23/05/2013

caciquismo

“¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado en la sala de la rectoral? Media docena de tablas tendidas sobre otros tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima dos limpios manteles de lamanisco sostenían grandes jarros rebosando tinto añejo; y haciéndoles frente, en una esquina del aposento, esperaban tumo ventrudas ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla era mezclada, y entre el estaño y barro vidriado descollaba algún talavera legítimo, capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos que ahora se consagran a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y sus apéndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando asiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos de preferencia, que al cabo tocaran al obeso Arcipreste de Loira —la persona más respetable en años y dignidad de todo el clero circunvecino, que no había asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas del gentío en la misa—, y a Julián, en quien don Eugenio honraba a la ilustre casa de Ulloa.
Sentóse Julián avergonzado, y su confusión subió de punto durante la comida. Por ser nuevo en el país y haber rehusado siempre quedarse a comer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa estaba imponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre ellos el médico, notario y juez de Gebre, el señorito de Limioso, el sobrino del cura de Boán, y el famosísimo cacique conocido por el apodo de Barbacana, que apoyándose en el partido moderado a la sazón en el poder, imperaba en el distrito y llevaba casi anulada la influencia de su rival el cacique Trampeta,  protegido por los unionistas y mal visto por el clero. En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca, faltando solo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres. La monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De vez en cuando se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad de la guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen, afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues apenas había otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortés desairar a su huésped, cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fue su terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platós —los veintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la más abundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba mucho.”
Los Pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
pág: 151-152


Caciquismo:
Sistema político en que una democracia parlamentaria es controlada, al margen de las leyes escritas, por el predominio local de los caciques.

Las palabras cacique y caciquismo parecen haberse aplicado desde época muy temprana para designar el dominio ejercido por las oligarquías locales sobre sus convecinos. Que estás oligarquías influyeran en el desarrollo del mecanismo electoral era la consecuencia lógica de tratar de imponer una superestructura política nueva a una sociedad que no se había transformado en lo esencial. El control ejercido por los caciques sobre los votantes (o sobre las votaciones, que en ocasiones se fraguaban sin preocuparse por los votantes) llego a tal perfección que hizo posible montar en España el sistema de partidos turnantes de la Restauración, fingir las apariencias de una democracia parlamentaria que no era más que fachada y llegar a implantar el sufragio universal- masculino-, en 1890, sin perder los resortes que permitían fabricar los resultados de las elecciones.

La estructura de la maquinaria caciquil era bastante sencilla: en la cima se hallaban los «oligarcas» de Madrid, los jefes de facción parlamentaria y sus lugartenientes; grupos que fingían ser partidos políticos, pero que no eran más que asociaciones de intereses, y en ocasiones poco más que grupos familiares El cacique propiamente dicho solía contentarse con cargos municipales o provinciales, desde los cuales mantenía el control directo de su cacicazgo, gracias al apoyo incondicional de las autoridades, la fuerza pública y el poder judicial, que eran la contrapartida que el gobierno le ofrecía por su sumisión electoral. Normalmente las elecciones se desarrollaban sin violencias, ya que los votantes rurales se prestaban a seguir las instrucciones del cacique. Solo si la persuasión se mostraba insuficiente se recurría a la fuerza (intimidación o encarcelamiento de los votantes disconformes), al fraude (falsificación de actas, votación masiva de los muertos) o a la compra de votos

orphelins


22/05/2013

el foro



Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sería imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba para entender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas de las escrituras; quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y se asombraba de que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidades de centeno y trigo, se necesitase tanto farrago de procedimientos, tanta documentación indigesta. Perdíase en un dédalo de foros y subforos, prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones, cartas dotales, diezmos, tercios, pleitecillos menudos, de atrasos, y pleitazos gordos, de partijas. A cada paso se le confundía más en la cabeza toda aquella papelería trasconejada; si las obras de reparación, como poner carpetas de papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacían de puro viejas le eran ya fáciles, no así el conocimiento científico de los malditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones y práctica. Ya desalentado se lo confesó al marqués.

—Señorito, yo no salgo del paso... Aquí convenía un abogado, una persona entendida.”

Los Pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
pág: 128

         Descripción:  
Contrato por el que el dueño de un bien inmueble (aforante), reservándose el  dominio directo, cede al forero todos los derechos que sobre la misma le correspondan, comprometiéndose éste al pago de una pensión anual y a la conservación , mejoramiento del bien y, en su caso, a su devolución.

 Historia:
El foro tiene en su origen aspectos de prestación señorial y en su forma jurídica rasgos parecidos a los de la enfiteusis y el censo, con los que se le ha querido relacionar. En teoría, consiste en la entrega de una finca a un cultivador o forero que se obliga a pagar un canon o pensión anual, que era inicialmente una parte de los frutos y se transformó más tarde en una renta fija.
Los mayores propietarios de foros, y con ello de la tierra de Galicia, eran las comunidades monásticas (benedictinos y cistercienses), pero en la red de explotación del agricultor gallego se introdujeron numerosos señores laicos. Los problemas que origina el foro se ven agravados por su subdivisión. Subdivisión en extensión, por participación entre los herederos o por enajenaciones parciales, de las que el propietario se defiende nombrando un “cabezalero” (generalmente «el mayor llevador» del foro) que se encarga de reunir las prorratas y entregarlas al señor, y que responde ante éste del pago íntegro de la pensión. Pero también subdivisión en profundidad, por medio del subforo, al entregar el forero la tierra en arrendamiento a otro campesino, a cambio de la pensión original que debe abonarse al señor más una prima en favor del que subarrienda. A veces se produce un tercer e incluso un cuarto subarrendamiento, sin más límite que la imposibilidad física de compensar nuevos aumentos de la pensión con el producto de la tierra. Así se creó una capa de señores medianeros que tenían la tierra de los monasterios y la daban a otros campesinos, desligándose del cultivo y convirtiéndose en perceptores de renta.
La situación de los foreros se agravó a mediados del siglo XVlll,  a consecuencia de una disposición de Felipe V que daba estímulo y pretexto a los monasterios e iglesias de Galicia y Asturias para que expulsasen de la tierra a los foreros (1744). Alarmados ante el aumento de las expulsiones, los diputados del reino de Galicia solicitaron en 1754 al gobierno que convirtiese los foros en perpetuos. Mientras se estudiaba la cuestión, los propietarios emprendían acciones de despojo en masa, que afectaban a millares de familias campesinas; a causa de esto el consejo de Castilla público en mayo de 1763 una pragmática en la que se ordenaba suspender todos los litigios y expulsiones hasta tanto el rey decidía acerca de la cuestión. La interinidad se prolongó indefinidamente, y la legislación liberalizadora de la primera mitad del siglo XIX no soluciono el problema,  sino que se limitó a transmitir el dominio de los viejos propietarios eclesiásticos a unos nuevos propietarios laicos. Así la red foral se acabó de extender por todo el territorio y con mallas cada vez más angostas, y las constantes reclamaciones de los agricultores gallegos quedaron sin respuesta hasta 1873, cuando la primera República promulgo una ley acerca de la redención de los foros, capitalizados al 6% (es decir, mediante el pago de un capital respecto del cual la pensión anual representase un 6%). Al producirse la restauración de los Borbones, los propietarios lograron anular esta medida, que consideraban perjudicial para sus intereses, y bloquearon todos los proyectos de redención posteriores. La reforma agraria de 1932 declaraba en su base 22 «revisables todos los censos, foros y subforos impuestos sobre bienes rústicos», pero el problema del foro ha seguido vigente hasta la actualidad.

20/05/2013

el naturalismo

Émile Zola


En el prólogo que Émile Zola escribió para la segunda edición de su novela “Thérèse Raquin” (1868), estableció las bases teóricas de lo que había de ser la novela experimental o naturalista: «el estudio del temperamento y las modificaciones profundas del organismo bajo la presión del medio y las circunstancias». El naturalismo surgió de la confluencia de una corriente literaria —el realismo narrativo de Balzac,  Stendhal, Flaubert y los Goncourt— con otra científica e ideológica —el positivismo de Comte, Berthelot, Taine y Claude Bernard— y aspiraba a crear una novela científica. , el utilitarismo de Bentham y Stuart Mill, el evolucionismo físico de Darwin o social de Herbert Spencer y el materialismo histórico de Marx y Engels
Tras “La taberna” (1877),  que represento el triunfo del natu­ralismo, aparecieron una serie de volúmenes en los que Zola recogía sus trabajos críticos: “La novela experimental” (1880) y “Los novelistas naturalistas” (1881).  Diez años después, Zola y sus seguidores habían abandonado, en mayor o menor grado, los principios programáticos de la escuela.
 Las referencias de la prensa española a Zola y la novela experimental muestran, hasta fines de 1878, un general desconocimiento del movimiento francés; fue en el período 1880-1882 cuando la cultura española entro en fructífero contacto con el naturalismo. En 1880 aparecieron, publicadas las traducciones de “Una página de amor”, “La taberna” y “Nana”. Al año siguiente se publicó “La desheredada de Benito  Pérez Galdós, primera novela española con clara influencia naturalista, y la crítica de esta novela, escrita por Clarín, podría considerarse el manifiesto del movimien­to en España. En 1882 se iniciaran las discusiones públicas en el ateneo madrileño sobre la nueva corriente literaria; ese mismo año apareció, en la revista madrileña "La Diana", el texto teórico más importante escrito en España, la serie de artículos "Del naturalismo", de Clarín; mientras, en el periódico "La época", se publicaba "La cuestión palpitante" de Emilia  Pardo Bazán, -al año siguiente se editaba como libro con un prólogo de Clarín-. Los artículos de la Pardo Bazán provocaron un gran escándalo, pese a rechazar el determinismo y las bases positivistas de Zola, por ello no puede hablarse de un natura­lismo español en sentido estricto por el enorme peso ideológico de la iglesia católica,  pero el esplendor de la novela en el decenio de los ochenta, solo puede explicarse teniendo en cuenta el ejemplo del naturalismo francés. 

Benito Pérez Galdos

“El naturalismo no es la imitación de lo que repugna a los sentidos, Sr. Campoamor, queridísimo poeta; porque el naturalismo no copia ni puede copiar la sensación, que es donde está la repugnancia. Si el naturalismo literario regalase al Sr. Campoamor los olores, colores, formas, ruidos, sabores y contactos que le disgustan, podría quejarse, aunque fuera a costa de los gustos ajenos (pues bien pudieran ser agradables para otros los olores, sabores formas, colores y contactos que disgustasen al poeta insigne). Pero es el caso que la literatura no puede consistir en tales sensaciones ni en su imitación siquiera. Las sensaciones no se pueden imitar sino por medio de sensaciones del mismo orden. Por eso la literatura ha podido describir la peste de Milán y los apuros de Sancho en la escena de los batanes, sin temor al contagio ni a los malos olores. El argumento del asco empleado contra el naturalismo no es de buena fe siquiera.
El naturalismo no es tampoco la constante repetición de descripciones que tienen por objeto representar ante la fantasía imágenes de cosas feas, viles y miserables. Puede todo lo que hay en el mundo entrar en el trabajo literario, pero no entra nada por el mérito de la fealdad, sino por el valor real de su existencia. Si alguna vez un autor naturalista ha exagerado, falto de tino, la libertad de escoger materia, perdiéndose en la descripción de lo insignificante, esta culpa no es de la nueva tendencia literaria.  
El naturalismo no es solidario del positivismo, ni se limita en sus procedimientos a la observación y experimentación en el sentido abstracto, estrecho y lógicamente falso, por exclusivo, en que entiende tales formas del método el ilustre Claudio Bernard. Es verdad que Zola en el peor de sus trabajos críticos ha dicho algo de eso; pero él mismo escribió más tarde cosa parecida a una rectificación; y de todas maneras, el naturalismo no es responsable de esta exageración sistemática de Zola.
El naturalismo no es el pesimismo, diga lo que quiera el notable filósofo y crítico González Serrano, y por más que en esta opinión le acompañe acaso la poderosa inteligencia de Doña Emilia Pardo Bazán, autora de este libro. Verdad es que Zola habla algunas veces -por ejemplo, al criticar Las Tentaciones de San Antonio- de lo que llamaba Leopardi «l'infinita vanità del tutto»; pero esto no lo hace en una novela; es una opinión del crítico. Y aunque se pudiera demostrar, que lo dudo, que de las novelas de Zola y de Flaubert se puede sacar en consecuencia que estos autores son pesimistas, no se prueba así que el naturalismo, escuela, o mejor, tendencia pura y exclusivamente literaria, tenga que ver ni más ni menos con determinadas ideas filosóficas acerca de las causas y finalidad del mundo. Ninguna teoría literaria seria se mete en tales libros de metafísica; y menos que ninguna el naturalismo, que, en su perfecta imitación de la realidad, se abstiene de dar lecciones, de pintar los hechos como los pintan los inventores de filosofías de la historia, para hacerles decir lo que quiere que digan el que los pinta: el naturalismo encierra enseñanzas, como la vida, pero no pone cátedra: quien de un buen libro naturalista deduzca el pesimismo, lleva el pesimismo en sí; la misma conclusión sacará de la experiencia de la vida. Si es el libro mismo el que forzosamente nos impone esa conclusión, entonces el libro podrá ser bueno o malo, pero no es, en este respecto, naturalista. Pintar las miserias de la vida no es ser pesimistas. Que hay mucha tristeza en el mundo, es tal vez el resultado de la observación exacta. El naturalismo no es una doctrina exclusivista, cerrada, como dicen muchos: no niega las demás tendencias. Es más bien un oportunismo literario; cree modestamente que la literatura más adecuada a la vida moderna es la que él defiende. El naturalismo no condena en absoluto las obras buenas que pueden llamarse idealistas; condena, sí, el idealismo, como doctrina literaria, porque éste le niega a él el derecho a la existencia.
El naturalismo no es un conjunto de recetas para escribir novelas, como han creído muchos incautos. Aunque niega las abstracciones quiméricas de cierta psicología estética que nos habla de los mitos de la inspiración, el estro, el genio, los arrebatos, el desorden artístico y otras invenciones a veces inmorales; aunque concede mucho a los esfuerzos del trabajo, del buen sentido, de la reflexión y del estudio, está muy lejos de otorgar a los necios el derecho de convertirse en artistas, sin más que penetrar en su iglesia. Entren en buena hora en el naturalismo cuantos lo deseen..., pero en este rito no canta misa el que quiere: los fieles oyen y callan. Esto lo olvidan, o no lo saben, muchos caballeros que, por haberse enterado de prisa y mal de lo que quiere la nueva tendencia literaria, cogen y se ponen a escribir novelas, llenos de buena intención, dispuestos a seguir en todo el dogma y la disciplina del naturalismo...  Autor de estos hay que tiene en proyecto contar las estrellas y todas las arenitas del mar, para escribir la obra más perfecta del naturalismo. Ya se han escrito por acá novelas naturalistas con planos; y no falta quien tenga entre ceja y ceja una novela política, naturalista también, en la que, con motivo de hacer diputado al protagonista, piensa publicar la ley electoral y el censo. Lástima que tales extravíos no sean siquiera excesos del ingenio, sino producto de medianías aduladas, que, merced a la facilidad del trato social, piensan que por codearse en todas partes con el talento, y hasta discutir con él, pueden atreverse a las mismas empresas...“

Leopoldo Alas, "Clarín"

Fragmento del prólogo a la segunda edición del libro de Emilia Pardo Bazán: "La cuestion palpitante"


18/05/2013

Cádiz se asoma

calle Columela, años veinte del siglo pasado


"Amaina el viento de levante y la gente pasa sobre los brillos dorados del sol de media tarde.
Los balcones blancos miran y callan, evocando la vida  entre sus filigranas de hierro, sobre las perspectivas del tiempo, siempre en  la eterna lucha por ser y por seguir siendo.
Avanza el caminante, por la calle Columela, como en una máquina del tiempo. Soplan malos vientos, eso es cierto, pero en José del Toro se acaba el destierro, aquí los balcones blancos nos muestran sus flores de aromas dulces… y la muchedumbre se va moviendo, por las calles de Cádiz, como peregrino nuevo, fascinado por la luz que ilumina este pueblo; barrio a barrio, templo a templo.
La música suena, y vuelan los cantares, mientras los unicornios dibujan, en su lienzo infinito de humo de nubes blancas, formas que arrancan pensamientos, pensamientos que esculpen ideas y van construyendo sueños.
El viento nos lleva a su antojo por su mar de callejuelas, desde la calle Feduchi hasta la Plaza del Palillero, silbando sus coplas de marinero atento, de noches de luna de plata, de agua dulce y salero,.. y de dunas doradas que unen esta isla a tierra firme por un túnel del tiempo que el mar no se lleva, porque no quiere que se pierdan los peregrinos nuevos de todos los tiempos.
Y el eco, otra vez el eco que atrae los cantos de sirena por el río ancho del Estrecho, nos vuelve a mostrar la tarde, entre las brumas limpias, la esencia y figura de la LIBERTAD, lejos de las ataduras que intentan definirla y poseerla, lejos de los conceptos vanos de palabras incumplidas: pronunciadas o escritas.
Hoy, desde sus balcones blancos, Cádiz de está asomando….. para miraros cuando estáis pasando."

Plaza del Palillero, año 1949


Para todos mis amigos de Cerdanyola.

Sanlúcar de Barrameda, 18 de Mayo de 2013.

Cádiz se asoma

de Francisco Jesús Galindo Sánchez.     


         


Gracias, Francisco por las palabras y los textos que compartes con nosotros en este espacio. Un abrazo.

¡Ah!, se me olvidaba....,  feliz día, Carlos..... 
                                           

14/05/2013

un cuento de Emilia



Este mes estamos leyendo “Los Pazos de Ulloa” , obra de la, para muchos, mejor novelista del siglo XIX Penínsular.  Para degustar un poco la narrativa, las ideas y el carácter  de  la excepcional Emilia Pardo Bazán, transcribibimos el cuento 


Feminista

"Fue en el balneario de Aguasacras donde hice conocimiento con aquel matrimonio: el marido, de chinchoso y displicente carácter, arrastrando el incurable padecimiento que dos años después le llevó al sepulcro; la mujer, bonitilla, con cara de resignación alegre, cuidándole solícita, siempre atenta a esos caprichos de los enfermos, que son la venganza que toman de los sanos.

Conservaba, no obstante, el valetudinario la energía suficiente para discutir, con irritación sorda y pesimismo acerbo, sobre todo lo humano y lo divino, desarrollando teorías de cerrada intransigencia. Su modo de pensar era entre inquisitorial y jacobino, mezcla más frecuente de lo que se pudiera suponer, aquí donde los extremos no sólo se han tocado, sino que han solido fusionarse en extraña amalgama. Han sido generalmente prendas raras entre nosotros la flexibilidad y delicadeza de espíritu, engendradoras de la amable tolerancia, y nuestro recio y chirriante disputar en cafés, círculos, reuniones, plazuelas y tabernas lo demostraría, si otros signos del orden histórico no bastasen.

El enfermo a que me refiero no dejaba cosa a vida. Rara era la persona a quien no juzgaba durísimamente. Los tiempos eran fatídicos y la relajación de las costumbres horripilantes. En los hogares reinaba la anarquía, porque, perdido el principio de autoridad, la mujer ya no sabe ser esposa, ni el hombre ejerce sus prerrogativas de marido y padre. Las ideas modernas disolvían, y la aristocracia, por su parte, contribuía al escándalo. Hasta que se zurciesen muchos calcetines no cabía salvación. La blandenguería de los varones explicaba el descoco y garrulería de las hembras, las cuales tenían puesto en olvido que ellas nacieron para cumplir deberes, amamantar a sus hijos y espumar el puchero. Habiendo yo notado que al hallarme presente arreciaba en sus predicaciones el buen señor, adopté el sistema de darle la razón para que no se exaltase demasiado.

No sé qué me llamaba más la atención, si la intemperancia de la eterna acometividad verbal del marido, o la sonrisilla silenciosa y enigmática de la consorte. Ya he dicho que era ésta de rostro agraciado, pequeño de estatura, delgada, de negrísimos ojos, y su cuerpo revelaba esa contextura acerada y menuda que promete longevidad y hace las viejecitas secas y sanas como pasas azucarosas. Generalmente, su presencia, una ojeada suya, cortaban en firme las diatribas y catilinarias del marido. No era necesario que murmurase:

-No te sofoques, Nicolás; ya sabes que lo ha dicho el médico...

Generalmente, antes de llegar a este extremo, el enfermo se levantaba y, renqueando, apoyado en el brazo de su mitad, se retiraba o daba un paseíto bajo los plátanos de soberbia vegetación.

Había olvidado completamente al matrimonio -como se olvidan estas figuras de cinematógrafo, simpáticas o repulsivas, que desfilan durante una quincena balnearia-, cuando leí en una cuarta plana de periódico la papeleta: «El excelentísimo señor don Nicolás Abréu y Lallana, jefe superior de Administración... Su desconsolada viuda, la excelentísima señora doña Clotilde Pedregales...». La casualidad me hizo encontrar en la calle, dos días después, al médico director de Aguasacras, hombre muy observador y discreto, que venía a Madrid a asuntos de su profesión, y recordamos, entre otros desaparecidos, al mal engestado señor de las opiniones rajantes.

-¡Ah, el señor Abréu! ¡El de los pantalones! -contestó, riendo, el doctor.

-¿El de los pantalones? -interrogué con curiosidad.

-Pero ¿no lo sabe usted? Me extraña, porque en los balnearios no hay nada secreto, y esto no sólo se supo, sino que se comentó sabrosamente... ¡Vaya! Verdad que usted se marchó unos días antes que los Abréu, y la gente dio en reírse al final, cuando todos se enteraron... ¿Dirá usted que cómo se pueden averiguar cosas que suceden a puerta cerrada? Es para asombrarse: se creería que hay duendes...

En este caso especial, lo que ocurrió en el balneario mismo debieron de fisgarlo las camareras, que no son malas espías, o los vecinos al través del tabique, o... En fin, brujerías de la realidad. Los antecedentes parece que se conocieron porque allá de recién casado, Abréu, que debía de ser el más solemne majadero, anduvo jactándose de ello como de una agudeza y un rasgo de carácter, que convendría que imitasen todos los varones para cimentar sólidamente los fueros del cabeza de familia.

Y fíjese usted: los dos episodios se completan. Es el caso que Abréu, como todos los que a los cuarenta años se vuelven severos moralistas, tuvo una juventud divertida y agitada. Alifafes y dolamas le llamaron al orden, y entonces acordó casarse, como el que acuerda mudarse a un piso más sano. Encontró a aquella muchacha, Clotildita, que era mona, bien educada y sin posición ninguna, y los padres se la dieron gustosos, porque Abréu, provisto de buenas aldabas, siempre tuvo colocaciones excelentes. Se casaron, y la mañana siguiente a la boda, al despertar la novia, en el asombro del cambio de su destino, oyó que el novio, entre imperioso y sonriente, mandaba:

-Clotilde mía..., levántate.

Hízolo así la muchacha, sin darse cuenta del porqué; y al punto el esposo, con mayor imperio, ordenó:

-¡Ahora..., ponte mis pantalones!

Atónita, sin creer lo que oía, la niña optó por sonreír a su vez, imaginando que se trataba de una broma de luna de miel..., broma algo chocante, algo inconveniente...; pero ¿quién sabe? ¿Sería moda entre novios?...

-¿Has oído? -repitió él-. ¡Ponte mis pantalones! ¡Ahora mismo, hija mía!

Confusa, avergonzada, y ya con más ganas de llorar que de reír, Clotilde obedeció lo mejor que pudo. ¡Obedecer es ley!

-Siéntate ahora ahí -dispuso nuevamente el marido, solemne y grave de pronto, señalando a una butaca. Y así que la empantalonada niña se dejó caer en ella, el esposo pronunció-: He querido que te pongas los pantalones en este momento señalado para que sepas, querida Clotilde, que en toda tu vida volverás a ponértelos. Que los he de llevar yo, Dios mediante, a cada hora y cada día, todo el tiempo que dure nuestra unión, y ojalá sea muchos años, en santa paz, amén. Ya lo sabes. Puedes quitártelos.

¿Qué pensó Clotilde de la advertencia? A nadie lo dijo; guardó ese silencio absoluto, impenetrable, en que se envuelven tantas derrotas del ideal, del humilde ideal femenino, honrado, juvenil, que pide amor y no servidumbre... Vivió sumisa y callada, y si no se le pudo aplicar la divisa de la matrona romana, «Guardó el hogar e hiló lana asiduamente», fue porque hoy las fábricas de género de punto han dado al traste con la rueca y el huevo de zurcir.

Pero Abréu, a pesar de la higiene conyugal, tenía el plomo en el ala. Los restos y reliquias de su mal vivir pasados remanecieron en achaques crónicos, y la primera vez que se consultó conmigo en Aguasacras, vi que no tenía remedio; que sólo cabía paliar lo que no curaría sino en la fuente de Juvencia... ¡Ignoramos dónde mana!

Su mujer le cuidaba con verdadera abnegación. Le cuidaba: eso lo sabemos todos. Se desvivía por él, y en vez de divertirse -al cabo era joven aún-, no pensaba sino en la poción y el medicamento. Pero todas las mañanas, al dejar las ociosas plumas el esposo, una vocecita dulce y aflautada le daba una orden terminante, aunque sonase a gorjeo:

-¡Ponte mis enaguas, querido Nicolás! ¡Ponte aprisa mis enaguas!

Infaliblemente, la cara del enfermo se descomponía; sordos reniegos asomaban a sus labios..., y la orden se repetía siempre en voz de pájaro, y el hombre bajaba la cabeza, atándose torpemente al talle las cintas de las faldas guarnecidas de encajes. Y entonces añadía la tierna esposa, con acento no menos musical y fino:

-Para que sepas que las llevas ya toda tu vida, mientras yo sea tu enfermerita, ¿entiendes?

Y aún permanecía Abréu un buen rato en vestimenta interior femenina, jurando entre dientes, no se sabe si de rabia o porque el reúma apretaba de más, mientras Clotilde, dando vueltas por la habitación, preparaba lo necesario para las curas prolijas y dolorosas, las fricciones útiles y los enfranelamientos precavidos."

Emilia Pardo Bazán

06/05/2013

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