
Aún no mediada la lectura – voy por la página 400, aproximadamente-, ya puedo afirmar que me cuesta horrores engancharme a la historia de los
Carrión y los Fernández.
La apuesta de la
Grandes es muy alta: bucear en las razones o sinrazones que llevaron a la fractura de la sociedad española en el primer tercio del siglo veinte, así como la posterior losa de miedo y silencio que la cubrió (¿y cubre todavía?) durante las siguientes décadas. Con este fin, el genio narrativo de nuestra autora idea la historia de dos supuestas familias madrileñas –
los Carrión y los Fernández- a las que, como tantas otras, el conflicto desmembró irremediablemente. Las primeras páginas nos van introduciendo en los meandros de esos lazos familiares – intrincados, en verdad –
(la página oficial del libro muestra los árboles genealógicos de las dos familias) a la par que la narradora nos va desvelando, parsimoniosamente, las antiguas historias silenciadas de las dos familias. En este ir y venir del pasado al presente, uno de los protagonistas y también narrador, ¿principal, secundario?, Álvaro Carrión; nos va desvelando sus descubrimientos sobre la verdadera historia de su familia. Y,…. en eso estoy.
Porque digo que me cuesta horrores agarrarme a las historias de esta novela: porque, a pesar de que algunas frases o párrafos son brillantes e intensos, las constantes reiteraciones de algunas ideas, la dilatación excesiva de las escenas y una abigarrada adjetivación, dan al conjunto de los capítulos una sensación de pesadez, de profundo lastre en el discurrir de la trama. No pido acción y escenas trepidantes, pero tengo una sensación creciente de que la autora está alargando la narración artificialmente. Veamos un ejemplo, para indicarnos que Álvaro ha quedado rendido ante la belleza de Raquel, tema que repite reiteradas veces a lo largo de las páginas que llevo leídas – obvio, eso si, la constante alusión a la desproporción de sus caderas, ¡parece una manía!- nos dice:
“Sentía frío y sentía calor, estaba muy cerca, muy lejos de ella, me había perdido y navegaba sin mapas, sin brújula, sobre una voz emocionada pero tensa, dulce y violenta a la vez. Acababa de naufragar en sus palabras, en los adjetivos desmesurados y certeros, exactos y sin embargo ambiguos, que eran justos para calificar al hombre al que evocaban pero injustos para mí, porque yo no era capaz de interpretarlos, no lograba ajustar su sonido a su significado, no sabía desprender su contenido cálido, amable, de la corteza endurecida y seca que los envolvía. No había visto los ojos de Raquel mientras hablaba, ella no me había consentido contemplarlos, pero había visto sus labios, su boca de mujer que sabe reírse, que sabe que reír le favorece, u sobre ellos, una grisura áspera, un engranaje obvio, una sonrisa trivial y mecánica detrás de cada punto y seguido, en cada sílaba, en cada verbo, en cada elogio decidido y sincero de un hombre que los merecía, pero cuya memoria no era capaz de iluminar un rostro tan hermoso, su piel tersa apagándose de pronto como la de un melocotón mustio, corriente” (página 212)
Esta claro, por este ejemplo, que la autora no sigue los consejos del autor que cita al inicio del libro y que, al parecer, le han inspirado el título del mismo. Antonio Machado, autor de tan famosos versos, abre una de sus obras más conocidas, Juan de Mairena, con un diálogo, también archiconocido, entre un alumno y Mairena, con estas palabras:
“- Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”
El alumno escribe lo que se le dicta.
- Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”
- MAIRENA: No está mal”
Antonio Machado, Juan de Mairena, Losada, Buenos Aires, 1977 (6), página 7
Lo que pasaba en la calle… De las lecturas paralelas que me gusta hacer alrededor de los libros que leemos, tropiezo con unos versos de Jaime Gil de Biedma.
Años triunfales
Media España ocupaba España entera
Con la vulgaridad, con el desprecio
total de que es capaz, frente al vencido,
un intratable pueblo de cabreros.
Barcelona y Madrid eran algo humillado.
Como una casa sucia, donde la gente es vieja,
la ciudad parecía más oscura
y los Metros olían a miseria.
Con luz de atardecer, sobresaltada y triste,
se salía a las calles de un invierno
poblado de infelices gabardinas
a la deriva, bajo el viento.
Y pasaban figuras mal vestidas
de mujeres, cruzando como sombras,
solitarias mujeres adiestradas
-viudas, hijas o esposas-
en los modos peores de ganar la vida
y suplir a sus hombres. Por la noche,
las más hermosas sonreían
a los más insolentes de los vencedores.
Jaime Gil de Biedma, Poética, Alianza, Madrid, 1981 (páginas 84-85)
Me imagino a Julio Carrión y sus amigos en el hotel...no hay más comentarios…por ahora