07/12/2021

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Un artículo de Najat El Hachmi, con motivo de la muerte de nuestra autora del mes, en Letras Libres, 30 de marzo 2021.


“Cuando era adolescente di por casualidad con un libro que me resultó estremecedor: Dios muere a orillas del Nilo. Una novela situada en el mundo rural egipcio que reflejaba la descarnada situación en la que vivían los habitantes de un pequeño pueblo, especialmente las mujeres. A pesar de que el paisaje en el que transcurrían los hechos se encontraba en el extremo opuesto del Norte de África, lo cierto es que la brutalidad, el despotismo y la injusticia que en él imperaban me resultaban dolorosamente familiares. Aquella novela breve me causó una impresión profunda por varias razones: porque era la primera vez que leía un retrato honesto y audaz de las condiciones del mundo rural en un país musulmán, porque esa representación hacía añicos el espejismo que nos había llegado de la sociedad egipcia como una de las más avanzadas en cuanto a la situación de la mujer y porque trataba como no había leído nunca antes la cuestión del control sobre su cuerpo y su sexualidad mediante la veneración de la virginidad y la vigencia del honor como valor absoluto.

La autora de aquella novela poco conocida es Nawal El Saadawi, que acaba de dejarnos después de una larga y fructífera vida dedicada a la lucha contra las injusticias y a favor de la igualdad. Un año antes de que apareciera en Estados Unidos Política sexual de Kate Millet, la egipcia publicaba Mujeres y sexo, que denunciaba la mutilación genital femenina. Este libro, fruto de la experiencia de El Saadawi como médica en zonas rurales, provocó una gran polémica, fue censurado y le costó el cargo de Directora General de Salud Pública que entonces ostentaba. La práctica de la mutilación, que ella misma sufrió de pequeña y describe con precisión estremecedora en sus memorias, será uno de los principales ejes de su trabajo como feminista.

En el ensayo La cara oculta de Eva disecciona desde puntos de vista muy diversos (de la sexualidad a la literatura, por ejemplo) la situación de la mujer en los países musulmanes, aunque con una visión global que va más allá del contexto geográfico concreto del que habla. Le agradeceremos siempre a Nawal El Saadawi que no hiciera concesiones en su largo camino de denuncia de las discriminaciones: se opuso tanto a las prácticas tradicionales como a los valores religiosos, como a las sobreinterpretaciones de los textos religiosos para establecer prohibiciones inexistentes en el momento en que nació el islam. Su crítica a la religión es de una valentía heroica. Téngase en cuenta que, a día de hoy, países que se definen como moderados o abiertos como Marruecos siguen penando con prisión la apostasía. Da cuenta de la rebelión innata de El Saadawi, la libertad de pensamiento que la caracterizaba, el hecho, por ejemplo, de que fuera expulsada de una clase de gramática al plantear dudas, en el análisis de una oración, sobre el sexo de Alá.

Diseccionó con mirada lúcida el entramado de normas derivadas de una mentalidad que se resiste al cambio que propone el feminismo, cuando no reacciona de forma feroz a sus propuestas de justicia. En tomos como el mencionado La cara oculta de Eva (anteriormente traducido al castellano como La cara desnuda de la mujer árabe), la egipcia desentraña todos los elementos que forman parte de la estructura patriarcal religiosa y cultural que a día de hoy sigue vigente en los países donde la mayoría de la población y, sobre todo, los sistemas de organización estatal, sigue siendo musulmana. Una de sus obras más conocidas es Mujer en punto cero, el monólogo de Firdaus, una mujer condenada a muerte por haber matado a su proxeneta, que relata una vida de brutalidad y explotación. Según cuenta la autora, a la protagonista de la novela la conoció en su paso por la cárcel, ya que Nawal El Saadawi fue arrestada por el gobierno de Saadat en 1981 por oponerse a los acuerdos de paz de Camp-David.

A día de hoy resulta sorprendente que en ciertos sectores de la academia Nawal El Saadawi sea o bien ninguneada o bien descrita, sobre todo en el mundo anglosajón, como “feminista islámica”. Nada más lejos de su punto de vista crítico con el islam. Ella misma, en el prólogo a la edición española de 1991 de La cara oculta de Eva alertaba sobre la regresión que ya veía venir en los países musulmanes, tal vez más reacción que regresión. Lo paradójico es, en este caso, que ciertos sectores progresistas del mundo occidental no tengan en cuenta legados como el suyo porque no encajan en el nuevo pensamiento que justifica y legitima el sistema que feministas como ella denunciaron, el que defiende que la opresión y la discriminación son identidad.”

06/12/2021

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PREGUNTA: — ¿Quién le enseñó a luchar contra la injusticia en la sociedad? ¿Hubo algún suceso en su infancia que determinó su posterior compromiso?

RESPUESTA: —Mis padres, especialmente mi madre me influyó desde que era muy joven. No solo hubo un suceso, fueron muchos.

P: —¿De dónde procede su fuerza para afrontar las adversidades?¿Dónde deposita su esperanza?

R: —Mi fuerza interna procede de la confianza en mí misma.

P: —No entiendo muy bien por qué Fouada (protagonista de La mujer que buscaba) no logra avanzar. Se hace demasiadas preguntas que la llevan a deprimirse.

R: —Fouada era una mujer joven rebelándose contra un sistema opresivo. Ella buscaba la libertad y realizarse como persona, no estaba deprimida.

P: —¿Qué buscaba Fouada? ¿El amor, romper las reglas…?

R: —Buscaba su verdad a través del amor y a través de la rebeldía contra todos los obstáculos que se le ponían delante.

P: —¿El enfado ha sido un motor para su creatividad o en su vida? ¿Por qué decidió ser escritora?

R: —No solo la ira. La ira por sí sola no es suficiente. Me hice escritora porque me encantaba, me producía un gran placer escribir.

P: —¿En qué punto nos encontramos ahora en la situación de la mujer?

R: —Se está avanzando, a pesar de las recaídas y retrocesos.

Esta eterna inconformista, que de pequeña le escribió una carta a Dios porque su hermano, por haber nacido varón, no tenía la obligación de ayudar en casa ni ser buen estudiante, suele decir que es revolucionaria y feminista desde que se percató de eso. En esa carta le reprochaba a Dios por qué no la quería a ella igual que a su hermano, por qué tal injusticia. Todos los personajes de Nawal son ella misma. A sus 86 años, Nawal no teme a la muerte, ni a lo desconocido. Independiente, audaz, valiente, alegre. Sigue usando su mejor arma, la palabra (“cuando uno es creativo, mata con su lápiz”), en la tenaz búsqueda de la justicia. La mujer que quiso ser bailarina, música, pianista ha puesto su máximo empeño en buscar un todo, un solo mundo. Unos derechos humanos para la humanidad en su integridad. “Unir la fuerza de cuerpo, mente y espíritu”. Nawal dijo que “el esplendor se da cuando esos tres van juntos. Lo que los separa es la religión”. Como Fardous, la protagonista de Mujer en punto cero, es libre:

Nada espero.
Nada deseo.
Nada temo.
Soy libre.”

por Susana Rizo
Zenda Libros
24/11/2017

05/12/2021

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“Desde la infancia, sólo he tenido un sueño. Volar con dos alas, escapar de casa hacia los grandes espacios abiertos del universo. Pero ¿escapar dónde? Cuando tenía seis años no lo sabía. Un sentimiento pesado como una carga, más pesado que mi cuerpo, parecía amarrarme a la tierra, alejarme de los espacios verdes, de la luz del sol, impedirme volar con las mariposas y arrastrarme de vuelta a la casa de piedra, a mi habitación y sus cuatro paredes, a la cocina”

Nawal El Sadawi, La hija de Isis



La historia de todas las mujeres


por Susana Rizo
Zenda Libros
24/11/2017



“Fouada Kalil Salim vive en El Cairo, es investigadora bioquímica y está inmersa en una profunda crisis existencial. Todas sus certezas se tambalean, y aunque su mente se empeña en recordarle lo que debe hacer, su cuerpo reacciona rechazando un destino que consiste en negarse a sí misma. Fouada empieza hacerse muchas preguntas, tal vez demasiadas. Pero el problema es que no sabe exactamente qué está buscando. Uno de sus sueños es poner en marcha su propio laboratorio de investigación y alejarse del Ministerio gubernamental donde está empleada, o como manifiesta la protagonista, aprisionada. La atmósfera que recrea la autora de la novela, Nawal El Saadawi, alrededor de la vida de Fouada, es realmente asfixiante y hay una denuncia soterrada por la dificultad añadida de ser mujer, y bioquímica, donde los hombres confunden una ambición pura por debilidad.

“Una entre millones, una entre todos los cuerpos humanos que atestaban las calles, los autobuses, los automóviles y las casas. ¿Quién era ella? Fouada Khalili Salim. ¿Qué pasaría en el mundo si ella cayera bajo las ruedas de un autobús? Nada. La vida seguiría igual, fría e indiferente.”

Además de la angustia física y psíquica por no poder aportar nada como investigadora en este sistema, a Fouada le acosa el temor de perder a su madre, con la que vive, y muy especialmente el temor de no volver a ver a su misterioso amante, el único que parece comprenderla, y que acaba de desaparecer por motivos desconocidos.

“¿Cómo podía ser que un hombre se hubiera convertido en toda su vida? No era el tipo de mujer que entrega su vida a alguien. Su vida era demasiado importante para entregarse a un solo hombre. Por encima de todo, su vida no era sólo suya, porque pertenecía al mundo, un mundo que ella quería cambiar”

La mujer que buscaba trata de encontrar un camino contra la inacción que la arrastra y aniquila. Una mujer que pelea por recuperar lo que fue y que se hace preguntas buscando respuestas en el pasado, pero también mirando hacia el futuro. Una búsqueda que por el mero hecho de planteársela ya la está haciendo avanzar hacia una solución.

“Algo en su interior le decía que no era una más. No podía ser que viviera y muriera sin que el mundo cambiara en los más mínimo”

La historia de La mujer que buscaba podría ser la historia de mi madre, o de mi abuela. O, por ende, de todas las mujeres.”

04/12/2021

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Acoso #MeToo en la ciencia española


Autora: María Ángela Bernardo Álvarez


Next Door Publishers, 2021


250 páginas




Impunidad, miedo y silencio: el libro que desvela el acoso sexual en la ciencia española

Ángela Bernardo publica “Acoso”, una obra pionera con testimonios de víctimas y datos sobre el acoso que sufren las científicas en universidades y centros de investigación españoles.


por José Pichel
El Confidencial, 21/10/2021

“Cuando Beatriz sufrió tocamientos por parte de su jefe, arrinconada en una esquina del laboratorio y sin testigos, se quedó petrificada. Aquel día se había quedado trabajando hasta tarde y quería presentarle unos resultados, pero él tenía otro tipo de intenciones. Durante mucho tiempo, había ido incrementando su acoso hacia ella de forma gradual, pero la víctima no se dio cuenta hasta que se encontró ante ese abismo y se sintió culpable por no haberlo visto venir. A pesar del shock, ese día consiguió salir corriendo del centro de investigación, pero su vida ya se había convertido en una pesadilla. El director de su tesis doctoral, lejos de disculparse, comenzó a desprestigiarla ante el resto de compañeros, llamándola inmadura. Aunque el CSIC inició un expediente, lo archivó sin ningún tipo de sanción y la joven investigadora renunció a denunciar ante los tribunales. Al final, consiguió terminar su doctorado y abandonó la ciencia.

Este caso, paradigmático, es uno de los que recoge el libro Acoso. #MeToo en la ciencia española, editado por Next Door Publishers, que sale a la venta el próximo 27 de octubre. En poco más de 200 páginas, Ángela Bernardo Álvarez (León, 1988), biotecnóloga y periodista de Civio, recoge testimonios, habla con especialistas en acoso sexual y recopila los datos que hay en España sobre este problema. La autora va desgranando cómo las universidades y los centros de investigación españoles, como sucede en otros países, mantienen una estructura de poder y un grado de precariedad que hacen muy difícil que las investigadoras identifiquen si son víctimas de un acoso sexual o un acoso por razón de sexo (ambos atentan contra la dignidad, pero el primero es de índole sexual y el segundo tiene que ver con la discriminación por género), lo denuncien y encuentren apoyo.

El escándalo de Harvey Weinstein, el productor de Hollywood que a partir de 2017 acumuló decenas de acusaciones de acoso, abuso y violaciones en la industria del cine, dio alas al movimiento #MeToo (“yo también”) en muchos ámbitos, incluido el científico, e invitó a las mujeres a denunciar situaciones similares. De hecho, Beatriz, la investigadora del CSIC que aparece en el libro de Ángela Bernardo, asegura que en aquella época se sintió liberada al ver que no estaba sola, justo cuando intentaba acabar la tesis y dejar atrás lo sucedido. ¿Hasta qué punto es relevante el acoso en el ámbito de la investigación? Por un lado, el mundo científico y académico es parte de la sociedad y, por lo tanto, es susceptible de sufrir los mismos problemas. “La ciencia no es una burbuja aparte, aunque pueda parecer que tiene un halo de pureza y neutralidad, la investigación la hacen personas, así que los problemas que ocurren en la sociedad también se pueden dar en las universidades y en los centros de investigación”, explica Bernardo en conversación con Teknautas.

Por otro lado, el ámbito científico presenta algunas particularidades que incluso lo hacen más propenso a este tipo de conductas. En particular, el hecho de ser un sistema muy jerárquico, donde un jefe puede acumular bastante poder; y la precariedad, que afecta especialmente a las personas más jóvenes que lo integran. “Algunos metaanálisis publicados en EEUU plantean que las instituciones académicas, precisamente por su estructura jerárquica, pueden ser un lugar idóneo para que se den estas conductas de acoso”, comenta la autora. Además, “hay que tener en cuenta que el acoso sexual y el acoso por razón de género son fruto de un abuso de poder”.

A esto hay que añadir que las situaciones de precariedad laboral no solo fomentan la aparición de estos problemas, sino “que no se puedan prevenir, identificar o denunciar”. Las mujeres que se encuentran en una situación vulnerable desde el punto de vista laboral o económico tienen menos herramientas: eso es así en todos los ámbitos. Sin embargo, el libro deja entrever que es muy probable que se vean más atrapadas en las universidades y en los centros de investigación que en las empresas privadas, donde la movilidad laboral es más factible. Tal y como está configurado el sistema científico, con grupos de investigación hiperespecializados en estudios muy concretos, no es tan fácil abandonar un laboratorio y continuar una carrera científica en otra parte. “Cuando leí la tesis me sentí más libre”, confiesa Beatriz en sus conversaciones con la periodista.

Lo llamativo es que dentro de las mismas instituciones una científica corre más riesgo que otra mujer con otro tipo de trabajo. Al menos así se desprende de un informe, también citado en el libro, elaborado por el grupo de Esperanza Bosch, psicóloga y profesora de la Universidad de las Islas Baleares que es una de las mayores expertas españolas en acoso sexual. Al realizar un análisis sobre este problema en el ámbito de las universidades, comprobó que entre el personal de administración y servicios se detectan de forma más rápida estas situaciones. Una de las razones puede ser que disfrutan de mayor formación en prevención de riesgos laborales, donde se incluye esta cuestión.

“A todos nos suena el acoso sexual y el acoso por razón de género, pero los estudios indican que en realidad no identificamos muy bien en qué consisten”, comenta Bernardo. En una encuesta interna del CSIC, cuyos datos recoge la autora, un 1,9% de las personas encuestadas decían haber padecido estos comportamientos cuando se les pregunta por este concepto de forma genérica. Es decir, de 6.284 participantes, 119 (105 mujeres y 14 hombres) afirmaron ser víctimas, lo que se denomina “acoso sexual declarado”. En cambio, “cuando les preguntaban por conductas específicas, el porcentaje pasaba del 10%”, destaca. Esto muestra que hay un “'gap perceptivo”, es decir, que cuesta identificar ciertas experiencias personales como acoso. Por eso, “resulta fundamental poner ejemplos concretos para que sea más fácil para todos señalar y denunciar”.

Otra de las mujeres con las que habla la periodista, Julia (en este caso, un nombre falso) fue víctima de ciberacoso. Durante años recibió correos electrónicos que, en aquel momento, ella no supo interpretar como acoso sexual, pero que le obligaron a modificar su día a día para intentar no encontrarse con el profesor que se los enviaba en su camino al laboratorio. No obstante, incluso cuando las víctimas intuyen que viven una situación anormal, la vergüenza, el miedo a las represalias, el desconocimiento de que la misma persona puede estar acosando a otras víctimas y la falta de apoyo evitan que muchos atosigamientos salgan a la luz.

De hecho, la mayoría de la comunidad universitaria (un 92% de las estudiantes, según otro estudio) no saben si disponen de servicios de atención en los campus y, en cualquier caso, desconfían de si les van a atender bien o les van a resolver el problema. Y todo ello a pesar de que las universidades se han puesto las pilas antes que otros centros que se dedican exclusivamente a la investigación. La mayoría de los centros universitarios cuentan con unidades de igualdad y protocolos contra el acoso sexual, medidas que deberían haber implantado de acuerdo con la Ley de Igualdad de 2007, pero que no se cumple en todas (menos en las privadas, según el libro). Sin embargo, la situación es peor en los organismos públicos de investigación. Así, mientras que la mayor parte de las universidades recogen denuncias y ofrecen datos, en otros centros “o no se producen denuncias o no las han registrado”, lamenta la autora. “Evidentemente, estamos mejor que hace 10 años”, opina Bernardo, pero aún “lejos de una situación óptima ni deseable”.

La periodista reconoce que le costó localizar testimonios como los de Beatriz y Julia. “Fue difícil encontrarlas, recabar los testimonios y conseguir que hablaran, así que se lo agradezco mucho, porque creo que puede ayudar a otras investigadoras que pasen por situaciones parecidas para identificarlas mejor”, comenta. Pese a que han pasado años, “son situaciones dolorosas y resulta difícil volver a hablar de ello, pero una vez terminado el libro, al comentar con otras personas del trabajo que estaba realizando, me llamó la atención que mucha gente cercana a la ciencia me habló de casos que conocían”. La ley del silencio se impone incluso cuando han salido a la luz algunos comportamientos. Incluso en el ámbito judicial es complicado obtener estadísticas que ayuden a ver la dimensión del problema.

¿El libro Acoso será un revulsivo en la ciencia española? “Ojalá que pueda ayudar a sensibilizar y a dar a conocer estos problemas y que todas las personas que forman parte de la comunidad universitaria o de organismos públicos de investigación se conciencien, porque todos tenemos sesgos o podemos pensar que no tenemos el suficiente poder para actuar o para intervenir en determinadas situaciones”, explica. Aunque los protocolos o las unidades de apoyo son imprescindibles, “también es importante actuar sobre el conjunto de la comunidad académica e investigadora, sobre todo porque los potenciales testigos pueden intervenir”.

Curiosamente, el colectivo encargado de realizar estudios científicos al servicio de la sociedad ha investigado muy poco sobre el acoso sexual, según la autora, “pero todavía menos sobre las personas que acosan”. Muy poco se sabe acerca de su perfil, aparte de que suelen ser hombres y estar en un puesto con cierta influencia y poder. “Cuando hablo con responsables de unidades de igualdad de género lo que comentan es que, en realidad, puede ser cualquiera”, pero tener más datos ayudaría a intervenir o a tratar de que evitar que las personas que han perpetrado estas conductas reincidan.

En general, en EEUU existe una mayor concienciación sobre el problema y quizá por eso está un poco mejor estudiado. En 2020 un artículo en la revista JAMA recopiló casos de “conductas sexuales inadecuadas” en el ámbito de la investigación biomédica, hallando más de un centenar de casos en el que los acosadores (97,6% eran hombres) atosigaron a unas 2.000 víctimas (91,5%, mujeres). Los datos de este y otros estudios revelan que también hay acosadoras femeninas, aunque su porcentaje es muy bajo. Además, los ambientes más masculinos (por ejemplo, los centros de investigación relacionados con la astronomía, donde tres cuartas partes de los científicos son hombres) son más propensos a estos casos. Asimismo, la orientación sexual y la identidad de género también son factores de riesgo, de manera que el colectivo LGTBIQ+ es más propenso a sufrir estas conductas.

Si la investigación científica va por delante de la sociedad en muchos aspectos, ¿va por detrás en cuestiones sociales que afectan a sus propios miembros? “Hace falta ser críticos con la ciencia, con el trabajo que se hace y con los problemas que tiene. Es evidente que la ciencia ayuda a generar conocimiento y nos ayuda a desarrollar bienes y servicios como las vacunas frente al covid, pero también hay problemas dentro de ese mundo y es importante poner la lupa en ellos, que salgan a la luz y esto sea un revulsivo para el propio sistema científico”, destaca Bernardo.

De hecho, muchos científicos lamentan que el mundo de la ciencia parece ser muy tolerante ante otros problemas, como la precariedad laboral. De hecho, en nombre de la vocación y del esfuerzo, muchas veces se premian o se ensalzan actitudes que no serían aceptables en otros ámbitos, como trabajar sin remuneración o pasar un número de horas ingente en el laboratorio. “Todo esto es, precisamente, un caldo de cultivo para que surjan estos problemas”, apunta Bernardo. Si ya de por sí sería importante evitar esas situaciones, aún lo es más considerando que “propician que existan otros problemas como el acoso sexual, que es un delito”.”

03/12/2021

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“La tercera ola del feminismo árabe emergió en la década de los noventa. Se caracteriza por sus rasgos plurales y por la reivindicación de unos programas de género impulsados tanto por las mujeres las laicas como por otras encuadradas en ciertos sectores del islamismo. De esta manera se abrieron ámbitos de actuación en los que la lucha por los derechos de las mujeres contribuyó a incrementar la sociabilidad femenina. Entre las entidades creadas con este fin destacan: Egyptian Center for Women’s Rights, New Women Foundation, The National Council for Women, Center for Egyptian Women’s Legal Assistance, Women and Memory, Alliance for Arab Women y The Association for the Development and Enhancement of Women . Hay que destacar que en esta época el feminismo egipcio apostó por la necesidad de tener en cuenta la subjetividad histórica en los procesos de cambio social y cultural, acabar con las interpretaciones victimistas y valorar las luchas y estrategias de las mujeres musulmanas. También se produjo una fuerte crítica al feminismo occidental por sus posiciones eurocéntricas y etnocéntricas, crítica que compartiría Nawal As-Saadawi. En ese marco surgieron denuncias contra el denominado “feminismo imperial”, por su escasa sensibilidad a otras realidades, como la organización de grupos familiares y de parentesco distintos a los de la familia nuclear. Desde estas perspectivas se pusieron las bases para la irrupción de un “feminismo autóctono”, pero no único, ligado a realidades culturales, políticas y religiosas diferentes. 

(…)

Desde este enfoque hay que hablar de estrategias explícitas e implícitas. Las primeras, propias del movimiento feminista occidental, enlazan con los postulados ilustrados, el sufragismo, el feminismo radical de los años sesenta y setenta y posteriormente con sus derivaciones posmodernas. Las estrategias implícitas se utilizan en las sociedades tradicionales, son indirectas, posibilistas y aspiran a introducir cambios paulatinos en el estatuto de las mujeres y en su vida cotidiana, cambios que contribuirán a un mayor empoderamiento femenino. La distancia entre las defensoras de ambas estrategias se ha agrandado en las últimas décadas, al cuestionarse la universalidad de las formas políticas y culturales hegemónicas y la existencia de un único patrón normativo dentro y fuera del feminismo.

Teniendo en cuenta este punto de vista, la tercera etapa del feminismo egipcio es plural por las posiciones políticas, laicas y religiosas de sus seguidoras. Temerosa de que este hecho pudiera implicar una pérdida de influencia del movimiento de emancipación femenina en los países arabomusulmanes, Nawal As-Saadawi pidió unidad a las mujeres para proteger sus derechos en el Estado y la familia: “La democracia real no puede darse sin [todas] las mujeres, sin igualdad entre todos los egipcios, sin importar el género, la religión, sin la erradicación del poder absoluto”. Estos requisitos se traducirían en una mayor concienciación e incremento de la confianza en sí mismas, la reapropiación de espacios (físicos, culturales, simbólicos y mentales) con fines diferentes a los establecidos, y la redefinición de las formas de poder, que implicaría el hecho de considerar no sólo el que se tiene sobre alguien o algo, algo que suele derivar en formas coercitivas o autoritarias, o el que se tiene para hacer algo, como transformar la propia identidad, mejorar la vida y luchar por la emancipación. Estas ideas son compartidas por mujeres musulmanas de diferentes países o regiones que cuentan con sus propias líderes: la marroquí Fatima Mernissi, la iraní Shirin Ebadi, la pakistaní Benazir Bhutto, la bengalí Taslima Nasrin o la somalí Ayan Hirsi Ali. Las diferencias entre las feministas partidarias de un “humanismo secular” (término introducido por Nasrin), entre las que se encuentra As-Saadawi o Ayaan Hirsi Ali, aún más radical, y las restantes, son notables.

Taslima Nasrin sostiene:

“No encuentro ninguna diferencia entre el Islam y los fundamentalismos islámicos. Creo que la religión es la raíz, y de la raíz crece el fundamentalismo como un vástago venenoso. Si suprimimos el fundamentalismo y mantenemos la religión, entonces un día u otro volverá a crecer”

Y aclara:

“Necesito decir esto porque algunos liberales defienden siempre el Islam y culpan a los fundamentalistas de los problemas. Pero el Islam en sí mismo oprime a las mujeres. El Islam, en sí mismo, impide la democracia y viola los derechos los humanos”

Por su parte, Nawal As-Saadawi habla de las ideas religiosas en general y del Islam en particular:

“¿Quién ha elegido la religión? La hemos heredado. Dios no creó la religión. La religión la creó el ser humano. Seguir adorando el texto [Corán] es un peligro. Hay que adaptar el texto a la realidad, no la realidad al texto. Dios es una idea, no un libro que sale de una imprenta. El Islam de hoy no es el de hace cien años y cambia en cada país porque cada estado lo interpreta según sus intereses”

Ayaan Hirsi Ali es más expeditiva:

“El problema del Islam es que no hay sitio para uno mismo, no hay sitio para el individuo”.

Se trata de posiciones políticas, ideológicas y culturales muy diferentes porque en las sociedades postcoloniales las mujeres: a) se han convertido en símbolos potentes de identidad y de visiones de la sociedad y la nación; b) participan en los debates y luchas sociales desde diversas perspectivas y c) se implican en las diversas formas de contemplar, traducir, aceptar o rechazar todo lo que procede de occidente223. Los debates sobre el velo tal vez sean uno de los principales puntos de controversia en la dinámica Norte-Sur e Islam-Occidente, no sólo entre las mujeres musulmanas y las no musulmanas sino entre las mismas musulmanas. En Egipto, el hecho de que se haya producido un significativo viaje de “no llevar velo a llevarlo”, o que las feministas islámicas vayan veladas, se ocupen de reinterpretar las leyes religiosas y el Corán y critiquen la tradicional división entre las esferas pública y privada como un concepto propio de occidente, coexiste con la distinción entre el “velo político”, obligatorio, por ser la proyección de la imagen de las mujeres musulmanas en el mundo y un símbolo de rechazo de las costumbres foráneas, y el “velo personal”, usado libremente en cada momento y circunstancia, aunque refleje también el seguimiento de la tradición musulmana. En este asunto Nawal As-Saadawi, tras censurar a las mujeres víctimas del mercado que “van con el velo islámico y el ombligo descubierto a la vez”, alerta sobre el peligro de perderse en debates inútiles como “velo sí, velo no”, sin abordar el verdadero problema de fondo: la lucha contra el capitalismo, el patriarcado y la ignorancia.”



La escritura autobiográfica de Nawal As-Saadawi. 
Política, religión e identidades femeninas
de Mouna Aboussi Jaafer
Tesis doctoral dirigida por la Dra. 
María Dolores Ramos Palomo
Universidad de Málaga
Departamento de Historia moderna y contemporánea
2016
Pág. 117-121

02/12/2021

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“ Según Margot Badran [en su libro “Gender Activism: Feminism and Islamists in Egypt”, en V.M. Moghadam (ed.), Identity Politics and Women. Cultural Reassertions and Feminisms in International  Perspective. Oxford, Westview Press, 1994.] la cronología del movimiento de mujeres en Egipto abarca tres grandes etapas: la primera ola, entre 1920 y 1950, comprende los inicios del feminismo organizado en los años veinte y la participación de las mujeres en el movimiento islámico a partir de los años treinta. La segunda ola, surgida en las décadas de los setenta y los ochenta, a la par que se extendía el movimiento de mujeres en occidente y ascendía la influencia del feminismo conservador en Egipto, está muy ligada a la figura de Nawal As- Saadawi, que introdujo en la agenda feminista la necesidad de realizar una revolución democrática que impulsara las libertades y renovara la situación cultural, social y económica de las mujeres. La tercera ola emergió en los años noventa con un programa de reivindicaciones de género en el que se solicitaban los derechos femeninos aunque un sector de las mujeres que los demandaban llevaran hiyab y rechazaran el feminismo occidental.
(…)

En 1944 se fundó la Liga de Mujeres Estudiantes y Graduadas Universitarias, que fue un nuevo foro para el debate intelectual. Por otra parte, la Unión Femenina Egipcia exigió en 1947 la modificación de las leyes referentes al sufragio para que las mujeres pudieran acceder a los derechos políticos en las asambleas locales y parlamentarias. Paralelamente se formaron nuevas asociaciones que demandaban la participación de las mujeres en la vida pública. Uno de los episodios más ilustrativos de la lucha femenina para entrar en el Parlamento fueron las manifestaciones del 19 de febrero de 1951, presididas por Durriyya Šafīq, a las que asistieron 1000 mujeres. Acciones similares tuvieron lugar el 12 de marzo de 1954, protagonizadas por un grupo de activistas del partido Bint An-Nīl en el edificio de sindicato de periodistas, que llevaron a cabo una huelga de hambre para exigir los derechos políticos activos y pasivos. Finalmente estas demandas se materializaron en la Constitución de 1956.

El movimiento feminista peleó duro para que los gobernantes garantizaran y la sociedad admitiera la igualdad entre hombres y mujeres. Tropezó con actitudes culturales muy conservadoras a lo largo de su trayectoria, tuvo que luchar contra las leyes y los hombres que se negaban a renunciar a su situación de privilegio, y también contra las propias mujeres que tenían miedo a romper con las formas de vida establecidas. No obstante, la perseverancia de las activistas sirvió para que muchas egipcias entraran en el ámbito público, lograran formarse y trabajar como maestras, abogadas y médicas, o participaran activamente en la política –una minoría- como diputadas o embajadoras. En la Carta Nacional de 1962 figuraba la libertad de las mujeres. A partir de ahí se pudo constatar una mayor presencia femenina en la esfera pública.
(…)
No obstante, As-Saadawi considera que hubo dos factores que lastraron las prácticas feministas: el elemento religioso y la clase social. Ciertamente, el hecho de tener que mostrar continuamente “el respeto por la religión” y la necesidad de “practicarla en su verdadero espíritu” constituirían un obstáculo para las mujeres laicas que habían hecho de la religiosidad un asunto privado. Por otra parte, el peso social de la élite feminista egipcia, pese a sus iniciativas reformistas, truncó la aproximación a las mujeres rurales y a las trabajadoras urbanas.

La segunda ola feminista egipcia, muy ligada a Nawal As-Saadawi, considerada su principal voz de autoridad desde que introdujera el debate sobre la sexualidad femenina en las sociedades árabes con su obra Mujer y sexo (1972), se extendió durante los años setenta y ochenta. Fue una etapa marcada por la creciente tensión entre las feministas laicas y las mujeres islamistas, tensión que se incrementaría en décadas posteriores por la irrupción de un feminismo musulmán de corte moderado y culturalmente “autóctono” frente a los planteamientos occidentales; y por la emergencia de un “feminismo islámico”, mucho más conservador (y paradójicamente) radical en sus planteamientos religiosos y políticos. Esta segunda ola feminista iba a coincidir con la extensión del movimiento de mujeres en occidente y con sus manifestaciones en los denominados países del Tercer Mundo (…)

En estos años el feminismo egipcio, de acuerdo con la idea: “lo personal es político”, trasladó a su agenda cuestiones que hasta ese momento habían permanecido en la sombra en las sociedades musulmanas: la virginidad, el incesto, los abusos sexuales, la prostitución, la mutilación genital femenina y la salud reproductiva de las mujeres, entre otros asuntos sumamente importantes en la vida de las mujeres. El movimiento feminista tuvo en los años ochenta una gran proyección. Una de sus preocupaciones fue rehacer la identidad de las mujeres, como “sujetos” y agentes de cambio social, más allá del papel de receptoras de los beneficios de las políticas gubernamentales. Nawal As-Saadawi fundó en 1985 la Asociación Árabe de Solidaridad de las Mujeres (ASWA), ligada al Consejo Económico y Social de la ONU hasta su disolución por las autoridades egipcias en 1991. El principio rector de la entidad se expresa en las siguientes palabras:

“Sabemos que la liberación del conjunto del pueblo no puede tener lugar sin la liberación de las mujeres, y ésta no puede tener lugar sin la liberación de la tierra, la economía, la cultura y la información”

Desde esta perspectiva, Nawal considera que el capitalismo, el patriarcado y la religión son las causas que oprimen a las mujeres en todo el mundo, causas que están relacionadas y producen también la pobreza. Aboga por separar la religión y el Estado, considerando que la primera es un asunto privado, de ahí que no crea en la teología de la liberación ni en conceptos como “feminismo islámico”, “feminismo cristiano” o “feminismo judío”, antes bien, aunque sostiene que cada persona tiene que ser libre en sus creencias, nada de eso tiene que ver con cuestiones como la igualdad entre los sexos, la justicia social, el derecho, la educación o la política. Nawal no limita el hecho de ser feminista a ser mujer. Eso no es suficiente, lo más importante, para ella, es desprenderse de las ataduras del sistema patriarcal y de todo lo que oprime a las mujeres en cualquier sociedad. Influida por estas ideas, la Sociedad Hijas de la Tierra de Mansura dirigiría su trabajo en esta etapa del feminismo egipcio a la concienciación y la formación profesional de las mujeres rurales, e inició un debate entre feministas laicas y mujeres islámicas. La Revista de la Nueva Mujer y otros núcleos feministas organizaron numerosos seminarios para reclamar los derechos femeninos. En 1985, la crisis producida por la revisión del Estatuto Personal de 1979 llevó a la formación de un amplio frente feminista llamado Comité para la Defensa de los Derechos de la Mujer y de la Familia, que logró establecer algunas modificaciones en la ley.”

La escritura autobiográfica de Nawal As-Saadawi. 
Política, religión e identidades femeninas
de Mouna Aboussi Jaafer
Tesis doctoral dirigida por la Dra. 
María Dolores Ramos Palomo
Universidad de Málaga
Departamento de Historia moderna y contemporánea
2016
Pág. 107-117

01/12/2021

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“Las mujeres árabes se regían a principios del siglo XIX por la Sharía, es decir por las leyes preestablecidas por los ulemas y las autoridades religiosas. No obstante, conforme avanzaba el siglo surgieron los primeros movimientos reformistas y comenzaron a apreciarse diferencias en la región del Próximo Oriente motivadas por el grado de desarrollo económico y sociocultural de cada zona y ámbito cultural. En este sentido, la colonización, analizada con sus sombras y luces, influyó positivamente en las sociedades árabes, ya que aportó avances económicos, políticos e intelectuales. En el caso de Egipto hay que remontarse a la invasión francesa (1798-1810) para entender cómo se rompió su aislamiento en una dirección que se potenciaría a medida que avanzaba la centuria y se iban conociendo las repercusiones del programa económico e industrial europeo. A tono con esta dinámica la dinastía de Mohamed Ali gobernó el país desde principios del XIX y mostró cierta preocupación por elevar el nivel cultural e intelectual de los egipcios. Sin embargo tuvo que pasar un siglo para que desde las filas reformistas surgiera la preocupación por la situación de las mujeres, ya que dicha situación se utilizaría como uno de los indicadores para establecer el grado de modernización de la sociedad. Por ello en ciertos sectores ilustrados se alzaron voces –masculinas y femeninas- que demandaban una mejora de la condición social de las mujeres basada en el derecho a la educación y el trabajo y en la obtención de parcelas de igualdad.

Rifāʻ at-Tahtāwi (1801-1873) recogió en el libro L’or de Paris su estancia en dicha ciudad y describió la vida de las mujeres francesas, mostrando su admiración por el respeto con el que eran tratadas y por los beneficios que aportaba la instrucción femenina a la vida familiar y la sociedad. Su pretensión era trasladar este modelo a Egipto. Lo mismo pasó con el neotradicionalista Ŷamāl ad-dīn al-Afgāni (1838-1898), que mantenía que ser hombre o mujer no lastraba “por naturaleza” la capacidad y aptitud del individuo, ya que las diferencias se habían construido social y culturalmente a lo largo del tiempo. Siguiendo en esta línea, uno de los más importantes líderes reformistas, Muhammad Abdo (1849-1905), el fundador del modernismo islámico, quiso penetrar en el verdadero sentido del Islam para depurarlo de las tradiciones que lo impregnaban y hacían de él un sistema anacrónico. Centró su interés en la poligamia, concluyendo que está práctica debía ser tratada únicamente como una cuestión histórica y social, sin ninguna connotación religiosa. De hecho consideraba la monogamia como la mejor forma de matrimonio. Estas declaraciones hicieron que fuera ridiculizado y satirizado. Pero sin lugar a dudas sus ideas y su exégesis contribuyeron a poner las bases del movimiento feminista egipcio.

Otra figura destacable es la de Qāsim Amīn (1865-1908), que luchó por la abolición del velo y la revisión del estatuto matrimonial, la supresión de la poligamia y el repudio. En sus obras más famosas: Tahrīr al-mar´a (La liberación de la mujer, 1899) y al-mara´ al- ŷadīda (La mujer nueva, 1901), incluyó, formando parte de sus demandas de modernidad y de independencia política, un nuevo modelo de feminidad y de familia, y reclamó un concepto de matrimonio fundamentado en una amistad profunda en la pareja, algo que, lejos del contrato sexual concertado por las familias en los primeros años de vida de niños y niñas, fomentaría, a su entender, la felicidad de los cónyuges. En este terreno surgió una genealogía de mujeres, merecedoras de un estudio en profundidad, que fundaron, conscientes de su discriminación, asociaciones benéficas y plantaron cara a la élite colonial. Algunas extranjeras procedentes de países limítrofes trasladaron a Egipto sus ideas y crearon los primeros periódicos feministas.”

La escritura autobiográfica de Nawal As-Saadawi. 
Política, religión e identidades femeninas
de Mouna Aboussi Jaafer
tesis doctoral dirigida por la 
Dra. María Dolores Ramos Palomo
Universidad de Málaga
Departamento de Historia moderna y contemporánea
2016
Pág. 104-106