01/06/2024

la teoría...., fragment i 3

 



Un domingo de invierno, 2019



    Sus pasos crujen al romper la escarcha que recubre las hierbas del suelo. A Isaac lo reconforta sentirse acompañado por ese sonido quebrado y el canto ligero de los pájaros que desafían el frío alzando el vuelo. Deja de caminar cuando llega a la mimosa; el tronco se retuerce, las ramas están desnudas y se preparan para la llegada de la primavera. Abraza contra el pecho la pequeña urna azulada que sostiene en las manos. Fue la única petición que le hizo Martín mientras lamía como un niño un polo de fresa. «Mira, cuando todo acabe, que la urna sea azul, ¿de acuerdo? Nada de dorados o estampados raros. Azul como tus ojos o como el agua contenida en las piscinas.» Y él le prometió que así sería.

    La abre despacio, traga saliva y deja que se vaya. Polvo al polvo.

    Martín regresa al jardín, se une a la tierra donde dentro de unos meses brotarán las flores y el color y la alegría; cae sin esfuerzo porque ya no pesa, no hay equipaje sobre su espalda, así que se desliza entre el viento y es etéreo y sempiterno.

    Esa tarde, Isaac coge la chaqueta más gruesa que tiene en su armario, sale a la terraza y abre una lata de cerveza. Brinda solo. Lo acompaña el limonero, las parras que parecen hibernar, las plantas adormecidas que esperan la llegada del sol para iniciar su pequeña revolución. Piensa en archipiélagos, en los naufragios que ocurren alrededor, en animales exóticos escondidos y en lugares que nunca ha pisado el hombre. Es consciente de que a veces la marea sube y algunas islas desaparecen, pero vuelven a salir a flote en cuanto baja el nivel del mar. Nota que su corazón está en paz y, para celebrarlo, se enciende un cigarrillo y, entonces, sonríe despacio.

    No está seguro de si algún día volverán a encontrarse, pero lo que sí sabe es que aquel verano fueron felices, profundamente felices, y con eso basta. Que la vida se mide en besos: los que se quedan esperando y los que se dan y son eternos.”

La teoría de los archipiélagos
Alice Kellen
Planeta, 2022
páginas: 278-280

cuines literàries

 


Titaina valenciana



    La titaina valenciana, tot i compartir elements amb el pisto, es considera un menjar únic amb un origen molt clar: València. Els Poblats Marítims, i concretament el barri del Cabanyal, són l’escenari en què es cuinava la titaina, un plat basat en els productes de la terra i en la humilitat de qui vivia en estos llocs. La tradició de cuinar titaina marinera ha arribat fins als nostres dies, i és fàcil saber per què és una recepta que continua perdurant en el temps.

    Per a començar, la titaina és un plat senzill i deliciós que, com el pisto, es pot emmagatzemar en un pot hermètic perquè duri a la nevera uns quants dies. Es pot preparar de moltes maneres, en "picadetes", torrades, barquetes o com a farcit de pastissets o coca, també és freqüent trobar titaina en bars i restaurants. És, sens dubte, una recepta que encaixa perfectament amb el clàssic “esmorzaret” que tanta tradició té.

    Però, què és la titaina? O, més ben dit, per què és tan especial? D’una banda, la tonyina de sorra o, dit d’una altra manera, la ventresca de la tonyina en saladura. Encara que podem preparar també amb peix fresc o bonítol, la tonyina és un dels ingredients que millor defineixen la titaina valenciana. D’altra banda, una altra característica principal són els pinyons, que també marquen la peculiaritat d’este plat.

Ingredients clàssics de la titaina (per a 4 persones):

300 g de ventresca de tonyina
40 g de pinyons
1 kg de tomaques
2 pimentons verd italians mitjans
1 pimentó roig
2 alls
Oli d’oliva verge extra
Sal

Recepta original de la titaina

1. Partirem que hem comprat tonyina de sorra envasada amb oli (és a dir, que no haurem de deixar-la en remull per a dessalar-la). Si utilitzem peix fresc, també haurem de netejar la peça i tallar-la en trossos petits.

2. Picarem els alls i rentarem i pelarem els pimentons, els tallarem en daus petits i els traurem les llavors.

3. Posarem a escalfar un parell de cullerades d’oli d’oliva en una cassola. Després, hi afegirem els alls picats amb els pinyons, i remourem a foc suau perquè agafin color però que no es cremin.

4. Hi afegirem la tonyina i la sofregirem. Tot seguit, la retirarem i la reservarem.

5. Llavors serà el torn dels pimentons. Els afegirem a la mateixa cassola amb una miqueta més d’oli i els sofregirem fins que estiguin tous.

6. Trossejarem o ratllarem els tomaques, i les afegirem a la cassola. Remourem i les deixarem uns 30 minuts a foc suau.

7. Hi incorporarem després la tonyina, els pinyons i els alls, i ho remourem bé. Ho deixarem cuinar lentament entre un mínim de 10 minuts i un màxim de 30 (ho recomanem si volem que el guisat sortí melós i amb més sabor). Ajustarem el punt de sal.

La titaina valenciana té més sabor després d’unes hores, per la qual cosa el millor és deixar-la reposar . La podem acompanyar amb ou dur, truita.., però sens dubte el que millor li anirà és un bon pa.

31/05/2024

la teoría...., fragment 2

 

Verano, 1980

    ” Casi había oscurecido del todo cuando llamaron a la puerta. Y era él, vestido con unos pantalones oscuros y una camisa con las mangas subidas a la altura de los codos y los primeros botones desabrochados. Como si quisiese recalcar lo diferentes que eran, Isaac parecía relajado y dueño de sí mismo, con una sonrisa deslumbrante.

—Hay fiesta en la plaza, ¿te apuntas?

—¿Fiesta? ¿Ahora? —Miró su reloj.

—Sí, Martín, ahora, ahora. Será divertido. Venga, que vamos a llegar los últimos. Coge las llaves o lo que sea y cambia esa cara que tienes, esa cara de...

—¿De qué? —gruñó.

—De estreñido.

    Martín no respondió, quizá porque estaba ocupado valorando el plan que le proponía Isaac o porque tenerlo delante lo desestabilizaba demasiado y le hacía pensar en aquel beso que le había dado y en la culpa, la traición, la insólita novedad. Lo había meditado a lo largo de los últimos días, buscando entre recuerdos y ecos del pasado, pero no recordaba haber sentido nada parecido por un hombre. Los había conocido atractivos, sí, o de esos con tanta presencia que lo hacían encogerse en respuesta, pero jamás se había comportado de aquella manera: confuso, deslumbrado, desnudo, curioso, vulnerable.

—Dame unos minutos —logró decir.

—Cinco, no más. Te espero al final de la calle.

    Transcurrido el doble de tiempo, lo encontró allí montado en su Vespino. Martín subió detrás y, tras dudar en un par de ocasiones, apoyó una mano en su hombro cuando el otro aceleró bruscamente ¿Era la primera vez que montaba en moto? Sí, estaba seguro de que sí. Contra todo pronóstico, le gustó sentir el viento sacudiendo su rostro y revolviendo el pelo de Isaac. Lo asaltó un pensamiento que nunca había tenido viajando en coche: la certeza de que, mientras ellos se encontraban en movimiento atravesando la noche y las estrellas y la luna redonda, el resto del mundo permanecía cristalizado.

    La plaza del pueblo vibraba cuando ellos llegaron.

    La gente se había vestido con sus mejores galas, el bar estaba rodeado por una barra exterior en la que servían bebidas, y había varias mesas largas llenas de bocadillos que un grupo de mujeres repartían a los que esperaban haciendo cola.

—¡Isaac! —gritó alguien.

—¡A buenas horas, Isaac!

    Los vecinos lo saludaban conforme se adentraron en la multitud. Martín permanecía callado a su lado, fascinado por la familiaridad que desprendía aquel lugar, esa sensación impensable en la ciudad de que todos se conocían y sabían quién era quién; que si la mujer de Paco, el sobrino del alcalde, la tía de la Dolores, los de la pescadería...

—Él se llama Martín. Estamos trabajando juntos en un libro —lo presentó ante un grupo de amigos que lo miraron con interés.

—¡El escritor! —exclamó una chica.

—No soy..., bueno, sí, eso —cedió.

    Cuando la noche llegase a su fin, Martín asumiría que en aquel pueblo nadie recordaría jamás su nombre, porque el mote de «el escritor» cuajó incluso antes de que pudiesen conocerlo. Pero era mejor que otros que oyó con el paso de las horas, como el Sardina o Jaimito, que parecía propio de un chiquillo y pertenecía a un hombre de ochenta años de rostro apergaminado y escaso sentido del humor.

    Martín devoró su bocadillo de lomo con pimientos mientras vagaban por la plaza hablando con los vecinos. Tal como había supuesto, aunque Isaac vivía a las afueras disfrutando de cierta soledad e independencia, se le daba de perlas el arte de socializar. Un halago por aquí para el peinado de la señora, una palmadita en la espalda al policía del pueblo, un chiste y dos trucos de magia para los niños más pequeños...

    ¿Cómo no encariñarse con él? ¿Cómo mantenerse inmune a sus encantos? ¿Cómo ignorar el magnetismo que desprendía a su paso?

—Venga, vamos a tomarnos un chupito de cazalla.

—¿Cazalla? —Martín lo siguió hasta la barra.

—¿No sabes lo que es? ¿Y cómo narices celebráis las cosas en Madrid? —Llamó al camarero por su nombre de pila y alzó dos dedos en alto—. Sabe a anís seco.

    Mientras el hombre les servía la bebida transparente en vasitos minúsculos y alguien subía el volumen de la música que había empezado a sonar en la plaza, contempló la manera en la que Isaac se arremangaba; siempre empezaba por el brazo izquierdo y después el derecho, y lo hacía con firmeza, como si le molestase que la camisa se mostrase tan rebelde. «Quédate quieta ahí, maldición», parecía querer decir.

    Cogió el chupito, se giró y le sonrió.

—¡Por el verano! —exclamó.

    Martín asintió y se lo tragó de golpe. Tosió, como era de esperar. Isaac le rodeó la espalda con un gesto que desde fuera podría parecer tan solo amistoso, casi coloquial, pero él sintió la calidez de la punta de los dedos clavándosele en la piel.

—¿Le pones un vaso de agua? —pidió burlón al camarero.

—Marchando —contestó—. Imagino que no más chupitos.

—Pues ahora que lo dices, sírvenos otros dos. —Martín apoyó el dorso del brazo en la barra y le tendió un billete antes de mirar desafiante a Isaac.

—¿Estás seguro?

—¿Por qué no?

    Isaac reprimió una sonrisa y volvieron a brindar. Después, pidieron un cubata y se sentaron en las sillas de plástico que habían dispuesto alrededor de la plaza tras la cena improvisada. Había grupos de jóvenes y parejas bailando en el centro que se movían con dudosa gracilidad al ritmo de una canción del Dúo Dinámico.

—Venga, Isaac, hijo, saca a mi Susana a bailar —le pidió una señora de cabello repeinado y cuello grueso que pasó por delante — La pobre está loquita por tus huesos, y tú no te dejas atrapar de ninguna manera. No le hagas el feo.

—Pero, Manuela...

—¡Ni peros ni peras!

    Él aguantó la risa cuando Isaac se levantó de la silla y lanzó un suspiro. Lo vio atravesar la plaza hasta la tal Susana, que aguardaba en una esquina sin quitarle los ojos de encima, igual que varias chicas más a su alrededor. Martín fue a por el segundo cubata cuando después le tocó el turno a otra, en esta ocasión rubia y con un vestido corto azul. Se lo tomó a sorbos pequeños mientras Raphael cantaba aquello de «yo te amo con la fuerza de los mares, yo te amo con el ímpetu del viento, yo te amo en la distancia y en el tiempo...». Isaac la hacía girar al ritmo de la música, y ella reía y reía bajo las luces de la plaza y las campanadas de la iglesia, que anunciaban que se acercaba la madrugada.

    Había algo hipnótico en aquel lugar. Quizá era la manera de vivir, que aquellos días festivos fuesen los más importantes del año y que los pasasen todos juntos como una gran familia. Y él se sintió arropado, incluso cuando una joven se acercó para indagar sobre lo que estaba escribiendo. O cuando Pilar, la de la floristería, se empeñó en que bailase con ella a pesar de que existían pocas cosas que a Martín se le pudiesen dar peor. O al notarse acalorado en la noche húmeda y pensar, de pronto, que se sentía lejos, lejísimos, de Madrid y de Candela y de sus hijos...

—Sigues manteniéndote en pie por ti mismo —se burló Isaac por encima de su hombro tras acercarse a él por detrás—. Enhorabuena, chico de ciudad.

—Me subestimas.

—Empiezo a pensar que sí.

    Víctor Manuel sonaba a través de los altavoces con su Solo pienso en ti, y la plaza se llenó de color entre el vuelo de las faldas al ritmo de la melodía.

—Voy a refrescarme a la fuente, ¿vienes?

—Claro. —Martín lo siguió.

    Los sonidos de la fiesta se volvieron amortiguados conforme se alejaron. Giraron a la derecha y luego hacia la izquierda para adentrarse en una calle más estrecha. Isaac siempre iba un paso por delante. La fuente, encajada en la pared de piedra, exhibía la cabeza de un león. Martín se mantuvo en silencio mientras lo veía beber y luego mojarse las manos para pasárselas por la cara, el cuello y el cabello.

—Deja de mirarme así.

—Así ¿cómo? —Sonrió.

—No me tientes, Martín...

    Pero habían ido demasiado lejos.

    Y horas más tarde, cuando Martín rememorase el momento, no recordaría exactamente cómo sucedió, pero sí que los dos acabaron el uno frente al otro al lado de la fuente. También que el rostro de Isaac estaba a centímetros del suyo y le sonreía.

    En esa ocasión no hubo nadie que besase primero, sino un encuentro inevitable a medio camino. El corazón de Martín, lejos de sobresaltarse por el miedo, se apaciguó. Su cuerpo se ablandó para adaptarse al de Isaac, los músculos perdieron rigidez y se oyó gemir en la cavidad de aquella boca que sabía a anís y a lo inalcanzable.

—Van a vernos. Alguien nos verá.

Notó la sonrisa de Isaac en los labios.

—¿Dónde está la gracia, si no?

—Eres un imbécil, ¿lo sabías? —gruñó Martín, pero no se alejó de él. Quería otro beso. Y otro chupito de aquella bebida que quemaba. Y más. Más de aquello que era tan excitante, capaz de romper la simpleza de su vida—. ¿Por qué bailas con esas chicas?

—¿Por qué no? —Se frotó contra él.

Martín quiso insultarlo, abrazarlo, tocarlo.

—¿Piensas casarte con alguna?

—Es evidente que no. —No dejó de sonreír cuando su mano descendió, le apretó la cadera, siguió más abajo hasta rozarle el botón de los pantalones.

—¿Crees que ellas lo saben?

—Lo dudo. Los vecinos de este pueblo son buena gente, pero ven lo que quieren ver. Su concepto de libertad podría caber dentro de una cáscara de nuez.

    Martín estaba a punto de volver a besarlo cuando oyeron pasos y voces. Se separaron, aunque ninguno apartó la mirada del otro. Tres señoras cogidas del brazo se acercaron tambaleantes hacia la fuente sobre sus inestables zapatos de tacón.

—Ay, Isaac, por aquí andas —dijo una de ellas—. Tienes a la mitad del pueblo suspirando por ti. A ver si vas pensando en sentar la cabeza.

    Y ellos se echaron a reír ante la mirada confusa de las mujeres cuando Isaac contestó que él era más de volar de flor en flor como las abejas. Luego, se encendió un cigarrillo, le pasó un brazo por los hombros a Martín y se alejaron.

    Horas más tarde, bien entrada la madrugada y tras varias tandas de chupitos, tuvieron que dejar la moto aparcada cerca de la plaza y regresar a pie. Los dos fumaban. De vez en cuando se reían, alzaban la vista al cielo cuajado de estrellas, se besaban en algún rincón como si deseasen que todo el mundo los viese hacerlo. Martín, delante de la puerta de la casa de su jefe, encontró las llaves al tercer intento. Isaac tenía las manos metidas en los bolsillos y se balanceaba adelante y atrás cuando preguntó:

—Entonces, ¿nos vemos mañana?

—Sí, mañana.

—Vale.

—Vale.

    Durante el resto de su vida, cuando Martín tuviese que evocar el erotismo, siempre regresaría a ese instante. La sutil manera en la que Isaac coló tres dedos en su cinturón marrón y tiró de él con suavidad para darle un beso fugaz, de esos tan etéreos que al amanecer uno duda sobre si realmente han existido.”

La teoría de los archipiélagos
Alice Kellen
Planeta, 2022
páginas: 163-173

30/05/2024

la teoría...., fragment 1

 



Primavera, 2018

    “Todo ha cambiado, aunque Martín no está seguro de que sus recuerdos sean fieles, porque han pasado casi cuarenta años desde que llegó al pueblo en mitad de una tormenta y subido a un destartalado Ford blanco que pedía a gritos una muerte digna.

    Ahora, las calles lo reciben silenciosas. No lo reconocen. No saben quién es. Pensarán que se trata de un forastero más que desea alejarse del ruido de la ciudad, pero lo que busca el hombre de setenta y dos años que acaba de parar delante del hostal es un amor perdido. Todavía no está seguro de cómo empezar a buscarlo; al fin y al cabo, no se trata de un calcetín o de un antiguo cromo. Y no va a ser tan sencillo dar con esa persona, porque lo que le interesa no es un cuerpo, sino descubrir si todo lo que ambos entretejieron, esa historia efímera pero profunda, ha sobrevivido después de tantas décadas.

    A Martín también lo azotan otras dudas que siempre arrastra el paso del tiempo, por eso tiene miedo. Tiene tanto miedo que no está seguro de que las manos agarrotadas se deban tan solo a la artrosis. La pregunta que ha flotado a su alrededor durante todo el trayecto desde Madrid hasta Valencia es: ¿seguirá latiendo ese corazón que tanto echa de menos o se paró un día cualquiera y el vínculo que los unía estaba tan desgastado que él ni siquiera lo notó? Quizá estaba tomándose un café en el bar del barrio o leyendo las noticias en el periódico, incapaz de percibir que aquello había ocurrido.

    Sea como sea, necesita averiguarlo.

    Martín está convencido de que un inflexible reloj que nadie más puede ver lo acompaña a todas partes desde hace unos años, y el tic, tac, tic, tac no lo deja dormir tranquilo. Sabe que el tiempo corre en su contra. Sabe que es su última oportunidad. Y sabe que necesita tener una conversación más con su antiguo amor antes de despedirse de este mundo.

    La dueña del hostal le dice que quedan dos habitaciones libres.

—¿En qué se diferencian?

—La ventana de la habitación doble da a la calle principal; además, es más grande y tiene una zona de estar con una cafetera e infusiones.

—Me quedaré con esa.

—¿Cuántas noches estará?

—Todavía no lo he decidido.

    La mujer le dirige una mirada curiosa, pero es evidente que tras años regentando aquel hostal domina el arte de no hacer preguntas incómodas.

—De acuerdo. Bastará con que pague cada noche con veinticuatro horas de antelación —dice mientras Martín saca unos cuantos billetes y los deja sobre el mostrador de madera envejecida

—. Tenga, esta es la llave de la habitación.

    Después, tarda una eternidad en subir hasta el segundo piso: un escalón, otro y otro más, cualquiera diría que no se acaban nunca. Al entrar, deja la maleta sobre la alfombra, que tiene un diseño floreado que parece fundirse con el estampado del edredón que cubre la cama. Martín abre las ventanas, respira el aire cálido primaveral y luego empieza a deshacer el equipaje. No ha traído gran cosa, tan solo unas cuantas camisas lisas de algodón, pantalones de pana, que su nieta insiste en que están pasados de moda, un sombrero de paja que nunca ha usado en Madrid, algunos libros que años atrás se prometió releer, varias fotografías dentro de la cartera, sus medicinas y, lo más importante, un cuaderno de dibujo antiguo con las páginas amarillentas.

    A algunas personas les da por aferrarse a cosas materiales conforme se hacen mayores y, sin embargo, a él le ha ocurrido todo lo contrario: respeta la fascinación que los objetos despiertan en el alma, pero dejó de darles valor cuando comprendió que nada de eso podría hacerlo feliz. Martín considera que hay dos tipos de felicidad: la de los pequeños momentos, ordinariamente asequible, y la plena, pura e inmensa, un bienestar tan hondo que es capaz de emborrachar hasta el delirio.

    Una vez, él se sintió así.

    Pero no cree que pueda repetirse, porque ese tipo de felicidad es como ver una estrella fugaz en una noche nublada o perder un botón en la calle y encontrarlo días después.

    Antes de salir de la habitación, mira su teléfono y no le sorprende descubrir que no hay ninguna llamada. Sus hijos siempre están ocupados corriendo a todas partes, como le pasa a la gente joven, y sus dos nietas tienen mejores cosas que hacer que perder el tiempo hablando con un anciano como él. En una ocasión, la más pequeña hizo un trabajo para el instituto que tituló «Mi abuelo Martín», y durante varias tardes merendaron churros con chocolate en una cafetería de Lavapiés y charlaron durante horas. Cuando terminaron, ella le aseguró que lo había disfrutado y que deberían repetir el plan una vez a la semana, pero la intención cayó en el olvido y él no quiso recordárselo para no molestarla.

    Martín se siente como si fuese un puñado de azúcar disolviéndose en café caliente. Cree que todo él va desapareciendo conforme envejece. En las últimas décadas ha desaparecido la fuerza que tenía en las piernas y en los brazos; han desaparecido recuerdos, objetos que un día le importaron y la emoción de alcanzar metas; ha desaparecido incluso la percepción que tenía del tiempo y del espacio, como si todo se hubiese ralentizado.

    Se ha vuelto invisible, incluso para sus allegados.

    Pese al dolor, Martín lo entiende porque él también fue joven y recuerda la sensación de pensar que el mundo era un lugar burbujeante y lleno de estímulos.

    Sin embargo, le hubiese gustado comer más churros con chocolate junto a su nieta, sí. Y quizá seguir desgranando con ella retazos de su vida hasta dejar atrás lo superfluo y llegar más abajo, más, para tocar la afilada verdad. Esa verdad que tan solo conoce otra persona y que tiene que ver con una historia de amor y desamor, tan dulce como el almíbar y tan amarga como todas las despedidas.”

La teoría de los archipiélagos
Alice Kellen
Planeta, 2022
páginas: 9-14

29/05/2024

la teoría de los archipiélagos i 3

 




La teoría de los archipiélagos
Alice Kellen

en “libletter.blogspot.com”

    “Todos somos islas, llegamos solos a este mundo y nos vamos exactamente igual, pero necesitamos islas alrededor para sentirnos felices en medio de ese mar que une tanto como separa... Las personas son islas y, a veces, algunas están muy próximas entre sí, con un origen geológico común, pero por mucho que se arrimen nunca llegan a tocarse”.

    "Lo que acaban de leer es La teoría de los archipiélagos, principio que da nombre a la nueva novela de la escritora española Alice Kellen y mismo en el que cree Martín, el protagonista del libro en mención. Y es la historia de este hombre la que vamos a descubrir con el pasar de las páginas, alternando entre 1980 (año en el que él estaba llegando a los cuarenta) y 2018 (una especie de presente).

    El pasado nos muestra a Martín trabajando en la escritura de un libro sobre plantas medicinales, lo que lo lleva a alejarse de su esposa y sus dos hijos por un tiempo para ir a trabajar a la casa de su jefe en un pueblo cercano. Va a ese lugar para tratar de encontrar algo de calma que le permita cumplir con los tiempos de entrega pactados para el trabajo y allí conoce a Isaac, quien lo apoya con su labor. En el presente, Martín ya está jubilado y regresa al pueblo en busca del hombre que lo ayudó años atrás con su investigación (todo esto lo encuentran en los dos primeros capítulos de la novela, disponibles gratis en las diferentes tiendas de libros electrónicos, así que no hay ningún spoiler en lo que acabo de contarles).

    Este libro nos habla de las decisiones y de la manera en que estas marcan nuestro destino, por más pequeñas que parezcan. Ya sea movidas por el anhelo, la planeación, los sentimientos o el miedo, las decisiones pueden cambiarlo absolutamente todo y llevarnos por caminos que jamás hubiésemos imaginado.

    La obra de Alice Kellen tiene un elemento recurrente y es el romance, mismo que la ha llevado a convertirse en un referente absoluto en el panorama literario actual y que también hace parte de La teoría de los archipiélagos. Aunque no es algo que suela leer, la manera tan amena y sensitiva en que la autora construye la relación y las interacciones entre sus personajes es maravillosa y realista. Hay mucha honestidad en lo que se narra y en el trasfondo que se presenta. Es fácil sentir lo que está viviendo Martín; entender sus elecciones, aunque no las compartamos; y empatizar con lo que debe afrontar.

    Sin embargo, el amor no se aborda solo desde lo romántico, sino también hacia la familia, hacia los sueños, hacia lo que nos mueve y hacia nosotros mismos. La autora tiene una habilidad tremenda para conectar mediante la experiencia con sus lectores y creo que allí radica parte de que cada vez más y más personas se acerquen a su obra.

    Quizás el punto que más me tocó dentro de la novela fue la mirada que hace Martín hacia su pasado y hacia su vejez, porque es inevitable que el tiempo pase y que con ello nos llenemos de preguntas, de anhelos y también de frustraciones. Fue imposible no hacer una retrospectiva de mi vida y mis decisiones mientras avanzaba en la lectura.

    Algo que hay que celebrar son las hermosas ilustraciones que Ana Gómez García ha dejado dentro de las páginas del libro y que complementan magistralmente la experiencia de lectura por la manera tan precisa en que se entrelazan con la narración. Una verdadera pasada.

    Llegué a este libro a ciegas y lo terminé realmente satisfecho. La teoría de los archipiélagos es una novela que habla del amor y de la vida, de las cargas que el camino nos da y las que elegimos llevar a cuestas por nuestra cuenta. Una historia llena de nostalgia y emotividad que nos recuerda la importancia de vivir con intensidad, de no quedarnos con nada y abrazarnos y abrazar a quienes amamos como si fuera la última vez que podemos hacerlo."

28/05/2024

la teoría de los archipiélagos, 2

 




La teoría de los archipiélagos
Alice Kellen

en “De lector a lector.com”

"Nuestra opinión:

    Nunca había leído un libro de Alice Kellen y me alegra que La teoría de los archipiélagos haya sido el primero. Un libro que según nos contó la autora en el encuentro al que asistimos, escribió sólo para ella siguiendo un impulso y para satisfacer su necesidad de escribir en ese momento y que, afortunadamente, se ha decidido a sacar del cajón y compartir con los lectores.
    
    Han pasado casi cuarenta años, cuando Martín decide volver a aquel lugar en el que su jefe tenía una casa en la que le invitó a aislarse para que por fin pudiera terminar esa enciclopedia de flores a la que parecía incapaz de poner fin. Un lugar alejado de Madrid y de su casa en la que las cosas no iban del todo bien con su mujer, y en la que con los niños de vacaciones le iba a ser imposible tener la concentración suficiente para poder culminarla.

    Un lugar diferente al que dejó entonces, donde ya nadie le reconoce y en el que pretende descubrir si queda algo de aquella historia que tuvo lugar hace casi cuatro décadas.

    La teoría de los archipiélagos es una verdadera belleza tanto por fuera como por dentro. Por fuera vamos a encontrarnos un libro en un formato más pequeño de lo habitual, de tapa dura, con una portada ilustrada preciosa, que encierra una bonita historia llena de ternura, bellamente narrada, con una prosa tierna y delicada y unos personajes que llegan al corazón del lector.

    Una historia que comienza en 2018 para, a través de la perspectiva de Martín, ir hacia atrás y así conocer qué pasó entre Isaac y Martín durante un verano y conocer qué ha sido de la vida de estos dos personajes.

    Alice Kellen nos muestra en esta novela unos personajes perfectamente perfilados, con sus miedos, sus inseguridades, sus dudas, sus emociones, sus sueños, sus defectos y virtudes; y en el caso de Martín, además, cómo afronta algo para él totalmente inesperado y sorpresivo, a lo que al principio no sabe como enfrentarse. En definitiva, unos personajes de carne y hueso, con los que podríamos cruzarnos en cualquier momento de nuestra vida.

    En La teoría de los archipiélagos, Alice Kellen toca esos temas cotidianos que no nos son ajenos a cualquiera de nosotros, como el amor y su esencia, los sentimientos, la felicidad, su naturaleza y lo fácil que puede ser encontrarla en las pequeñas cosas, el deseo, la enfermedad, la ilusión o el envejecimiento.

    Alice Kellen con este libro nos hace un verdadero regalo, su prosa llena de sensorialidad, el perfecto ritmo narrativo que se amolda al relato para acompañar a los personajes en esta historia tierna y emotiva de un amor que no entiende de lógica, porque el amor, a veces, es complicado e inexplicable. Y además lo acompaña con unas preciosas ilustraciones de Ana Gómez García, que nos hacen todavía más participes de la historia ya que, en cierto modo, nos muestran ese cuaderno en el que Martín iba dibujando durante ese verano. Las cosas importantes de aquel verano."

27/05/2024

la teoría de los archipiélagos, 1

 





La teoría de los archipiélagos
de Alice Kellen


por Guergue
en Mew Magazine
25/11/2022


Un amor épico

    La teoría de los archipiélagos es una historia de amor emotiva y épica. De esas que te inundan de nostalgia y de esperanza. Nostalgia por lo que pudo haber sido. Esperanza porque lo que es para ti, siempre encuentra el camino de vuelta, por muchos años que se interpongan en el camino. Alice Kellen desborda sensibilidad de la mano de Martín e Isaac. Dibuja con absoluta maestría el miedo que el amor provoca. Esa incertidumbre que se genera por dentro. La sensación de caer por un terraplén. Esa bocanada de aire fresco que llega para sacarte de tu zona de confort. Una zona de confort que te ahoga, aunque no tengas la capacidad de dejarla atrás.

    Alice Kellen sigue mostrando una inmensa maestría en la descripción. Una capacidad infinita evocando la calma que las tardes de verano provocan. O la tranquilidad de yacer junto a la persona que te ha robado el corazón. De la misma forma que te embarga de una letal confusión provocada por la culpa.

Martín e Isaac, una historia de piel

    Martín, a sus setenta y dos años, decide volver para encontrar lo que en su momento dejó atrás. Busca a Isaac, en quien tanto ha pensado en las últimas décadas Para comprender bien la historia, la narración viaja hasta el verano de 1980, cuando era joven y un redactor e ilustrador de enciclopedias. Dentro de un pequeño pueblo valenciano. Martín viaja hasta allí por trabajo, pero es la oportunidad perfecta para tomarse un respiro de su crisis matrimonial con Candela. Y entre el presente y el pasado, vamos bailando hasta descubrir lo que ocurrió años atrás y lo que el presente es capaz de ofrecer.

Martín cargado de miedos

    Martín teme tanto al presente como al pasado que ha vivido. Y la llegada de Isaac provoca un huracán por el que no está dispuesto a arriesgar lo que tiene, aunque ya no tenga nada. Solo el paso del tiempo, la libertad que sus hijos le muestran o incluso las lecciones de sus nietos, le dan la fortaleza suficiente para perseguir aquello que siempre fue para él.

Isaac sin miedo a nada

    La vida le ha quitado tanto a Isaac que cuando Martín llega a su vida el miedo ha pasado a un tercer plano. Isaac es fuerte y valiente y no tiene tiempo para dejar espacio a las dudas, preguntas o incertidumbres. Acepta el amor tal y como viene y está dispuesto a romper cualquier barrera.

    Hay algo fabuloso en Isaac y es que a pesar del dolor provocado por Martín, continua con su vida para, posteriormente, permanecer a su lado justo en esa etapa de la vida donde lo más sencillo es cerrar la puerta y no volver a abrirla.

La felicidad y el paso del tiempo

    La teoría de los archipiélagos se centra en temas tan universales como el envejecimiento, el amor o la felicidad. Un viaje que nos lleva de la mano por cuatro décadas. Cuatro décadas desde la cuales acompañamos a su protagonista. Lo acompañamos mientras descubre las oportunidades y las sombras del paso del tiempo, por lo que de verdad vale la pena medir una vida. Y lo fundamental del valor de seguir a tu corazón. La auténtica felicidad. Porque siempre es mejor intentarlo que arrepentirse de no haberlo hecho.

    El amor de Alice Kellen dentro de La teoría de los archipiélagos está cargado de complicidad, serenidad y un puñado enorme de sensibilidad. Es una delicia. Su mejor historia."