14/08/2023

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Siete domingos rojos

Ramón J. Sender


La Llevir-Virus, (1932) 2005

390 páginas 


  Siete domingos rojos narra el desarrollo de una huelga general convocada como protesta por la muerte de tres obreros en un altercado contra la policía, que intentaba suspender un mitin anarcosindicalista. 

El significado del título es evidente: siete no son sólo los días de una semana, es el número mágico y bíblico; en domingo no se trabaja, hay una tarea extraordinaria, la creación del mundo nuevo revolucionario; rojos por la violencia, la muerte y la generosidad de la entrega. Sender, en esta novela temprana del año 1932, nos traslada durante una semana a la vida cotidiana del Madrid obrero de los años treinta, colapsada y alterada por los disturbios y la represión, e impregnada por el espíritu anarquista.


Prólogo a la primera edición

    "Como hablo pocas veces a lo largo de este libro —casi siempre hablan los personajes—, no estará de más que pida la palabra antes de comenzar. Poco es lo que he de decir, pero me interesa de manera especial advertir lo siguiente: Desde, el punto de vista político o social este libro no satisfará a nadie. Ya lo sé. Pero no se trata de hacer política ni de fijar aspectos de la lucha social ni mucho menos de señalar virtudes o errores. No busco una verdad útil —social, moral, política— ni siquiera esa inofensiva verdad estética — siempre falsa, artificiosa— en torno de la cual se desorientan tantos jóvenes. 

    La única verdad —realidad— que busco a lo largo de estas páginas es la verdad humana que vive detrás de las convulsiones de un sector revolucionario español. Voy buscándola en la voz, en las pasiones de los personajes y en el aire y la luz que las rodean, y con las que se identifican formando una atmósfera moral turbia o diáfana, lógica o incongruente. Ni siquiera pretendo una realidad novelesca. Es una realidad simplemente humana, con lo estúpido y lo sublime. Lo estúpido también porque miro a los hombres a la hora de escribir sin la superstición intelectualista del hombre por el hombre, que en fin de cuentas es en los novelistas la superstición pedante e insoportable de sí mismos. Los hombres de mi libro desconocen las conveniencias sociales y no han tenido nunca cédula personal. 

    Claro que el libro no se dirige expresamente al entendimiento del lector, sino a su sensibilidad, porque las verdades humanas más entrañables no se entienden ni se piensan, sino que se sienten. 

    Son las que el hombre no ha dicho ni ha probado decir porque cumplen su misión en la zona brillante y confusa del sentir. Al final del libro, el lector que se haya abandonado lealmente habrá comprendido o no el fenómeno social o político a que me refiero, pero desde luego habrá «sentido» desarrollarse dentro de sí una evidencia nueva. Dirigirse a los sentidos, a la sensibilidad y no al entendimiento, al «intelecto», tiene para mí además la ventaja de que nadie podrá llamarme «intelectual» con plena razón.

     El libro podrá parecer, a veces, inconexo y desarticulado. Si el lector está bien dotado para mirar y comprender lo encontrará todo lógico porque el caos tiene en arte su lógica. Pero quiero, a pesar de todo, decir antes algo sobre mi posición personal en todo esto. Ayudar a los que no logren sacar de la evidencia de su impresión final fórmulas concretas. A mi juicio, el fenómeno anarcosindicalista obedece a una razón de supervitalidad de los individuos y de las masas. A la generosidad y al exceso de sí mismos que a los hombres y a las sociedades demasiado vitales suele acompañarles. Piensen los lectores en la enorme desproporción, que hay entre lo que las masas revolucionarias españolas han dado y dan a lo largo de sus luchas y lo que han obtenido. Y entre la fuerza que tienen y la eficacia con que la emplean. Detrás de esto puede haber muchas cosas, pero hay por encima de todas —y es lo que a mí me interesa— una generosidad heroica, a veces verdaderamente sublime. 

Si alguien me preguntara qué es el anarcosindicalismo — sin prejuicios ni finalidades políticas—, yo extendería la mano hacia este libro. Si quedaran gentes bastante simples todavía para preguntar si el sindicalismo es bueno o malo, yo me encogería de hombros y les ofrecería el libro. Si alguien me dijera: «¿Cree usted en la existencia del fenómeno anarcosindicalista como un hecho trascendental de la política española?», yo contestaría que sí y que ni hoy ni nunca podrá desconocerlo nadie. Si alguien finalmente me pidiera que concretara mi posición personal ante el anarcosindicalismo como tal hecho político, yo volvería, a lo de antes y exhibiría mi fórmula. Una fórmula apolítica: los seres demasiado ricos de humanidad sueñan con la libertad, el bien, la justicia, dándoles un alcance sentimental e individualista. Con ese bagaje un individuo puede aspirar al respeto y a la lealtad de sus parientes y amigos, pero siempre que se quiera encarar con lo social y general se aniquilará en una rebeldía heroica y estéril. No puede un hombre acercarse a los demás dando el máximo y exigiendo el máximo también. Las sociedades se forman no acumulando las virtudes individuales, sino administrando los defectos con un sistema que limita, el área de expansión de cada cual. Claro que el sistema es uno con el feudalismo, otro con el capitalismo, otro distinto con el comunismo. Los anarcosindicalistas pudieron crearse el suyo propio y mientras no lo tengan seguirán aspirando a una curiosa sociedad donde todos los hombres sean, en el desinterés, San Franciscos de Asís; en el arrojo, Espartacos; en el talento Newtons y Hegels. Detrás de esto hay una realidad humana verdaderamente generosa. A veces —repitámoslo con entusiasmo—, sublime. Ya es bastante haber."

 Barcelona, 1932 
R. S.

Prólogo a la segunda edición  (Buenos Aires 1970)

    "La primera vez que se publicó esta novela, en Barcelona, yo consideraba la literatura como una forma de escapismo. Pero hay varias maneras de escapar. Una hacia el pasado, otra hacia el futuro, otra por el mundo de los sueños fuera del tiempo y aun la mía, que consistía perderse en los bajos fondos de la realidad misma del momento. Unos bajos fondos más ligados a nuestro mundo inconsciente que a nuestra conciencia. 

    Aunque parece irreal a veces, ese substrato viene a ser la cuna misma y la raíz de la realidad. Así sucedió, poco después, que los que no creían que esta novela estuviera autorizada por la verdad de las condiciones sociales de 1933, tuvieron la desgracia o la fortuna de persuadirse de lo contrario durante la guerra civil en la que todos —tirios y troyanos— fuimos víctimas, y los triunfadores no han estado nunca seguros de su triunfo, ya que la historia sigue y las contiendas de ese género no se acaban nunca sino que se proyectan hacia un futuro siempre problemático y amigo de las compensaciones. 

    El amor por la libertad es entre los anarcosindicalistas españoles (y ahora entre la llamada «nueva izquierda», que tiene la misma mentalidad y por cierto las mismas banderas en todas partes) natural, y va ligado a los movimientos religiosos, sociales y políticos de todos los tiempos desde los primeros testimonios de la llamada protohistoria. 

    Pero además ese amor a la libertad (que naturalmente está hoy igualmente encendido en mí y supongo que en ti, lector) lo abarca todo y condiciona y da su calidad intrínseca a todas las formas de amor, incluidos el amor sexual y el que mueve a los astros en el espacio. 

    He retocado un poco la primera edición. He querido dar más unidad estructural a lo que tiene la novela de poético. En realidad, una novela, como un poema, no está acabada mientras vive su autor. Sólo hay que tener en cuenta las últimas ediciones de los poetas que ya nos dejaron y las de las novelas de los que vivieron antes que nosotros. Espero que si alguien quiere acordarse de mí en el futuro, sean estas últimas ediciones las que tome en consideración. Pero si no es así, estará en su derecho y a mí no me importa gran cosa, ya que como digo al final de Siete domingos rojos, la única libertad absoluta posible (esa que en vano buscamos con cada paso y cada palabra y cada latido de nuestro pulso) es una libertad metafísica que se nos da a todos al final. Y que yo tendré entonces. 

    Sin embargo, evita mientras puedas ese final, lector amado. Es un buen consejo. La muerte es un asunto feo. Y tratemos de hacer compatible mientras tanto nuestro amor por la libertad con los otros amores más inmediatos y con la necesidad de propiciar condiciones más justas entre los hombres."

R. S. 


Hay una tercera edición, publicada en Buenos Aires el año 1973

13/08/2023

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Imán

Ramón J. Sender

Austral Editorial,  (1930) 2021

400 páginas





Imán

por Guzmán Urrero Peña
en Centro Virtual Cervantes


"A efectos escolares, suele destacarse Imán como la primera novela publicada por Sender (Madrid, Cenit, 1930) y como una eficaz introducción a la narrativa del escritor. Sin duda, no es un mal camino para adentrarse en el universo senderiano y en las principales inflexiones de su pensamiento. Desde una perspectiva escalofriante, la obra examina la guerra de Marruecos, extrayendo de la tragedia sus propias conclusiones acerca de la condición humana (conclusiones devastadoras, manejadas con profundidad). Para facilitar el ingreso del lector en este infierno, surge la figura arquetípica de Viance, el joven aragonés que asiste al desastre de Annual y encara la definición última de la barbarie en una sucesión dinámica de sucesos, acumulados de acuerdo a un protocolo que cabría llamar posmoderno.

De hecho, esta es una creación que no encaja en moldes precisos y que aferra lo fugitivo asociando códigos, jugando a la ambigüedad mediante cambios de tiempo y enfoque. Decisión idónea, si se quiere, para captar el caos iniciado en la guerra. Aplicado al libro de Sender, este enfoque estructural revela una audacia literaria que sobresale aún más si se sitúa en el contexto de su época.

El joven escritor rehuye todo preciosismo y consigue un tono sobrio, sostenido. Por esta línea de tersura, el texto se escora hacia a un ritmo que crece en dinamismo y acentúa las sensaciones de un ambiente hostil, siempre por inventarse, descrito con el impresionismo que éste exige, tanto en la anécdota como en su clave moral (altruismo frente a egoísmo) y metafísica.

La constante producción de imágenes se vuelve fragmentaria. Hay que observar, no obstante, el admirable orden literario con que se interpolan y yuxtaponen los cuadros. A ello se refiere Marcelino C. Peñuelas cuando destaca que «los cuadros o estampas en que la novela está dividida muestran un logrado sentido de síntesis. El autor incluye en cada estampa sólo lo significativo, lo sugeridor, orientado siempre hacia la unidad de estructura y de sentido. Los diálogos intercalados entre las sobrias descripciones, son asimismo insinuantemente sugerentes. En ocasiones surge un humor acre que con tintes de inocencia acentúa la tragedia. Muchas estampas terminan con una breve frase de algún personaje que resume —de forma indirecta, a veces elípticamente— el ambiente físico del lugar y el estado de ánimo del momento» (Prólogo a Imán, Destino, 1988, pp. 21-13).

Situada del lado del verismo, la expresión estética que contiene la novela de Sender delata una posición testimonial, donde lo novelesco se pone en boca de personas que sufrieron aquellos episodios y conocieron su magnitud. Ya desde un aspecto crítico se han advertido notas de reportaje en el texto ordenado por el aragonés. En todo momento, el autor parece dosificar ese torrentoso material que ha recogido como testigo del desastre, eco de una desventura colectiva, múltiple, que halla su fórmula ideal en la ya citada ambigüedad del enfoque.

Así lo revelan las líneas que Sender escribió para presentar la primera edición del año 1930: «La imaginación ha tenido bien poco —nada, en verdad— que hacer. Cualquiera de los doscientos mil soldados que desde 1920 a 1925 desfilaron por allá podía firmarlas [estas notas]. Y desde luego su protagonista se puede “comprobar” en la mayor parte de los obreros y campesinos que fueron allá sin ideas propias, obedeciendo un impulso ajeno y admirando a los héroes que salen retratados en los periódicos»."

12/08/2023

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Sender Barayón, viaje hacia la luz.

Dirección y guión: Luis Olano.

Año: 2018.

Duración: 96 minutos.



SINOPSIS



Exiliado en Estados Unidos siendo un niño, Ramón Sender Barayón, nació en Madrid en 1934 y fue adoptado por una escritora de la clase alta neoyorquina. Compositor pionero de la música electrónica, artista y escritor, la guerra civil marcaría su destino y el de su familia para siempre.

El documental de Luis Olano es un viaje por el siglo XX que va de la España de la guerra civil, la represión y el exilio hasta la soleada California de la contracultura y los años dorados del rock, la psicodelia y los hippies, donde Ramón Sender Barayón construyó su vida de novela.

Tras quien ha sido definido como el gurú de la contracultura californiana perdura el recuerdo de su madre, pianista y activista anarquista que fue fusilada al inicio de la guerra civil, o de su padre, Ramón J. Sender, periodista y novelista de reconocido prestigio.


11/08/2023

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Andrea Sender Barayón



Amparo Barayón y la impunidad del franquismo

por Francisco Espinosa

"A mediados de 2004, con el movimiento social por la memoria en plena marcha desde fines de los noventa y con el reciente compromiso del gobierno de Rodríguez Zapatero de poner en marcha una ley de memoria, se produjo un hecho que mostró los límites de la realidad. Aquel verano, aprovechando una entrevista, Anabel Almendral Oppermann, nieta de Pedro Almendral, médico de la prisión de Zamora en el año 1936, declaró a una periodista de La opinión de Zamora que Amparo Barayón, la mujer de Ramón J. Sender, asesinada el 11 de octubre con 32 años de edad, tenía sífilis cuando, ya detenida, fue atendida por su abuelo. Con ello se vengaba de cierto testimonio que no había dejado en buen lugar a Pedro Almendral contenido en Muerte en Zamora, publicado en 1990 – ¡14 años antes! – por Ramón Sender Barayón, hijo del escritor y de Amparo, tras una larga indagación sobre la muerte de su madre.

El testimonio en cuestión era el de Pilar Fidalgo Carasa, que dejó escrito en 1937 los recuerdos de su paso por la prisión de Zamora. Ni ella ni su hija recién nacida recibieron atención médica alguna por parte de Pedro Almendral, quien además se permitió desearle la muerte por ser esposa de un izquierdista. Y como de Pilar Fidalgo no podía vengarse y había sido el hijo de Amparo quien había dado a conocer dicho testimonio en la España de los noventa, la nieta del médico decidió ir por donde más podía doler: lanzó la calumnia de que Amparo padecía sífilis. Al crimen del 36 se unía ahora, casi setenta años después, la difamación.

Aunque lentamente, la noticia llegó donde tenía que llegar: a Magdalena Maes Barayón, sobrina de Amparo y residente en Málaga; a su hija Mercedes Esteban Maes, que vivía en Inglaterra, y a los hijos de Amparo, Ramón y Andrea, ambos en Estados Unidos. Y a través de Mercedes y su amiga Helen Graham el asunto pasó a Paul Preston y a mí. El ataque era de tal gravedad que la familia intentó que la nieta del médico rectificara, restableciendo así la dignidad de Amparo y de sus familiares. El asunto se alargó y las cartas y artículos enviados al periódico ocuparon buena parte de 2005.

En medio terció el cronista oficial de Zamora, Miguel Ángel Mateos Rodríguez, quien jugó varios papeles entre los que cabe destacar los siguientes: detractor de Ramón Sender Barayón y Pilar Fidalgo; pantalla de la nieta del médico; autopromotor de sus fascículos, que aparecían en el mismo periódico; propagandista de su propio partido, y por encima de todo justificador de lo que pasó en Zamora tras el golpe militar. Su actuación más vistosa fue sin duda la de endosar a un personajillo de tercer o cuarto orden la responsabilidad del crimen que acabó con Amparo.

A partir de mediados de 2005 el caso se fue enfriando. La hija del médico siguió sin dar señales de vida, el cronista de Zamora volvió a lo suyo y La Opinión de Zamora, que actuó siempre a beneficio de parte (la del cronista), se quedó sin un asunto que les debió de dar cierta vida en aquellos meses. Por su parte la familia vio con pesar que no solo no conseguían la rectificación de Anabel Almendral sino que los artículos de Mateos lanzaban sombras sobre Amparo y su entorno familiar, y que el periódico maniobró en todo momento el asunto en su favor. Desencantados, volvieron a sus vidas con el dolor añadido de ver cómo, además de haber sufrido la pérdida de Amparo, su memoria era manchada ahora con una sucia calumnia sin consecuencia alguna. La rectificación de Anabel Almendral no se había producido y plantear una demanda resultaba complicado dada la dispersión geográfica de la familia. Pesaba además el hecho de que las demandas que habían funcionado desde la transición eran las que los descendientes de los represores habían interpuesto contra aquellos que los señalaban e implicaban en actos criminales.

Hoy, doce años después, releo con profundo desagrado los artículos y correos electrónicos que generó aquel asunto. Cuesta trabajo entender tanta maldad por parte de la nieta del médico y sus corifeos. Posiblemente, aparte del ansia de venganza debió influir el ambiente creado por el movimiento en pro de la memoria surgido en 1995-1996 y consolidado entre 2000 y 2002. La derecha llevaba, y lleva, muy mal que el pasado oculto saliera a la luz, máxime en aquellas provincias que como en Zamora el terror solo vino de un lado: el de los golpistas. No podían oponer ni una sola víctima, teniendo que conformarse con sacar a la luz pequeños conflictos anteriores o dando rienda suelta a la imaginación sobre qué hubiera pasado si el golpe no hubiera triunfado. Lo que en modo alguno querían es que se conociera con nombres y apellidos lo que realmente pasó tras el triunfo del golpe militar en Zamora.

Muerte en Zamora, el libro de Ramón Sender Barayón, publicado en 1990 fue un libro innovador y valiente. Los trabajos sobre el golpe y la represión que salieron en la década de los ochenta fueron aún muy escasos y nacieron todos del esfuerzo personal y del compromiso político de sus autores. De ahí que resulte lamentable la teoría según la cual el antifranquismo constituyó una rémora para la investigación de la represión. ¿Acaso habría que haber esperado a que la Universidad decidiese que ya había llegado el momento de ocuparse de aquel tiempo oscuro? Por suerte hubo quienes cumplieron la función social que la Universidad tanto tardó en asumir. Ramón Sender quiso conocer el final de su madre y de paso, como era de esperar, supo de otra mucha gente que estuvo a su alrededor, unas como testigos de lo ocurrido y otras implicadas en el proceso que llevó a su asesinato. De todo ello dio cuenta en el libro y esto es lo que no le perdonaron: haber roto el pacto de silencio.

Entre 2002 y 2008 se desarrollaron dos iniciativas que pudieron influir en este asunto. De un lado el movimiento en pro de la memoria con numerosas actuaciones en todo el país, que culminará en el Auto del juez Baltasar Garzón, y del otro la comisión interministerial dirigida por el Gobierno de Rodríguez Zapatero cuyo objetivo era elaborar una ley de memoria. Esta, que defraudó toda expectativa, salió finalmente tras muchas dificultades en diciembre de 2007, pero quedó sin sentido solo unos meses después cuando se conoció la iniciativa del juez Garzón, quien por primera vez buscó llevar algo de justicia a las víctimas del golpe militar de julio de 1936. Ello abría una puerta a que casos como el de Amparo saliesen del vacío legal en que se encontraban desde entonces y pasasen a ser considerados como lo que fueron: crímenes de lesa humanidad.

Pero la esperanza duró poco. Ni el mundo político ni el judicial podían consentir que se abriera esa vía, de modo que de inmediato se cercó al juez y poco después se le expulsó del juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional. Una vez más la derecha salía vencedora y su memoria histórica, que no es sino la que procede del franquismo, podía seguir tranquila. Para las asociaciones de memoria, muy comprometidas con la propuesta del juez Garzón, resultó también muy duro por estar convencidas de que la única vía para canalizar y elevar el nivel de la movilización social era precisamente esa. También lo fue para el pequeño grupo de juristas, historiadores y forenses que debíamos asesorar al juez Garzón. Todos, juez, asociaciones y asesores, estábamos convencidos de que, como escribió Elizabeth Jelin, especialista en derechos humanos, “la justicia es, sin duda, la parte más sólida de la memoria”.

Consumada la operación que dio al traste con el Auto del juzgado nº 5 la referencia volvía a ser la descafeinada ley de memoria, ante la cual la derecha adoptó una práctica antigua en la que tiene larga experiencia: acatarla pero no cumplirla. El vacío se consolidó en 2011 con la llegada del PP al poder y su decisión de dejar sin fondo alguno todo lo relacionado con la memoria histórica. Así hemos llegado a una situación absurda en la que la iniciativa judicial se ejerce desde Argentina, como en el reciente caso de Ascensión Mendieta, y en que los fondos para las exhumaciones proceden por lo general de particulares e incluso de otros países.

Al mismo tiempo los alardes de la derecha y la descarada exhibición de parafernalia franquista han ido en aumento. En estos cuarenta años transcurridos desde la transición hemos visto pasar de la derecha contenida de los ochenta a una derecha bravucona cada vez más extendida de aquellos que, nostálgicos del pasado, se vieron reconocidos en las legislaturas de Aznar y desde entonces han comprobado día a día que podían decir y hacer cosas antes impensables. Al mismo tiempo, cada vez resulta más evidente que en los catorce años que gobernó el PSOE, en una decisión tan llena de pragmatismo como carente de ética, se decidió actuar como si el pasado no existiese, perdiéndose así la oportunidad de relacionar la verdad histórica en construcción con la verdad jurídica.

Después de lo dicho, después de este viaje desde el exabrupto de la nieta del médico de la prisión de Zamora en el 36 a la impunidad del franquismo establecida mediante la Ley de (Auto)Amnistía de 1979 y consolidada por el sistema bipartidista también denominado “régimen del 78”, solo queda felicitar la decisión de reeditar el libro de Ramón Sender Barayón con los añadidos a que dio lugar esta historia. Por su parte, la nieta del médico y sus ayudantes pueden dormir tranquilos, pero sus nombres y sus actos irán ya para siempre unidos a la historia de una calumnia."

10/08/2023

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Ramón Sender Barayón

Los fantasmas del cambio

por Helen Graham

"En 1989, el hijo del famoso escritor Ramón J. Sender, criado en Estados Unidos, publicó en inglés un relato de la búsqueda realizada por él mismo y por su hermana de los restos de su madre, Amparo Barayón, y de la verdad sobre su encarcelamiento y su asesinato extrajudicial. Amparo fue asesinada en Zamora en los primeros meses de la Guerra civil, cuando tenía 32 años. El libro, titulado simplemente Muerte en Zamora, describe una extraordinaria odisea en el tiempo, el espacio y la memoria. A su regreso a España a principios de los años ochenta, el hijo, también llamado Ramón, descubrió que tenía una familia española muy extensa, que surgía como un continente perdido trayendo consigo la historia, los rastros y el fantasma inquieto de su madre Amparo. Así, se puede leer este libro como una trama detectivesca cuyo protagonista, Ramón hijo, se esfuerza por reunir y descifrar los muchos fragmentos y esquirlas de conocimiento que tanto valoraba, ya que eran lo único que le quedaba del pasado, y que le habían llegado a través de su —literalmente devastadora— experiencia de la Guerra civil: la aniquilación de la familia y su propia experiencia de refugiado y del exilio. Cuando comienza su viaje de descubrimiento, no tiene a su disposición — precisamente por lo que le ha sucedido— los pequeños detalles que interconectan acontecimientos pasados. Y como salió de España a tan corta edad, no entiende plenamente la sociedad y la cultura en que ocurrieron los hechos que cambiarían su vida. Lo que no le falta es un conocimiento mayor —a la vez consciente y subconsciente— de lo que pasó y del daño que esto causó.

La historia de Amparo Barayón es desgarradora —en algunas de sus dimensiones, de un horror casi gótico; impresionante incluso entre las decenas de millares de dolorosas tragedias personales y familiares que produjo la Guerra civil—. Es posible, sin embargo, explicarla claramente en términos históricos: Amparo fue víctima de los asesinatos extrajudiciales desencadenados por el golpe militar del 17 y 18 de julio de 1936. Ya se ha investigado la historia de la violencia que recorrió España tras el golpe, y se han establecido sus parámetros generales. También se conocen multitud de detalles que los lectores podrán consultar en obras históricas especializadas. Pero el libro de Ramón ofrece algo más, algo crucial que no se deduce fácilmente de los libros de Historia: el suyo es un testimonio del devastador impacto psicológico de la violencia del pasado en una familia, y del duradero impacto sobre la paz interior y la memoria de todos aquellos que, atrapados en ella, continuaron viviendo. Esta es la razón principal por la que Muerte en Zamora es un libro extraordinario que merece ser ampliamente leído y conocido; su significado pleno y demoledor se encuentra tanto en como está contado como en lo que cuenta.

Pero los acontecimientos históricos en sí también merecen que les prestemos más atención actualmente, en particular porque de ellos podemos aprender algo clave sobre la naturaleza de esta “guerra”, algo que, curiosamente, sigue “desapercibido” hasta hoy, y que haríamos bien en comprender en los tiempos que corren. En Zamora, las autoridades militares rebeldes tuvieron el control desde el principio del golpe, no hubo una resistencia armada real, ni siquiera política. Resumiendo, costaría mucho identificar una “situación de guerra”, al menos según la definición convencional de “guerra”. No hubo tampoco ningún colapso del orden público. En todo momento las milicias fascistas de Falange o las clericales de los carlistas y otros voluntarios de la derecha podrían haber sido sometidas a las autoridades militares, que aseguraron el orden público desde un principio. Sin embargo, esto no solo no ocurrió, sino que, como sabemos por la investigación llevada a cabo por historiadores en los años noventa y 2000, los mismos militares reclutaron activamente a miles de civiles para llevar a cabo una guerra sucia en la retaguardia. Fue en esta “guerra” en la que mataron a Amparo Barayón. El objetivo de esos verdugos civiles eran normalmente personas relacionadas con las reformas sociales y económicas de la Segunda república contra la que se habían levantado los militares rebeldes. Pero esta relación no se debió siempre a que las víctimas fueran miembros o militantes de una u otra organización política, ni a que se identificaran con ellas. Muchas víctimas, como Amparo, no militaban en ningún partido ni organización; sin embargo, a los ojos de sus verdugos, fueron símbolo —sobre todo en el caso de mujeres modernas (la llamada “mujer nueva”) como lo fue Amparo— de los grandes cambios en marcha tanto en España como en casi todo el continente europeo, y de los cuales la República española fue tanto una consecuencia como una causa. Con estos cambios, las estructuras sociales llegaban a ser menos estrictas, y en algunos aspectos hasta más igualitarias.

Las muchas personas y grupos que en España apoyaban a los militares golpistas tenían en común el temor de a dónde les llevarían estos cambios —ya fueran miedos a pérdidas materiales o psicológicas (riqueza, estatus profesional, jerarquías sociales y políticas establecidas, o certezas de género y religiosas) o una mezcla de todas ellas—. De este tremendo miedo surgió el deseo de “poner” las cosas (y a las personas) en lo que ellos creían que era su “debido sitio”.

Este deseo, nacido del miedo, fue un importante impulsor de la violencia arrolladora de la guerra sucia, al igual que también seguía siendo factor constitutivo de la llamada “represión fría” posterior, puesta en marcha por las nuevas autoridades franquistas. Precisamente por esta dimensión psicológica del miedo, la violencia aplastó a muchas personas relativamente pudientes, con propiedades, y a profesionales de clase media, como la familia Barayón, en la que tres hermanos, incluida Amparo, fueron víctimas de asesinatos extrajudiciales. Entre los tres se encuentra Antonio, el muy querido hermano menor de Amparo, ingeniero de profesión, que fue asesinado por “tener ideas”, es decir, por no ser suficientemente “respetuoso” con las normas y costumbres de la sociedad de provincias de aquel entonces en España. Los militares golpistas y sus verdugos civiles estaban, así, redefiniendo “al enemigo”, identificándolo con sectores sociales completos que se consideraban “descontrolados” porque iban más allá de las formas tradicionales de disciplina y “orden”.Carta de Amparo Barayón protestando por la represión gubernamental contra la huelga de Telefónica (julio de 1931)

A las mujeres emancipadas les reservaron un odio particular e intenso, provocado por lo que para sus verdugos significaba su “desobediencia” frente a las normas de comportamiento de la “feminidad”. No obstante algunos comentarios anteriores, Amparo Barayón no fue asesinada simplemente en lugar de su famoso marido, el periodista y escritor Ramón J. Sender, que simpatizaba con la República y que se encontraba en aquella zona. A Amparo la asesinaron por derecho propio , por ser una mujer moderna. En 1930, cuando se desmoronaba la monarquía en España, ella, con 26 años, había abandonado el atraso provinciano y conservador de Zamora y se había marchado a Madrid, la “gran ciudad”, para ser independiente. En Madrid encontró trabajo como telefonista, una nueva oportunidad de empleo que es, en sí misma, un indicador de la modernidad que se empezaba a desarrollar en España. Se ganó la vida por su cuenta, vivió de forma independiente, educándose tanto política como culturalmente, conoció a Ramón J. Sender y empezó a vivir con él sin casarse; lo que era mucho en aquellos tiempos, incluso en la España urbana, ya que Madrid no era Berlín o París. Sólo sus familiares más cercanos conocían su relación con Ramón. Sin embargo, el solo hecho de que ella hubiera extendido sus alas inspiraba horror entre los pilares de la sociedad provinciana y también entre algunos de los miembros más conservadores de su propio clan familiar, que la veían en el camino a la perdición.

Y serían algunos de los miembros de su familia, decididos a asegurar el cumplimiento de sus propios prejuicios disfrazados de profecía, los que parecen haber estado implicados en denunciarla ante las autoridades militares de Zamora a finales del verano de 1936. La existencia de numerosos grupos sociales de provincia tan conservadores como el de Zamora fue lo que permitió al emergente orden franquista tachar a sus víctimas de “enfermas” o “degeneradas”, hablando siempre de su “impureza”, definiéndolas como la “anti-Nación”. En todo esto los franquistas se hacían eco de los nefastos imperativos del darwinismo social (que fueron también “purificadores”) y que se fueron extendiendo por toda Europa en las negras décadas entre la Primera y la Segunda guerra mundial, donde también causaron estragos. Más ecos de este mismo darwinismo social recalcitrante se hicieron notar en la polémica sobre Amparo que surgió en la prensa local de Zamora a principios del siglo XXI. Esta polémica (analizada por Francisco Espinosa en el Epílogo y apéndices de este volumen) demuestra, con una claridad meridiana, que en la Castilla vieja y profunda la época de Franco todavía es el pasado que no acaba de pasar .

Aunque estos asesinatos extrajudiciales de la Guerra civil sucedieron hace mucho tiempo en términos cronológicos, para muchos de los familiares de los muertos inquietos, incluidos los de Amparo, parece que hubieran sucedido ayer: a pesar de los muchos años transcurridos siguen siendo “muertes recientes”. “Recientes” porque sigue habiendo en ellos algo inoportuno y sin resolver. Como escribe Ramón, autor y protagonista, él sigue “cargando en mi corazón con mi madre muerta, sin absolver y sin vengar”. En parte, la respuesta a la pregunta de por qué esto es así reside en los cuatro decenios de dictadura franquista que vinieron después, y en los envenenados mitos acerca de la Guerra civil que la dictadura diseminó para sus propios fines políticos, apoyados por importantes sectores de la sociedad, tanto por motivos políticos como por sus propios intereses materiales.

Aun así, esos cuarenta años de dictadura están ahora a otros cuarenta años de distancia en el pasado. No obstante, los muertos republicanos continúan “inquietos”. Su sola mención causa malestar, incluso vergüenza, son memorias que estorban, como si las víctimas —es decir, los que hablan por ellas o las conmemoran a través del actual movimiento para la recuperación de la memoria— fueran de alguna manera culpables de “perturbar la paz” del presente. Es una situación extraña que inevitablemente conduce a los observadores —incluidos muchos historiadores— a preguntarse a qué se debe realmente esta rareza. Simplificando (aunque la solución no será fácil en absoluto), tiene que ver con el hecho de que al conmemorar a las víctimas asesinadas en la zona franquista, para que sean reconocidas como tales —víctimas de la violencia fratricida de una guerra civil—, se pone implícitamente en tela de juicio a otra categoría de muertos. Estos son los muertos, tanto militares como civiles, asesinados extrajudicialmente en territorio republicano durante la guerra, y a los que la dictadura franquista declaró de entrada como las víctimas “puras”, sin mancha, ni “pecado”. El franquismo las elevó a la categoría de mito: “los mártires de la Patria”.

Ahora que las víctimas como Amparo pasan del olvido a la Historia, también estos otros muertos, movilizados hace mucho tiempo por la dictadura, deben emprender el viaje de retorno, desde el terreno del mito hacia la Historia, para que en ellos se reconozcan, no mártires, sino otras víctimas más de la violencia fratricida de una guerra civil. Este es el “problema” que sigue obstaculizando hoy en España el trabajo de las asociaciones civiles por la memoria. El atasco en el camino que conduce del mito a la Historia en absoluto se centra en los “muertos inquietos” como Amparo —hasta en el 2004 calumniada por un aún presente franquismo sociológico— sino en aquellos otros muertos que fueron enterrados en los cimientos del orden franquista, y cuya “exhumación” aún hoy, en 2017, sigue siendo bloqueada por algo poderoso. Ramón ya ha dado sepultura a su madre Amparo en el pleno conocimiento de su historia, y de la Historia; pero a los “mártires” también se les tiene que devolver a la Historia antes de que la sociedad española de hoy pueda realmente saldar las cuentas con su difícil pasado y pasar página."

09/08/2023

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MUERTE EN ZAMORA

Ramón Sender Barayón

Traductora: Mercedes Esteban-Maes Kemp (sobrina nieta de Amparo Barayón)

editorial: Postmetropolis, 2017

páginas: 296



En el otoño de 1936 Amparo Barayón fue detenida en Zamora tras protestar por el asesinato de uno de sus hermanos a manos de las autoridades golpistas; estando encarcelada, se dio la orden de sacarla de su celda y ejecutarla sin juicio y sin permitirle confesarse, siendo como era católica practicante.

Esta muerte marcó para siempre a su esposo, el escritor Ramón J. Sender, quien durante toda su vida se negó a transmitir información sobre las circunstancias del asesinato a sus dos hijos (Ramón y Andrea), entonces muy pequeños, con los que marchó al exilio a Estados Unidos.

Ramón Sender Barayón tuvo que esperar a la muerte de su padre, a comienzos de los años ochenta, y solo entonces emprendió un viaje hacia ese pasado crucial para el sentido de su propia vida y la de su hermana Andrea, brutalmente separados de su madre.

Muerte en Zamora es el relato de esa búsqueda entre la memoria y la historia, que reconstruye de un modo sincero un drama personal y a la vez altamente simbólico de la brutalidad de la represión franquista y sus secuelas en las generaciones siguientes.

Esta nueva edición del libro incluye textos introductorios de Paul Preston y Helen Graham, y recoge también un relato, a cargo de Francisco Espinosa Maestre, sobre la vergüenza vivida por la familia a raíz de la publicación en la prensa local zamorana de artículos que denigraban la memoria de Amparo Barayón o cuestionaban el valor de la reconstrucción de hechos efectuada por su hijo.

TEXTO DE PAUL PRESTON:

"La magnitud de la deliberada y sistemática persecución de las mujeres es uno de los aspectos menos conocidos de la represión llevada a cabo por los partidarios del golpe militar del 17 y 18 de julio de 1936. En toda la zona rebelde asesinaron a muchas mujeres; y miles de esposas, hijas y madres de izquierdistas ejecutados fueron víctimas de violaciones y otros abusos sexuales, y de humillaciones como raparles la cabeza y forzarlas a ingerir aceite de ricino para provocar diarreas en público. El asesinato, la tortura y la violación eran castigos comunes para muchas, que no todas, las mujeres liberales e izquierdistas que abrazaron la liberación de la mujer durante la época Republicana. Aquellas que salieron con vida de la cárcel, sufrieron secuelas tanto físicas como psicológicas de por vida.

Por una variedad de razones, se sabe más sobre la violencia sexual que se llevó a cabo en Andalucía y Extremadura que sobre las experiencias de la relativa minoría de mujeres republicanas en el norte del país. Puede deducirse hasta qué punto era política oficial gracias a los discursos del general Queipo de Llano, quien era de hecho el “virrey” del sur de España. Intercalaba sus emisiones radiofónicas diarias con referencias sexuales, describía violaciones con grosero deleite y animaba a sus milicias a repetir dichos actos. En un celebérrimo discurso, Queipo de Llano declaró: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

En el norte del país se cometieron atrocidades parecidas, aunque en menor escala y sin la publicidad que suscitaba Queipo de Llano. Uno de los ejemplos más extremos de la represión sobre los inocentes en Zamora, como en tantos lugares en Castilla y León, fue el caso de Amparo Barayón, la esposa de Ramón J. Sender, novelista mundialmente famoso y simpatizante anarquista.

Sender, su esposa y sus dos hijos estaban de vacaciones en San Rafael, Segovia, cuando comenzó la guerra. Él decidió volver a Madrid y le dijo a Amparo que se llevara a los niños a su ciudad natal de Zamora, por estar seguro de que allí estarían a salvo. En realidad, el 28 de agosto, y a pesar de ser católica practicante, Amparo fue encarcelada junto con su hija de siete meses, Andrea, como consecuencia de haber protestado ante el gobernador militar por el asesinato de su hermano Antonio esa misma mañana. Esta madre de treinta y dos años de edad, que no había cometido delito alguno y apenas tenía actividad política, fue maltratada y finalmente ejecutada el 11 de octubre de 1936. Su delito era ser una mujer moderna e independiente, que fue aborrecida porque había escapado de la sofocante intolerancia de Zamora y porque tenía hijos con un izquierdista famoso con quien sólo se había casado por lo civil.

Amparo no estaba sola en su sufrimiento. Otras madres, encarceladas a temperaturas bajo cero y sin ropa de cama, vieron morir a sus bebés porque, privadas de alimentos y medicinas, no tenían leche para amamantar. Uno de los policías que detuvo a Amparo le dijo que “las rojas no tienen derechos” y “ya se lo podía haber pensado antes de tener hijos”. Otra presa, Pilar Fidalgo Carasa, había sido detenida en Benavente porque su marido, José Almoína, fue secretario de la agrupación local del PSOE. Sólo ocho horas antes de su detención y transporte a Zamora, Pilar había dado a luz a una niña. En la cárcel, para los interrogatorios, fue obligada a subir una escalera empinada muchas veces al día. Esto le provocó una hemorragia potencialmente mortal. En su relato de sus experiencias en la cárcel escribió: “Como seguía con la hemorragia, estaba constantemente pidiéndole a la celadora que me ayudara. Por fin trajo a la cárcel al doctor Almendral, que vino sólo por mero formalismo. Al ver mi sufrimiento comentó que ‘la mejor cura para la mujer del sinvergüenza de Almoina es la muerte’. No me recetó nada. Ni para mí ni para la niña”. Muchas de las presas jóvenes fueron violadas antes de ser asesinadas.

Las estremecedoras memorias de Pilar Fidalgo no son la única evidencia de lo sucedido a las mujeres en Zamora. Muerte en Zamora es un libro conmovedor, en verdad profundamente triste, que tiene mucho que decir a diferentes públicos. La narrativa central relata la búsqueda de un hombre criado en los Estados Unidos para descubrir lo que le pasó a su madre en España durante la Guerra civil. El autor, Ramón Sender Barayón, es hijo de Amparo y Ramón J. Sender. Al estar casada con Sender, Amparo se convirtió en un blanco para la derecha local. Había huido a su ciudad natal de Zamora confiando que allí no le pasaría nada. En realidad, su horrendo destino de encarcelamiento, tortura y, finalmente, ejecución es típico de lo que les sucedió a muchas mujeres inocentes a manos de los partidarios del general Franco. En ese sentido, este libro es una contribución importante a la historia de las atrocidades derechistas durante la Guerra civil española. Pero además, la posterior historia de cómo Ramón J. Sender llevó a sus dos hijos a los Estados Unidos, para luego prácticamente abandonarlos, también es horrible a su manera y lo convierte en un trágico drama psicológico que será de interés para muchos lectores que no tienen especial interés en la historia de España. La historia de la búsqueda de Ramón Sender Barayón es también una historia detectivesca fascinante. Leí la primera edición de este libro hace casi veinte años y enseguida compré varios ejemplares para regalar a mis amigos, cuya reacción confirmó la mía propia. Le envié uno de ellos a mi gran amigo y mentor Herbert Southworth, quien trabajó durante la Guerra civil española para Juan Negrín en Washington. Se emocionó mucho y me dijo que su lectura le trajo a la memoria que había ido a los muelles de Nueva York con su amigo, el gran periodista Jay Allen, a recoger a Ramón y a su hermana cuando llegaron.

Muerte en Zamora es una contribución única a la búsqueda de la memoria de lo que sucedió a civiles inocentes durante la Guerra civil española. Es una importante y poco reconocida obra maestra que estoy encantado de ver reeditada en España. "

08/08/2023

sender al cinema, i 4

 


El rey y la reina

Fitxa técnica:

Any: 1986
Durada: 110 min.
Direcció: José Antonio Páramo
Guió: José Antonio Páramo, Luis Ariño.
Novel·la: Ramón J. Sender
Repartiment: Omero Antonutti, Nuria Espert, Xabier Elorriaga, Víctor Valverde, Ramiro Oliveros, Álvaro de Luna, José Manuel Cervino, Antonio Gamero, Francisco Algora.
Producció: RTVE.


Nuria Espert y Omero Antonutti 
protagonizan "El rey y la reina"

por José Ramón Pérez Ornia
El País
16/07/1986


"TVE emite esta noche, por la primera cadena, en el espacio cinematográfico Sesión de noche, una película realizada expresamente para la televisión. Se trata de El rey y la reina, adaptación de la novela del mismo título original del escritor aragonés Ramón J. Sender, con realización de José Antonio Páramo. El rey y la reina está interpretada en los principales papeles por el actor italiano Omero Antonutti y por la actriz catalana Nuria Espert. La película fue rodada en el otoño de 1984 y se estrena ahora, coincidiendo con el 50 aniversario del desencadenamiento de la guerra civil española.

Los programas de ficción que Televisión Española ha producido para conmemorar el 50º aniversario de la guerra civil española han sido más bien escasos. Se pueden contabilizar tan sólo tres títulos, y todos ellos producidos por la subdirección de Producciones Asociadas, Copoducciones y Producciones Especiales, cuyo responsable es Juan Manuel Martín de Blas. Se trata de las películas El rey y la reina, realizada por José Antonio Páramo; Dragon Rapide, dirigida por el cineasta catalán Jaime Camino, recientemente estrenada en salas comerciales; y García Lorca, la muerte de un poeta, que está rodando Juan Antonio Bardem desde el pasado día 7. Cada uno de estos tres proyectos tiene diferente modalidad de producción. El rey y la reina sólo se difundirá a través de la televisión y circuitos del vídeo; Dragon Rapide se comercializará primero en salas de cine y luego en televisión; y la biografía de Federico García Lorca será una serie televisiva de cuatro episodios sobre la que se montará una versión de largometraje.

El proyecto sobre Federico García Lorca sufrió algún retraso debido a la complejidad de la producción, pero posiblemente se estrenará a finales de este año. También se rodará -aunque en este caso TVE es socio minoritario- una serie sobre la historia de las Brigadas Internacionales. durante la guerra civil española.

La producción de El rey y la reína tuvo un presupuesto según Juan Manuel Martín de Blas, de aproximadamente 100 millones de pesetas. La aportación del 25%. de este presupuesto por parte de Channel 4, de la televisión británica comercial -ITV- fue decisiva para comenzar el rodaje que había entrado en punto muerto. La televisión pública italiana, RAI, también ha participado en esta coproducción con el 10% del presupuesto.

"Distintos directores se habían mostrado interesados en llevar al cine esta obra de Ramón J. Sender, y ahora existía una razón más, la proximidad del 50º aniversario de la guerra civil", afirma Martín de Blas. "El realizador José Antonio Páramo nos propuso producirla. Para nosotros tiene un doble objetivo: como. parte de los programas conmemorativos de aquel aniversario y como producto de prestigio para competir en los mercados internacionales. De hecho ha sido exhibida en numerosos festivales y encuentros con una gran acogida de público y de profesionales, especialmente en el festival de Banff (Canadá), celebrado el pasado mes de junio, donde consiguió el segundo premio en importancia del certamen, el especial del Jurado".

La guerra como parábola

El rey y la reina tiene como fondo social y argumental el levantamiento del 18 de julio de 1936 y la guerra como parábola sobre la conmoción y transgresión de valores: la suerte de la duquesa de Alquézar (interpretada por Nuria Espert), que vive en un lujoso palacio depende ahora de su criado y jardinero Rómulo (interpretado por Omero Antonutti), que siempre ha soñado con bañarse en la piscina del palacio y dernostrarle a su dueña que es un hombre.

Fuera, el pueblo se organiza y se levanta en armas; dentro, las relaciones entre reina y rey reflejarán el discurrir de la guerra, los presagios de victoria y derrota, según el momento de la larga batalla.

Estos son los dos universos en que discurre la inteligente y correcta puesta en escena de Páramo, uno de los mejores realizadores de TVE, en cuya plantilla ingresó en 1964, en el espacio Cámara 64 para el que rodó, como él dice, "todo el Museo del Prado".

El primer proyecto de Páramo para llevar al cine El rey y la reina se remonta a hace 20 años; el propio Sender colaboró en las primeras versiones del guión, desde la universidad norteamericana de San Diego. La diferencia entre la novela y la película está precisamente en la introducción de ese segundo universo, de este nivel épico, el pueblo que se arma y organiza para combatir a los sublevados y que es derrotado, como contrapunto al lirismo de las relaciones entre criado y. duquesa, el rey y la reina del relato.

Páramo se considera de la generación "traumatizada por la guerra civil, que debería de ser un género cinematográfico permanente al que TVE tendría que prestar más atención, como también debería prestarla a la divulgación de la cultura del siglo XIX".