08/01/2017

canción de aniversario



Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.

El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad —no demasiado hermosa—
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común—, estoy seguro

que no puede hacer daño.

Jaime Gil de Biedma

07/01/2017

ricardo piglia



HOTEL ALMAGRO

Ricardo Piglia

“Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial.  Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a  Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires.  En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.

Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de "tener" una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.

La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.

Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.

Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.


La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.”

06/01/2017

hijo nativo

Richard Wright, nieto de esclavos, nació en 1908 en la pequeña población de Roxie, en el Estado de Mississippi, uno de los corazones de la «América profunda», una de las áreas geográficas más pobres y donde más fuertemente arraigó el racismo de Estados Unidos, materializado en el Ku Klux Klan.

Vagó en busca de la libertad por varias poblaciones del Sur, hasta que en 1935 se afincó en Chicago. Pronto, comenzó a trabajar en el Federal Writers´ Project. En 1938 apareció su primer libro, Los hijos del tío Tom. También en esa década, castigada por la Gran Depresión, se afilió al Partido Comunista, al que estuvo vinculado hasta 1950, cuando manifestó, abiertamente, en la obra colectiva El Dios que fracasó, su decepción respecto al Partido.  En 1940 publicó una de sus más afamadas obras, Hijo nativo,  adaptada al teatro y estrenada un año más tarde por Orson Welles. Siguieron a estas publicaciones otras: Chico negro (1945), El extraño (1953), ¡Escucha, hombre blanco! (1957), El largo sueño (1958) y varios relatos de sus viajes por España, África y el Sureste de Asia. En 1950 se trasladó a París, donde murió, prematuramente, en 1960. Tras fallecer, vieron la luz varias obras más: Ocho hombres (1961), Lawd Today (1963) y la autobiografía Hambre americana (1977).







“Toda mi vida ha estado llena de problemas. Si no tenía hambre, estaba enfermo; y si no estaba enfermo, tenía problemas. Nunca he molestado a nadie. Sólo he trabajado duro durante todos los días de mi vida. He trabajado hasta que estaba tan cansado que caía rendido. Y, entonces, tenía que emborracharme para olvidar, emborracharme para dormir.  Eso es todo lo que he hecho. Y ahora estoy en esto. Ellos me buscan y cuando me atrapen me matarán”

Hijo nativo (1940)
Richard Wright


05/01/2017

la felicidad de los pececillos


“Samuel Butler compara la vida a un solo de violín que tenemos que interpretar en público mientras aprendemos la técnica del instrumento a medida que ejecutamos la pieza. Una buena descripción, y aplicable también a la muerte: Edmund Knox (antiguo redactor de Punch), agonizando de un cáncer, observaba graciosamente: «Lo malo de estas cosas es lo poco  acostumbrados que estamos a ellas».

La vida nos somete a unos test en los que hemos de improvisar respuestas instantáneas. Pero el talento de la réplica no es dado a todo el mundo: unas veces respondemos algo que no tiene nada que ver, otras nos quedamos mudos; y tenía razón Valéry al asimilar la totalidad de la literatura a una vasta «venganza por encontrar demasiado tarde las réplicas».

Hace tiempo, cuando se produjo un trivial incidente cuyo pleno significado no se me reveló hasta que hubo pasado, no dije esta boca es mía, pero su recuerdo aún me abrasa. Fue con ocasión de un simposio de historiadores organizado por una respetable universidad. Un viejo profesor extranjero, invitado especial, acababa de hablar de la pintura de paisaje de los Song cuando un joven universitario local se adueñó de la tribuna y se lanzó a una larga y apasionada denuncia de la ponencia de su erudito predecesor en el uso de la palabra. No se puede decir que su diatriba fuese muy original, pues rebosaba de todos los lugares comunes de la corriente maoísta, entonces en boga. Apoyado por una entusiasta claque de admiradores autóctonos, el tribuno revolucionario nos explicó que había que estar ciego por culpa de todos los prejuicios del elitismo burgués para admirar la pintura china antigua, obra de explotadores y de parásitos, mientras que el verdadero arte de China—que los mandarines académicos se obstinaban en ignorar—era producido por las masas populares de campesinos, obreros y soldados. En pocas palabras, el latiguillo habitual en la época, totalmente olvidado hoy. La violencia de este ataque sorprendió al viejo profesor, hombre frágil y refinado, pero permaneció en silencio. No quedaba, por lo demás, tiempo ya para el debate, y el presidente levantó precipitadamente la sesión.

Entre la concurrencia, formada en su mayor parte por gente educada y cortés, se había dejado sentir una incomodidad muy real;  pero, en general, cuando a unas personas decentes se las enfrenta a una indecencia masiva, procuran aparentar por todos los medios que no pasa nada.  De hecho, lo más chocante del caso no fueron las banales vociferaciones del joven energúmeno, sino el silencio que guardamos todos nosotros. De repente comprendí la verdad de la frase de Hugo: «Todo sabio es un poco cadáver». Esa reunión académica olía a chamusquina.

Aun desaprobando las malas maneras de su ardoroso colega, la mayoría de aquellos universitarios consideraba en el fondo que, en un debate intelectual, toda opinión es respetable; nadie parecía comprender que lo que se acababa de oír no era una opinión entre otras, sino una constatación de la defunción de la idea misma de universidad. En efecto, lo que el joven ideólogo había proclamado—sin provocar la menor refutación—era lo ilegítimo de los juicios de valor; pero si la verdad no es más que un prejuicio de clase, toda la empresa universitaria queda reducida a una farsa absurda. ¿Cómo se podría estudiar, por ejemplo, la literatura y las artes sin referirse a la noción de calidad literaria y artística? Sin esta referencia, los dibujos animados de Superman y los folletines sentimentales de Barbara Cartland constituirían un tema de estudio tan válido como las obras de Shakespeare y de Miguel Ángel. Es ésta, por lo demás, la conclusión ampliamente adoptada hoy por la universidad.

En una carta (demasiado poco conocida), Hannah Arendt ha recordado que la Verdad no es un resultado de la reflexión, sino su condición previa y su punto de partida: sin una experiencia previa de la Verdad es imposible desarrollar ninguna reflexión. Pero esta evidencia indiscutible de los primeros principios ya había sido ilustrada hace dos mil trescientos años por un célebre apólogo de Zhuang Zi.

Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: « ¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!». Hui Zi objetó: «Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?». «Como tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?». «Te concedo que yo no soy tú y que, por tanto, no puedo saber lo que tú sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si los peces son felices». «Retomemos las cosas desde un principio—replicó Zhuang Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente».

La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas
Simon Leys
traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, 2011

pág. 9-11

04/01/2017

el món



Si un hombre quiere darle forma al mundo,
modelarlo a su capricho,
difícilmente lo conseguirá.

El mundo es un jarro sagrado
que no se puede manipular
ni retocar.

Quien trata de hacerlo,
lo deforma.
Quien lo aferra,
lo pierde.

Por eso el sabio no intenta modelarlo,
luego no lo deforma.
No lo aferra,
luego no lo pierde.

Hay quienes marchan adelante,
hay quienes marchan atrás.
Hay quienes permanecen callados,
hay quienes hablan.

Algunos son fuertes,
otros débiles.
Algunos medran,
otros perecen.

Luego el sabio rechaza el exceso,
la extravagancia
y la propia complacencia.


Lao Tsé

03/01/2017

wu wei

El taoísmo compara el “wu wei”, o “no acción”, con la naturaleza pasiva y a la vez perseverante del agua de un río. El agua es, en apariencia, débil y delicada, pero su fuerza erosiona poco a poco la roca más sólida.

A diferencia de los materiales sólidos, el agua no tiene voluntad, decían los primeros taoístas, pero ello le permite llenar cualquier recipiente y tomar cualquier forma, así como buscar el más mínimo resquicio para escurrirse.

Usando los mismos principios de “acción decreciente” -o perseverancia no revolucionaria-, capaz de transformar el fondo de las cosas sin recurrir a revoluciones, pogromos, cazas de brujas, gregarismos totalitarios, el individuo se hace más sabio, al haber aprendido a contemplar, aprender y fluir con el “tao”, el camino medio natural o armonía.

Es así como cualquiera, decía el taoísta Zhuangzi (siglo IV a.C.), puede alcanzar la “clarividencia”, un estado equivalente al concepto de autorrealización que, bajo distintas nomenclaturas, aparece en el pensamiento socrático (eudemonismo, estoicismo, etc.), budismo (nirvana), budismo zen (satori), religiones abrahámicas, etc.

Para los partidarios de la “no acción” o “wu wei”, un estado injusto de las cosas no puede superarse con un movimiento de reacción que fuerce la realidad e imponga un nuevo tipo de desequilibrio, que perjudique a los que antes eran beneficiados y beneficie a los antes perjudicados.
Según esta idea, las prácticas a lo Robin Hood sólo crearían, a la larga, nuevas injusticias y desavenencias, alertando contra la demagogia y el populismo.


Pero la “no acción” tiene un problema fundamental: es imposible aplicar el concepto a corto plazo, ni se puede imponer a quienes no comprendan sus principios, ya que confundirían “no acción” con no hacer nada. Y el “wu wei” no equivale a inmovilismo, sino a búsqueda de la virtud propia (clarividencia, felicidad, bienestar, como queramos llamarlo). Nuestro comportamiento es lo primero que está en nuestras manos cambiar, para después proyectarlo y contribuir a un cambio más profundo. Pero este cambio no exaltado, a fuego lento, no ha sido diseñado para la era de la interrupción constante, la apelación de los impulsos y la dialéctica de la gratificación instantánea. 

01/01/2017

to build a fire



Aquest mes, al costat del relat de Stefan Zweig, "Els ulls del germà etern", estem llegint el relat de Jack London, "Encendre una foguera."

Jack London es va servir de la seva experiència en el Yukon per escriure aquesta història ambientada a 60 graus sota zero, quan la barba, encara que sigui d'un adobat cercador d'or, esdevé un afilat vidre, l'alè es fa un glaçó de gel davant dels teus nassos, no se senten els dits dels peus ni de les mans, els esfínters es descontrolen, es paralitza la glotis i la laringe, i el cor no pot ja bombar la teva sang ultracongelada.

Si has aconseguit encendre una foguera o guarir-te en les entranyes encara calentes d'algun animal acabat de mori,  encara et queda alguna possibilitat de seguir viu. Si no, ni tan sols tindràs temps de resar el que sàpigues.
Jack London


Jack London havia patit en carn pròpia aquestes experiències quan va participar en l'anomenada Febre de l'Or de Klondike, al Yukon, al Nord-oest de Canadà, el 1897, quan era tot just un jove de vint anys. Però malgrat la seva curta edat tenia variadíssimes experiències: havia estat marí, era activista de l'incipient socialisme nord-americà, havia conegut el que eren torns de divuit hores en una factoria....i sempre somiava amb guanyar-se la vida com a escriptor,  i que aconseguiria, convertint-se en un dels més grans autors de la literatura nord-americana.

En 1902 va rebre un encàrrec de la revista juvenil Youth 's Companion i va escriure una narració ambientada en el gèlid Yukon que,  sis anys després, va corregir i  augmentar dotant-la de major càrrega dramàtica i psicològica, publicant-la en el Century Magazine amb el títol de "To build a fire ", un apassionant i duríssim relat.

En aquesta obra mestra desplega tot el seu talent narratiu i els trets característics de la seva literatura: ens trobem a un home aïllat en un paisatge desolador i gèlid, lluitant amb totes les forces amb la invencible Mare Natura, amb l'única companyia d'un gos i el gel que a poc a poc se li va ficant fins a les entranyes.


Pengem una pel·lícula (1969), basada en el relat, de David Cobham i narració d'Orson Welles.