10/11/2022

connnexions

 


    Ayer, los de Vespres Literaris, asistimos a la inauguración “Connexions” de Carlos Utrera.

    En esta entrada os mostramos ejemplos de la última obra de Carlos, orgánica, multi cromática, inspirada en las redes neuronales.







    A la vista de esta obra, recordamos aquella frase de nuestro premio Nobel de Medicina (1906), Santiago Ramón y Cajal:

    “Las neuronas son como misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental.”

    Este es un dibujo de una célula neuronal realizado por Santiago Ramón y Cajal.



Y esta imagen, de D. Berger, N. Kasthuri y J.W. Lichtman, del departamento de Biología Molecular y Celular de la Universidad de Harvard, nos muestra una reconstrucción de una dendrita [Las dendritas son cada una de las partes membranosas de una célula nerviosa o neurona, (en rojo) y sus axones [prolongación filifome que arranca del cuerpo de la neurona], (de varios colores) en la parte externa del cerebro de un ratón.


...conexiones.







09/11/2022

poemes 1997-2010/santi borrell

 


    Ahir Vespres Literaris va presentar l’últim llibre de poemes del poeta vilafranquí Santi Borrell, “Poemes 1997-2010”, que incorpora una selecció inèdita i una revisió definitiva dels dos primers llibres que ha publicat: “Els dies a les mans” (2010) i “Fragments d’una pedra” (2013). Per Borrell, “és una forma de concretar i ordenar la meva primera etapa com a poeta i tancar una primera etapa de formació. De fet, hauria de significar el meu primer llibre de poesia.”

    La gènesis del llibre rau “en el confinament (quan) vaig trobar unes carpetes dins l’ordinador, mig oblidades, mig abandonades. (La memòria del futur ja no la trobarem als calaixos, als armaris; la trobarem a dins els ordinadors). Segurament em vaig oblidar de tots aquests poemaris perquè m’havia centrat en altres que potser creia més interessants. Em vaig adonar que hi havia bon material per fer un llibre. Després d’analitzar-ho més detalladament, vaig anar depurant-lo, amb l’objectiu de fixar una etapa, incorporant els dos primers llibres publicats, originaris d’aquell període. Soc molt exigent amb mi mateix, molt autocrític.

    En quant a la temàtica del llibre, Borrell indica que “hi ha molta diversitat de temes. La part final és més existencial i els primers poemes tenen temàtica més romàntica. He afegit moltes temàtiques obertes i també hi ha poemes visuals. He estat mesos i mesos revisant-los, amb molts dubtes, molts debats, amb molta exigència.

    Per l’autor, “l’objectiu del recull és que els poemes ajudin a veure el món, a entendre la vida, a aprendre coses noves i a veure-les d’una altra manera. La poesia diu les coses amb quatre paraules i les diu de forma clara. Aquesta és la força de la poesia, l’emoció telegràfica, la descripció d’una situació que pot esdevenir la de molts lectors i de molts éssers humans”. Ja que, continua el poeta, “la poesia està totalment lligada a la vida, per això escrivim, per entendre totes les emocions que tenim. “

    Preguntat per la seva manera de treballar els pomes, Borrell explica que ell “sempre tinc un quadern on apunto els poemes que trobo. Alguns cops em guardo les imatges i les vivències i després les escric. La poesia no deixa de ser un treball de fermentació. Cada poeta té el seu propi procés. Els poetes acabem dient el que vivim a través de la poesia.”











08/11/2022

richard yates, semblança

 

Richard Yates: la revolucionaria vía de la prosa sin magia

por José Miguel Arroyo
en Punto en Línea

    Richard Yates (1926-1992) no cuenta en su biografía con las tinieblas de Poe, la enigmática figura de Whitman, las aventuras viriles de Hemingway, la extravagante presencia de Fitzgerald, el alcoholismo determinante de O'Neill, la veneración repentina de Faulkner o los caricaturescos excesos de Capote. Se trata de un hombre de la calle, un hombre común que creció en un hogar disfuncional asistió a una escuela sin rimbombancia; como muchos, fue a la Segunda Guerra Mundial, volvió para trabajar en el campo del periodismo donde comenzó a escribir algunos relatos, publicó algunos trabajos, enseñó escritura creativa en varias universidades de Estados Unidos y murió de enfisema pulmonar. (…) Quizá la gran curiosidad de su vida fue haber realizado la misteriosa labor de escritor fantasma (lo que se sigue nombrando en estos lares con la políticamente incorrecta construcción castellana "negro de la literatura") en algunos discursos para Bobby Kennedy cuando su hermano John fue presidente y él procurador del país del norte, conjugando la cursilería de esa "nobleza americana" como se le conoció a la poderosa, afamada y trágica familia de políticos.

    Esa circunstancia de "normalidad" puede ser el as bajo la manga en la narrativa de Richard Yates. Se trata de un retratista de la vida americana en el suburbio, un hiperrealista que escapó de las garras de la modernidad y la escritura barroca que roza con lo experimental. Yates es un escritor honesto en el más absoluto y positivo sentido del término. Escribe de una manera pura y desligándose de demostraciones acrobáticas en el manejo de la lengua inglesa. Como un fotógrafo, Yates capta perfectamente los ideales del American Dream y del periodo denominado Age of Anxiety, así como los estragos que en la realidad gestó el capitalismo extremo y su hijo predilecto, el consumismo. En el arte estadounidense del siglo XX posiblemente Richard Yates sea a la literatura lo que Edward Hopper a la pintura.
(…)
    La literatura, el arte en general, casi siempre y cuando vale la pena implica un acto de rebelión. Kerouac, Burroughs y Ginsberg reaccionaron con toda su furia y locura contra los postulados de un sistema y en una época posible. Richard Yates hizo lo mismo valiéndose de un disfraz sutil e imperceptible. (…)

    La prosa de Yates combina la fluidez del bestseller, el mérito de aquellos autores llamados "de culto", el arte excelso en su estado más franco y una profunda conciencia filosófica de su tiempo. La virtud, rara, de Richard Yates es ser quizá el autor más legible de su generación al tiempo que es capaz de crear esos significados que a veces nos son tan necesarios.”




07/11/2022

empíric

 




    Del 12 al 20 de novembre de 2022, a la nostra ciutat, tindrà lloc el festival Empíric. Un festival que uneix ciència i literatura. El festival se celebrarà a diferents indrets:   programa.

    Al llarg d’aquest vuit dies s’han programat vint-i-tres activitats: xerrades, tallers, presentacions, documentals, exposicions, poesia, etc.

    El comissari de l’exposició, el doctor i escriptor Salvador Macip, accentua "la intenció del festival de ser un punt de trobada únic que tiri per terra el mur entre la ciència i les lletres.

    Vespres Literaris participà al festival organitzant una xerrada de divulgació, “La ciència i el Quitxot”, impartida pel professor Antonio Bernal González, astrònom i divulgador científic de l’Observatori Fabra de Barcelona.

06/11/2022

exposición carlos utrera

 



Dimecres que ve, 9 de novembre a les 19.30 hores, tindrà lloc l'acte d'inauguració de la darrera exposició del nostre amic Carlos Utrera.

    L´exposició la podreu fins l´11 de desembre a la sala B’Art, de l´Ateneu de Cerdanyola del Vallès.

    Titulada "Connexions", és el fruit de la lluita diària de l'artista, després de la pandèmia, per reconnectar les sensacions, vivències i atzars personals amb l'ésser col·lectiu.

    Us animem a acompanyar el Carlos a la inauguració i visitar les seves darreres creacions.

05/11/2022

ferrocarril subterrani, fragment final

 


    “Ridgeway indicó a Cora que avanzara con un gesto de la pistola.

    No sería el primer blanco en ver el ferrocarril subterráneo, pero sí el primer enemigo. Después de todo lo que había pasado Cora, encima, la vergüenza de traicionar a quienes habían posibilitado su huida. Titubeó en el primer escalón. En Randall, en Valentine, Cora nunca se sumaba a los corros de baile. Se apartaba de los cuerpos que giraban, temerosa de que se le acercaran demasiado, sin control. Los hombres le habían metido ese miedo en el cuerpo, hacía ya años. Esta noche, se decía Cora. Esta noche lo abrazaré como si bailáramos lentamente. Como si solo existieran ellos dos en el solitario mundo, unidos hasta el final de la canción. Cora esperó a que el cazador de esclavos bajara al tercer escalón. Giró y lo rodeó con los brazos como una cadena de hierro. El candado se cerró. Ridgeway intentó aguantar pese a cargar con el peso de Cora, trató de apoyarse en la pared, pero Cora lo agarraba como a un amante y los dos rodaron por las escaleras de piedra hacia la oscuridad.

    Pelearon y forcejearon durante la violenta caída. En la confusión, Cora se golpeó la cabeza en la piedra. Se rompió una pierna y cayó sobre uno de sus brazos retorcidos al pie de la escalera. Ridgeway se llevó la peor parte. Homer aulló al oír los gritos de su patrón. El chico descendió despacio, la luz temblorosa del farol fue sacando a la estación de las tinieblas. Cora se zafó de Ridgeway y se arrastró hacia la dresina, retorciéndose del dolor de la pierna izquierda. El cazador de esclavos no decía nada. Cora buscó un arma, pero no encontró ninguna.

    Homer se agachó junto a su jefe. La sangre de la nuca de Ridgeway le empapó la mano. El hueso de un muslo del cazador asomaba por los pantalones y la otra pierna estaba doblada de un modo horripilante. Homer acercó la cara y Ridgeway gruñó.

    —¿Eres tú, chico?

    —Sí, señor.

    —Está bien. —Ridgeway se sentó y aulló de dolor. Miró hacia la penumbra de la estación, sin ver nada. Su mirada se posó en Cora sin interés—. ¿Dónde estamos?

    —De caza —dijo Homer.

    —Siempre hay negros que cazar. ¿Tienes el cuaderno?

    —Sí, señor.

    —He tenido una idea.

    Homer sacó el cuaderno del morral y lo abrió por una página en blanco.

    —El imperativo es… no, no. Eso no. El imperativo americano es algo espléndido… un faro… un faro brillante. —Tosió y un espasmo le dominó el cuerpo—. Nacido de la necesidad y la virtud, entre el martillo… y el yunque… ¿Estás ahí, Homer?

    —Sí, señor.

    —Deja que vuelva a empezar…

    Cora se apoyó en la palanca de la dresina. Esta no se movió, por mucho peso que cargara. A sus pies, en la plataforma de madera, había una pequeña hebilla metálica. Cora la soltó y la bomba chirrió. Volvió a apoyarse en la palanca y la dresina avanzó lentamente. Cora miró a Rigdeway y Homer. El cazador de esclavos susurraba sus comentarios y el niño negro los anotaba en el cuaderno. Cora siguió empujando y el vehículo rodó fuera de la luz. Hacia un túnel que nadie había excavado, que no conducía a ninguna parte.

    Cora cogió ritmo, empujando con los brazos, cargando todo el cuerpo en cada movimiento. Hacia el norte. ¿Estaba viajando por el túnel o abriéndolo? Cada vez que bajaba la palanca, mordía la roca con un pico, descargaba un mazo sobre un clavo de la vía. Nunca había conseguido que Royal le hablara de los hombres y mujeres que habían construido el ferrocarril subterráneo. Las personas que habían excavado un millón de toneladas de tierra y rocas, que se habían deslomado en las entrañas del subsuelo para transportar a esclavos como ella. Las que colaboraban con todas esas otras almas que acogían a los fugitivos en sus casas, los alimentaban, los llevaban al norte a cuestas, morían por ellos. Los jefes de estación y los maquinistas y los simpatizantes. Que son tú después de completar algo así de magnífico: mientras lo construyes también lo recorres, sales al otro lado. A un lado quedaba la persona que habías sido antes de bajar al subsuelo y, al otro, la persona nueva que salía a la luz. El mundo de arriba debía de ser muy anodino comparado con el milagro subterráneo, el milagro que habías obrado con sangre y sudor. El triunfo secreto que te guardabas para ti.

    Cora fue poniendo kilómetros de por medio, dejando atrás los santuarios falsos y las cadenas eternas, la masacre de la granja Valentine. Solo existía la oscuridad del túnel y, más adelante, en algún lugar, una salida. O un final sin salida, si así lo decretaba el destino: solo una pared negra, implacable. La última broma amarga. Agotada, Cora se acurrucó en la dresina y se durmió, flotando en la oscuridad como si hubiera anidado en el rincón más recóndito del cielo nocturno.

    Cuando se despertó, decidió seguir a pie: los brazos ya no daban más de sí. A trompicones, tropezando con las traviesas. Cora iba palpando la pared del túnel, los resaltes y los huecos. Sus dedos bailaban sobre valles, ríos, picos montañosos, los contornos de una nación nueva ocultos bajo la vieja. «Mirad afuera mientras avanzáis a toda velocidad y descubriréis el verdadero rostro de América.» No podía verlo, pero lo sentía, lo atravesaba por el mismísimo centro. Le dio miedo haberse dado media vuelta mientras dormía. ¿Avanzaba o volvía al punto de partida? Confió en que la elección del esclavo la guiaría: a cualquier parte, adonde sea menos al lugar del que has escapado. De momento la había llevado hasta allí. Encontraría la terminal o moriría en el intento.

    Se durmió dos veces más, soñó que estaba con Royal en la cabaña. Cora le hablaba de su vida pasada y él la abrazaba, luego ella se giraba para mirarlo a la cara. Royal le quitaba el vestido por la cabeza y se quitaba los pantalones y la camisa. Cora lo besaba y él recorría el territorio de su cuerpo con las manos. Cuando le separaba las piernas, Cora estaba mojada y Royal se deslizaba en su interior pronunciando su nombre como nadie lo había hecho jamás y nadie más volvería a hacerlo, con dulzura y ternura. Las dos veces se despertó en el vacío del túnel y, cuando terminó de llorar por Royal, se levantó y siguió caminando.

    La boca del túnel empezó como un agujero minúsculo en la oscuridad. Al andar lo convirtió en un círculo y, luego, en la entrada de una cueva, disimulada por trepadoras y zarzas. Cora apartó la maleza y salió al aire.

    Hacía calor. Todavía lucía esa luz apagada del invierno, pero más cálida que en Indiana, con el sol casi en lo más alto. La grieta se abría a un bosque de pinos y abetos. Cora no sabía qué aspecto tenían Michigan, Illinois o Canadá. Se arrodilló a beber del arroyo cuando se lo encontró. Agua fría y clara. Se lavó el hollín y la mugre de los brazos y la cara.

    —De las montañas —dijo citando un artículo de los polvorientos almanaques—. Del deshielo. El hambre la mareaba. El sol le indicaba hacia dónde quedaba el norte.

    Comenzaba a anochecer cuando llegó al sendero, inútil y con socavones de rodadas. Cora oyó los carros al rato de esperar sentada en una roca. Eran tres, equipados para un largo viaje, cargados de herramientas y con provisiones atadas a los costados. Se dirigían al oeste.

    El primer conductor era un blanco alto con sombrero de paja, patillas canosas, e impasible como una pared de piedra. Su mujer iba sentada a su lado, con la cara y el cuello rosados asomando de una manta de cuadros. La miraron con indiferencia y pasaron de largo. Cora fingió no verlos. Un joven conducía el segundo carromato, un tipo de cara roja y rasgos irlandeses. Clavó los ojos azules en Cora. Se detuvo.

    —Qué sorpresa —dijo. En tono agudo, como el piar de un pájaro —. ¿Necesitas algo?

    Cora negó con la cabeza.

    —Digo que si necesitas algo.

    Cora volvió a negar con la cabeza y se frotó los brazos para entrar en calor.

    El tercer carromato lo conducía un negro mayor. Era corpulento y canoso y vestía un grueso abrigo de ranchero que había visto tiempos mejores. Cora decidió que tenía una mirada amable. Familiar, aunque no sabría decir de dónde. El humo de la pipa olía a patatas y el estómago de Cora se quejó.

    —¿Tienes hambre? —preguntó el hombre.

    A juzgar por la voz, era sureño.

    —Tengo mucha hambre.

    —Sube y coge algo.

    Cora se encaramó al pescante. Abrió la canasta. Partió un trozo de pan y lo devoró.

    —Hay más —dijo el hombre. Tenía una marca de herradura en el cuello y se subió el abrigo para esconderla cuando Cora la miró—.¿Seguimos?

    —Está bien.

    Arreó los caballos y estos siguieron la rodada.

    —¿Adónde vas? —preguntó Cora.

    —Saint Louis. Y de allí, a California. Vamos nosotros y más gente con la que nos reuniremos en Missouri. —Al ver que Cora no respondía, añadió—: ¿Vienes del sur?

    —Estaba en Georgia. Me escapé.

    Dijo que se llamaba Cora. Desplegó la manta que tenía a los pies y se envolvió con ella.

    —Yo me llamo Ollie. Los otros dos carromatos aparecieron al girar un recodo. La manta era dura y le raspó la barbilla, pero a Cora no le importó. Se preguntó de dónde habría escapado el hombre, si el lugar era muy malo y cuánto había tenido que viajar para dejarlo atrás.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 312-316

cuines literàries

 


LA CARN D'OLLA, ENCARA


    "Aquest és el país de la carn d'olla. Es un plat molt antic. En els últims anys, i a causa de les fabuloses convulsions polítiques i econòmiques, ha anat de baixa. Essent les coses així, és natural que, en aquest llibre, hi tingui el lloc que li correspon. Jo sóc un defensor de l'escudella i carn d'olla.

    Si la nostra societat torna a un equilibri cert entre jornals i preus — sense oblidar la llibertat dels habitatges, únic camí perquè hi hagi cases per a tothom—, es tornarà a la carn d'olla- Aquest plat ha entrat en una visible decadència, no pas perquè hagi deixat d'agradar a la gent, sinó per raons econòmiques: perquè es tan car. De fet, però, a mesura que la carn d'olla s'ha anat aprimant i reduint, el poble— ho he pogut constatar moltes vegades — ha somiat abundants i fabuloses carns d'olla, per les mateixes raons per les quals, segons Flaubert, els notaris somien odalisques. El fet que aquest plat es mantingui en la memòria viva fa presumir algun avenir, cosa que potser algú veurà, si viu. La cosa, si més no, és molt incerta.

    La situació de les grans masies del país situades a les terres baixes i a la mitjana muntanya, que foren les mes independents i les mes riques, no és la que tingueren en altres temps. Ja se sap: el que no puja baixa. Fou en aquestes grans cases que es produïren les millors carns d'olla del país, que estigueren basades mes en la utilització dels productes del porc que en els de la vedella. La vedella sempre fou una qüestió de les carnisseries; els porcs, en canvi, els tingueren aquestes cases abundantment i per dret propi: vull dir de producció particular autèntica. La carn d'olla amb orella, morro, peus, cua i magres de porc, a part els greixos corresponents, crea la gran escudella de pagès sense estalviar-hi res — plat impressionant com potser no se n'ha creat cap mes de comparable. Avui ja no es pot concebre. A l'hivern, sobretot, la seva presentació no tingué rival, i, en l'ambient d'aquelles grans baluernes, semblava tenir un al·licient prodigiós. Tot ho tenien fresc i boníssim: els llegums de l'hort, les carns i tots els ingredients. No crec pas que fos un plat gaire sa, però era riquíssim. La salut portada a la punta de l'espasa, però no pas resolta, es una invenció de l’època de la medicina socialitzada, que cada vegada es mes crematística, encara que, de vegades, s'hi trobi algú caritatiu. En definitiva, avui com sempre, hi ha persones que estan bones i altres que estan malaltes. Sempre som allà mateix. En definitiva no s'ha fet res mes que augmentar la pedanteria dels metges, que no és pas diferent de la dels altres estaments i que, de vegades, parlant en general, es excessiva. També podria ésser que aquesta vidassa que la carn d'olla representa hagués contribuït, amb mes o menys pes i econòmicament parlant, a l'ensorrament de moltes cases, És clar: és una vertadera pena, però en aquest món no hi ha res fixat i precís. Tot té una gran fugacitat tot se'n va, la moneda es volatilitza, fuig, algunes vegades torna, altres, mai mes. Tot es ondulant i incert i aquelles velles carns d'olla que semblaven tan fixes contribuïren a mantenir la vida tal com és."

Josep Pla
“El que hem menjat”
Obra completa, XXII
Destino, 2004
Pàgines: 73-74