04/11/2022

pregària de guerra

 




    Demà, dissabte 5 de novembre, a les 11,30h, al Museu d’Art de Cerdanyola (carrer de Sant Martí, 88), dintre dels actes en torn a la XI Tardor Solidària, tindrà lloc una lectura teatralitzada de l’adaptació poètica realitzada per Joan Oliver de Pregària de guerra, obra de Mark Twain, a càrrec de la Universitat Internacional de la Pau.

    A continuació, es farà un vermut-col·loqui impulsat per les entitats del Consell de Solidaritat i Cooperació i dinamitzat per Neus Sotomayor, presidenta de la Universitat Internacional de la Pau. L’Associació per al Desenvolupament de la Infància en Àfrica (ADIA), que també forma part de l’esmentat consell, participarà en el col·loqui amb la lectura d'un poema d'en Alemu Tebeje.




Pregària de guerra (The War Prayer) va ser publicat al número de novembre de 1916 de la revista Harper's Monthly. Twain va dictar aquest breu conte en algun moment entre 1904 i 1905, com una reacció davant la guerra entre els Estats Units i les Filipines (1899-1902), i va intentar publicar-ho però va ser rebutjat pel seu editor habitual. 

Twain va decidir llavors que es mantingués inèdita fins després de la seva mort. 

Mostra una Visió desoladora de la humanitat... de terrible actualitat.





Alemu Tebeje, periodista, poeta, escriptor i activista de drets humans, va deixar Etiòpia a principis de la dècada del 1990 i viu a Londres. 

Els seus poemes han estat publicats a amàric, xinès i anglès, així com projectats en edificis a Dinamarca, Itàlia, Estats Units i el Regne Unit per l'artista internacional nord-americana Jenny Holzer. 

Ha publicat una col·lecció de poemes, Salutacions a la gent d'Europa! (Tamrat Books, 2018), que inclou el guió d'un esbós comissionat per BBC Radio 4 perquè els migrants tornin a imaginar l'Odissea d'Homer, El meu nom no és ningú

Amb Chris Beckett, ha traduït i coeditat la primera antologia de poesia etíop en anglès, Cançons que aprenem dels arbres, i ha creat una petita editorial anomenada Tamrat Books per portar la bellesa de la poesia i les lletres etíops als lectors de llengua anglesa .


Saludos para la gente de Europa

Por tierra y por mar, vuestros padres vinieron a África
y desempacaron biblias por millares
y llenaron a nuestros ancestros de palabras de amor:

¡Si alguien os abofetea la mejilla derecha
dejad que os golpee también la mejilla izquierda!
¡Si alguien se os lleva el abrigo,
dejad que se os lleve también los pantalones!


Ahora nosotros, los hijos de sus hijos
herederos de las palabras que vuestros padres dejaron atrás,
nuestros cuerpos abofeteados y despojados
por los presidentes durante nuestras vidas,

desafiamos mares y botes agujereados,
olas frías de miedo – que los vientos salobres golpeen
nuestros rostros y vuestros guardacostas
nos saquen del agua, como a pájaros del petróleo

pero aquí estamos por fin,
tocando a vuestra puerta,
esperando contra toda esperanza que recordéis
todas las hermosas palabras que vuestros padres nos predicaron.

Alemu Tebeje

ferrocarril subterrani, fragment 3

 


    “La granja Valentine había dado pasos magníficos hacia el futuro, dijo Mingo. Benefactores blancos los proveían de libros de texto para los niños, ¿por qué no pedirles que recaudaran fondos para escuelas enteras? Y no solo para una o dos, sino para docenas. Demostrando el empuje e inteligencia de los negros, argumentó Mingo, entrarían en la sociedad americana como miembros productivos de pleno derecho. ¿Por qué arriesgar algo así? Necesitamos ir más despacio. Alcanzar acuerdos con los vecinos y, sobre todo, poner fin a las actividades que les obligarán a descargar su ira sobre nosotros.

    —Hemos construido algo increíble —concluyó—. Pero es delicado y necesitamos protegerlo, alimentarlo, o si no, se marchitará como una rosa en una helada repentina.

    Durante los aplausos, Lander susurró a la hija de Mingo y volvieron a reírse por lo bajo. La niña arrancó una de las flores de tela del ramillete y se la prendió en el primer ojal de su traje verde.
Lander fingió oler la fragancia y desvanecerse.

    —Ha llegado el momento —dijo Royal mientras Lander estrechaba la mano de Mingo y ocupaba su lugar frente al atril.

    Royal se había pasado el día con él, paseando por la finca y conversando. Royal no estaba de acuerdo con lo que diría Lander, pero parecía optimista. Con anterioridad, cuando había surgido el tema del traslado, le había dicho a Cora que prefería Canadá al oeste.

    —Allí sí que saben tratar a los negros libres —había asegurado Royal.

    ¿Y su trabajo en el ferrocarril? En algún momento tenía que establecerse en alguna parte, dijo Royal. No se puede fundar una familia yendo de un lado para otro por culpa del ferrocarril. Al oír esto, Cora cambió de tema.

    Ahora vería por sí misma, todos verían lo que el hombre de Boston tenía en mente.

    —El hermano Mingo ha dicho varias verdades —dijo Lander—. No podemos salvar a todo el mundo. Pero eso no significa que no debamos intentarlo. A veces una ilusión útil es mejor que una verdad inútil. En este frío mezquino no crecerá nada, pero podemos tener flores.

    He aquí una vana ilusión: podemos escapar de la esclavitud. No podemos. Sus cicatrices nunca se borrarán. Cuando visteis cómo vendían a vuestra madre, pegaban a vuestro padre o un jefe o el amo violaba a vuestra hermana, ¿alguna vez pensasteis que hoy estaríais aquí, sin cadenas, sin yugo, rodeados de una nueva familia? Todo cuanto conocíais os decía que la libertad era un engaño y, sin embargo, aquí estáis. Todavía a la fuga, guiados por la luna llena hacia un nuevo refugio.

    La granja Valentine es una vana ilusión. ¿Quién os ha dicho que los negros merecen un refugio? ¿Quién os ha dicho que tenéis derecho a un refugio? Cada minuto de vuestra sufrida vida indica lo contrario. A juzgar por la historia precedente, no puede ser. Por tanto, este lugar también debe de ser una vana ilusión. Y, sin embargo, aquí estamos.

    Y América también es una vana ilusión, la mayor de todas. La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos.

    Se supone que debo responder a la petición de Mingo de un progreso gradual, de cerrar las puertas a los necesitados. Se supone que debo contestar a quienes opinan que este lugar está demasiado cerca de la penosa influencia de la esclavitud y que deberíamos trasladarnos al oeste. No tengo respuesta. No sé lo que deberíamos hacer. Nosotros, en plural. En cierto sentido, lo único que tenemos en común es el color de la piel. Nuestros antepasados vinieron todos del continente africano. Es bastante grande. El hermano Valentine tiene mapas del mundo en su espléndida biblioteca, podéis consultarlos. Nuestros antepasados tenían medios de subsistencia distintos, costumbres diversas, hablaban cien lenguas diferentes. Y esa gran variedad llegó a América en las bodegas de los barcos negreros. Al norte y al sur. Sus descendientes recolectaron tabaco, cultivaron algodón, trabajaron en grandes haciendas y en granjas más pequeñas. Somos artesanos y comadronas y predicadores y buhoneros. Manos negras levantaron la Casa Blanca, la sede del gobierno de la nación. Nosotros, en plural. Nosotros no somos un pueblo, sino muchos pueblos. ¿Cómo puede una persona hablar por esta raza, grande y bella, que no es una raza, sino múltiples razas, con un millón de deseos y esperanzas y anhelos para nosotros y para nuestros hijos?

    Porque somos africanos en América. Una novedad en la historia del mundo, sin modelos para lo que seremos.

    El color tendrá que bastar. Nos ha conducido a esta noche, a este debate, y nos conducirá al futuro. Lo único que sé de verdad es que nos alzaremos y caeremos como uno solo, una familia de color vecina de una familia blanca. Tal vez no conozcamos el camino que atraviesa el bosque, pero podemos levantarnos unos a otros cuando caigamos y llegaremos juntos.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 293-295

03/11/2022

ferrocarril subterrani, fragment 2

 


    “—Cada viernes me despierto lleno de energía —dijo—, consciente de que en pocas horas volveremos a reunirnos aquí para celebrar nuestra buena fortuna. Antes de que nuestros cuadrilleros domeñaran la oscuridad, me costaba conciliar el sueño. Señaló a la cincuentena de hombres congregados a un lado del quiosco de música. Los vecinos los ovacionaron cuando estos saludaron en respuesta a la mención de Jamison.

    Jamison puso al público al día. Dios había bendecido a uno de los cuadrilleros con un nuevo hijo y otros dos habían cumplido años.

    —Esta noche nos acompaña un nuevo recluta —prosiguió Jamison—, un joven de buena familia que se ha incorporado a las filas de los patrulleros esta semana. Sube conmigo, Richard, deja que te vean.

    Un muchacho pelirrojo y flaco se adelantó tímidamente. Como sus compañeros, vestía uniforme compuesto por pantalones negros y camisa blanca de tela gruesa, y el cuello le bailaba dentro de la camisa. Farfulló. De las respuestas de Jamison, Cora dedujo que el recluta había estado de ronda por el condado, aprendiendo los protocolos de su brigada.

    —Y has tenido un comienzo prometedor, ¿verdad, hijo?

    El chico larguirucho cabeceó. Su juventud y delgadez le recordaron a Cora al maquinista de su último viaje en tren, obligado por las circunstancias a desempeñar un trabajo de hombres. La piel pecosa de este era más clara, pero ambos compartían el mismo frágil entusiasmo. Tal vez hubieran nacido el mismo día, pero luego los códigos y las circunstancias los habían derivado hacia fines dispares.

    —No todos los cuadrilleros tienen éxito la primera semana —dijo Jamison—. Veamos lo que nos trae el joven Richard.

    Dos patrulleros arrastraron al escenario a una joven de color. Tenía el físico delicado de una chica del servicio y aún se encogía más al sonreír bobaliconamente. Llevaba la túnica gris rota, sucia y ensangrentada, y le habían afeitado la cabeza sin miramientos.

    —Richard se ha encontrado a esta granuja mientras inspeccionaba la bodega de un vapor a Tennessee —explicó Jamison—. Se llama Louisa. Se fugó de su plantación aprovechando la confusión de una reorganización y ha permanecido todos estos meses escondida en el bosque. Creyendo que había escapado a la lógica de nuestro sistema.

    Louisa giró para ver a la muchedumbre, levantó brevemente la cabeza y se quedó quieta. Debía de costarle distinguir a sus torturadores con los ojos cubiertos de sangre.

    Jamison alzó los puños, como retando a algo del cielo. La noche era su oponente, decidió Cora, la noche y los fantasmas que la llenaban. Bellacos de color acechaban en la oscuridad, dijo Jamison, para violar a las esposas y las hijas de los ciudadanos. En la oscuridad inmortal, la herencia sureña estaba indefensa, en peligro. Los patrulleros los protegían.

    —Todos nosotros nos hemos sacrificado por esta nueva Carolina del Norte y sus derechos. Por esta nación aparte que hemos forjado, libre de la injerencia del norte y de la contaminación de una raza inferior. Hemos repelido la horda negra, hemos corregido el error cometido años atrás en el nacimiento de la nación. Algunos, como nuestros hermanos del otro lado de la frontera, han abrazado la idea absurda de ilustrar al negro. Sería más fácil enseñar aritmética a un burro. —Se agachó a restregarle la cabeza a Louisa—. Cuando atrapamos a una granuja, nuestro deber está claro.

    La muchedumbre se separó siguiendo el dictamen de la rutina. Con Jamison en cabeza de la procesión, los patrulleros arrastraron a la muchacha hasta el gran roble del centro del parque. Cora había visto la plataforma sobre ruedas en un rincón del parque; los niños habían pasado la tarde trepando a ella y saltando encima. En algún momento del atardecer la habían empujado bajo el roble. Jamison pidió voluntarios, y gente de todas las edades corrió a ocupar sus puestos a ambos lados de la plataforma. El lazo descendió alrededor del cuello de Louisa y la condujeron escaleras arriba. Con la precisión que da la práctica, un patrullero colgó la soga de una rama gruesa y resistente al primer intento.

    Expulsaron a uno de los que se había arrimado a empujar la tarima: ya había participado en otro festival. Lo sustituyó una joven morena con vestido rosa de topos.

    Cora se volvió antes de que colgaran a la chica. Gateó a la otra punta del escondrijo, al rincón de su jaula más reciente. En el curso de los meses siguientes, las noches que no hacía demasiado calor, preferiría dormir en ese rincón. Lo más lejos posible del parque, del miserable corazón de la ciudad.

    La ciudad callaba. Jamison ordenaba."

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 166-168
(…)


    “La tarde alargó las sombras como si fueran caramelo y el parque entró en su período de menos gente a medida que se acercaba la cena. Ethel seguía sentada en la mecedora, sonriendo y hojeando las Escrituras, tratando de dar con el pasaje adecuado.

    Ahora que estaba despierta y podía hablar, Cora le dijo a su anfitriona que no necesitaba más versículos. Ethel apretó los labios. Cerró el libro, marcando la página con un dedo.

    —Todos necesitamos la gracia de nuestro Salvador —dijo Ethel No sería muy cristiano por mi parte admitir a una pagana en mi casa y no compartir la palabra del Señor.

    —Ya la ha compartido.

    Había sido la Biblia de la infancia de Ethel, manchada y sobada por sus dedos, la que Martin le había entregado a Cora. Ethel examinó a Cora, dudaba de cuánto habría leído o entendido su invitada. Estaba claro que Cora no era creyente por naturaleza y que su educación se había interrumpido antes de lo que hubiese deseado. En el desván se había peleado con las palabras, había perseverado, insistido en los versículos difíciles. Las contradicciones la irritaban, incluso las que solo entendía a medias.

    —No entiendo donde dice: «El que hubiere robado a un hombre y lo vendiere, muera irremisiblemente» —dijo Cora—. Pero luego dice: «Los esclavos sean obedientes a sus dueños, dándoles gusto en todo, no siendo respondones». O es pecado tener a otro en propiedad o tiene la bendición de Dios. Pero ¿encima no salir respondón? Seguro que se coló un esclavista en la imprenta para añadir esa parte.

    —Significa lo que dice —explicó Ethel—. Significa que un hebreo no puede esclavizar a otro hebreo. Pero los hijos de Cam no son de la misma tribu. Fueron maldecidos, con cola y piel negra. Donde las Escrituras condenan la esclavitud no hablan para nada de la esclavitud del negro.

    —Yo tengo la piel negra, pero no tengo cola. Que yo sepa… nunca se me ha ocurrido comprobarlo. Pero la esclavitud es una maldición, eso sí es verdad.

    La esclavitud es pecado cuando unce el yugo al blanco, pero no cuando somete al africano. Todos los hombres son creados iguales, a menos que decidamos que no eres un hombre.

    Bajo el sol de Georgia, Connelly había recitado versículos mientras fustigaba a los peones por sus infracciones. «Negros, obedeced a vuestros amos terrenales en todo y no solo cuando os vigilan y ganaos sus favores solo con sinceridad de corazón y reverencia al Señor.» Con el gato de nueve colas y un lamento de la víctima puntuando cada sílaba. Cora recordaba otros pasajes sobre la esclavitud del Buen Libro y los compartió con su anfitriona. Ethel replicó que no se había levantado esa mañana para enzarzarse en disputas teológicas.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 190-191

02/11/2022

ferrocarril subterrani, fragment 1

 


    “Ridgeway frecuentaba un círculo de cazadores de esclavos, gorilas embutidos en trajes negros y ridículos bombines. Tuvo que demostrar que no era un paleto, pero solo una vez. Juntos perseguían a los escapados durante días, ocultándose frente a los lugares de trabajo hasta que se presentaba una oportunidad, entrando de noche en las casuchas de los negros a secuestrarlos. Tras años alejados de la plantación, tras tomar esposa y fundar una familia, se habían convencido de que eran libres. Como si los amos se olvidaran de sus posesiones. Sus falsas ilusiones los convertían en presas fáciles. Despreciaba a los mirleros, las bandas de Five Points que raptaban a hombres libres y los llevaban a las subastas del sur. Era un comportamiento indigno, un comportamiento de patrullero. Y él ahora era un cazador de esclavos.

    Nueva York era una fábrica de sentimiento antiesclavista. Ridgeway necesitaba la autorización del juzgado para llevarse el cargamento al sur. Los abogados abolicionistas levantaban barricadas de papeleo, cada semana ideaban una nueva estratagema. Nueva York era un Estado Libre, argumentaban, y cualquier persona de color obtenía la libertad por arte de magia en cuanto cruzaba la frontera. En los tribunales explotaban comprensibles discrepancias entre los comunicados y los individuos: ¿existía alguna prueba de que Benjamin Jones era el Benjamin Jones en cuestión? La mayoría de los hacendados no distinguían a un esclavo de otro, ni siquiera después de llevárselos a la cama. Normal que perdieran sus posesiones. Se convirtió en un juego, había que sacar a los negros de la cárcel antes de que los abogados desvelaran su última táctica. Imbecilidad altruista enfrentada al poder del dinero. Por una propina, el juez auxiliar le chivaba los fugitivos recién encarcelados y se apresuraba a firmar la puesta en libertad. Estaban en mitad de Nueva Jersey antes de que los abolicionistas se levantaran de la cama.

    Ridgeway esquivaba los juzgados en caso necesario, pero no a menudo. Le incordiaba que lo parasen en algún camino de un Estado Libre cuando resultaba que la propiedad perdida tenía el pico de oro. Les permitías salir de la plantación y aprendían a leer, era una enfermedad.

    Mientras Ridgeway esperaba en el muelle a los contrabandistas, los magníficos barcos arribados de Europa soltaban el ancla y descargaban el pasaje. Medio muertos de hambre, cargaban cuanto tenían en sacos. Tan desventurados, desde cualquier punto de vista, como los negros. Pero acabarían en el lugar que les correspondía, como le había pasado a él. Todo su mundo mientras crecía en el sur era una ola de esa primera llegada. Esa sucia avalancha blanca sin más destino que marcharse. Al sur. Al oeste. Las mismas leyes regían para la basura y para la gente. Las cloacas de la ciudad rebosaban de despojos y desechos… pero con el tiempo, todo se aposentaba.

    Ridgeway los observaba bajar tambaleándose por las planchas, legañosos y perplejos, superados por la ciudad. Las posibilidades se mostraban ante los peregrinos como un banquete, y llevaban la vida entera famélicos. Nunca habían visto nada semejante, pero dejarían su huella en esta tierra nueva, igual que los famosos colonos de Jamestown, conquistándola con imparable lógica racial. Si los negros tuvieran que ser libres, no vivirían encadenados. Si los pieles rojas tuvieran que conservar su tierra, todavía les pertenecería. Si el hombre blanco no estuviera destinado a dominar el nuevo mundo, no sería suyo.

    He aquí el verdadero Gran Espíritu, la hebra divina que conectaba todo empeño humano: si puedes conservarlo, es tuyo. Tu propiedad, esclavo o continente. El imperativo americano.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 88-90

(…)

    “Últimamente conversaba con el muñeco para añadir un poco de teatro para el público. Al Capitán se le había desconchado la pintura de la mejilla y asomaba la cera gris de debajo.

    Los coyotes disecados en sus peanas no mentían, suponía Cora. Y los hormigueros y las piedras contaban la verdad. Pero las exposiciones blancas contenían tantas inexactitudes y contradicciones como los tres hábitats de Cora. No había habido niños raptados fregando cubiertas y ganándose palmaditas en la cabeza de los secuestradores blancos. El emprendedor niño africano cuyas botas de buen cuero se calzaba Cora habría estado encadenado en la bodega frotándose el cuerpo con su propia inmundicia. El trabajo esclavo a veces consistía en hilar, sí; pero la mayoría de las veces no. Ningún esclavo se había desplomado muerto sobre una rueca ni lo habían matado por un hilo enredado. Pero nadie quería hablar de cómo funcionaba de verdad el mundo. Ni nadie quería oírlo. Desde luego, no los monstruos blancos que en ese mismo instante se paseaban del otro lado del cristal, aplastando los morros grasientos contra la vitrina, burlándose y carcajeándose. La verdad era el escaparate cambiante de una tienda, que unas manos manipulaban cuando no mirabas, seductor e incluso inalcanzable.

    Los blancos habían llegado a estas tierras para empezar de cero y escapar de la tiranía de sus amos, igual que los negros libres habían huido de los suyos. Pero los ideales que enarbolaban para sí, se los negaban a otros. Cora había oído a Michael recitar la Declaración de Independencia muchas veces en la plantación Randall, su voz recorría la aldea como un fantasma enfadado. Ella no entendía las palabras, al menos no entendía la mayoría, pero «creados iguales» no se le escapaba. Los blancos que las escribieron tampoco las entendían, si es que «todos los hombres» en verdad no significaba todos los hombres. No, si arrebataban pertenencias ajenas, ya fueran algo que pudieras agarrar con las manos como la tierra o algo inasible como la libertad. La tierra que Cora labraba y trabajaba había sido india. Sabía que los blancos alardeaban de la eficiencia de sus masacres, donde mataban a mujeres y niños y ahogaban su futuro en la cuna.

    Cuerpos robados trabajando tierra robada. He aquí el motor que nunca paraba, alimentada su ávida caldera con sangre. Con las operaciones que describía el doctor Stevens, pensó Cora, los blancos habían empezado a robar futuros en serio. Te abrían en canal y te los arrancaban, chorreantes. Porque eso es lo que haces cuando le quitas sus bebés a alguien: le robas el futuro. Tortúralos cuanto puedas mientras estén en esta tierra, luego quítales la esperanza de que algún día su gente lo tendrá mejor.

    —¿Me equivoco, Capitán John? —preguntó Cora.

    En ocasiones, si giraba la cabeza rápido, tenía la impresión de que aquella cosa le guiñaba el ojo.

    Al cabo de unas cuantas noches, se fijó en que las luces del número 40 estaban apagadas, a pesar de que hacía poco que había anochecido. Preguntó a las otras chicas.

    —Las han trasladado al hospital —dijo una—. Para que se curen."

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 125-126




01/11/2022

presentació llibre

 

cartell elaborat per Goretti Sánchez Colomer



    El proper dimarts, 8 de novembre de 2022, Vespres Literaris organitza la presentació del llibre “POEMES 1997-2010”, del poeta Santi Borrell.

    L’acte tindrà lloc a la Sala Enric Granados de la Biblioteca Central de Cerdanyola del Vallès (Plaça Enric Granados, 1), a les 18.30 hores. Comptarem amb la presencia de l’autor i la presentació del company de Vespres Literaris Joan Francesc Sánchez.

    Santi Borrell Giró, fill de Vilafranca del Penedès, 1972, és poeta i enòleg. Ha publicat quatre llibres de poesia: Els dies a les mans (2010), Fragments d'una pedra (2013), Mar da morte (2017), i aquest Poemes 1997-2010 que presentem ara a la nostra ciutat, com el tres anteriors.

    Ha organitzat festivals de poesia (Kinzena Poetika, Festival de Poesia a les Caves, La Vila en vers),i ha col·laborat amb diverses artistes, fomentant iniciatives per la xarxa i promovent llibres col·lectius: Poetes a la Xarxa (2010), Poesia a la Frontera. Antologia de poetes en llengua catalana, aragonesa i castellana (2011).

    Ha publicat dos llibres sobre el vi. La historia del cava (2016) i La vinya i el vi del Penedès (1850-2018) (2020).

    Al juny del 2022 va presentar la seva primera instal·lació conceptual Vinyes mortes vora el cel, ubicada a les afores de Vilafranca del Penedés.

    Col·labora a la revista La República com a crític de poesia.

    
Poemes 1997-2010:

    És una selecció i una revisió de poemes, inèdits i publicats, escrits al llarg de catorze anys. Incorpora una selecció i revisió definitiva dels dos llibres que ha publicat: Els dies a les mans i Fragments d’una pedra.



ferrocarril subterráneo i 5

 



Tren subterráneo hacia la libertad


El norteamericano Colson Whitehead revive el trauma de la esclavitud en una compleja y exigente novela de gran carga moral que destila belleza y potencia.

per Eduardo Lago
Babelia/El País
18/09/2017

    "Colson Whitehead (Nueva York, 1969) forma parte de una formidable constelación de escritores afroamericanos, algunos de cuyos nombres más relevantes son Yaa Gyasi, Jesmyn Ward, Ta-Nehisi Coates, Teju Cole, Chimamanda Adichie, Paul Beatty o el canadiense Lawrence Hill, hombres y mujeres que están cambiando el rostro de la literatura que se escribe hoy en aquel país. Nacido en Nueva York en 1969, Whitehead es autor de seis novelas que llaman la atención por su inventiva y por la destreza con que saquea las posibilidades de los géneros narrativos. Entre sus títulos más destacados cabe señalar El intuicionista, su mágico debut; Los días de John Henry, en torno a un personaje legendario celebrado en baladas de folk; Sag Harbor, emotiva historia de adolescentes, o Zona Uno, novela de zombis en un Manhattan posapocalíptico. El ferrocarril subterráneo (2016), su última novela, obtuvo los Premios Pulitzer y Nacional del Libro. El título es una alusión metafórica a la compleja red de caminos y refugios secretos que tenían como fin posibilitar la huida de los esclavos de las plantaciones del sur hacia los Estados donde podían vivir en libertad. Se calcula que en la primera mitad del siglo XIX cerca de 100.000 hombres y mujeres de raza negra lograron escapar por medio del sistema del tren subterráneo, en cuyas operaciones de salvación colaboraron numerosos abolicionistas blancos.

    La novela de Colson Whitehead sigue la suerte de la última representante de un linaje de esclavas, desde Ajarry, que tras ser raptada en África Occidental por unos traficantes efectúa un viaje atroz a bordo de un barco de esclavos, yendo a parar a una plantación de Georgia. En la novela, la metáfora del tren subterráneo se hace realidad. Hay, en efecto, un ferrocarril en el que los esclavos pueden huir hacia los Estados abolicionistas. Mabel, hija de Ajarry, logrará huir en él, abandonando en la plantación a su hija Cora, protagonista de la novela. Andando el tiempo, Cora también conseguirá escapar en compañía de un esclavo llamado César. El contrapunto de la historia es el personaje de Arnold Ridgeway, cazador de esclavos que no soporta no haber sido capaz de atrapar a Mabel, cuya fuga la convirtió en un personaje de leyenda.

    Son muchas las líneas maestras que confluyen en la escritura de White­head; el referente más inmediato es Toni Morrison, pero hay otros entrecruzamientos patentes, desde Twain y Faulkner hasta Pynchon, con quien Whitehead comparte ciertas afinidades narrativas. El ferrocarril subterráneo es una novela compleja y exigente, escrita con una prosa que destila belleza y potencia. Whitehead hace gala de una gran destreza técnica, logrando una voz de gran elasticidad. En todo caso, la dimensión dominante es de orden moral. Las atrocidades que se describen trascienden los límites de lo soportable. En una fiesta celebrada en una plantación los propietarios desuellan a latigazos a un esclavo llamado Big Anthony, y tras castrarlo lo rocían con aceite, quemando después su cuerpo aún con vida a fuego lento. De la suerte que aguarda a las esclavas, mejor no hablar, aunque conviene recordar que nada es invención del autor. Al narrar el viaje subterráneo de Cora, Whitehead no hace más que revivir uno de los traumas que definen el ser su nación. Arnold Ridgeway, el cazador de esclavos, tiene un nombre para justificar sus acciones indecibles: “El imperativo americano”. Hoy lo llamaríamos supremacía blanca y se sigue hablando de ello en los periódicos. La novela deja en el lector la inquietante sensación de que el ferrocarril subterráneo no ha llegado aún a su destino. Como dice un personaje: “América es un engaño, el más grandioso de todos. En su fuero más íntimo, la raza blanca cree que está en su derecho de apropiarse de la tierra, de matar a los indios, de hacer la guerra, de esclavizar a sus hermanos. Si hubiera alguna justicia en el mundo, esta nación no debería existir, pues sus cimientos son el robo, el asesinato y la crueldad”."




exposición carlos utrera

 



    


    Divendres que ve, 4 de novembre a les 19.30 hores, tindrà lloc l'acte d'inauguració de la darrera exposició del nostre amic Carlos Utrera.

    L´exposició la podreu visitar del 3 de novembre a l´11 de desembre a la sala B’Art, de l´Ateneu de Cerdanyola del Vallès.

    Titulada "Connexions", és el fruit de la lluita diària de l'artista, després de la pandèmia, per reconnectar les sensacions, vivències i atzars personals amb l'ésser col·lectiu.

    Us animem a acompanyar el Carlos a la inauguració i visitar les seves darreres creacions.