11/05/2024

cinco horas con mario, fragment i 3

 

    "Carmen está doblada por la cintura, como entregada, como si los pechos que empujan tercamente el entramado de lana negra, y que siempre ha soportado gallardamente la pesasen ahorademasiado. Se ahueca las axilas con disimulo. Dice:

    –Parece mentira que para los demás sea hoy un día corriente; un día como otro cualquiera, fíjate. Yo no puedo hacerme a la idea, Mario; me es imposible.

    Mario vacila. Teme romper de nuevo su equilibrio. Finalmente dice:

    –A todo el mundo le pasa. Todo el mundo pasa por este trance alguna vez, mamá… No sé cómo decirte.

    La escasa luz que entra por la ventana llena de sombras el rostro de Carmen. Cuando habla, se le abre, casi en el centro, un hueco aún más oscuro:

    –Las cosas no son como antes.

    Mario se agarra las rodillas con sus manos morenas, jóvenes y vitales:

    –El mundo cambia, mamá, es natural.

    –A peor, hijo, siempre a peor.

    –¿Por qué a peor? Sencillamente nos hemos dado cuenta de que lo que uno viene pensando desde hace siglos, las ideas heredadas, no son necesariamente las mejores. Es más, a veces no son ni tan siquiera buenas, mamá.

    Ella le observa frunciendo el ceño:

    –No sé qué quieres decir.

    Hablan a media voz. Del tono de Mario transciende un anhelo de aproximación:

    –Hay que escuchar a los demás, mamá, eso quiero decir. ¿No te parece significativo, por ejemplo, que el concepto de lo justo coincidiera siempre sospechosamente con nuestros intereses?

    La mirada de Carmen es, por momentos, más roma y desconcertada. Por contra, a medida que habla se ensancha la ingenua petulancia de Mario:

    –Sencillamente tratamos de abrir las ventanas. En este desdichado país nuestro no se abrían las ventanas desde el día primero de su historia, convéncete.

    A Mario le ha subido el color. Está un poco azorado. Para disimularlo, se levanta y vuelve con la cafetera. Gira el botón para apagar el hornillo que en unos segundos se torna color ceniza. Coge dos tazas y el azucarero del vasar. Sirve a su madre, que está inmóvil, los ojos entrecerrados, como si contemplase algo muy distante.

    –No os entiendo -murmura, al fin-. Todos habláis en clave como si pretendierais volverme loca. Leéis demasiados libros.

    Mario le aproxima la taza:

    –Tómatelo -dice autoritariamente-. Tómatelo antes de que se quede frío.

    Carmen mueve lentamente el azúcar con la cucharilla y bebe. Al principio sin querer beber, cerrando los labios, como con temor de quemarse, pero cuando comprueba la temperatura, bebe ya francamente. Al concluir, se queda mirando para su hijo, tratando de explicárselo, no ya intelectualmente, sino como simple fenómeno biológico, como una consecuencia de ella:

    –No es posible -dice, al cabo-. No es posible que tú seas aquel pequeñín, que cuando empezó a ir al colegio y yo le decía al verle las notas: "¡Este niño es un sabio!", él me decía, "Mamá, yo no soy un sabio; soy un filósofo".

    Mario, para vencer su azoramiento, bebe, pero inclina demasiado repentinamente la taza y el café se le derrama por los bordes de la boca. Deja la taza sobre él mármol blanco de la mesa y se limpia precipitadamente con el envés de la mano:

    –Déjalo ya -murmura-. Parece como que te complacieras avergonzándonos con nuestras ridículas salidas de niños-prodigio.

    Carmen abre los ojos sorprendida; sinceramente sorprendida:

    –Otra cosa que no comprendo, palabra -dice- es que reneguéis    de los años en que erais más buenos. Tu mismo padre…

    Mario se lleva las manos a la cabeza:

    –¡Oh! – dice enfáticamente-. ¡Más buenos! ¡Por Dios, mamá! Ya salió nuestro feroz maniqueísmo: buenos y malos -el aroma del café y la atención del auditorio le traslada al Bar Floro, en cuyas mesas platican a diario los del curso y redactan el Boletín "Agora". Se va creciendo. Se inflama. Prende un cigarrillo- ¡los buenos a la derecha y los malos a la izquierda! Eso os enseñaron, ¿verdad que sí? Pero vosotros preferís aceptarlo sin más, antes que tomaros la molestia de miraros por dentro. Todos somos buenos y malos, mamá. Las dos cosas a un tiempo. Lo que hay que desterrar es la hipocresía ¿comprendes? Es preferible reconocerlo así que pasarnos la vida inventándonos argumentos. En este país, desde los Comuneros venimos esforzándonos en taparnos los oídos y al que grita demasiado para vencer nuestra sordera y despertarnos, le eliminamos y ¡santas pascuas! "¡La voz del mal!", nos decimos para sosegarnos. Y, por supuesto, nos quedamos tan a gusto.

    Carmen le mira asustada. Sus ojos son planos. Toda su cara es plana ahora. Le explora. Mario comprende que es inútil, que es como pretender que la pared de un frontón succione la pelota y ésta quede adherida a su lisa superficie. El rostro de Carmen es plano como un frontón. Y como un frontón devuelve la pelota en rebotes cada vez más fuertes. Se abre una pausa. Pese a todo, Carmen no se enfurece. Se siente inclinada a la benevolencia. La Doro empieza a rebullir en el cuarto de al lado. El patio de luces se ha llenado de ruidos: rumores de conversaciones somnolientas, arrastrar de latas de basura, entrechocar de loza. Dice Carmen, después de mover obstinadamente la cabeza como tratando de espantar una idea:

    –Y tú, hijo ¿has dormido?

    Mario apura su café. Cada vez que da una chupada al cigarrillo pone tal avidez que se diría que quiere absorberlo entero:

    –No -dice-. Me ha sido imposible. Una cosa rara. Cada vez que lo intentaba parecía que se me hundía el jergón ¿comprendes? Un vértigo. Aquí -se señala con la mano derecha la parte alta del estómago-, es algo así como cuando vas a examinarte y estás esperando que te llamen.

    El rostro de Carmen se pone tenso. La flacidez de sus bolsas - papos y ojeras- desaparece:

    –¡¡No!! – chilla.

    Pero la Doro sale en ese momento de su dormitorio. "Buenos días", dice apagadamente. Al fondo del pasillo suena un portazo.Luego, otro. De inmediato se oye el timbre. Es Valentina. Sus facciones relajadas y ante todo el descaro de su mechón albino, le hacen daño a Carmen. Valentina se acerca y ambas cruzan sus cabezas, primero del lado izquierdo, luego del derecho, y besan formulariamente al aire, al vacío, de forma que una y otra sienten los apagados estallidos de los besos pero no su calor:

    –Estarás muerta, Menchu, ¿no es verdad?, ¿No es cierto que ahora lo notas? ¿No has dormido nada, nada?

    Carmen no responde. Valentina le apremia. Falta un cuarto de hora para las ocho. Mientras se arregla, llegan Bene y Esther. Parece un té de los jueves. Entre todas la arrastran a la misa de alma. Cuando regresan, la casa es un jubileo. La mente de Carmen conecta con otra etapa anterior que ahora se le antoja remotísima. "No sabes qué impresión me ha hecho." "Tan joven, mujer." "Me he enterado por el periódico; de pura casualidad." Los cantos de su mano derecha se resienten a los primeros apretones. Se inclina, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho. Siente los labios como dormidos, emperezados para besar. Así y todo, besa y besa sin tregua. Esther la lee la necrología de "El Correo". "Descanse en paz el hombre bueno que antepuso…" "Bueno ¿para quién?" "En una época materializada como la nuestra, Mario Diez Collado, dio con sus escritos y con su ejemplo…" "Le retrata, ¿eh?" "Muy sentida." "Lo dicho. Yo espero abajo." "Salud para encomendar su alma." "Tú no tienes la culpa, Carmen. He venido por ti." "Gracias, Josechu, no sabes cuantísimo te lo agradezco." Los bultos tienen hoy los ojos mates y hundidos, como atornillados, pero responden a unos mismos estímulos y son locuaces o lacónicos a rachas. "¿La importa que pase un momento?" "Después debes acostarte, Menchu. Del cuerpo no se debe abusar." "Al contrario." "No está descompuesto; no ha perdido siquiera el color." "Yo espero abajo." Silencio. Mario con su suéter de mezclilla, Menchu y Álvaro, merodean como perdidos entre los grupos. Van y vienen sin encontrar un sitio. "El corazón es muy traicionero, ya se sabe." Suspiros. "A Charo que no la esperes. Se ha quedado con Encarna." "No irás al cementerio ¿verdad? No te lo aconsejo, mona, hazme caso, fíjate que a mí…" "¿Sabes si han dormido bien los niños?" Cada vez suben más bultos y el desagüe parece atascado. "Bertrán, ¿le importa esperar en la calle? Aquí no podemos ni rebullirnos." "De un tirón, hija, felices ellos." "Por favor, Doro, diga a la portera y a toda esa gente que pasen a la cocina." Carmen se inclina, primero del lado izquierdo; luego del derecho y besa al aire, a la nada, tal vez a algún cabello suelto. "Me imagino cómo estarás ¡pobre! Todavía no puedo creerlo." "Salud para encomendar su alma." "Pero si yo misma… Anoche… anteanoche cenó como si tal cosa y leyó hasta las tantas. ¿Cómo iba a imaginar una cosa así?" Los bultos ya no caben, ni aun apretándose, en el despacho y el comedor. Van aglomerándose en el pequeño vestíbulo. "No somos nadie." "A mí estas muertes repentinas me descomponen."' "¿Quiere correrse un poquito?"

    Cuando llegan los muchachos de Carón, acrece el dinamismo. Carmen, Mario, Valentina y Esther, van y vienen, abren y cierran, pero algún bulto rezagado, aún retiene a Carmen inoportunamente; "Me he enterado por el periódico; de pura casualidad." "Gracias, Higinio. No sabes cuantísimo te lo agradezco." Higinio Oyarzun se queda en el vestíbulo, junto a Arronde, el boticario. No trae gabán aunque es temprano y todavía hace fresco. Del despacho, cuya puerta está abierta, llegan suspiros y sollozos. "No le había más bueno." "Quién lo iba a decir." "No somos nadie." Higinio Oyarzun observa a Moyano dentro de su barba rabínica. También Arronde le mira de refilón y, luego, se agacha y le dice a Oyarzun tenuemente: "Un revolucionario." "Ja", Oyarzun se ríe o hace que se ríe. Después susurra: "Esas revoluciones me las conozco. Ese quiere quitarme a mí para ponerse él. Revoluciones positivas para uno pero de eficacia general muy limitada. Somos todos unos sinvergüenzas." "El corazón es muy traicionero." "Ni tiempo de confesarse tuvo." "¡Pobrecito!" Moyano ladea un poco la cabeza. Tiene los ojos húmedos y la nuez, sobre el suéter oscuro, sin camisa, le sube y le baja cada vez más deprisa. "Ha muerto un hombre íntegro", le dice a Aróstegui, pero apenas ha terminado de decirlo cuando Oyarzun, aunque no va con él, le replica ásperamente desde atrás, empinando su corta estatura sobre el hombro de Arronde: "¿Integro? ¡Ja! Ese señor no era íntegro por serlo sino para gozarse echándonos en cara a los demás que no lo éramos. Era un Tartufo." Moyano se vuelve fuera de sí: "Nazi asqueroso", dice. Y Oyarzun aparta a Arronde que intenta sujetarlo y vocea ya sin circunloquios: "¡Suelta! ¡A ese tipo le rompo yo la cara! ¡A ese…!"

    La cabeza de Vicente asoma por la puerta del despacho:

    –¡Chist! – sisea-. Por favor, que sacan el cadáver.

    Se hace el silencio. Los muchachos de Carón con el féretro en hombros se abren calle entre los asistentes y detrás, enmarcada por el dintel, se ve un momento a Carmen. No llora. Se estira el suéter de los sobacos y mansamente deja que Valentina la pase un brazo por los hombros y la atraiga hacia sí."


Cinco horas con Mario
Miguel Delibes
Destino, 198025
páginas 287-296


cuines literàries


 
LECHAZO ASADO

    El lechazo de Valladolid tiene un sabor único que es el resultado de una combinación de ingredientes y recetas tradicionales que han pasado de generación en generación desde la Edad Media.

    El lechazo es un cordero lechal, es decir, un cordero que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna y que se sacrifica cuando aún es muy joven, lo que le otorga una carne tierna y de sabor suave.

    La forma de preparar el lechazo de Valladolid es todo un arte, ya que se cocina al horno de leña a baja temperatura durante varias horas, lo que permite que la carne se cocine lentamente y adquiera un sabor y una textura inigualables. El resultado es una carne jugosa, tierna y con un sabor único que se deshace en la boca. El lechazo de Valladolid se suele acompañar de guarniciones como patatas asadas, ensalada o pimientos del Padrón, que complementan a la perfección el sabor de la carne.

RECETA:

Ingredientes:

1 lechazo de aproximadamente 4 kilos
4 dientes de ajo
1 ramita de romero
Sal y pimienta al gusto
150 ml de aceite de oliva
1 vaso de vino blanco

Preparación previa del lechazo

    Antes de comenzar la preparación del lechazo, es importante limpiarlo y prepararlo adecuadamente. Lo primero que debes hacer es retirar cualquier exceso de grasa y las vísceras del interior. Luego, lava bien el lechazo con agua fría y sécalo con papel absorbente. Una vez limpio, puedes proceder a adobarlo.

Elaboración del adobo para el lechazo

    El adobo es una parte fundamental de la receta del lechazo de Valladolid, ya que le aporta sabor y jugosidad. Para prepararlo, machaca los ajos junto con el romero en un mortero, hasta obtener una pasta. Añade sal y pimienta al gusto y mezcla bien. A continuación, añade el aceite de oliva y el vino blanco, y mezcla nuevamente hasta obtener una marinada homogénea.

Marinado del lechazo en el adobo

    Una vez que hayas preparado el adobo, coloca el lechazo en una bandeja grande y vierte la marinada sobre él. Asegúrate de que el lechazo quede bien impregnado por todos lados. Cubre la bandeja con papel film y deja marinar en el refrigerador durante al menos ocho horas, aunque lo ideal es dejarlo marinar toda la noche.

Cocción del lechazo en el horno

    Una vez que el lechazo haya marinado el tiempo suficiente, es hora de cocinarlo. Precalienta el horno a 180 grados. A continuación, introduce la bandeja en el horno y cocina el lechazo durante aproximadamente dos o tres horas (dependiendo del horno), o hasta que esté tierno y dorado por fuera.

Presentación y acompañamiento del lechazo

    Una vez que el lechazo esté listo, retíralo del horno y déjalo reposar durante unos minutos antes de cortarlo. Sirve el lechazo en una fuente grande y acompáñalo con patatas asadas y una buena ensalada.

Consejos y recomendaciones para preparar el lechazo

Elige un lechazo de calidad.
Respeta el tiempo de marinado, para que el lechazo adquiera todo el sabor del adobo.
Controla la temperatura del horno para que el lechazo se cocine de manera uniforme.
No olvides dejar reposar el lechazo antes de cortarlo, para que los jugos se redistribuyan y la carne quede aún más tierna.
También puedes probar diferentes variantes y opciones al adobo, por ejemplo, puedes añadir hierbas aromáticas como el tomillo o el laurel, o incluso utilizar vino tinto en lugar de vino blanco.

10/05/2024

cinco horas con mario, fragment 2

 

    "Pero ¿que sabes tú de caridad? Prefiero no acordarme de tu conferencia, Mario, y todavía, venga, "eso son ataletas lógicas, no  te preocupes; ya se la pasará", ¿habrase visto egoísmo? ¡Cínico, más que cínico!, perdona, Mario, cariño, que no sé lo que me digo, que me pongo como loca cada vez que pienso en el traje que tenía pensado, con el talle un poco alto, de corte princesa, que hubiese dado el golpe, seguro, fíjate, que los hombres no tenéis ni idea de lo que eso significa para una mujer. Pero es igual, tú tieso en tus trece, que a buena hora si me lo dices al hacernos novios, da gracias a que después de la pedida yo no podía dar la campanada, que si no… En definitiva, la tonta fui yo, ya ves Transi, te caló de entrada, que ella sería un poco así, eso no admite duda, que hasta se dejó pintar por Evaristo medio en cueros, que lo que yo la dije, "no debiste hacerlo", pero como si cantara, que luego hasta se casó con él y pasó lo que tenía que pasar, bueno, pues ella, desde que te puso la vista encima, te caló, que no es que lo diga por decir. Y a Paquito, en otro estilo, ídem de lienzo, que Transi otra cosa no, pero ojo para los chicos un rato largo, que le ves ahora a Paco y un hombre de mundo, y no es decir el coche, es todo él, su persona, no sé cómo explicarte. Los hombres es una suerte como yo digo, si no estáis bien a los veinte no tenéis más que esperar otros veinte, menuda, quién pudiera. Pero a mí me la diste con queso, Mario, que quién lo iba a decir, sentado con un periódico al solazo de agosto, las horas muertas, frente al mirador, mirando, y no es decir un día ni dos, que yo pensaba, "este chico me necesita; se mataría si no", que siempre fui una romántica y una tonta, nada de maliciada, bien lo sabes tú. ¡Pero mira para lo que me ha servido! Y no es que me queje de vicio, Mario, que tú lo puedes ver, veinticuatro años de matrimonio, que se dice pronto, y ni una triste cubertería, que cada vez que invito, que ya se aburre una, una cena fría, a base de canapés, qué remedio, siempre lo mismo para no variar, el caso es no utilizar más que cuchillos y tenedorcitos de postre, que muchísimas veces me pregunto, Mario, si mereceré yo este castigo. ¡Si una naciera dos veces! Desde aquí te digo que tendría más vista, que las tontas somos nosotras por vivir pendientes de los maridos y de los hijos, que a Valen la sobra razón, que se adelanta más no mostrando excesivo interés, lógico, que, si no, cogéis y ¡hala!, a exigir, tráeme esto y lo otro y lo de más allá, que os lo creéis todo debido los hombres, todos cortados por el mismo patrón, Mario, por más que lo tuyo pase ya de castaño oscuro, que con los extraños venga zalemas y atenciones y en casa, punto en boca, que eso es lo que peor llevo, fíjate. Es como lo de Madrid. Mira que a mí me gusta Madrid, Mario, que es locura por Madrid, que me chifla, todo lo que te diga es poco, bueno, pues prefiero no ir, que a eso hemos llegado, porque para pasar malos ratos mejor me quedo en casa, que para pieles y cuatro caprichos no habrá dinero, pero para porquerías de ésas de hacer pompas, o para retratarnos del brazo por la Gran Vía, que menudas vergüenzas me has hecho pasar, rico, o para Carlitos y bobadas de ésas todo era poco. "Todo el mundo tiene que vivir!", ¡qué bonito!, eso, todo el mundo tiene que vivir menos una, una es aparte, una se encapricha por un Seiscientos y como si cantara, como si pidiera la luna, que ya lo sé, Mario, que a poco de casarnos eso era un lujo, ya lo sé, pero hoy es un artículo de primerísima necesidad, te lo digo y te lo repito, que hoy un Seiscientos, hasta las porteras, y no me desdigo, pero si los llaman ombligos, hombre de Dios, porque todo el mundo los tiene, con eso está dicho todo."


Cinco horas con Mario
Miguel Delibes
Destino, 198025
páginas 189-191


09/05/2024

calendari lectures 2024-2025


 

20à. temporada

2024-2025

datatítolautor/a
07/09/2024 El acontecimiento Annie Ernaux
28/09/2024CatedralsClaudia Piñeiro
02/11/2024La veritat sobre la llumAudur Ava Olafsdóttir
14/12/2024Per què ser feliç quan podries ser normal?Jeanette Winterson
11/01/2025Nobles y rebeldesJessica Mitford
01/02/2025Voz de viejaElisa Victoria
01/03/2025Mala letraSara Mesa
05/04/2025Emocionarte. La doble vida de los cuadrosCarlos del Amor
10/05/2025La trenaLaetitia Colombani
07/06/2025Huesos en el jardínHanning Mankell
1er reservaEl noi de la casa de la muntanyaJohn Boyne
2o reservaUn amorSara Mesa
3er reservaSetanta-tres dies amb el pareIsidre Grau

cinco horas con mario, fragment 1

 



    "De acuerdo, el señorío no se improvisa, se nace o no se nace, es una de esas cosas que da la cuna, aunque bien mirado, la educación, el trato, también puede hacer milagros, que ahí tienes, sin ir más lejos, el caso de Paquito Álvarez, un artesano cabal, no vamos a decir ahora, que de chico trabucaba las palabras que era una juerga, bueno, pues le ves hoy y otro hombre, qué aplomo, qué modales, yo no sé qué maña se ha dado, pero los hombres es una suerte, como yo digo, si a los veinte años no estáis bien, no tenéis más que esperar otros veinte. Y, luego, esos ojos. Hay que reconocer que Paco siempre los tuvo ideales, de un azul verdoso, entre de gato y agua de piscina, pero ahora como ha encorpado y tiene más representación, mira de otra manera, como con más intención, no sé si me explico, y, además, como no se apura al hablar, que habla sólo lo justo y a medio tono, con ese olor a tabaco rubio, que es un olor que a mí me chifla, resulta, es uno de esos hombres que te azaran, fíjate, quién se lo iba a decir a él. Yo daría lo que fuese porque tú fumases de rubio, Mario, que te parecerá una tontería, o por lo menos emboquillado, hace otra cosa, y no ese tabaco tuyo, hijo, que ya no se ve por el mundo, nunca he podido con él, que cada vez que en una reunión te pones a liar uno, me enfermo, como lo oyes, que luego ese olor, a pajas o qué sé yo, a saber qué gusto puedes sacarle a esa bazofia, que si siquiera fuese elegante o así, vaya, pero liar un cigarro, lo que se dice liarlo, ya no se ve más que a los patanes, ni los hijos de las porteras, si me apuras, que te quemas la ropa y te pones hecho un asco, como yo digo. Claro que dirás tú que a ti la ropa qué, que ésa es otra, que nunca te dio por ahí, que me has hecho pasar unos apuros que ni te imaginas, hijo, siempre hecho un adán, que yo no sé qué arte te das que a los dos días de estrenar un traje ya está para la basura, que ni sé cómo me enamoré de ti, francamente, que el traje marrón aquel, el de las rayitas, me horrorizaba, que yo me hacía ilusiones de cambiarte, pero ya, ya, genio y figura, a esa edad ya se sabe, romanticismos, pero ni tanto ni tan calvo, Mario, calamidad, que bien poca suerte he tenido contigo en este aspecto, que me has hecho sufrir más que otro poco. Y que no es tener más o menos, que va, que yo recuerdo a Evaristo, el Viejo, quita y pon, nada más, pero eso sí, planchado y requeteplanchado, como un pincel, había que verle, y no creas que se avergonzaba de decirlo, "me subo a una silla para ponerme o quitarme los pantalones; es la única manera", que era cuidadoso y nada más, que luego, a la noche, bien dobladitos, bajo el colchón, y una raya, Mario, que no es hablar por hablar, que no te la saca una plancha, ¡de qué! Claro que para ti tiene más valor lo que te diga don Nicolás, o el puerco ese de las barbas, que lo que te diga tu mujercita, ya lo sé, que yo no pinto nada, pero él tampoco es quien para decirme si a los sinvergüenzas se les conoce o no por la raya de los pantalones, que tú, en lugar de reírte, le debiste parar los pies, Mario, que yo no sé dónde vamos a llegar, como el otro, con que si la libertad es como una puta en manos del dinero, ya ves qué bonito, a voces, delante de mí, que no es decir que no me viese, que había saludado y todo, valiente zascandil, que es lo que yo digo, Mario, que no son formas, que si habláis en casa de esas mujeres, que no es que yo diga que esté bien, al menos deberíais andar con más cuidado, que el niño ese si quiere ser rebelde que se vaya a su casita, que lo menos que puede hacer en la ajena es guardar consideraciones a una señora. ¡Buena cosecha ha sembrado el don Nicolás ese de mis pecados! Te digo mi verdad, Mario, y no lo comentes, pero yo prefiero a Gabriel y Evaristo con todo lo sinvergüenzas que han sido toda su vida, qué a esta camarilla de intelectuales o como quieras llamarles. Al fin y al cabo, Gabriel y Evaristo iban a lo suyo, y es muy humano, Dios puso en el hombre y en la mujer ese instinto y uno se explica muchas debilidades, que no es que vaya a decirte que esté bien, entiéndeme, que ya sé que al instinto hay que encauzarle y todas esas cosas, pero disculpo mejor esas extralimitaciones que las vuestras, así. Porque, en definitiva, la mujer que caiga con Gabriel y Evaristo es porque es tan sinvergüenza como ellos, que a mí bien que me llevaron a su estudio, todo lleno de cuadros con mujeres desnudas, y ya me ves, Mario, ni se me pasó por la imaginación, ya lo sabes, pues porque no, porque soy como hay que ser, ésa es la razón, que lo puedo decir muy alto, que si virgen fui al altar, fiel he seguido dentro del matrimonio, por más que tú, cariño, bien poco hayas puesto de tu parte, que a indiferente y a frío no hay quien te gane, lo mismo que para comer, ganas de esmerarse, "lo mismo da", ni lo mirabas siquiera, la cuestión era matar el hambre, eso. No me hagas caso, me río pensando en Valen, las cosas, pero cada vez que me dice que siempre es distinto, que siempre hay algo nuevo, yo la digo que sí para que se calle, a ver, no la voy a decir que mi marido es un rutinario, que es la pura verdad, Mario, que en seguida te pasa y a una la dejas con la miel en los labios, ni disfrutar, que no es que diga que eso para mí sea fundamental, ni mucho menos, pero vamos, que en el fondo, quien más quien menos, a nadie le amarga un dulce. Sí, no digo que no, a lo mejor es frivolidad… frivolidad, ¿recuerdas?, "todo en el mundo es frivolidad o violencia", me lo sé de memoria, qué perra cogiste, cariño, ni leer el periódico, "es que no puedo, me suben las aguas", "tómate una digestina", "no se trata de eso", que yo de sobra lo sabía, "todo me da asco y miedo", ya ves qué gracioso, en cambio a mí no me podía dar asco la fresquera de tu casa, eso era tabú que así sois los hombres. ¡Me río yo de tu enfermedad! Nervios, nervios… cuando no saben que decir los médicos todo lo arreglan con los nervios, porque tú me dirás, si no te duele nada, ni tienes fiebre, ¿de qué se va uno a quejar? Bueno, pues tú venga de llorar, que parecía que te mataban, madre, qué aspavientos, y que si no dormías y cada vez que lo intentabas se te hundía el jergón, menuda novedad, que eso me pasa a mí desde chiquitina, desde que era así, fíjate, como lo de soñar que te persiguen y no puedes correr, o que vuelas moviendo muy deprisa los brazos y cosas por el estilo. ¡Qué enfermedad ni qué niño muerto, Mario, querido! Los hombres os quejáis de vicio y la culpa es nuestra, que somos unas tontas, todo el día de Dios pendientes de vosotros, que si la comida, que si la ropa, porque si tuvierais miedo de que os la pegáramos con otro, entonces, ya te digo yo, ni os acordaríais de los nervios, lo que pasa es que si no os falta nada, algo tenéis que inventar para parecer importantes. Soberbios, unos soberbios, eso es lo que sois vosotros, que a ti te querría yo ver con uno de mis jaquecones, cariño, que eso es sufrir y lo demás son cuentos, que parece como que se me fuera a partir la cabeza en pedazos, te lo prometo, y tú "acuéstate, con un par de optalidones; mañana ya estarás bien", qué facilito, ¿verdad?, y qué seguridad, hijo, ni que fueras médico. Pero para ti de nada valían mis recetas, venga de atiborrarte de píldoras, y las más caras, que yo no quiero pensar en el dineral que hemos gastado en botica con tus dichosos nervios. Te apuesto lo que quieras a que si me devolvieran ese dinero, peseta a peseta, mañana un Seiscientos, como te lo digo, ¡pero si parecía que si las medicinas no eran caras no te surtían efecto, borrico, que así sois de tontos los hombres! Con uno de mis jaquecones me gustaría haberte visto, no por nada, Mario, sólo una vez, por el gusto de que supieras lo que es sufrir."

Cinco horas con Mario
Miguel Delibes
Destino, 198025
páginas 159-164



08/05/2024

cinco horas con mario i 3

 

Cinco horas con Mario:

Miguel Delibes y la España del seiscientos


La novela de Miguel Delibes es un ataque contra el nacionalcatolicismo y un homenaje a los que oponían resistencia en el interior, no ya con acciones políticas, sino con actitudes existenciales

por Rafael Narbona
en El Cultural
9 junio 2020

    "Cinco horas con Mario apareció en 1966, cuando la dictadura franquista esbozaba un tímido aperturismo liderado por Manuel Fraga Iribarne. Miguel Delibes publicó su novela sin toparse con la censura, que no puso ninguna objeción al libro. Sin embargo, Cinco horas con Mario es un feroz ataque contra los valores del nacionalcatolicismo y un homenaje a los que oponían resistencia desde el interior, no ya con actividades políticas, sino con actitudes existenciales. No en vano Miguel Delibes sufrió de forma recurrente las iras de Fraga, que le acusó de boicotear la liberalización del régimen desde las páginas de El Norte de Castilla. La confrontación fue áspera y no aflojó su tensión hasta que Delibes, harto de rendir cuentas en Madrid y de soportar la supervisión de un subdirector introducido en el consejo de redacción para vigilarlo, presentó su dimisión y se marchó a Estados Unidos. Miguel Delibes hizo la guerra en el bando franquista. Se alistó como marinero en el crucero Canarias. Su experiencia le hizo aborrecer la violencia de unos hombres contra otros. Pedro, el protagonista de La sombra del ciprés es alargada, premio Nadal 1947, evoca su experiencia en un buque de guerra, abatido por la desolación. Miguel Delibes no era un revolucionario de izquierdas, sino un liberal con hondas inquietudes sociales y un católico que simpatizaba con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II. Su oposición al régimen puede equiparase con las protestas de José Luis López Aranguren, Agustín García Calvo, Enrique Tierno Galván, José María Valverde y otros profesores destituidos en 1965 por participar en una marcha a favor de la democratización de España.

    Cinco horas con Mario es el largo monólogo de una viuda, Carmen, frente al cadáver de su marido, fulminado por un infarto de miocardio. Es difícil simpatizar con ella. Intolerante, fanática, clasista y manipuladora, carece de empatía y alaba la santa intransigencia de la iglesia y la dictadura, lamentando que no se actúe con mano más dura. Solo Julián Marías alzó la voz para esbozar una tímida defensa. En su respuesta al discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia de la Lengua Española, afirmó: “No comparto la hostilidad que los críticos suelen sentir por la pobre Menchu; es una figura de carne y hueso, de singular veracidad, y lo humano es siempre interesante; está llena de vida, de deseos, de reacciones inmediatas”. ¿Qué juicio merece el personaje de Delibes? ¿Podemos absolver a Menchu o debemos condenarla, incluyéndola en la nómina de villanos de la historia de la literatura? Su monólogo está precedido de un capítulo en tercera persona que nos muestra su reacción durante el velatorio, cuando acuden familiares y amigos a despedirse del difunto. Una de sus hijas se resiste a ver el cadáver, pero la obliga de malas maneras, abriéndole los párpados. Y cuando su hijo de seis años celebra que haya muerto su padre, pues así no ha tenido que ir al colegio, le propina una paliza. Se siente muy orgullosa del aspecto de Mario, que apenas ha palidecido con la muerte. Solo le molestan los libros de la estantería situada detrás del féretro, con sus lomos brillantes y de colores chillones. Les da la vuelta uno a uno, con asombrosa paciencia, para ocultar los rojos, los verdes y los amarillos. Piensa que el luto no está reñido con el pudor y el buen gusto. No le hace ninguna gracia que el bedel del instituto donde trabajaba Mario como catedrático de lengua y literatura acuda a presentar sus respetos. No comprende el aprecio que sentía su marido por la gente sencilla. Se pregunta si a los catedráticos les corresponde el tratamiento de ilustrísimo señor. Se enfurece con su hijo Mario, que desprecia los convencionalismos y rechaza vestirse de luto. Cuando el joven descubre que su madre le ha dado la vuelta a los libros, los coloca como estaban y exclama: “los libros eran él”.

    Vanidosa, Menchu finge incomodidad porque sus pechos de viuda sean tan prominentes y llamativos. Insensible a los sentimientos ajenos, solo piensa en las apariencias. No lamenta la muerte de Mario. Solo se pregunta qué le aguarda en el futuro. El velatorio a solas con el cadáver, lejos de sacar a la luz su humanidad, exacerbará su malestar, mostrando su ira y su rencor. Su monólogo no es un planto, sino un ajuste de cuentas. Su ferocidad evoca la matanza fundacional del franquismo, cuando el bando triunfante ejecutó a miles de presos políticos, afirmando que se limitaba a hacer justicia. Menchu enlazará un reproche tras otro. Su lamento es una lúcida autopsia de la España que apoya al general Franco, con todo su cortejo de prejuicios y miserias. Miguel Delibes, católico de espíritu abierto, sitúa una cita bíblica en el umbral de cada uno de los capítulos. Su intención es mostrar el agudo contraste entre el amor cristiano y la mezquina vivencia de la fe de una dictadura que se presenta como la salvación espiritual de Occidente. Menchu no entiende que Mario se compadezca de las prostitutas. Para ella, no son víctimas, sino pecadoras sin salvación posible. Le irrita que se mezclen las clases sociales. Cada uno debe permanecer en su sitio, pues es la voluntad de Dios, que nos hizo diferentes y desiguales. No aprecia la vocación literaria de su marido. Sus novelas y su periódico, El Correo, solo les han acarreado disgustos. Multas y problemas con la censura. Piensa que una buena novela alberga una trama interesante. Por ejemplo, la historia de Maximino Conde, que se casó con una viuda y luego se enamoró de su hijastra. Las novelas de Mario hablan de cosas estúpidas e irreales. Los soldados no abandonan sus trincheras para abrazar a sus enemigos. Y, ¿por qué escribir palabras enteras en mayúsculas? Es algo tan vulgar como gritar.

    Menchu siente una profunda aversión hacia los rojos. Le produce perplejidad que el régimen tolere que don Nicolás dirija El Correo, tras haber sido partidario de Lerroux o Alcalá Zamora. Y le sacan de quicio los gustos proletarios de Mario, al que le gusta ir al instituto en bicicleta, y charla en público con Bertrán, el bedel del instituto. Menchu pertenece a esa clase media que sueña con adelantar posiciones en la escala social y, al mismo tiempo, contempla con desagrado a los más humildes, escandalizándose con su pretensión de mejorar su nivel de vida. El franquismo, profundamente conservador, anhela congelar el pasado, manteniendo las diferencias sociales. Cualquier cambio le parece obsceno e intolerable. Menchu se reprocha haber sentido lástima por Mario. De joven, parecía inseguro e insatisfecho. Pensó que ser su novia le ayudaría, pero ahora entiende que su rebeldía solo era ingratitud hacia una España que vive en orden y en paz. Cuando le escucha hablar de la necesidad de avanzar hacia un Estado laico, casi se desmaya, y no le desagrada menos oírle teorizar sobre educación y pedagogía. La educación en casa; la escuela solo debe ocuparse de la instrucción. Aunque no hay ninguna alusión a la Institución Libre de Enseñanza, es imposible no pensar en su filosofía humanista, que asociaba la educación al desarrollo integral del ser humano, destacando la necesidad de una pedagogía moral que forjara ciudadanos autónomos y responsables. Menchu se burla de los maestros que intentan transmitir valores, pero se queja de que la mayoría de los jóvenes son “medio rojos” y afirma que la guerra, aunque horrible, es “oficio de valientes”. Los españoles siempre han sido guerreros gracias a sus valores espirituales. Solo los que son derechas de toda la vida conservan esa gallardía. No le importa reconocer que lo pasó muy bien durante la guerra, con tanto desfile y movimiento. Para ella fue una aventura, no una tragedia.

    Dos hermanos de Mario fueron fusilados por rojos durante la guerra civil. Menchu, lejos de sentir pena, se abochorna de ese parentesco. Miguel Delibes impugna la retórica de la Cruzada, despojando a la guerra civil de cualquier connotación épica. Los españoles se mataron entre sí con inaudita ferocidad, compitiendo en crueldad. No hay nada que celebrar ni nada de lo que enorgullecerse. Solo puede recordarse como un fracaso colectivo. Menchu rechaza estas ideas, que atribuye a la influencia extranjera. Se enfada cuando Mario le habla de la solidaridad, objetando que la caridad es humillante. También pierde los estribos con las depresiones de Mario, que atribuye a su manía de pensar las cosas demasiado. Esa manía solo lleva a las peores extravagancias, como sostener que protestantes y judíos son buenos. Siempre le pareció horrible que su marido rezara con los protestantes. El dichoso Concilio está poniendo el mundo del revés. ¿Acaso en Roma han olvidado que los judíos crucificaron a Nuestro Señor? Menchu deplora que empiece a cuestionarse la monarquía, alegando que la república es más racional. Las tradiciones son sagradas e inamovibles. No le importa que Mario le diga que es “una pequeña reaccionaria”. Menchu piensa que los pobres son necesarios. Si desaparecieran, no sería posible ejercer la caridad. Los intelectuales no saben más que incordiar, con su monserga de la igualdad y la justicia social. ¿No es una barbaridad que las criadas puedan ir al cine y ocupar una butaca? ¿Es que acaso nos encaminamos al fin del mundo? No hace falta diálogo, sino obediencia y “una poquita de Inquisición”. Menchu piensa que las playas y el turismo acabarán con las buenas costumbres y se plantea si tal vez no está detrás la Masonería y el Comunismo.

    Mario está acostumbrado a liar tabaco. A su mujer le parece un hábito de patanes. Quizás por eso se preocupa tanto de las condiciones de vida de la clase trabajadora. Menchu pierde los estribos cuando Mario habla de Cristo, de su preocupación por los pobres, los locos y los incomprendidos. Piensa que Cristo jamás perdería el tiempo con esas calamidades. ¿Cómo ha podido decir en clase que la Iglesia se equivocó al no apoyar la Revolución francesa? Todos esos disparates vienen de los libros. ¿Por qué acumular tantos, si solo son almacenes de polvo? Cinco horas con Mario finaliza con un capítulo en tercera persona, que narra la salida del féretro hacia el cementerio. Mientras unos halagan al difunto, otros le acusan de santurrón y engreído. Aperturistas e inmovilistas colisionan, intentando salvar sus ideas. ¿Podemos entonces absolver a Menchu? No creo que Miguel Delibes quisiera condenarla. Su intransigencia corre paralela a su frustración. Sabe que está perdiendo el tren de la historia. Quiere preservar su mundo de los inevitables cambios, pero no ignora que es una batalla perdida. Sus prejuicios solo garantizan su infelicidad. La intensidad del personaje acredita el talento de Delibes para la introspección. Menchu es un ser muy real, con sentimientos muy veraces y debilidades muy humanas. Encarna las pasiones de esa España reacia a la modernidad que lamenta cualquier progreso o innovación. Siempre mira hacia atrás, nunca hacia adelante. Soñaba con un automóvil, pero su marido nunca se lo compró.

    Señora de rojo sobre fondo gris es el reverso de Cinco horas con Mario. Publicada en 1991, Señora de rojo… es un homenaje a la esposa de Delibes, Ángeles Castro, que falleció prematuramente en 1974. Ángeles se convierte en Ana en una novela cargada de melancolía y ternura. Menchu no despierta esos sentimientos. Su paso por el mundo no dejará un rastro de afecto y delicadeza, sino de impotencia y resentimiento. La España del seiscientos pertenece al pasado, pero ha dejado un sedimento en la sociedad española que no contribuye a la convivencia. Incluso en nuestros días, España vive en la anormalidad democrática por culpa del trauma colectivo de la Guerra Civil. Solo cuando sea posible hablar de aquella tragedia con naturalidad, podremos afirmar que hemos alcanzado la madurez como sociedad. Cinco horas con Mario sorteó la censura. No lo consiguió, en cambio, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Su primera edición en 1961 sufrió la amputación de veinte páginas. Hasta 1980 no se publicó una edición completa y fiel a la intención original del autor. Ambas obras testimonian las esperanzas de cambio de la sociedad española, cuando crecía imparable el anhelo de reconciliación y concordia. Sería injusto atribuirles tan solo un papel pasivo. No son un simple reflejo, sino la evidencia de que la literatura no es un mero espejo, sino una de las palancas de la historia y un signo profético."

07/05/2024

cinco horas con mario, 2

 

Cinco horas con Mario
de Miguel Delibes
Análisis y resumen


por Alberto Hernando
en Cultugrafia
14 de junio de 2022

    ""El 24 de marzo de 1966 moría D. Mario Diez Collado (de mismas iniciales que su autor) para desconsuelo de su esposa, familia y amigos, y para alivio de poderosos y corruptos. Con su muerte comienza una de las obras más emblemáticas de la literatura española de post-guerra: Cinco horas con Mario (1966) de Miguel Delibes. Una obra difícil de comentar pues contiene dos lecturas que no terminan de enlazarse como debieran.

MARIO Y MENCHU, LAS DOS ESPAÑAS

    Por un lado, es la crónica de un ahogado, un réquiem a un hombre de moral rígida, integra y justa, preocupado en hacer el bien según los valores de lo que podría ser un socialismo cristiano postconciliar. Un hombre que muere ahogado por la incomprensión de la sociedad que le rodea, la sociedad rural burguesa del franquismo; pobre Mario, su matrimonio no es más que otro reflejo de la incomprensión que recibe en una sociedad tradicional, ignorante, intolerante e irritante. Esta visión es una clara e inteligente crítica a la mentalidad tradicional franquista capaz de sortear su censura, gracias al filtro de los ojos de su heroína.

    Por otro lado, es la historia de la incomunicación de dos mentalidades: la de Mario, una mentalidad compleja, liberal, ilustrada y cristiana; y la de Carmen, una mentalidad tradicional. Las mentalidades características de las dos Españas. Esta historia busca la empatía con las dos mentalidades, busca la comprensión y casi la reconciliación. Delibes quiere que comprendamos a Menchu, luego que cada cual elija si la perdona o no. La comprensión es difícil, pero tal vez, nosotros, los hijos de las dos Españas, podamos sentarnos a hablar y perdonarnos, y tomar un café, que si bien no llevé a la persuasión -no veo por qué debiera- sí a la comprensión y la tolerancia.

CINCO HORAS CON MARIO NO ES UNA OBRA MAESTRA

    Por desgracia, la intención principal del autor fue mostrar sus frustraciones como intelectual, inspirándose principalmente en la personalidad de un amigo íntimo al que dedica el libro; mostrar una despiadada crítica a la incomprensión y maniqueísmo franquista. La segunda lectura es un accidente inevitable teniendo en cuenta la empatía del escritor hacia la humanidad de sus personajes, lo que le llevará a decir que comprende a su heroína aunque ideológicamente le parezca detestable.

    Esta superposición del primer objetivo sobre el otro hace que la segunda lectura -a pesar de ser menos caduca, más contemporánea y más humana- sea casi redonda, pero algo le falta. Por ello, me atrevo a decir que si bien la primera lectura (la crítica) es una obra maestra como tal, la segunda solo lo roce y con ello la obra en su conjunto, para mi, no llega a la Obra Maestra de la Literatura en mayúsculas que afirman otros, esta demasiado ligada a una situación concreta, a un tema.

DELIBES PLANTEA SU OBRA CON UN PROTAGONISTA MUERTO

    Me gustaría que esta percepción fuera lo único que menciono del contenido, pues cualquier dato es un enorme spoiler –o si no, no lo es ninguno-, pues lo más formidable de la obra es ver cómo Delibes, con su estructura, va abriendo gradualmente un universo limitado tan solo por el frío hueco de la cama entre los dos cuerpos protagonistas.

    Inicialmente, la estructura iba a ser lineal con los dos personajes vivos, pero tras muchas cuartillas el autor descubrió que los personajes se mostraban demasiado irreales y además sería incapaz de pasar la censura franquista. Decidió matar a su protagonista –curioso eso de un protagonista muerto en todo momento- y cambiar la estructura de la obra a lo que se ha denominado un “monodiálogo” con una estructura en ondas, como cuando tiras un cadáver al lago y el choque produce ondas cada vez más y más amplias. Esta es la forma en que crece la narración y se presenta el universo de este matrimonio, de esta España dividida. Este cambio, para muchos el principal acierto, es responsable del accidente que da lugar a la segunda lectura: al humanizar hasta tal punto a sus personajes, Delibes permite que empaticemos y comprendamos a ambos, incluso a la insoportable Menchu. Pero va mucho más allá.

EL MONODIÁLOGO DE CINCO HORAS CON MARIO

    Yo esperaba –había oído que la obra estaba influenciada por Mientras agonizo (1930) de Faulkner- un monólogo interior, una escritura enormemente condensada, como todo pensamiento, y como tal, un texto complicado que requiriera un esfuerzo por el lector que sería enormemente recompensado.

    Pues bien, en absoluto, lo que encontramos es un lenguaje enormemente sencillo, como la mentalidad de su heroína, un léxico magníficamente recreado y un estilo que pone de manifiesto la maestría de su autor; pero, de lectura enormemente ágil, no demasiado atenta y con mucho relleno: el diálogo de dos amantes está condensado y requiere muchas inferencias, pero jamás tantas como un pensamiento. A esto me refiero cuando hablo de un monodiálogo pues es un diálogo con un receptor concreto (y por ello supone unos conocimientos previos comunes), pero muerto y por tanto sin respuesta. No es un monólogo común precisamente por eso, porque en los monólogos clásicos el personaje se dirige al lector, al espectador, lo que hace una lectura más sencilla.

LITERATURA DE CALIDAD PERO SIN EVOLUCIÓN

    También esperaba una estructura en espiral, donde a cada vuelta se ampliara por un lado el universo y por otro se fuera profundizando mediante un cambio en el discurso según se penetra más en la psicología de los personajes, en las temáticas de la obra. ERROR! A la mitad de la novela, tras disfrutar enormemente, emocionado, de la forma en que se ampliaba el universo -con sumo cuidado, con delicadeza, fluidez y maestría-, descubrí que la espiral era plana, era la estructura en ondas a la que se refiere el autor. ¡Y lo que es peor! Pasadas la mitad de las páginas, el universo crece demasiado lento, las ondas están tan pegadas entre sí que poco distan de la repetición; es entonces cuando se desinfló mi entusiasmo por la obra.

    Por ello, recomiendo a todo lector no enterarse de nada de este matrimonio, sus amigos y anécdotas, si lo hacen desperdiciaran lo mejor del libro, el efecto de la estructura en la primera mitad, tras un formidable prólogo. Esta es la primera causa de que prime la lectura crítica sobre la comprensiva, se centra en la absoluta incomprensión entre los personajes sin proporcionar evolución alguna, simple estancamiento. Delibes, cuando tú mismo afirmas “podría haber acabado la novela en cualquier momento” es que algo estás haciendo mal, estás introduciendo paja innecesaria, debiste acabarla en ese momento.

    Todo esto hace que la obra sea enormemente amena y sencilla, capaz de gustar a todos los públicos gracias, además, a su irónico humor capaz de sacar sonrisas y alguna leve carcajada, la enorme sencillez y agilidad de su estilo y la repetición. Todo ello, sin descuidar la calidad, claro. Entiendo porque lo recomiendan en muchos institutos.

UNA EXTRAORDINARIA CONSTRUCCIÓN DE PERSONAJES

    Como estamos viendo, Delibes es un escritor de personajes. Aquí está el otro gran acierto y a la vez defecto de la novela. Delibes logra crear personajes “típicamente humanos” extraordinariamente coherentes, tal vez demasiado. Digo humanos, porque parecen realmente de carne y hueso, parecen existir más allá de las páginas, respiran a través de ellas. Pero digo también típicamente porque no son personajes reales, son arquetipos a los que Delibes a dado alma mostrando su genio creador. Por ello son tan coherentes, por ello son mentalidades tan independientes, a pesar de que en la realidad las creencias no sean categorías, sino formadas por continuos de valores y actitudes que pueden solaparse en ocasiones, abriendo la posibilidad a la comprensión mutua; ojalá fuera posible semejante coherencia de pensamiento, más quisiéramos muchos, aunque no le falte razón a Wilde cuando afirma:

“La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso”.

    El arquetipo de Carmen es el más sencillo: buena persona, fiel a sus principios, de mentalidad tradicional y clasista, dogmática en sus creencias e incapaz de comprender a Mario a raíz de ellas. Mario, tres cuartos de lo mismo, pero de mentalidad contraria y de un arquetipo más complejo (¿maniqueísmo?): es más o menos un liberal cristiano postconciliar, tan dogmático en sus creencias que desprecia a Menchu, hasta ser incapaz de darle no ya sexo, sino cariño y amor.

    Mario es tan rígido en su moral (mucho más que Carmen), tan intolerante, que condena a su pareja a la infelicidad, no tiene jamás en cuenta sus ideas, ni su forma de pensar y no le importa. Ambos sufrirán las consecuencias de su dogmatismo y comprensión, el uno con la depresión y la otra con la represión sexual. Esto da la posibilidad de empatizar y comprender a ambos, pero por desgracia, aun con alguna ridiculización a la rigidez moral de Mario, el autor lo ensalza tanto que acaba resultando un mártir cristiano a manos de la intolerancia farisea franquista. El resultado no son dos mentalidades tan coherentes que permitan comprender cada una desde su racionalidad, igual de válidas si nos abstraemos de la nuestra, sino que la comprensión es devorada en parte por el juicio.

    Menchu es una víctima de la educación recibida, ahí está toda la comprensión hacia este personaje; me pregunto si acaso Delibes cree que Mario no es víctima a su vez de la educación recibida por sus padres… Pues bien, jamás sabremos el porqué de la mentalidad de Mario, total, lo suyo es lo normal, no necesita explicación…

LA INCOMPRENSIÓN Y LA INTOLERANCIA QUE SEPARÓ UN MATRIMONIO

    Ante esta situación surge la pregunta de cómo llegaron a casarse seres tan dispares, pues una vez más sabremos el porqué de Menchu, pero por desgracia jamás el de Mario, sea como sea, quiero pensar que fue el amor lo que les unió y la incomprensión e intolerancia de ambos lo que les separó en matrimonio.

    Tal vez Carmen sea insoportable pero también es penosa y cómica, mucho, gracias a la simultanea impiedad y compasión con que Delibes carga las tintas en ella. Yo por mi parte rompo una lanza por Menchu, y si pudiera le regalaría un 600; por algo los llaman ombligos, los tiene todo el mundo. Joder, Mario, ¿tanto te costaba leerle tus versos?"