09/08/2018

el olvido que seremos, 1



“Mi papá, que según los días se declaraba agnóstico, o creyente en las enseñanzas humanas de Jesús, o ateo de tierra (pues en los aviones se convertía momentáneamente y se persignaba al empezar el vuelo), o ateo convencido, de los que se reían de los curas y hacían disquisiciones científicas e ilustradas sobre las más absurdas supersticiones religiosas, era, en cambio, un atormentado por la vida social y espiritual. Tenía los más grandes arranques de idealismo, que le duraban años dedicados a causas perdidas, como la reforma agraria o los impuestos a la tierra, como el agua potable para todos, la vacunación universal o los derechos humanos, que fue su último arrebato de pasión intelectual y el que lo llevó al último sacrificio.”

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 117-118


“Al menos un defensor de derechos humanos y líder social y comunitario es asesinado por semana en Colombia, y lo más preocupante es que esos homicidios no parecen detenerse, por el contrario, crecen mes a mes.

Desde enero del 2016 al 6 de abril pasado, según los reportes de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OACNUDH) y de la Fiscalía General, organismos que confirman en terreno cada caso, se contabilizaban 164 asesinatos.  Solo en el primer trimestre de este año van 16 crímenes.

Si bien esos asesinatos no se presentan de forma generalizada en todo el territorio nacional,  sí vienen ocurriendo en veredas y corregimientos alejados que enfrentan una serie de situaciones que han terminado por agravar los riesgos.  El vicepresidente,  el general Óscar Naranjo, habla de 600 "puntos rojos con amenaza potencial" y la Fiscalía estima que en algunas de esas zonas hay un aumento de las muertes hasta del 200 por ciento.

En la mayoría de esas regiones estuvieron presentes por décadas las Farc, pero luego del acuerdo de paz de La Habana esos espacios empezaron a ser ocupados por otros grupos ilegales, como Eln -hoy en diálogos con el Gobierno-, Epl, disidencias de las Farc y bandas criminales, como el ‘clan del Golfo’ y las ‘Autodefensas Gaitanistas’.

Esos grupos se disputan el control del territorio y las economías ilegales, como narcotráfico, minería ilegal, microtráfico, extorsión e, incluso, contrabando, y en medio de esa guerra los más vulnerables son las comunidades y sus líderes. En estas zonas se presentan además conflictos por la tierra y por la explotación de los recursos naturales, y tienen en común una histórica ausencia del Estado y falta de servicios básicos.

Con excepción de Tumaco,  Nariño,  donde el riesgo para los líderes es casi generalizado, el mayor número de crímenes se ha registrado,  principalmente, en Cauca y Antioquia, y luego en Valle y Norte de Santander,  y las víctimas han sido líderes comunales, indígenas y campesinos.

En su último informe, la OACNUDH señala que “algunos asesinatos, especialmente en aquellas antiguas zonas de influencia de las Farc,  se podrían haber evitado con una respuesta oportuna y coordinada del Estado a la implementación del acuerdo" y advierte de un incremento de la violencia por la presencia de nuevos actores.

El informe destaca que “varias víctimas fueron asesinadas por apoyar las políticas derivadas del acuerdo (de paz), como la sustitución de cultivos ilícitos y la reforma rural integral”, mientras en años anteriores las muertes ocurrían “por oponerse a las políticas del Gobierno, no por apoyarlas”.

Esta posición la comparte el defensor del Pueblo, Carlos Negret,  quien agrega que la mayoría de las víctimas estaban dedicadas “a la defensa del territorio,  al retorno de la población desplazada,  a la promoción de los derechos humanos y al activismo por el respeto del agua”.  La Defensoría reporta 282 casos de líderes asesinados y sentencia: “Esperamos que el Estado actúe de inmediato. Que no muera un solo líder más”.

Sin embargo,  para el Gobierno Nacional es una prioridad la protección de los líderes.  De ahí que la Vicepresidencia asumió el rol de articulador de la presencia institucional. La finalidad es el control territorial integral,  la protección de las comunidades y el diálogo directo con los líderes sociales para generar una reconstrucción del tejido social y acercar a esas comunidades al Estado.

La estrategia también busca reducir la impunidad en dichos asesinatos. Con ese fin,  la Fiscalía formuló nuevos lineamentos para abordar las investigaciones. En ellos se establece como primera hipótesis que el asesinato se dio “por causa de la labor de defensa de los derechos humanos o el liderazgo social”, y que será en el desarrollo de la investigación cuando se determine si la víctima era o no un líder.

Esa metodología –que se diseñó con el acompañamiento de la CIDH y ha tenido reconocimiento de la Unión Europea y ONG como Human Rights Watch y Somos Defensores– ha permitido esclarecer el 46,62 por ciento de los casos,  con 11 sentencias,  76 con avances procesales significativos y 136 personas en prisión.

Uno de los casos que son investigados con el nuevo enfoque es el crimen del líder afro Temístocles Machado,  asesinado el pasado 27 de enero en Buenaventura,  tras el paro cívico en el puerto. En menos de dos meses, la Fiscalía logró determinar que detrás de esta muerte estaría el grupo delictivo ‘la Local’ y fueron capturadas cuatro personas.

Desde el lado de la protección de los líderes en riesgo, donde la estrategia ha sido la adopción de medidas individuales -la Unidad Nacional de Protección reporta 3.722 líderes con medidas de protección-,  se está pasando a mecanismos de alerta y prevención colectiva,  donde se involucran la Fuerza Pública,  la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo y las mismas comunidades.

Un hecho que preocupa es que los victimarios de los líderes actúan con mayor sevicia en el caso de las mujeres.  Si bien solo cinco de las 16 lideresas han perdido la vida de manera atroz en esa oscura guerra, la ONG Somos Defensores llama la atención por la “extrema violencia” con la que se cometen esos crímenes. “Ser mujer y ser líder en Colombia puede resultar en un fin macabro,  la extrema violencia con la que se asesina a las líderes es con el fin de que sea un crimen ejemplarizante,  que intimida a otras mujeres a asumir liderazgos”,  asegura Carlos Guevara, coordinador de Somos Defensores.”

Guillermo Reinoso Rodríguez y Angy Alvarado Rodríguez
El Tiempo
18 de abril de 2018


08/08/2018

carta a una sombra



Carta a una sombra es una película documental colombiana del año  2015 dirigida por Daniela Abad (hija del escritor Héctor Abad Faciolince) y Miguel Salazar.

Se trata de un documental homenaje de la directora a su abuelo Héctor Abad Gómez,  asesinado en las calles de Medellín el año 1987. El año 2006,  Héctor Abad Faciolince publicó El olvido que seremos. El documental recrea la historia que narra el libro,  adentrándose en los espacios más íntimos de la familia Abad , con el apoyo del valioso archivo familiar. Entre la memoria personal y la memoria histórica, en “una batalla contra la desmemoria, contra el olvido”.

Carta a una sombra retrata la violencia política que azotó a Colombia y elabora una radiografía de la sociedad colombiana desde la intimidad del duelo de una familia.



07/08/2018

héctor abad faciolince, entrevista


“El 25 de agosto de 1987 los paramilitares mataron en Medellín al médico y activista colombiano Héctor Abad Gómez, profesor de salud pública y azote de los políticos que negaban la conexión de pobreza y enfermedad. Tenía 65 años y la trayectoria de un mártir.  Su esposa, Cecilia,  y su hijo,  el hoy escritor Héctor Abad Faciolince,  lo encontraron en medio de un charco de sangre a la salida de la sede del Sindicato de Maestros.  Ella se apresuró a recuperar la alianza del cadáver;  él hurgó en sus bolsillos y encontró un listado de personas amenazadas de muerte y un soneto copiado a mano,  que él atribuye a Jorge Luis Borges.  De esa vida y ese asesinato surgió en 2006 El olvido que seremos,  el libro más celebrado de Abad Faciolince y un hito en la literatura latinoamericana del siglo XXI,  que ahora reedita Alfaguara y que ha traído al escritor a la España en la que se refugió tras la tragedia.

El escritor llega a la cita en un hotel de Madrid, con aire de turista despistado, la víspera de presentar ayer esta biografía novelada en Matadero, donde se proyectó el documental realizado por su hija Daniela a partir de su obra. Se sienta a charlar del libro, que solo ha retocado para evitar “repeticiones inútiles” e incluir un par de ideas.  El olvido que seremos —que ha vendido 250.000 copias en español y ha sido traducido a una docena de lenguas— es el mismo que el de 2006, la misma historia de amor de un hijo por su padre; la misma hagiografía de un hombre que defendió con vehemencia los derechos humanos, el mismo relato de un activista tachado de marxista por la derecha y de reaccionario por la izquierda que jamás será olvido. Su asesinato se consideró crimen de lesa humanidad.

Pregunta. ¿Qué ha sentido al volver a leer y pensar el libro?

Respuesta. En este caso, por suerte,  no sentí vergüenza,  sentí que la voz del niño y el joven que rememora y que cuenta seguía siendo auténtica, sincera.

P. ¿Y cree que en la sinceridad está el secreto de su éxito?

R. La sinceridad y también el intento literario de la sencillez. Es curioso, he estado leyendo cartas que nos envió mi papá a mis hermanas, mi madre y a mí desde Yakarta [Indonesia] y es muy bonito reconfirmar que lo que dije de él está bien reflejado,  era esa persona tan amorosa, tierna y benévola que me corregía cada error de ortografía sin hacerme sentir burro.

P. En el libro reconoce que su padre sentía predilección por usted. ¿Se ha sentido culpable?

R. Sí, pero tal vez es cuestión de susceptibilidades. Una hermana mía siempre se ha quejado de que a ella la quería menos y estas cartas para ella, por ejemplo eran absolutamente iguales que las cartas para todos.

P. Escribió que los padres siempre tienen preferencias...

R. Cuando lo dije hace 10 años lo pensaba. Pero tengo dos hijos y me he dado cuenta de que la medida del amor por los hijos es tan grande que,  superada una línea,  no tiene sentido decir que un infinito es más grande que otro.

P. El libro es una hagiografía. ¿Hay algo que le molestara especialmente de su padre?

R. Yo no sé si hubo un momento en el que él quiso ser un mártir.  En querer sacrificarse por una causa,  por bonita y justa que sea, hay como una punta de vanidad y de egoísmo,  que deja huella. Una hermana mía enloqueció tras su asesinato.  Tiene que haber gente así pero a lo mejor deberían ser solteros y no tener familia.

P. En agosto se cumplieron 30 años de aquello. ¿Ha perdonado?

R. Sí. No soy religioso pero me parece mejor el perdón que la justicia porque da una capacidad de olvido muy grande y, en cambio, el rencor te envenena.  

P. Hace un año escribió que no se siente víctima. ¿Cuándo y cómo deja uno de sentirse víctima?

R. Cuando lo cuentas. Ponerlo en un papel es muy útil. En el mundo contemporáneo basta la representación de la verdad para tener una especie de justicia simbólica,  y la verdad es también la posibilidad del perdón. Y eso es lo que pasa ahora también en el conflicto colombiano.  Los paramilitares fueron los que mataron a mi padre y cuando Uribe hizo la paz con ellos pensé: “Si esta gente cuenta la verdad a mí me importa un pepino la justicia,  que tengan la oportunidad de morirse de viejos, la oportunidad que no le dieron a mi padre.  No es que yo esté feliz, no es que los vaya a besar en un acto de perdón público... Pero hay otras víctimas que dicen que no,  que tiene que haber un castigo. No podemos olvidar. Me parece bien representarlo en libros y hay libros que lo representan bien.

P. ¿La literatura hace justicia?

R. Condensa en una historia injusticias, verdades, ofensas, y produce un sentimiento de indignación. Esa es la mayor justicia, no los barrotes.

P. Un año después del referéndum del no al acuerdo de Santos con las FARC, ¿cómo ve Colombia?

R. El año pasado fue muy raro electoralmente, se consumó el Brexit, triunfó el no en Colombia y ganó Trump.  Yo no sé,  hay gente experta en polarizar, en exacerbar los ánimos, sean humanos o máquinas, porque les conviene que haya divisiones, les conviene incluso que Europa se desbarate. En Colombia también, y ganó el no por ni siquiera un punto porcentual... y el Gobierno hizo lo que tenía que hacer. Cambió algunas de las cosas que decían los del no. Ellos dicen que les hicieron trampa, ya no se sometió a plebiscito, se llevó al Parlamento... Todo lo que ellos decían que las FARC no iban a hacer se ha ido cumpliendo: firmaron, entregaron las armas... Entonces eran una gente despreciable en muchos sentidos pero han cumplido y ahora están entrando en la vía civil,  en la política. V a a ser muy difícil,  buena parte de la población no los queremos nada.

P. ¿Cuál es la clave de la reconciliación?

R. Bajar los índices de violencia. Y están bajando.

P. ¿Usted se ha reconciliado con la derecha?

R. Sí… No estoy de acuerdo con ellos pero que puedan existir me parece bien. Yo antes era un matacuras, superanticlerical; con estos movimientos evangélicos añoro a la Iglesia católica,  son mucho más abiertos que los evangélicos.

Pn. El anticlericalismo lo heredó de su padre y de su abuelo, excomulgado por entrar a caballo en una iglesia. ¿Cuánto le ha movido?

R. Ahora me da casi pesar de los curitas. Me parece que viven tan aburridos, que se pierden tantas cosas buenas de la vida. Me parece que debe ser durísimo tanto cilicio, tanta castidad y tanta abstinencia. El anticlericalismo me movió en el pasado,  ahora nada,  ahora pienso que todos vivimos en una especie de fantasía. Creemos un montón de cosas que son tan mentira como la virginidad de la virgen María. El mundo cada vez me parece más una novela, incluso una novela sin ficción como esta mía,  de alguna manera tiene que ser ficción porque es la realidad tal como yo la veo y tal como la recuerdo. Cuando la terminé y no la había publicado mi familia y amigos de mi padre me tuvieron que corregir muchas cosas porque yo las recordaba mal.

P. Dice que ha sido cobarde, que no ha tomado la bandera de su padre porque se fue. Pero volvió a Colombia y se expone en prensa y radio.

R. Ahora menos. Estuve más de un año haciendo comentarios radiofónicos y fue devastador. No escribí nada. La política para un escritor es una pérdida de tiempo. Nos hace pensar que eso es lo importante, que la vida se juega ahí, y la vida está en otra parte.

P. ¿Dónde está la vida?

R. En el cirujano que opera un corazón y salva a esa persona. Y el trabajo del escritor es como operar un corazón. Tenemos que dar vida a todo tipo de personas, no solamente a los de un bando. Si no,  nos volvemos como escritores católicos que solo escribimos de santos.

P. ¿Y usted qué tipo de escritor se considera?

R. Uno que lucha por no ser un mal escritor. Escribir mal es fácil. Terminé una novela hace un año y no estoy de acuerdo con ella y no la voy a publicar. Y me la publicarían y me darían un anticipo y quizá vendería 20.000 ejemplares, pero para qué si no es buena. Cuando publico tengo que poder venir y mirarle a la cara.

P. Su padre decía que el mejor método de educación es la felicidad. ¿Funcionó con usted? ¿Es feliz siendo escritor?

R. Soy muy feliz habiendo escrito, siendo escritor a veces soy muy infeliz.

P. Entonces no planea dejar de escribir.

R. Hubo un tiempo en que iba a dejar de escribir porque me atormentaba mucho, ya no. Ya no, me voy a morir escribiendo. Puede que escribiendo mal, pero dejar de intentarlo, no, jubilarme, no, salvo que pierda mis facultades.”

Maribel Martín
El País
Tres de octubre de 2017

06/08/2018

el bogotazo

Gaitán en un acto público

“Años después el abuelo, durante la Violencia de mediados de siglo, sería amenazado por los godos chulavitas que, en el norte del Valle, estaban matando a los liberales como él. Don Antonio se había trasladado a la población de Sevilla con toda la familia en la crisis económica de los años treinta. El viaje a caballo, con doña Eva, mi abuela, embarazada, y con él atormentado por una úlcera péptica, había sido un martirio de días que mi papá recordaba como un éxodo bíblico con llegada feliz a la Tierra Prometida, el Valle del Cauca, una región «donde no existía el Diablo». Allí el abuelo, después de muchos sacrificios, con el sudor de su frente, había llegado a ser notario, y había logrado amasar nuevamente una cierta fortuna, representada en fincas de café y de ganadería.

En Sevilla había hecho mi papá casi todos sus años de colegio. Él había salido de Jericó mientras cursaba tercero de primaria, pero al llegar a Sevilla el abuelito le dijo que habían conversado tanto en el camino, y que su hijo era tan inteligente, que podía matricularlo en quinto, y así lo hizo. En Sevilla terminó sus años de primaria y secundaria. Durante el bachillerato en el Liceo General Santander, se hizo buen amigo del rector del colegio, un célebre exiliado ecuatoriano que había sido varias veces presidente de su país, el doctor José María Velasco Ibarra, y mi papá siempre declaró que éste había sido una de sus más importantes influencias políticas y vitales. Sus amigos de la primera juventud eran también vallunos, de Sevilla, pero en los años de la Violencia de mediados de siglo se los fueron matando a todos uno por uno, por liberales.

Cuando mi papá, después de estudiar Medicina en Medellín, y de especializarse en Estados Unidos, volvió a Colombia y empezó a trabajar en el Ministerio de Salud come jefe de la Sección de Enfermedades Transmisibles, toda su familia vivía aún en Sevilla. Siendo presidente de Colombia el conservador Ospina Pérez, mi papá tuvo la idea del año rural obligatorio para todos los médicos recién graduados y redactó el proyecto de ley que convirtió en realidad esta reforma. Casi al mismo tiempo, en la misma Sevilla, y a principios de la Violencia, empezaron a caer asesinados sus mejores amigos de juventud, sus compañeros del Liceo General Santander.

A raíz de estos crímenes, pero sobre todo después de la trágica muerte de uno de sus cuñados, el esposo de la tía Inés, Olmedo Mora, que se mató mientras huía de los pájaros del partido conservador, mi papá y el abuelo resolvieron que había que abandonar Sevilla y refugiarse en Medellín, donde la ola de violencia era menos aguda. Don Antonio tuvo que malvender lo que había amasado en más de veinte años de trabajo y volver a Antioquia a empezar de nuevo con más de 50 años de edad. Mi papá, después de renunciar a su puesto en el Ministerio de Salud, con una carta furibunda (y en su tradicional tono de conmoción romántica) donde decía que no iba a ser cómplice de las matanzas del régimen conservador, tuvo la suerte de que lo nombraran en un cargo de asesoría médica para la Organización Mundial de la Salud, en Washington, Estados Unidos. Ese exilio afortunado lo salvó de la furia reaccionaria que mató a cinco de sus mejores amigos del bachillerato y a cuatrocientos mil colombianos más.  Desde ese tiempo mi papá se declaraba «un sobreviviente de la Violencia», por haber tenido la fortuna de estar en otro país durante los años más crudos de la persecución política y las matanzas entre liberales y conservadores.

La ebullición y las tensiones ideológicas continuarían también en la generación de los hijos de mi abuelo Antonio (y después en sus nietos), pues entre ellos, si mi papá le había salido de un liberalismo mucho más radical que el suyo, de corte socialista y libertario, otro de sus hijos, mi tío Javier, acabó siendo ordenado en Roma como cura del Opus Dei, la orden religiosa más derechista del momento, esa que, en contradicción con el Concilio, parecía haberse inclinado por una opción preferencial por los ricos.”


Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 74-75

Entre 1948 y 1958, Colombia fue el escenario de una violencia política generalizada y sistemática, conocida como La Violencia . Se calcula que unas 200.000 personas murieron durante este período, incluidas 112.000 entre 1948 y 1950 solamente. Otros dos millones emigraron,  principalmente a Venezuela,  o fueron desplazados por la fuerza de sus hogares. Ningún marco analítico individual puede capturar adecuadamente las diversas razones por las que estalló y se intensificó la violencia. Sin embargo, la mayoría de los historiadores coinciden en que las intensas rivalidades partidarias entre los dos partidos políticos tradicionales de Colombia - el Partido Liberal Colombiano y el Partido Conservador- proporcionaron el catalizador inicial para la guerra civil.

Algunos trazan las raíces del conflicto hacia 1930,  año en que el liberal Enrique Olaya Herrera llegó al poder después de un período de dominio del Partido Conservador. Los liberales "celebraron" su victoria en las urnas con masacres, asesinatos, saqueos y destrucción de propiedades y quema de iglesias,  especialmente en Santander y Boyacá. La ubicación de la violencia era importante,  ya que estas mismas áreas serían los sitios de violencia antiliberal tras la elección inesperada en 1946 del conservador Mariano Ospina Pérez. La violencia partidista local pronto se convirtió en el principal problema político nacional, ya que la inflación y el creciente número de huelgas crearon un clima de inquietud social. La violencia en ambos lados fue alimentada por temores de exclusión política, con los liberales anticipando un poder conservador y los conservadores temerosos de que perder la presidencia significara una marginación permanente. En este entorno caótico, el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948,  desencadenando una dramática escalada de violencia.

La violencia contra civiles alcanzó su punto más álgido entre 1948 y 1953, con otro aumento importante en 1956.  A mediados del siglo, los grupos armados locales estaban más integrados económicamente y movilizados políticamente. Estos grupos desataron una ola de violencia urbana a raíz del asesinato de Gaitán en abril de 1948. Un levantamiento de tres días, llamado El Bogotazo, dejó a Bogotá en ruinas y el gobierno central luchando por sofocar la violencia.  La muerte de Gaitán marcó el final del movimiento populista y el comienzo de una guerra civil no declarada.

En algunas áreas del país, el conflicto intensificó las quejas locales sobre la tierra y los recursos.  Los grandes terratenientes movilizaron a sus inquilinos unos contra otros, mientras que algunas facciones campesinas comenzaron a movilizarse contra el sistema altamente desigual de la hacienda.  Los niveles de violencia disminuyeron drásticamente después de que el general Rojas asumió el poder en 1953. El gobierno recién instalado otorgó una amnistía general, que fue aceptada por 6.5000 guerrilleros. Sin embargo, la violencia continuó en 1954 y 1955 cuando las tropas del ejército se enfrentaron con campesinos organizados y algunos grupos guerrilleros se radicalizaron o se convirtieron en bandidos. Los departamentos de Caldas, Valle, Antioquia, Cundinamarca, Tolima, Huila y Carca, en particular, fueron testigos de continuas luchas.

El establecimiento del Frente Nacional entre los dos partidos tradicionales en 1957 facilitó el retorno al gobierno civil. Los líderes políticos acordaron alternar entre las presidencias liberales y conservadoras por un período de dieciséis años y distribuir de manera uniforme todas las posiciones gubernamentales entre las dos partes como una forma de limitar la violencia partidista.  A medida que el gobierno central restableció su autoridad, gradualmente aisló a los líderes rebeldes y bandidos. Sin embargo, varios grupos guerrilleros comunistas resistieron los esfuerzos del ejército para eliminarlos, y a principios de la década de 1960 se unieron para formar las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).


03/08/2018

paramilitares


“A finales de los años setenta del siglo pasado, el aumento de secuestros, robos de ganado y cobros de vacunas por parte de las guerrillas a terratenientes, ganaderos y narcotraficantes,  originó el surgimiento del grupo Muerte a Secuestradores,  MAS,  considerado como la primera manifestación a gran escala del paramilitarismo.

Pero la historia del país tomó un nuevo rumbo debido a un secuestro que detonó la guerra entre narcos y la guerrilla, otrora aliados en el negocio del narcotráfico.

El 12 de noviembre de 1981, Luis Gabriel Bernal Villegas, miembro de un comando del M-19, secuestró a Martha Nieves Ochoa,  hermana de Fabio, Jorge Luis y Juan David Ochoa, miembros del Cartel de Medellín.

El secuestro de la hija de “Don Fabio”, como era conocido en el mundo de criadores de caballos de exposición del país, fue el motivo de la reunión en la que se conformaría el primer grupo de autodefensas.

El 1 de diciembre de 1981, los hermanos de Martha Nieves Ochoa convocaron a un encuentro de urgencia que se realizó en el Hotel Intercontinental de Medellín al que asistieron 223 personas,  la mayoría jefes de la mafia,  entre ellos,  Pablo Escobar,  Carlos Ledher y  Gonzalo Rodríguez Gacha.

El objetivo de esta reunión era crear un proyecto que contrarrestara las acciones de los grupos guerrilleros, y en el que los asistentes dieron cada uno 2 millones de pesos y 10 de sus mejores hombres. De esta manera nació el MAS,  un ejército privado de 2.230 hombres y un fondo de 446 millones de pesos para “recompensas, ejecuciones y equipo”.

Algunas versiones de la época,  recogidas en medios de comunicación,  aseguran que en este encuentro participaron miembros del ejército,  directivos de empresas petroleras y de otras multinacionales, pero sólo hasta la publicación de un informe de la Procuraduría, se demostrarían los alcances reales de los tentáculos de la mafia,  principalmente dentro de las Fuerzas Armadas.

Con los hombres organizados y las armas compradas, se dio inicio a la venganza por el secuestro de Martha Ochoa;  el MAS secuestró a 25 personas cercanas a Villegas Bernal,  entre ellas a su esposa,  Martha Correa Velázquez. De esta manera se presionó a Villegas y pronto lograron la liberación de Martha Ochoa 92 días después de su rapto y sin pagar un céntimo de recompensa.

Martha Correa, la compañera de Villegas Bernal, quien paradójicamente había sido amiga de Martha Ochoa,  sería liberada  frente a las instalaciones del periódico “El Colombiano”, atada de pies y manos a una reja y cubierta con mensajes que demostraban la autoría del MAS.

El conflicto se recrudeció luego de la aparición de este grupo de autodefensas que empezó a expandirse a diferentes regiones del país: Caquetá en el Magdalena Medio,  Meta,  el  nordeste antioqueño,  Arauca,  Casanare y el Valle. Cada vez eran más recurrentes los secuestros,  torturas,  desapariciones y asesinatos de guerrilleros o sospechosos de simpatizar con ellos,  que  demostraban la seriedad del grupo antisubversivo.

Las técnicas de terror del MAS empezaron a preocupar a la sociedad y a las autoridades, mientras la simpatía que había sentido la opinión pública por este grupo,  fue remplazada por el miedo.

La justicia empezó a ser aplicada por estos particulares armados,  especialmente en las zonas más apartadas del país,  donde la presencia del Estado era casi inexistente.

Fue de esta manera que,  decenas de líderes del M-19 fueron torturados y abandonados inconscientes frente a periódicos de Medellín con letreros en el pecho que rezaban: “soy del M-19.  Soy un secuestrador” y poco a poco las “limpiezas sociales” se convirtieron en mecanismos de control de la subversión.

Cadáveres de hombres acribillados, estrangulados y colgados en árboles, dejaban al descubierto la crudeza de las nuevas técnicas del mensaje antisubversivo. Periodistas,  juristas y sindicalistas ampliarían la lista negra de este “escuadrón de la muerte” que ahora perseguía tanto insurgentes como a inocentes.  No obstante,  debido a la complejidad de la organización interna del MAS,  es difícil establecer la autoría intelectual  y material de muchos atentados y acciones que aún permanecen en la impunidad.

Bajo el gobierno de Betancourt se inició un proceso de diálogo nacional que pretendía establecer las condiciones adecuadas para un proceso de paz basado en las garantías para la participación política de grupos de “izquierda”. De hecho,  con la ley de amnistía de 1982,   los guerrilleros “autores, cómplices o encubridores de hechos constitutivos de delitos políticos” podrían reinsertarse al cogerse a los beneficios de la ley. El brazo político de las FARC y desmovilizados de otras guerrillas, crearon la  Unión Patriótica, UP, partido político que se convirtió en el principal objetivo de las autodefensas del MAS.

En el Meta, centro de influencia de las FARC y objetivo de control paramilitar entre 1986 y 1988,  ya habían sido asesinados más de 300 líderes de la UP, crímenes imputados en la mayoría de los casos a los miembros del MAS.

Aunque son miles los potenciales crímenes cometidos por este grupo,  son pocos los casos ya comprobados y juzgados. Muchos de ellos aún se encuentran en la impunidad.

La ampliación del MAS sumada al aumento de sus ofensivas de terror y a la sospecha reiterada sobre la participación de miembros de la fuerza pública,  obligaron al Presidente Betancourt  a solicitar una investigación a la Procuraduría General de la Nación. Los resultados revelaron las verdaderas dimensiones de los vínculos entre el grupo Muerte a Secuestradores MAS y los miembros de la fuerza pública.

Según el informe de veinte de febrero de 1983, “a la luz de las pruebas recogidas hasta el momento existían cargos suficientes para vincular procesalmente a 163 personas;  de ellas, 59 en servicio activo de las Fuerzas Armadas”. Solo 33 pudieron ser identificados plenamente. “




                               


02/08/2018

yehuda amijai



Y por amor a la memoria
llevo sobre mi cara la cara de mi padre.

Yehuda Amijai

Con esta cita del poeta israelí se abre el libro de Héctor Abad Faciolince.

Yehuda Amijai (1924 – 2000) nació en Wúrzburg,  Alemania,  el 3 de mayo de 1924. En el seno de una familia muy religiosa de comerciantes y agricultores. En 1935 toda su familia emigra a Palestina, por lo que no sufrió los horrores del holocausto.

A los trece años llega a Jerusalén y en 1942 se ofrece voluntario para luchar en la Segunda Guerra Mundial como soldado del ejército británico. Durante la Guerra de la Independencia de 1948 forma parte del Palmaj, cuerpo de élite para la defensa de Israel.

Yehuda Amijai no comenzó a escribir hasta el fin de la Guerra de la Independencia, y en 1955 publica su primer libro de poemas Ahora y en otros días. Desde la publicación de este libro, obra considerada como el punto de partida para la nueva generación poética y con la que ganó el premio Bialik de poesía en 1956, Amijai se ha convertido en uno de los más grandes poetas de Israel. En 1982 obtiene el premio Israel de poesía y es nombrado poeta nacional.

Dice de su poesía: “(escribo) sobre situaciones que conozco [...] Escribo sobre mí mismo, sobre mi vida privada, sobre mis amores, mis hijos, mi dolor, la nostalgia de mis padres, y los demás se ven reflejados en ello”.


Me siento junto a la ventana


Me siento junto a la ventana.
Los días perdidos no serán devueltos a la policía.
Los militares tienen prisa
como las estrellas.
Los hombros asciendes de graduación,
sus mangas ascienden no sus corazones.

Enciendo la radio del cielo,
apago el viento.
Habrá mucha rutina
y pocas lágrimas,
la puerta de mi casa es
la hija menor de la puerta del cielo.

Quiero continuar
sentado entre dos sillas,
sobre la buena tierra,
quiero vivir entre mi apellido y mi nombre
quiero vivir entre mi apellido y mi nombre
y no ser de ninguno de ellos.

Lo que nos entristece se queda con nosotros,
tiene nombres como las calles,
sólo las cosas alegres
siguen adelante
sin nombre.

Traducción de  Raquel García Lozano



01/08/2018

la universidad

Héctor Abad Gómez y su hijo, Héctor Abad Faciolince.

“Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yodebía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. «Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas», decía.

A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas («para la adecuada disposición de excretas», decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de «Promotoras rurales de salud». En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: «La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas» les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.”

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Seix Barral, 201022
Páginas: 41-43

 

Veintitrés punto siete hectáreas de memoria

Por William Fredy Pérez

“Este campus (Universidad de Antioquía) puede ser visto como un monumento auténtico. Su arquitectura,  decía el maestro Ariel Escobar Llano, “tiene identidad porque está de acuerdo con lo que somos nosotros.  No es una copia de nada”.  Los materiales con los cuales se hizo son “de nuestra propia entraña cultural”: arcilla, madera y piedra.  Y tejas de barro: “Es que todos en Colombia llevamos en el subconsciente y en el fondo del alma una casa de teja”.  Esta ciudad universitaria puede ser vista,  agregaba el arquitecto, “como si la acabaran de construir o como si tuviera cien,  doscientos o trescientos años”.

Este campus puede ser visto como un monumento icónico.  Aunque haya sido erigido hace apenas unas décadas,  es la imagen que los méritos científicos y culturales de la universidad evocan. Es el ícono de una universidad venerada como patrimonio histórico de la comunidad antioqueña.

Este campus puede ser visto como un monumento polifacético.  Él significa también la territorialidad por excelencia de los universitarios de la universidad pública en la región;  sintetiza el sentido de la crítica política,  la protesta social,  las disputas,  luchas e impugnaciones que han caracterizado la construcción del orden en Colombia. Puede ser visto como un monumento al conflicto que se vive afuera,  pero también como un símbolo de las habituales formas de recuperar el orden que se requiere adentro.  Un monumento a los intereses externos que han llegado mucho más acá de porterías del campus, y también a las “incursiones sociales” de los miles de universitarios que tampoco encuentran una línea que señala el fin de su territorio. Un monumento a la extraterritorialidad universitaria,  pero en el sentido del avance de los universitarios más allá de “su propia jurisdicción”.

Este campus puede ser visto como un monumento vencido. En su contrastación con el entorno,  algunas personas aseguran ver allí los trazos de “una envejecida corporación” que se resiste al pragmatismo; los “vicios” de una comunidad insoportablemente contemplativa y parlanchina;  los “extraños hábitos” de una gente curiosa,  reflexiva,  circunspecta,  desparpajada y diversa,  y los “excesos” de una autoridad y unas instituciones peculiarmente autónomas. Ven un monumento a “la ineficiencia”.

Este campus puede ser visto como un monumento público. Su cerramiento es una alegoría del difícil acceso a la educación superior en Colombia,  y por tanto simboliza el privilegio de “ser de la de Antioquia”.  El campus puede simbolizar también una especie de reducto de la “esfera pública política” en la cual algunas personas ejercen “una extraña representación” de alguien o de algo, o en la cual inclusive se encuentran eventualmente las propias poblaciones concernidas: campesinos,  indígenas, habitantes de la ciudad, desplazados que tratan de ventilar sus problemas. Una estación en el itinerario de causas sociales y conflictos políticos diversos.

Este campus puede ser visto como un monumento intricado y a veces misterioso.  En él hay rastros de disturbios,  escaramuzas,  explosiones,  huidas precipitadas y accidentes fatales; huellas del encuentro atropellado entre universitarios y agentes de la fuerza pública, registros de transgresiones, “incivilidades”,  hurtos y asaltos con violencia.  Pero sobre todo hay allí unas trazas más o menos misteriosas o emborronadas de violencia organizada; de una violencia que se escenificó en la universidad o que recayó sobre ella y sobre los universitarios. Cicatrices de la guerra, señales de sus protagonistas, marcas de los medios utilizados y estampas de los daños causados.

Finalmente, este campus puede ser visto como un monumento en construcción cuyos contornos serán definidos en todo caso por la memoria, es decir, por las memorias que desde siempre han permanecido (y tal vez quieren permanecer) en un gesto, en un discurso; o por las que se han ido incrustando y ocupando un espacio en el campus; o por las que siguen a la espera de un sitio en el monumento. Lo que importa de todas esas memorias es que tengan un lugar; es decir, la localización que permite recordar, el emplazamiento que insiste en preguntar por qué, la luminosidad que dignifica a las víctimas y la elocuencia que dice una y otra vez ¡nunca más!

Dos cosas se pueden decir entonces sobre este campus. La primera, que es un monumento; y que puede ser visto como auténtico, icónico, polifacético, vencido, público, intricado, a veces misterioso y en construcción. La segunda, mucho más concreta, que las dimensiones de ese monumento se pueden medir con exactitud: Veintitrés punto siete hectáreas de memoria.”



Entre julio y diciembre de 1987, los paramilitares asesinaron a 17 profesores y estudiantes de la Universidad de Antioquia, a los principales líderes del Comité de Derechos Humanos y a importantes activistas de la Unión Patriótica y la Juventud Comunista del mismo departamento.

El 25 de agosto de 1987 fue asesinado en Medellín el  médico, ensayista, luchador por los derechos humanos y especialista en Salud Pública colombiano Héctor Abad Gómez.