27 de set. 2015

el carreró

"Se anunciaba la puesta de sol, envolviendo el callejón de Midaq en un velo de sombras, más oscuro aún porque estaba encerrado entre tres paredes, como una ratonera. Se entraba a él por la calle Sanadiqiya, y luego el camino subía en desorden, flanqueado por una tienda, un horno y un café a un lado, por otra tienda y un bazar al otro, para acabar de pronto, igual que acabó su pasado glorioso, ante dos inmuebles contiguos, compuestos de tres pisos cada uno.

Los ruidos del día se habían apagado y comenzaban a oírse los del atardecer, susurros dispersos, jaculatorias, "Buenas noches a todos", "Pasad, es la hora de la tertulia". "¡Sé bueno, tío Kamil, y cierra la tienda!", "¡Cambia el agua del narguile, Sanker!", “¡Apaga el horno, Yaada!", "Este hachís me oprime el pecho", "Cinco años de apagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados. (…)

La luz de la mañana iluminaba el callejón y un rayo de sol daba contra la parte superior de las paredes del bazar y de la barbería. Sanker, el camarero del café, rociaba el suelo con agua de un balde. El callejón de Midaq se disponía a pasar otra de las páginas de su vida cotidiana. Los habitantes daban la bienvenida a la mañana con su griterío habitual. A aquella hora temprana, el tío Kamil, de manera poco usual en él, estaba de pie frente a una fuente de dulces rodeado por unos escolares y se llenaba el bolsillo con los céntimos que le daban. Enfrente, el barbero afilaba las navajas y Yaada, el panadero, transportaba las masas de las casas vecinas. Los empleados de Alwan comenzaron a llegar. Kirsha estaba sentado detrás de la caja, sumido en su habitual sopor. Cerca de él estaba el jeque Darwish, silencioso y postrado. A esta hora temprana, también la señora Afifi se asomaba a la ventana y despedía a su joven marido que abandonaba el callejón, camino de la comisaría en que trabajaba.

Así continuaba la vida en el callejón de Midaq, cuyo monótono ritmo apenas podía ser interrumpido por la súbita desaparición de una de sus muchachas o por el encarcelamiento de un hombre, incidentes que encrespaban las aguas durante unos instantes para volver, luego, a la calma -o a la quietud- del lago. Llegaba la noche y los incidentes del día pasaban al olvido".

El callejón de los milagros
Naguib Mahfouz
Alcor,1988
pág. 7 y 296


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