06/10/2023

banús, fragment tres




    "Íbamos de Kampala hacia el norte de Uganda, en dirección a la frontera con Sudán. Encabezaba la columna de vehículos un jeep con una ametralladora asomando de la cabina, tras él iba un camión con un pelotón de soldados; luego, varios turismos y, al final, una camioneta japonesa descapotable descubierta en la que íbamos nosotros, tres periodistas. Hacía tiempo que no había viajado en unas condiciones tan confortables: protegido por un pelotón del ejército y, por si fuera poco, ¡por una ametralladora! Pero, evidentemente, no lo hacían por mí. Se trataba de una misión conciliatoria de tres ministros del gobierno de Museveni que se dirigían al norte para negociar con los rebeldes, que se habían adueñado de la zona. El presidente Joveri Museveni, entonces con dos años en el poder, es decir, desde 1986, acababa de proclamar una amnistía para aquellos que se rindiesen y depusiesen las armas voluntariamente. Se trataba de miembros de los ejércitos de Idi Amín, de Milton Obote y de Tito Okel o, los tres dictadores que se habían sucedido y que en los años precedentes se habían refugiado en el extranjero. Todos, sin embargo, habían abandonado sus unidades militares y ahora, cada uno de ellos, por su cuenta y riesgo, saqueaba y mataba, quemaba aldeas y robaba ganado, aterrorizando y asolando las provincias del norte o, lo que es lo mismo, casi la mitad del país. Los destacamentos de Museveni eran demasiado débiles para acabar con los rebeldes por las armas. Así que el presidente había lanzado la consigna de reconciliación. En aquel país era el primer mandatario, en veinticinco años, que se dirigía a sus adversarios con palabras de acuerdo, reconciliación y paz.

    En nuestro coche, aparte de dos reporteros locales y de mí, también viajan tres soldados. Han colgado sus kaláshnikov sobre sus hombros desnudos (hace mucho calor, así que se han quitado las camisas). Se llaman Onom, Semakula y Konkoti. El mayor de ellos, Onom, tiene diecisiete años. Leo a veces que en América o en Europa un niño ha disparado sobre otro niño. Que ha matado a uno de su misma edad o a un adulto. Este tipo de información suele ir acompañado de expresiones de estupefacción y espanto. Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otros niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños.

    Allí donde los combates se prolongan desde hace décadas (como en Angola o Sudán), la mayoría de adultos ha muerto hace ya tiempo, por el hambre o las epidemias; quedan los niños, y son ellos los que continúan las guerras. En el sangriento caos que arrasa diferentes países de África, han aparecido decenas de miles de huérfanos, hambrientos y sin techo. Buscan quien los alimente y acoja. Allá donde hay ejército es donde resulta más fácil encontrar comida, pues los soldados son los que más oportunidades tienen para conseguirla: en estos países, las armas no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, a veces el único que existe.

    Niños solos y abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay cuarteles, campamentos o etapas. A fuerza de ayudar y trabajar, acaban formando parte del ejército: son «hijos del regimiento». Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego. Sus colegas mayores (¡también niños!) a menudo se muestran perezosos, y cuando hay una batalla con el enemigo a la vista, mandan a los pequeños al frente, a la primera línea de fuego. Estas escaramuzas armadas de la chiquillería resultan especialmente encarnizadas y sangrientas, porque el niño carece del instinto de conservación, no siente ni comprende el horror de la muerte, desconoce el miedo que sólo la madurez le hará conocer. 

Las guerras de niños se han hecho posibles también gracias al desarrollo tecnológico. Hoy las armas de repetición de mano son ligeras y cortas; sus nuevas generaciones se asemejan cada vez más a juguetes infantiles. El viejo máuser era demasiado grande, pesado y largo para un crío. El niño pequeño tenía el brazo demasiado corto para llegar al gatillo sin esfuerzo y, también, el punto de mira resultaba excesivamente lejano para su ojo. Las armas modernas, al eliminar tales inconvenientes, solucionan estos problemas. Su tamaño se ajusta tan perfectamente a la silueta de un niño que más bien causan un efecto infantil y gracioso en manos de un soldado alto y fornido.

    El hecho de que el niño sólo sea capaz de usar armas de mano, de alcance corto (pues no sabe dirigir el fuego de una batería de artillería ni tampoco pilotar un bombardero), ha hecho que los combates en las guerras de niños adquieran la forma de un choque directo, de un contacto físico, casi de un cuerpo a cuerpo: los pequeños se disparan a quemarropa, hallándose a un paso los unos de los otros. Los efectos de estos duelos suelen ser aterradores, pues no sólo mueren los que caen fulminados en el campo de batalla. Dadas las condiciones en que se desarrollan aquellas guerras, también pronto acaban muriendo los heridos: de hemorragias, de infecciones y por falta de medicinas."

Ébano
Ryszard Kapuściński
Anagrama, 2009
pàg.: 159-161

05/10/2023

nobel literatura 2023

 


El Nobel de literatura d'aquest any ha estat per al narrador i el dramaturg noruec Jon Fosse, “per la seva prosa innovadora i per donar veu al que no es pot dir”.

    "Para mí escribir es escuchar, es un acto más musical que intelectual. En un texto la forma debe ser extremadamente exacta, cada coma, cada cambio está medido para que al leer puedas sentir las olas, un latido, y el cambio de ritmo según avanza la trama. Esta unidad entre forma y contenido es necesaria. Con la escritura ocurre igual que con un ser humano: no se puede separar el alma del cuerpo, un cadáver no es una persona."


    "Cuando escribo no tengo sentimientos desgarradores. Las emociones no son deletreadas, están contenidas. Todo tiene que ver con la forma y con la música. Las personas que imagino son más sonidos o colores, metáforas, que seres humanos. Aun así, hay personajes, no son textos abstractos. Un buen arranque contiene el conjunto de la historia, solo tengo que seguir. Y, cuando lo logro, yo mismo me sorprendo. Alumbré algo nuevo, y eso es lo fascinante: ese rol de creador."

entrevista concedida a
El País Semanal
11/06/2019

banús, fragment dos

 


    "El comercio de esclavos: dura cuatrocientos años, empieza en el siglo XV y… ¿termina? Oficialmente, en la segunda mitad del XIX, aunque en algunas ocasiones dura más: por ejemplo, hasta 1936 en Nigeria del Norte. Dicho comercio ocupa un lugar central en la historia de África. Millones (entre 15 y 30: existen diversos cálculos) de personas fueron secuestradas y transportadas más allá del Atlántico en condiciones terribles. Se estima que durante un viaje así (de dos o tres meses de duración) moría de hambre, asfixia y sed casi la mitad de los esclavos; hubo casos en que murieron todos. Los supervivientes trabajaban más tarde en las plantaciones de caña de azúcar y de algodón en el Brasil, en el Caribe y en los Estados Unidos, construyendo la riqueza de aquel hemisferio. Los traficantes de esclavos (principalmente portugueses, holandeses, ingleses, franceses, norteamericanos, árabes y sus socios africanos) despoblaron el continente y lo condenaron a una existencia vegetativa y apática: incluso ya en nuestros tiempos, grandes superficies de aquella tierra seguían despobladas y se habían convertido en desiertos. Hasta hoy día África no se ha desprendido de esta pesadilla, no ha levantado cabeza tras semejante desgracia. 

    El comercio de esclavos también ha tenido consecuencias desastrosas en el terreno psicológico. Envenenó las relaciones personales entre los habitantes de África, les inyectó odio y multiplicó las guerras. Los más fuertes intentaban inmovilizar a los más débiles para venderlos en el mercado, los reyes comerciaban con sus súbditos; los vencedores, con los vencidos; y los tribunales, con los condenados.

    Semejante comercio marcó la psique del africano con el estigma tal vez más profundo, doloroso y duradero: el complejo de inferioridad. Yo, el negro, no soy sino aquel que el comerciante blanco, invasor y verdugo, puede raptarme en mi casa o terruño, encadenarme, meterme en la bodega de un barco, exponerme como mercancía y más tarde obligarme a latigazos a hacer los trabajos más duros día y noche.

    La ideología de los comerciantes de esclavos se basaba en el principio de que el negro era un no hombre; que la humanidad se dividía entre hombres y subhombres y que con estos últimos se podía hacer lo que a uno le viniese en gana, y lo mejor: aprovecharse de su trabajo y luego eliminarlos. En las notas y los apuntes de estos comerciantes está expuesta (si bien de forma muy primitiva) toda la ideología ulterior del racismo y totalitarismo con toda su tesis vertebradora: que el Otro es el enemigo, más aún, es un no hombre. Toda esta filosofía de desprecio y odio obsesivos, de vileza y salvajismo, antes de inspirar la construcción de Kolymá y Auschwitz, hacía siglos que había sido formulada y escrita por los capitanes del Martha y el Progresso, el Mary Ann o el Rainbow, cuando al mirar desde sus cabinas por el ojo de buey hacia los palmerales y las playas incandescentes, aguardaban a bordo de sus barcos, atracados en las islas de Sherbro, Kwale o Zanzíbar, el cargamento de turno de esclavos negros.

    En este comercio —planetario a decir verdad, pues participaron en él Europa, las dos Américas y muchos países de Oriente Medio y Asia—, Zanzíbar se revela como una estrella negra y triste, una dirección nefasta, una isla maldita. Durante años, más aún, durante siglos enteros, se dirigen hacia ella caravanas de esclavos recién atrapados en el interior del continente, en el Congo y Malawi, en Zambia, Uganda y Sudán. A menudo atados con cuerdas para que no se escapen, sirven al mismo tiempo como porteadores: llevan al puerto, a los barcos, mercancías muy preciadas; a saber, toneladas de marfil, de aceite de palmera, pieles de animales salvajes, piedras preciosas, ébano…

    Trasladados de tierra firme a la isla a bordo de barcazas, son expuestos en el mercado como un producto cualquiera. El mercado se llama Mkunazini y es una plaza, situada cerca de mi hotel, en la que hoy se levanta la catedral anglicana. El abanico de precios es muy amplio: desde el dólar por un niño hasta los doce por una muchacha joven y hermosa. Bastante caro, habida cuenta de que en Senegambia los portugueses obtienen doce esclavos por un caballo.ç

    Luego, los más sanos y fuertes son obligados a latigazos a correr de Mkunazini al puerto: no está lejos, unos cientos de metros. Desde aquí saldrán con rumbo a América u Oriente Medio a bordo de barcos destinados al transporte de esclavos. Cuando cesa la actividad del mercado, a los muy enfermos, por los que nadie ha querido ofrecer ni tan sólo cuatro céntimos, los arrojan a la pedregosa orilla: allí los devoran furiosas manadas de perros salvajes. En cambio, los que con el tiempo consiguen sanar y recuperar las fuerzas se quedarán en Zanzíbar y, como esclavos, trabajarán para los árabes, dueños de grandes plantaciones de claveros y cocoteros. Muchos nietos de estos esclavos participarán en la revolución."

Ébano
Ryszard Kapuściński
Anagrama, 2009
pàg.: 92-94

04/10/2023

banús, fragment u

 


    "Desde el punto de vista formal —pero tan sólo formal—, el colonialismo reina en África desde la conferencia de Berlín (1883- 1885), en la cual varios países europeos (Inglaterra y Francia en primer lugar, pero también Bélgica, Alemania y Portugal) se  repartieron todo el continente hasta la época en que África se independiza en la segunda mitad del siglo XX. Pero, en realidad, la penetración colonial había empezado mucho antes, ya en el siglo XV, y floreció a lo largo de los siguientes quinientos años. El comercio de esclavos africanos, que se prolongó durante trescientos años, fue la fase más brutal y abyecta de aquella conquista. Trescientos años de batidas, redadas, persecuciones y emboscadas que organizaban los blancos, a menudo con ayuda de compinches africanos y árabes. En condiciones infrahumanas, hacinados en las bodegas de los barcos, millones de africanos fueron transportados al otro lado del Atlántico para que allí, con el sudor de sus frentes, construyeran la riqueza y el poderío del Nuevo Mundo.

    Perseguida e indefensa, África fue saqueada de sus gentes, arruinada y destruida. Quedaron despobladas vastas extensiones del continente y yermos de maleza cubrieron soleadas regiones de vegetación floreciente. Pero la huella más dolorosa y duradera la ha dejado aquella época en la memoria y la conciencia de los africanos: siglos de desprecio, humillación y sufrimiento han creado en ellos un complejo de inferioridad y un sentimiento de daño moral jamás reparado que anida en lo profundo de sus corazones.

    El colonialismo vive su apogeo en el momento en que estalla la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el curso de la misma y la elocuencia simbólica de su realidad inician el declive y anuncian la derrota de este sistema.ç

    ¿Cómo y por qué sucedieron así las cosas? Una breve incursión a la oscura región de la manera de pensar basada en categorías de raza aclarará muchos interrogantes. Pues bien: la diferencia racial, del color de la piel, constituye el tema central, la esencia y el meollo de las relaciones entre africanos y europeos; es la principal forma que estas relaciones adoptan en la época colonial. Vínculos, dependencias, conflictos, todo se traduce al lenguaje de las nociones blanco/negro, dentro del cual, evidentemente, el blanco es mejor, superior y más fuerte que el negro. El blanco, que se ha convertido en sir, master, bwana kubwa, es el incuestionable amo y señor, enviado por Dios para gobernar a los negros. Se ha inculcado al africano que el blanco es intocable e invencible, y que todos los blancos constituyen una fuerza compacta y maciza. Se trataba de una ideología que apoyaba el sistema de la dominación colonial, una ideología que reafirmaba la convicción de que todo intento de cuestionarlo u oponerse a él no tenía ningún sentido.

    Y, de pronto, los africanos alistados a la fuerza en los ejércitos británico y francés ven cómo, en la guerra europea en la que participan, un blanco se pelea con otro blanco, cómo dispara sobre él y le destruye las ciudades. Es toda una revelación, conmoción y sorpresa. Los soldados africanos del ejército francés ven cómo Francia, su soberana colonial, es vencida y conquistada. Los soldados africanos del ejército británico ven cómo Londres, la capital del imperio, es bombardeada; ven a los blancos presa del pánico, a blancos que huyen, suplican y lloran. Ven a blancos desarrapados, hambrientos y clamando por pan. Y a medida que avanzan hacia el este de Europa —y junto a los blancos ingleses dan palizas a los blancos alemanes— se topan aquí y allá con columnas de blancos vestidos con uniformes a rayas, hombres esqueletos, hombres despojos.

    La conmoción que sintió el africano cuando las imágenes de la guerra de los blancos se sucedían ante sus ojos era tanto más fuerte cuanto que los habitantes de África (con algunas excepciones, y en el caso del Congo belga, por ejemplo, sin ninguna) tenían prohibido no sólo viajar a Europa, sino salir del continente. Podían juzgar la vida de los blancos tan sólo a través del prisma de las lujosas condiciones que los blancos se habían procurado en las colonias.

    Y un factor más: hasta mediados del siglo XX, el habitante de África no tiene más fuentes de información que lo que le dice el vecino o el jefe del poblado o el administrador colonial. De manera que todo lo que sabe del mundo se reduce a lo que él mismo ve en las proximidades de su casa o lo que oye de otros en el curso de la charla vespertina alrededor del fuego.ç

    A los combatientes de la Segunda Guerra que han vuelto de Europa a África no tardamos en encontrarlos en las filas de los diversos movimientos y partidos políticos que luchan por la independencia de sus respectivos países. El número de estas organizaciones crece ahora de forma imparable: se multiplican como conejos. Con orientaciones diferentes, cada una persigue los fines que se ha trazado.

    Las de las colonias francesas de momento lanzan demandas limitadas. Todavía no hablan de libertad. Sólo quieren convertir a todos los habitantes de la colonia en ciudadanos de Francia. París rechaza la demanda. Con matices: será ciudadano francés sólo aquel que sea educado en el marco de la cultura francesa, que se eleve hasta el nivel de la misma, el llamado évolué. Pero estos évolués serán excepciones.

    Las de las colonias británicas se muestran más radicales. Para ellas, la inspiración, el impulso y el programa radican en las valientes visiones de futuro que diseñaran los intelectuales afroamericanos, descendientes de los esclavos, en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX. Estos últimos habían formulado una doctrina que llamaban panafricanismo. Sus principales creadores eran el activista Alexander Crummwel, el escritor WEB Du Bois y el periodista Marcus Garvey (este último, de Jamaica). Diferían en sus concepciones pero estaban de acuerdo en dos cosas: 1), que todos los negros del mundo de Sudamérica y de  África pertenecían a una misma raza y cultura y que deberían estar orgullosos del color de su piel; y 2), que toda África debía ser independiente y unida. Su lema rezaba: «¡África para los africanos!» En el tercer punto del programa, igualmente importante, WEB Du Bois era de la opinión de que los negros debían quedarse en los países donde vivían, mientras que Garvey opinaba que todos los negros, estuviesen donde estuviesen, debían regresar a África. Durante un tiempo, incluso, se dedicó a vender una fotografía de Haile Selassie, sosteniendo que era un visado de vuelta. Murió en 1940 sin haber visto África.

    El joven activista y teórico ghanés Kwame Nkrumah se convirtió en gran entusiasta del panafricanismo. En 1947, tras acabar la carrera universitaria en Norteamérica, regresó a su país natal. Fundó un partido al que atrajo a combatientes de la Segunda Guerra así como a la juventud, y en una de las concentraciones de Acra lanzó el combativo lema de «¡Independencia ya!» En aquel tiempo, en el África colonial, el lema sonó como el estallido de una bomba. Pero diez años más tarde Ghana se convertía en el primer país independiente del África subsahariana; y Acra, el primer centro, aún provisional e informal, de todos los movimientos, ideas y acción para todo el continente.

    Reinaba allí una auténtica fiebre libertadora y se podían encontrar gentes de toda África. También acudían en masa periodistas de todo el mundo. Los atraían la curiosidad, la inseguridad y hasta el temor de las capitales europeas, el miedo a que África fuese a estallar y corriera la sangre de los blancos. El miedo incluso de que se creasen ejércitos, que, armados por los soviéticos, intentarán, siguiendo un impulso de odio y venganza, lanzarse sobre Europa."

Ébano
Ryszard Kapuściński
Anagrama, 2009
pàg.: 32-36

03/10/2023

banús i 3

 



Kapuscinski afirma que su libro 
de reportajes sobre África es un diario íntimo

Ébano' evita las rutas oficiales y describe la vida cotidiana

per Amelia Castilla
El País
28/12/2000



    "En 1957, la agencia polaca para la que trabajaba le envió a Ghana para que escribiera un reportaje sobre cómo era la vida de un país que acababa de ganar la independencia. Los cuarenta años siguientes, el periodista Ryszard Kapuscinski (Pinsk, 1937) no ha dejado de viajar por África, evitando las rutas oficiales, los palacios y la gran política. Ébano (Anagrama), su nuevo libro, describe en el espacio y en el tiempo "algo de la mentalidad, la sensibilidad y la vida cotidiana" de los habitantes de ese "inmenso y diverso" continente.

    Kapuscinski, que se encuentra en Madrid en visita privada, acaba de ser elegido por su nuevo libro mejor escritor del año por la revista literaria francesa Lire, y en Italia ha recibido el Premio Viareggio, pero tanto agasajo -en los últimos meses ha realizado dos grandes viajes por América Latina y otros 34 viajes por Europa- le quita "tiempo para escribir". Se le considera un escritor de culto por sus reportajes literarios, en los que mezcla periodismo, historia y filosofía, pero él asegura que su éxito se debe a que escribe lo que lleva en "el corazón, en la sangre y en la memoria". Ébano -"un libro autobiográfico, un diario íntimo"-, del que en España se han vendido más de ocho mil ejemplares, es la primera parte de una trilogía que se completará con un libro dedicado a América Latina y otro a Asia. Ébano comienza en Ghana en 1958 y termina a finales de los noventa en la provincia etíope de Wollega bajo la sombra de un mango. Empezó a escribirlo hace dos años y ha utilizado, por encima de sus notas periodísticas, su memoria.

    Como periodista, profesión que ejerce desde que tenía 18 años, Kapuscinski nunca ha realizado una entrevista, y cuando trabajaba para la agencia polaca, a la que dejó de enviar crónicas en 1981 para dedicarse a escribir libros, era de "esos reporteros que acuden a las ruedas de prensa y se limitan a tomar notas silenciosamente; prefería que fueran otros los que hicieran las preguntas". Pese al paso de los años y el éxito de libros sobre el Sha o El Imperio, Kapuscinski sigue igual de humilde que cuando se sentaba en los últimos bancos de las conferencias de prensa. Su opinión es que el reportaje debe "tener un espíritu humano" y que los reporteros deben ser traductores "de las culturas y los comportamientos de las personas y no sólo de su lenguaje".Nunca le ha tentado pasarse a la literatura. "La realidad es mucho más dura y difícil que la ficción y, además, llena todas mis aspiraciones literarias", cuenta Kapuscinski, que muchas veces ha tenido que reprimirse a la hora de escribir porque los hechos que pensaba narrar eran demasiado sangrientos. "Si buscas la realidad, no necesitas inventar novelas".

    Sus reportajes, que él define como "fragmentos poéticos" o "literatura de collage", destacan porque "los lectores de hoy en día están demasiado ocupados y se lleva la prosa lapidaria". Lo del collage, según Kapuscinski, tiene que ver con la realidad a la que hay que describir mostrando todas sus facetas. Se puede comparar, según este periodista, a lo que fue el cubismo en la pintura: cuando trataba de describir una cara la mostraba con todas sus reflexiones.

    Kapuscinski describe así en Ébano cómo le sorprendió el olor del trópico ya en la escalerilla del avión que le condujo a Ghana: "Es el olor del cuerpo acalorado y del pescado secándose, de la carne pudriéndose, de las flores frescas y algas fermentadas; en una palabra, de todo aquello que, a un tiempo, resulta agradable y desagradable, que atrae y echa para atrás".

    Kapuscinski sigue viviendo en Varsovia y es en la capital polaca donde redacta sus reportajes lapidarios. Los escribe a mano desde el principio hasta el final y luego alguien se los pasa al ordenador. La escritura a mano le proporciona el ritmo que necesita, frente al ordenador, que le parece excesivamente rápido y agresivo. "El viaje es la fuente, pero necesito mucho tiempo después para concentrarme".

    El periodista ha viajado recientemente a Cartagena de Indias, donde ha impartido unas clases en la escuela de periodismo que dirige García Márquez. "Creo que el reportaje literario es el género del futuro, aunque en el periodismo hay lugar para todos los géneros y ahí reside su fuerza", concluye convencido."

02/10/2023

banús, 2

 

Crítica de “Ébano”

en Historiae

    "Ébano es una novela no de ficción histórica, pero sí que cuenta Historia con mayúsculas. Está basada en las experiencias reales vividas por el autor de la misma, Ryszard Kapuscinski, en sus múltiples viajes al continente africano durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX. A través de los 29 capítulos de los que se compone el libro Kapuscinski no busca hacer una Historia de algún país concreto o del continente africano en general durante la segunda mitad del siglo XX, sino que cuenta las experiencias vividas en los múltiples países que visitó con todas las personas que conoció. Por este motivo, cada capítulo es un microrrelato casi totalmente independiente de los demás, teniendo como única conexión el que todos se sitúan en los países africanos en vías de desarrollo y que están situados en orden cronológico, comenzando con el relato de la independencia de Ghana en 1958 y terminando con Uganda en los años 90.

    La metodología que el autor sigue para todos estos capítulos es siempre la misma, consistente en explicar con un enfoque descriptivo lo que va observando y experimentando durante sus viajes: los sitios que visita y en los que vive temporalmente, la gente a la que conoce y el mundo de sus creencias, esperanzas y desilusiones, el ambiente general que se encuentra por las calles, o determinados sucesos o acontecimientos que ocurren de forma inesperada. Por estos motivos, he pensado que la mejor forma de daros a conocer esta obra maestra es presentaros brevemente estos microrrelatos.

    Los tres primeros capítulos de la obra están dedicados a Ghana, el país africano pionero en los procesos de independencia de la segunda mitad del siglo XX (1957). De Ghana pasamos a Tanganica en el cuarto y séptimo capítulo, en el que Kapuscinski se centra mayormente en dos aspectos: por una parte, en el proceso de africanización del gobierno del país, presentando además las grandes diferencias que distancian a los individuos de las sociedades europeas y las africanas; por otra parte, en la descripción del panorama que se encuentra en su recorrido por Dar es Salaam, la ciudad más poblada de este país, la cual al unirse a Zanzíbar formaron el actual Estado de Tanzania en 1964, dos años después de lo que se cuenta aquí. Los capítulos 8-10, así como el 26 y 27, están dedicados a explicar detalladamente cómo fue el proceso de los Golpes de Estado que se dieron en Zanzíbar (antes independiente, ahora forma parte de Tanzania) y en Lagos (Nigeria) en 1963 y 1966, respectivamente, presentando además las particularidades de cada uno.

    En los dos capítulos siguientes se habla de viajes a Mauritania, en primer lugar, y a Etiopía, en segundo lugar, siendo durante el primero cuando vuelve a estar el autor en un peligro real de muerte al quedarse sin agua en medio del desierto del Sáhara. En cambio, el segundo describe el viaje que hace el autor por este país, recorriendo algunas de sus ciudades más conocidas y pobladas, como Lalibela, Addis Abeba, Debre Sina o Dessie, destacando siempre que este contexto cronológico (mediados de los años 70) es el de mayor inestabilidad política en el mundo africano. Aquí no acaba la presencia de Etiopía en la obra, ya que el capítulo 18º y 21º también se desarrollan en este contexto espacial.

    Volviendo al orden natural, el capítulo 13º constituye una excepción al resto, ya que trata monográficamente de una figura política fundamental y conocida mundialmente: Idi Amín Dada, el dictador que durante ocho años (1971-1979) instaló en Uganda una dictadura del terror basada en el apoyo del ejército y una desconfianza llevada al extremo. Y es precisamente Uganda la que protagoniza los capítulos correspondientes al 14, 15 y 17º lugar. En el primero de éstos se habla del viaje que está llevando a cabo el autor como pasajero dentro de la caravana política del presidente del país, Joveri Museveni, en 1988, mientras que los otros dos son ejemplos de lo diferente (pero no por ello inferior) que es la vida y el mundo de las mentalidades en África. El capítulo que está en medio de estos dos es el referido monográficamente a Ruanda, partiendo de la importante conferencia mundial sobre este país y hablando también de los genocidios de los años 90.

    Los capítulos 19 y 20 se distancian considerablemente a nivel geográfico, ya que el primero viene a contextualizarse en Somalia y el segundo en Senegal, pero tienen en común que ambos tratan en todo o parte del mismo la enorme y vital relevancia que juega el agua en la supervivencia y desarrollo de las comunidades humanas. Aquí mismo comienza el capítulo 24, que sirve para hacer una descripción del viaje en ferrocarril que hace el autor desde Dakar (Senegal) a Bamako (Mali). Asimismo, es precisamente en esta zona geográfica en la que se inicia el 25º capítulo, donde Kapuscinski se dirige hasta Bamako para informar sobre altercados relacionado con los Tuaregs, producidos en las épocas de sequía, y hasta otras ciudades, como Tombuctú o Mopti.

    En un último grupo habría que englobar los capítulos 22, 23, 28 y 29. El primero de éstos es uno de los más extensos de toda la obra, ya que explica la Historia de los continuos conflictos políticos que se dieron entre los sucesivos mandatarios de Liberia. Camerún es el país que protagoniza el capítulo siguiente, en el que se describe el largo viaje que el autor, junto al misionero Stanislaw Gurgul, emprenden por algunos de los más importantes bosques del país, y por el panorama desolador que se ve a su paso. Antes de la despedida que supone el último capítulo, en el que se habla de la importancia que tiene para muchos aspectos de la vida cotidiana algo que podría parecer aquí poco utilizable como un árbol y la sombra que da, Kapuscinski visita Eritrea y describe algunas de sus ciudades más importantes, como Asmara y Massawa, explicando las particularidades del país más joven del continente africano, como su guerra de la independencia, sus creencias religiosas, sus singularidades climáticas…

    En conclusión quisiera destacar que esta obra de Ryszard Kapuscinski se encuentra actualmente en plena vigencia, y no solo por la relativamente reciente fecha de su publicación, sino porque después de éste no se ha llevado a cabo ningún tipo de obra que se le pueda comparar. Por estos motivos, creo que Kapuscinski es uno de los autores imprescindibles si queremos llevar a cabo cualquier tipo de estudio sobre la vida real (y no vista desde una perspectiva etnocéntrica) en los países que conforman el continente africano, cuna de la Humanidad en el pasado y el más pobre y subdesarrollo de los continentes en la actualidad. Asimismo, Ébano es una obra clave que nos ayuda a comprender las claves que han llevado a esta situación, entendiendo el porqué de su pobreza y su subdesarrollo más allá de la visión europeísta."

01/10/2023

banús, 1

 

bosc de banussos

Ébano: 
el reporterismo de hoy, 
tocado y semihundido en un 
océano de diversidad cultural

    
Hubo una vez, hace mucho tiempo, en el que el reporterismo de viajes era concebido como una oportunidad para contar la épica cotidiana de los pueblos del mundo en vez de hacer crítica etnocentrista de otras civilizaciones.

por Alba Díaz
en Libreando Club
24/02/2021



    Ryszard Kapuscinski, el gran representante de este género periodístico, dictaminó que el sentido de la vida no es más que el de cruzar fronteras. Ese verbo contagioso que todo el mundo llama viajar y que nos convierte en viajeros Kapuściński lo entendía como «una enfermedad incurable». Fueron palabras adecuadas puestas en boca de alguien que cubrió 27 revoluciones y se convirtió en el único corresponsal polaco encargado de cubrir toda África entre los años sesenta y setenta.

    Durante toda una década, el periodista descubrió en el continente africano la hambruna en países como Etiopía, el genocidio de Ruanda, los golpes de estado en Lagos, la guerra civil en Liberia y la corrupción del gobierno de Ghana, entre otros muchos sucesos. Todos los procesos de colonización e independencia los plasmó en Ébano, un recopilatorio de crónicas que sumerge al lector, página tras página, en la inmensa pluralidad de la población africana y sus tradiciones.

    Hoy en día, este trabajo periodístico se ha constituido como un clásico obligatorio para todo aquel que quiera conocer más sobre África. No sólo por el reflejo de una sociedad difamada, sino por la intención de su autor para acentuar el interés del lector occidental en descubrir el mundo africano desde sus profundidades. Fue el propio Kapuściński el que se sumergió en este continente para adentrar al lector en la compleja realidad de África sin caer en los estereotipos.

    El mismo escritor refleja en el prólogo de su obra magna su voluntad de rehuir de los privilegios del reporterismo de agencias para subirse «a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical». Fue tal su integración en el hábitat africano que estuvo a punto de abandonar el que era el sueño de su vida, viajar a África, tras enfermar de malaria cerebral y tuberculosis.

    Visto en perspectiva, Ébano no deja de ser también la historia de un hombre que, alejándose de las comodidades, se lo jugó todo por África con el único fin de explicar un viaje hacia el corazón histórico de una civilización. Según comentó el periodista en una entrevista para Newsweek, el motivo que le llevó a viajar y escribir sobre África fue su fascinación «por el modo en que se hace historia». Porque, ¿qué otra cosa es sino viajar que entender la historia de aquello que desconocemos? Kapuściński, en su viaje hacia el abismo del continente, se encontró un océano, lo que él dictaminó como «todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria», que, si no fuera por el nombre geográfico, sería demasiado grande para ser descrito.

    Por consiguiente, dentro del relato el autor critica la falta de preparación de la cultura europea para realizar viajes hacia el interior de otros mundos y otras culturas. Por ese motivo, Ébano es y será en última instancia el reflejo de la repercusión herodiana en una obra que pretende aceptar la diversidad cultural y consigue comprender y relatar la historia de un continente más allá de su capa externa."