26/09/2012

Le grand cahier


“Agota Kristof tenía 21 años cuando empezó el levantamiento húngaro. Vivía en Këszeg, una pequeña ciudad junto a la frontera austriaca. Su marido, que era profesor de Historia, fue a Budapest a participar en las manifestaciones. Ella no tuvo más remedio que quedarse en casa cuidando de su hija de cuatro meses. “Fue algo muy violento, especialmente contra los soviéticos. Coreábamos: ¡Volveos a vuestro país!”, recuerda Kristof. Con el regreso del ejército soviético a Hungría la situación se deterioró: “Había tanques en cada esquina… nadie se atrevía a salir”. A su marido lo llamaron de la sede del partido comunista, junto a dos de sus compañeros, y le ordenaron que pusiera calma entre la gente. Se negaron a hacerlo y los arrestaron.  Sin embargo, dado que las cárceles estaban a rebosar, los pusieron en libertad muy pronto. Uno de los compañeros de su marido se suicidó posteriormente arrojándose a las vías de un tren. Al otro lo sentenciaron a dos años en la cárcel. A finales de noviembre su marido decidió que tenían que irse del país. Su guía —un hombre llamado József— era un amigo de la infancia. Le dieron todos sus ahorros, tal y como hicieron las otras diez personas del grupo. “La gente que estaba a punto de irse de Hungría le daba todo el dinero que tenía, ya que en Austria carecía de valor”, explica Kristof. Después de caminar por un bosque durante dos horas, llegaron a Austria.  Kristof cree que las autoridades estaban “satisfechas de que nos fuéramos. Para ellos éramos la escoria de la sociedad. A los policías soviéticos les daba igual; el guía los conocía bastante bien y los emborrachó”. Los encontró un policía de aduanas austriaco y los llevó a un pequeño pueblo que estaba lleno de refugiados húngaros. Luego los tras-portaron en autobús hasta Viena, donde los alojaron en barracones militares y donde dormían en “colchones de paja en el suelo… unas 20 personas en una sola habitación”.

Era la primera vez que viajaban al extranjero y se encontraban en la más absoluta indigencia, pues no habían podido llevar consigo ninguna de sus pertenencias, fuera de pañales para el bebé y algunos diccionarios. Dependían completamente de la ayuda externa. Como todos los demás, no podían permanecer en Austria, por lo que su marido empezó a buscar desesperadamente un nuevo país de acogida.
El 8 de diciembre de 1956 llegaron a Suiza junto con otros refugiados húngaros a bordo de un tren especial. Al principio los alojaron en otros barracones de tipo militar, pero poco a poco empezaron a llevar una vida normal.

Los que querían estudiar eran enviados en principio a Zurich, y desde allí destinados a otras ciudades suizas. Agota Kristof empezó su nueva existencia en Neuchâtel, junto a la frontera con Francia. Pero, por segunda vez en su vida, había perdido la oportunidad de continuar sus estudios. La primera vez fueron los tanques soviéticos y el miedo de su marido a acabar en la cárcel los que impidieron que se matriculara de Literatura en la Universidad de Budapest. La segunda vez su marido volvió a interponerse. “No pude ir a la universidad por él”, asegura. Él hablaba francés y alemán y llevaba todos los asuntos oficiales de la familia. Era mucho mayor que ella y estaba más disponible, puesto que ella tenía que cuidar de su bebé. Su exilio estaba acentuando el desequilibrio natural de su relación. Él se matriculó en Biología mientras que ella aceptó un trabajo en una fábrica de relojes para alimentar a la familia. Pese a ser un trabajo duro, sonríe cuando se acuerda de sus antiguos compañeros: “Eran muy, pero que muy hospitalarios. Tenía muchas amigas”. Kristof, que ya sabía algo de francés, obtuvo una beca de la ciudad de Neuchâtel para estudiar unos cursos de idiomas. En la fábrica volvió a escribir, tomando notas que luego pasaba a limpio en su casa por las noches. Se divorció de su primer marido y en 1963 se casó con un fotógrafo suizo, con el que tuvo otros dos hijos. Aunque disfrutaba cuidando de su familia, su nueva vida en el campo no le aportó felicidad. No disponía de medios de transporte y como resultado de ello se sentía tremendamente aislada. Eso implicaba también la falta de oportunidades de labrarse un futuro. Empezó a escribir cada vez más: “Antes ya escribía bastante, pero entonces empecé a escribir por las noches, cuando los niños estaban dormidos… al principio en húngaro, luego, poco a poco, en francés”.

En 1968 regresó por primera vez a Hungría. La situación era tensa debido a la reciente invasión soviética de Checoslovaquia. “Estaba contenta por poder ver a mi familia… pero ya no tenía deseos de quedarme”, comenta. Una experiencia en concreto le dejó impresionada: “No pude reconocer a mi hermano pequeño”. Se divorció también de su segundo marido, pero su carrera artística empezaba a despegar. Escribía obras de teatro y radio. Todavía más importante, escribía novelas, entre otras una trilogía -El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira- que se publicó entre 1986 y 1991 con un gran éxito internacional. Su exilio ha modelado su carrera literaria en varios sentidos. Primero, complicó su aparición: “Perdí unos 15 años de escritura”, dice. Y el distanciamiento de su tierra natal influyó profundamente también en los temas y en el estilo de su obra. La oscuridad de su prosa, las escenas de violencia y crueldad que describe en alguno de sus textos, están “en gran medida, inspirados en hechos reales”. Pero también son, admite, parte de su carácter y no simples productos de su experiencia: “Incluso lo que escribía en húngaro era bastante oscuro… era algo que estaba en mí desde antes. Cruzar la frontera simplemente empeoró las cosas”. Los primeros años los suicidios eran muy comunes entre los refugiados húngaros. Tras la excitación del levantamiento, los exilados tenían que enfrentarse al fracaso de sus sueños y a la monotonía de la vida diaria: “Había una auténtica y profunda sensación de soledad. Y el idioma, y los trabajos que nos ofrecían… era muy duro”, explica Kristof.  Resume esos sentimientos en una frase típica de su prosa, con un estilo simple y directo: “Para eso no merecía la pena… Siempre me arrepentiré de haberlo hecho. Hubiera preferido quedarme”. Pese a su éxito y a los premios obtenidos -incluido el Premio al Libro Europeo de 1987-, Agota Kristof sigue resintiéndose por la forma en que se ha desarrollado su carrera: “Llegó demasiado tarde… Tenía cincuenta años cuando publiqué mi primer libro en francés”.  Habían  transcurrido más de tres décadas desde que empezó a escribir en Hungría, a la edad de trece años. Todo tardó demasiado."

texto de Cécile Pouilly
publicado en la revista “Refugiados” ¿Dónde están ahora? Los refugiados húngaros 50 años después
ACNUR, nº 132 , 2006
Páginas 17-18


“L'Àvia ens diu:
—Fills de gossa!
La gent ens diu:
—Fills de bruixa! Fills de puta!
D'altres diuen:
—Imbècils! Brètols! Mocosos! Rucs! Porcs! Garrins! Púrria! Carronya! Merdosos! Carn de presó! Llavors d'assassí!
Quan sentim aquestes paraules, els nostres rostres es tornen vermells, les nostres orelles brunzeixen, els ulls ens piquen, els genolls ens tremolen.
Ja no volem avergonyir-nos, ni tremolar, no volem acostumar-nos als insults, a les paraules que fereixen.
Ens instal·lem a la taula de la cuina, l'un davant de l'altre, i mirant-nos als ulls, ens diem paraules cada vegada més terribles.
L'un:
—Malparit! Forat de cul!
L'altre:
—Fill de puta! Cabró!
D'aquesta manera continuem fins que ja no ens entren al cervell, ja no ens entren ni a les orelles.
Ens entrenem d'aquesta manera aproximadament durant mitja hora diària, i sortim a passejar pels carrers.
Ens organitzem perquè la gent ens insulti i finalment constatem que aconseguim quedar-nos indiferents.
Però també hi ha els mots antics.
La nostra Mare ens deia:
—Estimats meus! Amors meus! Reis meus! Petits i adorats meus!
Quan recordem aquestes paraules, els ulls se'ns omplen de llàgrimes.
Hem d'oblidar aquestes paraules perquè, actualment, ningú no ens en diu de semblants i perquè el record que en tenim és una càrrega massa pesada per portar.
Aleshores, tornem a començar el nostre exercici d'una altra manera.
Diem:
—Estimats meus! Amors meus! Us estimo... Mai no us deixaré... No estimaré ningú més... Sou tota la meva vida...
A força de repetir-les, les paraules perden a poc a poc el seu significat i el dolor que sentim s'atenua.

Trilogia de Claus i Lucas
Agota Kristof
Traducció de Sergi Pàmies
La Magrana
Barcelona, 2007
Pag: 30-31


21/09/2012

Suïssa, 1956



"Refugiats il·lustres a l'exili suís", és el títol d'un llibre que recull la investigació de 10 personalitats, entre elles Agota Kristof.

Aquest va ser el tracte donat a l'escriptora, una de les aproximadament 11.000 persones que va acollir Suïssa dels 200.000 hongaresos que van abandonar el seu país el 1956: "Agate", "Agathe", "Agatha", "Esgota" ... 'Agota Kristof' és el nom de "la dona d'un refugiat que va ingressar a Suïssa" i qui va figurar de manera secundària en l'expedient del seu espòs.

En pocs documents oficials de l'època està escrit el seu nom de forma correcta. Un informe del, en aquella època, Departament Federal Militar -encarregat d'organitzar els camps d'acollida dels refugiats hongaresos- parla de les dones en aquests termes: "La qualitat de les persones és molt variada: intel·lectuals, obrers i fins i tot, de vegades dones ".

Quan va arribar al cantó de Neuchâtel, relata la pròpia Kristof, "no parlava ni francès, ni alemany, el meu marit sí. Ell va gestionar tots els tràmits ". I ell va ser qui va tenir la possibilitat d'estudiar a la universitat mentre que Agota va haver de treballar cinc anys com obrera en una fàbrica. Contínua el seu relat: "Estava sempre malalta. Tenia el nadó i m'havia d'aixecar a les cinc del matí. Tornava a les cinc de la tarda per fer la neteja. Va ser veritablement dur. "Hi va haver molts suïcidis. Vaig conèixer a quatre hongaresos que eren al mateix lloc que jo, que es van suïcidar durant els primers anys d'haver arribat, perquè no van suportar la soledat i el treball era molt dur. "

"M'aixeco a quarts de sis del matí. Vesteixo la nena i li dono l'esmorzar, i després em vesteixo jo i agafo l'autobús de dos quarts de set que em portarà a la fàbrica. Deixo la nena a la guarderia i entro a treballar. En surto a les cinc de la tarda. Vaig a buscar la nena a la guarderia, torno a agafar l'autobús i tornem a casa. Faig les compres a la botigueta del poble, encenc el foc (al pis no hi ha calefacció), preparo el sopar, poso la nena a dormir, rento els plats, escric una mica i me'n vaig a dormir.

Per escriure poemes, la fàbrica és ideal. Com que el treball és monòton, es pot estar pensant en una altra cosa i les màquines tenen un ritme regular que ajuda a comptar versos. Al meu calaix, tinc un full de paper i un llapis. Quan el poema pren forma, l'anoto. Al vespre, ho passo tot a net en un quadern.

A la fàbrica, hi treballem cap a deu hongaresos. A la pausa del migdia, ens retrobem a la cantina, però els plats són tan diferents dels que estem acostumats a menjar que gairebé no els tastem mai. Jo mateixa, durant un any i mig, a dinar, l'únic que he pres és cafè amb llet i pa.

A la fàbrica, tothom es porta molt bé amb nosaltres. Ens fan la rialla i ens diuen coses, però nosaltres no entenem res.

És aquí que comença el desert. El desert social i el desert cultural. A l'exaltació dels dies de la revolució i de la fugida se succeeixen el silenci, la buidor, la nostàlgia dels dies en què teníem la sensació de participar en alguna cosa important, històrica i tot potser, l'enyor del país i l'enyor de la família i els amics.
Ens esperàvem alguna cosa en arribar aquí. No sabíem què ens esperàvem, però això sí que no: aquelles tristes jornades de treball, aquells vespres silenciosos, aquella vida prefixada, sense canvi, sense sorpresa, sense esperança.

Materialment, vivim una mica millor que abans. Tenim dues habitacions en comptes d'una. Tenim prou carbó i no ens falta menjar. Però en relació amb tot el que hem perdut, això ho hem pagat molt car.

A l'autobús del matí, el revisor s'asseu al meu costat; cada matí és igual; gras i jovial, tot el camí m'explica coses. No entenc gran cosa (...) Com li podria explicar, sense ofendre'l, i amb les poques paraules que sé en francès, que el seu bonic país no és altra cosa que un desert per a nosaltres, els refugiats, un desert que hem de travessar per arribar al que anomenen «la integració», «l'assimilació»? En aquest moment, encara no sé que alguns no hi arribaran mai.”

L’analfabeta
Agota Kristoff
Pags: 41-43

61a Fira del Llibre d’Ocasió Antic i Modern


16/09/2012

Budapest, 1956



El 23 octubre 1956 un grup d'estudiants d'enginyeria de la capital hongaresa, Budapest, decidia organitzar una manifestació, no per la situació a Hongria, sinó per la de Polònia. Fins Budapest havien arribat notícies sobre els disturbis en altres estats satèl·lit soviètics: motins a Alemanya Oriental, mostres de descontent a Praga i, sobretot, una revolta important a la ciutat polonesa de Poznan al juny, que havia estat aixafada per l'exèrcit.

Els estudiants de Budapest van sentir rumors que s'estaven produint nous disturbis a Polònia i van decidir manifestar-se en el seu suport. El missatge es va estendre ràpidament per la ciutat i la gent va començar a sortir de botigues, fàbriques i cases per unir-se a la marxa. Va ser així com, en certa manera, la revolució hongaresa de 1956 va començar accidentalment, tot i que les tensions s'arrossegaven des de feia temps. El país havia passat per considerables dificultats econòmiques i per una successió de ferotges purgues durant una dècada de govern comunista. Les denúncies contra Stalin abocades per Nikita Khruschev al XX Conreso del PCUS, el febrer de 1956, van generar una onada d'expectatives d'obertura a tot Europa central. Així, dues setmanes abans, a la mateixa Budapest, s'havia celebrat ja una gran manifestació de tons clarament antisoviètics. A mesura que evolucionaven els esdeveniments del 23 d'octubre, desenes de milers de persones es tiraven als carrers i, de manera fulgurant, la manifestació inicial es transformava en una cosa totalment diferent: una revolta en tota regla contra el règim i els seus patrons soviètics.

Dotze dies més tard, el 4 de novembre, els tancs soviètics entraven a Budapest. La ciutat va suportar dies de bombardejos i batalles de carrer (van morir 30.000 persones) i els hongaresos van començar a fugir a milers cap a la veïna Àustria. Quan finalment les fronteres van quedar segellades, uns 180.000 hongaresos havien marxat a Àustria i 20.000 s'havien dirigit a Iugoslàvia, al sud.

Durant les setmanes següents, es va restablir aquest enorme flux de refugiats en diferents països de tot el món: més de 40.000 als Estats Units, 27.000 a Canadà, 20.000 al Regne Unit, 15.000 a Alemanya, 12.000 a França, 12.000 a Suïssa, 11.000 a Austràlia ...

Entre ells estava Agota Kristof.



“Tinc vint-i-un anys. Fa dos anys que sóc casada i tinc una neneta de quatre mesos. Travessàrem la frontera entre Hongria i Àustria un vespre de no­vembre, rere un «guia de contrabandistes». Es diu Joseph, i el conec força bé.
Formem un grup d'unes deu persones, algunes encara criatures. La meva filla dorm als braços del seu pare i jo porto dues bosses. En una hi ha bibe­rons, bolquers i robeta de recanvi per a la criatura; en l'altra, diccionaris. Caminem en silenci darrere en Joseph durant prop d'una hora. La foscor és gairebé absoluta. De tant en tant, els fusells llumi­nosos i els projectils ho il·luminen tot, i se senten esclats i trets, però tot seguit el silenci i la foscor ho tornen a envair tot.
Cap a l'altre extrem del bosc, en Joseph s'atura i ens diu:
—Ja sou a Àustria. L'únic que us cal fer és se­guir recte. El poble no és gaire lluny.
M'acomiado d'en Joseph. Li donem tots els diners que tenim i, de tota manera, aquests diners tampoc tindrien cap valor a Àustria.
Caminem per dins del bosc. Una bona estona. Massa estona. Els branquillons ens esgarrapen la cara, ensopeguem en clots, les fulles mortes ens mullen les sabates i ens torcem els turmells amb les arrels. Encenem llanternes però només il·luminen petits rogles i l'únic que ens deixen veure són ar­bres, arbres i més arbres. Malgrat això, ja hauríem hagut de sortir del bosc. Tenim la impressió de donar voltes sobre el mateix punt.
[...]
Ens hem allotjat a casa d'una família camperola. Són molt bona gent. S'ocupen de la nena, i ens donen menjar i un llit per dormir.
El que em resulta curiós són els pocs records que conservo de tot plegat. És com si tot formés part d'un somni, o d'una altra vida. Com si la meva memòria es negués a recordar aquell moment en què vaig perdre gran part de la meva vida.
A Hongria, hi he deixat el meu dietari d'escriptura secreta, i també els meus primers poemes. Hi he deixat els germans i els pares, sense previ avís, sense dir-los ni adéu ni a reveure. Però sobretot, aquell dia, aquell dia de les acaballes de novembre de 1956, vaig perdre definitivament el sentiment de pertinença a un poble.”

L’analfabeta
Agota Kristoff
Pags: 34-36