05/01/2021

el vell i la mar, 5

 


“Era un vell que pescava tot sol en un gussi en el Gulf Stream i ja feia vuitanta-quatre dies que no agafava cap peix. Durant els primers quaranta dies l'acompanyava un vailet. Però, després de quaranta dies de tornar de buit, els pares del noi li van dir que el vell estava salao sense remei, que es la pitjor mena de mala astrugància, i el vailet s’embarcà per ordre dels seus pares en un altre gussi on van pescar tres peixassos la primera setmana. El vailet es posava trist en veure tornar cada dia el vell amb el gussi buit i sempre baixava a ajudar-lo a traginar les fluixes enrotllades, o la fitora, l'arpó i la vela plegada a l'entorn del pal. La vela estava apedaçada amb sacs de farina i, recollida així, semblava la bandera de l'eterna derrota.”

El vell i la mar

Ernest Hemingway

traductor: Ferran de Pol

Edicions Proa, 1989

Pàg: 63

 



04/01/2021

el vell i la mar, 4

 


por Henry Rivas

Análisis de obras literarias

(leer el artículo completo)

03/05/2008

 

“(…) El viejo y el mar no se reduce a contarnos las peripecias por las que pasa un viejo pescador para atrapar un pez fuerte y voluminoso, y la decepción que sufre cuando ve que su capacidad de defensa no es suficiente para evitar que los tiburones devoren poco a poco su codiciada presa. En caso contrario, este relato de aventuras marinas podría resultar divertido pero carecería de todo valor estético. Lo que nos revela aquí Hemingway es el sentimiento de vinculación fraternal que alienta en el viejo pescador respecto a muchas realidades de su entorno, incluso aquellas a las que agrede y mata en función de su oficio de pescador. Al ver los delfines que nadan y resoplan en torno al bote, exclama: «Son buena gente, dijo. Juegan y bromean y se aman entre ellos. Son nuestros hermanos, como los peces voladores. Entonces empezó a sentir lástima del gran pez que había enganchado.

(…) La estructura que sostiene la acción dramática se basa en una poderosa trama en la que Santiago, el viejo, debe luchar con el enemigo más difícil de vencer: la naturaleza. Y la naturaleza es personificada por el mar con sus grandes peces y tal vez se deba incluir al destino también. El mismo protagonista y los demás pescadores, creen en el propio destino. En este caso todos están convencidos que el destino conduce a Santiago al fracaso. Aquí surge una pregunta: ¿Podrá el viejo lograr su cometido antes de que desfallezca? Sólo hay dos opciones.

Hay una sub-trama. Se trata de Manolín quien acompaña al viejo pescador hasta su salida a la mar número cuarenta sin éxito. El viejo Santiago desea y ruega que el muchacho vuelva con él y lo acompañe en sus días solitarios, pero eso no es posible debido a su mala suerte. La vida de Santiago está ligada a los peces que logre llevar a puerto. El no cejará en su intento por conseguirlo, de ello dependerá su suerte para no sucumbir, pues ya lleva 84 días de malas. He ahí la importancia y urgencia del viejo a enganchar un pez. Y ese día -el día 84 - justamente, pica un gran pez espada, y el viejo lucha con él tres días consecutivos. En una lucha de titanes, como esa vence el que tiene más inteligencia, de eso el viejo estaba convencido: el hombre es superior al animal, pero "...a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles."

(…) El mar se presenta ante el pescador como un gran campo de posibilidades, un «ámbito de realidad» lleno de dinamismo, de posibles interrelaciones y, por ello, desbordante de belleza. Casi todos los elementos de ese ámbito inmenso e inagotable constituyen para el protagonista un haz de posibilidades creadoras. De ahí su afecto fraternal hacia todos ellos. Un lugar especial lo ocupan los peces voladores. Pero también estima «las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando y casi nunca encontraban»; y las medusas, «con sus largos y mortíferos filamentos purpurinos», y las benéficas tortugas, y los patos salvajes, las marsopas, los bonitos y los delfines... Al mar pertenecen también la multitud de pajaritos que vuelan muy bajo sobre el agua, y las estrellas que relucen en lo alto. «Estoy tan despejado como lo están las estrellas, que son mis hermanas»

En toda la novela hay poca descripción de los dos personajes principales. Para describir al viejo, Hemingway sólo emplea un párrafo, y más que nada, detalla las manchas y arrugas en la cara y dice que sus ojos son del color del mar, después da esporádicos datos con alguna otra característica del personaje. Hemingway en una oportunidad llamó "iceberg" a la técnica de no mostrar todos los datos de la historia, similar a un verdadero iceberg en la cual sólo se puede "ver" una pequeña parte de su real dimensión. Esta técnica fue llamada "el dato escondido" por Vargas Llosa.

En la obra se conoce muy poco acerca del pasado del viejo, apenas se menciona que en una pared él tenía una foto de su esposa pero que la quitó porque lo hacía sentirse muy solo, no se menciona si tuvo hijos. Acerca de la localidad, se sabe que el puerto está cercano a La Habana, no sabemos sin embargo el nombre, tampoco aparece en forma directa algún otro personaje aparte del protagonista que en alguna parte se dice que se llama Santiago y el muchacho que por ahí encontramos que se llama Manolín. En ésta novela corta y el cuento "Los Asesinos" podemos reconocer algo del estilo minimalista que caracterizó a Hemingway desde sus primeros cuentos en 1925. La técnica de Hemingway que influyó grandemente en los escritores más jóvenes, es exitosa porque construye un realismo hecho desde el punto de vista del lector, no del autor como era antes. En estas dos obras de Hemingway, el lector forma su propia opinión acerca del personaje y la conclusión. El lector es inducido a imaginar ciertas partes tal como se imagina la cantidad de hielo que hay debajo del iceberg en el mar. Y ello con tan sólo leer unos cuantos datos que dosifica el autor y no una descripción completa. Esto se nota en el cuento "Los Asesinos", no se llega a saber cuáles fueron los motivos por el cual el sueco es perseguido por los asesinos y solo se supone que es algo malo relacionado con la mafia de Chicago. Este estilo moderno tiene su mayor ventaja en que el lector, al haber sido obligado a usar su imaginación para completar el retrato del personaje o la escena o la localidad, grabará en su memoria tales hechos por un periodo más largo, lo que no ocurre con la técnica antigua en la que todo le es dado al lector: casi masticado.

(…) Más de la mitad de la obra está consagrada al relato de la captura de un pez. (…)  Es el caso de Santiago, nuestro viejo pescador. Hace ya mucho tiempo que trabaja en vano. Desea ardientemente obtener alguna presa que le permita subsistir. Tras una larga y esforzada espera, de repente nota que un pez ha mordido el anzuelo. Sería perfectamente comprensible que intentara febrilmente rematarlo y llevarlo a tierra, como una simple presa. Pero el pescador no es reduccionista, no reduce de rango a los peces que captura. Les da todo su valor, los estima grandemente, sobre todo cuando son fuertes y nobles y se resisten a entregarse. Naturalmente, los valora en el aspecto económico porque vive de la pesca, pero, lejos de reducirlos a mero objeto de canje, establece con ellos un diálogo entrañable. En cuanto ve al pez que acaba de atrapar, se asombra de su tamaño y su belleza. A medida que lucha con él, admira su fuerza, su valor y tenacidad. Pero no se ablanda, se mantiene en su puesto de pescador tenaz en su actividad y consciente de su papel. «El pez es también mi amigo -dijo en voz alta-. Jamás he visto un pez así, ni oído hablar de él. Pero tengo que matarlo».

Le da pena el pez, que no tiene nada que comer, pero prosigue la dura tarea de retenerlo junto al bote porque ésa es la quintaesencia de su oficio: «Luego sintió pena por el gran pez, que no tenía nada que comer, y su decisión de matarlo no decayó en ningún momento a causa de tal pesar. A cuánta gente puede alimentar, pensó. Pero ¿serán dignos de comerlo? No, por supuesto que no. No hay nadie digno de comerlo, si tenemos en cuenta su comportamiento y su gran dignidad». «Me gustaría dar de comer al pez, pensó. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo y cobrar fuerzas para hacerlo».

Pero no sólo lamenta el daño que está infringiendo al animal, que es un ser vivo y siente, sino que dialoga con él, y este esbozo de comunicación tiene en la soledad del océano una resonancia especial que llena el ánimo del pescador y le hace no sentirse del todo aislado. «¿Cómo te sientes pez? -preguntó en voz alta-. Yo me siento bien y mi mano izquierda está mejor y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del bote, pez».

El viejo pescador no realiza su duro trabajo con prepotencia y menos con rencor o rabia, porque no toma al pez como un enemigo, ni siquiera como un adversario; lo considera un compañero de juego en la lucha por la vida. En esta contienda, cualquiera de ellos dos puede perder, y el pescador lo acepta como algo natural. «Me estás matando, pez, pensó el viejo. Pero tienes derecho a ello. Hermano, jamás he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más tranquila ni más noble que tú. Ven y mátame. No me importa quién mate a quién».

En su interior se aunaba la admiración por el pez y el deseo de adueñarse de él y sacarle todo el provecho que podía tener para él y otras personas. «Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso.» En la misma línea se hallan muchas otras manifestaciones del pescador. «Pez -dijo-, yo te quiero y te respeto mucho. Pero acabaré con tu vida antes de que acabe el día.» «Cristo, no sabía que fuera tan grande. Sin embargo, lo mataré, dijo. Con toda su grandeza y su gloria».

Hasta tal punto llega el aprecio del pescador por el pez que, cuando los tiburones lo atacan, es como si lo agredieran a él. «No quería mirar al pez desde que había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo». Cuando el pez fue convertido en una «ruina» por los tiburones, y carecía de figura, el pescador sintió dificultad para hablar con él. Pero, aún entonces, ideó una fórmula para seguir comunicándose: «Medio pez, dijo; el pez que has sido. Siento haberme alejado tanto mar adentro. He arruinado a los dos, a ti y a mí. Pero hemos matado muchos tiburones, tú y yo, y hemos arruinado a muchos otros. ¿Cuántos has matado tú en tu vida, viejo pez? Tú no tienes esa espada en la cabeza en vano».

A través de la narración se va poniendo al trasluz el modo íntimo de ser del viejo pescador, su actitud ante las circunstancias adversas, su valoración del oficio al que consagra su vida, su arte de superar la soledad.

En principio, el pescador aparece como un anciano que lucha por sobrevivir frente a la mala suerte. Lleva ochenta y cuatro días sin haber pescado nada. Se adentra en el mar temerariamente y entabla una lucha denodada con un pez gigantesco. Al fin, parece haber logrado una presa valiosa. La dureza de la lucha muestra que el viejo pescador tiene por lema en la vida no darse por vencido. Carece de provisiones y tiene que alimentarse de peces crudos para no desfallecer y proseguir el esfuerzo. Constantemente se insta a sí mismo a tomar alimento, pese a la náusea que le produce. Sufre calambres, las manos se le llagan, el cuerpo entero se le vuelve dolorido. Para cobrar ánimo, se desdobla y habla con sus manos y las insta a que se curen pronto para permitirle rematar la magnífica tarea que está realizando. De cuando en cuando se anima a sí mismo, se reprende, se aconseja. Todo con un fin bien preciso: no quedar derrotado.

Se trata de un hombre anciano, pero fuerte y vivaz, lleno de fe en la vida, de esperanza y humildad. «Todo en él era viejo, excepto sus ojos, y éstos tenían el mismo color que el mar y eran alegres e invictos.» Partía de la convicción de que «el hombre no está hecho para la derrota»; «un hombre puede ser destruido pero no derrotado». En los momentos más duros de su lucha con el pez se da ánimo a sí mismo con objeto de no desfallecer: «No puedo fallarme a mí mismo y morir ante un pez como éste -dijo-».

Esa voluntad de victoria no responde a amor propio o a afán de dominio y posesión, sino a conciencia de la propia dignidad como pescador. Cuando el pez da un brinco y le muestra toda su grandeza, comenta: «Me gustaría mostrarle qué clase de hombre soy. Pero entonces él vería mi mano con calambre. Que piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré». «... Le mostraré lo que puede hacer un hombre y lo que aguanta».

(…) Solía pensar mucho en la soledad del mar, y se pregunta si no habrá sido un pecado el haber matado al pez, y concluye que en el gran juego de la vida ambos, el pez y él, han desempeñado su papel, el que tienen asignado. «Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez». «No has matado el pez -pensó- únicamente para sobrevivir y venderlo para comer. Lo has matado por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O lo es más todavía?».

El buen hombre se da cuenta de que está metiéndose en honduras insondables del pensamiento y se dice a sí mismo en voz alta: «Piensas demasiado, viejo». Pero nunca es demasiado cuando se trata de ahondar en el sentido de la propia vida. La vida es una lucha noble entre seres que juegan el papel que les viene señalado por su especie o por la propia vocación y las circunstancias que la deciden. De ahí que Santiago, el pescador, después de recordar que mató al pez en defensa propia y de que lo mató bien, añade: «El pescar me mata a mí exactamente en la misma medida en que me mantiene vivo».

Al pronunciar esta frase, una luz se enciende súbitamente en la mente del anciano, que asciende del nivel en que se da la relación entre el pescador y sus posibles presas, y se percata de que en realidad quien lo sostiene en la vida es la relación de amistad con el muchacho. «El muchacho sostiene mi vida, pensó. No debo engañarme demasiado a mí mismo».

Esta doble observación constituye uno de esos fogonazos que iluminan el núcleo de las obras literarias y permiten penetrar en su sentido más profundo. (…) Para descubrir la fuerza de la amistad verdadera, desinteresada, debemos seguir las peripecias del pescador y vivir con él la inmensa decepción de ver cómo los tiburones, en sucesivas oleadas, van llevándose a dentelladas la carne del gran pez, amarrado al bote, y reduciendo a pavesas las esperanzas del anciano. Éste lucha bravamente más por amor al pez que por conservar una fuente de recursos. Lo hace con tesón y valentía, pero sin odio. Incluso admira a los tiburones, por ser hermosos y nobles y no conocer el miedo.

Al fin se ve impotente para defender a su pez y acepta con serenidad que la espléndida figura de éste se vea reducida a un esqueleto. Se siente inmensamente cansado, «cansado por dentro», espiritualmente. Sin embargo, no se entrega al desaliento. Sabe perder. Parece notar cierto alivio cuando se percata de que todavía está vivo a juzgar por los dolores que siente. Se ve «al fin derrotado y sin remedio», pero se sitúa en la popa y pone todo su empeño en gobernar bien el bote, sin hacer caso de los tiburones que acuden a liquidar la carroña. Había asimilado noblemente la derrota y no sentía el menor rencor ni rabia. «Navegaba ahora livianamente y no tenía pensamientos ni sentimientos de ninguna clase. Ahora ya lo había pasado todo y gobernaba el bote para llegar a su puerto lo mejor y más inteligentemente posible».

Ese estado de ánimo le permite ver el lado bueno de cuanto lo rodea y considera como su amigo al viento que hincha la vela del bote y le permite navegar con rapidez hacia casa. Y ve como amigo al «gran mar, con nuestros amigos y nuestros enemigos», y, sobre todo, la cama se le apareció ahora como la gran amiga: «La cama es mi amiga. La cama y nada más, pensó. La cama será una gran cosa». Por eso piensa que sobrellevar la derrota es mucho más fácil de lo que jamás hubiera pensado. Y, cuando se pregunta quién lo ha derrotado, no piensa en los implacables tiburones; se echa a sí mismo la culpa con toda serenidad: «Me alejé demasiado mar adentro». Ya anteriormente, cuando pensaba que quizá tuviera suerte y pudiera llegar a puerta con la mitad delantera del pez intacta, rechaza tal posibilidad diciendo: «Has violado tu suerte cuando te alejaste demasiado de la costa». Esta observación nos recuerda la maldición que recayó sobre el «holandés errante» por haber traspasado los límites marcados a los navegantes y que Richard Wagner inmortalizó en su conocida ópera.

(…) tras la dolorosa derrota sufrida, el recuerdo del muchacho y de las buenas gentes del pueblo le dé ánimos para recoger las últimas fuerzas que le quedan y rehacer el camino de vuelta. Al encontrarse de nuevo con Manolín, «notó lo agradable que es tener alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo y con el mar». El pescador le dijo al muchacho: «Te he echado de menos». Manolín pone de manifiesto su entrañable afecto al anciano: llora abiertamente, lo cuida, pide que no le molesten, intenta animarlo, proponiéndole trabajar juntos en adelante, le insta a curarse las manos y los pulmones... Este amor desinteresado y leal llena con creces el inmenso vacío interior de un viejo luchador que se ve abandonado por la suerte.

Ese vacío queda expresado dramáticamente en la imagen del esqueleto del gran pez, que ahora «no era más que basura a la espera de que se la lleve la marea». Después de la gran soledad y la amarga decepción, adquiere un relieve y valor especial la imagen que cierra la obra: el muchacho velando el sueño del anciano desvalido.”


un dos de juliol

 



¿Por qué se suicidó Hemingway?

por Yefferson Ospina

El País de Calí

2 de julio 2017

 

“Son algo menos de las siete de la mañana del domingo dos de julio. El día anterior había regresado de la clínica Mayo en donde recibió terapias de electrochoques luego de su tercer intento de suicidio en menos de un año. Ese día, también, mientras cenaba en un restaurante, le dijo a su esposa que los meseros eran agentes del FBI contratados para seguirlo.

Se levanta. Se viste con la que llama la bata del emperador, desciende las escaleras en silencio para no despertar a la mujer y llega hasta el cuarto en el que tiene sus armas.

Son muchas, quizá más de veinte: pistolas, rifles, escopetas, cada una de ellas portadora de un fragmento de la historia de su dueño, tardes de caza, de pesca, de disparos en bosques venecianos o desérticas explanadas africanas. Elige una de ellas, acaso la misma con que la que se retrató años antes junto un leopardo en el África, la Boss calibre doce de doble cañón.

Regresa, sube las escaleras y se sienta en la sala de su casa en Ketchum, Idaho, allí mismo en donde meses antes había estado escribiendo su última obra, A moveable feast. Luego el movimiento es nimio, casi trivial y sin embargo irrevocable: presiona el gatillo después de haber puesto el cañón en su boca.

Durante algunas semanas los diarios desconfiarían de las palabras de Mary Welsh, su esposa, que insistía en que se había tratado de un accidente mientras limpiaba el arma. La policía no encontró elementos de limpieza. Poco tiempo después fue imposible ocultarlo: Ernest Miller Hemingway, el hombre que sobrevivió a tres guerras –participó en la I Guerra Mundial en el frente italiano y cubrió como periodista la II Guerra Mundial y la Guerra Civil de España-; el hombre que se jactaba de pescar sin ayuda de nadie marlins más grandes que él y de cazar leones en el África; la personalidad literaria más fascinante del siglo XX, se había suicidado aquella mañana del domingo dos de julio de 1961.

Cinco días después, el nueve de julio de 1961, Gabriel García Márquez escribió en una columna para una revista mexicana: “Hemingway no parecía pertenecer a la raza de los hombres que se suicidan. En sus cuentos y novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico”.

A primera vista el suicidio de Hemingway era una especie de contradicción. De algún modo podría ser verosímil un suicidio en Kafka, Dostoyevski o Nietzche o, para ser un poco más cercanos, en Norman Mailer o Scott Fitzgerald. Pero no en Hemingway: no en esa personalidad portentosa que se había encargado de erigir un mito más allá de la literatura, el mito de un hombre que se enfrascaba en estruendosas peleas en medio de borracheras y resistía las lluvias de las balas del franquismo español y sobrevivía al desembarco en Normandía. No en él.

Sin embargo, con el pasar de los años, la imagen de aquel hombre duro como un mármol empezó a agrietarse: poco a poco comenzaron a conocerse los testimonios de sus enfermedades mentales, de sus miedos profundos, de sus traumas de infancia y de sus inclinaciones al suicidio.

En 2006, 45 años después de su muerte, el psiquiatra Christopher D. Martin, miembro del Departamento de Psiquiatría de la escuela de medicina de Baylor College en Houston, Texas, publicó el ensayo Ernest Hemingway: A Psychological Autopsy of a Suicide, un trabajo basado en varias de las biografías del escritor y en un cúmulo de cartas que había escrito a varios de sus amigos.

Según el médico, las causas del suicidio de Hemingway, y también de su vida desenfrenada y de su esfuerzo por construir su imagen de rudeza y exacerbada masculinidad, residían, aunque de modo parcial, en su infancia. De acuerdo con el psiquiatra, lo primero que es necesario entender para comprender la muerte del autor de El viejo y el mar, era la relación que había establecido con sus padres. Por un lado estaba su madre, que había creado una confusión de identidad en él pues solía vestirlo como mujer, tratarlo como mujer y quien, de hecho, lo llamaba cariñosamente Dutch Dolly, algo como “muñequita holandesa”.

Por otro lado, su padre era un hombre mentalmente inestable, irritable, que padecía ataques de depresión y que, además, solía golpearlo fuertemente en muchas ocasiones sin razón alguna. “Desde su temprana infancia acumuló resentimiento contra el padre que lo golpeaba cruelmente y contra la madre que le había entregado mensajes confusos sobre su identidad. El resultado pudo haber desembocado en una fachada defensiva de hipermasculinidad y autosuficiencia”, escribió Martin.

Hemingway también, razona el psiquiatra, era heredero de una serie de desórdenes mentales entre los que se contaba el trastorno bipolar y las tendencias depresivas, que de algún modo lo llevaron a desarrollar dependencia por el alcohol, sumados a traumas cerebrales por varios golpes y al desarrollo de una personalidad narcisista en exceso.

Tales condiciones, en el caso de Hemingway, eran mucho más graves si se tenía en cuenta que su padre, Clarence Edmonds Hemingway, se había suicidado en diciembre de 1928 –cuando el escritor tenía 29 años– disparándose en la cabeza.

“La familia de Hemingway tenía una larga historia de trastorno afectivo y otros desórdenes relativos al suicidio que precedieron el nacimiento de Ernest. Se suicidaron al menos tres hermanos de su generación y se presentaron suicidios en las dos generaciones siguientes”, escribe Martin, haciendo referencia a los suicidios de Ursula, Leicester y Marcelline, tres de sus hermanos, y de Margaux Hemingway, la hija de su hijo mayor, Jack.

Según sus biógrafos y los testimonios de algunos de sus amigos como el escritor Jhon Dos Passos y la periodista Lillian Ross - quien publicó en 1950 una crónica en The New Yorker que describe los estados de ánimo de Hemingway- el novelista era un hombre que pasaba de la alegría a una profunda melancolía con facilidad y que tenía fuertes explosiones de irritabilidad, incluso con quienes más quería. “El péndulo en su sistema nervioso oscilaba periódicamente entre la megalomanía y la melancolía”, escribió Carlos Baker, su más famoso biógrafo.

Hemingway tuvo varios traumas craneoencefálicos, uno de ellos en un accidente en 1944 con el fotógrafo Robert Capa - cubriendo como periodista la II Guerra Mundial- que requirió 57 puntos de sutura; otro en un doble accidente de avión en Nairobi, en el que intentó salir de la aeronave en llamas golpeando la ventana con la cabeza y fracturándose el cráneo al punto de que el líquido cefalorraquídeo corrió por uno de sus oídos.

Esos traumas, mezclados con el abuso constante del alcohol y con un sentimiento de culpa por la muerte de su padre, además de un odio cada vez más fuerte contra la figura de su madre -a quien en una carta escrita a Jhon Dos Passos trata de “bitch”-, todas esas circunstancias, de algún modo se habían convertido en una especie de laberinto para Hemingway en el que la idea de la muerte y el suicidio eran una obsesión.

“Su correspondencia personal revela una fuerte obsesión con el suicidio. En 1923 escribió a Gertrude Stein: ‘Por primera vez entiendo cómo un hombre puede cometer suicidio solo por tener tantas cosas con las que debe cumplir que no sabe por dónde empezar’. 12 años después Hemingway le escribió a Archibald MacLeish: “A mí me gusta mucho la vida, tanto que será un gran disgusto cuando tenga que dispararme a mí mismo”, según se lee en el ensayo del psiquiatra.

En 1954 el escritor le envía a Ava Gardner una carta esclarecedora en la que dice: “Aunque no soy un creyente de los análisis, creo que gasto todo este infierno de tiempo matando animales y pescando marlins para de ese modo no matarme a mí mismo”.

La muerte de los animales que cazaba y su constante sometimiento a aventuras que podrían costarle la vida pero que afirmaban y profundizaban su implacable masculinidad fueron, de algún modo, los mecanismos por los cuales pudo aferrarse a la vida.

Algún día, por supuesto, tendrían que fallar.

Como es evidente, fue también la literatura su tabla de salvación. El propio Martin lo sostiene en su ensayo diciendo: “La obra de Hemingway puede ser vista como un mecanismo de defensa para luchar con sus dolorosos estados de ánimo y sus impulsos suicidas. Hemingway pudo haber escrito ciertas historias con el objetivo de aliviar el dolor que la vida le causaba. En Adiós a las armas (1929), él cuenta la historia de Frederick Henry, un joven americano que es herido en la I Guerra Mundial mientras servía en el frente italiano y luego se enamora de una enfermera. En la vida real Hemingway se enamora de aquella enfermera cuando es herido en Italia pero ella se niega a casarse con él. En la novela, ambos consuman su amor pero ella muere durante el parto de su hijo. Contar la historia de esas heridas y hacer cambios ficticios pudo haber servido como defensa para el autor”.

El uso de la escritura como mecanismo de defensa es sugerido incluso por él mismo en una respuesta al artículo de Scott Fitzgerald, The Crack Up, en el que el autor habla de su lucha contra la depresión. Hemingway pensaba que Fitzgerald debía darse cuenta de que “el trabajo era lo único que lo salvaría, trabajo honesto con ficción honesta”.

Y su obra más conocida, esa misma de la que Faulkner –su mayor contendiente literario y el único escritor de su generación que ha sido juzgado superior a él– dijo que el tiempo habría de mostrar que era “la mejor composición de cualquiera de nosotros, quiero decir, de sus y de mis contemporáneos”, El viejo y el mar, fue la culminación de sus intentos por salvarse con la literatura.

Aquel hombre empobrecido que no ha podido pescar por 84 días, que no tiene una cama para dormir ni un plato que comer y que ha salido en su barco a cazar el pez más hermoso y grande y noble que pudo conocer, aquel hombre, podría decirse, es él, es el mismo Hemingway.

El viejo y el mar es la imagen de lo que él quiso hacer con su vida: enfrentarse con toda su fragilidad al mundo, a la existencia, a ese pez fuerte y púrpura que es su vida, y atraparlo y luchar con él, sabiendo que es su hermano, pero que debe asesinarlo, que debe ser superior a él.

Aquello fue lo que quiso hacer con su vida y lo que hizo, hasta el fin, cuando ya no pudo escribir más y su cuerpo y su cerebro se derrumbaron ante la enfermedad, cuando los tiburones se llevaron ese espléndido marlin que él había atrapado. Así lo hizo, se mantuvo atado a aquel animal que arrastró su pequeño barco y lo extravió en el océano hasta el último momento, hasta esa mañana del 2 de julio de 1961, cuando supo que no podía escribir más porque le fallaba la memoria y no encontraba las palabras, cuando el delirio de persecución se exacerbó en extremo y la droga que le dieron en la Clínica Mayo agravó sus crisis depresivas; aquella mañana en que tomó la querida Boss calibre doce que llevaba a su jornadas de cacería, la cargó, subió a la sala de su casa e hizo retumbar el disparo por el mundo entero.

Esa obra fue su último triunfo y también la materialización de aquella sentencia inolvidable del final de ese, su último gran libro: “El hombre no está hecho para la derrota -se dijo el viejo pescador en medio de la lucha-. El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.”

 

 


03/01/2021

tierra de españa

 


Tierra de España (The Spanish Earth) 

Documental

Año: 1937

Duración: 54 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joris Ivens

Guion: Lillian Hellman, Archibald Macleish, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Prudencio de Pereda

Fotografía: John Fernhout, Joris Ivens (B&W) 

Dirigida por Joris Ivens con un presupuesto de 2.000 dólares, Tierra de España es uno de los más estremecedores documentos sobre la Guerra Civil, al estructurarse sobre dos ejes: la lucha de los milicianos y los movimientos campesinos. Hemingway se encargaría de poner su voz al narrador de este filme. 

Premios: 1937: National Board of Review


el vell i la mar, 3

 



por Alejandro Gamero

La piedra de Sísifo

03/02/2009

 

“Uno de los temas más presentes en Hemingway es la lucha encarnizada del hombre contra la naturaleza, un tema que reaparece en el que sería uno de sus últimos libros publicados en vida, una obra que le valdría el premio Pulitzer y que sería el puntillazo definitivo para la concesión del Nobel al conjunto de su obra. Me estoy refiriendo a una de sus obras más importantes, sin duda la más conocida, a pesar de su brevedad: El viejo y el mar.

Esta deslumbrante novela cuenta la historia de Santiago, un viejo pescador cubano, que después de ochenta y cuatro días sin haber logrado pescar ni un solo pez se hace a la mar empeñado en vencer su racha de mala suerte. Este viejo pescador, con sus ojos del mismo color que el mar ─alegres e invictos─, que casi vive de la mendicidad, pero que conoce a la perfección toda la técnica de su arte, esconde un pasado glorioso que únicamente se deja entrever en un recuerdo vago, el de un joven con una fuerza colosal, capaz de aguantar un pulso durante un día entero, un hombre viril apodado “El Campeón”. Pero lo que no sabe es que el mar le deparará la oportunidad de demostrar que aún no ha perdido completamente ese esplendor, que todavía está vivo y con fuerzas para realizar una proeza digna de pocos, un devastador combate con un gigantesco pez que se alargará a través de tres interminables días. El desenlace de esta lucha adquiere unas dimensiones tan ambiguas que es difícil determinar si finalmente es Santiago quien se hace con la victoria o si es el pez el vencedor. Posiblemente sean ambos en realidad los perdedores, porque la identificación que se produce entre Santiago y el pez es casi absoluta.

Si se compara El viejo y el mar con otro libro con el que está temáticamente relacionado, Moby Dick, salta a la vista que se trata de dos polos opuestos en el combate marítimo y aun en la relación del hombre con la naturaleza. En este caso el contacto entre el hombre y el medio que le rodea con todo aquello que lo habita la naturaleza es completo. La comunión con el mar se expresa en el tópico poético del género femenino que tanto y tan bien explotara Rafael Alberti: otros marineros «hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacia cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo» Desde este mar femenino, donde el pescador está integrado hasta la médula, se expresa la melancolía hacia lo aéreo, simbolizado por las golondrinas: «¿Por qué habrán hecho pájaros tan delicados y tan finos como esas golondrinas de mar cuando el océano es capaz de tanta crueldad?» Más adelante Santiago dirá que se alegra de no tener que matar a las estrellas como hace con los peces.

La gran paradoja del libro se expresa en su mayor magnitud a lo largo del desarrollo del combate. El pescador forma parte de ese mundo, como un elemento más, pero al mismo tiempo, como depredador que es, tiene la misión de capturar y matar peces. Sin embargo, la relación que se establece con el pez es tan empática que bien pudiera decirse que se consolida una amistad basada en la admiración y el respeto. Esta contradicción se expresa a través de pensamientos complejos que encierran el binomio: «pez, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes de que termine el día»; más adelante: «me gustaría dar de comer al pez. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo y cobrar fuerzas para hacerlo»; o también: «el pez es también mi amigo. Jamás he visto un pez así, ni he oído hablar de él. Pero tengo que matarlo» Durante un segundo duda en su decisión de matar al pez, al que ha revestido con un halo de misticismo que le sitúa incluso por encima del hombre, que no es lo suficientemente digno como para probar su carne: «¿Serán dignos de comerlo? No, desde luego que no. No hay persona digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y su gran dignidad»

Sin embargo, el viejo debe matar al pez porque eso es lo que debe hacer un pescador. Aunque aparentemente sea una mezcla de necesidad y de orgullo lo que le lleva al convencimiento de que debe matar al pez, más bien es una especie de fatalidad, un destino, como si el ser pescador fuera su único camino. «El pescar me mata a mí exactamente igual que me da la vida», llega a pensar en los momentos finales en que está a punto de llegar a tierra. Y es que ama al pez cuando estaba vivo y lo sigue amando después de muerto.

La relación que se establece entre el hombre y la naturaleza tiende a mezclarlos y confundirlos. Así, por una parte la naturaleza se humaniza, y ese sentimiento es lo que lleva a Santiago a hablar a un pajarito que se posa en la barca como si fuera un hombre, diciéndole que vaya a correr fortuna «como cualquier hombre o pájaro o pez» Más adelante expresa el viejo sus dudas sobre la supremacía del hombre en la naturaleza, admitiendo que efectivamente el ser humano no es gran cosa comparado con las grandes aves y fieras; para después confirmar sus anhelos de ser animal: «Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en la tiniebla del mar»

Después de tres días de actividad ininterrumpida el enfrentamiento adquiere un halo irreal en donde lo onírico está muy presente. Ya en el viaje de regreso el viejo reitera en varias ocasiones el pensamiento de que tal vez todo ha sido un sueño, llevado más por el deseo de que efectivamente sea así que por su propio convencimiento. Es cierto que el viejo pierde el hilo mental en varias ocasiones, pero sorprende lo increíblemente lúcido que se mantiene hasta el final. Hablar en voz alta no supone el más mínimo desvarío en una mente que considera que en el mar nunca se está solo ─impresionante después de tres días─ y en un cuerpo que se siente en sintonía con el medio. Sólo cuando se produce el trágico final su cabeza empieza a nublarse un poco y llega a dudar de si es él quien lleva al pescado o si es el pescado el que le lleva a él: «deja que él me lleve si quiere. Yo sólo soy mejor que él por mis artes y él no ha querido hacerme daño» Finalmente se han identificado hasta tal punto que ya no importa quién mate a quién.

Cuando el primer tiburón acomete al pez el viejo se ha llegado a identificar tanto con su pieza que siente que está siendo atacado en su propia carne. En ese momento la lucha del viejo se transforma, porque hasta ahora, en su enfrentamiento con el pez, había sido un encuentro de aguante y desgaste, de paciente espera; ahora, en cambio, con los tiburones, el choque es primitivo y brutal. Con cada acometida el pez va mermando y es necesario actuar con rapidez. Aquel hombre que parecía tranquilo y pacífico recupera parte de su juventud perdida, de aquella fuerza que le dio el sobrenombre de “El Campeón”, y convierte todos los objetos que están a su alcance en armas con las que proteger su pesca. Y los tiburones que consigue matar no son victorias personales, sino que van a medias con el viejo pez. Empero se sabe fracasado desde un principio: cometió el error de alejarse demasiado de la costa, y ahora el pez y él tendrán que pagarlo. La frustración del viejo que se sabe vencido aún antes de ser acometido por el enemigo es desoladora, y da como resultado una frase sincera y profunda que manifiesta esa frustración y que al mismo tiempo da fe de la comunión con la naturaleza, una sentencia pronunciada a los tiburones, como si ellos fueran conscientes del trágico destino del hombre: «Cómanse eso, galanos. Y sueñen con que han matado a un hombre»

El viejo y el mar, en fin, podría constituir un ejemplo perfecto de la épica moderna, trágica y derrotista, con el regusto amargo al héroe fracasado, pero tremendamente aleccionador. Tal vez el esfuerzo del viejo parezca vano, pero jamás hay que abandonar una batalla sin haber quemado todos los cartuchos. Porque, en realidad, la línea que separa la victoria de la derrota no siempre es evidente. Porque a veces pensamos haber perdido cuando hemos ganado, y ganado cuando perdimos.”


02/01/2021

el vell i la mar, 2

 


Se celebran los 50 años de “El viejo y el mar”, de Hemingway

 

por Mauricio Vicent

El País

02/09/2002

 

“Hace cincuenta años se publicó por primera vez en la revista Life y en una sola entrega El viejo y el mar. Las 27.000 palabras de la genial novela de Ernest Hemingway se convirtieron enseguida en una de las obras cumbre del siglo XX y le valieron al escritor norteamericano un premio Pulitzer en 1953 y la concesión del Nobel un año después. El viejo y el mar inmortalizó los mares de Cuba y a los pescadores del poblado habanero de Cojimar.

“Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez...”. Se ha dicho que el personaje de Hemingway -Santiago- está inspirado en Gregorio Fuentes, el legendario patrón del yate Pilar con quien el escritor salía a pescar. Sin embargo, según parece, el verdadero modelo fue un viejo pescador de Cojimar llamado Anselmo, aunque también pueden haber aportado elementos Cachimba, El Sordo, Cheo López y Quintín, otros hombres de mar que alternaron con el escritor en el restaurante La Terraza.

En 1995, Gregorio Fuentes -que falleció hace algunos meses a la edad de 104 años- decía que la idea de El viejo y el mar le vino a Hemingway un día de pesca en el que se encontraron en aguas profundas con un pescador y un niño navegando en un bote de remos. Lo más probable, sin embargo, es que el episodio que inspiró la novela se basara en un hecho real. El propio Hemingway contó en una crónica periodística de 1936 -dos años antes de que contratase a Gregorio-: “En otro tiempo, un viejo que pescaba solo en un bote frente a Cabañas enganchó en el anzuelo un gran pez que arrastró la embarcación mar afuera. Dos días después el viejo fue recogido por unos pescadores a setenta millas hacia el Este: la cabeza y la parte superior del pez estaban amarradas al bote. Lo que los tiburones habían dejado de él pesaba ochocientas libras”. Hemingway añadía unas líneas después: “El viejo luchó solo contra ellos en la Corriente del Golfo, en una frágil embarcación, apaleándolos, apuñalándolos, golpeándolos con un remo hasta que quedó exhausto; entonces los tiburones comieron cuanto quisieron. Estaba llorando en el bote cuando lo recogieron los pescadores, casi enloquecido por su pérdida. Dos tiburones aún describían círculos en torno al bote”.

Life pagó a Hemingway un dólar y diez centavos por cada palabra del manuscrito, 30.000 dólares en total. La publicación, el 1 de septiembre de 1952, fue todo un suceso; en sólo 48 horas la revista vendió más de cinco millones de ejemplares. El 8 de septiembre, Scribner puso a la venta la novela y ese mismo día decidió hacer una segunda edición.

Un tiempo después, recuerda Ciro Bianchi, autor de Tras los pasos de Hemingway en La Habana, la revista cubana Bohemia ofreció a Hemingway 5.000 dólares por la publicación del libro en castellano. Él aceptó, pero puso dos condiciones: que la traducción debía hacerla Lino Novas Calvo y que el dinero que le ofrecían fuese empleado en comprar televisores y efectos eléctricos para los enfermos del leprosorio del Rincón, a las afueras de La Habana.”


01/01/2021

el vell i la mar, 1

 


“El vell i el mar”

per Jordi Llavina

El Punt Avui

13/02/2014

 

“Com és prou conegut, el títol d'aquí sobre és el d'una de les obres més celebrades d'Ernest Hemingway, de l'any 1952: la història d'un vell pescador –una figura, per cert, inspirada en un home real: un cubà que es dedicava a aquest noble ofici d'extreure de l'aigua els seus ancestrals llogaters per poder-los dur a taula– que ja no pesca res, sinó amb prou feines records i xacres. Fins fa poc l'ajudava un jove aprenent dels secrets del pèlag. Però, vista la migrada pesca que fan, el noi decideix abandonar el vell per un patró amb més bona estrella i les arts menys foradades. La primera vegada que vaig llegir la novel·la, essent jo un noiet, hi vaig fruir, sobretot, del component de l'aventura. Aquell em va semblar un gran llibre d'aventures, hereu, esclar, del Moby Dick de Melville. Patim amb el pobre vell que, de primer, no pesca res, però que, a partir d'un moment del llibre, té l'oportunitat de capturar un peixarrot més gros que la seva pròpia barqueta, i l'home s'hi deixa la pell, i hi passa uns treballs que fot-te'n dels d'Hèrcules. Al final, se'n surt. Ara bé, en el patètic arrossegament de la bèstia fins a la costa, els taurons, excitats per la sang que es va escolant de l'animal per l'agònic combat que ha mantingut amb el pescador, i que va tenyint l'aigua, els taurons –dic– es van cruspint de viu en viu la pesca, la descarnen... De manera que allò que, al cap i a l'últim, arriba a terra és una completa misèria que toca l'os (o l'espinada) de l'afectat i la fibra del lector.

No cal dir que, de més gran, vaig llegir la novel·la amb uns altres paràmetres mentals (amb un altre horitzó d'expectatives, que diria Jauss). Hi ha un vell pescador, i un peix que imposa... Però, encara més, el que hi ha és aquesta lluita irredempta per la vida –o, fins i tot, per la supervivència– a què els humans estem condemnats per naturalesa. De més gran, en definitiva, ja estava preparat per llegir el mite: com ho estava, suposo, per entendre el de Prometeu (el fetge del qual sembla parent del peix de Hemingway, bé que aquest no es regenera) o el de Sísif (l'obstinació del qual amb la pedrota sembla parenta de la de l'ancià pescaire amb l'animal, bé que aquest últim reïx en l'esforç).

“El vell i el mar” és, també, el títol d'un bell poema de Joan Vinyoli, del llibre Domini màgic (1984), que fa així: El mar és ple, però jo em passo dies / omplint-lo de mirada. Cal saber-ho fer: / que mai no se n'adoni, com si no el tinguessis / en res tot i la seva immensitat / i el seu saber-se dur i compacte, ric / com la balena, que tot d'una en surt / i que amb un cop de cua els pescadors afona. / No, que romangui llis, indiferent / a la teva enyorança, a la teva recança. / Ser vell de veritat vol dir saber estar sol. / Estalvia gemecs i fes mes ample el mar.

D'entrada, diríem que tota l'èpica de la novel·la es torna, aquí, lirisme íntim. La voluntat del vell del poema sembla que sigui la de dissoldre's en la immensitat líquida, i el cor d'aquest home sembla aquietar-se gràcies a la mirada activa i confortada, que l'acorda amb el ritme de la mar, el de la mer toujours recommencée, segons el cèlebre vers de Valéry. Quina paradoxa més brillant, aquesta d'“omplir el mar de mirada”! I quina lliçó més fructífera, la d'aprendre a no trobar més la mar dels dies! Fa una setmana, Miquel Martín publicava, en el suplement Cultura d'aquest diari, un article molt lúcid sobre la importància de la mar en la poesia de Vinyoli. A mi, aquest poema sempre m'ha colpit pel que planteja. El mar, per a un Vinyoli que ja se sentia desnudo como los hijos de la mar, que diria Machado, el mar ja no és mirall de conflicte o de tensió, ja no és “cassola en forn”, sinó anhelada llisor i anul·lació del desig, l'espai on es nega el temps: Ser vell de veritat vol dir saber estar sol. És, en suma, la mar del poema Ars Moriendi, de l'altre Machado, de Manuel: Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, / para mi yerto corazón herido, // para mi amarga vida fatigada... / ¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar, y no pensar en nada!...”