16/02/2015

notes biogràfiques, 4

1961

FRANNY apareció en The New Yorker, en 1955, y fue rápidamente seguido por Zooey, en 1957. Ambos relatos son tempranas y graves entradas de una serie de narraciones acerca de una familia de habitantes del New York del siglo veinte, los Glass. Es un proyecto a largo término, evidentemente muy ambicioso, y existe el peligro suficiente como para que, tarde o temprano, en algún momento me enrede demasiado y quizás desaparezca por completo en mis propios métodos, locuciones y manierismos. No obstante, tengo esperanzas acerca de ello. Me encanta trabajar en las historias sobre los Glass, estuve toda mi vida esperando hacerlo y tengo la decencia y la monomanía justa como para acabarlo con la debida preocupación y la destreza necesaria.

Algunas de estas historias, además de FRANNY y ZOOEY, ya fueron publicadas en The New Yorker, y hay material nuevo que está pronto a aparecer. Tengo también muchísimo material en papel, sin fecha de aparición, pero espero no “montar un número con él”, para usar una expresión popular, al menos por un tiempo. Yo mismo trabajo a una lubricada velocidad en esto, pero mi alter-ego y colaborador, Buddy, se ha puesto insufrible últimamente.
Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo.

Mi esposa me ha pedido que agregase, en un singular arrebato de candor, que vivo en Westport con mi perro.”

(Notes a la coberta de Franny and Zooey, 
Setembre de 1961.)


“El lavabo de señoras de Sickler’s era casi tan grande como el propio comedor y, en cierto sentido, apenas menos cómodo. Nadie lo atendía y, al parecer, estaba vacío cuando Franny entró. Se quedó parada un momento –casi como si fuese el punto de alguna cita– en mitad del suelo de baldosas. Tenía gotas de sudor en la frente y la boca abierta, y estaba todavía más pálida que en el comedor. Luego, de pronto y muy deprisa, entró en la cabina más alejada y de aspecto más anónimo de las siete u ocho –que, por suerte, se abrían sin necesidad de meter una moneda–, cerró la puerta tras de sí y, con cierta dificultad, echó el cerrojo. Sin prestar atención al entorno, se sentó. Juntó las rodillas con firmeza, como para convertirse en una unidad más pequeña y compacta. Luego colocó las manos verticalmente sobre sus ojos y apretó con fuerza, como si quisiera paralizar el nervio óptico y ahogar todas las imágenes en una negrura abismal. Sus dedos extendidos, aunque temblorosos –o porque estaban temblorosos–, parecían extrañamente bonitos y elegantes. Mantuvo esta posición tensa y casi fetal durante un momento de suspensión; después se echó a llorar. Lloró durante cinco minutos seguidos. Lloró sin intentar contener ninguna de las manifestaciones más ruidosas de la pena y la confusión, con todos los convulsos sonidos guturales que hace un niño histérico cuando el aire trata de salir a través de una epiglotis parcialmente cerrada. Sin embargo, cuando al fin paró, sencillamente paró, sin las dolorosas, punzantes inspiraciones que suelen seguir a un estallido violento. Cuando dejó de llorar, fue como si se hubiese producido un decisivo cambio que tuvo en su cuerpo un efecto inmediato y pacificador. Con el rostro bañado en lágrimas pero inexpresivo, casi bobo, cogió su bolso del suelo, lo abrió y sacó el librito encuadernado en tela verde. Lo puso en su regazo –más bien, sobre sus rodillas– y lo miró, lo contempló fijamente, como si ése fuera el lugar más indicado para un librito encuadernado en tela verde. Al cabo de un momento, cogió el libro, lo levantó hasta la altura del pecho y lo estrechó contra sí firmemente durante breves instantes. Luego lo metió de nuevo en el bolso, se puso de pie y salió de la cabina. Se lavó la cara con agua fría, se la secó con una toalla que colgaba de un toallero alto, se volvió a pintar los labios, se peinó y salió de los lavabos. “

Franny y Zooey

J.D.Salinger

13/02/2015

notes biogràfiques, 3

1949

“En primer lugar, si yo dirigiera una revista, nunca publicaría una columna llena de notas biográficas. Muy pocas veces me he preocupado de saber el lugar de nacimiento de un autor, el nombre de sus hijos, su plan de trabajo, la fecha de arresto por haber traficado con armas durante la rebelión irlandesa (¡el muy granuja!). El autor que te cuenta estas cosas es proclive a tener colgado su propio retrato con una colorida camisa desabotonada y seguramente busca un trágico perfil de tres cuartos. Inclusive puedes contar con que se refiera a su esposa como una persona maravillosa o una mujer formidable. He escrito varias notas biográficas en distintas revistas y dudo de haber sido honesto alguna vez. Esta vez sin embargo pienso ir un poco más lejos de mi período Emily Brönte para trabajar y encerrarme en un Heathcliff. (Todos los autores, no importa a cuántos leones le hayan disparado o cuántas rebeliones hayan soportado en persona, se van a la tumba siendo mitad Oliver Twist, mitad Mary, Mary, Quite Contrary) Esta vez voy a ser escueto y luego me iré a casa. Llevo diez años escribiendo bastante seriamente. Para ser modesto hasta al extremo, diré que no nací escritor, pero ciertamente soy un profesional. No creo haber escogido la literatura como una carrera. Simplemente empecé a escribir a los dieciocho años y nunca me detuve. (Quizás esto no sea del todo verdad. Quizás sí escogí la escritura como mi profesión. No lo recuerdo en realidad. Vuelvo a ello muy fácil y rápidamente.) Estuve en la Cuarta División en el Ejército. Casi siempre escribo sobre gente joven.”
“J. D. Salinger Biographical”, Febrero de 1949


“En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte.
Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba.
El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba.
Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas.”
El hombre que ríe”
Nueve cuentos
J.D. salinger

(fragment)

11/02/2015

notes biogràfiques, 2

Utah Beach
1945

“Tengo veintiséis años y es mi cuarto año en el Ejército. He estado en altamar diecisiete meses. Desembarqué en “Utah Beach” el día-D con la Cuarta División y estuve con el 12ª de Infantería hasta el fin de la guerra.
El trasfondo de “Este sándwich no tiene mayonesa” (1) nace naturalmente,  ya que yo solía estar en el Cuerpo Aéreo. Incluso me gradué en la Academia Militar de Valley Forge. Después de la guerra planeé unirme a un buen coro. Así es la vida.
He escrito relatos desde los quince años. Siempre me ha perturbado no poder escribir simple y naturalmente. Mi mente padece el nudo de una negra corbata y pese a que me aparto de él en cuanto es posible, siempre algo queda. Soy un hombre precipitado, no puedo con los trayectos largos; posiblemente a causa de ello jamás pueda escribir una novela. Las novelas sobre esta guerra han tenido demasiado del vigor, la madurez y la artesanía que la crítica busca, pero muy poco de la gloriosa imperfección que hace tambalear y caer a las mejores mentes. Los hombres que han estado en esta guerra se merecen una suerte de melodía temblorosa, dispuesta sin vergüenza o arrepentimiento. Espero ese libro.”

Esquire, 24 de Octubre de 1945

((1)    Cuento de JD Salinger publicado en Esquire en octubre de 1945. La historia describe la vuelta de Vicent Caulfield a casa tras la guerra. Vincent está molesto porque su hermano Holden ha desaparecido en combate y no  acepta la posibilidad de que haya muerto.

“Este sándwich no tiene mayonesa”
J.D. Salinger
(fragment)

 “¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está mi hermano Holden? ¿De qué se trata esto de “desaparecer en acción”? No me lo creo. No lo entiendo. No lo creo. El Gobierno de Estados Unidos miente. El Gobierno me miente a mí y a mi familia.
Nunca escuché mentiras tan jodidas.
Por qué; volvió de la guerra en Europa sin apenas un rasguño, todos lo vimos embarcarse en el Pacífico el último verano –y se veía bien.
Desaparecido.

Desaparecido, desaparecido, desaparecido. ¡Mentira! A mí también me mintieron. Nunca antes estuvo desaparecido. Es la última persona que podría perderse en este mundo. Está aquí, en este camión; en casa, en New York; está en la Preparatoria Pentey (“Deberían enviarnos a ese muchacho. Lo moldearemos. Haremos de él un Hombre, con todas las pruebas de fuego que tenemos…”); sí, está en Pentey, nunca dejó la escuela; está en Cape Cod, sentado en el porche, mordiéndose las uñas; está jugando dobles conmigo, gritándome que me quede en la base mientras él está en el campo. ¡Desaparecido! ¿Eso es estar desaparecido? ¿Por qué mentir en algo tan importante? ¿Cómo es que el Gobierno puede hacer algo así? ¿Cómo pueden deshacerse de ello diciendo mentiras de este tipo?”

09/02/2015

notes biogràfiques, 1


1944

“Tengo veinticinco años y estoy ahora en Alemania, en el ejército. Solía ser bastante apegado a la gran ciudad, pero me doy cuenta de que mi memoria se ha quedado dormida desde que estoy aquí. Ha olvidado bares, calles, buses y rostros y me inclino, en retrospectiva, a sacar a mi Nueva York fuera de la Sala India Americana del Museo de Historia Natural, en donde solía jugar con mis canicas… He estado en tres universidades pero nunca el tiempo suficiente; técnicamente, no he pasado del primer año. Pasé un año en Europa entre los dieciocho y los diecinueve años, la mayor parte del tiempo en Viena. Se supone que estaba aprendiendo el negocio del jamón allí. Finalmente me arrastraron hasta Bydgoszcz, en donde estuve un par de meses en un matadero de cerdos, viajando bajo la nieve con el gran carnicero del lugar, quien estaba empecinado en entretenerme disparándole a los gorriones, los focos de luz, a algunos empleados. Volví a Norteamérica e intenté hacer un semestre en la universidad, pero abandoné como siempre. Estudié y escribí relatos con el grupo de Whit Nurnett en Columbia. Él publicó mi primera pieza en su revista, Story. He estado escribiendo desde entonces en algunas revistas grandes, aunque sobre todo lo he hecho en las más pequeñas. Sigo escribiendo cada vez que tengo el tiempo y una trinchera que esté desocupada.”


(Biographical Notes,  noviembre-diciembre de 1944)

08/02/2015

la meva estimada Ruth


Salinger: juventud, extraño tesoro
per Mauricio Montiel Figueiras (fragments)


“Holden Caulfield es más que un personaje. Es más que la conjunción de los apellidos de dos actores, William Holden y Joan Caulfield, vistos por J. D. Salinger en la marquesina de un cine donde se exhibía un filme que muchos señalan podría ser Dear Ruth (1947), de William D. Russell. Es más que el joven con “nervios de preguerra” que debuta en “Slight rebellion off Madison”, un cuento aceptado por The New Yorker en diciembre de 1941 pero pospuesto hasta diciembre de 1946 debido al clima bélico. Es más que el rebelde con causa de dieciséis años que protagoniza El guardián entre el centeno. (…)


Holden Caulfield, hay que decirlo, es un virus altamente contagioso. Rastros de este contagio se evidencian en buena parte de los angry young men que pueblan ya medio siglo de cine y literatura estadounidenses. Allí están para demostrarlo dos ejemplos palmarios: Travis Bickle, el vengador no tan anónimo de Taxi driver (Scorsese, 1976), y Tyler Durden, el ello irrefrenable del narrador insomne e innominado de El club de la pelea, la novela de culto de Chuck Palahniuk aparecida en 1996. Allí está Green Day, la banda punk de origen californiano que en 1992 lanzó una canción llamada “Who wrote Holden Caulfield?” Pero eso no es todo: la infección también ha conquistado la vida real, donde los resultados han sido destructivos antes que creativos. Allí está para constatarlo tristemente Mark David Chapman, que la noche del 8 de diciembre de 1980 asesinó a John Lennon a la entrada del edificio Dakota en Manhattan, la zona donde Holden Caulfield efectúa su periplo desencantado de tres días. Chapman se hallaba no solo infectado sino poseído por Caulfield: la mañana del asesinato compró en una librería neoyorquina un ejemplar de El guardián entre el centeno, donde escribió “Esta es mi declaración” para luego firmar con el nombre del personaje.(…)

El protagonista de una sola novela logra cobijar a una estirpe entera cuya odisea abarca varios años y diversos textos. Así que Holden Caulfield es el bosque que contiene a la familia Glass, ese árbol de ramificaciones múltiples que echa raíces en toda la obra de nuestro autor.  El crecimiento de este árbol, que Salinger cultivó con ahínco a través del tiempo,  responde a una cronología: en tres de los Nueve cuentos (1953), “Un día perfecto para el pez plátano”, “El tío Wiggily en Connecticut” y “En el bote”. Luego vienen los relatos que integran el díptico Franny y Zooey: ambos se ubican en noviembre de 1955.  Después están “Levantad, carpinteros, la viga del tejado” y “Seymour: una introducción”, de 1963. (…) “



06/02/2015

farewell, Dorothy Parker


El periple pòstum de l'escriptora Dorothy Parker no té desperdici.  Va morir a Nova York als 73 anys. Va deixar perfectament clar que no volia cap funeral, ni reunions ploroses, ni discursos sentits, ni flors, ni música de violins.

A Liliian Hellman, una amiga, l'escriptora la va nomenar marmessora. La Hellman, parella durant molts anys de Dashiell Hammett, l'escriptor de novel·la negra i autor de “El falcó maltès”,  va acabar organitzant un homenatge en honor de Parker a la funerària més pija de Nova York, la funerària Campbell, i allí hi va haver música, discursos i tots els preparatius funeraris que la difunta havia demanat expressament que no hi hagués. Algun assistent va dir que en realitat allò va durar el que un cotxe triga a travessar un túnel de rentat, i altres en canvi es van queixar que, encara que curt, l'homenatge hauria molestat molt a la finada.

Amb el que sí va complir la marmessora va ser amb el desig de ser incinerada. Després de la cremació, l'urna va anar al cementiri Ferncliff, en Hartsdale. Allà mateix, a l'estat de Nova York.

No consta que en aquest primer destí Lillian complís amb el desig de la seva amiga d'inscriure l’epitafi «Excuse my dust», però, de totes maneres, aquell sobri columbari acollir les cendres de Dorothy Parker només fins a 1970. Per què va durar només tres anys el descans de l'escriptora? Per qüestions crematístiques.

A Lillian Hellman no li va agradar que la seva amiga Dorothy deixés com a únic hereu a Martin Luther King. Tots els seus diners i tots els drets d'autor van ser directament i per dret a aquest líder en la lluita pels drets civils, i, en cas que ell morís, la destinatària del llegat hauria de ser la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), l'associació que vetlla als Estats Units per la igualtat racial.

Dorothy i Luther King no es coneixien de res, però estava clar que l'escriptora admirava la figura de l'activista. I, ves per on, un any després de la mort de Dorothy Parker li va tocar el torn al seu hereu, i per tant els béns i els drets d'autor de l'escriptora van passar a la NAACP. Lillian Hellman es va agafar un sonor cabreig i va decidir portar l'assumpte als tribunals.

La Justícia, atès que tot estava perfectament lligat documentalment, va sentenciar el 1972 que, efectivament, tot el llegat havia d'anar a mans de l'associació. I mentre tot això succeïa, on era Dorothy Parker?  L’any 1987, una escriptora nord-americana, Marion Meade, ultimava la imminent publicació d’una biografia de Dorothy Parker, i una de les últimes entrevistes que havia de fer era als advocats de Lillian Hellman, morta tres anys abans. A la meitat d'aquesta entrevista , la biògrafa li va indicar l'advocat que entre el poc que li quedava per fer era anar a visitar la tomba de Dorothy Parker al cementiri novaiorquès.

L'advocat li va dir que no fos perquè  Dorothy ja no hi era. «Com que no hi és? Però ... si hi van enterrar les seves cendres! ». «Ja -va contestar l'advocat-, però Dorothy Parker ara està davant meu. L'estic veient ». A la prestatgeria d'aquell despatx descansava una caixa que guardava l'urna amb les cendres de l'escriptora. La irreverent i revoltosa autora novaiorquesa portava diversos anys presidint una prestatgeria d'un bufet d'advocats de Wall Street.

L'explicació va arribar immediatament: durant els tres anys escassos que Dorothy Parker va estar en el seu columbari, el cementiri va estar reclamant de forma continuada a Lillian Hellman els pagaments per l'estada de l'urna. Però Lillian Hellman no contestava als requeriments i es negava a pagar, donat el monumental enuig d'haver estat nomenada marmessora en lloc d'hereva. El cementiri, doncs, va complir amb l'amenaça de treure a Dorothy Parker del columbari i va amenaçar igualment amb escampar les cendres. Hellman va calibrar l'escàndol que se li podria venir sobre en cas que això passés i ho va evitar ordenant al cementiri que embalarà l'urna i l'enviés als seus advocats.

Alhora, els representants legals de Hellman van rebre instruccions de custodiar l'urna a l'espera de noves indicacions. Però mai van arribar. Lillian Hellman va morir el 1984 sense decidir el destí últim de l'urna. Dorothy Parker va quedar d'adorn en una prestatgeria i en poder dels advocats.

Quan la biògrafa Marion Meade va fer pública la peripècia pòstuma de Dottie, tothom es va apuntar a donar idees de què fer amb les cendres. Van dir de tot. Va ser llavors quan va aparèixer el director executiu de la NAACP, l'associació hereva, i, molest per la frivolitat amb què s'estava portant l'assumpte, va dir que no trivialitzaria la vida de l'escriptora, una dona blanca que va tenir un gest sense parangó en deixar tota la seva herència a la causa negra. L'associació es faria càrrec de les cendres.

Van construir un parc en memòria de Dorothy Parker a la seu central de l'associació, a Baltimore, i allà, al parc, el 20 d'octubre de 1988, vint-anys després de la seva mort i després de quinze anys de peu dret en una prestatgeria de Wall Street, les cendres de Dorothy Parker van arribar a destinació.


Una làpida de metall a terra tanca la tomba amb l'epitafi «Excuse my dust». 

04/02/2015

la sala d'estar


“Encara que els Bain s'haguessin escarrassat durant anys no haurien tingut més èxit a l'hora de convertir la sala d'estar en un museu petit però admirablement complet de coses que suggerien tensió, incomoditat o la tomba. Però ni tan sols ho havien intentat mai per impressionar. Alguns dels objectes de la sala eren regals de casament; altres els hi havien posat de tant en tant per substituir els que havien estat víctimes de l'ús i de! pas del temps, i uns cinc anys abans, quan es va anar a instal·lar amb els Bain, el Senyor Gran n'havia portat uns quants.
Era curiosa la perfecció amb què tots s'adaptaven al pla general. Era com si els hagués escollit una persona entusiasta que no concedia gaire importància al temps, sempre que pogués aconseguir el resultat final de transformar la sala d'estar dels Bain en una cambra dels horrors domèstica, lleugerament modificada perquè la utilitzés la família.
Era una sala de sostre molt alt, amb fusta vella, pesant i fosca, que inevitablement feia pensar durant molta estona en cucs de seda i panys de plata. El paper era de color de mostassa passada. El dibuix, que havia estat una cosa fina d'un to més fosc estampat amb or espurnejant, s'havia descolorit en una sèrie de línies i taques que es resolien, davant la mirada de les persones susceptibles, en hordes de caps magullats i perfils torturats, alguns sense ulls, altres amb esberles coagulades que feien de boca.
Els mobles eren foscos, incòmodes i propensos a cruixir dolorosament; uns cruixits sobtats, aguts, que només semblaven produir-se quan ja els resultava impossible mantenir el seu silenci valerós. Els coixins entapissats i deslluïts desprenien una olor de tancat i de terra, i per més que Mrs. Bain s'hi esforçava, una pellissa grisa s'acumulava a les clivelles.
Els braços en tensió perpètua de tres figures tallades, que eren insistentment femenines fins a la cintura i després es perdien, discretes, en una confusió de volutes i balances, sostenien la taula del centre. A sobre hi havia una filera de llibres irreprotxables, que s'aguantava pels costats gràcies als muscles tensats de l'espatlla de dos elefants de guix de color de bronze, que sempre empenyien, avorrits.
En el faldar de la xemeneia, profusament tallat, hi havia la figura de colors alegres d'un nen de pagès, de cabells arrissats, feta amb molta traça perquè estigués assegut a la lleixa amb una cama penjant. Realitzava l'acció eterna de treure's una espina del peu grassonet i les arrugues d'un dolor cruel li solcaven la cara rodona amb molt de realisme. Just a sobre hi havia un gravat a l'acer d'una cursa de quadrigues, amb una gran polseguera, les quadrigues a tota velocitat, els aurigues que fuetejaven amb fúria els cavalls enfollits, i els mateixos cavalls, que l'artista havia captat un moment abans que els rebentés el cor i caiguessin morts de fatiga.
La paret de davant estava dedicada a la religió en l'art: un gravat a l'acer de la crucifixió, que no escatimava els detalls horripilants; un gravat sèpia del martiri de Sant Sebastià, amb les cordes clavades als braços que se li retorçaven a l'estaca i el cos ample i flonjo ple de fletxes; una còpia a l’aquarel·la d'una Mare de Déu dels Dolors, amb els ulls d'agonia aixecats cap a un cel fred i llàgrimes grosses, amargues, a les galtes pàl·lides, que les draperies com mortuòries que li embolcallaven el cap encara tornaven més pàl·lides.
Sota les finestres hi havia penjada una pintura a l'oli de dues ovelles perdudes, molt juntes, desesperadament arraulides, enmig d'una gran tempesta. Era una de les aportacions a la sala del Senyor Gran. Mrs. Bain solia observar que el marc valia no sé pas quant.
El tall de paret de darrera la porta era reservat a una mica d'art modern que un cop havia cridat l'atenció de Mr. Bain a l'aparador d'una papereria: un gravat de color que representava un pas a nivell, amb el tren que s'hi acostava molt de pressa, inexorablement, i un automòbil baixet, vermell, que intentava creuar la via abans que el monstre de ferro l'esclafés cap a l'eternitat. Per norma general, les visites nervioses a qui els tocava una cadira encarada a aquesta escena buscaven una excusa per canviar de seient abans de poder dedicar-se plenament a la conversa.
Entre els adorns, col·locats sobre la taula, i el piano vertical amb una despreocupació estudiada, hi havia un lleó petit i daurat de Lucerna, un Laocoont minúscul de guix escrostonat i un gatet ferotge de porcellana sempre a punt de saltar sobre una rata indefensa i grassona, també de porcellana. Aquest darrer havia estat un dels regals del casament del Senyor Gran. Mrs. Bain explicava, en veu baixa pel temor que li inspirava, que era molt antic.
Els cendrers, que eren un producte oriental, tenien forma de caps grotescos, encoixinats amb una mica de cabell humà, de color gris, ulls prominents, vidriosos, morts, i boques que s'allargaven fins a constituir un gran forat, en el qual els que tenien valor per fer-ho podien llençar la cendra. Així, fins i tot els detalls més petits de la sala es mantenien fidels a l'esperit general i en consolidaven l'efecte.”

Un senyor gran i encantador
Dorothy Parker