07/08/2019

beloved


Con esta novela Toni Morrison ganó el Premio Pulitzer de Ficción en 1988 y fue finalista del Premio Nacional del Libro de 1987.


BELOVED,  Toni Morrison 
fragment
UNO
“En el 124 había un maleficio: todo el veneno de un bebé.
Las mujeres de la casa lo sabían, y también los niños. Durante años, todos aguantaron la malquerencia, cada uno a su manera, pero en 1873 Sethe y su hija Denver eran las únicas víctimas. Baby Suggs —la abuela— había muerto; los hijos, Howard y Buglar, se largaron al cumplir los trece años... en cuanto bastó con mirar un espejo para que se hiciera trizas (ésta fue la señal para Buglar), en cuanto aparecieron en el pastel dos huellas de manos diminutas (ésta lo fue para Howard). Ninguno de los dos esperó a ver más: ni otra olla llena de garbanzos humeando en el suelo, ni las migajas de galleta esparcidas en línea recta junto al umbral. Tampoco aguardaron la llegada de otro período de alivio: las semanas, incluso meses, en que no había perturbaciones. No. Cada uno de ellos huyó al instante... en cuanto la casa profirió el único insulto que para ellos no debía soportarse ni presenciarse por segunda vez. En el plazo de dos meses y en pleno invierno dejaron solas a su abuela, Baby Suggs, a Sethe, su madre, y a su hermanita Denver en la casa agrisada de Bluestone Road. Entonces la casa no tenía número, porque Cincinnati no se prolongaba tan lejos. De hecho, sólo hacía setenta años que Ohio se atribuía el nombre de «estado» cuando primero un hermano, y luego el otro, rellenó con trozos de acolchado su sombrero, agarró sus zapatos y escapó a la rastra de la ojeriza activa que le prodigaba la casa.
Baby Suggs ni siquiera levantó la cabeza. Desde su lecho de enferma los oyó irse, pero no era ésa la razón de su inmovilidad. Lo que le extrañó fue que sus nietos hubieran tardado tanto en darse cuenta de que las demás casas no eran como la de Bluestone Road. Suspendida entre lo grosero de la vida y lo mezquino de la muerte, ella no podía interesarse en abandonar la vida o vivirla, y menos aún por el terror de dos chicos que se marchaban sigilosamente. Su pasado había sido como su presente —intolerable—, y dado que sabía que la muerte no significaba olvido, empleaba la poca energía que le quedaba para estudiar los colores.
—Trae algo de lavanda, si tienes. Si no, que sea rosa. Y Sethe la complacía, mostrándole cualquier cosa, desde un trozo de tela hasta su propia lengua.
El invierno en Ohio era especialmente penoso si uno tenía hambre de colores. El cielo proporcionaba el único espectáculo y contar con el horizonte de Cincinnati como principal atractivo de la vida era, cuando menos, temerario. De modo que Sethe y la pequeña Denver hacían lo que podían, y lo que la casa permitía, por ella. Juntas libraron una somera batalla contra el ultrajante comportamiento de esa vivienda, contra las tinajas de lavazas volcadas, las palmadas en la espalda, las rachas de aire viciado. Porque ellas comprendían el origen de la afrenta, como comprendían la fuente de luz.
Baby Suggs murió poco después de que se largaran los hermanos, sin el menor interés por la partida de ellos o la propia; inmediatamente, Sethe y Denver decidieron poner fin a la persecución invocando al fantasma que las fustigaba. Tal vez una conversación, pensaron, un intercambio de puntos de vista, algo, ayudaría. Se cogieron de la mano y dijeron:
—Ven. Ven. Harías bien en presentarte.
El aparador dio un paso al frente, pero fue lo único que se movió.
—Grandma Baby debe de estar impidiéndolo —dijo Denver, que tenía diez años y estaba enfadada con Baby Suggs porque se había muerto.
Sethe abrió los ojos.
—Lo dudo —dijo.
—¿Entonces por qué no viene?
—Olvidas que es muy pequeña —dijo su madre—. Ni siquiera tenía dos años cuando murió. Demasiado pequeña para entender. Demasiado pequeña hasta para hablar.
—A lo mejor no quiere entender —dijo Denver. —A lo mejor. Pero si viniera, yo se lo haría comprender claramente. —Sethe soltó la mano de su hija y entre las dos volvieron a apoyar el aparador contra la pared. Afuera, un cochero azotó a su caballo para que se pusiera al galope que los lugareños consideraban necesario cuando pasaban frente al 124.
—Para ser un bebé tiene un hechizo muy potente —dijo Denver.
—No más potente que el amor que yo sentía por ella —respondió Sethe, y una vez más todo se hizo presente.
El fresco acogedor de las lápidas sin escoplear; la que eligió y en la que se apoyó de puntillas, con las rodillas abiertas como una tumba. Rosa como una uña era. Jaspeada con lascas relucientes. Diez minutos, dijo él. Tiene diez minutos de mi tiempo gratis.
Diez minutos para siete letras. ¿Con otros diez habría podido agregar «Querida»? No se le ocurrió preguntárselo y aún la fastidiaba pensar que quizá habría sido posible... que por veinte minutos, por media hora, digamos podría haberlo puesto todo, todas las palabras que oyó decir al predicador en el funeral (y todas las que se podían decir, por cierto), en la lápida de su bebé: Querida Beloved. Pero lo que logró poner, lo que acordó, fue la única palabra que importaba. Le pareció que sería suficiente, recorriendo las lápidas con el grabador, bajo la mirada colérica del joven hijo de éste, una mirada colérica en un rostro de viejo, una nueva avidez. Seguro que eso sería suficiente. Suficiente para responder a otro predicador, a otro abolicionista y a una ciudad plena de asco.
Contando con la quietud de su propia alma, había olvidado la otra: el alma de su niñita. ¿Quién hubiera pensado que un bebé tan pequeño pudiera albergar tanta furia? Andar entre las lápidas bajo la mirada del hijo del grabador no fue suficiente. No sólo tuvo que pasar el resto de esos años en una casa paralizada por la ira de la criatura que vio su cuello cortado, sino que los diez minutos que pasó apretada contra una piedra del color de la aurora salpicada de estrellas, con las rodillas abiertas como la tumba, fueron más largos que la vida misma, más vivos, más palpitantes que la sangre del bebé que había corrido por sus dedos como si fuera aceite.
—Podríamos mudarnos —sugirió una vez a su suegra.
—¿De qué nos serviría? —preguntó Baby Suggs—. No hay una sola casa que no esté llena hasta el techo con el pesar de un negro muert

toni morrison




Toni Morrison, escritora.
1931-2019
Premio Pulitzer 1988
Premio Nobel de Literatura 1993
Obra:  The Bluest Eye, 1970;  Sula, 1973;  Song of Solomon, 1977;  Tar Baby, 1981;  Beloved, 1987;  Jazz, 1992;  Paradise, 1997;  Love, 2003;  A Mercy, 2008;  Home, 2012;  God help the child, 2015.

Paradise, fragment

“La historia es la siguiente: mi abuelo fue al colegio un solo día en toda su vida para decirle al maestro que no volvería porque tenía que trabajar. Su hermana mayor, dijo, le enseñaría a leer. Era uno de los detalles que aparecían en el relato de la historia de la familia, pero no tardé mucho en preguntarme dónde podría encontrarse ese «colegio». Mi abuelo había nacido en 1864, un año después de la Proclamación de Emancipación. A mediados del siglo XIX, en la Alabama rural, ¿dónde podría estar situada esa escuela? ¿En el sótano de una iglesia? ¿Bajo los árboles de un bosque? ¿Quién podría ser ese maestro tan osado? El lugar tendría que estar oculto porque se ponían trabas, incluso violentas, a la educación de los negros en general y a la enseñanza de la lectura en particular, y en gran parte del sur había sido ilegal enseñar a leer a los afroamericanos. La ley de Virginia de 1831 resulta representativa y reveladora: «Cualquier persona blanca que reúna a los negros libres para enseñarles a leer o a escribir será objeto de una multa de hasta cincuenta dólares y podrá ser encarcelada por un período inferior a los dos meses». «Por lo cual, se promulga que si un blanco, a cambio de una cantidad de dinero, congrega a esclavos para enseñarles a leer o a escribir, será multado por cada uno de los delitos a discreción de la justicia...» con una cantidad comprendida entre los diez y los cien dólares. En definitiva, no era posible enseñar sin castigo a los negros, libres o esclavos, pagando o sin pagar. Sin duda, cualquier maestro o maestra conocía los riesgos que corría.
Sin embargo, la hermana de mi abuelo consiguió su objetivo y, contra todo pronóstico, este terminó aprendiendo. La siguiente pregunta es cómo pudo poner en práctica esas habilidades. ¿Qué libros tenía a mano? ¿Había algún libro en la pobre granja de Greenville, Alabama? Poco probable. ¿Alguna biblioteca? Por supuesto que no. Sin embargo, sí tenía a mano un libro: la Biblia. Supongo que por ese motivo, entre otras hazañas legendarias, mi abuelo alardeaba de haber leído entera cinco veces, de cabo a rabo, la versión del rey Jacobo.
Mi familia valoraba la importancia de leer y escribir, no solo por la información y el placer que podría proporcionar, sino también como gesto de desafío político, puesto que históricamente se había puesto un gran empeño en impedirnos el acceso al aprendizaje. Mi madre se apuntó a la Literary Guild en los años cuarenta. Estábamos suscritos a periódicos dedicados exclusivamente a noticias y opiniones relacionadas con el mundo afroamericano: los ejemplares de The Pittsburgh Courier y el Cleveland Call and Post, tras pasar por numerosos lectores y lecturas, terminaban hechos jirones. Igual que otros periódicos étnicos, los nuestros suscitaban debates, preguntas y comentarios apasionados. Nos volcábamos sobre la obra de J. A. Rogers, Las almas del pueblo negro de Du Bois y cualquier obra que nos confortara e informara sobre el hecho de ser negro en Estados Unidos.
Así pues, fue inevitable que cuando edité The Black Book, un complejo registro de la vida afroamericana compuesto de recortes procedentes de numerosos coleccionistas, llegara a sentir fascinación por los periódicos antiguos, especialmente los «de color». En ellos se mostraba en fotografías y en letra impresa gran parte de la historia afroamericana: triste, irónica, resistente, trágica, orgullosa y triunfante. Me resultaron especialmente interesantes los impresos en el siglo XIX, cuando mi abuelo vivió los pocos minutos de su vida escolar. Supe entonces que hubo una cincuentena de periódicos negros en el sudoeste de Estados Unidos tras la Emancipación y el violento desplazamiento de los americanos nativos del territorio de Oklahoma. La oportunidad de establecer ciudades negras generó un frenesí tan febril como las ansias de los blancos por ocupar la tierra. Los periódicos «de color» fomentaban ese entusiasmo enfebrecido y prometían una especie de paraíso a los recién llegados: tierras, gobierno propio, seguridad; incluso hubo movimientos en firme para establecer un estado propio.
En relación con estos periódicos me intrigaba un asunto en concreto. Tanto en los titulares como en los artículos destacaba una advertencia clara: «Venid preparados o no vengáis».
Estos avisos contenían dos órdenes implícitas: en primer lugar, si no tienes nada, no vengas. En segundo lugar, esta nueva tierra es una utopía para pocos. Lo que, traducido, equivalía a decir que en el paraíso que estaban construyendo, los antiguos esclavos pobres no eran bienvenidos.
¿Qué podría significar eso para los ex esclavos —refugiados agotados y amenazados— sin recursos? ¿Cómo se sentirían cuando, tras haber recorrido todo el camino, desde las cadenas hasta la libertad, les dijeran: «Esto es el Paraíso, pero no podéis entrar»? También advertí que los dirigentes de las poblaciones que aparecían en las fotografías eran siempre hombres de piel clara. ¿El color de la piel también influía en la separación? ¿Replicaban así el aborrecido racismo de los blancos?
Quise profundizar en estos asuntos explorando el fenómeno inverso: la exclusividad de aquellos que tenían la piel muy negra, la construcción de una forma de «urbanización privada» que negaba la entrada a una raza mixta. Teniendo en cuenta la necesidad de engendrar progenie para perdurar, ¿qué papel tenía el patriarcado y en qué medida el matriarcado podía constituir una amenaza? Para describir y explorar estas cuestiones necesitaba, en primer lugar, examinar la definición de paraíso; en segundo lugar, investigar sobre el poder de la discriminación basada en el color de la piel; en tercero, dar forma dramática al conflicto entre patriarcado y matriarcado, y, por último, alterar el discurso racial indicándolo primero y después borrándolo.
La idea del paraíso ya no se puede imaginar o, mejor dicho, se ha imaginado demasiadas veces, lo que equivale a lo mismo: se ha convertido en algo familiar, comercializado, incluso banal. Históricamente, las imágenes del paraíso en la poesía y en la prosa intentaban describir una idea grandiosa pero accesible, algo situado más allá de la rutina pero abarcable con la imaginación, tan seductor como si fuera un recuerdo. Milton nos habla de «los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas. Flores y frutos brillaban con los reflejos del oro [...] mezclados con alegres colores esmaltados [...] y perfumes nativos». De «la fuente de zafiro de la que manaban los rumorosos arroyos y luego saltaban entre perlas de Oriente y arenas de oro» [...] «El néctar surgía en cada planta y alimentaba flores dignas del Paraíso» [...] «Bosques cuyos árboles destilaban olorosas resinas y bálsamos; otros cuyos frutos, de luciente oro, pendían apetitosos [...] y tenían sabor exquisito. Entre ellos se extendían los prados, con rebaños que pastaban la verde hierba» [...] «Flores de todos los tonos y rosas sin espinas». «Grutas frescas tras parras cubiertas de vides purpúreas en las que crecían exuberantes...»
En el siglo XXI podemos identificar ese territorio beatífico y lujoso como algún tipo de finca cerrada, propiedad de los adinerados y envidiada por los que nada tienen, o bien como uno de esos parques maravillosos que visitan los turistas. En nuestros días, el paraíso de Milton está hasta cierto punto disponible, si no de hecho, al menos como deseo irreprochable. El paraíso moderno tiene cuatro de las características del de Milton: belleza, riqueza, reposo y exclusividad. La eternidad parece haber quedado relegada.
La belleza es una naturaleza benévola y controlable combinada con metales preciosos, mansiones, joyas y adornos.
La abundancia, en un mundo de excesos y avaricia que vuelca los recursos hacia los ricos y fuerza a los demás a la envidia, es un rasgo casi obsceno del paraíso contemporáneo. En un mundo en el que la riqueza se acicala, se alza y se pavonea ante los desposeídos, la mera idea de «abundancia» como utópica debería hacernos temblar. La abundancia no tendría que parecernos una situación exclusivamente paradisíaca, sino algo normal, cotidiano, propio de la vida humana.
El reposo como un descanso del trabajo o de la lucha por obtener lujos o recompensas es algo cada vez menos común en estos tiempos. Es una ausencia de deseo que sugiere un tipo especial de muerte sin morir. El reposo puede sugerir aislamiento, unas vacaciones sin actividad placentera o relajante. En otras palabras, castigo y/o pereza voluntaria.
Sin embargo, la exclusividad sigue siendo un rasgo atractivo del paraíso, incluso irresistible, porque muchos —aquellos que no son dignos— no están en él. Los límites son seguros: ahí están los perros guardianes, los sistemas de seguridad y las puertas para verificar la legitimidad de los habitantes. Proliferan tales enclaves separados de las atestadas zonas urbanas. Así pues, no parece posible ni deseable que una ciudad se conciba —y menos aún que se construya— de modo tal que pueda acomodar a los pobres. La exclusividad no es solo un sueño hecho realidad para los ricos: es un objetivo popular entre la clase media. Se tiene la idea de que las «calles» están ocupadas por los indignos, los peligrosos. Los jóvenes que pasean por las calles son vistos como merodeadores dispuestos a hacer algo malo. El espacio público se controla como si fuera privado. ¿Quién disfruta de un parque, una playa, la esquina de una calle? El término «público» es en sí mismo un tema de debate.”

05/08/2019

lotte, stefan




Stefan Zweig: solo de lo negado canta el hombre,
por María Valcárcel

“VERANO DE 1936

Southampton. Hay un hombre solo a punto de embarcar en el puerto inglés rumbo a la Argentina. Es escritor, es judío, es austríaco. Tres elementos constitutivos del ser, que pueden extirparse con violencia si el tiempo en el que se vive es un tiempo de barbarie. Es un hombre solo porque existe una separación insoportable entre su pasado y su presente, entre lo que imaginó y su realidad. Durante ese extrañamiento abismal habita casas en ciudades que —a pesar de su profundo cosmopolitismo— no es capaz de sentir. Escribe, pero ya no como europeo, sino como exiliado, como refugiado, como apátrida. A ese barco sube alguien que se diría ausente de sí, casi casi inexistente.

Stefan Zweig se dirige a Buenos Aires invitado por el Pen Club Internacional a su decimocuarto congreso y él percibe esta convocatoria como una oportunidad, quizás una de las últimas, de hermanamiento entre los pueblos, a través de las voces literarias más prestigiosas del mundo. El barco zarpa y es sencillo fantasear con un viaje que lleva en su seno el drama de una generación que creyó en una Europa civilizada, culta, libre.

Hacen escala en el puerto de Vigo. Zweig deambula por unas calles ya mayoritariamente rendidas ante el poder franquista. Delante del ayuntamiento contempla una escena que lo acompañará durante el resto del trayecto: jóvenes campesinos (sic) entran en el consistorio, para salir, al cabo de pocos minutos, enfundados en el lustroso uniforme del régimen, bayoneta en mano. Sus rostros reflejan entusiasmo. Vehículos militares, también resplandecientes, los recogen y, segundos más tarde, desaparecen. La euforia del dominio le recuerda a Italia, a Alemania. Se estremece. "Me estremecí —escribe— era un poder que amaba la violencia, que necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo".

Cómo se derrumbó el optimismo de unos jóvenes que conocieron la euforia del saber; esa exuberancia de progreso, de erudición, de fervor infinito por la cultura.

El barco arriba a Buenos Aires. Es recibido como el escritor famoso que es. Idolatrado por los lectores, querido por los editores, considerado, en todas partes, una autoridad moral. Él tiene problemas con su perfil público. No le gusta exponerse. Es pacifista, es humanista. Valora como instancia superior su libertad individual. Pero estamos en 1936. Muchos de sus amigos le reprochan ese modo característico de zafarse de las declaraciones políticas; es, para esos amigos, una salida ignominiosa. Joseph Roth expresa su desacuerdo en tono desesperado y vehemente en las cartas que le escribe. "Humillados y deshonrados estábamos desde el primer día del hitlerismo, ¿por qué no se ha indignado usted hasta hoy? ¡Pero está bien! Más vale hoy que jamás".

El 5 de septiembre se inaugura el congreso y Zweig es declarado huésped de honor. Todos esperan sus palabras. Minutos antes, Emil Ludwig, biógrafo alemán, también judío, también exiliado, denuncia los crímenes nazis. El siguiente es un instante que forma parte de la historia. La Casa Stefan Zweig de Petrópolis (Brasil) conserva la fotografía del escritor en ese segundo que bien podría ser el negativo de su alma afligida. Las manos tensas, cruzadas, sobre el rostro inclinado y oculto. Es la imagen de un hombre solo. Derrotado. Casi casi inexistente.

Cuando llega el momento de su discurso, la expectación crece y sus palabras, en muchos círculos, decepcionan. Referencias sucintas al mundo actual, a la Alemania de Hitler, a los judíos. Él siempre ha sido un escritor. Cree en la lucha de su palabra no de su nombre. Son sus libros los que han de hablar por él. Pero, una vez más, como antes, como en todo lo que ha perdido y no había imaginado perder, el hombre libre sucumbe ante la realidad.

Existe un desajuste con el mundo que no comprende. Semanas antes del congreso viaja a Brasil y experimenta algo que es como renacer un poco, algo sano en un país nuevo, con futuro. Acaso signifique un poco de luz. Pero no. Tampoco. Porque es difícil explicar lo que siente de verdad un intelectual europeo nacido en 1881, que habla cinco idiomas con fluidez, que viaja, vive y conoce el continente como si fuera su Viena natal, cuyas amistades son los personajes más influyentes de la literatura y la historia del siglo XX. Para saber eso, para saber por qué no hay luz, habría que volver atrás, a lo que queda, a lo perdido. Habría que contar que eso supone exponer una privación violenta de la voluntad, de la naturaleza de uno. Y eso no se cuenta sin romperse.

Ya de regreso en Europa, se refugia en París, después en Londres  y, más tarde, se muda a Bath con Lotte, su secretaria, con la que contrae matrimonio. Visita regularmente a Freud, asentado también en Londres, y hablan de la guerra. Todos hablan de la guerra. El pasado de Zweig se torna cada vez más escurridizo. En Alemania están quemando sus libros en hogueras, estalla por doquier un frenesí implacable. Se agudiza el odio y se disparan los instintos. Esa embriaguez, término que tanto le gusta utilizar, genera y produce terror. Lo que comienza a desaparecer no es solamente una obra literaria repleta de éxitos, sino un territorio interior cuyo centro era la lengua alemana.

MARZO DE 1938

Hitler invade Austria. "Pacíficamente". Zweig pierde su pasaporte austríaco y ha de solicitar a las autoridades inglesas un documento para extranjeros. Es, en ese momento, una vez más, un hombre solo. Ya vencido. Casi casi inexistente. Mientras, escribe.

Cómo unir los puntos de la realidad europea sin vislumbrar un dibujo cruel donde la responsabilidad, la culpabilidad, la incertidumbre y el miedo se erigen en un interior habitado por vacíos. Cómo saber dónde quedó aquel sueño de ciudadanos libres, de pueblos en concordia.

Stefan Zweig hace por última vez la maleta para abandonar Europa definitivamente. Ese día, ya con la guerra a las espaldas, con el fardo funesto bien agarrado a la garganta, se despide de todo eso que había dado sentido a su existencia. Se instala en Petrópolis, se lleva consigo notas e informes que le servirán de ayuda para escribir su autobiografía, El mundo de ayer, en la que recorre de la mano su tiempo con el tiempo de la historia. Viaja, por cortos espacios, a Nueva York. Allí vive Friderike, su primera mujer, algún amigo. Pero allí se siente demasiado desterrado. Todavía más. En 1940 el dolor es enorme y el consuelo inefectivo. Como la vida de un hombre en medio de lo atroz.

23 DE FEBRERO DE 1942

 Sobre la mesa hay una nota manuscrita, con la que Zweig da una explicación a ese abrupto final: "Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra". Nada de lo que podamos imaginar que fue, en realidad fue. Esa tarde, quizá como otra cualquiera, quizá no, Stefan y Lotte decidieron suicidarse. Él sesenta y un años, ella treinta y tres. Los mató la nostalgia de la optimista Europa, de la brillante Europa. Los mató la confianza pisoteada. A la manera de Spinoza, los mató la ausencia de 'conatus', esa perseverancia por existir, ese adecuarse a la esencia. A la manera actual, los mató la falta de resiliencia. Los mató el cansancio, sobre todo a él, a ella, suponemos que sobre todo el amor, pero no lo sabemos. Fueron encontrados en su habitación, tumbados en la cama, reposando al fin. Los mató todo aquello que les fue negado.  “




Stefan Zweig: adiós a Europa, es el título de la película de la directora alemana Maria Schrader, que narra los últimos años del escritor transcurridos en Suramérica, tras un largo periplo de persecución, exilio y la pérdida de la libertad individual.

Ficha :
Título original: Stefan Zweig: Farewell to Europe aka
Año: 2016
Duración: 106’
Dirección: Maria Schrader
Guion: Maria Schrader, Jan Schomburg
Música: Tobias Wagner
Fotografía: Wolfgang Thaler
Reparto: Josef Hader,  Aenne Schwarz,  Tómas Lemarquis,  Barbara Sukowa,  Nicolau Breyner, Charly Hübner,  Lenn Kudrjawizki,  Ivan Shvedoff,  Harvey Friedman, Nahuel Pérez Biscayart,  André Szymanski,  Matthias Brandt,  Nathalie Lucia Hahnen, 


Tráiler:

carta de Gabriela Mistral




Uno de los objetos de la casa es la carta que Gabriela Mistral (poeta chilena, destacada como cónsul en Petrópolis el mismo año de la llegada de Zweig a la ciudad) le envió a Eduardo Mallea (escritor periodista y diplomático argentino)  tras el suicidio de Stefan Zweig, el 24 de febrero de 1942.

“Van adjuntas unas letras de hace días, donde hallará usted un recado de nuestro Stefan Zweig. Yo no podía mandárselas hoy   sin añadirles unas palabras sobre el horrible día 23. Salí hacia Petrópolis a las once y media; mi bus ha debido pasar por la casa de nuestro amigo a mediodía: a esa hora él y su mujer agonizaban, allí, solos, sin que nadie supiese esa agonía. La criada tenía costumbre de que sus patrones durmiesen hasta las 10; no le extrañó mucho, al acercarse a la puerta hacia las 12, oír "la respiración del señor Zweig". Pero la pobre mujer solamente a las cuatro se decidió a abrir la puerta. Avisó a la policía; andaba tan trastornada que al recibir a un arquitecto francés que venía de visita, le contestó: "Sí, allí están; pero están muertos". La policía llamó al presidente del PEN Club, Dr. [Cláudio] De Souza, a quien estaba dirigida la carta del maestro para sus amigos y que tal vez usted ya ha leído. El doctor fue a comunicar personalmente la tragedia al presidente -quien ordenó hacer las exequias por cuenta del Estado- y avisó a la prensa de Río. Nosotros supimos la desventura por un telefonazo de M. Dominique Braga, a las nueve de la noche. Yo estaba recogida y oía sin entender este diálogo: "No puedo oírle, señor Braga; hable usted más alto. El teléfono está mal. No le oigo todavía. No le puedo oír". Y después: "¡Qué cosa tan horrible!" y el llanto no dejaba hablar a Connie [Saleva, secretaria de Gabrela Mistral.], lo mismo que a M. Braga. Creí que se tratase de un accidente de auto y busqué entre mis amigos de Petrópolis. A cualquiera hallaba menos a ellos. Porque hacían la vida más quieta del mundo, y la más dulce en la apariencia y la más linda de ver.

Tenía tanto miedo de saber, amigo mío, tanto temor, que no quería preguntar. Connie subió llorando como un niño. Aquí los tres teníamos, más que el cariño, la ternura de ese hombre llano como una criatura, tierno en la amistad como no sé decirlo, y realmente adorable. Usted sabe con cuánta frecuencia nos veíamos, ¡ay! Con menos de la necesaria para haber sabido el secreto de ellos y haberlos ayudado, si dable era ayudarles, ¡Dios mío!

Salimos hacia Petrópolis con una sensación de sonámbulos que hacen cosas absurdas: saberlos muertos no era posible para nosotros, y muertos por suicidio, menos. La pequeña casa de columnetas, a media colina, a cuya puerta nos esperaba siempre, subiendo lentamente las escaleras, estaba guardada por la policía. Arriba hallamos al doctor De Souza y a su buena mujer, al presidente de la Academia de Petrópolis, a un grupo de hebreos, al editor brasileño de Zweig y a los consabidos corresponsales de la prensa nacional y extranjera. Nosotros seguíamos hablando y oyéndolo todo como sonámbulos.

Al fin entré en el dormitorio y estuve allí no sé cuánto tiempo sin levantar la cabeza. Yo no podía o no quería ver. En dos pequeños lechos juntos estaba el maestro, con su hermosa cabeza solamente alterada por la palidez. La muerte violenta no le dejó violencia alguna. Dormía sin su eterna sonrisa, pero con una dulzura grande y una serenidad mayor todavía. Parece que él murió antes que ella. Su mujer, que habrá visto ese acabamiento, le retenía la cabeza con el brazo derecho, y toda su cara estaba echada sobre la suya. Al ser separada de su cuerpo, ella quedó con brazo y mano torcidos y rígidos, y habrá que desgobernar el pobrecito cuerpo al ponerla en el ataúd. El rostro de ella estaba muy parecido. No habrá nada que me disuelva esta visión.

Tenía él 61 años; ella, 33. El decía siempre: "En años, soy más que su padre". Ella supo irse con él, dejando atrás la vida entera. La miré mucho rato en el ademán y en el prodigioso enflaquecimiento del veneno o de la angustia de la última hora: la de verlo muerto a su lado. Mantengo todo mi concepto cristiano sobre el suicidio, amigo mío, pero creo que él no me prohíbe sentir este desgarramiento por el amor de esa mujer hacia un hombre viejo a quien quiso con pasión y amistad. Lo cuidaba con un celo tal que no estaba lejos de él diez minutos: del aire frío, del mucho escribir, del mucho andar -que era su vicio único-, del desaliento: de todo lo guardaba. En mi país yo hubiese rogado que los sepultasen juntos, como a los Berthelot. Zweig dormía sin sueños, aliviado para siempre del tiempo y el mundo vergonzosos que fueron la ración de su vejez.

Mi asombro y el de cuantos lo tratamos aquí es inmenso. Hoy sólo puedo contarle nuestro penúltimo encuentro. Nos invitó a almorzar, añadiendo a nosotros tres a Hortensia Río Branco, que estaba en casa. Lo encontré un poco desmejorado, pero en un ánimo más alegre que otras veces. Le di la noticia de la venida de Waldo Frank, anunciada en la carta suya, y le participé mi proposición de que el amigo viniese a casa, a Petrópolis, para escapar del calor. Entonces ambos me dijeron que compartiríamos a Frank, quien podía pasar días con ellos, días conmigo. Así lo convinimos.

Contó riendo que él había dispuesto un almuerzo austríaco, desde la sopa hasta el postre. Y él lo sirvió, con su linda manera, que nunca se sabía si era de uno muy viejo o muy niño. Habló un poco de Bélgica con doña Hortensia, residente de media vida en ese país.

Luego salimos hacia la terraza, donde a él le gustaba trabajar, pero me detuvo al pasar por su escritorio para leerme una preciosa carta de Martin du Gard, el novelista. Leía y repetía frases y frases, haciéndome sentir el perfecto, el hermoso estado de espíritu de esta otra alma en prueba. Salimos a la terraza hablando de las gentes que están viviendo su tragedia sin la pérdida de una pizca de decoro y de elegancia en la conducta. Entonces me dijo, mirándome de un modo particular y recalcándome las palabras: "Habría que decir lo peligroso que es en América comenzar una persecución de los alemanes; sé que hay algunos signos de eso, y me alarman mucho". Lo tranquilicé, asegurándole que no habrá inquisición, ni cosas parecidas a las débauches sangrientas de Europa, en nuestros pueblos. Y entramos en una larguísima conversación sobre el indio, el negro y las gentes cruzadas. Le oí una alabanza conmovida de los misioneros portugueses. Yo había procurado antes interesarlo en los misioneros del Continente como asunto para un libro suyo que podría ayudar mucho a nuestros indios. Celebró la bondad del negro, "que es una sola cosa -dijo- con su alegría". Añadió lindas observaciones del temperamento brasileño en la piedad y el equilibrio pasional. De la gente pasó a la tierra, y me pidió caminar con él por los alrededores de nuestra ciudad, lo cual le prometí. Él me creía entendida en plantas, sólo por haberme visto cultivar un pedazo de jardín de la casa? "Gabriela Mistral -me dijo-, yo tengo este deseo que me va a conceder. Conversaremos mejor de todo esto andando por la tierra rural."

Hace unos diez días de todo esto: trato de recordar con mucha precisión la parte referente a Frank y la última, porque son dos compromisos que él se hacía y que nadie le había solicitado. Estoy cierta de que no me engañaba -¡para qué!- y de que no pensaba matarse.

Poco después me habló por teléfono para preguntarme si yo iría a una recepción oficial de la Prefectura (o Gobernación) de Petrópolis, pues él tenía la invitación, pero no la compañía. Allá fuimos y estuvo a gusto, a pesar de lo poco que le agradaba la vida mundana.

No creo en las conjeturas que se hacen sobre la situación económica del maestro Zweig. Su editor las desmintió rotundamente anoche, a dos pasos del muerto. Las grandes ediciones suyas lanzadas por la mayor editorial yanqui, más algunos artículos pedidos de los Estados Unidos, podían asegurarle a lo menos unos años de un bienestar modesto, pero suficiente. Por otra parte, no puede ni imaginarse un momento de extravío o de locura: escritor más sensato, más dueño de su alma, menos delirante (a pesar de haber descrito como nadie el delirio), no puede tal vez encontrarse en nuestra generación. Pienso, sin pretensión de adivinar, que las últimas noticias de la guerra lo deprimieron horriblemente y en especial el comienzo de la guerra en el Caribe, el hundimiento de barcos sudamericanos. ¡Ay! ¡Había visto llegar así la guerra a tantas costas! Habrá que añadir su última información: la de los sucesos del Uruguay. También eso se parecía de un modo tremendo a lo visto en Europa, duela o no duela confesarlo. Estaba harto de horror, no podía ya más.

Amigo mío: ya sé que los fáciles dirán para condenar -y hasta algunos estoicos- que Zweig se debía a nosotros y que su escapada de la tragedia común es una gran flaqueza. Y mucho más se dirá. Hablarán de su falta de fe en lo sobrenatural y acaso de la famosa cobardía israelita.

Yo me quedo esperando su autobiografía, escrita aquí mismo, en nuestro Petrópolis, que él amaba tanto como yo. Porque no sabemos todo lo que este hombre padeció desde hace unos siete años, desde que el escritor alemán fiel a la libertad pasó a ser bestia de cacería. Su sensibilidad superaba a la mostrada en sus libros: era una sensibilidad femenina, en el mejor sentido del vocablo; habría que decir "inefable". Cuando hablábamos de la guerra, yo seguía en su cara, punto a punto, su corazón en carne viva e iba midiendo lo que yo podía decir, lo cual no me ha ocurrido con ningún hombre de letras. Y no era que perdiese en momento alguno su control riguroso; era que los hechos brutales, o simplemente penosos, no parecían ser oídos, sino tocados por él en el mismo instante en que los escuchaba y le caía al rostro una tristeza sin límites que lo envejecía de golpe. (Usted recuerda la juventud de su aspecto; toda ella desaparecía en cayendo la guerra en la conversación.) Su repugnancia de la violencia era no sólo veraz; era absoluta.

Le importaban todos los pueblos y se había apegado muchísimo a los nuestros. Estuvo a punto de irse a Chile, por una invitación de Agustín Edwards; se quedó en Brasil y lo sirvió con un libro ejemplar sobre territorio, historia y pueblo. Halló los Estados Unidos demasiado recios o duros, no sé. Prefería el sur porque, además, necesitaba de mucha dulzura de clima el hombre de sesenta años.

Su melancolía más visible era la pérdida de la lengua materna. En su primera visita a esta casa me dijo que nada del mundo podría consolarlo de no volver a oír en torno suyo el habla de su infancia. "Esto -dijo- es lo único irremediable." Él esperaba entonces con certidumbre cabal la caída del hitlerismo; pero ya había comprado una casa en Inglaterra y posiblemente, como muchos desterrados, pensaba que al regresar llevaría las heridas de un dictador, y además las de los seudo amigos que traicionan o que consienten. Su sobriedad para juzgar a su patria me pareció completa; jamás un denuesto, ni siquiera un vocablo castigador; su continencia verbal formaba parte de su hidalguía. (El tipo de nariz no era judío; mejor recordaba al español, inglés o francés).

No pudimos hacer nada por él, aparte de quererle en esta casa los tres, porque era lo más natural del mundo el tenerle no sólo admiración, sino una ternura conmovida.

¡Ay! Que no remuevan los creyentes estos huesos de doble fugitivo y renuncien al ejercicio fácil de dar una lección sobre un muerto que deja empobrecida a la humanidad, y en todo caso a los mejores. En él había miel de Isaías, también llama paulista, también ambrosía de Ruth.


Adiós. G. M.”

casa stefan zweig

casa Stefan Zweig en Petrópolis, Brasil


En las colinas de Petrópolis, Brasil,  se encuentra la casa donde el escritor Stefan Zweig y su segunda esposa, Lotte, vivieron durante cinco meses,  hasta su muerte la noche del 22 al 23 de febrero de 1942.

En el año 2012 un grupo de amigos la compró y reformo, con el apoyo de los gobiernos de Austria y Alemania. Alberto Dines, amigo y biógrafo del escritor, ha sido el principal impulsor de la idea.

El museo conserva libros, caricaturas, dibujos y algunas piezas prestadas por Eva Alberman, sobrina de la esposa de Zweig, como una pipa y un tablero de ajedrez de bolsillo. También una carta pacifista escrita, días antes de su muerte, al escritor alemán Paul Zech.

En esta casa,  Zweig completó su autobiografía “El mundo de ayer”, escribió el cuento Un juego de ajedrez, y repasó algunas obras inacabadas como Clarissa, mientras leía con frución a  Montaigne.

La casa es un lugar de recuerdo en su memoria, pero también un lugar para recordar y honrar a los cientos de exiliados y emigrantes que dejaron huella en las artes, la ciencia y la cultura de los países de acogida.



04/08/2019

clarissa,primera aproximación



Vespres Literaris vuelve a Stefan Zweig.
En enero de 2017 el grupo leyó y debatió sobre “Los ojos del hermano eterno”,  una novela breve sobre la “historia de Virata, a quien su pueblo enaltecía con los cuatro nombres de la virtud pero de quien nada hay escrito en las crónicas de los soberanos ni en los libros de los sabios, y cuya memoria los hombres han olvidado”.  Escrito como una leyenda oriental, situado antes de los tiempos de Buda, narra la vida de Virata, hombre justo y virtuoso, el juez más célebre del reino, que decide un día experimentar el efecto de los castigos que impone, dentro de su jurisdicción,

Esta nueva temporada la inaugura el autor austriaco,  con la novela tardía e inacabada Clarissa,  y es que nuestro autor de este mes está de moda. Desde el año 2014 se han publicado en España unos cuarenta títulos entre obras de Zweig o referidas a la vida y obra del mismo, tal es el interés por el autor de Momentos estelares de la humanidad, que en el primer semestre de este año se han publicado seis títulos más a sumar a los publicados en los cinco años anteriores.

¿Por qué este interés por un autor olvidado?  y que, en palabras de Rafael Argullol, : “[Fue] Tremendamente popular en la Europa de entreguerras, había desaparecido de las estanterías después de la segunda contienda mundial, como si los estudiantes nazis que quemaban sus libros en las plazas de Alemania hubiesen conseguido exterminarlo para siempre. Con frecuencia veíamos Veinticuatro horas de la vida de una mujer y otras novelas de Zweig en las bibliotecas de nuestros abuelos, pero en la universidad ningún profesor recomendaba a un escritor que parecía definitivamente periclitado. Pero los últimos años del siglo XX, el siglo que lo había llevado a la cima y lo había destruido, albergaron el inesperado retorno de Zweig a las librerías de los países europeos. Cuando un retorno de este tipo se produce no hay duda de que la época, con sus interrogantes, lo exige, aunque sea de manera oblicua.” (el subrayado es mío).

¿Es un autor necesario Zweig hoy, en estos tiempos y en las circunstancias que nos han tocado vivir?  La lectura de Clarissa tal vez nos arroje luz sobre esta cuestión, mientras tanto, un librito ilustrado muy breve (apenas 50 hojas), nos puede arrojar luz sobre la personalidad y la obra de nuestro autor:

Afegeix la llegenda
Stefan Zweig, la tinta violeta

Jesús Marchamalo

Ilustrador: Antonio Santos

Editorial Nórdica, 2019

páginas: 48


(fragmento)

“Escribía con una letra pulcra, redonda y firme. Una caligrafía cuidada, tinta violeta, en folios y cuartillas de papel grueso que tenían en el encabezado un monograma con sus iniciales, S, Z, convertidas en sello, en divisa.

Era educado, cortés, mirada inquieta, y en su rostro, tez clara y gesto relamido, destacaba un flequillo lacio sobre la frente y el bigote poblado, grave, de una formalidad administrativa.

Vestía con frecuencia traje oscuro, zapatos relucientes, camisas de un blanco inmaculado y corbatas en las que siempre brillaba un alfiler con una perla.

Nació en Viena, pocos días antes del trágico incendio del Ringtheatre. El 7 de diciembre de 1881, durante la representación de la ópera de Offenbach Los cuentos de Hoffmann, hubo un escape de gas en las candilejas: una explosión apagada, un fogonazo apenas, tras el que aparecieron llamas, al principio inocentes, cautelosas, que se extendieron por el entarimado y acabaron creciendo convertidas en un monstruo voraz.

Alimentado por los densos cortinajes, el terciopelo rojo, los crespones con los colores patrios que colgaban airosos de los palcos, el fuego saltó, ya desbocado, a la platea, y ardieron faldas de encaje y camisas de blonda; se consumieron en pavesas oscuras las corbatas de lazo, los pañuelos de hilo; prendieron las chisteras, el satén, mientras un humo negro, denso, se adueñaba del aire convertido en cortina irrespirable.

Murieron más de cuatrocientas personas y hubo miles de heridos. Desde el salón de la casa de los Zweig se veía la plaza del teatro y asomados a las ventanas contemplaron incrédulos cómo el fuego consumía el edificio casi hasta los cimientos.

Ese fue el primer recuerdo de Alfred Zweig, que tenía entonces dos años: el caos y los heridos, los coches de bomberos, las llamas amarillas, enormes y en apariencia vivas, reflejadas en los cristales de su casa, tétricas a lo lejos, mientras su hermano Stefan dormía plácidamente en la cuna y a su lado la nodriza, Margarete, canturreaba.

Los Zweig, una familia judía acomodada. El padre, Moritz o Moriz, largas patillas, quevedos, pelo ensortijado partido milimétricamente en dos por una raya, fue un exitoso empresario dedicado al comercio textil. Alto, delgado, culto, presumía de no haber solicitado nunca un crédito, de que a su nombre jamás se hubiera emitido un pagaré, de no haber contraído deudas en la vida. La madre, Ida Brettauer, hija de un banquero, refinada, políglota, la reina de la casa, fue perdiendo oído después de su segundo parto y acabó llevando una trompetilla a los conciertos, a las conversaciones de café, a las veladas en el salón de casa, mundanas, relucientes —manteles de hilo, cubertería y copas de cristal—, a las que acudían amigos artistas, abogados, industriales de pompa y circunstancia.”