04/01/2019

rabos de lagartija, 6



“En Rabos de lagartija los adolescentes David Bartra y Paulino Bradolet,  habitantes de la Barcelona de posguerra, están siempre cortando rabos de lagartija. Estos cortes que marcan el ritmo de la novela se encuentran en relación con otros cortes de varias narraciones entremezcladas: la narración de la desaparición del padre11 de David, perseguido por la policía franquista, la narración del aviador británico y de su historia de amor con la madre de David, la narración del inspector Galván sobre el expediente del padre de David y las narraciones que David se inventa continuamente sobre su padre, su madre, su hermano muerto, el inspector y el aviador. Entre todas estas narraciones se tejen las narraciones de la historia colectiva, la narración oficial de los vencedores y la narración ocultada, borrada, no cicatrizada, de los vencidos. Teniendo en cuenta la recurrencia de la cicatriz en Marsé, podemos hablar de la historia como cicatriz en el cuerpo. La intimidad y la historia se convierten así en narraciones de cicatrices. Si la versión oficial es un intento de hacer invisible la historia, de borrar sus cicatrices –intento que implica evidentemente sus mecanismos de ficcionalización–, las narraciones que David se inventa tratando de unir los trozos de verdad a los que tiene acceso desvelan la existencia de muchas cicatrices tanto a nivel de la historia familiar como a nivel de la historia colectiva.”



rabos de lagartija, 5




“Un callejón de tierra apelmazada y negruzca, roturada por los juegos de navaja de los niños,  apenas transitada y con orines y regueros de agua sucia y espuma de jabón,  según la hora del día,  así es nuestra calle,  la calle que David Bartra nunca reconocerá como suya. Callejón del Viento,  lo llaman a eso.  No más de diez o doce casuchas,  enjalbegadas algunas, otras de ladrillo rojo y todas de una sola planta,  con escalera exterior y azoteas agobiadas con improvisados habitáculos de madera o de obra: palomares,  lavaderos,  trasteros.  La calle, surgida como por ensalmo en la falda más pobre de la colina y un poco descolgada del barrio, quedó en callejón sin salida al torcerse y resbalar atolondradamente desde las afueras hacia la ciudad,  hasta topar con el antiguo consultorio adosado a las traseras de un viejo edificio de los años veinte con ínfulas de chalé.  La pequeña puerta despintada y rasguñada de este consultorio,  reconvertido en vivienda por la viuda del médico y ofrecido en alquiler a un precio razonable,  aún hoy exhibe la placa de latón con el nombre y la especialidad: Dr. R J. Rosón- Ansio.  Enfermedades de nariz,  garganta y oídos.

Florece junto a la puerta una mata de margaritas blancas de casi un metro de altura, parece un gran paraguas verde salpicado de nieve.

—Tengo entendido que vive usted realquilada.

El inspector remueve la mata de margaritas con los dedos mientras lee la placa del otorrino con aire distraído.

—Pues sí —dice la pelirroja con una leve hostilidad en el tono,  sujetando la puerta y sin dejar entrever la menor intención de permitirle la entrada—.  Realquilada con derecho a cocina y baño.  Y éstas son mis margaritas.

—¿Suyas?

—Totalmente, señor.  La cocina,  el baño y el lavadero es lo único que compartía con la viuda.
—Parece que en tiempos fue la casa de veraneo de esa gente —dice el policía cabizbajo y como si hablara solo.  Su voz trasiega una flema.  Saca un pequeño bloc del bolsillo, consulta unas notas y añade—: Hará unos diez años se instalaron aquí de manera permanente y el médico mandó construir el dispensario.  ¿No fue así?

—No sé —dice mamá—. Nosotros aún no habíamos llegado. Los datos obran en poder de la autoridad, pero en el barrio todo el mundo lo sabe: el doctor P. J. Rosón-Ansio fue un otorrinolaringólogo cordobés de filiación anarquista que en 1933 había plantado su consulta en Barcelona huyendo de la justicia por un asunto no aclarado, y que posteriormente desapareció durante la guerra.  Su viuda le sobrevivió seis años en esta casa,  que entonces tenía un pequeño jardín frente a la entrada principal,  al otro lado del edificio.

—Seguramente ese médico —aventura el inspector sin la menor convicción— compró la casa con la idea de levantar otra planta y convertirla en un verdadero chalé.

Ella no oculta el aburrimiento que le causan estas deducciones,  y permanece callada. El inspector Galván corre algunas hojas del bloc.  Una errática mariposa blanca se balancea abruptamente sobre las margaritas,  sin posarse en ninguna, y mamá rompe el silencio.

—Tengo los papeles en regla,  por si le interesa.  Sólo debo una mensualidad.

—Eso no me incumbe, señora.

—Pues qué más quiere saber. Tengo mucha faena, ¿sabe?

El poli mantiene la cabeza inclinada sobre el bloc.  Ensaliva la yema del dedo cada vez que pasa una hoja.

—Usted es de la parte baja de Andalucía,  seguramente de Málaga —dice—. ¿Me equivoco?

Ahora ella recela,  no esperaba esa clase de preguntas.  Deja pasar unos segundos y responde:

—No creí que se me notara después de veinte años en Cataluña. Mis padres eran canarios,  pero me crié en Coín hasta los doce años.

— ¿Lo ve, señora? Tengo buen oído para eso.  Es que mi mujer era de Algeciras —añade,  y una sombra pasa por sus ojos—. ¿Vive usted sola?

Mamá cierra los ojos con aire de fatiga y suspira. —Oiga, ya fui interrogada en la Jefatura Superior de policía, hace dos meses,  y durante más de ocho horas...”


Rabos de lagartija
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 45-47

03/01/2019

rabos de lagartija, 4




“Tras siete años sin publicar, en el 2000, Juan Marsé vuelve con esta novela al escenario habitual de sus narraciones, el barrio del Guinardó, en Barcelona,  donde pasó su infancia y donde sitúa varias de sus novelas. Utiliza una gran narrativa y nos lleva a conocer esa Barcelona pobre,  gris,  sórdida,  dura,  marginada de la postguerra, con unos jóvenes sin futuro que viven entre la realidad y la ficción. Transcurre entre 1945 y 1951.”

lee la reseña completa en el blog: enredando entre libros

rabos de lagartija, 3




“Pero si he de proceder por orden, si ese tumulto de voces me da un respiro, la historia que me propongo contar empieza de verdad cuando el inspector Galván llama a la puerta de casa un día que yo no estoy en casa.

Vivimos en lo alto de la ciudad,  en un callejón sin salida y casi al borde de un barranco, pero nuestra casa tiene dos puertas, una de ellas se abre al callejón y al día, y la otra a la noche y al barranco, un tajo no muy profundo de tierra rojiza y paredes escarpadas y porosas que se desmoronan dócilmente nada más acercarte a ellas.  Ignoro si en esta ocasión el inspector toca el timbre de la puerta de día o golpea la puerta de noche con la vieja aldaba, una delicada mano de niña empuñando con firmeza una bola de hierro oxidada,  pero mi hermano David, que está convencido de que las dos puertas cumplen funciones distintas pero complementarias —por decirlo a su manera: una sirve para ocultarse en casa de día, la otra para escapar de noche—, lo que seguramente oye ese mediodía con sol y rachas de lluvia intermitentes son los golpes de la aldaba, y es lógico porque la visita llega esta vez en horas de restricción de la luz, y sin corriente ya me dirás cómo iba a sonar el timbre.  En cualquier caso, tú de ningún modo podías oírlo, porque no estabas aquí ni allá ni en ninguna parte, monicaco, aún no habías salido del cascarón.

Vale, de acuerdo, tú lo has vivido, pero yo lo he imaginado. No creas que me llevas mucha ventaja en el camino de la verdad, hermano.

Siempre te llevaré ventaja, gusanito.

Yo voy por un atajo.

No quiero discutir contigo. Me confundes. Ya no sé dónde estoy.

En el cuarto de mamá,  por ejemplo, cosiendo vestiditos para muñecas o probándote  blusas y toreritas ante el espejo, mirándote de frente y de perfil y seguramente también de culo, y hace mucho calor, es el verano de la bomba de Hiroshima, y por eso, al sonar los golpes en la puerta, le dices a Chispa cuidado, cuando yo abra apártate a un lado, que podría entrar el resplandor atomicio y te quedarías ciego y achicharrado en el acto.

En todo caso, y volviendo a la puerta de noche, en esta ocasión es fácil adivinar de quién se trata, así que lo mejor es tomarse un tiempo antes de abrir, y David lo hace escudado en su postura predilecta: cimbreante y vestido de niña, con un precioso jersey de angorina de color rosa, faldita azul celeste plisada, calcetines blancos hasta debajo de las gordezuelas y risueñas rodillas y bolso de plexiglás rojo colgado al hombro. Luce también gafas de sol de montura blanca plastificada, unas gafotas de feria, y una boina roja, ladeada sobre la ceja, que le tapa los rizos de color de miel.

—Si viene usted buscando al sahib, no está en casa. Plantado en el umbral, con sus hombros robustos un poco encogidos bajo la trinchera, el sombrero mojado en la mano y los zapatos enfangados, el inspector Galván lo mira sin pestañear. Sus ojos son claros, pero su mirada es sombría. No es como otros polis, eso David debe admitirlo, no es uno de esos que esconden la mirada tras unas gafas negras incluso en días nublados, no parece importarle que la gente vea sus ojos y lea en ellos alguna emoción, ya sea un resentimiento o la más absoluta indiferencia, que solía ser lo más frecuente. Tampoco enseña la placa ni menciona ninguna orden de registro, y ni siquiera intenta cruzar el umbral.

—Tu madre que haga el favor de salir un momento. —Y con la voz más áspera, pero sin elevar el tono, añade—: Payaso.
—La memsahib tampoco está.

—¿Tardará en volver?

—¿Trae usted una orden de registro?

—No vengo a eso. Repito. ¿Tardará la señora Bartra en volver?

Uno de los bolsillos de su trinchera gris, abultado y fondón, soporta más peso que el otro. Pero ahí no suelen llevar la pistola, piensa David, mientras sus ojos tras las gafotas taladran la tela impermeable y el forro del bolsillo: una petaca llena de coñac, un poco de calderilla entre briznas de tabaco y pelusilla, las llaves de casa y el encendedor, un Dupont de pacotilla, agazapado detrás de un paquete de Lucky Strike muy sobado, seguro que el guripa compra cigarrillos por unidades y lo va rellenando...

Lo que cuento son hechos que reconstruyo rememorando confidencias e intenciones de mi hermano, y no pretendo que todo sea cierto, pero sí lo más próximo a la verdad.”

Rabos de lagartija
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 18-20

02/01/2019

rabos de lagartija, 2




“… escribo sobre Rabos de Lagartija, que es sin duda la mejor obra que he leído de Juan Marsé. La más completa, la más cruel, la más tierna, la más verdadera a la vez que la más fantasiosa.
….”

Reseña completa en el blog “El libro abierto”

rabos de lagartija, 1




“Venga, chaval. Desembucha.

Mis padres me engendraron hace muchos años,  pero en este momento no tendré más de tres o cuatro meses. Todo está ocurriendo como en un sueño congelado en la placenta de la memoria,  en un tiempo suspendido que engendró la caraba de mascaradas públicas e infortunios privados,  atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

—¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? —la voz intempestiva y ronca del hombre se abate de nuevo sobre mi hermano David, los dos enfrente de casa. Hace apenas media hora ha caído sobre el barrio una tormenta atronadora y sombría, y ahora, cuando la mañana vuelve a brillar esplendorosa y el aire y la luz se erizan acariciando la piel y los ojos, David se siente otra vez tan delicado y aparente que no le habría importado recibir el imperioso mandato de la autoridad vestido de Shirley Temple con sus tirabuzones rubios, sus hoyuelos en los mofletes y su vocecita de niña viciosilla:

—¿Mande?

—Digo que lo sueltes ya, si es que tienes algo que contarme sobre tu madre... —secretamente encelada, la voz se traba en su propia ronquera y su delirio, pero las palabras suenan sin acritud, en un tono tan poco apremiante e insidioso que, al oírlas, un chico menos maliciado que David Bartra habría tomado como un guiño que buscara su complicidad, y no como un desafío.

—¿Me está provocando, sahib?

—¿Qué es lo que sabes? —insiste el visitante—. Sea lo que sea, me interesa. Te escucho.”


Rabos de lagartija
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 9-10


01/01/2019

exposició Carlos Utrera




Comencem l’any nou anunciant  l’exposició de nostre company de grup,  Carlos Utrera,   al B'Art de l'Ateneu de Cerdanyola del Vallès.

Podreu veure-la del 7 de gener de 2019 al  4 de febrer de 2019; la inauguració tindrà lloc el dimecres  9 de gener , a les 19 hores.

                Amb aquesta exposició, Carlos Utrera vol mostrar el canvi que ha imposat a la seva tasca creadora,  tot un canvi de trajectòria impulsat per la divisa que orienta aquesta nova etapa, inspirada per les paraules del pintor nord-americà Jackson Pollok  "No tinc por de fer canvis,  destruir la imatge, etc.,  perquè la pintura té vida pròpia"