10/10/2019

enrique de hériz, una vida bella


Per Rosa Montero


Enrique de Hériz detestava els eufemismes i les paraules com a eines de l'engany –va escriure una magistral novel·la,  Mentira, que entre altres coses parlava d'això–, de manera que no se m'ocorrerà dir allò que “va morir després d'una llarga malaltia”. No. Ha mort a causa del càncer, i per fortuna la seva travessia no ha estat molt llarga, encara que, quan et toca navegar per la mar gruixuda, cada dia pot resultar interminable. Però no parlem de mort, sinó de vida, d'una existència bella i d'un home bell. D'una de les millors persones que mai he conegut. L'Enrique, igual que els seus fills ara, va ser orfe jove, i això li va fer adquirir una maduresa primerenca i una temprança que resultaven commovedores, perquè contrastaven amb la seva expressió de xaval, amb la seva curiositat sempre meravellada per tot i la seva alegria espurnejant. Era un nen que s'obligava a ser adult.

Va néixer a Barcelona el 1964 i va viure la vida amb intensitat (“el meu dia equival al teu any”, deia Lou Reed). Sent molt jove va ser el director editorial d'Ediciones B, i ho va fer de manera extraordinària. Es va estrenar com a novel·lista el 1994; el llibre es titulava El dia menos pensado i era una sorprenent i molt original primera obra, el relat d'un captaire que vivia al carrer. Va abandonar el seu càrrec editorial per tenir més temps per a la seva literatura, a la qual dedicava la millor part de si mateix: era d'un rigor narratiu total. Així van anar sortint les seves altres tres novel·les, Historia del desorden (2000), Mentira (2004) i Manual de la oscuridad (2009). Una obra curta però poderosa, tallada amb sang. I estava preparant la seva cinquena novel·la. Ja no la llegirem. La lectora que soc també es dol d'això. Era un escriptor formidable.

Va fer més coses; va fer classes d'escriptura creativa, va publicar articles als diaris i, sobretot, va ser un traductor magnífic; seva és, entre altres assoliments, la primera versió al castellà del Robinson Crusoe complet. Traduïa amb el mateix rigor i la mateixa manyaga amb les quals escrivia les seves novel·les, per aquest motiu li faltava temps per a les seves pròpies obres. Però és que no sabia fer malament les coses. En tot brillava, en tot destacava. Era com una roca, fort, molt fort; i al mateix temps, quanta delicadesa en tot! I quina neteja de cor: tenia un sentit ètic finíssim, però mai donava lliçons a ningú. O sigui, era un savi. I un tipus dels que sabia gaudir; el recordo feliç, arribant al sopar amb la seva petita bicicleta plegable sota el braç, o enviant-me de sobte per Internet el regal d'alguna música meravellosa que ell sabia que m'agradaria (així em vaig enamorar, per exemple, d'Ibrahim Maalouf: en la seva trompeta màgica sempre estarà l'Enrique). Estimava i cuidava la gent, en fi.

Deixin que els digui només una cosa perquè es facin una idea de qui era Enrique de Hériz: no crec que hi hagi ningú que pugui parlar malament d'ell. Se n'ha anat una d'aquestes persones que fan una mica millor el món. Una abraçada emocionada a la seva dona, l'editora Yolanda Cespedosa, als seus dos fills i als seus molts amics, que també ens sentim orfes.”

El País
14/03/2019

enrique de rériz, obra 3


Sorda, pero ruidosa. 

XIII Premio UNED de narración breve 2002.

Enrique de Hériz

UNED, 2003

Páginas, 220

enrique de rériz, obra 2


El día menos pensado

Enrique de Hériz

Editora y Distribuidora Hispano Americana, 2005

Páginas,  192

Sinopsis:

"El día menos pensado", es la primera novela de Enrique de Hériz. Acompañada de un prólogo en el que el autor reflexiona acerca de las relaciones entre ésta y sus novelas posteriores, esta novela narra la historia de un arquitecto al que un acontecimiento catastrófico llevó a convertirse en un vagabundo y a iniciar un descenso a los infiernos. Inmerso en la tarea de escribir sus recuerdos a medida de va sacando del petate que lleva con él algunos de los objetos que salvó del incendio de su casa, poco a poco el lector va reconstruyendo la cronología de su historia y los sucesos que desempeñaron un papel trascendental en su vida.

enrique de rériz, obra 1


Manual de la oscuridad

Enrique de Hériz

Edhasa, 2013

Páginas,  566

Sinopsis:

Víctor Losa, heredero de una larga tradición de ilusionistas, ha aprendido y practicado el arte de la desaparición durante años, hasta llegar a ser el mejor mago de su tiempo. La magia es su vida. Sin embargo, el azar le depara una sorpresa contra la que nada podrá su talento: de pronto el mundo se empeña en desaparecer de su vista. El mago deberá entonces iniciar un viaje a las profundidades de sí mismo, convertirse en un nuevo Víctor Losa, aprender otro modo de relacionarse con la vida y aceptar que esta vez la magia no bastará para sacarlo del apuro.

fragmento:

Quedan pocos escalones para llegar a la puerta verde, once o doce. Hay poca luz para contarlos. Víctor Losa se detiene, respira hondo, piensa que es el momento más feliz de su vida. No tuvo la misma sensación la semana pasada, cuando lo nombraron mejor mago del mundo tras su exhibición en el Festival Internacional de Lisboa. Tampoco va a conservarla dentro de unos segundos, cuando llegue al rellano, abra la puerta verde, entre en la sala y reciba la ovación de los magos profesionales de Barcelona, reunidos por Mario Galván, su viejo maestro, para rendirle homenaje. Sabe que sólo es un remanso de la vida, una pausa, un mirador que le ofrece el tiempo.

No va a dar saltos de alegría, ni subirá deprisa para regodearse en el clamor que le espera. Al contrario, quiere flotar, permanecer, sobrevolar este instante. Tiene su lógica: todo empezó aquí. Hace veintidós años, tras la primera clase con Galván, oyó de sus labios un ambiguo y extraño pronóstico: «Este desgraciado será un mago de puta madre». Ocurrió en esta escalera, quién sabe si incluso era este mismo el escalón en que entonces se quedó paralizado, atento a los murmullos que arriba, detrás de la puerta, emitía el maestro sin saber que él lo estaba oyendo. Es fácil entender que ahora se detenga a medio ascenso, reviva lo que sintió al oír aquella predicción apenas mascullada entre dientes y celebre, con los pulmones dilatados, la serie de sucesivos éxitos que se han ido sumando para traerlo hasta aquí.

A punto de reemprender el ascenso, levanta la cabeza y se lleva un susto de muerte: la puerta verde no está. Está, claro, tiene que estar; pero no la ve. En su lugar hay una mancha lechosa, un halo blanco, como si un velo se interpusiera en su mirada. Se quita las gafas y se frota los párpados. Cuando vuelve a mirar, la ve ahí delante, vieja, mal pintada, como siempre. Las cosas desaparecen y vuelven a aparecer de maneras imprevisibles. Nadie sabe tanto de eso como él.

Ha sido un efecto visual, fácil de atribuir al cansancio acumulado en los últimos días y a ciertos excesos en la celebración. Además, sólo ha durado unos segundos. No puede tratarse de nada grave, ni justifica en modo alguno el miedo desatado que atenaza de pronto a Víctor y lo deja pegado al escalón, como si todo el aire que lo impulsaba a flotar hace apenas un instante se hubiera llenado de cemento.

Debería estar pletórico. Debería subir de dos en dos los escalones, abrir de un empujón la puerta, entrar en la sala y abrazar a Mario Galván con todas sus fuerzas .Al fin y al cabo, ambos llevan años esperando este momento, pero también, aunque nunca se atrevieran a decirlo en voz alta, han temido alguna vez que no llegara. O que llegara tarde, tarde para Galván, que ya debe de rondar los ochenta .Víctor nunca ha sabido la edad exacta del maestro, pero ya era mayor cuando lo conoció. Y lleva muchos años enfermo.”

05/10/2019

las lecturas de la maga –stoner, y 3-



Al final, un parpadeo basta para que el momento sea sencillo, diáfano y claro, la aceptación arriba llega tras la asunción de lo vivido y que se resume en una sencilla pero inabarcable interrogación: ¿qué esperabas?

La Maga

“Él cerró los ojos y ambos desaparecieron. Oyó a Gordon susurrar algo y escuchó sus pasos alejándose de él.
Lo formidable era que todo era muy sencillo. Habría querido decirle a Gordon lo sencillo que era, decirle que no temiese hablar de ello o pensar en ello, pero había sido incapaz. Ahora no parecía importar mucho. Escuchaba sus voces en la cocina, la de Gordon baja y acuciante, la de Edith resentida y cortante. ¿De qué hablaban? El dolor le sobrevino con una premura y urgencia que le pilló desprevenido, poniéndolo al borde del llanto. Dejó descansar las manos sobre las sábanas, queriendo moverlas en dirección a la mesilla de noche. Tomó algunas pastillas, se las metió en la boca y tragó algo de agua. Un sudor frío le caía por la frente y se quedó muy quieto hasta que cedió el dolor.
Volvió a oír las voces, no abrió los ojos. ¿Era Gordon? Su sentido del oído pareció abandonar su cuerpo y flotar como una nube sobre él, transmitiéndole cada detalle de sonido. Pero su mente no podía distinguir con precisión las palabras.
La voz — ¿era de Gordon?—, decía algo sobre su vida. Y aunque no podía precisar las palabras, ni estar seguro de lo que se decía, su propiamente, con la ferocidad de un animal herido, se abalanzó sobre el tema. Sin piedad vio su existencia como debía parecerle a los otros.
Desapasionada y objetivamente, examinó el fracaso que, aparentemente, había sido su vida. Había buscado amistad, la amistad más cercana que pudiera acercarle a la raza humana. Había tenido dos amigos, uno de los cuales había muerto sin sentido antes de conocerle; el otro se había alejado ahora tanto por avatares de la vida que… Había buscado la singularidad y la tranquila pasión conjunta del matrimonio. Había tenido eso también, no supo qué hacer con ello y murió. Había buscado amor y había tenido amor, y había renunciado a él, lo había dejado marchar en el caos de la potencialidad. Katherine, pensó. «Katherine».
Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque sabía, siempre lo supo, que durante la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera. Había soñado con un tipo de integridad, un tipo de pureza cabal, había hallado compromiso y la desviación violenta de la trivialidad. Se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia. ¿Y qué más?, pensó. ¿Qué más?
¿Qué esperabas?, se preguntó.
Abrió los ojos. Estaba oscuro. Entonces vio el cielo afuera, la profunda negrura azulada del espacio y el débil brillo de la Luna a través de una nube. Debía de ser muy tarde, pensó. Parecía que sólo había pasado un momento desde que Gordon y Edith estuvieron con él, en la tarde luminosa. ¿O había sido hacía mucho? No sabía.
Comprendía que su mente debería debilitarse a medida que su cuerpo se consumiera, pero no estaba preparado para tanta rapidez. La carne es fuerte, pensó, más fuerte de lo que imaginamos. Siempre quiere continuar.
Oyó voces, vio luces y sintió el dolor ir y venir. El rostro de Edith flotaba sobre él, lo veía sonreír. A veces oía su propia voz hablando, y pensaba que hablaba racionalmente, aunque no estaba seguro. Sentía las manos de Edith sobre él, moviéndole, bañándole. De nuevo tenía un bebé, pensó, al fin tenía un niño del que poder cuidar. Deseaba poder hablar con ella, sentía que tenía algo que decir.
¿Qué esperabas?, pensó.
Algo pesado le presionaba los párpados. Los sintió temblar y luego consiguió abrirlos. Era luz lo que veía, el brillo del sol de la tarde. Parpadeó y contempló impasible el cielo azul y el brillo del trozo de sol que podía ver a través de la ventana. Decidió que era real. Movió una mano y al moverla sintió una curiosa fuerza Huyéndole por dentro, como del aire. Respiró profundamente, no había dolor. Con cada bocanada que tomaba le parecía que su fuerza se incrementaba, su cuerpo se estremecía y podía sentir el delicado peso de la luz y la sombra sobre su cara. Se incorporó en la cama hasta quedar medio sentado, apoyando la espalda en la pared contra la que estaba la cama. Ahora podía ver el exterior.
Sentía que había despertado de un largo sueño y estaba espabilado. Era finales de primavera o principios de verano —más bien principios de verano por cómo se veía todo—. Había opulencia y lustre en las hojas del gran olmo del patio trasero y la sombra que proyectaba tenía una frescura profunda que ya conocía. Una densidad flotaba en el aire, una pesadez que reunía los dulces olores de la hierba, los pétalos y las flores, mezclándolos y manteniéndolos suspendidos. Dio otra bocanada, profunda, escuchó la aspereza de su respiración y sintió la dulzura del verano acumularse en sus pulmones. Notó también, con la bocanada que tomó, un cambio en algún lugar de su interior, un cambio que detenía algo y se fijaba en su cabeza para no moverse. Después se le pasó y pensó: así que así es.
Se le ocurrió que debía llamar a Edith y luego supo que no la llamaría. Los moribundos son egoístas, pensó, se guardan sus momentos para sí, como los niños.
Respiraba de nuevo, pero dentro de él había algo diferente que no pudo identificar. Sentía que esperaba algo, algún conocimiento, pero le parecía que tenía todo el tiempo del mundo.
Oyó el sonido lejano de una risa y orientó su cabeza hacia aquel punto. Un grupo de estudiantes pasaba por delante de su patio trasero, se apresuraban hacia algún lugar. Los vio claramente, eran tres parejas. Las chicas tenían extremidades alargadas y gráciles y llevaban ligeros vestidos de verano. Los chicos las miraban maravillados con alegría y fascinación. Caminaban ligeros sobre la hierba, casi sin tocarla, sin dejar rastro de su paso. Los observó pasar hasta perderlos de vista, hasta donde él no podía ya seguirlos y, durante un largo rato, después de que se hubiesen desvanecido le llegó el sonido de su risa, lejana y desconocida en la quietud de la tarde veraniega.
¿Qué esperabas?, pensó otra vez.
Le sobrevino cierta alegría, como traída por la brisa del verano. Recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… como si importara. Ahora le parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida. Nebulosas presencias se agolparon en los márgenes de su conciencia; no podía verlas, pero sabía que estaban ahí, reuniendo fuerzas para convertirse en una clase de evidencia que no podía ver ni oír. Se aproximaba a ellas, lo sabía, pero no había ninguna prisa. Podía ignorarlas si quería, tenía todo el tiempo que quedara.
Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido.
Giró la cabeza. Su mesilla estaba atestada de pilas de libros que no había tocado en mucho tiempo. Dejó que su mano jugara con ellos un rato, maravillándose de la delgadez de sus dedos y de la intrincada articulación de las falanges cuando los flexionaba. Sentía la fuerza dentro de ellos y los dejó coger un libro del montón que había en la mesa. Era su propio libro el que buscaba y cuando lo tuvo sonrió ante la familiar cubierta roja que llevaba tanto tiempo descolorida y arañada.
Poco le importaba que el libro fuese olvidado y que no tuviera utilidad, y la cuestión de su valor en cualquier época parecía casi trivial. No tenía la ilusión de encontrarse a sí mismo allí, en las letras desvaídas, aunque, lo sabía, una pequeña parte de él que no podía negar estaba allí, y estaría allí.
Abrió el libro y, cuando lo hizo, se volvió algo ajeno. Dejó que sus dedos hojearan las páginas y sintió un hormigueo, como si estuviesen vivas. El hormigueo recorrió sus dedos y recorrió su carne y sus huesos. Fue perfectamente consciente y aguardó hasta que le poseyó, hasta que la vieja excitación parecida al terror se le fijó donde estaba. La luz del sol, entrando por la ventana, resplandecía sobre la página y no podía ver lo que allí había escrito.
Los dedos perdieron fuerza y el libro que sostenían se deslizó despacio y luego bruscamente sobre su cuerpo inmóvil, cayendo en el silencio de la habitación.”

Stoner
John Williams
traducción de Antonio Díez Fernández
Baile del Sol, 2012
Pág- 236-240

03/10/2019

novela perfecta....




STONER: “La novela perfecta”
por Manuel Nuño
artículo publicado en Maldita Cultura, el 26 de julio de 2019

    
“El crítico literario Morris Dickstein se decantó por la solemnidad del adjetivo más inalcanzable para describir la penúltima novela de John Williams. El epíteto tajante y definitivo fue plasmado en una reseña publicada por The New York Times que allá por 2006 anunciaba sin mayor aspaviento que dicha obra se sumaba al ecléctico catálogo de NYRB (New York Review Books). Aquella reimpresión podría considerarse como el enésimo intento de rescatar del frío olvido a una novela que todavía hoy críticos y expertos siguen preguntándose cómo puede ser tan desconocida. “De lo único que estoy seguro es de que es una buena novela; con el tiempo incluso podría considerarse como una gran novela”, le decía el autor a su agente literario poco antes de que fuera publicada. Esa primera edición apenas alcanzó las 2000 copias, pero lentamente, a la velocidad incierta del boca a boca, y tras varias décadas de inconstantes reediciones, el tiempo del que antes hablaba, aunque tarde, le acabó dando la razón.

John Edward Williams (1922-1994) fue un escritor estadounidense de pocas novelas. Cuatro para ser más exacto. Profesor universitario y Doctor en Literatura por la Universidad de Misuri. Un tipo que alternaba sus clases con una pasión y un amor desmedido por el arte de las letras. Fue poeta, novelista y uno de los principales miembros del programa de escritura creativa de la Universidad de Denver, donde estuvo enseñando por más de tres décadas. El hijo de César (1972), la número cuatro y última de sus obras narrativas, obtuvo el prestigioso National Book Award. Fue gracias a este reconocimiento que otra novela anterior (Stoner, 1965) comenzó a adquirir un tímido estatus de novela de culto. Eso hizo que cada cierto tiempo se reeditara y que el número de lectores fuese aumentando tibiamente. Después llegó a Europa y en 2012, casi cincuenta años después de su publicación, la cadena de librerías inglesa Waterstones la convirtió en Libro del Año. Sus ventas aumentaron de manera considerable, aunque quedando todavía muy lejos de convertirse en un bestseller. En España apareció un par de años antes de mano de la editorial tinerfeña Baile de Sol, cuya última edición impresa corresponde a 2018.  Dickstein la definió así en su reseña: “Stoner es algo más que una gran novela. Es una novela perfecta, bien narrada y bellamente escrita, tan conmovedora que te deja sin aliento”. Si entendemos la idea de perfección como una emoción surgida a raíz del deleite que produce la contemplación de un conjunto armónico en todos los sentidos, hemos de reconocer que, a pesar de la subjetividad inevitable y de su inabarcable amplitud, el crítico usa el término adecuado. Aunque cargar una obra con semejante atributo es depositar una enorme losa sobre ella, ya que queda en juego la posible decepción de que, aun siendo buena, no consiga responder a tan alta expectativa. Sin entrar en el terreno de los gustos o las preferencias de cada uno, lo cierto es que la novela de John Williams contiene las suficientes virtudes y aciertos como para situarse muy cerca de esa idea un tanto superficial que es la perfección.

Tom Hanks, el actor, recomendaba así su lectura: “Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en un maestro. Pero es una de las cosas más fascinantes que jamás he encontrado”. Y es que Stoner, básicamente, es eso. William Stoner, hijo de agricultores nacido a finales del XIX, acude a la universidad para cursar los estudios del programa de la nueva Facultad de Agricultura. Allí descubre su vocación literaria y acaba doctorándose en Filosofía. Decide convertirse en profesor y ejerce como tal hasta el día de su muerte. John Williams nos da todo el argumento de Stoner en las primeras veinticinco líneas de la novela. Dos párrafos en los que a modo de introducción se cuenta lo que va a acontecer en las casi trescientas páginas restantes. Pero nada estropea la fiesta porque, al igual que en la vida, los grandes acontecimientos solo son referentes en la distancia, el peso de la existencia se encuentra en la niebla que queda entre ellos. Y es ahí donde Stoner revela su potencial. Una historia simple contada de forma sencilla, con una prosa bella, fría e increíblemente precisa.

John Williams fue nieto de campesinos, estudió y se doctoró en la Universidad de Misuri, dio clases como profesor, se casó, tuvo descendencia y dio rienda suelta a sus inquietudes literarias hasta el día de su muerte. Los paralelismos entre la vida del escritor y la del protagonista de su obra, William Stoner, nos incitan a pensar que la novela posee una carga biográfica considerable, por más que el autor insista en que “es una obra de ficción” y que “ningún personaje retratado en ella está basado en ninguna persona viva o muerta”, así como “ningún acontecimiento”, nos reitera. Especulaciones aparte, Stoner logra transmitir una realidad pesimista desde la sobriedad descorazonadora de una escritura limpia que consigue ser al mismo tiempo tierna y despiadada. Se nos describe una existencia en la que los momentos felices escasean y los malos acechan y perduran. La vida misma en una época atravesada a fuego por dos guerras mundiales de las que, como curiosidad, sabemos que el autor se alistó para combatir en la segunda, mientras que su personaje protagonista rechazó hacerlo en la primera. Biográfica o no, lo cierto es que entre sus páginas se retrata algo real, reconocible y no pocas veces desalentador. No es una historia sobre hechos extraordinarios ni imposibles, el esfuerzo no siempre se ve recompensado ni las metas son necesariamente alcanzadas. Tampoco es un pozo oscuro de impotencia y depresión; algunas veces, pocas, las cosas salen como uno quiere, o incluso mejor de lo que había planeado. En definitiva, es el relato de una suma desigual de decepciones y satisfacciones que en su desproporción encuentra un perfecto equilibrio.

Antes de que Stoner fuese publicada por primera vez Williams trasladó a su agente el temor de que la novela hiciera su entrada en el circuito comercial bajo la etiqueta de novela académica. Sospechó que aquella clasificación iría, como probablemente fue, en detrimento de las ventas. Pero lo cierto es que no es fácil encajar en un género específico una novela como Stoner. Pongamos que es una novela académica, al menos técnicamente, puesto que personajes, trama y argumento pertenecen o suceden en la profundidad del entorno universitario. Lo que ocurre es que hay algo más que una historia sobre rivalidades entre profesores, méritos y burocracia administrativa. Aunque la universidad funcione como escenario principal por donde transitan los hechos que construyen la historia, el concepto va más allá de lo tangible para situarse en un entorno filosófico que supura existencialismo mediante la dignificación del fracaso y el valor de la integridad moral y del esfuerzo. “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo”, le dice David Masters, personaje secundario de aparición muy breve pero cuya influencia es un eco constante que resuena por toda la novela, a Stoner, en un mordaz y brillante diálogo en el que con mucha ironía reflexionan sobre cuál es el sentido de ese gran templo del saber. Esa es la idea que se mantiene y rige en todo momento las acciones de Stoner. Y esa es la esencia que predomina, más allá de la perfección, en esta carta de amor con forma de novela. La literatura como salvación y la universidad como refugio.”



02/10/2019

las lecturas de la maga -stoner 2-




Esta es una historia triste, profundamente triste y desoladora de un antihéroe que vive la épica de la vida diaria, de la medianía, de la vida gris de un profesor de literatura universitario. Y esa fatalidad que parece rodear al personaje es el tema de la novela: la fatalidad como guía de la vida de Stoner, frente al libre albedrio, la libre elección; una fatalidad que le hace recluirse dentro de la “piedra” que le rodea y le aísla del mundo exterior.  

Así, nuestro profesor, asiste al desarrollo de su vida como un mero espectador desconcertado, confuso, incluso cuando descubre el amor.

La técnica de Williams, narrando en tercera persona los devenires vitales de Stoner de forma lineal y a un ritmo pausado pero constante que mantiene el tono a lo largo de toda la obra, nos atrapa desde la primera línea, adentrándonos en la tremenda densidad psicológica y emocional del relato.

La Maga

“A veces, en la somnolencia perezosa que seguía a sus actos amorosos, permanecía en lo que le parecía un flujo lento y agradable de sensaciones y apacibles pensamientos, y en aquel flujo casi no sabía si hablaba en voz alta o meramente reconocía las palabras en las que acababa convirtiendo dichas sensaciones y pensamientos.

Soñaba con perfecciones, mundos en los que siempre estarían juntos y casi creía en la posibilidad de lo que soñaba. «Qué», dijo, «pasaría sí», y continuaba construyendo una opción casi más atractiva que aquélla en la que ambos existían. Poseían un lenguaje inarticulado en el que las posibilidades que imaginaban y elaboraban eran gestos de amor y celebración de la vida que ahora gozaban.

Ninguno de ellos había realmente imaginado la vida que tenían juntos. Pasaban de pasión a deseo y a una profunda sensualidad que se renovaba a sí misma por momentos.

«Deseo y aprendizaje», dijo una vez Katherine. «En realidad eso es todo, ¿verdad?».

Y a Stoner le parecía que aquello era perfectamente verdad, que ésa era una de las cosas que había aprendido. Porque en la vida que compartieron aquel verano no fue todo hacer el amor y conversar. Aprendieron a estar juntos sin hablar y se habituaron al reposo. Stoner traía libros al apartamento de Katherine y los dejaba allí, hasta que al final tuvieron que montar una estantería adicional. En los días que pasaban juntos Stoner retornaba a los estudios que había abandonado del todo, y Katherine continuaba trabajando en el libro que habría de ser su disertación. Durante horas se sentaba en el pequeño escritorio contra la pared, con la cabeza inclinada, intensamente concentrada en libros y papeles, con su pálido y delgado cuello curvándose y emergiendo de la bata oscura que llevaba habitualmente. Stoner se repantingaba en la silla o se tumbaba en la cama con idéntica concentración.

A veces levantaban los ojos de sus estudios, se sonreían, y volvían a la lectura. Eventualmente Stoner alzaba la vista de su libro y dejaba que su mirada se posara sobre la graciosa curva de la espalda de Katherine y el esbelto cuello sobre el que siempre caía un mechón de cabello. Luego un lento, sencillo deseo, le poseía despacio y se levantaba, quedándose tras ella y dejando que sus brazos descansaran suavemente sobre sus hombros. Ella se estiraba y dejaba caer la cabeza hacia atrás sobre su pecho, extendiendo él las manos hacia delante dentro de la bata suelta, tocando con delicadeza sus senos. Luego hacían el amor, yacían tranquilos un rato y regresaban al estudio como si amor y aprendizaje fuesen un único proceso.

Esto fue uno de los especímenes de los que ellos llamaban «opinión generalizada» que aprendieron aquel verano. Habían sido criados en una tradición que les decía, de una manera u otra, que la vida mental y la vida de los sentidos eran distintas y, de hecho, contrapuestas. Habían creído, sin ni siquiera haberlo meditado realmente, que una tenía que ser elegida a expensas de la otra. Nunca se les había ocurrido que una pudiera dar intensidad a la otra, y como la encarnación vino antes que el reconocimiento de la verdad, fue un descubrimiento que les pertenecía a ellos solos. Empezaron a coleccionar especímenes de la «opinión generalizada» y los acumularon como si fueran tesoros; les ayudó a aislarse de un mundo que les proporcionaría tales opiniones y contribuyó a unirlos sin prisa pero sin pausa.”


Stoner
John Williams
traducción de Antonio Díez Fernández
Baile del Sol, 2012
Pág- 174-175