04/10/2021

jane austen, 1

 




Orgullos y prejuicios en la alta sociedad

por Juan Bonilla

El Mundo, 15/07/2017

“Las novelas de Jane Austen suceden todas ellas en un planeta lejano: el final del siglo XVIII, el comienzo del XIX. Estudiando la que muchos consideran la mejor de ellas, Mansfield Park, Vladimir Nabokov la definía como una "tela de araña", y la definición vale para casi todas las novelas de Austen, desde Sentido y sensibilidad a Emma. Esos hilos están hechos de un material que hoy puede resultarnos tan fascinantemente lejano como las piedras de un planeta inventado: los modales, el honor familiar, la felicidad conyugal obtenida después de un examen casi científico de los candidatos.

Los escenarios siempre son -con algunas incursiones en la gran ciudad- los de la clase alta -o media alta- instalada en el campo. Todos los personajes tienen un montón de tiempo entre las manos, y la clave esencial de todas las novelas es la búsqueda del amor -un amor que, gracias a la singular ironía y la maestría de la voz narradora, resulta siempre de un beneficioso romanticismo: amor e interés se enlazan con soberbia nitidez en las novelas de Austen y, si alguno de sus personajes cae en algún momento del lado del romanticismo desatado, enseguida vendrá la vida -y sus negocios- a ponerlo en su lugar.

No es de extrañar que los investigadores de disciplinas distintas a la novela -historiadores, sociólogos- busquen de manera insaciable información en los libros de Jane Austen como si éstos no fuesen "cuentos de hadas", que finalmente lo son, sino fidedignos documentos históricos donde quedan fijados los modos de comportarse de una clase social -que no sólo es protagonista de las novelas, sino también su primera receptora-, el número de vestidos que debe tener una dama, la cantidad de acres que debe poseer una familia para considerarse digna de ser invitada a una fiesta, el número de tenedores que debe lucir una mesa (hay una escena en una de las novelas de Austen en la que una de las protagonistas entra en depresión porque van a ofrecerle una comida a su pretendiente y les faltan los tenedores para la fruta, que han tenido que empeñar para conseguir unas monedas), y detalles de ese estilo.

También la sojuzgación de la mujer como ente al que no se le permite la propiedad ni cuando le corresponda por herencia o que se queda desasistida por completo en cuanto falta el pater familias, y cuya única posibilidad de no descender de la clase alta al arroyo es el matrimonio, si no quiere quedar a expensas de los deseos de un hermano, de un primo, de un tío.

Los actos de un miembro familiar -pues la familia es elocuentemente el terreno de juego donde se disputan las tramas de las novelas de Austen- pueden acarrear la desgracia de toda la familia: una muchacha que se escapa en un rapto de deseo, cargará con la culpa no sólo de haber proporcionado un gran disgusto a sus padres, sino también de haberse cargado la reputación de toda la familia, que será colocada inmediatamente por sus iguales en el infierno de las familias que no son de fiar, a las que no se les debe invitar a cenas y convites.

En las novelas de Jane Austen danzan manadas de personajes, pero con tantísima sabiduría narrativa que rara vez se encuentra uno perdido en el caudal de información que la novelista va ofreciendo en dosis exactas, con una perspicacia que es una de sus grandes dotes y que permite, precisamente, que no haga falta pertenecer a la clase social a la que las novelas se dirigían, ni tener el más mínimo interés en la época en la que se sitúan, para disfrutarlas igualmente pues, una vez echados abajo los cortinajes de las circunstancias de cada cual, quizá sea verdad que todos estamos hechos de lo mismo.

Hay además, en todas ellas, una especie de levedad aérea que vuelve muy acertada la definición de Nabokov: es muy fácil quedar atrapados en esa tela, es muy fácil sentir la sed de la magia narrativa que pone en marcha la autora, y es muy fácil satisfacer esa sed.

¿Quién era esta mujer que en poco tiempo produjo tal cantidad de novelas singulares? No puede extrañar que cuando Edmund Wilson tuvo que escoger, a petición de Nabokov, dos escritores ingleses que merecieran ser lectura obligatoria para el alumnado de Cornell, dijese sin asomo de dudas: Dickens y Jane Austen. Su primera novela la firmó como "Una dama". La siguiente ni la firmó. Sus primeros lectores pertenecían al círculo familiar: en realidad fue para ellos para quienes empezó a escribirlas después de devorar decenas de novelas exaltadas a las que mejoró con una severa corrección en el tono, en la rebaja del dramatismo, en los arpegios de comedia que salpican todas sus tramas.

Jane Austen, hija de un párroco anglicano de un pueblo de Hampshire, tenía una curiosidad insaciable que le permitía adquirir conocimientos que después utilizaba con notable destreza en sus ficciones: así, el hecho de que algunos de sus seis hermanos (tenía además una hermana con la que mantuvo un largo epistolario) ingresaran en el ejército, le permitió saber en qué consistía la vida cotidiana en un regimiento militar, lo que enriqueció algunos capítulos de Orgullo y Prejuicio. En una de sus cartas, Austen revelaba que pertenecía a una familia de devoradores de novelas que no se avergüenzan de serlo, dado que la novela en la época georgiana era poco menos que un vicio nefando para las criaturas de buena cuna, al tratarse de una forma literaria que solo podía disfrutar el narcisismo de la clase media que iba creciendo con la industrialización.

Tenía como escritores de cabecera a Fielding y a Richardson, pero su favorita era Fanny Burney, la autora de Evelina, una novelista a la que sin duda vampirizó y mejoró: las damas desfavorecidas de una y otra autora que buscan un amor en que salvar la reputación familiar parecen pertenecer al mismo arquetipo, pero lo que en Burney es drama desolado con mucha moralina, en Austen se tinta de comedia para erguir lecciones que no pretenden ser sólo edificantes, que lo son o lo quieren ser, sino que consiguen retratos morales de sus personajes. Si no fuera así, todo el que no perteneciera al círculo natural de sus lectores quedaría fuera de sus minuciosas tramas, pero de la misma manera que no hace falta haber ido a Marte para disfrutar de las Crónicas Marcianas de Bradbury, no hace falta ser de la aristocracia rural inglesa para quedar hipnotizado por Jane Austen.

Como en una de sus novelas, las hermanas Austen y su madre quedaron desprotegidas después de la muerte del padre. Uno de sus hermanos les dio alojamiento en una de sus propiedades en Chawton, donde Jane Austen se dedicó a revisar el manuscrito de Sentido y Sensibilidad. Cuando apareció, los familiares hicieron circular el mandato de que a nadie se le ocurriese desvelar quién era la autora. Pero la novela tuvo éxito y, con la publicación de Orgullo y prejuicio, los lectores empezaron a preguntarse por la identidad de la escritora. Al parecer las indiscreciones orgullosas de algunos familiares se encargaron de revelar quién estaba detrás de aquellas dos novelas.

Luego siguieron Mansfield Park, la gran tela de araña de la obra de Austen, y Emma, su personaje más eufórico y enérgico, que recibió un comentario muy favorable de Walter Scott, considerando que el talento de la autora se cifraba en la capacidad para volver extraordinarios personajes que a todos los lectores, en principio, habrían de resultarles comunes. Esto que para Scott merecía ser resaltado, para Charlotte Bronte era casi un delito: "Las novelas de Austen no son sino daguerrotipos de escenas comunes: un jardín cerrado de flores delicadas, pero nada de aire fresco, ni un vívido personaje brillante". El más violento de los receptores de la obra de Austen fue Mark Twain, que definió como "buena biblioteca" aquella que no contuviese un solo volumen de Jane Austen.

A pesar de semejantes misiles, la fama de la autora creció lo suficiente como para que se hiciese legendaria la leyenda de que mandó que no arreglaran una puerta que chirriaba porque gracias a los chirridos quedaba avisada de que algún curioso se atrevía a asomarse a su estancia y le daba tiempo a guardar lo que estuviese escribiendo. Tenga base real o no la leyenda, lo indiscutible es que esa celebridad no haría más que crecer con el tiempo, colocando merecidamente a Jane Austen como nombre imprescindible en la evolución de la novela inglesa. Una influencia, la suya, que llega limpiamente a nuestros días.”

03/10/2021

l'autora del mes

 

Tras los pasos de Jane Austen

Espido Freire

Ariel, 2021

Los paisajes y lugares que marcaron la vida de la escritora.

Este libro de la escritora bilbaína no es un ensayo al uso, tampoco un libro de viajes, aunque tenga mucho de ambos. Es un recorrido emocional por los territorios reales y ficticios de una de las escritoras británicas más admiradas. Con multitud de lectoras, Jane Austen sigue siendo un referente de la novela de sentimientos y de la literatura femenina de superación y empoderamiento. Austen es también un modelo en cuanto a construcción literaria e integración de vida y obra. Jane Austen agrada a quienes deseen una bonita historia de amor y a quienes quieran encontrar un mensaje de valor e independencia. Como todos los clásicos, nos ofrece un espejo deslumbrante de nuestra esencia, pero, a diferencia de otros autores, lo hace con tal habilidad que parece cotidiano. Con ternura y admiración, Espido Freire recorre los paisajes y lugares que marcaron la vida de la escritora, sin ocultar sus contradicciones. La autora británica que normalmente se asocia con el puritanismo y la imagen de una solterona compulsiva se desvela en estas páginas como una gran amante: una mujer en muchos momentos apasionada y revolucionaria.

Fragment:

"Jane Austen es la escritora que mejor conozco, la que he estudiado con mayor profundidad, cuya obra he leído en más ocasiones y con más calma; la siguen muy de cerca las hermanas Brontë y Shakespeare, Teresa de Ávila, Mary Shelley y Rosalía de Castro. He escrito y hablado sobre la generación de las Sin Sombrero, Virginia Woolf, Carolina Coronado, Sylvia Plath, Cervantes, sobre autores muy conocidos y otros menos populares, he convertido en una causa y una pasión personal la divulgación entre lectores, y en ocasiones entre oyentes o espectadores, de los nombres y la obra de aquellos que escribieron antes que yo y cuyas palabras no deben ser olvidadas, y me ha resultado una labor particularmente querida cuando hablaba de escritoras. Todo ello comenzó con Jane Austen. Leí por primera vez una de sus obras, Orgullo y prejuicio, cuando era una adolescente. Me gustó mucho, como me atraían en aquellos momentos las obras de factura perfecta, aquellas en las que comenzaba a vislumbrar un juego con el lector, una labor del escritor como un maestro de ceremonias, pero me faltaban años para apreciar aún su grandeza. Por el contrario, Cumbres borrascosas, con sus excesos innombrables y sus personajes predestinados, se convirtió, sin duda, en un libro de cabecera."

02/10/2021

la cuina de vespres

 




Guiso de Verduras con huevo Pochado.

Por: Juan Mesa

Ingredientes:

- 2 dientes de ajo
- 2 cebollas
- 4 tomates
- 1 pimiento rojo
- 2 zanahorias
- 400gm de alcachofa
- 400gm de habas
- 2 patatas
- 1 cucharada de pimentón dulce
- 1/2 cucharada de comino molido
- sal, pimienta, aceite de oliva
- 2 hojas de laurel
- Huevos

Preparación:

Ponemos aceite de oliva en una cazuela, añadiremos los ajos laminados, la cebolla troceada, las dos hojas de laurel y el pimiento rojo troceado.





Dejamos pochar
Añadimos los tomates, un poco de sal y dejamos freír el tomate con la verdura.



Añadimos el pimentón y mezclamos.


Retiramos las hojas de laurel y trituramos


Añadimos las hojas de laurel, las zanahorias peladas y troceadas, las alcachofas, las habas y las patatas troceadas.
Ponemos el comino y la pimienta


Cubrimos con agua o caldo. Cocinamos a fuego medio 30mts +/-


Al final, pochamos los huevos. Dejar reposar y servir caliente
Buen provecho


la cuina de vespres

 




Galetes de civada

per Andrés

Ingredients:

Plàtan molt madur
Flocs de civada
Canyella molta




Elaboració:

Xafa el plàtan amb l’ajuda d’una forquilla i barreja amb flocs de civada i afegeix una mica de canyella mòlta.





Reparteix la massa en petites porcions, més o menys la quantitat que cap en una cullerada de postres, a sobre d’una placa de forn recoberta de paper vegetal i cou al forn 15-20 minuts.





Conservar-les en un pot ben tancat.

bon profit!!!!!

01/10/2021

el quinto hijo, final

 

“¿Y qué le ocurriría ahora a Ben? Él ya sabía lo de los edificios medio abandonados, las cuevas y cavernas y refugios de las grandes ciudades, en los que vivían las personas que no podían encontrar un lugar en las casas y hogares corrientes; tenía que saberlo; ¿dónde si no podría haber estado durante aquellos períodos de días o semanas en que desaparecía de casa? Y si pasaban a formar parte a menudo de las grandes multitudes, de los que buscan emociones en los disturbios y las peleas callejeras, la policía no tardaría en conocerles a él y a sus amigos. Él no era de los que pasan desapercibidos… aunque, ¿por qué lo decía? Ninguna persona con autoridad había visto nunca a Ben desde que había nacido… Cuando ella le vio en televisión entre la gente, llevaba una chaqueta con el cuello alzado y una bufanda y parecía el hermano pequeño… quizá de Derek. Parecía un colegial corpulento. ¿Se habría puesto aquella ropa para pasar desapercibido? ¿Quería aquello decir que sabía qué aspecto tenía? ¿Cómo se veía él mismo? ¿Iba a negarse siempre la gente a verle, a reconocer lo que era?

No sería, no podría ser, alguien con autoridad, que entonces tendría que asumir la responsabilidad. Ningún profesor, médico ni especialista había sido capaz de decir: «Esto es lo que es»; tampoco lo haría ningún policía, ni médico policía, ni asistente social. Pero supongamos que un día, algún amateur de la condición humana, tal vez un antropólogo de un tipo extraño, viera realmente a Ben, digamos que le viera en la calle con sus amigos, o en un juzgado de guardia, y admitiera la verdad. Rareza reconocida… ¿qué pasaría entonces? ¿Podría acabar aún Ben sacrificado a la ciencia? ¿Qué le harían? ¿Le diseccionarían? ¿Examinarían aquellos huesos suyos como estacas, sus ojos, y averiguarían por qué su habla era tan bronca y torpe?

Si esto no ocurría (y su propia experiencia con Ben hasta el presente le indicaba que era bastante improbable) le presagiaba un futuro peor aún. La pandilla seguiría manteniéndose del robo y antes o después les cogerían. También a Ben. Y en manos de la policía, lucharía y gritaría y patalearía y vociferaría, loco de rabia, y le drogarían, porque tendrían que hacerlo; y no tardaría mucho en estar como estaba cuando ella le encontró muriéndose, como una babosa gigante, pálido y exánime en su mortaja de tela.

¿O podría evitar que le cogieran? ¿Era lo suficientemente listo para conseguirlo? Aquellos compañeros suyos, los de la pandilla, no lo eran desde luego, se delataban con su exaltación y su júbilo.

Harriet seguía sentada allí en silencio, el sonido de la televisión y de sus voces le llegaban de la habitación de al lado; y a veces miraba un instante a Ben y apartaba la vista; y se preguntaba cuánto tardarían en irse, quizá sin saber que no volverían. Ella se sentaría allí, junto a la quieta y suave superficie brillante de aquella charca que era la mesa y esperaría que volvieran, pero no volverían.

¿Y por qué habían de quedarse en el país? Podrían irse sin problema y desaparecer por toda una serie de grandes ciudades del mundo, unirse con el submundo de allí, vivir de su ingenio. Tal vez muy pronto, en la nueva casa en que viviría ella (sola) con David, estuviera viendo un día la televisión y allí en las noticias de Berlín, Madrid, Los Ángeles, Buenos Aires, apareciese Ben, un poco distanciado de la multitud, mirando fijamente a la cámara con sus ojos de duende, o buscando entre los rostros de la multitud otro de su propia especie.”

El quinto hijo
Doris Lessing
Santillana, 2007
páginas 221-224

30/09/2021

el quinto hijo, fragmento

 

“Cuando le pidió al doctor Brett que le concertara una cita con un especialista, le dijo:

—Por favor, no me haga parecer una especie de idiota histérica.

Llevó a Ben a Londres. Le dejó al cuidado de la enfermera de la doctora Gilly. La doctora Gilly prefería ver primero al niño solo, sin los padres. Parecía razonable. Tal vez aquella doctora fuera sensata, se decía Harriet mientras tomaba un café en una cafetería pequeña, y luego se preguntó qué habría querido decir con aquello. ¿Qué es lo que espero ahora? Decidió que lo que deseaba era que por fin alguien empleara las palabras adecuadas, que compartiera la carga. No, no esperaba que la liberaran, ni siquiera que las cosas pudieran cambiar mucho. Quería que se reconociera su situación, que se otorgara a su problema su dimensión real.

En fin, ¿era probable? Llena de sentimientos contradictorios (deseando por un lado ayuda, escéptica por otro: Bueno, ¡qué esperabas!) volvió y se encontró a Ben con la enfermera en un cuartito junto a la sala de espera. Con la espalda apoyada en la pared, Ben observaba todos los movimientos de la enfermera como un animal cauteloso. Al ver a su madre, corrió a su lado y se escondió detrás de ella.

—Vamos —dijo la enfermera con acritud—, no tienes por qué hacer eso, Ben.

Harriet le mandó sentarse y esperar; le dijo que volvería en seguida. Se colocó detrás de una butaca y se quedó allí de pie, alerta, con los ojos clavados en la enfermera.

Luego Harriet se encontró sentada frente a una sagaz profesional a la que le habían dicho (Harriet estaba convencida) que era una madre irracionalmente preocupada, incapaz de manejar a su quinto hijo.

—Iré directamente al grano, señora Lovatt —dijo la doctora Gilly—. El problema no es Ben sino usted. A usted no le gusta demasiado.

—Oh, Dios mío. ¡Otra vez no, por favor! —estalló Harriet, en un tono malhumorado, lastimero. Miraba a la doctora Gilly, atenta a su reacción. Al fin dijo—: Se lo ha dicho el doctor Brett y ahora lo dice usted.

—Bien, señora Lovatt, ¿acaso lo niega? He de decirle, en primer lugar, que no es culpa suya. Y también que es bastante frecuente. No podemos elegir lo que nos saldrá en la lotería… y eso es tener un hijo. Por suerte o por desgracia, no podemos elegir. Lo primero que tiene que hacer usted es no culparse.

—Yo no me culpo —dijo Harriet—. Aunque no espero que lo crea. Pero es una triste gracia. Creo que desde que nació Ben, siempre me han echado la culpa. Me siento como una delincuente. Me han hecho sentirme así continuamente. —Mientras hablaba, con voz chillona, que no podía cambiar, iban saliendo a borbotones todos los años de amargura. La doctora Gilly la miraba—. ¡Es verdaderamente asombroso! Nadie me ha dicho nunca, nadie, jamás: «¡Qué habilidosa eres, has conseguido tener cuatro niños preciosos extraordinariamente inteligentes y normales! Puedes estar orgullosa. ¡Muy bien, Harriet!» ¿No le parece a usted extraño que nadie me lo haya dicho nunca? ¡Pero, con lo de Ben… soy una delincuente!

Tras una pausa para analizar lo que había dicho Harriet, la doctora Gilly dijo:

—No soporta el hecho de que Ben no sea inteligente, ¿es eso?

—Oh, Dios mío —dijo Harriet con furia—. ¡Cuál es el problema!

Las dos mujeres se miraron fijamente. Harriet suspiró, dejando que su furia se aplacara; la doctora estaba irritada, pero no lo demostraba.

—Dígame —dijo Harriet—, ¿quiere decir usted que Ben es un niño normal en todos los sentidos? ¿Que no tiene nada de raro?

—Está dentro de la escala de la normalidad. Me han dicho que no le va muy bien en el colegio, pero es frecuente que los niños lentos adelanten posteriormente.

—No puedo creerlo —dijo Harriet—. Mire, hagamos una cosa…, bien, de acuerdo, permítame hacerlo. Dígale a la enfermera que traiga a Ben.

La doctora Gilly lo pensó. Luego habló por el aparato.

Oyeron a Ben gritar «¡No! ¡No!» y la voz persuasiva de la enfermera.

Se abrió la puerta. Apareció Ben; la enfermera le había empujado a la habitación. La puerta se cerró a su espalda y él retrocedió apoyándose en ella y mirando a la doctora.

Se quedó allí con los hombros inclinados hacia adelante y las rodillas dobladas, como si estuviera a punto de saltar hacia algún sitio. Era regordete, pequeño y fornido, con la cabeza enorme, con aquel rastrojo de áspero pelo amarillento que le crecía de la doble coronilla hasta la parte inferior de la frente estrecha y gruesa. Tenía la nariz chata, aflautada y respingona. Los labios carnosos y ondulados. Los ojos parecían protuberancias de piedra opaca. Por primera vez, Harriet pensó: «No parece un niño de seis años sino mucho mayor. Casi podrías tomarlo por un hombre pequeño, pero no por un niño.»

La doctora miró a Ben. Harriet los miró a ambos. La doctora dijo:

—Bien, Ben. Ahora vete. Tu madre irá en seguida.

Ben seguía allí petrificado. La doctora Gilly volvió a hablar por el aparato, se abrió la puerta y Ben fue sacado a rastras del despacho, gruñendo.

—Dígame, doctora Gilly, ¿qué ha visto usted?

La actitud de la doctora Gilly era cauta, estaba ofendida; estaba calculando el tiempo que faltaba para que concluyera la entrevista. No contestó.

Harriet sabía que era inútil, pero deseaba oírlo, que se dijera; así que dijo:

—No es humano, ¿verdad?

Súbita, inesperadamente, la doctora Gilly dejó traslucir lo que pensaba. Se incorporó, suspiró hondo, se cubrió la cara con las manos y las bajó hasta quedar sentada con los ojos cerrados y los dedos sobre los labios. Era una mujer de mediana edad, agraciada, segura de sí misma; pero durante sólo un instante, se manifestó en ella una angustia ilícita e ilegítima y pareció fuera de sí, aturdida, incluso.

Luego decidió rechazar lo que Harriet sabía que era un momento de sinceridad. Dejó caer las manos, sonrió y dijo en broma:

—¿De otro planeta? ¿Del espacio exterior?

—No. Bueno, usted le ha visto, ¿no? ¿Cómo sabemos el tipo de pueblos… de razas quiero decir… de criaturas diferentes a nosotros que han vivido en este planeta? En el pasado. En realidad no lo sabemos, ¿verdad? ¿Cómo sabemos que los gnomos y los duendes, ese tipo de criaturas, no viven verdaderamente aquí? Y que por eso contamos historias sobre ellos. Que existieron realmente en otros tiempos… Bueno, ¿cómo sabemos que no?

—¿Cree usted que Ben es un salto atrás? —preguntó muy seria la doctora Gilly. Parecía bastante dispuesta a admitir la idea.

—Me parece evidente —dijo Harriet.

Otro silencio; la doctora Gilly examinó sus manos bien cuidadas. Suspiró. Luego alzó la vista y miró a Harriet a los ojos diciendo:

—Si así fuera, ¿qué espera usted que haga yo?

Harriet insistió:

—Quiero que se diga. Quiero que se reconozca. Es que sencillamente no puedo soportar que nadie lo diga nunca.

—¿Pero es que no se da usted cuenta de que está fuera de mi competencia? Es decir, si fuera cierto. ¿Acaso quiere que le dé una carta para el zoo, para que lo metan en una jaula? ¿O que lo entregue a la ciencia?

—Dios mío, no —dijo Harriet—. No, claro que no.

Silencio.

—Gracias, doctora Gilly —dijo Harriet, dando por terminada la entrevista de la forma habitual. Se levantó—. ¿Estaría usted dispuesta a recetarme un calmante bien fuerte? A veces no puedo dominar a Ben y necesito alguna ayuda.”

El quinto hijo 
Doris Lessing
Santillana, 2007
páginas 174-180

29/09/2021

el quinto hijo

 



Embrujado por Doris Lessing

por Steve Almond

The New York Times Book Review

12/12/2013



"Mi interés en Doris Lessing, ganadora del Premio Nobel y una de las escritoras más célebres del mundo, se deriva de un solo libro, la novela de 1988 "El quinto hijo", que me ha perseguido durante más de 20 años.

La historia trata sobre una joven pareja británica idealista, Harriet y David Lovatt, unidos en su deseo de formar una familia numerosa. Rápidamente tienen cuatro hijos y construyen lo que parece ser una vida idílica. Luego, en contra del consejo de sus familiares, Harriet vuelve a quedar embarazada. Casi de inmediato, se siente envenenada por el ser que crece dentro de ella; y desde el momento en que nace, Ben se ve y se comporta como un monstruo: violento, insaciable, sin remordimientos. Eventualmente es institucionalizado, pero su madre culpable lo rescata, un acto que efectivamente destruye a su familia.

“El quinto hijo” es una obra de horror que horroriza al subvertir nuestro supuesto cultural más sagrado: la inocencia de los niños. También es una historia que conocía en mis huesos. Los niños monstruosos fueron, podría decirse, un tema dominante en mi infancia.

Mis hermanos y yo éramos chicos de los suburbios que se portaban bien y nos atacaban en privado. Luchamos contra puños y burlas crueles y ocasionalmente con uñas y dientes . Cuando crecimos, mi madre, psicoanalista, escribió un libro llamado "El monstruo interior". Se trata de la ambivalencia materna y, específicamente, el miedo de las mujeres a dar a luz a monstruos, una fascinación, siempre sospeché, que surgió en parte de sus combativos hijos. Mi madre vio la novela de Lessing como una parábola psicológica sobre la codicia genética. Harriet y David Lovatt quieren un número ilimitado de niños independientemente de su capacidad para cuidarlos. Su quinto hijo encarna este apetito despiadado.

Como padre de dos niños pequeños, encontré esta interpretación reveladora pero profundamente inquietante, particularmente después de que mi esposa anunció el año pasado que estaba embarazada. No pude evitar sentir un espasmo de pavor. ¿Habíamos asumido demasiado? ¿Seríamos castigados ahora?

Me alivia informar que nuestro tercer hijo es perfectamente dulce, al menos hasta ahora. Pero el poder de "El quinto hijo" permanece intacto. Cada vez que lo leo (y lo he leído más veces de las que me gustaría admitir), siento la misma maraña de miedo, desesperación, frustración y alegría mórbida. Esto puede parecer un extraño conjunto de sentimientos. Pero Lessing fue el tipo de escritora que entendió que el propósito de la literatura no es solo entretener. Debería hacernos sentir implicados. Leemos, en parte, para volver a experimentar los deseos y lamentos de nuestra infancia.

La parte de mí que sigue regresando al "El quinto hijo" es la que anhela perpetuamente esa gran familia feliz, sabiendo que será destruida por impulsos bestiales pero impotente para renunciar al sueño."