13/01/2024

cuines literàries

 




Caracoles a la alavesa

    Los caracoles constituyen uno de los platos más emblemáticos de la cocina clásica alavesa. Se comen durante todo el año, pero es en las fiestas patronales de San Prudencio (28 de abril) cuando más se consumen.

INGREDIENTES 
(para 4 personas)

1 kilo de caracoles
6 pimientos secos choriceros
2 guindillas secas
1 hueso de jamón
1 cebolla entera
1 puerro
4 dientes de ajo

Para la salsa

2 dcl. de aceite de oliva
1 cebolla finamente picada
100 grs. de jamón
100 grs. de chorizo
100 grs. de bacon
100 grs. de perretxikos
100 grs. de salsa de tomate
50 grs. de harina


ELABORACIÓN

Para limpiar los caracoles

    Ponerlos en una pila y lavar bien con agua. Se les hecha un puñado de sal, dejando reposar con la sal 5 minutos. A continuación remover bien con las manos y limpiar con agua. Así repetir tres veces o las que creamos oportunas.

Para engañar a los caracoles
    
    Una vez limpios los ponemos en un recipiente cubiertos de agua y los tenemos aproximadamente una hora. Pasada la hora los arrimamos al fuego lentamente para que saquen los cuernos y mueran con la carne fuera. Los dejamos cocer aproximadamente 8 minutos para que echen toda la porquería que les queda. Los echamos en la pila y los volvemos a lavar bien.

Para la cocción

    Ponemos los caracoles en un recipiente cubiertos de agua, añadimos las verduras, los pimientos choriceros, las guindillas y el hueso de jamón. Cocer aproximadamente una hora.

Para la salsa

    Ponemos en un recipiente el aceite con la cebolla, los ingredientes que teníamos preparados para la salsa, rehogaremos todos juntos, le añadiremos la harina y el caldo que creamos oportuno de la cocción de los caracoles. Le añadimos las verduras, los pimientos choriceros y las guindillas de la cocción de los caracoles, previamente triturado y pasado por el chino. Añadimos los caracoles y dejamos cocer todo junto 15 minutos.



Medio dormido

Valloncello di Cima Quattro, 6 de agosto de 1916

Soy testigo de la noche violada

El aire está surcado
como un encaje
por los disparos
de los hombres
retratados
en las trincheras
como caracoles
en sus conchas

Me parece
que una
nube sin aliento de canteros
se golpeando el pavimento
de piedra de lava
de mis calles
y lo escucho
sin ver
medio dormido

Giuseppe Ungaretti (1888-1970)

12/01/2024

aitaren etxea, fragment 3

 


    “Te has sentado en el avión con la novela de Jasone sobre las rodillas. La sostienes como si fuera el bebé que nunca has tenido. Tu madre haría un comentario parecido. A las que no sois madres siempre os buscan algún gesto maternal, algún guiño que esconda que en el fondo hubieseis deseado serlo. Ya sabes, esa vieja guerra.

    Tu madre tiene una gran facilidad para fijarse en lo que te falta más que en lo que tienes. Como si fueras la famosa botella vacía. A pesar de ello, la distancia de los últimos años os ha unido. A tu madre se le hace mucho más fácil confesarte algunas cosas por teléfono, sin que le veas la cara. Cuando estáis una frente a la otra no acierta con las palabras, ni contigo ni con nadie, quizá por ello se pasa el día repartiendo en táperes la comida que hace. Mete sus palabras allí, trozos de su corazón al pilpil o en salsa vizcaína.

    Pronto te encontrarás frente a ella, aunque aún no sabe nada. Nadie sabe que has adelantado el viaje, no saben que llegas esta misma tarde al aeropuerto de Loiu. Simplemente aparecerás allí y llamarás. He llegado. Se te ha hecho difícil explicarle a nadie con antelación lo que estás haciendo, porque no te lo has contado aún ni siquiera a ti misma. A pesar de saber que la culpa de lo que estás haciendo la tiene esa vieja ley. Una vieja ley que creías superada, de la que creías que te habías desprendido. Una ley que dice que son las hijas las que deben cuidar a sus padres; una ley que resuena en todas partes como el eco en una cueva.

    «Es una historia pequeña, no te creas que es una de esas grandes historias...», te dice Jasone en la carta que te mandó junto a la novela. Y te preguntas qué son realmente las grandes historias.

    Te han venido a la cabeza los campamentos. Hace años que no duermes en una tienda de campaña, ahora tu trabajo es la burocracia de la solidaridad: crear grupos de trabajo, proponer estrategias, coordinar políticas, gestionar reuniones, preparar discursos, dirigir campañas...

    En los últimos años has escuchado las grandes historias de los campamentos desde el otro lado del teléfono, o desde la pantalla de tu ordenador. Y sabes que no estás en el lugar en el que se producen las grandes historias. Porque las grandes historias solo se producen a ras de suelo y solo se pueden escribir manchándote las botas de barro.

    Hace tiempo ya que dejaste de mancharte las botas de barro, desde que accediste al puesto que ocupas en esa ONG, desde que pasas el día metida en tu despacho. Antes tus manos tocaban las manos frías de las personas sin techo. Ahora estás lejos. Y eso ha supuesto una pequeña muerte para ti.

    Miras la novela de Jasone, que te ha sorprendido tanto, y piensas que tu gran amiga está más cerca que nunca de mostrar su verdad, como no lo ha hecho antes. De liberarse de todos sus miedos y de mirar de frente a la verdad. Y que tú, sin embargo, has hecho el camino contrario y te has ido alejando de la tuya. Has retrocedido en todo aquello en lo que durante años has aleccionado a Jasone. Es como si la discípula hubiese superado a la maestra y le estuviese mostrando todas sus contradicciones. Ahora, cuando parece que Jasone se ha quitado de encima por fin ese rol de servicio y cuidado de los demás, cuando se va quitando de encima la culpa por dedicarse a sí misma, cuando ha conseguido sacar de dentro por fin su verdadera voz, ahora, tú, su maestra feminista, su ídolo de los derechos, su amiga revolucionaria, ahora tú estás dando un importante paso atrás. Ahora la culpa te está obligando a volver antes de tiempo a tu casa, a la casa de tus padres.

    O quizá no. Quizá no es un paso atrás. Quizá tu sitio ahora esté ahí, al lado de tu madre y tu padre, en esas pequeñas historias que se forman a su alrededor. Quizá ahora tu historia tenga que girar ahí, quizá ese sea el lugar de tu gran historia ahora mismo.

    Pero no tienes nada claro, estás confundida, tus principios están luchando en un ring, en una pelea de pressing catch, contra una mujer de pelo largo y rubio y de ojos pintados con rímel. Mujeres contra mujeres, mujeres luchando entre ellas, como se espera de ellas, como les han enseñado que debe ser. Hasta en sueños.

    La azafata te ha pedido que te abroches el cinturón. Creías que lo llevabas abrochado. Te ocurre mucho últimamente. Llevas un cinturón imaginario todo el tiempo. A veces no es necesario llevar cinturón, basta con que imagines que lo llevas, con que imagines cómo te va a tirar hacia abajo, para que ni siquiera intentes levantarte. La imaginación es poderosa. Acabas pensando que llevas cinturón y ya no intentas hacer nada. Los cinturones imaginarios funcionan muy bien.

    Piensas en las pequeñas muertes que se van produciendo en tu vida y que vas aceptando. Hoy en día la muerte aparece de una manera mucho más sutil que antes, disfrazada, como los actuales coches de las funerarias. Ya no tiene nada que ver con aquellos coches largos y negros. Antes la muerte te venía de frente y podías verla llegar con nombre y apellido. Hoy, sin embargo, aparece en una furgoneta gris, que puede ser la de cualquier repartidor de artículos comprados en internet, y entra en tu vida sin que te des cuenta, para desactivarte por dentro sigilosamente, para generar esas pequeñas muertes de las que eres más consciente que nunca, sobre todo después de leer la dura y sincera novela de Jasone. La incómoda novela de Jasone. Porque la verdad es siempre incómoda, como un sillón al que se le salen los muelles y se clavan en el culo del que se sienta en ellos.

    Tú fuiste el muelle que se sale en el sofá de casa durante mucho tiempo. Primero con tu militancia política. Vas a acabar metiéndonos en líos a todos, te decía tu madre. Y luego con tu homosexualidad. Una homosexualidad tardía, no aceptada ni siquiera por ti misma durante mucho tiempo y aún no aceptada completamente en tu familia.

    Jasone dice en la carta que siempre has sido más valiente que ella, y sabes que no es verdad. Desde un avión, desde lo alto, se ve todo mucho mejor, las curvas y los dibujos de los caminos. Los que han formado tu vida. En casa siempre fuiste la contra, el muelle incómodo, pero, aun así, ¿qué has conseguido cambiar? ¿Has hecho en los últimos años algo más que escapar? Hace casi veinte años tuviste que huir. Quisiste huir. Reconocer tu homosexualidad te empujó, por un lado, pero por otro fue el ambiente político; se te hizo irrespirable. El conflicto. Lo ensució todo, también en buena medida tu posibilidad de mostrar abiertamente tu homosexualidad. El pueblo necesitaba héroes, no tortilleras.

    Tu sueño de montar una editorial con Jasone qué lejos quedó. Creíais realmente que podíais cambiar el mundo publicando libros. Y en este tiempo has intentado cambiar el mundo, realmente creías que podías hacerlo, por eso ingresaste en una ONG y eso ha sido, visto desde aquí arriba, lo más transgresor que has llegado a hacer. Pero ahí también ha aparecido poco a poco la furgoneta gris de la funeraria y ha ido matando tu ímpetu. En estos años has trabajado en distintos organismos internacionales, cada vez en puestos de más responsabilidad. Y hoy, cuando te sientas en tu despacho, con la calefacción a tope, sientes que te encuentras en el epicentro del sistema que tantas veces has maldecido. No es lo que soñaste. Eres el collar falso de Maupassant. El punki de postal de La Polla Records.

    Jasone, sin embargo, ha hecho su revolución poco a poco, en silencio, sin máscaras ni disfraces. Hoy es una mujer nueva. No hay más que ver el rastro profundo que ha dejado en el papel cada palabra de la carta. Parece escrita en braille.

    Tienes miedo. En los próximos días dormirás en tu habitación de joven. Sin el calor de Kristin. Ha querido acompañarte, pero le has dicho que no. Hace tiempo que quiere venir a conocer tu país, pero nunca le has dado una oportunidad. Tienes miedo de que le guste y se quiera quedar. Estarás, pues, sola contigo misma en una cama de noventa. Y no sabes seguro si conoces a esa mujer que se meterá de nuevo en esa cama. No sabes si eres la misma o una versión edulcorada, rebajada. Sientes que es el viaje más arriesgado que has hecho hasta ahora. Más que los que has hecho a Uganda, Etiopía o Ecuador. Un viaje a tu pasado, a tu casa. A tus contradicciones.

    Cuando el avión se ha puesto en marcha, has cerrado los ojos. Siempre te pone nerviosa ese primer arranque. Aunque tu cuerpo avance, sientes que tu cabeza se queda atrás.

    Tras escuchar por fin el sonido que indica que puedes desabrocharte el cinturón, has mirado por la ventana y has visto que vuelas por encima de las nubes. Miras de nuevo dentro y ves que tus manos agarran con fuerza la novela que ha escrito Jasone. Y en ese momento sientes que allí hay algo que no solo le pertenece a ella. Allí dentro hay alguien que también te está hablando a ti. Alguien que te mira fijamente a los ojos y te desnuda.”

La casa del padre
Aitaren etxea
Karmele Jaio
Traducción de la autora
Destino, 2020
Páginas 95-100



11/01/2024

aitaren etxea, fragment 2

 


    “Describí mi violación. Con todo detalle. Aunque nunca ha sucedido en realidad. Describí mi violación en un documento Word, con palabras que encajaron a la primera las unas con las otras, como si hubiesen estado organizándose por su cuenta dentro de mi cabeza durante mucho tiempo. Y pensé: todas las mujeres seríamos capaces de hacerlo. Describir nuestra violación, aunque nunca haya ocurrido. Porque todas hemos vivido la angustia de esa pesadilla. Todas hemos imaginado alguna vez la terrible situación. Todas hemos andado por la calle con esa posibilidad rondándonos la cabeza. Y la espalda. Y la nuca.

    Mi violación —¿debería decir mi violación imaginaria? — comienza con el sonido de la puerta corredera de una furgoneta. Camino por la calle de noche, escuchando mis pasos, con el llavero apretado en la mano y las puntas de las llaves saliendo de entre mis dedos, y ras, se abre de repente la puerta corredera de una furgoneta blanca que está aparcada junto a la acera.

    Un sonido, ras, se convierte en un abracadabra que abre la cueva, y allá voy, por un tobogán negro, como Alicia, con los brazos inmovilizados y la boca tapada, hacia la oscuridad. Y en la oscura cueva todo pasa muy rápido y muy despacio a la vez. Intento apartar el aliento de la oreja, intento sujetarme los pantalones con los tobillos, intento cerrar los muslos... ¿Son dos? ¿Tres? No sé. Y ya no me resisto. Me dejo, me aflojo, para que me duela menos, para que me dejen en paz cuanto antes, como los que se hacen los muertos en las batallas. Siempre he pensado que me haría la muerta en una batalla. Soy un cuerpo muerto en un campo de lucha.

    Una puerta corredera. Basta con abrir una puerta corredera para pasar de escuchar a un hombre que me dice «guapa» en el último bar, junto a la barra, entre luces de neón, a escuchar a otro —¿o el mismo? — susurrándome al oído «zorra» en el interior de una furgoneta, entre cartones y cajas de herramientas. Basta con abrir una puerta corredera para que la carroza se convierta en calabaza. Para que se te rompa el zapato de cristal.

    Ras. El sonido de una puerta corredera. Solo con describirlo el terror se apodera de mí. Es suficiente imaginarlo para que mi corazón empiece a latir con fuerza, para que me mee en las bragas.

    No sé por qué tuve la necesidad de escribirlo, de describir mi violación imaginaria. O, mejor, no sé por qué no lo había hecho hasta entonces, por qué no la había lanzado al papel antes, porque ahora me doy cuenta de que siempre ha estado ahí, pegada a mis huesos, infiltrada en mi piel y, al mismo tiempo, invisible a los ojos. Como todo lo esencial. Quizá que mi hija Eider pasara en Pamplona la misma noche en la que violaron en grupo a esa chica despertó todos mis demonios. Quizá fue aquel susto el que arrancó de mí lo que tanto tiempo llevaba dentro. Desde que empezamos a salir por la noche, o seguramente antes.

—Mejor si vamos por la avenida, Jaso —me decía entonces Libe —. Hay más luz.

    Siempre nos pareció normal tener preparada la estrategia de vuelta a casa por la noche. Libe y yo salíamos del último bar del Casco Viejo y nos acompañábamos la una a la otra hasta un lugar neutral. Después, nos despedíamos y volvíamos a casa casi aguantando la respiración. No corría, andaba rápido. Me daba miedo correr. Me daba miedo mostrar mi miedo. No quería pensar en mi cuerpo tembloroso, en mi piel blanca.

    Teníamos pensadas todas las estrategias. Como desacelerar el paso si sentíamos que alguien nos seguía.

—Tú desacelera a ver si te adelanta. Si no..., a correr —me decía Libe, siempre más experta que yo—. O mira alguna ventana y saluda, que crea que alguien te espera. Y si se pone muy feo, ya sabes, patada en los cojones y a correr.

    Cuántas patadas en los cojones habremos dado en sueños.

    Describí mi violación y pensé: no nos han violado más porque hemos sido unas estrategas. No nos han forzado más porque al cruzarnos por la noche con un grupo de hombres siempre hemos agachado la cabeza, hemos evitado mirarlos a los ojos y hemos pasado a su lado lo más rápido posible o hemos cruzado de acera. No nos han sobado más sin permiso porque hemos evitado entrar en esos bares de última hora, en esas trampas para mujeres, aunque nos apeteciera seguir de marcha. No nos han hecho más cosas porque nos han educado en el miedo y el miedo nos ha protegido. Porque nos hemos defendido con el miedo.

    Describí mi violación y pensé: joder, esto ha salido de lo más profundo de mí. Y ha salido de un golpe, como un petardo de Nochevieja. Y, una vez visto el resultado, me quedé sorprendida de los detalles, de los sonidos, de los olores... Estaban todos dentro de mí. Pensé: he guardado una violación dentro de mí durante muchos años y hasta que no ha salido a través de mis palabras escritas, no me he dado cuenta del espacio que ocupaba en mi interior.

    Describir mi violación despertó una parte de mí que creía dormida, perdida: supuso mi vuelta a escribir historias, después de mucho tiempo. Una vez descrita aquella escena, no pude parar de escribir, me quedé con el portátil cada noche en el comedor, sin explicarle a Ismael lo que hacía. Le decía que tenía cosas del trabajo que terminar, o que tenía que preparar la próxima reunión del club de lectura; así, comencé a contar en secreto una historia que empezaba con una mujer describiendo su violación. Y, una vez descorchada la botella, salió todo lo demás, todo lo que esa mujer tenía retenido en su interior y un día estallaría. Estalló su historia de silencio y sometimiento, y con la suya, sin darme cuenta, estalló también la mía, la nuestra. Y digo «la nuestra» porque tras cada palabra suya me parecía escuchar el eco de otras muchas voces. Por primera vez sentí que mi cuerpo guardaba la memoria de los cuerpos de otras mujeres. Que sus cuerpos han estado presentes toda la vida en el mío, susurrándome cómo debía dar el siguiente paso. Si debía darlo o no.

    Describir mi violación supuso mi vuelta a contar historias, mi vuelta a la época en la que escribía relatos. Entonces estaba deseando terminar un cuento para enseñárselo a Jauregi y publicarlo en la revista, o a Libe, mi mejor amiga y mi lectora más entusiasta. Pero esta vez no enseñé nada a nadie. Y menos a Ismael. No me atreví a decirle a mi marido que había vuelto a escribir. Y pensaba: en algún momento se lo tendré que decir, para quitarme este sentimiento de culpa por escribir a escondidas. Pero no sabía cómo se lo iba a tomar. A fin de cuentas, me decía a mí misma, él es el escritor de esta casa. Ismael Alberdi. Yo no soy más que la esposa que corrige sus escritos antes de mandárselos a Jauregi a la editorial.”

La casa del padre
Aitaren etxea
Karmele Jaio
Traducción de la autora
Destino, 2020
Páginas 39-43



10/01/2024

aitaren etxea, fragment 1

 


    “Las casas no son lugares físicos, son atmósferas que nos acompañan de un hogar a otro. Desde que tu padre empezó a perder la cabeza, Nancy los ayuda algunas horas, pero seguro que tu madre no le deja fregar. Nadie friega como ella. Fregar es su territorio.

    Un poco más a la derecha está la torre de San Miguel. Viviste durante años cerca de allí, en el Casco Viejo, junto con Jasone y las niñas. Pero entre tanta apretura de casas, te ha sido imposible encontrar la que fue tuya. Como te es imposible ver hoy a tus hijas allá abajo. Salieron ya de ese decorado, salieron del nido. Ya no necesitan tu protección. Aparecen y desaparecen de tu vista como esas bandadas de pájaros que muchas tardes observas desde la ventana de tu estudio haciendo dibujos en el cielo y deshaciéndolos inmediatamente después.

    Tu casa actual, en la que vivís ahora solos Jasone y tú, a pesar de que guardéis dos habitaciones para las llegadas y salidas de vuestras hijas, es fácil de localizar. Está situada en una de las zonas residenciales del sur de la ciudad, donde los edificios están más alejados el uno del otro. Incluso puedes ver la terraza a la que da tu estudio. La ventana desde la que miras en los últimos años el mundo. Al otro lado de esa ventana está tu ordenador, tu taza de café reseco sobre el escritorio, tus miedos, tus pósits, tus clips, tus zapatillas junto a la silla, tus pesadillas, tus libros, tu cuaderno de apuntes, tu mundo. Allí está tu novela, la que intentas escribir desde hace dos años. Allí está tu secreto. Una novela que no avanza, una sequía de ideas, un bloqueo de escritor de los de libro. Nunca mejor dicho. Otro lugar común.

    Como cada frase que escribes. En los últimos dos años tus palabras solo han creado decorados de cartón piedra. Pero cómo hacer creíble un decorado al que no te has querido acercar nunca en la vida real. Te has arrepentido mil veces de haber decidido reflejar en tu novela el afilado ambiente político de la Euskadi de los ochenta. En mala hora decidiste darle protagonismo al conflicto político en tu obra. Si no hubiese sido por aquella crítica de Vidarte a tu último libro, quizá no se te hubiese ocurrido meterte en semejante lío. Y si no hubiese llegado la oferta para publicar la traducción de tu próximo trabajo al español, quizá tampoco te hubieses embarcado en una historia de la época del Si vis pacem, para bellum que cantaba tu hermana. Pensaste que a la editorial madrileña iba a gustarle mucho más si le añadías ese ingrediente genuino, el conflicto vasco visto desde dentro, pero te has arrepentido mil veces. En estos dos años has puesto en duda cada línea que has escrito, no te llegas a creer lo que escribes porque realmente no viviste aquellos años como tu hermana, a la que llegaron a detener, o como Jauregi o muchos otros; tú siempre huiste del compromiso político, del activismo, huiste de cualquier signo de dolor o riesgo y viviste al margen del conflicto. Cómo escribir ahora sobre ello, si no encuentras pedazos de verdad ni en tus manos ni en tu memoria.

    Divisas la ventana de tu estudio desde las alturas y te parece tan pequeño... Quizá sea eso. Quizá sea esa la razón de la sequía de los últimos años. Ves la realidad desde demasiado lejos. No se puede ver nada encerrado ahí, tan lejos del mundo. Va a tener razón finalmente Vidarte. En la crítica a tu último libro escribió que tus personajes parecían extraterrestres, que tu novela no recogía ni una sola referencia del mundo en el que viven, del contexto social, político... Que no sacabas a tus personajes a la calle, que los mantenías encerrados debatiendo entre cuatro paredes. Pero que incluso en eso te quedabas a medias, porque los mirabas desde lejos, como con miedo a entrar en su interior y en sus pesadillas. En tu novela no había compromiso ni con el entorno ni con el interior de tus personajes. Y sin compromiso con la verdad, no hay arte. Eso escribió Vidarte, entre otras lindezas, sobre tu última novela. Y en estos dos años no has podido quitarte de encima la imagen del crítico sobrevolando tu estudio día y noche y llamándote extraterrestre. Eres un extraterrestre, Alberdi.

    Quizá sea ese el problema. En esta nueva novela lo has intentado, pero no es fácil acercarse al mundo real; cuando te acercas demasiado, te asustas, como te ha ocurrido con el caso de esa chica, y vuelves a refugiarte en tu estudio. No es fácil acercarse a lo que pasa en el mundo, a sus gentes, sin salir de un estudio desde el que solo ves tus pesadillas, además de los geranios que Jasone tiene últimamente olvidados en la terraza.

    Ves sequía. Ves oscuridad.

    Quizá sea esa oscuridad la que al fin te ha empujado al monte. Precisamente al monte. Quizá sea esa oscuridad la que al fin te ha empujado a la luz.”

La casa del padre
Aitaren etxea
Karmele Jaio
Traducción de la autora
Destino, 2020
Páginas 16-19


09/01/2024

aitaren etxea, i 8

 


Desde dónde mirar



    Lo que más deslumbra de “La casa del padre”, libro de Karmele Jaio en el que todo funciona, es el corte limpio de su inteligencia

per Carlos Zanón
El País
01/02/2020

    "Escrita en euskera y publicada con gran éxito en ese idioma nos llega La casa del padre, de la autora Karmele Jaio (Vitoria, 1970). Suyas son también las novelas Las manos de mi madre y Música en el aire; los libros de relatos Heridas crónicas, Zu bezain ahul y Ez naiz ni, y el poemario Orain hilak ditugu. Con Las manos de mi madre, en 2008, tuvo una gran acogida tanto de crítica como de público, con traducciones, premio a su versión al inglés (English Pen Award) y adaptación al cine.

    La casa del padre exhibe prosa transparente y aparentemente sencilla para explicarnos una historia personal y familiar con vocación universal. Porque uno de los muchos logros de la novela es no limitarse a explicar un argumento y hacer verosímiles los personajes que lo hacen andar, sino tratar de mostrarnos no sólo lo que les pasa sino lo que pasa, de donde viene su, nuestra, construcción identitaria como hombre y mujer dentro de una comunidad con particularidades, como la vasca. La novelista siempre nos explica el dentro y el afuera, el egoísmo individual frente al colectivo. La dolorosa pérdida pero necesaria del desgarro. Lazos que atan y ahogan, sostienen y retienen, puertas de habitaciones que un día se cierran y lo cambian todo.

    El libro se articula sobre tres voces, Ismael, novelista en bloqueo; Jasone, su mujer, pero también primera lectora y correctora de sus borradores, y Libe, activista, hermana del primero y amiga de la infancia de Jasone. Alrededor de éstos, perfectamente delimitadas las figuras del padre y la madre de Libe e Ismael, el editor Jauregui o Aitor, el sobrino favorito del padre. Lo que más deslumbra de este libro en el que todo funciona —las interrelaciones entre personajes, la trama, el ritmo, los pellizcos de los secretos familiares que se van descubriendo como piezas de un puzle que los personajes temen completar— es el corte limpio de su inteligencia.

    No sólo porque trata de explicar desde lo pequeño la construcción de la masculinidad y feminidad, sino la trampa —social, familiar, cultural y emocional— en la que nos hallamos unos y otros. Jaio, con lucidez, hace que —sin ser expulsados o adheridos por panfletos, consignas o clichés— estimemos qué pasa y qué está cambiando. Acierta en el muestrario de personajes femeninos, todos distintos pero atrapados en la misma “cucharada de miel”, pero acierta especialmente en el juego de espejos que plantea La casa del padre: una mujer escribiendo una novela desde la mirada de un hombre que trata de escribir una novela desde la mirada de una mujer. Y en ello, vemos su imposibilidad a menos que se cambie el lugar desde el que mirar.

    Sin embargo, su brevedad —222 páginas— desdibuja aspectos de planteamiento tan ambicioso no sólo sobre la construcción identitaria por razón del sexo, sino también nuestra búsqueda de aceptación del dios padre, editor, mentor o comunidad de acogida o el tema de la violencia masculina que no necesita matar ni dejar hematomas… Así que al terminar La casa del padre uno piensa que la novelista vasca nos debe 50 o 60 páginas igual de buenas que las 200 leídas."

08/01/2024

aitaren etxea, 7

 



Escultura: La casa dels pares/Gurasoen etxea, 2007
Autor: Juanjo Novella
Ubicada al Passeig de la Benedicta, Sestao, Biscaia
Es tracta d'una escultura homenatge als represaliats del franquisme a Sestao



Karmele Jaio:
"Más que tener sequía, 
he escrito mucho y luego ha ido a la papelera"

per Rosana Lakunza
Noticias de Navarra
20/02/2020

"La casa del padre/Aitaren etxea es una historia íntima en la que Karmele Jaio transita a través de tres personajes por un desván familiar. La escritora alavesa enfrenta a los lectores con los espejos del pasado.

    El nuevo libro de Jaio es una reflexión sobre los roles de género, roles que aún en el siglo XXI se resisten a desaparecer. Reconoce que el personaje de Ismael, el protagonista masculino de su novela, le ha costado más que el de las dos mujeres que comparten la historia con él, Libe y Jasone, y confiesa que a la hora de hacer los retratos ha sentido miedo de caer en las generalidades y tópicos, una tentación fácil cuando se escribe de hombres y mujeres, así que ha huido de las caricaturas y se ha metido a fondo en cada uno de ellos.

    La casa del padre es un título muy cercano a la cultura vasca.

    Sí. Está el famoso poema (La casa de mi padre, de Gabriel Aresti). El título hace referencia a que aún vivimos en la casa del padre. Es igual que hablemos de la defensa de la patria, de enamorarnos o de cualquier tema que afecte a nuestras vidas; los mandatos de género, las relaciones de poder, etcétera, están en todos los sitios. Son cuestiones transversales.

    Da la sensación de que su libro es una reflexión sobre la masculinidad.

    El protagonista es un hombre, pero no es solo un libro sobre la masculinidad. Quizá tendríamos que verlo desde el punto de vista de cómo tanto hombres como mujeres nos construimos, de alguna manera, encorsetados en unos mandatos. Se hace especial hincapié en la masculinidad porque el protagonista hace una reflexión coincidiendo con el tiempo que tiene que pasar cuidando a su padre, algo que no le ha tocado hacer nunca.

    ¿Una mirada en el espejo que representa otro hombre, el padre?

    Es pensar en el tipo de hombre que ha tenido enfrente, en el modelo de hombre que ha tenido en su padre. Es averiguar qué se ha esperado de él por ser hombre. Hace una toma de conciencia sobre lo que es él, igual que la hacen las dos mujeres protagonistas de la novela. Es ver cómo les ha afectado a los tres ese fondo familiar en todas las decisiones que han tomado en la vida.

    ¿Cree que aún seguimos aceptando los mandatos de género sobre los mandatos de personas?

    Absolutamente convencida.

    ¿No vamos a cambiar?

    Seguramente. Han cambiado muchas cosas, pero todavía estamos enseñando a niños y a niñas a poner sobre ellos y ellas unas expectativas concretas y distintas. Estamos limitando la libertad de las personas y no las dejamos ser lo que quieren realmente. Les estrechamos el abanico y les ofrecemos ciertas posibilidades, pero no todas.

    Profesión de mujer, profesión de hombre...

    Cierto, y juguetes de niña, juguetes de niño, formas de hablar diferentes... Esos mandatos de género aún existen, lo traspasan todo y lo hacen desde lo más público a lo más íntimo; desde nuestra forma de actuar en una reunión a nuestra forma de enamorarnos de una persona.

    ¿Aún estando en el siglo XXI?

    A veces tenemos la fantasía de que hablamos desde un lugar neutral, de que escribimos desde un lugar neutral, pero es absolutamente falso. Hay muchos condicionantes en la vida y no solo de género, pero el de género es muy potente, y muchas veces, inconscientemente, seguimos actuando como se espera. Y todo ello, a pesar de haber hecho no una, sino muchas reflexiones sobre el tema.

    ¿Es difícil entrar en los desvanes privados propios y ajenos?

    Sí. En esta novela y en todas, pero en esta especialmente, he hecho un esfuerzo por entrar en el desván de la casa del padre. Sobre todo es un esfuerzo por entrar en las contradicciones de los personajes. Pienso que las personas no somos de una manera, sino de muchas maneras.

    ¿Tantas contradicciones cree que encierra una persona?

    Todas, y me ha interesado entrar en ellas porque dan más credibilidad a los personajes. Cuando dices fulanito era tal o cual, no es real. Es así, pero también así, y así, y nos ocurre a todas las personas, que somos de tantas maneras y muchas veces esas maneras son muy contradictorias.

    Da mucha rabia enfrentarse a tus propias contradicciones, ¿no?

    Sí, pero eso también es importante aceptarlo. Es una riqueza que tenemos y nos da volumen a las personas.

    ¿Poliédricos, como se dice ahora?

    Exactamente, ese podría ser el término.

    Ismael, Libe y Jasone, los protagonistas de esta novela, son un triángulo familiar. ¿Se identifica más con Jasone, la mujer de Ismael?

    Hay muchos puntos de coincidencia. Soy mujer, soy escritora y hay otras historias en las que tenemos puntos en común. Me veo en partes muy importantes de Jasone, pero me veo también en Libe, la hermana, y también en Ismael. Los seres humanos podemos ser muy diferentes, pero nos ocurren cosas muy parecidas en la vida. Nuestras grandes preocupaciones son cuatro.

    ¿Es difícil desde el punto de vista de una mujer crear un personaje que exude masculinidad?

    Me ha costado más que los personajes femeninos. Ismael ha sido más trabajoso de crear. El mundo masculino lo conozco menos y me ha costado hacer ese ejercicio, aunque un escritor o escritora tiene que ser capaz de ponerse en la piel de cualquiera, pero el hecho de ser hombre lo ha hecho más difícil. También por miedo.

    ¿A caer en los tópicos?

    Sí. Era algo que me daba mucho miedo. Tenía miedo de caer en generalidades, de hacer una caricatura: los hombres tal, las mujeres cual... ¡Qué miedo me daba eso! He escrito con cuidado en ese sentido. Es un tema muy resbaladizo, porque es muy fácil caer en generalidades y he sido muy consciente de ello. Me ha costado escribir esta novela y uno de los motivos ha sido el miedo a caer en esas generalidades con las que muchas veces nos enfrentamos.

    También podía haber caído en generalidades en el personaje de Libe y su relación con el feminismo.

    Por supuesto, y también se puede caer en generalidades en el personaje de Jasone, la mujer que renuncia a sus inquietudes y necesidades cuando forma una familia. Por eso he puesto el acento en las contradicciones. Los personajes que solo son de una manera, que resultan muy planos, no resultan creíbles. Es muy fácil caer en las generalidades, caer en los tópicos, cuando estás hablando de hombres y mujeres."







07/01/2024

aitaren etxea, 6

 

Pablo Picasso - La familia Soler
1903
Oleo sobre lienzo,
150 x 200 cm
Lieja, Musée d’Art Moderne et d’Art Contemporain


La casa del padre: 

la violencia sutil que tiene lugar en la familia



per Patricia Millán
a “Relatos en construcción”


    “La casa del padre fue la última novela que leí en 2019. El último día justo antes de la cena de Nochevieja, para ser más precisos. La leí del tirón —algo que no me había sucedido en el último par de meses— y anotando cita tras cita en mi cuaderno. Algo tiene la novela que me ha atraído: tal vez un marcado tono vasco en la expresión que deja claro que, aunque pensemos que no, todos tenemos un matiz en el habla que denota de dónde venimos. Tal vez ese decorado de fondo de industrias en declive que acompañan relaciones que penden de un hilo.

    Pero diría que lo que más me ha gustado de La casa del padre es ese contraste entre sutileza y dura exposición con el que aborda el cambiante rol de género femenino en nuestra sociedad y los sentimientos que provoca en las mujeres pero, sobre todo, en los hombres.

    Porque La casa del padre, escrito a tres voces —la de Ismael y su mujer, Jasone, y la de Libe, la hermana del primero— deja caer buena parte del peso narrativo en él, en cómo un hombre descubre que los roles que le han implantado se resquebrajan o no tienen razón de ser en el momento actual. Y en combinación con esto surge de entre las páginas una novela que está muy relacionada con la literatura, con el proceso de escritura, con el género también aferrado a sus páginas.

    Parte la novela de una situación en la que Ismael se encuentra bloqueado y presionado por su editor para que entregue su siguiente novela, mientras que Jasone abandonó hace mucho su sueño de escribir, como otras tantas cosas, cegada por sus obligaciones para con su marido y sus hijas. Desde ahí se irán desentrañando los pensamientos, las reflexiones y, sobre todo, los cambios que ambos intuyen necesarios.

    El pasado miércoles tuve la oportunidad de charlar unos minutos con su autora, Karmele Jaio, sobre mis impresiones en torno a la novela.

    Pregunta: No creo que el tema de La casa del padre sea la escritura, pero resulta llamativo —y he extraído varias citas relacionadas con ello— que la literatura planee sobre todo el texto desde distintos ángulos: se trata el bloqueo del escritor, se habla de la escritura como un proceso terapeútico, se plantea el clásico dilema de escribir sobre lo que se sabe o sobre lo que no se sabe… En tu caso, ¿ha sido lo primero o lo segundo?

    Respuesta: De lo que no sé. Escribo con muchas preguntas en la cabeza. No soy el tipo de escritor que empieza cuando tiene todo muy claro en su cabeza, sino que empiezo a escribir precisamente para descubrir qué es lo que quiero contar. Siempre es para descubrir algo, porque sé que van a surgir cosas que no aparecen de otra forma, solo se materializan a través de la escritura.

    P: La novela sí hace una reflexión sobre la escritura en dos planos: por un lado la reflexión sobre hombres y mujeres en la escritura, el por qué las mujeres renuncian, quién da el prestigio, quién decide qué temas son importantes, qué es de calidad y qué no… y por otro lado hay una reflexión sobre la escritura como vía para que aparezcan lo que en la novela llamo «palabras de plomo», las verdades. No las verdades que te han ocurrido como persona en la vida, sino las que no aparecen de otra manera en contraposición con las palabras «de bisutería», sin peso, que están ahí en el día a día.

    R: Sí se hace esa reflexión sobre la capacidad de un proceso creativo de sacar a la luz cosas que de otra forma no salen. Por eso hay un momento en la novela en que los dos protagonistas se miran sin conseguir hablar ni decirse nada.

    P: También sobrevuela la idea de que el hombre escribe «desde afuera», intentando abarcar temas más globales o de mayor alcance, mientras que la mujer escribe desde «el yo», tratando cuestiones más pequeñas, no necesariamente menos universales, pero sí más íntimas. ¿Están los planteamientos tan fragmentados como para que tengamos que escuchar constantemente el término «literatura de mujeres»?

    R: Creo que lo que comentas es consecuencia de la posición de hombres y mujeres en la sociedad durante tanto tiempo: el hombre en un plano público y la mujer en el ámbito de lo privado. Para mí lo importante, más que hablen de una u otra cosa, es el por qué o quién decide que esa historia pequeña es más o menos importante que esa «gran historia», quién da peso o prestigio al tema o a la forma de escribir.

    El libro en general plantea más preguntas que respuestas porque yo también tengo más preguntas que respuestas.

    P: De los dos personajes, Jasone e Ismael, da la impresión de que ella está en un momento de autodescubrimento o de comenzar una etapa de desarrollo, mientras que él parece más estancado, más perdido y sin esa vocación de avanzar hacia otro punto. ¿Es así?

    R: Bueno, él empieza a encontrarse al final. Ella está en un plano más avanzado de reflexión sobre el lugar que ocupa en el mundo y cuál es su papel y creo que eso es un reflejo de la sociedad en general, donde las mujeres hemos hecho un camino gracias, en buena medida, a los instrumentos que nos ha facilitado el feminismo para pensar, para reflexionar, para ver qué roles estamos cumpliendo… Quizás los hombres aún no han sentido la necesidad de hacer esa reflexión, cuando están en un lugar más cómodo, más privilegiado. Eso se refleja en el libro. Jasone tiene un camino hecho pero aún le queda por recorrer.

    P: Pero frente a Jasone está Libe, que hace una especie de camino inverso. Se supone que está en esa posición que reivindica el feminismo pero tampoco se siente cómoda ahí.

    R: En todos los personajes he hecho un esfuerzo por mostrar sus contradicciones, porque lo que aparentamos ser y lo que somos en realidad nunca coinciden, como en este caso, y porque las contradicciones le dan un volumen al personaje, una credibilidad, que no se encuentra de otra manera.

    En el caso de Libe hace ese camino inverso. Es el modelo a seguir desde el punto de vista de Jasone, es transgresora, ha hecho lo que ha querido… pero Libe lo ve como una huida constante, es consciente de que también está sujeta a esos mandatos de género que están ahí, en el aire. He querido mostrar esos dos caminos.

    Por muy liberada que Libe está, siempre queda esa atadura de rol. Como en el momento en que su madre enferma y siente la obligación de correr a coger un avión y cumplir con su papel de cuidadora, a pesar de que su hermano Ismael vive en la misma ciudad.

    Ahí es donde ves qué importante es tener consciencia de los roles. Pero incluso cuando sabes la teoría, sabes que esto sucede por imposición, es tan fuerte lo que tenemos aprendido desde pequeñas, aquello que se espera de nosotras, que eso sale como desde el estómago. Y Libe es consciente de ello, pero se siente obligada a estar ahí. La inercia de esos valores que aprendes desde tu infancia es demasiado intensa.

    P: Me ha parecido muy impactante, tal vez el más impactante de todo el texto, el párrafo en el que Jasone escribe sobre una violación y reflexiona sobre que todas las mujeres hemos imaginado nuestra violación en uno u otro momento. Me parece muy real la forma en que lo expresas y creo que la mayoría de las mujeres se van a sentir reflejadas en esas palabras. La duda que me asalta siempre en estos casos es si un hombre, al leer el texto, lo comprende, es capaz de empatizar con esa extraña realidad.

    R: Esa es la gran duda. En este caso me está ocurriendo con el libro editado en castellano lo que no me había sucedido hasta ahora: estoy teniendo mucho feedback de hombres que se han sentido reflejados en muchos aspectos. Gotita a gotita, si ven reflejado nuestro mundo, nuestro punto de vista, la naturalidad con la que hemos vivido situaciones como ir con miedo por la calle, lo irán entendiendo.

    El origen de La casa del padre ha sido en buena medida la curiosidad que siento por qué hay en la cabeza de los hombres ahora mismo, cómo viven este momento de cambios. Cuando se ataca o se asesina a una mujer, ¿sienten que de alguna forma tiene que ver con ellos, se sienten culpables o responsables o creen que ellos no tienen nada que ver? De esa reflexión vienen esos sentimientos contradictorios del personaje principal de miedo, por un lado, por lo que le pueda ocurrir a sus hijas, y de culpa. Una culpa que no termina de entender.

    P: El libro, por decirlo de alguna forma, es muy vasco. Desde el tono, la construcción de las frases, pasando por el entorno y las situaciones que se plantean como trasfondo de la historia: un ambiente industrializado, huelgas y piquetes propios de los años ochenta… ¿Partes de alguna situación personal?

    R: Creo que ha sido parte del decorado de nuestra juventud, tanto el conflicto político y todo lo que ha supuesto para nosotros, como el conflicto laboral. En el libro no entro en ello con profundidad pero necesitaba que estuviera ahí, porque ha condicionado nuestra vida en uno u otro sentido, ha marcado nuestras amistades. Los personajes reflexionan sobre qué hubiera pasado si hubiesen vivido en otra sociedad.

    P: El libro pone en duda algo que, de alguna forma, hemos vendido al exterior: que el País Vasco se ha caracterizado por un régimen matriarcal. Una imagen que rompes con la que es tal vez la segunda imagen más potente de La casa del padre: lo que sucede entre los padres de Ismael en un momento dado de la narración y que muestra con claridad la existencia de una violencia no física contra la mujer.

    R: Una cosa es que la mujer haya tenido un peso específico pero no olvidemos que la casa era siempre propiedad del padre. La última palabra la ha tenido siempre el hombre por mucho que fuera la mujer la encargada de la gestión de la casa. Con ese fragmento quería reflejar que, frente a la violencia en la calle, que es fácil de ver, es muy difícil de percibir esa violencia sutil, que puede suceder en la propia familia, que no necesita de golpes ni de violencia física. Aquí Ismael, el protagonista, comienza a ver algo que no sabía que existía.

    P: Sí, porque dejas ver que para las mujeres de la familia era evidente lo que había pasado, mientras que para Ismael es desconocido. Pero tampoco muestra iniciativa por preguntar y descubrir qué ha sucedido.
    
    R: Sí, Libe lo ve pero tampoco quiere ser consciente de ello, escapa. Ismael ni siquiera lo ve. Por eso el tiempo que pasa con su padre, el sentimiento de miedo que le embarga por sus hijas le lleva poco a poco a acercarse a otra violencia de la que no era consciente. Yo creo que el hombre no se tiene que sentir culpable, pero tal vez sí responsable.

    P: Me llama la atención que decidieras traducir tu propia novela, Aitaren Etxea. No es un caso aislado, también Harkaitz Cano —por ejemplo en La voz del faquir— ha traducido parte de su propia obra. ¿Es algo habitual, te lo propuso la editorial…?

    R: Los anteriores libros también los he traducido yo. Al final hago una reescritura. Desde el primer libro que traduje, Amaren eskuak (traducido al castellano por Ttarttalo como Las manos de mi madre), recuerdo empezar a traducir literalmente del euskera al castellano y no me reconocía en el texto. Siempre he tenido que escribir pensando ¿cómo contaría yo esto en castellano?

    En este caso ha sido más complicado porque lo he traducido al tiempo que el texto original aún estaba vivo. Pero es muy enriquecedor, es como ver tu escritura en un espejo, ves cosas que no habías detectado cuando estabas escribiendo. Como ejercicio de autoconocimiento es muy interesante.

    Cambio algunas cosas porque la lengua me empuja o me obliga a ello.