13/05/2022

corazón de ulises, fragment 4

 


“Cuando regresé a la pensión, Dimitris tenía lista para asar una jugosa dorada capturada esa mañana. La acompañé de vino blanco y una ensalada con queso feta. Dimitris no me dejó pagar: "Es norma de hospitalidad invitar a un nuevo amigo". Pensé si no estaría soñando aquel mi primer día en la patria de Ulises.

Después, en la habitación, abrí la Odisea y di un repaso a las aventuras viajeras de "aquel varón de multiforme ingenio" que dio pie a "la primera novela de Europa", como señaló T. E. Shaw, más conocido por el nombre de Lawrence de Arabia.

Es probable que el comienzo de la Odisea, junto con otros cuantos como Don Quijote de la Mancha, El viejo y el mar, El extranjero, La metamorfosis, Pedro Páramo y Cien años de soledad, sea uno de los mejores principios de la literatura de todos los tiempos. "Cuéntame, oh musa", canta Homero, "la historia de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo errante largo tiempo, vio las ciudades y conoció las costumbres de muchos hombres, y padeció en su corazón gran número de penalidades durante su navegación por el mar, mientras se esforzaba por salvar su vida y la de sus compañeros para regresar a la patria. Pero no pudo librarlos de la muerte y todos perecieron a causa de sus locuras". Con un principio semejante, nadie puede detenerse ya en la lectura del poema.

Yo lo leí cuando tenía diez años, en una edición resumida para niños, y creo que es el libro que me decidió a viajar y a intentar ser escritor. Luego, he vuelto a su versión íntegra en varias ocasiones: siempre se encuentra algo nuevo en sus páginas, siempre emociona. A los clásicos no terminas de leerlos nunca y en sus páginas hallas asuntos en el relato y aspectos del estilo y la estructura en los que antes no habías reparado. Los libros clásicos hablan más hondo en nuestra alma con cada lectura que reemprendes.

No resisto la tentación de recordar aquí los hermosos principios que he señalado antes: "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..." (Cervantes). "Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez" (Hemingway). "Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé" (Camus). "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su casa convertido en un monstruoso insecto" (Kafka). "Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo" (Juan Rulfo). "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo" (García Márquez).

Palabra literaria.”

Corazón de Ulises
Javier Reverte
Círculo de Lectores, 1999
Página 382-383

12/05/2022

corazón de ulises, fragment 3

 

Ruïnes Biblioteca de Pèrgam (Turquia)



"Continué camino el día después, rumbo al norte. La siguiente etapa de mi viaje griego era Çanakkale, al borde del estrecho de los Dardanelos, la ciudad más próxima a las ruinas de la legendaria Troya homérica. Pero antes quería detenerme en Bergama, la Pérgamo de griegos y romanos, donde se guardó durante siglos una de las bibliotecas más importantes del mundo antiguo. La imponente librería de Pérgamo rivalizó con las de Constantinopla y Alejandría, y como las otras, desapareció en los saqueos y en el fuego. La humanidad ha perdido grandes cosas en su largo viaje de siglos a caballo de la intransigencia, el odio, la guerra y el fundamentalismo. Pero la pérdida peor de todas puede que no sea otra que la de las bibliotecas de las culturas griega y romana. Quemar libros, por otra parte, ha sido una de las pasiones favoritas de los hombres atacados por la fe ciega, fuesen bárbaros, árabes o cristianos. Y también de aquellos que han detentado un poder político sostenido sobre el pensamiento único, como los nazis, que hicieron pira en Berlín, poco antes de la II Guerra Mundial, con los libros que consideraban dañinos para su ideología. Y aún arden libros en el mundo cuando el atroz nacionalismo decide imponer la razón suprema de la sangre por encima del impulso de libertad.

La literatura es siempre el gran enemigo de la intransigencia religiosa, el absolutismo político y la barbarie nacionalista. Peor que los ejércitos del adversario, más dañina para un tirano que un bombardeo atómico. Por eso, la literatura tiene algo de redentora, es quien nutre el alma de fe en la libertad y la justicia. Ninguna ideología, ninguna religión, ni siquiera el mejor de los sistemas políticos, pueden usurpar a la literatura su hegemonía liberadora. Porque a menudo abre para los hombres caminos impensados por donde escapar del caos, del horror y del desánimo. Grecia fue su literatura, sobre todas las cosas: por eso la amamos, por eso nos asombra. En el milenio que asoma, como un abismo de incertidumbres delante de nuestros pies, la literatura puede decirnos de nuevo que no debemos aceptar que el hombre ha muerto, como proclamaba William Faulkner. Y puede que nos ayude a sortear los abismos volver otra vez el rostro hacia atrás y repensar en griego.

Camino de Pérgamo, me senté en el autobús al lado de un joven turco que, cosa extraña en el país, no lucía bigote, y que hablaba un buen inglés, cosa rara también. Se llamaba Ahmed, había vivido un año en Inglaterra y estudiaba para convertirse en recepcionista de hotel. "El turismo tiene mucho futuro en mi país, ¿sabe?" Iba hasta Çanakkale, donde habría de cumplir un año de servicio militar obligatorio. No parecía alentar muchos deseos de vestir de uniforme. "He tenido suerte: si me hubiesen destinado al sureste, habría tenido que pelear contra los kurdos; allí hay guerra, aunque los periódicos hablen poco de ello. En cambio, por aquí está todo tranquilo..., aunque nunca se sabe con los griegos."

Me acordé del muchacho griego que, una decena de días atrás, conocí en el barco que me llevaba a Kastellorizon. Al igual que Ahmed, era estudiante, consideraba un fastidio perder dos años de su vida en el ejército y miraba con esperanzas su futuro como ingeniero. ¿Tendrían alguna vez que enfrentarse a tiros aquellos dos buenos chavales por una razón tan absurda como el rencor histórico?"

Corazón de Ulises
Javier Reverte
Círculo de Lectores, 1999
Página 169-171

dia internacional dels museus

 


CERCA PROPOSTES

11/05/2022

corazón de ulises, fragment 2


Claude-Joseph Vernet
Noche: escena de la costa 
mediterránea con pescadores y barcos
1753
Óleo sobre lienzo: 96,5x134,56 cm
Colección Carmen Thyssen


 

“El viaje literario tiene algo de viaje hacia la eternidad, una búsqueda incansable del tiempo detenido. Por eso, aunque en Alejandría ponga, dentro de unos días, fin a este vagabundeo, guardo la sensación de que mi viaje seguirá, y de que lo hará a lomos de la palabra escrita.

Cuando viajas literariamente recorres tres veces, al menos, el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Sin duda es la forma más rentable de viajar. Y la más honda, porque escuchas y ves con oídos y ojos más atentos. Recuerdo aquello que decía Don Quijote: "¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?".

Corazón de Ulises
Javier Reverte
Círculo de Lectores, 1999
Página 17





Capítulo VI

Una isla para escritores

“Repaso mis notas de aquel día y leo que, a las diez de la noche, tenía la sensación de llevar navegando una eternidad a bordo de aquel barco, en las honduras del Egeo. En todo largo periplo hay un momento en que percibes que el viaje ha comenzado de veras, y no suele suceder al principio, sino cuando sientes que tu alma ha escapado definitivamente a la rutina, que ha huido de los hábitos de la vida cotidiana, de tu patria, en suma. Da lo mismo entonces el rumbo de tu marcha y el puerto al que te diriges. Disfrutas la alegría de la intensidad del presente y todo te emociona: los rostros desconocidos de los otros viajeros, algunos de los cuales ya te van siendo familiares; la visión de paisajes no imaginados; el golpe del viento que te revuelve el cabello; el olor del mar. Y piensas entonces que la sensación de eternidad se halla más próxima del movimiento que de la inmovilidad, del viaje que del hogar, mientras la Tierra parece mecerte en su regazo amable.

Más allá de la banda de babor, bajo las furiosas estrellas y una bruñida media luna, se recortaban entre las sombras del cielo los lomos oscuros de las montañas turcas, y en sus faldas parpadeaban las apocadas luces de algunas aldeas. Eran las costas del Asia Menor, las costas donde nació la filosofía, las costas de Heráclito, aquel que vino a decirnos que todo fluye. Era cierto, pensé, porque yo mismo me sentía disuelto en el espacio, y al propio tiempo, más vivo que nunca marchando en los caminos de la nada. Lo eterno es dejar de ser en el ritmo vertiginoso del incesante cambio. Tenía la impresión de que mi viaje empezaba en esa noche. “

Corazón de Ulises
Javier Reverte
Círculo de Lectores, 1999
Página 103








barcelona poesia 2022

 



PROGRAMACIÓ

10/05/2022

corazón de ulises, fragment 1

 

“Con su acostumbrada lucidez, Werner Jaeger ha definido mejor que nadie los ideales de la cultura griega. Su libro Paideia apareció en 1933 y, en mi opinión, no ha sido superado por ningún otro. Su magnífico estudio del espíritu griego establece en el concepto areté, tan empleado por Homero y de cuyo plural nace el término "aristocracia", el íntimo ideal de los aqueos que acabaría por transformarse, con más amplios contenidos, en el ideal de la cultura clásica.

Areté podría significar "virtud", pero en un sentido desprovisto de matices morales de índole religiosa. La areté sería una virtud meramente laica, que incluía el heroísmo en el combate y también una conducta cortesana. El ideal caballeresco de los aqueos era patrimonio de los nobles guerreros, pero tras la invasión doria el pueblo lo hizo suyo y siguió transmitiéndolo a las siguientes generaciones de griegos. La areté suponía fuerza y vigor físicos, modos de comportamiento, educación en los mitos de la Antigüedad y, desde luego, retórica. Con el paso del tiempo, también llegó a significar prudencia y astucia. Así, mientras el héroe homérico Aquiles se distinguía, sobre todo, por su fuerza y valor, el otro gran héroe de los poemas de Homero, el itacense Odiseo, basaría su areté en su enorme ingenio y su capacidad para encontrar recursos con que eludir situaciones difíciles. La areté de Aquiles se cifra en el heroísmo en el combate; la de Ulises puede llegar a ser, incluso, la capacidad para engañar cuando es el caso. No hay que olvidar que los criterios morales de los griegos no se parecían en absoluto a los nuestros, heredados en su mayoría del mundo cristiano. Sus dioses, entre otras cosas, no eran infinitamente buenos e infinitamente justos, como el dios cristiano, sino infinitamente malignos e infinitamente caprichosos. En la Antigüedad clásica, del último que podías fiarte era de un dios.

Para un noble de la aristocracia aquea, el culto al valor y al heroísmo se sobreponían a cualquier otro valor, y el sentido del deber debía regir su conducta a lo largo de toda su vida. La victoria no era tanto vencer en el combate como mantener la norma de conducta. Era preferible morir en la lucha que huir atenazado por el miedo y ser derrotado por la cobardía. Además de poseer coraje, el noble debía conocer la historia de los héroes antiguos para poder emularlos, y ser capaz de emplear una bella retórica con la que cantar sus propias gestas y hacer oír sus criterios en la asamblea de los notables. Aquiles, a quien su padre Peleo confió al prudente y sabio centauro Quirón para que se encargara de su instrucción, fue educado en la norma de "pronunciar palabras y realizar acciones", según se recoge en la Ilíada.

La principal ambición de aquellos guerreros aristócratas era ganar fama y honor; por eso eran, al tiempo, soberbios y magnánimos. Buscaban el reconocimiento social con todo desparpajo. Ellos poseían la areté como un tesoro espiritual negado a los hombres ordinarios. Y necesitaban de ese reconocimiento social.

De modo que, desprovistos de un código moral tal y como hoy consideramos ese concepto, y atados a una norma de conducta cuyos objetivos eran la gloria y la fama, los aqueos alumbraron un ideal propiamente estético. Su propósito era convertirse en almas selectas, un anhelo que sobrevivió, con otras formas, en los pensamientos de la gran filosofía griega, en Platón y Aristóteles, y una aspiración griega transmitida al mundo desde los textos de Homero. Había que ser noble para ser bello, y sin belleza no podía existir nada que fuese noble.

En los siglos posteriores al nacimiento de los poemas homéricos, la civilización griega amplió los dominios de sus aspiraciones morales y estéticas, sobre el campo de valores trazados por los aqueos. No hay que olvidar que los jóvenes atenienses de los siglos VI y V, y también el joven Alejandro Magno, un siglo después, se educaron aprendiendo los versos de la Ilíada y la Odisea, lo que suponía la comprensión y aceptación de un mundo de valores determinados por el impulso de llegar a convertirse en almas selectas.

Grecia construyó su ambición de inmortalidad al margen de los dioses, más acá de la muerte. "Apropiarse de la belleza" era la norma aristotélica. Y la aspiración a la belleza surgía como el fruto de una selección: la búsqueda del equilibrio, la armonía de las formas, el esfuerzo de los escritores por crear obras inmortales, la lucha por establecer un definitivo canon para todas las artes; la fama, en fin, lograda a través del rigor estético.

Puede no ser otra la razón por la que el alma griega ha saltado en el tiempo y llegado hasta nosotros viva y plena de juventud. Quizá es por ello por lo que sus obras no acaban nunca de decir todo lo que tienen que decirnos. Los códigos morales se diluyen en los siglos, pero la aspiración a la belleza, al honor y al coraje vuelve una y otra vez a convertirse en un anhelo humano que es imperecedero.

"Más vale morir de pie que vivir de rodillas", gritaba la Pasionaria en el Madrid cercado por el fascismo en 1936. ¿No es acaso un grito casi estético que hubiera hecho suyo el propio Aquiles? "Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado", escribía Hemingway en El viejo y el mar. ¿No firmaría tan romántico aserto un héroe homérico del talante de Héctor o de Áyax? ¿Y qué decir de la fama que buscaba lograr nuestro admirado y querido Don Quijote?

Los leones de la puerta del palacio de Micenas siguen en el lugar donde fueron colocados por los artistas aqueos. Pero sus cabezas han volado en busca del aire. Y aún planean sobre los infinitos espacios del alma perpleja de los hombres. "¡Ah, cuando yo era niño", clamaba el poeta Antonio Machado, citado por Manuel Fernández-Galiano,"... y soñaba con los héroes de la Ilíada!".”

Corazón de Ulises
Javier Reverte
Círculo de Lectores, 1999
Página 34-36

09/05/2022

corazón de ulises i 3

 




Grecia de nuevo

Por Javier Reverte
Viajar, El Periódico
15/06/2016



“Moret me ha despertado las ganas de volver a las recoletas calas de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie.”

"He vuelto a Grecia hace unos días, pero de la mano de un libro: el trabajo de Xavi Moret, buen amigo y un estupendo periodista y escritor de viajes. El libro se titula Grecia, viaje de otoño y, en su recorrido, se asoma a muchos de los escenarios que yo visité en mi periplo de 1998 para escribir Corazón de Ulises y otros nuevos en los que yo no había reparado durante mi personal aventura de entonces. Me ha emocionado leer que compartió una breve charla con Dimitris, el dueño de la pensión-restaurante Tsiribis, de Ítaca, de quien me hice buen amigo durante mi estancia en la isla. Parece que Xavi -él se lo perdió- no se interesó mucho por mi camarada griego. A mí, sin embargo, me fascinó: sobre todo cuando me llevaba a pescar en su vieja barca en un recodo de la bahía de Vathy, en donde apenas había peces y, al arrimo de una bullabesa preparada por él mismo con agua de mar, tomates y el escaso pescado que habíamos logrado capturar, me recitaba en griego clásico el comienzo de La Odisea.

Para compensarlo, Moret encuentra a sus particulares personajes. Y el primero de todos, el escritor de novelas negras Petros Márkaris, padre del comisario Kostas Jaritos. Juntos recorren escenarios escondidos de la ciudad de Atenas y van a comer a Plakas. Por fortuna, ese día no se topan con los constantes atascos de tráfico y las manifestaciones políticas que abruman tanto en los relatos de Márkaris.

Resulta curioso que muchos de los que hemos viajado por Grecia para escribir sobre el país acabemos dando con un hombre de esos a los que, más o menos, podríamos llamar "griego de a pie", que nos enamoran y que, en cierto modo, representan y recogen la vieja alma y los viejos valores del mundo clásico. A Moret le pasa con Márkaris, a mí me sucedió con Dimitris, a Henry Miller con el poeta Katsimbalis y a Alexis Kazanzakis con su paisano Zorba. Moret se detiene mucho a hablar de este singular personaje novelesco que bien pudo existir y del que dice el novelista griego: "Zorba era el hombre que yo buscaba desde hacía tiempo y no encontraba. Un corazón vivo, una boca ancha y golosa, un alma de bruto no cultivada, unida todavía al cordón umbilical de su madre, la tierra... Viendo cómo Zorba bailaba, comprendí por primera vez la demoníaca sublevación del hombre por vencer la pesadez y la materia, la maldición original". En su trabajo, Moret dedica un puñado de excelentes páginas al personaje de Kazanzakis.

Por lo demás, el autor enlaza con frecuencia las historias de la actualidad griega, y sus paisajes, con el mundo del ayer, con el mundo de los mitos y de los héroes. Le hubiera venido bien al libro un salto al Asia Menor, la antigua Jonia, en la costa egea de Turquía, en donde creció el espíritu de Homero y nacieron la filosofía y la ciencia. No obstante, para compensarlo, Moret nos pasea siguiendo las huellas del gran Lord Byron, que peleó por la independencia de Grecia hasta perder la vida, y con un salto a la vivienda escondida del gran poeta Yannis Ritsos, en Monemvasía, en el hondo sur del Peloponeso. Y nos recuerda un hermoso verso que el vate dedicaba a la región y que, en buena medida, valdría para toda Grecia: "Aquí, el paisaje es tan agreste como el silencio". Menos para Atenas, claro está, la ciudad de los ruidos.

En suma, Moret me ha despertado las ganas de volver a la Hélade y, sobre todo, a las recoletas calas de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie. A lo mejor lo hago uno de estos meses."