillas, círculos, iglesias, religiones, aun naciones,  que en nombre de los más altos ideales,  se han dedicado a matar,  a conquistar,  a perseguir,  a adquirir prestigio personal,  gloria y poder para ellos y sus seguidores, siempre en nombre del maestro,  o de la religión o del movimiento nacional o político que dicen seguir.

¿Qué han hecho el Cristianismo y el Islam? ¿Qué está haciendo ahora el comunismo? ¿Qué han hecho,  aun los que hablan de la libertad y de la propia determinación de las naciones? Han hecho guerras,  dizque para defender esos principios de paz y tolerancia.

Es evidente que la salud – la mera ausencia de la enfermedad- es un gran bien en sí mismo para cualquier individuo. Todo lo que hagamos para que una persona tenga salud, es bueno para esa persona. Pero cuando consideramos las cosas colectivamente,  ¿en qué medida se debe buscar la salud de todos, y a qué costo? ¿Hay otras cosas más importantes que la ausencia de la enfermedad? Evidentemente sí.

El “completo bienestar físico, mental y social” de que habla la Constitución de la Organización Mundial de la Salud,  como la definición de salud,  es el ideal al cual queremos que lleguen todos los seres humanos.  Pero a ese bienestar se llega por muchos otros caminos,  y por muchas otras vías,  fuera de la salud pública.  Muchas otras condiciones,  fuera de la mera ausencia de la enfermedad,  son necesarias,  también,  para adquirir el bienestar.

En todas las culturas,  el trabajo adecuado a las circunstancias y a la personalidad de cada cual;  los sentimientos de los demás hacia uno mismo;  la vida familiar,  el amor,  la religión, la seguridad económica y social,  son tan importantes como la salud.

Por eso el celo desmedido por hacer sanos a todos,  o por erradicar una enfermedad de determinado lugar,  no ha hecho,  necesariamente,  más felices a las personas de ese lugar.  A veces esas acciones unilaterales han traído problemas peores. Como todas las acciones unilaterales en cualquier sentido.  Los fanáticos de la alimentación también creen que con darle comida a todos,  estarán así más felices.  Y los fanáticos de la religión,  lo mismo.  Y los fanáticos de la educación,  de la misma manera. Y así los fanáticos de la vivienda,  del vestido,  de la recreación,  del deporte,  de la salud mental,  de la economía.

Muchos creen que el dinero es la respuesta a todos los problemas. Pero estos “fanatismos” unilaterales - aun por cosas en sí mismo buenas- no han traído sino más dolores y más problemas a la humanidad.

Alcanzar la sabiduría es llegar a encontrar el equilibrio entre tantos llamados o vocaciones.  El ser humano es un ser muy complejo.  No lo podemos mirar desde un solo ángulo. Debemos tratar de comprenderlo,  íntegramente,  y así deberíamos mirar a la sociedad y a las culturas. De allí la sabiduría de los antropólogos, los científicos sociales modernos que más promesas pudieran hacer concebir a la humanidad.  Ellos toman el punto de vista de la integridad de las culturas y la línea ética del gran respeto por todas ellas.  Porque todos los elementos de la cultura de un pueblo son muy imbricados entre sí,  y tratar de modificar uno, sin modificar los demás,  es imposible,  y muchas veces - aunque parezca conveniente-  puede ser perjudicial.

¡Con qué gran respeto se debe mirar a cada persona, a cada comunidad, a cada sociedad,  a cada nación!  ¡Con qué gran cuidado nos deberíamos abstener de dar consejos para cambios que creemos buenos, en sentimientos,  acciones y conceptos! ¡Con qué humildad deberíamos exponer lo que consideramos nuestros valores! Poniendo siempre de presente, desde el principio,  que podemos estar equivocados,  y que la libertad de escoger debe quedar en manos de cada individuo y de cada sociedad.

Sólo cuando se puedan abarcar todas las cosas,  se debería permitir que se enseñara una.  Sólo a los humildes de corazón se les debería permitir enseñar.  Sólo a los que sepan que nada saben.

Cuando la profesión del maestro, que debería incluir solamente a antropólogos, científicos, sabios y hombres buenos, sea la más alta, más respetada y mejor escudriñada profesión de la tierra, esta civilización y estas sociedades occidentales habrán alcanzado la sabiduría y la maduración,  que algunas sociedades orientales alcanzaron.

El mero conocimiento no es sabiduría.  La sabiduría sola tampoco basta.  Son necesarias la sabiduría y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres.  Aunque podríamos decir que todo hombre sabio, si verdaderamente lo es,  tiene también que ser bueno.  Porque la sabiduría y la bondad son dos cosas íntimamente entre mezcladas.”



Héctor Abad Gómez.
              Manual de Tolerancia
fragmentos seleccionados por Héctor Abad Faciolince

12/08/2018

velas encendidas

habitantes de Medellín se sumaron a la Velatón Nacional, 
protesta pacífica que se realizó en diferentes regiones de Colombia.

Velas encendidas (Parque de Los Deseos, Medellín)

Por Ricardo Silva Romero

“Esta es la peor, la más monstruosa, de las frases colombianas de estos años: “Mataron a otro líder social que iban a matar”.  Según Indepaz, que lleva cuatro décadas reclamando el derecho a la vida acá en Colombia, de enero de 2016 a junio de 2018 fueron asesinados 311 defensores de los derechos de todos: una mujer o un hombre cada tercer día, 311 en total, un exterminio enfrente de uno. Este año, que apenas va por la mitad, ya han matado a 123 personas a unos pasos de sus familias: porque respaldaban los acuerdos de paz, porque ponían la cara en procesos de restitución de tierras, porque denunciaban a los grupos ilegales que han querido tomarse los lugares que fueron de las FARC, porque peleaban por la sustitución de cultivos de coca, pero sobre todo porque en este país impune aún hay villanos de cine del Oeste que no ven por qué no matar.

Entiende uno el asunto cuando escucha una grabación espeluznante, revelada en las redes sociales, en la que un paramilitar amenaza de muerte a una profesora del sur de Bolívar porque sí, por ser ella: el criminal llama “grosera” a la señora Deyanira Ballesta por responderle con coraje a su ultimátum –“a mí usted no me habla así”, le advierte el hombre desencajado e implacable– porque, cuando a un Estado le queda grande un mapa, ciertos lugares empiezan a ser sitiados, sometidos, regidos, por matones perdidos en su propia lógica. Silencio. Aquí se hace lo que a mí me da la gana. Si yo le digo que se muera, usted se muere. ¿Y quién va a decirles que no? ¿El Gobierno saliente o el Gobierno entrante? ¿El Ejército Nacional de Colombia? ¿La Fiscalía? ¿La prensa que ha estado llevando la cuenta de los asesinatos?

El viernes pasado, a las seis de la tarde, la sociedad civil se tomó las plazas de cincuenta ciudades del mundo para encender velas por las vidas de los líderes; para dejar en claro que se da cuenta del exterminio que está ocurriendo ahora mismo; para poner en blanco y negro que los asesinatos han sido sistemáticos porque han sido agresiones contra las personas que defendieron la paz lejos de las grandes ciudades; para notificarles a los grupos ilegales que sí hay ley y sí hay Dios y sí hay país que está mirando. Fue una movilización de verdad. Si uno ve –por ejemplo– lo que sucedió en el emblemático Parque de Los Deseos, un lugar para la cultura en aquella Medellín que ha hecho tanto para librarse de sus guerras y de sus estigmas, es testigo de un plantón pacífico y esperanzador como una dolida guardia de todas las generaciones.

Este lunes el presidente Santos firmó tanto el Estatuto que establece las garantías de la oposición aquí en Colombia como la esperanzadora ley para el sometimiento colectivo de las bandas criminales que siguen gobernando –o sea volviendo infiernos– ciertos municipios del país. Pero ninguna buena noticia será suficiente si el presidente Duque, que el viernes rechazó con claridad los crímenes y el lunes firmó el pacto por la defensa de los líderes sociales, no consigue convencer al país de que encender velas por las vidas de los que van a morir no es un gesto de izquierda: resulta increíble que cínicos e insensatos de su propio partido, más uribistas que Uribe, no hayan querido entender que la llamada “velatón” no era una jugada para entorpecer al Gobierno entrante, sino una plegaria urgente –y un llamado al Gobierno saliente y al Gobierno entrante– para que nadie haga política con armas y nadie se vea obligado en la próxima hora a dar la noticia de que ha sido asesinado otro u otra líder en Ituango, en Tumaco, en Guacarí, en Cáceres.

311, 312, 313 personas asesinadas por defender sus derechos: hay que haber renunciado a la piedad para encontrarle un “pero” a esa noticia.”


Ricardo Silva Romero
El País
11 de julio de 2018



11/08/2018

el olvido que seremos, 3



“Durante esas salidas de campo,  mi papá no daba respuestas,  como suele hacerse en todas las clases,  sino que utilizaba el viejo método socrático de enseñar preguntando. Los estudiantes se desconcertaban e incluso protestaban: ¿de qué servía un profesor que en vez de enseñar no hacía sino preguntas y más preguntas? Si iban al hospital no era para tratar a los pacientes, sino para interrogarlos o para medirlos; lo mismo pasaba con los campesinos. Debían investigar las causas sociales, los orígenes económicos y culturales de la enfermedad: por qué ese niño desnutrido estaba en esa cama de hospital, o ese herido de bala, de tránsito, de machetazo o cuchillada, y por qué a ciertas categorías sociales les daba más tuberculosis, o más leishmaniasis o más paludismo que a otras. En la cárcel estudiaban la génesis del comportamiento violento, pero también intentaban ayudar para que los tuberculosos no estuvieran en sitios donde pudieran contagiar a los demás reclusos, o de controlar con programas alternativos (clases, lecturas, cineclubes) la drogadicción, el abuso sexual, la difusión del sida, etc.

Su noción novedosa de la violencia como un nuevo tipo de peste venía de muy atrás. Ya en el primer Congreso Colombiano de Salud Pública, organizado por él en 1962, había leído una ponencia que marcaría un hito en la historia de la medicina social del país: su conferencia se llamó «Epidemiología de la violencia» y allí insistía en que se estudiaran científicamente los factores desencadenantes de la violencia; proponía, por ejemplo, que se investigaran los antecedentes personales y familiares de los violentos, su integración social, su «sistema cerebral», su «actitud ante el sexo y los conceptos que tengan de hombría (machismo)». Recomendaba que se hiciera «un completo examen físico, psicológico y social del violento, y un examen comparativo, igual al anterior, de otro grupo de no violentos, similar en número, edades y circunstancias, dentro de las mismas zonas y grupos étnicos, para analizar las diferencias encontradas entre uno y otro».

Observaba con detenimiento las causas de muerte más frecuentes, y allí comprobaba las intuiciones sin cifras que tenía tan solo mirando lo que pasaba y oyendo lo que le contaban: en Colombia crecía de nuevo la epidemia cíclica de la violencia que había azotado el país desde tiempos inmemoriales, la misma violencia que había acabado con sus compañeros de bachillerato y que había llevado a la guerra civil a sus abuelos. Lo más nocivo para la salud de los humanos, aquí, no era ni el hambre ni las diarreas ni la malaria ni los virus ni las bacterias ni el cáncer ni las enfermedades respiratorias o cardiovasculares. El peor agente nocivo, el que más muertes ocasionaba entre los ciudadanos del país, eran los otros seres humanos. Y esta pestilencia, a mediados de los años ochenta, tenía la cara típica de la violencia política. El Estado, concretamente el Ejército, ayudado por escuadrones de asesinos privados, los paramilitares, apoyados por los organismos de seguridad y a veces también por la policía, estaba exterminando a los opositores políticos de izquierda, para «salvar al país de la amenaza del comunismo», según ellos decían.

Su última lucha fue, pues, también una lucha médica, de salubrista, aunque por fuera de las aulas y de los hospitales. Permanente y ávido lector de estadísticas (decía que sin un buen censo era imposible planear científicamente ninguna política pública), mi papá contemplaba con terror el avance progresivo de la nueva epidemia que en el año de su muerte registró cifras por homicidios más altas que las de un país en guerra, y que en los primeros años noventa llevó a Colombia a tener el triste primado de ser el país más violento del mundo. Ya no eran las enfermedades contra las que tanto luchó (tifoidea, enteritis, malaria, tuberculosis, polio, fiebre amarilla) las que ocupaban los primeros puestos entre las causas de muerte en el país. Las ciudades y los campos de Colombia se cubrían cada vez más con la sangre de la peor de las enfermedades padecidas por el hombre: la violencia. Y como los médicos de antes, que contraían la peste bubónica, o el cólera, en su desesperado esfuerzo por combatirlas, así mismo cayó Héctor Abad Gómez, víctima de la peor epidemia, de la peste más aniquiladora que puede padecer una nación: el conflicto armado entre distintos grupos políticos, la delincuencia desquiciada, las explosiones terroristas, los ajustes de cuentas entre mafiosos y narcotraficantes.

Para combatir todo esto no servían vacunas: lo único que podía hacer era hablar, escribir, denunciar, explicar cómo y dónde se estaba produciendo la masacre, y exigir al Estado que hiciera algo por detener la epidemia, teniendo sí el monopolio del poder, pero ejerciéndolo dentro de las reglas de la democracia, sin esa prepotencia y esa sevicia que eran idénticas a las de los criminales que el Gobierno decía combatir. En su último libro publicado en vida, pocos meses antes de ser asesinado, Teoría y práctica de la salud pública, escribe y subraya que las libertades de pensamiento y de expresión son «un derecho duramente conquistado a través de la historia por millares de seres humanos, derecho que debemos conservar. La historia demuestra que la conservación de este derecho requiere esfuerzos constantes, ocasionales luchas y aun, a veces, sacrificios personales. A todo esto hemos estado dispuestos y seguiremos dispuestos en el futuro, muchos profesores de aquí y de todos los lugares de la tierra.» Y añadía una reflexión que sigue hoy tan vigente como entonces: «La alternativa va siendo cada vez más clara: o nos comportamos como animales inteligentes y racionales, respetando la naturaleza y acelerando en lo posible nuestro incipiente proceso de humanización, o la calidad de la vida humana se deteriora. Sobre la racionalidad de los grupos humanos empezamos algunos a tener ciertas dudas. Pero si no nos comportamos racionalmente, sufriremos la misma suerte de algunas culturas y algunas estúpidas especies animales, de cuyo proceso de extinción y sufrimiento nos quedan apenas restos fósiles. Las especies que no cambian biológica, ecológica o socialmente cuando cambia su hábitat, están llamadas a perecer después de un período de inenarrables sufrimientos.»

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 203-206




“El país está en alerta.  Los asesinatos contra líderes sociales se han disparado y,  en lo que va del año,  el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) ha registrado 123 casos.
La cifra corresponde a datos recolectados entre el 1 de enero y el 5 de julio del presente año (2018).

Según Indepaz,  Cauca (18 casos),  Antioquia (18),  Valle del Cauca (11),  Córdoba (9) y Nariño (8) son los departamentos que más asesinatos de líderes y/o defensores de Derechos Humanos han tenido en lo corrido del año.

Hasta ahora, los meses en los que más muertes se han registrado son enero (27),  marzo (21) y mayo (18).

El Instituto también aseguró que las organizaciones que más reconocen a sus líderes asesinados son Cumbre Agraria (Onic 17,  Marcha Patriótica 16,  PCN 3,  Congreso de los Pueblos 2 y  Ríos Vivos 2) y la Confederación Comunal de Colombia (16).

En lo que va del 2018,  las víctimas han sido 101 hombres y 18 mujeres.

Con relación al mismo periodo de tiempo del año anterior,  se registró un incremento de 30 asesinatos.

Además, la cifra de muertes contrasta con un mapa que maneja la Defensoría del Pueblo, en el que se habla de 311 asesinatos de líderes sociales entre el 1 de enero del 2016 hasta el 30 de julio del 2018.

Y es que según las estadísticas de Indepaz,  los asesinatos han sido 419.  Son 108 más de los que habla la Defensoría.

“Las dificultades actuales del proceso de paz exigen nuevas respuestas frente a las agresiones que se han venido presentando en contra de los líderes y de las comunidades en los territorios prioritarios para la implementación de los acuerdos”, manifestaron desde Indepaz.

Los dos últimos casos de asesinatos corresponden a dos mujeres que murieron en Tumaco (Nariño) y en Cáceres (Antioquia).

Margarita Estupiñán Uscategui fue víctima en el municipio nariñense. Tenía 54 años y era presidenta de la Junta de Acción Comunal del barrio El Recreo. Fue encontrada con 4 heridas de arma de fuego: 2 en la cabeza y 2 en la espalda.

Del caso registrado en el municipio antioqueño,  se sabe que el nombre de la víctima era Ana María Cortés,  quien fue coordinadora de la campaña de Gustavo Petro en la zona y se desempeñaba como activista en medio de la crisis de Hidroituango.

Y hay otra información que se está indagando: según el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas,  Cortés tenía “una investigación por tener vínculos con las redes de apoyo del ‘clan del Golfo’”.

Otro de los casos que llamó la atención de todo el país fue el homicidio de 7 campesinos en Argelia (Cauca). Sobre esta situación, Indepaz manifestó que no hay mucha claridad al respecto.

“Lo que sabemos es que esos campesinos no hacían parte de la comunidad y no los han reclamado como líderes o defensores de Derechos Humanos ninguna organización. Hasta que no se esclarezca el hecho no los contemplamos en el listado”, dijo el Instituto,  que agregó que la versión que tienen los militares es que esas personas eran disidentes de las Farc y los asesinó el Eln.

“Lo que sí es claro es que las organizaciones sociales y de Derechos están exigiendo más medidas de prevención y de protección territorial y colectiva”, comentó Indepaz.”

El Tiempo.com


10/08/2018

el olvido que seremos, 2

Héctor Abad Gómez (de izquierda a derecha, el quinto), cantando. 
Fecha: aprox. 1948

“Pero a principios de los sesenta, cuando yo tenía apenas tres o cuatro años, la pelea era con los representantes de la extrema derecha, como volvería a serlo en los años ochenta. Hacia 1961, mi papá tuvo su primer conflicto grave con ellos, que en ese momento eran nada menos que las más altas jerarquías de la Universidad de Antioquia, la Alma Mater donde se había formado y donde trabajó como profesor, pese a todo, hasta el último día de su vida. El rector,  Jaime Sanín Echeverri, de talante conservador (si bien con los años limaría sus filos más agudos hasta llegar a una vejez menos fanática), y sobre todo el decano de la Facultad de Medicina, Oriol Arango, empezaron a perseguirlo con el propósito, no muy oculto, de que renunciara a su cátedra. En algún momento hubo un paro de maestros públicos y mi papá apoyó la huelga con artículos e intervenciones en la radio y en la plaza. A raíz de este apoyo recibió una carta del decano, el doctor Arango, en la que lo regañaba así:

«Cuando asumí las funciones de decano, usted y yo convinimos en la necesidad de librar a la Cátedra de Medicina Preventiva, para bien de la Facultad, de lo que usted llamaba el «bad will» y yo el sambenito de comunista. Agradecí su promesa de no ahorrar esfuerzo alguno suyo para esta necesaria campaña. Pero ahora he recibido numerosas informaciones sobre su actuación en la tribuna pública y en la radio, dentro de un reciente movimiento que degeneró en un paro ilegal. En casos como este se basan las dudas sobre si en su Cátedra se está haciendo labor puramente universitaria, o se está tratando de agitar a las masas. Su actitud no se compagina con la posición de Profesor Universitario y estimo llegado el momento de definirse y escoger entre dedicarse por entero a la docencia o a actividades ajenas a ella.»

La respuesta de mi papá, después de informarle al decano sobre algunas labores que estaba emprendiendo en un pueblo cercano a Medellín con un filántropo norteamericano (se refería, sin nombrarlo, al doctor Saunders), de práctica efectiva, útil y real de la Salud Pública, traía las siguientes reflexiones:

«Debo manifestar a usted, muy respetuosamente, que nunca he entendido mi posición profesoral como renuncia a mis derechos de ciudadano y a la libre expresión de mis ideas y opiniones en la forma en que lo crea conveniente. Hasta ahora, en los cinco años de Cátedra Universitaria en esta Facultad, es la primera vez que esto trata de prohibírseme. Bajo los dos anteriores decanatos he escrito en la prensa y he emitido mis opiniones en la radio, y aunque es posible que esto sea lo que haya causado el «bad will» (entre ciertos sectores) en relación con esta Cátedra, no tengo el más mínimo arrepentimiento por haberlo hecho, pues creo que he tenido siempre por mira el bien público, y que siendo la Cátedra que dirijo esencialmente de servicio general y de contacto con la realidad colombiana, no me podría aislar y aislar a los estudiantes, en una torre académica de marfil, siendo que, al contrario, debería entrar de lleno en contacto con los reales problemas colombianos, no con los futuros y pasados, sino también con los presentes, para que la universidad no siga siendo un ente etéreo, aislado de las angustias de la gente, de espaldas al medio y sostenedora de los viejos métodos y privilegios que han mantenido en la Edad Media de la injusticia social al pueblo colombiano.

Ayer no más, sobre el lomo de un caballo, y con el presidente de una asociación americana de servicio social, visitaba a nuestros siervos campesinos que no tienen agua, ni tierra, ni esperanza. Pensaba venir a contar esto a los estudiantes y al público en general, e invitarlos a que fueran a conocerlos para que pudiéramos idear mejores métodos para remediar tan lamentables circunstancias. Si estas ideas son incompatibles con el profesorado, usted puede resolver lo que a bien tenga, señor decano, pero no pienso renunciar a ellas por ninguna presión económica o política que sobre mí se ejerza, ni pienso abandonarlas, melancólicamente, después de haber luchado toda la vida por ellas y por mi derecho a expresarlas.»

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 95-97


“A Ezequiel Rangel le dispararon tres veces. Tenía 35 años,  dos hijos y era líder de una asociación campesina.  Su nombre fue escrito la semana pasada en la lista de asesinatos de líderes en Colombia.  Un doloroso conteo en un país que se supone ha empezado el camino hacia la paz.  Nadie sabe exactamente cuántos van.  La indiferencia los golpea,  incluso después de muertos. L a Defensoría del Pueblo habla de 52 de enero a junio,  la ONU registraba 41 hasta mayo.  “Más allá de los números,  el tema es que sí hay una violencia focalizada y se agudizó en algunas zonas con la salida de las FARC”,  dice Carlos Guevara de Somos Defensores,  que calcula 51 homicidios en los últimos seis meses.

“El Estado debería ser el responsable de documentar los casos. Los homicidios contra líderes comunitarios y campesinos han aumentado. La violencia se está transformando después del desarme de la guerrilla”, explica Guevara. Colombia es testigo de un oscuro capítulo que, como casi siempre,  afecta a las regiones apartadas,  a los vulnerables.  “El país no aguanta el asesinato de un líder social más”, dijo hace unas semanas el Procurador, Fernando Carrillo Flórez.  Ante la alerta, Naciones Unidas aprobó como una de sus funciones verificar las condiciones de los líderes de los exguerrilleros.  Este año han aumentado en 33% los homicidios y en 35% las amenazas frente a 2016.  “La violencia hacia este sector de la población es histórica, así como ha sido su invisibilidad”,  reitera el vocero de Somos Defensores.  Denuncia impunidad. Tantos muertos y solo cinco sentencias de la justicia.

Los asesinan en la noche y en la mañana.  Casi siempre cerca de sus casas,  a balazos, por sicarios.  Las características son similares,  sin embargo,  en Colombia,  al menos oficialmente, no se habla todavía de que sea algo sistemático. Después del exterminio de la Unión Patriótica (UP),  la formación política que nació en los ochenta tras un proceso de paz,  el país está siendo testigo de estos asesinatos con el temor de que ocurra lo mismo.  “La gran mayoría de los homicidios y amenazas se han registrado en zonas donde antes estaban las FARC. La sociedad y el Estado tendrán que trabajar para que esto no vuelva a ocurrir”,  sostiene el defensor del pueblo, Carlos Alfonso Negret,  que habla de 186 homicidios desde enero de 2016.

 “Acá no se han combatido de fondo los poderes reales en las regiones.  Las FARC cumplieron y se retiraron,  pero el Estado no llegó”. Guevara se refiere a las economías legales e ilegales que quedaron sin control con la salida de la guerrilla y al “obstáculo” que representan los líderes.  “Son una piedra en el zapato,  no por ser de derecha o de izquierda sino por estar en el medio de quienes quieren tener el poder en el territorio”.

Según la Fiscalía, hay al menos cien personas vinculadas a procesos legales y 71 privadas de la libertad,  señaladas como posibles autores materiales de los asesinatos.  Aunque es un avance,  los líderes cuestionan que no haya unidad en la forma cómo se están clasificando esas muertes. La Federación internacional de derechos humanos ha mostrado preocupación por “la persistencia de elevados niveles de impunidad”.  Falta justicia y acompañamiento a las víctimas. “No hay ninguna institución del Estado que haga seguimiento a las familias de los líderes asesinados.  Muchos son desplazados”, agrega Guevara.

A los líderes, que desde antes del proceso de paz lucharon por una salida política al conflicto,  los están matando.  Su trabajo para hacer algunos territorios menos violentos les está costando la vida.  A Alicia López Guisado la asesinaron en un taxi,  a Eider Cuetía hombres encapuchados le dispararon desde una moto,  a Alvenio Rosero lo mataron en su propia casa, también a balazos.  “Condeno de la manera más enérgica todos los atentados de los que han sido víctimas líderes sociales.  No vamos a dejar ningún caso en la impunidad",  ha asegurado el presidente Juan Manuel Santos,  que vive su último año de mandato. Los defensores de derechos humanos esperan que alcance a cumplir su promesa.”


Sally Palomino
El País
 22 de julio de 2017