06/09/2021

doris lessing, 2

 




Lo femenino en Doris Lessing

por Tes Nehuén
Poemas del alma
19/11/2013



«Las mujeres no pueden competir en las carreras de la fórmula 1 por causas fisiológicas. En una carrera el organismo pierde mucho líquido y la fisionomía femenina no está preparada para mantener su estabilidad como lo hacen los hombres », escuché hace unos días en una cata literaria-automovilística.

¿Qué se responde a tamaña imbecilidad? Te quedas callado y te pones a pensar en Ana María Matute, en Alejandra Pizarnik, en Virginia Woolf, en Doris Lessing: personas que supieron salirse de los límites planteados como posibles en su género y nos ofrecieron obras descomunales, que se escaparon de lo estrictamente convencional.

Inglesa por adopción pero profundamente enamorada de Rhodesia, Doris Lessing nos ha dejado un testimonio inexorable. Fue una de las autoras que más se comprometió con las diferencias socialmente aceptadas entre hombres y mujeres, y que lucho por la igualdad de oportunidades.

Podríamos decir que fue, sin lugar a dudas, una verdadera feminista: en cuanto a que no necesitó desnudarse o ponerse tacones para reivindicar su existencia; que uso la palabra como muchos hombres habrían deseado hacerlo y estuvo dispuesta a jugarse por lo que único que verdaderamente le importaba, la escritura, esa herramienta que la conectaba con el mundo y con la naturaleza. No obstante, el término feminista nunca me ha gustado y no lo usaré ahora tampoco.

Lessing nos ha dejado, pero nuestras librerías seguirán gritando sus contundentes frases, y tampoco dejaremos de ver su aspecto arrugado y desaliñado surgiendo de las listas de esos escritores inevitables y necesarios. De los pocos que supieron entender la verdadera función de la literatura y pudieron encontrar al menos al camino a la felicidad.

Cuando en 2007 le avisaron que había ganado el Nobel, Doris Lessing volvía de hacer la compra, con sus 88 años y una pila de sueños todavía por cumplir: y supongo que se habrá llevado más de uno con ella.

Cada vez estoy más convencida de que para escribir bien hay que haber amado mucho y sufrido en igual medida, o a veces más. Y, posiblemente, sea necesario que ese amor y ese sufrimiento estén enlazados con nuestros primeros aullidos, nuestros primeras experiencias de vida: muchas que ni siquiera somos capaces de recordar de forma racional. Puedo intuir entonces que Lessing amó y sufrió muchísimo.

Fue una escritora dispuesta a decir lo que pensaba, aunque esto le trajo tristes consecuencias. Una de ellas: la prohibición a regresar a su amada tierra, Rhodesia, a la que solo pudo volver en cuatro ocasiones durante su juventud.

La literatura no tiene la obligación de ofrecer respuestas a los conflictos sociales, pero indirectamente siempre lo hace. Lessing estaba comprometida con su Rhodesia y a través de su obra intentó combatir los daños que una sociedad corrupta infringía sobre los más vulnerables, los niños.

En su obra podemos encontrarnos con un anhelo impresionante de ofrecer a los niños oportunidades diversas, herramientas para ser capaces de pensar fuera de los sistemas, de crear sus propios juicios de valor, de buscar alternativas a una vida que parece ya desahuciada. Esto es lo que más me apasiona de esta autora.

Desde que leí su primer libro la he devorado con esmero: en lo literario le encuentro algunas carencias, pero su aporte ideológico resulta tan contundente que te convence rotundamente. Termino inclinándome por autores como ella porque creo que un manejo innegable del idioma sin algo que decir es lo peor que puede pasarle a la literatura.

Es larga e intensa la lista de novelas de Lessing, por citar algunas: «Canta la hierba», «Un casamiento convencional», «Marta Quest»… Y continúa.

Si tuviera que definir lo que su obra implica, podría decir, coincidiendo con Marta Sanz, en que nos obliga a mirar el mundo con madurez, con decencia. No te permite quedarte al margen, te lleva por un camino sin retorno en el que todo puede ser enjuiciado y puesto en entredicho.

Sin duda, la buena literatura necesita más personas como ella: capaces de jugarse el todo por el todo, de poner en duda todo lo que venimos repitiendo desde hace siglos y que se ha sistematizado a niveles casi inconscientes. Lessing te lleva a replantearte toda tu vida, a ponerla patas arriba y preguntarte qué es lo que realmente estás haciendo y por qué: ahí reside su mayor maestría, que vale más que cualquier tratado de retórica, porque te enseña a vivir. Y cuando la literatura consigue eso, se vuelve necesaria y sublime.

Represión, una palabra a la que todavía le tememos, que todavía abunda en las calles y cercena ideas y movimientos. En la obra de Lessing tiene un protagonismo inusitado. En una época de alta censura ella se atrevió a ponerse en el foco y gritar sus ideales; poniendo en palabras las ambiciones y decepciones que miles de individuos sufrían en el mundo.

Hablaba de mujeres, sí, pero escribía sobre la humanidad toda; porque detrás de una mujer que es censurada y reprimida también hay un hombre o dos que lo están siendo. Porque hablar de feminismo y machismo es hablar de lo mismo, y, como lo dijo en más de una ocasión Lessing, vivimos en una sociedad enferma donde la diferencia de sexo cada vez importa más, aunque nos vendan que estamos luchando por la igualdad. Porque mientras existan conceptos como «violencia de género», «literatura femenina», «ropa de mujer», seguiremos detenidos, estancados como sociedad.

Como toda autora controversial, Lessing se fue sin que se la comprendiera realmente. Cuando declaraba que el feminismo no servía como tampoco lo hacía el comunismo, expresaba que ningún movimiento es válido si por su causa se cultiva el odio y la violencia. Pero no la entendieron. Cuando decía que lamentaba muchas cosas, no estaba pidiendo realmente perdón sino intentando demostrar que la vida es corta y que luchar por algo vale la pena si no pone en riesgo la vida de un ser inocente. Tampoco entonces la comprendieron. Y se fue sin que lo hicieran. Es una lamentable pérdida de una premio nobel demasiado tardía y de una mujer incomprendida.

Y volviendo al inicio. Mientras repitamos que una mujer no puede entregarse a un deporte con la misma pasión y entereza que un hombre, repitiendo argumentos fisiológicos que ni siquiera somos capaces de comprender, estaremos echando a la basura la labor de intelectuales incuestionables como Lessing. Y mientras digamos de ella que fue una feminista convencida, estaremos marcando más nuestra diferencia con ella, y, convencidos de acercarnos a su forma de pensar, estaremos trazando un abismo cada vez más profundo entre ambas líneas de pensamiento."

05/09/2021

doris lessing, 1


 



Doris Lessing: Retrato de una superviviente

por Hugo Estenssoro
Revista de Libros
01/11/2008

Doris Lessing tiene, irrefutablemente, el rostro que se merece. A la luz dorada y frágil de las tardes londinenses, sus facciones registran, en camadas casi geológicas, labradas por sus ocho décadas, una crónica de batallas perdidas y ganadas. Da la impresión de que hasta la felicidad debe de haberle labrado marcas, que el tiempo ha pulido junto con las de los sufrimientos, y la vivacidad penetrante de sus ojos no impide pensar en aquellos monumentos de la Antigüedad que consiguieron resistir a la rapiña humana y la intemperie. El rostro de Doris Lessing confirma a un visitante que ella es, antes de nada, una superviviente: de la familia, del colonialismo y del racismo, de la guerra, de la ilusión comunista, de la condición femenina, del amor, de los equívocos de la fama.

Después de haber leído Walking in the Shade (1997), el segundo volumen de su autobiografía, en el que cada capítulo y cada etapa biográfica se apoya en una de sus direcciones en Londres desde 1949 –cuando llega a Inglaterra huyendo de la familia, de África y de lo que había sido hasta los treinta años–, es inevitable para el visitante observar con atención cada detalle doméstico. La impresión es la de un despojado desorden que, al paso de las horas y con la penumbra ceniza de la tarde que fenece, va formando un marco cada vez más apropiado para la escritora. El escaso mobiliario, estrictamente utilitario y que podría ser comprado de tercera mano, declara que su dueña tiene que ser juzgada por lo que es. En buena medida, esa es también la historia de su vida y de su literatura.

En el primer volumen de su autobiografía, Under my Skin (1994), el lector encuentra como un refrán «¡No, yo no seré como ellos!». Ellos eran la familia –un padre enfermo y quebrantado, una madre frustrada y dominante, un hermano tibiamente satisfecho con su condición de hijo favorito–, pero también la sociedad colonial de Rodesia del Sur, hoy Zimbabue, y un apresurado casamiento convencional. Para los lectores de Lessing, la serie de seis novelas que narra la historia de Martha Quest (1952-1969; quest es «búsqueda» en inglés), y que abarcan aproximadamente el mismo período, poseen una fuerza que no se encuentra en el relato autobiográfico. La autora sabe que la vida no tiene la forma acabada de una novela. Al mismo tiempo, siempre ha advertido que sería una equivocación confundirla con las heroínas de sus novelas y cuentos, tentación a la que éstos invitan. Si hay algo que describe su trayectoria es el aprendizaje de que no hay que confundir los libros y las ideas con la vida. Lo que se aplica también a la autobiografía, como dice en su ensayo Writing Autobiography: «Antes leía una autobiografía como lo que el escritor pensaba sobre su vida. Hoy pienso, “eso es lo que pensaba en la época”».

Estos juegos de espejos explican muchos aspectos de la obra de Lessing que sorprenden o desconciertan. Por ejemplo, su obra de ciencia ficción, que dejó perplejos y frustrados a muchos de sus lectores (y especialmente lectoras) cuando fue originalmente publicada. La más desgarradoramente realista de las novelistas contemporáneas se abandonaba en apariencia a las aéreas ficciones de futuros imaginarios. Pero incluso los que preferimos no releer su ciencia ficción comprendemos ahora que escribirla fue un derecho que Lessing se ganó escribiendo sus otros libros. Ya en 1962 Lessing había disecado la falacia literaria, que exige un «argumento» que puede o no tener que ver con el material que instigó el acto de narrar: «¿Para qué un argumento? ¿Por qué no decir simplemente la verdad?». Porque el argumento tiene su propia verdad. Sólo que al disociar «la verdad» de la técnica narrativa ésta cobra vida independiente. Los cinco volúmenes de Canopus in Argos (1979-1983) son un largo, frecuentemente feliz, experimento sobre el placer de narrar. Su último libro, Alfred and Emily, es más breve, más feliz y más audaz.

Dividido en dos secciones, Alfred and Emily cuenta primero la historia de los padres de la autora en los términos del verso del poeta brasileño Manoel Bandeira: «la vida que pudo haber sido y no fue»; en la segunda parte cuenta lo que realmente ocurrió. Se trata, hasta cierto punto, de un juego literario en el que Lessing se permite inventar una versión «novelesca» –es decir, ordenada y acabada– de la vida de sus padres. Ésta, en la vida real, fue deformada y finalmente destrozada por la explosión inexplicable de fuerzas que no entendían: la Primera Guerra Mundial, que en sus secuelas históricas y personales ensombreció para siempre la vida de la familia Tayler, expandiéndose en cataclismos como la revolución bolchevique, el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. En la segunda sección del libro, Lessing repasa episodios que ya conocemos de su vida familiar. En ella se permite un desorden vívido y evocativo, de sincopadas viñetas, que de alguna manera se complementa y completa con el imaginario cuadro formal de la primera parte. Es un ejercicio literario en el que, como es costumbre en Lessing, la vida se abre paso e irrumpe ardua y triunfalmente.

Es por ello por lo que el comentario del comité Nobel suena tan inevitablemente inepto al afirmar que no se le concedió el premio en la modalidad de literatura en 2007 «por su jornada de autodescubrimiento», sino por «someter a análisis una civilización dividida». Eso equivale a decir, para quien conoce la obra de Lessing, que se la premia por sus obras de aprendizaje (los primeros cuatro volúmenes de la serie de Martha Quest, Children of Violence), que claudican y se desmoronan a medio camino para sólo recuperarse y retormar el hilo después de la catarsis –delirante, vertiginosamente íntima– de The Golden Notebook (1962). Hasta la publicación de este libro Doris Lessing era considerada la más representativa novelista de la extrema izquierda anglosajona, y la única que gozaba de popularidad entre un amplio público lector justamente por analizar «una civilización dividida» entre el infierno burgués y capitalista y el paraíso proletario y socialista. La obra maestra que es The Golden Notebook constituye el rompimiento, tan radical como doloroso, con esa visión del mundo como una trágica desproporción entre la gente común («the little people») y un mundo demasiado grande e ingobernable para ellos (el caso de sus padres), que sólo puede ser domeñado por la revolución. Los protagonistas de este enfrentamiento apocalíptico son los «hijos de la violencia». La trayectoria vital y literaria de Doris Lessing consiste en rechazar esa visión en nombre de una verdad interior que incluye la posibilidad de una felicidad íntima y personal. Con el tiempo, la musa revolucionaria llegaría a decir que el amor a la revolución es la proyección de resentimientos personales en el escenario del mundo, «equivalente a una pasión por la infelicidad».

The Golden Notebook es una lacerada rendición de cuentas ante sí misma, mirándose en los diversos y engañosos espejos de sus yos que son los cuatro cuadernos, cada uno de un color, en los que Anna Wulf registra los múltiples ámbitos de su vida y personalidad. El cuaderno dorado es el último, cuando los demás quedan varados en sus perplejidades. Anna es Doris. Como ella, publicó su primera novela con gran éxito en 1950. Sus padres, su período africano, su casamiento con un alemán y su hija nacida en 1946, su inscripción formal en el Partido Comunista, cuando su fe en la causa ya desfallecía, y la ruptura con el partido, reflejan con pequeñas variantes lo que Lessing recapitula en su autobiografía. También retratan a la Doris Lessing premiada por el Nobel. Anna termina en la locura; Lessing se salva al desviarse de la trayectoria que el comité sueco le atribuye para comenzar su «jornada de autodescubrimiento». Ésta comienza en el primer párrafo de The Golden Notebook: «Hasta donde puedo ver, todo se está desmoronando». El síntoma crucial había sido el discurso de Nikita Jruschov sobre los crímenes de Stalin en el vigésimo congreso del partido en 1956, que confirma el horror que ella había sentido al visitar la Unión Soviética en 1952.

Lessing tenía la autoridad moral para juzgar lo que estaba pasando porque su vida se había dedicado a las causas progresistas desde su primera juventud. En Under my Skin cuenta cómo la injusticia del racismo colonial en Rodesia del Sur la llevó a fundar un partido comunista local (tolerado, aunque no reconocido por los comunistas de la región). Pero, como irse de casa, abandonar al primer esposo con dos hijos, o escribir ficción mientras trabajaba como telefonista, hacerse comunista fue un acto de rebelión personal. Ingresar formalmente en el partido, ya en Londres, fue el equivalente de poner todas las fichas sobre el tapete, «el acto más neurótico de mi vida».

Sólo uno de los comunistas que conoció en Rodesia del Sur llevó su fe hasta las últimas consecuencias, su ex marido y padre de su tercer hijo, Gottfried Lessing, cuyo apellido aún lleva. Refugiado político en África durante la Segunda Guerra Mundial (Doris se casa con él para evitar que fuera detenido como ciudadano de una potencia enemiga), Gottfried Lessing volvió a Berlín después de la guerra para reencarnarse como alto funcionario y después diplomático de la República Democrática Alemana en África. Agente del KGB, Lessing terminó como embajador en la Uganda de Amin Dadá, facilitando instrumentos de tortura al régimen. Su retrato en Walking in the Shade es algo fantasmático y atraviesa la narración como un viento trágico. Pero su hijo Peter fue la salvación emocional de la escritora. Sin blanca en Londres, criar al hijo era una tarea que la ocupaba desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche. Lessing escribía cuando el niño estaba en el jardín de infancia o en la escuela. «Sin él –dice la novelista– habría caído en la bohemia, deslumbrada por todos esos personajes tan brillantes y divertidos del Soho. Habría terminado alcohólica y mendiga. Fue la disciplina del hijo lo que me permitió hacer obra».

Esto no es nuevo, pero, como en todo, el acto de formularlo lúcida y memorablemente lo eleva a otra dimensión. The Golden Notebook fue recibido como una primera incursión en un nuevo frente revolucionario: la guerra de los sexos. Lessing, después de verse entronizada como la cronista de las barreras raciales (The Grass is Singing, 1950) y clasificada como novelista comunista (The Children of Violence), se vio nuevamente encorsetada, esta vez como profetisa del feminismo. Como antes, su rebelión fue frontal. Para ella, la novela se limitaba a registrar lo que ella y sus amigas hablaban y el tono con que lo hacían: «Y de todas las interpretaciones equivocadas, la más equivocada fue la de las feministas. Se equivocaron como los comunistas, haciendo de la vida una cuestión ideológica, pero la vida sigue su curso sin ellas y hasta contra ellas». Del mismo modo que en sus novelas políticas no había encarnado ideas en personajes, sino desarrollado personajes que se movían dentro de la política, lo que da a sus ficciones el temblor inconfundible de la vida, las novelas y cuentos considerados «feministas» de Lessing tratan simplemente de mujeres que afrontan la existencia como pueden, viviendo las experiencias tradicionales de la familia, el amor, los hijos y el trabajo. Para Lessing, la condición femenina ha experimentado un cambio fundamental con la píldora, pero el resto sigue su curso humano como siempre.

Es esta identificacion de las constantes humanas en tiempos revueltos lo que sostiene las ficciones de Doris Lessing. Por ejemplo, hay un eco estético y emocional que vincula las visitas en carruaje, de casa de campo en casa de campo, a comienzos del siglo XIX, en las novelas de Jane Austen, con las regocijadas expediciones en decrépitas camionetas de la infancia de Lessing en Rodesia, de hacienda en hacienda (y con el viaje en trineo de Guerra y paz). Lessing se aferra al tumulto de la vida y la historia sólo en la medida en que le permite aferrarse a una experiencia personal densamente experimentada. Tal vez por eso su estilo es laboriosamente sólido, sin las irisaciones literarias de muchas de sus predecesoras y contemporáneas, más fruto de una empecinada probidad que de la felicidad de expresión, que se abre camino en la realidad al mismo tiempo que la abraza y absorbe. Lessing dice que sus libros son «una tentativa de orden», pero eso sólo es verdad en la medida en que superan un vivo desorden original. El largo anaquel que ocupan los numerosos volúmenes de su obra han conseguido ordenar para sus lectores los contornos de una época y una manera de ser. Doris Lessing no se limitó a vivirla para contarla; tuvo que contarla para sobrevivirla.”

04/09/2021

fragment i final

 

Huddinge (Suecia)



“A la mañana siguiente me desperté temprano. Me sorprendió que se hubiese soltado un vendaval. El mar comenzaba a encabritarse. Había nubarrones oscuros en el cielo. Llovía con pasión, diría yo.

Pero eso no me haría cambiar de planes. Bajé al comedor del hotel. Me serví un café y me senté en una de las mesas libres. El corazón me palpitaba con tanta fuerza que parecía que se me fuera a salir. Encendí mi ordenador, cambié el idioma de sueco a griego y me puse a esperar la primera palabra.

La tormenta cobraba fuerza. Yo, esperaba. No sucedía nada. Intenté pensar en griego sin conseguirlo. El sueco era el idioma en el que había escrito todos mis libros.

Volví a cambiar el idioma de griego a sueco. Pero tampoco ocurría nada en mi cabeza. Había reunido muchas impresiones en aquel viaje, había tomado infinidad de notas y, sin embargo, todo me parecía inerte, muerto.

Permanecí sentado, cruzado de brazos, alrededor de una hora. No podía escribir. Estaba atrapado entre mis dos idiomas, como el famoso asno de Buridán, que no lograba elegir entre comer y beber.

No le había dicho nada a Gunilla. Ella no sabía que pensaba yo escribir en griego. No quería decírselo a nadie. Me daban miedo las objeciones evidentes. ¿Cómo iba a escribir en una lengua que durante cincuenta años no había utilizado para la literatura? Había traducido mis libros del sueco al griego, pero eso es una cosa. Y otra, muy distinta, es escribir el original.

Lo mismo había oído cuando comencé a escribir en sueco, pero a la inversa. ¿Cómo iba a escribir en una lengua que no conocía? Y, sin embargo, lo hice.

Volví a cambiar el idioma en mi ordenador y esperé. Al poco rato bajó Gunilla y tomamos el desayuno. La lluvia le había cambiado el humor, pero lo vio desde el punto de vista práctico.

—Le hará bien a la tierra —dijo, y luego me preguntó qué estaba haciendo con el ordenador encendido tan de buena mañana.

Estaba jugando al ajedrez.

No dijo nada. Sacó las tarjetas postales que había comprado y se puso a escribir como si fuera lo más natural del mundo.

«Jo —dije para mis adentros—. Lo mismo voy a hacer yo.»

Abrí mi ordenador, pensé en un amigo en Suecia y empecé:

El año pasado, en invierno, unos cuantos días antes de Navidad, me invitaron…

Desde la primera palabra sentí cierta dulzura, como si hubiera comido miel. Dulzura y alivio.

No escribía. Hablaba. Una palabra se unía a la siguiente como si fueran hermanas gemelas. No tenía miedo de cometer errores, aunque sabía que los cometería. Era mi idioma. No me sentía cohibido, no tenía necesidad de impostar la voz.

Con el sueco, idioma que amaba y amaré siempre, no había alcanzado esa inmediatez. Seguramente no la alcanzaría jamás. Lo llevaba puesto en la cabeza como una corona de espinas. El resultado final no era ni mejor ni peor. Era distinto.

En ese momento lo entendí. Mi primera lengua es palpitación. La segunda, cavilación. La primera brotaba de mis entrañas, la segunda de mi cerebro. El problema era ensamblarlas.

Cambié de nuevo el idioma en el ordenador y escribí las primeras frases en sueco intentando ser lo más fiel posible a lo que quería decir en griego.

No resultaba. Para que fuera un buen texto en sueco, debía modificarlo. ¿Qué era lo que había que cambiar exactamente? Lo primero, el ritmo. El griego fluía de una forma, el sueco de otra. Lo segundo, los tiempos. El imperfecto no existe en sueco. Lo tercero, la palabra «Navidad», que en sueco no tiene relación ninguna con el nacimiento de Cristo.

Me desesperé.

La conclusión era sencilla. Cada lengua tiene su manera de ser escrita. No era nada nuevo para mí, pero una cosa es saber que así es y otra vivirlo. Al principio pensaba que escribía el mismo libro en dos lenguas. Ahora veía que estaba equivocado. Jamás era exactamente lo mismo. Simplemente eran parecidos entre sí.

Volví al griego.

Al cabo de poco comprobé que estaba escribiendo, sí, en griego, pero estaba pensando en el lector sueco. En esos lectores para los que había escrito durante tantos años. Y así, el resultado era un texto falso. Esa complicación no se me había ocurrido nunca.

La conclusión es muy simple.

Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces.

También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces.

Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna.

Al día siguiente nos fuimos. Sólo que a partir de entonces ya nunca más sería un inmigrante.

Me acordé del ave migratoria que había visto en el cielo solitario de Gotland. Había perdido a su bandada, pero no la dirección. El mismo problema tenía yo. Había perdido a mi bandada. La dirección que debía tomar, sin embargo, me la habían dado aquellos muchachos, su maestra, Olimpía Lampusi, y las palabras de Esquilo.

Y este libro, el primero que escribo directamente en griego después de cincuenta años, es mi agradecimiento tardío para ellos, que me devolvieron a mi lengua, la única patria que todavía me queda y la única que no me heriría.

No sólo me honraron.

Salvaron en mí lo que aún podía ser salvado.

¿Qué importancia tenía en qué rincón del mundo viviera?”



Otra vida por vivir
Theodor Kallifatides
traductora: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019
Páginas: 148-153

la cuina de VESPRES

 




Us animem a que ens feu arribar els vostres plats i elaboracions favorits.

En aquest espai compartirem els vostres suggeriments.

També podeu enviar els vostres postres més imaginatius o recomanar aquells vins o caves que més us han agradat.

03/09/2021

fragment, 3

 



“Todas aquellas corrientes que hasta entonces habían sido subterráneas, emergieron a la superficie. Anticomunismo fanático, odio por la socialdemocracia, antiguos nazis desilusionados, generales que habían sido privados de la guerra, nuevos ricos que veían en su riqueza la prueba de su superioridad.

La globalización, que en esencia significaba que el capital internacional podía hacer lo que quisiera y donde quisiera, se convirtió en una nueva teoría cósmica con muchos y muy hábiles defensores.

Suecia no consiguió quedarse fuera de esa nueva guerra mundial, que en esta ocasión era económica.

Día a día la sociedad cambiaba. Yo solía conversar con los jóvenes, muchachos y muchachas. La mayoría se exasperaba con el materialismo, la buena vida y el tedio de la sociedad. Estaban en busca de una ideología, de una salida, pero no la encontraban. La tradicional izquierda no les atraía. Los ecologistas los habían desilusionado. La socialdemocracia era para la gente de edad mediana y los jubilados. Ya no quedaban sino diversos matices de la derecha, desde los Blancos en Finlandia hasta los fanáticos del Estado Islámico.

Cada semana, jóvenes —muchachos y muchachas— se marchaban como voluntarios a Siria, la mayoría reclutados por ISIS, y algunos para apoyar al pueblo en desgracia. Mi generación se había ido de Grecia porque nuestro país no nos quería. Ellos se iban del suyo porque ya no lo querían. Todo se vendía, pero no a todos.

No era así, pero ellos así lo sentían.

¿Qué era aquello que decía Sartre? O mueres por algo o mueres por nada. Esos muchachos, los voluntarios de Suecia, preferían morir por algo. Quizá sea honorable morir por tus principios, pero es menos honorable matar por ellos.

Hace mucho tiempo escribí que el hombre necesita un sentido en la vida, no tanto para vivir, como para morir.

La vida termina y al mismo tiempo sigue. No en el cielo o en las islas de los Bienaventurados, sino en las consecuencias de nuestras acciones.

En eso pensaba durante mis largas caminatas a la espera de que cayera la noche, que siempre era un momento dulce. Gunilla y yo cenábamos hablando de nuestros hijos y de nuestros nietos y de si habría o no algo que ver en la televisión. Por lo general no había. Los únicos programas que tenían cierto interés eran los de algún que otro director francés. En Francia todavía se hacían películas para gente adulta, mientras que todos los demás se habían hundido en el pantano de la diversión fácil. Para no errar el tiro, siempre se incluía algún crimen.

No había nada que ver. Así, Gunilla se atrincheraba detrás de su ordenador y yo salía al balcón a fumar mi pipa. Tendría que dejar de fumar, bastante había martirizado ya a mis pulmones. Pero no podía dejarla definitivamente. Mi pipa y yo habíamos estado juntos durante cincuenta y cinco años. Ahora lo que intentaba era simplemente que de esposa pasara a ser amante. Varias veces al día la sustituía por chicles y cosas así, pero cuando llegaba la noche y después de la cena, me era absolutamente indispensable.

Salía al balcón y me declamaba a mí mismo los versos de Horacio: «No sabes cuántos inviernos te tiene reservados aún Zeus. Puede que este sea el último». Por supuesto que yo no oía las olas del mar Tirreno, como en el poema de Horacio, pero veía las luces de las casas alrededor, las hojas trémulas de los tilos, el ciprés que, sin conseguirlo, intentaba superarlos en altura, y me decía a mí mismo: « ¿Y qué si mueres esta noche? Hace ya decenas de años que ves esas luces y esos árboles, aun muerto los recordarás. Nuestra vida no es un sueño, sino una sombra fugaz entre el tiempo y la luz. La muerte no te privará de nada, has probado ya todos los placeres. Has visto a tu mujer parir a tus hijos. A tu hijo convertirse en un hombre y a tu hija en una mujer. Has visto al cerezo de tu jardín crecer, a las olas del mar pulir los cantos, a las serpientes enredarse una al lado de la otra. ¿Qué más puede ofrecerte ya este mundo? Bebe tu vino, date la bendición y cierra los ojos. Y si mueres esta noche, nada cambiará ni nada perderás».

Así me hablaba a mí mismo. Y me tranquilizaba. Todas las noches, en el balcón, me reconciliaba con la muerte, pero a la mañana siguiente lo había olvidado. La única verdad incontrovertible —que soy mortal— estaba fuera de mi alcance. La veía, la entendía, pero la olvidaba y por la mañana comenzaba de nuevo la lucha por el pan y por el nombre como si no hubiera pasado nada. « ¿Qué piensas?», me preguntaba Gunilla. «Que moriré», le contestaba con la mayor sencillez de la que era capaz, sin entender verdaderamente lo que le estaba diciendo. La muerte siempre está presente y siempre es incomprensible.

También a ella la perdería. No volvería a ver su pie asomando por debajo de las mantas como la pezuña del diablo. Duerme así. Con un pie por fuera de las mantas.”



Otra vida por vivir
Theodor Kallifatides
traductora: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019
Páginas: 64-68

02/09/2021

fragment, 2

 




“El cuerpo me hormigueaba. Al cabo de diez minutos me levanté de nuevo. «Voy a dar una vuelta», dije. Gunilla ni siquiera lo oyó. Ahora que ya no tenía que ir a la estación, ¿adónde iría? Deambularía por las calles sin rumbo? Ahora que ya no iba a escribir, ¿en qué pensaría?

Deambulaba, sí, por las calles, pero eso no significaba que no ocurrieran cosas. Ante todo, pensaba en Kostas, mi amigo del alma, un muchacho valiente y fornido. Acababa de morir. Fue él quien me protegió cuantas veces nos manifestamos en contra de la dictadura. En Estocolmo, pero sobre todo en Islandia, donde los policías eran unos gigantones enfurecidos. Llovían golpes, pero Kostas, que antes había sido albañil y tenía unas espaldas que parecían una puerta de granero, siempre me decía que me pusiera detrás de él, siempre detrás de él. Él era el muro que me protegía. Siempre delante y primero. Y así murió. Primero. Estaba gravemente enfermo y no lo soportó. No dejó que la muerte lo humillara. Me lo imaginaba solo en el hospital, a las tres de la mañana, cuando abrió la ventana y saltó. Nos dejó a todos para recordarlo.

Mis pasos me habían llevado hasta una zona que cien años atrás había sido una pequeña población rural. Algunas de las casas que habían sobrevivido se habían transformado en mansiones, con automóviles de lujo estacionados fuera. Pero también había casas en ruinas. En una de ellas, el Ayuntamiento había puesto un letrero informando de que en ese recinto alguna vez había estado la escuela de la aldea. No fue eso lo que me conmovió. Fue el sendero que llevaba hasta ahí y al que todavía llamaban «Camino de la Escuela». Se me cortó la respiración.

Lo tomé. Me adentré en él por campos cultivados, hasta que se escabulló en el bosque como una serpiente asustada. Era un sendero angosto, abierto por niños que iban a la escuela con lluvia o con sol, con frío y con nieve, un día tras otro, un año tras otro. Pasos infantiles que iban y venían cada día. Niños a los que nadie llevaba, y las distancias no eran cortas. Y esos niños serían quienes algún día transformarían Suecia: de una sociedad básicamente medieval, a la socialdemocracia contemporánea.

Su camino todavía estaba ahí.

Me preguntaba qué opinarían aquellos primeros socialdemócratas de los refugiados, el tema que dividía a la sociedad en dos. Algunas personas no querían saber nada de ellos. Otras muchas opinaban que debíamos respetar el derecho de asilo sin restricciones. Lo mismo pensaba yo. Pero la ola de refugiados era más copiosa cada día. En un lapso muy breve llegaron a Suecia ciento sesenta mil personas pidiendo asilo. Las autoridades no lograban hacer frente a la situación, atadas de manos como estaban por las viejas reglas que están más al servicio de la comodidad de los empleados que de las necesidades de la gente. Entonces el gobierno socialdemócrata decidió cerrar, más o menos, las fronteras. Dicha medida se presentaba como inevitable.

Yo no compartía esa opinión. Por un lado, los derechos humanos no son algo que se pueda modificar a voluntad. Y, por el otro, estaba seguro, y aún lo estoy, de que Suecia —como también Grecia— iba a necesitar en un futuro inmediato a aquellas personas para solucionar su problema demográfico —de población envejecida— y mantener un mercado de trabajo funcional.

Mis palabras no cayeron en tierra fértil.”



Otra vida por vivir
Theodor Kallifatides
traductora: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019
Páginas: 57-59

01/09/2021

fragment, 1

 

plaça Exarjia



“Cerca de la plaza Exarjia estaba la escuela a la que fui durante la década de los cincuenta. Alguna vez había quedado en una pastelería de la plaza con la chica que, con unas restricciones draconianas, era entonces mi novia. Cuando podíamos, comíamos miel con mantequilla. Cuando no, nos sentábamos en las bancas que había debajo de las acacias.
Ahora la plaza era un lugar de venta de drogas. «Vendedores» con su infalible saquito sobre la barriga, y clientes. Muchachas que se vendían por un sobrecito o una inyección. Muchachos indolentes echados en el césped. De tanto en tanto una riña sin importancia. Ni un solo policía.

De pronto un «vendedor» comenzó a golpear con furia a una muchachita delgada, menuda, que de miedo no se atrevía ni a gritar. Nadie reaccionó. Indiferencia absoluta. Sólo su novio intervino con lo último que le quedaba de dignidad humana.

« ¿Te atreves a pegarle a una mujer?», gritó y el otro le dio un empujón que lo lanzó al enlosado.

Esa noche no pude dormir. No conseguía olvidar esa voz. Ronca, colocada, desesperanzada, pero aún humana. No se había doblegado del todo todavía.

« ¿Te atreves a pegarle a una mujer?»

A las tres de la mañana salí al balcón del hotel en el que me había hospedado. Las oscuras montañas, el Egaleo y el Parnés, en el horizonte; aquí y allá luces encendidas. La ciudad dormía. La Acrópolis iluminada parecía flotar en el aire, como una inmensa mariposa.

Tenía ganas de gritar lo más alto posible para que me oyera el mundo entero.

«¿Te atreves a pegarle a Grecia?»

No lo hice.

Nunca antes había visto mi ciudad así. La pobreza era una vieja compañera, pero aquella indigencia no. Había visto las barracas de los refugiados del Ponto y de Asia Menor en barrios como el Polígono e Ilísia. Pobreza, sí, pero todo limpio y bien cuidado. «Pese a ser pobres, tienen su orgullo», decía mi madre.

Ahora las tiendas estaban cerradas, las calles sin luz, la gente dormía en los parques, en los callejones, en los pasajes. Pero lo peor era la amenaza que pendía en la atmósfera. Parecía una ciudad en espera de un terremoto. Por primera vez no me sentía cómodo caminando solo por la noche en Atenas. Eso era la humillación más grande, el destierro definitivo. Tener miedo de los demás, y que los demás tengan miedo de ti. Hemos dejado de ser individuos aislados para convertirnos en tribus. Por un lado, nosotros; por el otro, los extranjeros. La mirada colectiva ya no veía nada más que la responsabilidad colectiva. Lo había sentido también en Suecia. Después de cincuenta y un años de vivir ahí, cuando comenzó la crisis con la deuda y los refugiados, me volví griego de nuevo. Iba de una emisora de radio a otra, y de un canal de televisión a otro. Yo también compartía la responsabilidad colectiva de los griegos, y todos tenían el derecho a cantármelo.

Europa quería su dinero.

Yo me asfixiaba.”



Otra vida por vivir
Theodor Kallifatides
traductora: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019
Páginas: 44-46