17/08/2021

dolor d'escriure, 1

 




Alice Munro deja de escribir



El Mundo
21/06/2013

"La escritora canadiense Alice Munro, considerada desde hace años una firme candidata al Nobel de Literatura, ha anunciado su retirada. "Probablemente no vuelva a escribir", aseguró la escritora de 81 años, habitualmente reacia a hablar con los medios, en una entrevista con el diario canadiense National Post. Hace unos meses ya insinuó que Mi vida querida, su trabajo más autobiográfico, podía ser su último libro.

La escritora dice estar muy satisfecha con la decisión: "Estoy muy contenta. No es que no amase la escritura, pero uno llega a una fase en la que piensa diferente". Numerosos medios norteamericanos se hacen eco hoy del fin de la carrera de la premiada autora. Munro, considerada una de las maestras del género breve, los cuentos, recibió el prestigioso premio Man Booker International en 2009."

16/08/2021

Kallifatides, obres i 3

 


El asedio de Troya

Theodor Kallifatides


traducción: Neila García Salgado

Galaxia Gutenberg, 2020

176 páginas



SINOPSIS:



En este recuento perspicaz de La Ilíada, una joven maestra griega recurre al poder duradero del mito para ayudar a sus estudiantes a sobrellevar los terrores de la ocupación nazi. Las bombas caen sobre un pueblo griego durante la Segunda Guerra Mundial, y una maestra lleva a sus alumnos a una cueva para refugiarse. Allí les cuenta sobre otra guerra, cuando los griegos sitiaron a Troya. Día tras día, cuenta cómo los griegos sufren de sed, calor y nostalgia, y cómo se enfrentan los oponentes: ejército contra ejército, hombre contra hombre. Los cascos se cortan, las cabezas vuelan, la sangre fluye. Ahora son otros los que invaden Grecia, el ejército de la Alemania nazi. Pero los horrores son los mismos miles de años después.

Theodor Kallifatides proporciona una notable visión psicológica en su versión moderna de La Ilíada, minimizando el papel de los dioses y profundizando en la mentalidad de sus héroes mortales. La epopeya de Homero cobra vida con una urgencia renovada que nos permite experimentar los eventos como si fueran de primera mano, y revela verdades eternas sobre la insensatez de la guerra y lo que significa ser humano.


FRAGMENTO:

“Tenía quince años y estaba enamorado de mi profesora. Corría 1945, comienzos de abril. Mi aldea llevaba ocupada por el ejército alemán desde 1941, igual que toda Grecia. Durante esos años la escuela no funcionaba. Los dos maestros –‍uno de los cuales era mi padre‍– habían sido cesados por los alemanes y no vino sustituto alguno. No sabíamos si vivía o si estaba ya muerto. Mamá lloraba por las noches y cuidaba de mí y de la casa por el día. Éramos sólo dos, éramos mamá y yo.

Un abogado jubilado impartía ocasionalmente clases de historia y griego. No en la escuela, puesto que los alemanes la habían convertido en un cuartel. Nos veíamos alguna vez en su casa, y más a menudo en su café de la plaza por las tardes, después de la siesta, cuando el abogado trataba de resucitar con varios cafés que tomaba «pesados, sin burbujas», es decir, sin azúcar y bien removidos. No es fácil precisar qué aprendimos en aquellas clases, pero nos volvimos unos ases con las cartas.

La Señorita llegó una de esas tardes en el autobús procedente de Atenas. La recibió el alcalde. Era una mujer joven, delgada como un haz de luz, si bien iba vestida de negro de la cabeza a los pies. Estaba perdidamente enamorado, por extraño que pueda sonar. Se trataba de la nueva maestra. Y eso era una buena señal. La vida volvería a la normalidad. Pero no para todos. Para mí significaba que probablemente papá ya no volvería jamás y me preparaba para la llegada de más noches aún de insomnio, con mamá sollozando en la habitación de al lado.

Mi único consuelo era la Señorita. No me saciaba de mirarla. Era pequeña, morena, con la mirada ardiente y unas manos bonitas que movía con frecuencia y deleite. Oficialmente nos referíamos a ella como la Señorita y extraoficialmente como la Bruja, pues conseguía que los furiosos y temerosos perros callejeros dejaran de ladrar. Si no, ladraban hasta a su propia sombra.

Fue Dimitra, mi compañera de juegos de la infancia, quien emitió el diagnóstico.

–Es una bruja –‍dijo.

Corría 1945, como he dicho. La Segunda Guerra Mundial se acercaba a su fin, el ejército alemán se iba retirando de todos los frentes, pero nosotros no sabíamos nada de eso y la vida en el pueblo seguía como de costumbre. Los soldados alemanes ya no nos eran tan ajenos, y a cada día que pasaba eran menos. Una parte pereció en la batalla contra los partisanos, y otra fue enviada al frente oriental.

Ahora, tras haber obtenido el permiso del capitán alemán, las clases se impartían en la escuela, situada a escasa distancia del pueblo. Ahí fue donde comenzó todo. Era un día de sol, las ventanas estaban abiertas y veíamos cómo la bandera alemana ondeaba levemente al viento, juguetón. La Señorita estaba explicando que los verbos que expresaban una ocupación regían genitivo y brindó como ejemplo un dicho popular: «Todos los días, a primera hora de la mañana, la alegre esposa atiende su hogar». «Su hogar» ha de estar, pues, en genitivo.

–Vaya muermo de ejemplo –‍masculló Dimitra, que jamás había visto a su madre alegre por la mañana. Además, despreciaba toda regla, en especial las lingüísticas.

–Esposas que maniatan la fantasía –‍así las llamaba.

La Señorita opinaba lo contrario. Su principal deber y diversión era enseñarnos nuestra propia lengua.

–Ser griego es saber hablar griego –‍decía.

Cuando oíamos el estruendo de los aviones no nos preocupábamos. Creíamos que eran alemanes. En el pueblo había un aeródromo provisional que los alemanes habían levantado para sus transportes durante el asedio de Creta. Mi abuelo y mi tío paternos se habían visto obligados a trabajar allí, al igual que la mayoría de los hombres del pueblo. Y lo mismo le habría ocurrido a mi padre, de no haber sido porque estaba encarcelado, si es que aún seguía con vida.

Estábamos en el aula cuando cayó la primera bomba y el vidrio de la ventana tintineó. Esto nos despertó más curiosidad que temor y corrimos afuera para ver dónde había caído. La primera víctima era una burra cargada de leña. Su gran panza se había partido en dos y agitaba las cuatro patas en el aire mientras moría lentamente.

Los aviones no eran alemanes. Eran británicos.

La siguiente bomba se precipitó sobre el precario retrete exterior de la escuela, y por los aires volaban zurullos como si fueran ratas o ratones muertos. La Señorita, que se nos había sumado, gritaba que si no queríamos morir debíamos correr hasta la gruta.

No queríamos morir. La gruta estaba a unos cientos de metros de la escuela, adentrándose por la quebrada que cruzaba el pueblo. Estábamos familiarizados con ella. Allí jugábamos a policías y ladrones, entre otras cosas, y a veces espiábamos a las parejitas que buscaban cobijo.

En la clase éramos seis chicos y una única chica, Dimitra. Siete. «Buen número –dijo la Señorita–, Dios creó el mundo en siete días.»

Así pues, estábamos nosotros siete y la Señorita en la gruta. Era angosta, oscura, húmeda y estaba repleta de chinches y otros bichos. Nos sentamos, apretujados los unos contra los otros. Estaba muy cerca de Dimitra. La Señorita se plantó ante nosotros a la entrada de la gruta, la luz del exterior caía sobre ella y parecía uno de esos adustos ángeles de la iglesia del pueblo.

Las bombas seguían cayendo. Oíamos explosiones, el estruendo de los aviones y la sirena alemana. El campanero aprovechó la ocasión para hacer sonar la alarma. Le encantaba hacerlo, también antes de la guerra, cuando en verano se desataban incendios fortuitos en el valle. Se podría decir que su vida cobraba sentido, si bien ensordecía como consecuencia.

La Señorita parecía tranquila y aguardó hasta que el agitado parloteo se apagó.

–Mirad, esto puede ir para rato. Yo no tengo ningún problema. Ya desde que estudiaba en la universidad soñaba con esto. Con tener una clase entera para mí sola. Aquí no hay nada que hacer, nada que ver. Estamos solos: vosotros y yo.

Dimitra tenía razón. Era una bruja. Los ojos se acostumbraron a la oscuridad, podíamos vernos los unos a los otros y podíamos, sobre todo, ver a la Señorita, allí donde estaba, ante nosotros, con su vestido negro de manga corta, moviendo sus hermosos brazos pálidos como gaviotas.

–Cuando tenía vuestra edad e iba al instituto vino un día un señor mayor a la escuela y nos leyó en voz alta fragmentos de la Ilíada, de la que quizás hayáis oído hablar. Trata sobre la guerra entre Troya, una ciudad a la otra orilla del mar Egeo, y los griegos o aqueos, como se los llamaba entonces. Aquel hombre que nos visitó era un recitador profesional, un rapsoda. Iba por las escuelas hablando de Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, y leía algunos pasajes en voz alta. Igual que, según parece, Homero, que era ciego. Iba de una ciudad a otra declamando sus poemas y la gente acudía en masa a escucharlo. Y yo pensé que podría hacer lo mismo. Os voy a contar la Ilíada de memoria mientras estemos aquí. Tampoco es que tengamos mucho más que hacer.

Era cierto. No teníamos mucho más que hacer en la gruta más allá de tratar de protegernos de las chinches y otros bichos.

–¿Esa guerra cuándo fue? –‍preguntó Dimitra.

–Hace mucho. Hace más de tres mil años –‍respondió la Señorita.

Dimitra suspiró.

–Qué divertido…

La Señorita no se lo tomó a mal. No sonaba especialmente divertido. Pero tampoco es que tuviéramos mucho más que hacer en la gruta y la Señorita dio comienzo a la historia: “

15/08/2021

comiat

 

Plaça del Blat, Valls


Avui la Paquita, mare de la nostra companya Cristina, ha mort.

Les paraules, la musica acompanyen en aquests moments de dolor i comiat.

Rep, Cristina, tot el nostre escalf.




La mare plora, mare marona,
damunt les platges del seu cos
pels fills que moren, roses obertes
i en la bellesa el quiet sanglot...

La mare plora perquè a les ones
bressola nàufrags del terror
i espera sempre una resposta
que no li dem ni tu ni jo...

La mare plora, mar i marona
mentre el vent xiula una cançó,
no la consolen les blanques veles
ni els jocs d'infants pel seu vell llom...

Mar i marona que amb el teu alè de vida
mous les onades i els batecs dels nostres dies,
dóna'ns per sempre més el bé de la pau.

Miquel Marti i Pol


Kallifatides, obres 2

 



El passat no és un somni

Theodor Kallifatides


traducció: Montserrat Camps i Gasset

Galaxia Gutenberg, 2021

192 pàgines


Misèries i grandeses humanes

A El passat no és un somni el grec Theodor Kallifatides segueix fent memòria i reflexionant sobre temes vitals



Júlia Costa
llegir.cat

“En aquest llibre Theodor Kallifatides ens retorna a l’evocació de la seva vida, com va fer a Una altra vida, encara i Mares i fills. Alguns fets els retrobem o ens arriben des d’una altra punt de vista. El pas del temps ens porta per molts camins, de vegades terribles, difícils, i en aquests llibres acompanyem l’escriptor en una mena de recerca de pau existencial, en època de madura vellesa. A banda de la intimitat familiar de l’escriptor, de les referències a amics i noies que va estimar, el llibre ens situa en una època dura, en una Grècia trasbalsada per la invasió alemanya, amb venjances, pors, delacions absurdes, violència, amb totes les misèries i grandeses humanes, tan semblants a tot arreu.

El pare de l’autor va ser un refugiat, expulsat de Turquia per grec, mal acollit per sectors del poble que hi veuen sempre un foraster, a banda de ser un mestre íntegre, d’idees comunistes, ideologia aquesta que afectarà els fills però que també aconseguirà que aquests tinguin en tot moment la sort d’haver assolit uns criteris morals sòlids. Com aquest germanastre gran, castigat i maltractat per no haver volgut participar en una violació múltiple, per exemple.

Al capdavall marxaran del poble, cap a la capital, per poder facilitar el retrobament de la família. Les idees totalitàries suraran durant molts anys a Grècia fins a desembocar en la dictadura dels coronels. La duresa i la pobresa s’abalteixen amb l’estimació familiar, amb els colors i les olors de la natura. Kallifatides ens descriu de forma poètica i realista a la vegada els paisatges, les menges, els sentiments que provoquen els indrets abandonats i els nous descobriments, la força que representen per a ell, ja des de molt jove, la lectura, l’escriptura, la força de les paraules.

Malauradament, l’escriptor, desenganyat amb el seu país, més aviat amb aquells que el governen i decideixen, en marxarà. I aleshores s’adaptarà a una nova terra, Suècia, i a una nova llengua, apresa ben aviat, car és evident que la capacitat de l’autor per a l’aprenentatge és immensa, fins al punt d’estudiar a la universitat i arribar a ser un escriptor reconegut, en suec. A Suècia formarà la seva pròpia família, es guanyarà la vida, assolirà un reconeixement, però, en algun moment, retornarà a la llengua familiar, de la mateixa manera que visita de tant en tant la família, aquesta mare immensa i extraordinària que morirà amb més de noranta anys. Arribarà a rebre un homenatge en el poble on els van passar desgràcies diverses, entre les quals, l’empresonament i tortures al pare, a causa de la delació d’algú del mateix poble que no arribaran a saber qui és.

El passat no és un somni no està escrit de forma convencional ni absolutament lineal, l’autor té un estil molt personal. No és una novel·la, ni un llibre de memòries, ni un assaig, ni prosa poètica, però té de tot una mica. És aquest un llibre que, com els altres dos que he mencionat, sap greu acabar, deixa empremta i reconcilia amb la bona literatura, i compta amb el valor afegit de l’excel·lent traducció de Montserrat Camps.

És ple de reflexions i pensaments que podem fer nostres i que ens diuen coses que potser no hauríem sabut expressar tan bé però que entenem i compartim. He llegit altres llibres de l’autor i m’han agradat, però aquests tres m’han resultat propers i extraordinaris. Hi trobem, en aquest cas, un munt de temes vitals, la història recent de Grècia i d’Europa en general, el lligam amb els temes clàssics, tan presents en aquell país i que tanta influència han tingut a Occident, la complexitat de l’ànima humana, la força del poder d’adaptació i supervivència, el dret a cercar un futur en un altre indret del món, un món que hauria de ser la nostra pàtria fraternal i universal, més enllà de les fronteres falses amb les quals l’hem anat trossejant.”

Fragment:

“Tenia vuit anys quan l’avi em va agafar de la mà i no em va deixar anar fins a trobar els pares, a Atenes. Qui sap què m’hauria passat si m’hagués quedat al poble.

Era el 1946. Al començament de la primavera de 1946, els ametllers florien l’un al costat de l’altre i el camp estava en ple esplendor. Abans que tots els altres arbres, mentre el mestral encara sega com una falç, floreix l’ametller boig, com diu la cançó, i apareixen unes flors tendres, blanques, amb una aroma dolça i lleugera, com el gust de l’ametlla.

Érem experts en ametlles. Ens les menjàvem fresques, torrades, escaldades, pelades, salades, ensucrades. L’únic que no en fèiem era rostir-les a l’ast com un suvlaki. El juny de 1941, els alemanys havien entrat al poble. Van arreplegar tot el menjar que van trobar i el que ells no van poder arrambar s’ho van quedar els del mercat negre. Vam passar gana. Es van arribar a vendre propietats per un sac de farina. Es compraven noies per un quilo d’oli. Hi havia ànimes que s’apagaven de gana com lluernes.

Al poble teníem les ametlles. Passàvem gana, però ningú no en va morir. Jo tenia tres anys i la iaia – profundament religiosa – m’havia ensenyat a acabar la pregària del vespre amb una invocació particular al bon Déu pel pa nostre de cada dia.

–Ha arribat el pa? – li preguntava al matí tan bon punt em despertava.

–Incrèdul com Tomàs, aquesta criatura – em deia la iaia, i jo no l’entenia.

Un dia, els alemanys van perdre la guerra i van marxar. Al buit que deixaren germinaren, d’una banda, organitzacions d’extrema dreta, en alguns casos fins i tot excol·laboradors dels ocupants, decidides a fer desaparèixer qualsevol persona que mai pogués ser o esdevenir comunista, i de l’altra, organitzacions d’esquerra, decidides a venjar-se.

L’església d’Àgios Georgios era el cor del poble. A l’esplanada, hi celebràvem Nadal i Pasqua, bodes i batejos. Però en aquella època s’havia convertit en una era de la mort. Allà ens aplegaven, primer els alemanys, després els feixistes dels Batallons de Seguretat – en altres pobles els d’esquerres –, en triaven uns quants, se’ls emportaven i ningú no els tornava a veure mai més. Un dia eren uns els qui entraven als pobles, un altre dia, uns altres. Ningú no podia dormir tranquil.

Primer va marxar el pare, a l’últim moment. Van trucar a la porta i ell amb prou feines va aconseguir sortir pel pati del darrere. Em vaig enganxar darrere la mare, tremolant com una fulla de salze. Li van preguntar on era el seu home:

–Tot just acaba de sortir per anar a l’escola – els contestà.

El pare era mestre, l’escola era el seu orgull, l’havia renovada ell mateix.

–Ens vols enganyar, però ja el trobarem – li va dir el capitost, enfadat, i un parent llargarut li va clavar una bufetada salvatge que ella mai no va oblidar. No es va posar a plorar. Sabia que aquella bufetada li havia salvat la vida, perquè en van tenir prou i van marxar satisfets. Al cap de dos minuts, el pare va tornar a aparèixer. No podia marxar sense acomiadar-se dels fills, va dir, i la mare es va posar furiosa.

–Ves-te’n abans que no et mati jo – el va amenaçar.

Després va marxar tota la família, cadascú per separat. Primer els dos germans grans, després la mare. Jo em vaig quedar amb la iaia i l’avi. Sabia que al meu germà Stélios li havia passat alguna cosa terrible, però no sabia què. Jo tenia por dels xicots més grans, que tenien pares monàrquics. Em cridaven «llavor de roig».”

14/08/2021

Kallifatides, obres 1

 


Mares i fills

Theodor Kallifatides


traducció: Montserrat Camps i Gasset

Galaxia Gutenberg, 2020

176 pàgines



El que dona de si la vida

A Mares i fills, Theodor Kallifatides aprofita una visita a la seva mare per conversar sobre el que han viscut

per Júlia Costa
llegir.cat



“A Theodor Kallifatides l’hem conegut una mica tard i, encara, a petites dosis. Fill d’un mestre grec va emigrar a Suècia, allà va estudiar filosofia i es va anar consolidant com un autor reconegut i un intel·lectual de prestigi, professor a la universitat d’Estocolm, no sense passar per moltes dificultats. Ja de gran ha reprès l’escriptura en grec i ha obtingut un gran ressò amb Una altra vida, encara, un llibre ple de reflexions sobre temes diversos, de gran actualitat: la cultura, la llengua familiar, l’emigració, les identitats…

A Mares i fills ens explica el viatge que fa al seu país per visitar la mare, una dona singular, de més de noranta anys. Durant aquesta estada repassa algunes notes biogràfiques que li va deixar el seu pare i reflexiona sobre el pas de la vida i els llaços familiars però, també, sobre la situació de Grècia i els trasbalsos passats pel país al llarg del darrer segle. La mare és una dona lluminosa, lúcida, amb aquesta filosofia del poble tan necessària i, en ocasions, poc valorada, filla del seu temps però que s’adona dels canvis i que ironitza sobre tota mena de coses.

La mare es gran però el fill també ho és, ja que aquesta dona grega es va casar quan era una adolescent amb un vidu molt més gran que no pas ella. Malgrat aquesta diferència d’edat i l’arranjament que va suposar el casament van viure durant molts anys plegats, el pare va arribar també a una edat molt avançada. Al llibre hi ha la inevitable nostàlgia lligada al pas del temps i a les injustícies de la història, sobretot de la història de països com Grècia tot i que de tragèdies col·lectives se n’escapa poca gent. Hi trobem tendresa, afecte sincer i molts fragments inoblidables, com ara quan l’autor relaciona paraules i dites amb un substrat lligat a la Grècia clàssica i els seus relats mítics.

Kallifatides, una mica empeltat ja d’austeritat nòrdica, enyora la família que ha construït al país d’acollida, nets, fills, dona. Hi ha un cert sentiment de culpa relativa, en no poder estar més amb la mare o amb el seu germà petit i els seus nebots. El temps passa i és impossible saber què hauria estat de nosaltres si haguéssim pres d’altres decisions al llarg de la vida. En el cas de les generacions grans, com la dels seus pares, no hi havia la mateixa llibertat per decidir i els temps eren més difícils però, al capdavall, no sembla pas que aquesta mare tan terrenal i tan simbòlica a la vegada enyori el que no va poder ser.

Hi ha moments inquietants en la narració del pare, maltractat a fons durant l’ocupació i testimoni dels enfrontaments entre els mateixos grecs, però capaç de reconèixer, fins i tot, que els dolents no som sempre els altres. Un pare que va inculcar en els fills un sentiment ètic molt sòlid, com en el cas d’un germà mes gran, germanastre de fet, ja traspassat, que va ser fins i tot condemnat a mort per no haver volgut maltractar unes dones guerrilleres, sobretot a causa del que hauria pensat el seu pare. També ens inquieta el que la mare explica sobre la situació de la dona o el pes de l’honor femení en el passat, quan un pare era capaç de matar una filla si pensava que no s’havia comportat com calia.

L’autor sap que ignora encara molts detalls, sobre la vida del seu pare i de la seva mare, tothom té dret als seus secrets, manifesta. Malgrat les reflexions sobre pàtries i llengües, al capdavall, més enllà dels seus inevitables i sòlids lligams amb la mare i amb Grècia, l’autor acaba per fer universals els seus sentiments, els seus dubtes i les seves inquietuds. Per això ens sentim sovint molt identificats amb el que ens explica. És aquest un petit gran llibre, una delícia, i molt adient per llegir en aquests temps de tantes queixes inútils i absurdes, quan, d’alguna manera, un estrany i inesperat virus ens ha mostrat la nostra feblesa i ens ha fe partícips d’una necessària i encara llunyana pàtria universal.”

Fragment:

“Quan era petit, estava convençut que em moriria abans que la mare, segons el principi que l’arbre sobreviu al fruit.

Amb el temps vaig entendre la successió correcta, o almenys natural, de les coses, quan em vaig topar amb un altre problema: com seria capaç de donar-li un disgust tan gran com la meva mort?

Aquesta reflexió em va fer atent i assenyat. Els meus jocs mai no havien estat particularment agosarats, normalment intentava quedar-me a prop seu, una cosa que sovint em recorda quan li telefono els dissabtes.

Ella viu a Atenes. Jo, a Estocolm, des de fa uns quaranta-tres anys.

Aquestes telefonades són una tradició entre nosaltres. El millor és fer-les al matí, quan s’acaba de llevar i està asseguda, abraçada al cafè. És així com agafa la tassa, repenjant-la sobre l’estómac. Beu el cafè a glops petits, molt petits, de por que sigui amarg. El mínim són tres cullerades de sucre.

–Hola, mama, soc jo –‍li dic, quan aixeca l’auricular. Si està de bon humor, em contesta amb alguna rima. Si no està de bon humor, se n’hi posa.

–Mira que bé, és el meu fill petit, que és a l’estranger, i ara a la mama truca, que és una vella xaruga.

Algú potser dirà que sempre és la mateixa cantarella, però no l’és. Als seus noranta-dos anys, encara té la capacitat de jugar amb les paraules. Immediatament amolla el seu greuge.

–Tu, que encara no te m’havies desenganxat de les faldilles, i tan lluny que te’n vas anar.

No m’acusa, però no ho pot entendre. Ni jo tampoc no ho he entès. Vaig marxar de la meva pàtria, però, què volia deixar exactament al meu darrere?

Això ja no ho discutim més. Les coses són com són. La mare ho sap. Sempre ho ha sabut. No ho té al moll de l’os, això. Al moll de l’os hi té l’estoïcisme heretat, el talent de fixar-se en les petites alegries que alleugereixen les grans penes. La tassa calenta de cafè que descansa sobre el seu estómac és una bomba atòmica d’alleujament, sobretot amb quatre culleradetes de sucre.

En poques paraules, com que tots dos sabem que les coses són així, parlem d’altres temes.

Enguany he fet seixanta-vuit anys i la mare, noranta-dos.

«No soc el desencadenant principal de la Gran Guerra, però vaig néixer l’any en què va començar», diu de tant en tant, amb aquell seu distanciament irònic que evita que les sensacions la dominin.

Hem envellit tots dos i ja és hora de fer el que sempre he volgut fer: escriure sobre ella.

No volia fer-ho en vida seva. Tanmateix, ara em sembla que no tinc cap més remei. La mort se’ns atansa, a l’un i a l’altra. Quina de les dues morts farà la gambada més llarga, no tinc cap manera de saber-ho.

Dit d’una altra manera, estic obligat a escriure sobre la mare en aquest moment, tenint en compte que és possible que ella ho llegeixi. Probablement en sortirà un text ben diferent. En aquest moment, no sé pas quina mena de text serà.

Quan el pare va morir, vaig escriure un llibre. Al cap d’uns quants anys, quan vam traslladar la sepultura, en vaig escriure un altre.

Va ser difícil, però no tant com ara. El pare se n’havia anat. La seva vida s’havia acabat. El seu llibre ja estava escrit, per dir-ho així.

En canvi, la mare viu. I de quina manera! “

13/08/2021

Kallifatides i 5

 




Ángeles sin alas

Un relato de Theodor Kallifatides

La Vanguardia
17/08/2020

“Cuando era niño, en mi casa no había cuadros. Sospecho que no los había en ninguna casa del pueblo. Pero iconos sí. Sobre todo de la Virgen María. Era nuestra capilla doméstica. Veía a mi abuela persignarse, encender una vela frente a ella, bisbisear algunas palabras. Con eso se quedaba ya lista para acometer sus faenas diarias. Menuda y vestida de negro, erguida como un signo de exclamación.

Los iconos eran sagrados, pero no todos obraban milagros. En el pueblo, sin embargo, teníamos uno de esos. Era el sagrado icono de Paraskevís, que estaba en la capilla de la colina, en lo alto del pueblo. Lo había encontrado en un campo una anciana piadosa, conducida allí por un fuerte resplandor que se había alzado de la tierra.

Hasta ese icono llegaban peregrinos de distintas partes del país. En su mayoría ciegos o con problemas de visión. Se arrodillaban ante él, le rogaban con lágrimas en los ojos y algunos afirmaban sentirse mejor al instante. Aquel icono fue el primer oculista del pueblo.

Un domingo de octubre del año pasado se me venían a la memoria esos recuerdos, al despertarme solo en el hotel Sardinero de Madrid, confuso y cansado. Habían sido unos días muy ajetreados con numerosas reuniones, entrevistas y conversaciones. Mi librito Otra vida por vivir había cosechado éxito. Gozaba de reconocimiento en todas partes, figuraba en las listas de los más vendidos, hasta había recibido el premio Cálamo: el primer y único galardón extranjero. La publicación de El asedio de Troya estaba al caer.

Nunca antes había vivido algo parecido. La gente era amable, cercana, alegre. Debería estar contento, pero no lo estaba. En su lugar, me angustiaba la perspectiva de aquel largo domingo solitario. Mi Ariadna no había podido acompañarme. Me refiero a mi mujer. Es ella la que siempre encuentra el camino, la que sabe de su propio paradero las 24 horas del día. Yo no tengo sentido de la orientación. Soy capaz de perderme en mi propio cuerpo. Me pica detrás de la oreja y me rasco la axila.

De verdad que es así. Me perdí en el hotel, concretamente en busca de la sala de desayunos, a la que al final llegué con ayuda del olfato, que pese a décadas fumando aún me funcionaba. Mi madre decía de mí que había nacido con tres orificios nasales. Era capaz de percibir la lluvia que venía de camino, el aroma de mi madre entre un centenar de personas, y también otros olores menos agradables.

¿Qué iba yo a hacer un día entero en una gran ciudad como Madrid? No quería llamar a ninguna de esas personas encantadoras a las que había conocido, en realidad quería estar solo. Quería estar solo como la primera vez en Estocolmo. Con los años, las imágenes de aquella época me asaltaban con mucha mayor frecuencia.

Largos días sin intercambiar una sola palabra más que en alguna cola. Cuando iba a comprar comida, me colocaba voluntariamente en la fila más larga y casi siempre surgía alguna conversación, pese a lo limitadísimo de mi léxico. Se respiraba cierta calidez entre quienes esperábamos. Podía uno encontrarse con una mirada ajena; estábamos todos allí con un mismo recado. Era un alivio estar a la cola.

Era peor por las noches. Trabajaba en un restaurante y cogía en Jarlaplan el autobús nocturno de vuelta a casa. De noche me daban la espalda unos barrios hermosos y silenciosos. Así me sentía. En Atenas era totalmente distinto. Allí conocía a la gente, sabía a quién votaban, en qué tenían depositada su esperanza, de qué equipo de fútbol eran, y yo era uno de ellos. Mi ciudad jamás me daba la espalda. Pero Estocolmo se encerraba en sí misma y no había nada que hacer al respecto. Estaba solo. En casa no había nadie más que yo.

Ahora estaba en Madrid y ante mí se extendía un largo domingo vacío. Pero tenía un plan.

Domenicos Theotokopoulos nació en 1541 en un pueblecito de Creta, que por entonces pertenecía a Venecia, una democracia independiente. Con tan solo diecisiete años se marchó de Creta a Venecia, concretamente como aprendiz en el taller del maestro Tiziano. En su Creta natal lo llamaban maestro, pero en Venecia tuvo que volver a empezar de cero. Fue allí también donde lo bautizaron como El Greco, pues su verdadero apellido era bastante largo y complicado.

De mis comienzos en Suecia recuerdo cómo reaccionaba la gente.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Theodor Kallifatides.

—¡Uy! —me decían, y me pedían que lo deletreara.

—Kalle-Adam-Ludvig-Ludvig-Ivar-Fredrick-Adam...

—¡No tan rápido!

—Tore-Ivar-David-Erik-Sigurd.

El mundo no avanza tan rápido como creemos.

Poco sabemos sobre el período veneciano en la vida del Greco. Pero ha dado pie a una serie de anécdotas. Y hay una que me gusta mucho. Un día se quejaba el joven griego de que jamás pintaría como el maestro. Y Tiziano lo consoló. “Puedes ser todavía mejor. Puedes ser tú mismo”, le dijo el maestro.

Pensé en Ingmar Bergman. Una vez, me lamenté ante él de haber cometido todos los errores posibles. “Tranquilo, que siempre hay más”, me respondió él.

Una respuesta así puede marcar a uno para el resto de su vida.

El Greco se quedó tres años en Venecia y después se marchó a Roma, donde la rivalidad entre artistas era todavía más acusada. Miguel Ángel era el rey, pero el Greco decía de él que, aunque majo, era un inepto, y sugirió que pintaran por encima de su obra en la Capilla Sixtina.

¿Por qué dicen los grandes artistas semejantes tonterías sobre otros grandes artistas? Porque a los grandes artistas el arte malo no les preocupa, lo que les preocupa es el gran arte ajeno. Algunas veces caen de rodillas ante él y otras veces lo detestan. A Tolstói Shakespeare lo ponía enfermo.

El Greco no permaneció mucho tiempo en Roma, sino que probó suerte en Madrid, donde Felipe II estaba construyendo El Escorial y atraía a artistas de toda Europa. El Greco recibió un encargo, pero el rey no se quedó satisfecho y aquel cretense de treinta años emprendió rumbo hacia Toledo.

Allá me dirigía yo aquel caluroso domingo de octubre, “de espaldas al futuro”, como diría Anthony Burgess, pues iba sentado en dirección contraria a la marcha. El tren estaba atestado, pero la urbanidad española hizo que aquel breve viaje resultara muy cómodo y agradable. Nada de griteríos, ni de conversaciones telefónicas indiscretas, ni de saltos por los vagones. Me conmovió especialmente una hermana mayor jovencísima que les leía en voz alta a sus tres hermanos pequeños. Estaban colgados de ella igual que cuelgan las uvas en la vid. Me pareció entender que les estaba leyendo El Quijote.

Me atrevería a afirmar que es el único libro del mundo que cualquiera puede leer a cualquier edad. Yo tenía catorce años cuando lo leí y me hizo llorar de la risa. Don Quijote. El primer hombre moderno, arrojado a una realidad que él no comprende. Gran parte de lo que se escribió después sigue su estela.

Al apearme del tren en la bonita estación de Toledo, me sentía colmado de esperanza. Tenía el día a mis pies. Era un sentimiento del todo distinto el que se apoderó de mí cuando me bajé del tren en la estación central de Estocolmo al llegar a Suecia. Entonces estaba ansioso como un conejo. Fue hace mucho. Pero a día de hoy todavía me inquieta la estación central. Hay sentimientos que nunca nos abandonan. Los extranjeros nos congregábamos allí al caer la tarde, igual que pájaros en busca de un árbol donde pasar la noche. No nos conocíamos. Había yugoslavos, griegos, algún que otro turco, unos pocos finlandeses. Hombres jóvenes y solitarios que veían desaparecer la vida con la rapidez de un gusano en la hierba. Intercambiábamos algunas palabras. Fumábamos algún cigarrillo juntos. Aquello era todo y era lo único. La vida se componía de casualidades.

Toledo no es una ciudad cualquiera. Durante mucho tiempo fue sede de la corona española, y se yergue a orillas del plácido Tajo, sobre una alta colina. Las calles son estrechas y las callejuelas, más aún. Se la ha llamado “la ciudad de las tres culturas”, es decir, de moros, cristianos y judíos. Las tres han ejercido una influencia mutua muy visible y muy provechosa. Podría considerarse una lección sobre integración.

El Greco se instaló en el sector judío, “la Jerusalén española”. Por allí avanza el taxi con notable destreza y me deja a toda prisa a la entrada de su casa, reconvertida ahora en un museo. Museo del Greco. Se trata de un edificio de tres plantas, rodeado por un jardín bien cuidado con bancos para los ancianos. Pero ese día no somos muchos. La mayoría son jóvenes que pasean de la mano. Se oyen distintas lenguas. Dos mujeres jóvenes hablan griego y el corazón me pega una voltereta en el pecho. Lo hace cada vez que oigo mi idioma en algún país extranjero.

Conque aquí vivía mi paisano con su hermano mayor, casi con total probabilidad los únicos griegos de la ciudad, aunque uno no puede estar seguro. Sea como sea, tuvo suerte. Conoció al amor de su vida. Doña Jerónima de las Cuevas.

¿Quién era? ¿Cómo se conocieron? ¿Sería en alguna fiesta, o en alguna de las callejuelas estrechas? Nada se sabe al respecto, pero eso no impide que haya una serie de teorías. Que si era hija de un acaudalado toledano que había contratado al Greco como pintor, que si era hija única y de ascendencia morisca.

No sabemos mucho de ella, pero permanece entre nosotros. Es su rostro. Es su mirada la que se ve en sus cuadros. Esa mirada oscura e introspectiva bajo sus alargadas cejas.

Tuvieron un hijo juntos, pero jamás se casaron. ¿Por qué? Una vez más, no hay más que teorías. Que si su padre la había mandado con las monjas, que si murió joven. Sencillamente no se sabe.

Su hijo, Jorge Manuel, se crio con el Greco, que era un padre muy cariñoso. ¿Y cómo iba a ser si no? No tenía a nadie más.

Eso es lo que le ocurre a uno al vivir su vida en un país extranjero. Un hijo pasa a ser la prueba de que uno ha echado raíces. Lo sé. Así me sentí yo al ser padre. “Ahora tengo raíces en Suecia”, pensé entonces, y en eso pienso también mientras camino despacio, de una habitación a otra, en la casa del Greco.

La mayoría de sus pinturas más célebres están repartidas por España y por el extranjero, pero aquí se encuentra lo cotidiano detrás de la obra maestra, el ahínco diario por dominar aquello que él quería dominar por encima de todo lo demás: la luz.

La verdad es que no sabría decir si lo consiguió. Lo único que sabría decir es que la luz de sus pinturas es la más grande y la más hermosa que he visto. El museo alberga su vista y plano de Toledo, que figura entre sus obras más conocidas. Uno podría pasarse horas contemplándola.

Eso hice yo también. Igual que cuando vi por primera vez el retrato del primer inquisidor, el cardenal Niño de Guevara, que acometió su tarea con suma diligencia. Cientos de personas ardieron en la hoguera. Hasta el Greco estuvo acusado por pintar ángeles sin alas.

La mirada del cardenal y el fanatismo que desprende nos permiten intuir todos los crímenes que, antes y después, se cometieron contra la humanidad. La mirada del exterminio. Basta con verla una vez para no olvidarla jamás.

Llega la hora de volver a Madrid. Paseo despacio por la judería. De repente veo una placa a la entrada de una taberna muy antigua que ya no funciona como tal. Allí solía ir Cervantes cuando estaba de visita por Toledo. Él y el Greco fueron coetáneos. ¿Se conocerían? ¿Aquel forastero venido de Grecia y aquel forastero en la realidad?

No se sabe.

Pero a mí me gusta pensar que sí.

Más tarde, ya de noche, me llama mi Ariadna desde casa, desde Huddinge, preguntándose qué hice en todo el día.

—Estuve con un paisano.”

12/08/2021

Kallifatides, 4

 




Theodor Kallifatides: “No ser feminista hoy es totalmente estúpido”

Miquel Alberola
El País
02/03/2020

El apellido de Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 82 años) remite al mar de Homero. Él sostiene que deriva de calafate, el oficio de poner brea y estopa en las juntas de las embarcaciones. De joven quemó sus naves en el Peloponeso y emigró a Suecia, donde se reveló como un prestigioso narrador que España ha descubierto muy tarde, a través de Otra vida por vivir (2019), un libro traducido por Selma Ancira que emocionó a Mario Vargas Llosa y a Fernando Aramburu. Esta semana ha pasado por Madrid para presentar su última novela, El asedio de Troya, también publicada por Galaxia Gutenberg con traducción de Neila García. Su traje a rayas hace más vertical su delgadez, que mantiene tan rígida como el mástil al que se ató Ulises. Su cara es afilada, aunque sin la ansiedad de la lanza de Aquiles. Los años y Estocolmo han laminado en frío su cabello, pero no su ánimo.

Está muy satisfecho del éxito que tiene en España Otra vida por vivir, que va por la quinta edición. Y “muy sorprendido”. “Es una sorpresa muy apreciada en un libro que no es de intriga, ni de detectives ni asesinatos, sino un libro simple de la vida cotidiana”, señala con un esforzado español. Lleva cuatro meses estudiándolo a través de la aplicación Duolingo y se lo ha tomado muy a pecho, aunque cuando se atasca recurre al inglés. Los elogios de Vargas Llosa y Aramburu le parecen “de una generosidad fantástica”: “Estas cosas solo ocurren en España”, acota. A los 75 años se atascó como escritor. No era solo un problema creativo: también de la sociedad que lo rodeaba. Suecia se enredaba en los tentáculos del dinero, se alejaba del país de justicia social y solidaridad que había sido cuando él llegó. Los ciudadanos se convertían en individuos. Kallifatides envejecía en un mundo que le parecía cada vez más ajeno. Entonces viajó a Grecia. La crisis económica había reducido a escombros la dignidad del país que una vez fue el suyo. En medio de esa hecatombe volvió a ser griego y escribió este libro, el primero en su lengua materna y no en sueco.

Si Stefan Zweig lo alumbró con El mundo de ayer en Otra vida por vivir; Homero, lo ha hecho en El asedio de Troya con La Ilíada, donde una maestra recurre a la energía de la epopeya para ayudar a los alumnos a resistir el terror de la ocupación nazi en Grecia. No considera una blasfemia utilizar La Ilíada como columna vertebral de su relato. Quería dar una visión más aproximada, que los jóvenes comprendieran qué quería expresar realmente Homero. “A Homero se le ha malinterpretado. La Ilíada es un poema antibelicista, no heroico. Las escenas de la guerra son brutales porque Homero quería exponer toda su crudeza para mostrar el daño que se causa”, refiere.

Kallifatides penetra en la psicología de los héroes mortales, extrae humanidad de su ferocidad, crea complicidades sentimentales en ambas orillas del conflicto y al lector no le resulta fácil decantarse ni por el bando aqueo ni el troyano. “No hay guerras justas”, afirma. La novela encapsula una guerra (la Segunda Guerra Mundial en Grecia), dentro de otra guerra que sucedió hace más de 3.000 años. Pero en realidad son la misma guerra. “La guerra de Troya no termina nunca. Todas las guerras son la misma, Y todos los hombres y las mujeres son los mismos: el alma no cambia a pesar del tiempo. Para mí no son muy diferentes Aquiles, Aníbal o Hitler. Les une el deseo de destruir”, equipara.

Las dos historias que se entrelazan en El asedio de Troya dejan un rastro de cadáveres. Pero la primera y la última víctima siempre tienen rostro de mujer: el sacrificio de Ifigenia, el de Katerina… Incluso Helena, la aquea que huyó con Paris a Troya y desencadenó los celos de Menealo, es consciente de que ganara quien ganara, ella siempre sería la derrotada. “La guerra siempre tiene como principales víctimas a las mujeres, los niños y las niñas, mientras que los héroes, los hombres, se lo pasaban bien. Morían, pero con todos los honores”, destaca el autor.

Este enfoque convierte El asedio de Troya en un alegato antibelicista y feminista. “No ser feminista hoy es totalmente estúpido”, defiende con brío frente a quienes niegan a la mujer la posición de igualdad que le corresponde. “La continuación del mundo, del arte, de la literatura… siempre viene de abajo, no de arriba. ¿Quiénes están abajo? Las mujeres y los inmigrantes. La nueva literatura, el nuevo arte, la nueva política… vendrá de los de abajo. Los de arriba siempre piensan que lo mejor es que se queden las cosas como están”, expone. Él ha vivido "toda la vida rodeado de mujeres": “Mi madre, mi abuela, mi esposa, mi hija… Generalmente, he encontrado mujeres que eran más inteligentes y educadas que yo".

Del mismo modo que la maestra recurre en la novela al poder del mito para ayudar a sus alumnos a sobrellevar el terror, el escritor considera que el poder de la literatura puede ayudar ahora a Grecia en su adversidad. “La literatura y el arte son de gran ayuda a un país sumido en la pobreza”, prescribe. Recuerda que los grandes libros de la Grecia moderna han sido escritos en momentos difíciles, como en los años veinte, cuando un millón y medio de griegos emigraron desde Turquía con la caída del Imperio Turco. “Después de esto es cuando tuvimos la primera generación de novelistas griegos. Y tras la ocupación nazi y la guerra civil, llegó la segunda generación de escritores. Siempre necesitas a los intelectuales y los escritores, pero más que nunca en situaciones de crisis”.

Ahora los indigentes han sustituido a los pobres en Grecia. Kallifatides había sido pobre toda la vida, excepto cuando su padre aún tenía trabajo como maestro. Su madre solía decir que la pobreza estaba allí, pero los pobres iban limpios. “Somos pobres, pero tenemos nuestra dignidad, decía mi madre. Pero ahora a los pobres se les niega incluso la dignidad”, deplora. Con el impacto de esta devastación, el escritor volvió a ser lo que había sido: griego. Recuperó su idioma como instrumento literario y escribió Otra vida por vivir. Ahora crea en ambas lenguas: “Me encanta trabajar así”. “Las lenguas se enriquecen una a otra. Son como dos pequeños ríos que confluyen. Es otro río. El tercero. Es un proceso muy fascinante. La lengua no son solo palabras. Son ideas, ética, valores morales. Cuando permites que dos lenguas se encuentren suceden muchas cosas buenas. Empiezas a entender el mundo de una manera distinta”, consigna.

A Kallifatides le preocupan el aumento del fanatismo, las guerras, el auge de la industria armamentística, la contaminación y la pobreza. Y el futuro de la Europa que acorraló a Grecia. ¿Raptó la Unión Europea a Europa, como hizo Zeus con Europa? “Europa significa en griego la que tiene unos ojos grandes y bonitos. Seguramente no quería estar con Zeus”, ironiza. “Europa empezó con una de las ideas más frágiles que hay, la de una civilización en común, que no es verdad. No hay ningún griego que piense que como ciudadano es igual a un francés. Y esto ocurre en todos los países. Tenían que haberse basado en otras ideas, como la de trabajar a favor de la paz, la de luchar contra la pobreza… Cosas que puedas hacer", propone. Con todo, es consciente de la necesidad del proyecto europeo, aunque más pragmático, "porque los grandes problemas ya no son locales".

Aunque Kallifatides dudó sobre si debería de escribir después de los 75 sigue haciéndolo a los 82. ¿Cuál es la última barrera para el escritor? “La muerte, naturalmente”, señala. Recuerda el caso de Simenon, que un día, tras escribir 400 libros, dijo que no podía escribir “ni una palabra”. “En mi caso, he prometido no escribir cuando vea que el texto que hago no es bueno, cuando empiece a escribir mal. Es una especie de muerte, pero no la muerte”, zanja.”