3 de nov. 2022

ferrocarril subterrani, fragment 2

 


    “—Cada viernes me despierto lleno de energía —dijo—, consciente de que en pocas horas volveremos a reunirnos aquí para celebrar nuestra buena fortuna. Antes de que nuestros cuadrilleros domeñaran la oscuridad, me costaba conciliar el sueño. Señaló a la cincuentena de hombres congregados a un lado del quiosco de música. Los vecinos los ovacionaron cuando estos saludaron en respuesta a la mención de Jamison.

    Jamison puso al público al día. Dios había bendecido a uno de los cuadrilleros con un nuevo hijo y otros dos habían cumplido años.

    —Esta noche nos acompaña un nuevo recluta —prosiguió Jamison—, un joven de buena familia que se ha incorporado a las filas de los patrulleros esta semana. Sube conmigo, Richard, deja que te vean.

    Un muchacho pelirrojo y flaco se adelantó tímidamente. Como sus compañeros, vestía uniforme compuesto por pantalones negros y camisa blanca de tela gruesa, y el cuello le bailaba dentro de la camisa. Farfulló. De las respuestas de Jamison, Cora dedujo que el recluta había estado de ronda por el condado, aprendiendo los protocolos de su brigada.

    —Y has tenido un comienzo prometedor, ¿verdad, hijo?

    El chico larguirucho cabeceó. Su juventud y delgadez le recordaron a Cora al maquinista de su último viaje en tren, obligado por las circunstancias a desempeñar un trabajo de hombres. La piel pecosa de este era más clara, pero ambos compartían el mismo frágil entusiasmo. Tal vez hubieran nacido el mismo día, pero luego los códigos y las circunstancias los habían derivado hacia fines dispares.

    —No todos los cuadrilleros tienen éxito la primera semana —dijo Jamison—. Veamos lo que nos trae el joven Richard.

    Dos patrulleros arrastraron al escenario a una joven de color. Tenía el físico delicado de una chica del servicio y aún se encogía más al sonreír bobaliconamente. Llevaba la túnica gris rota, sucia y ensangrentada, y le habían afeitado la cabeza sin miramientos.

    —Richard se ha encontrado a esta granuja mientras inspeccionaba la bodega de un vapor a Tennessee —explicó Jamison—. Se llama Louisa. Se fugó de su plantación aprovechando la confusión de una reorganización y ha permanecido todos estos meses escondida en el bosque. Creyendo que había escapado a la lógica de nuestro sistema.

    Louisa giró para ver a la muchedumbre, levantó brevemente la cabeza y se quedó quieta. Debía de costarle distinguir a sus torturadores con los ojos cubiertos de sangre.

    Jamison alzó los puños, como retando a algo del cielo. La noche era su oponente, decidió Cora, la noche y los fantasmas que la llenaban. Bellacos de color acechaban en la oscuridad, dijo Jamison, para violar a las esposas y las hijas de los ciudadanos. En la oscuridad inmortal, la herencia sureña estaba indefensa, en peligro. Los patrulleros los protegían.

    —Todos nosotros nos hemos sacrificado por esta nueva Carolina del Norte y sus derechos. Por esta nación aparte que hemos forjado, libre de la injerencia del norte y de la contaminación de una raza inferior. Hemos repelido la horda negra, hemos corregido el error cometido años atrás en el nacimiento de la nación. Algunos, como nuestros hermanos del otro lado de la frontera, han abrazado la idea absurda de ilustrar al negro. Sería más fácil enseñar aritmética a un burro. —Se agachó a restregarle la cabeza a Louisa—. Cuando atrapamos a una granuja, nuestro deber está claro.

    La muchedumbre se separó siguiendo el dictamen de la rutina. Con Jamison en cabeza de la procesión, los patrulleros arrastraron a la muchacha hasta el gran roble del centro del parque. Cora había visto la plataforma sobre ruedas en un rincón del parque; los niños habían pasado la tarde trepando a ella y saltando encima. En algún momento del atardecer la habían empujado bajo el roble. Jamison pidió voluntarios, y gente de todas las edades corrió a ocupar sus puestos a ambos lados de la plataforma. El lazo descendió alrededor del cuello de Louisa y la condujeron escaleras arriba. Con la precisión que da la práctica, un patrullero colgó la soga de una rama gruesa y resistente al primer intento.

    Expulsaron a uno de los que se había arrimado a empujar la tarima: ya había participado en otro festival. Lo sustituyó una joven morena con vestido rosa de topos.

    Cora se volvió antes de que colgaran a la chica. Gateó a la otra punta del escondrijo, al rincón de su jaula más reciente. En el curso de los meses siguientes, las noches que no hacía demasiado calor, preferiría dormir en ese rincón. Lo más lejos posible del parque, del miserable corazón de la ciudad.

    La ciudad callaba. Jamison ordenaba."

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 166-168
(…)


    “La tarde alargó las sombras como si fueran caramelo y el parque entró en su período de menos gente a medida que se acercaba la cena. Ethel seguía sentada en la mecedora, sonriendo y hojeando las Escrituras, tratando de dar con el pasaje adecuado.

    Ahora que estaba despierta y podía hablar, Cora le dijo a su anfitriona que no necesitaba más versículos. Ethel apretó los labios. Cerró el libro, marcando la página con un dedo.

    —Todos necesitamos la gracia de nuestro Salvador —dijo Ethel No sería muy cristiano por mi parte admitir a una pagana en mi casa y no compartir la palabra del Señor.

    —Ya la ha compartido.

    Había sido la Biblia de la infancia de Ethel, manchada y sobada por sus dedos, la que Martin le había entregado a Cora. Ethel examinó a Cora, dudaba de cuánto habría leído o entendido su invitada. Estaba claro que Cora no era creyente por naturaleza y que su educación se había interrumpido antes de lo que hubiese deseado. En el desván se había peleado con las palabras, había perseverado, insistido en los versículos difíciles. Las contradicciones la irritaban, incluso las que solo entendía a medias.

    —No entiendo donde dice: «El que hubiere robado a un hombre y lo vendiere, muera irremisiblemente» —dijo Cora—. Pero luego dice: «Los esclavos sean obedientes a sus dueños, dándoles gusto en todo, no siendo respondones». O es pecado tener a otro en propiedad o tiene la bendición de Dios. Pero ¿encima no salir respondón? Seguro que se coló un esclavista en la imprenta para añadir esa parte.

    —Significa lo que dice —explicó Ethel—. Significa que un hebreo no puede esclavizar a otro hebreo. Pero los hijos de Cam no son de la misma tribu. Fueron maldecidos, con cola y piel negra. Donde las Escrituras condenan la esclavitud no hablan para nada de la esclavitud del negro.

    —Yo tengo la piel negra, pero no tengo cola. Que yo sepa… nunca se me ha ocurrido comprobarlo. Pero la esclavitud es una maldición, eso sí es verdad.

    La esclavitud es pecado cuando unce el yugo al blanco, pero no cuando somete al africano. Todos los hombres son creados iguales, a menos que decidamos que no eres un hombre.

    Bajo el sol de Georgia, Connelly había recitado versículos mientras fustigaba a los peones por sus infracciones. «Negros, obedeced a vuestros amos terrenales en todo y no solo cuando os vigilan y ganaos sus favores solo con sinceridad de corazón y reverencia al Señor.» Con el gato de nueve colas y un lamento de la víctima puntuando cada sílaba. Cora recordaba otros pasajes sobre la esclavitud del Buen Libro y los compartió con su anfitriona. Ethel replicó que no se había levantado esa mañana para enzarzarse en disputas teológicas.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 190-191

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