09/11/2012

comença l'aventura



Marc Stanley Fogg (por Marco Polo, por el Stanley que encontró a Livingstone y por el Phileas Fogg de La vuelta al mundo en ochenta días) está a las puertas de la edad adulta cuando los astronautas americanos ponen el pie en la luna. Hijo de padre desconocido, muerta su madre cuando él tenía once años, Marc Stanley fue criado por su tío Victor, un excéntrico que se ganaba la vida tocando el clarinete en orquestas de mala muerte. Ahora, en el comienzo de la era lunar y muerto Víctor, Marc Stanley Fogg tiene dinero para sobrevivir unos pocos meses más.
El palacio de la Luna
Paul Auster
Pág. 5

La división del mundo

I

Aquí empieza la rúbrica de este libro denominado: la división del mundo.

Señores emperadores, reyes, duques y marqueses, condes, hijosdalgos y burgueses y gentes que deseáis saber las diferentes generaciones humanas y las diversidades de las regiones del mundo, tomad este libro y mandad que os lo lean, y encontraréis en él todas las grandes maravillas y curiosidades de la gran Armenia y de la Persia, de los tártaros y de la India y varias otras provincias; así os lo expondrá nuestro libro y os lo explicará clara y ordenadamente como lo cuenta Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia, tal como lo vieron sus mortales ojos.
Hay cosas, sin embargo, que no vio, mas las escuchó de otros hombres sinceros y veraces. Por lo cual referimos las cosas vistas por vistas y las oídas por oídas para que nuestro libro resulte verídico, sin tretas ni engaños.
Y todo hombre que leyere y entendiere este libro debe creer en él, pues todas estas cosas son verdad, y os certifico que desde que Dios nuestro Señor plasmó con sus manos a Adán y Eva, nuestros primeros padres, hasta hoy día, no hubo cristiano ni pagano ni tártaro ni indio ni hombre alguno de ninguna generación que tanto supiere ni buscare como el dicho mi señor Marcos averiguó y supo; por eso os digo que sería gran desventura no quedaran escritas todas las grandes maravillas que vio y oyó para quelas  gentes que no las vieron ni conocieron tengan de ellas razón en este libro. Y os repito que para enterarse de ello vivió en estas diferentes       regiones y provincias más de veintiséis años.
Y ello fue que, estando encarcelado en Génova, hizo exponer todas estas cosas a maese Rustichello de Pisa, que se hallaba también en la misma prisión en el año 1298 del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Viajes
Marco Polo

07/11/2012

exposició



El proper divendres 9 novembre, a les 21.00 hores, Carlos Utrera, membre de Vespres Literaris, inaugura l'exposició "Punt sobre Punt" al B'Art de l'Ateneu.

Aquesta és la presentació de la mateixa:



"Mi pintura esta inspirada en el arte étnico australiano, a partir del cual yo hago mis propias creaciones.
Trabajo variados materiales, tela, madera, piedra, teja, …, sobre los cuales aplico pinturas acrílicas.
Me gusta este tipo el arte australiano porque, utilizando formas geométricas y vivos colores, puedo transmitir la simbiosis del ser humano con la Tierra.
Espero que su contemplación despierte todos esos sentidos y que la imaginación os permita descubrirlos en mi pintura.

Mi primera exposición, el 14 de septiembre de 2005, se titulaba “Mis Manos”, desde entonces he expuesto en diversas salas y espacios, entre los cuales están:
Universitat Autònoma de Barcelona
Ajuntament de Cerdanyola del Vallès
Sala de exposiciones de la Biblioteca de Ripollet
“Te Art” de Cerdanyola del Vallès
“El rincón del Arte”, Sant Andreu (Barcelona)
Centro cultural “La Bòbila”, de L’Hospitalet de Llobregat
Sala “B’Art”, del Ateneu de Cerdanyola del Vallès
Sala de exposiciones del Hospital Parc Taulí (Sabadell)
Sala “L’Esplai”, de La Caixa, en Cerdanyola del Vallès


Colaboro con la revista electrónica “LebrijaDigital.com”, en la cual tengo una exposición virtual permanente: http://www.lebrijadigital.com/sala-de-exposiciones/carlos-utrera-arte-tnico
Formo parte de l’Associació d’Artistes Plàstics, de Cerdanyola del Vallès, con la cual he realizado diversas exposiciones colectivas y todos los años participamos en el día del “l’Artista al carrer”
Mi correo electrónico:  australian57@hotmail.com



02/11/2012

realidad y ficción


"La realidad de la ficción", es el título que Antonio Muñoz Molina dio al ciclo de conferencias que nuestro autor dictó en la Fundación Juan March, de Madrid, los días 22: "El argumento y la historia", 24: "El personaje y su modelo",  29: "La mirada y la voz" y 31: "La sombra del lector" de enero de 1991 y de los que extraemos unos fragmentos:

"Yo me eduqué oyendo contar historias a mis mayores, y amé y amo tanto ese oficio y me bastaba de tal modo que nunca tuve tiempo ni ganas de reflexionar sobre él: quería tan sólo que me contaran buenas historias, quería contarlas yo mismo. Como el novelista apócrifo Jacinto Solana, yo me decía que no importa que una historia sea verdad o mentira, sino que uno sepa contarla. Pero hubo un momento, no muy antiguo en mi vida, en que me di cuenta de que en esa pasión podía esconderse un veneno y empecé a recelar parcialmente de ella. Había amado y exaltado siempre la imaginación, pero de pronto no estuve seguro de que mi incondicionalidad fuera del todo legítima. Había leído y escrito los libros, escuchado y contado e imaginado las historias, como si ellas bastaran, como si su sola existencia fuera beneficiosa, pero empecé a advertir sus efectos secundarios, y a sospechar que no siempre me habían hecho bien.
Y fue a partir de entonces cuando hice o intenté hacer, de manera desordenada y más bien instintiva, un análisis de la vinculación no sólo entre mi vida y la literatura, sino entre la realidad y la ficción: en qué medida y por qué lo real puede importarnos menos que lo imaginario, por qué caminos una rigurosa invención se vuelve verdadera, qué hay en el interior de una experiencia vulgar que lo convierte de pronto en el punto de partida para una narración memorable.
No se trata de una sofisticada preocupación literaria, sino de un estupor tan compartido que se trasluce en el habla común. Cuando ocurre algo inesperado o sorprendente decimos que nos parece mentira. Oímos hablar de un amor de novela, de una casa de película, de personajes de la literatura o del cine que parecen reales. Algunas veces alguien nos dice: «Si yo contara mi vida sería una novela».
Si uno se para a pensarlo, una parte muy considerable de las novelas trata de la influencia de las novelas en la vida de los lectores. Algunos de ellos, cuando se encuentran ante un escritor, lo primero que hacen es preguntarle qué parte de verdad hay en sus libros, en qué se parece el novelista a los héroes de sus novelas, de dónde procede cierta historia que se relata en alguna de ellas.
La pregunta del lector fascinado y receloso que desea saber en qué medida el novelista ha vivido los hechos que cuenta y en qué se parece a los protagonistas de sus libros tiene mucho que ver con la posición del novelista principiante: ambos creen en el fondo que la legitimidad de la literatura reside en su parecido con lo real, y, como el poeta adolescente, creen que el escritor ha de ser sobre todo sincero.
Puede que el aprendizaje más severo y difícil del novelista sea ése: el modo de manipular la experiencia para convertirla en ficción. En cualquier parte, en nuestra casa, en nuestra vida diaria, en el interior de cada uno de nosotros, existen historias que merecen ser contadas y que pueden convertirse en una magnífica ficción. El escritor no anda a la busca de historias: escribe porque las ha encontrado y está seguro de que vale la pena contarlas.
En el acto de escribir, como en la conciencia diaria de cualquiera, inventar y recordar son tareas que se parecen mucho y que de vez en cuando se confunden entre sí. La memoria está inventando de manera incesante nuestro pasado. La memoria común inventa, selecciona y combina, y el resultado es una ficción más o menos desleal a los hechos, que nos sirve para interpretar las peripecias casuales o inútiles del pasado y darle la coherencia de un destino: dentro de todos nosotros hay un novelista oculto que escribe y reescribe a diario una biografía torpe o lujosamente novelada.
Pero el ejercicio de la ficción no se limita al ámbito del pasado, aunque es cierto que prefiere usar como materiales los que proceden de la memoria más antigua, entre otras cosas porque es la más fragmentaria y la más fácilmente manejable. Hay quien trama sin descanso la novela de su primera infancia, y quien se dedica a la novela de su adolescencia o de su primer amor.
 Los buenos personajes, como las buenas historias, no se buscan: se encuentran, o mejor dicho, se aparecen, se le presentan al escritor como me contaban de niño que se presentaban los fantasmas, sin explicación, sin saber de dónde vienen ni por qué han llegado (….) el escritor verdadero también es cada uno de sus demás personajes, con la misma intensidad y con la misma mentira, y si es escritor no es porque sepa trazar un retrato fiel de sí mismo, sino porque se retrata al inventar y dibujar a otros y porque tiene a veces la extraña cualidad de ser él mismo y ser cualquiera.
La máxima fuente de verdad y mentira que posee el escritor es él mismo: inventando a sus personajes celebra un solitario examen de conciencia, se conoce y se desconoce, descubre recuerdos que ignoraba y facetas de su carácter que por ningún otro camino se le habrían revelado. Se sueña escribiendo, pero no siempre es agradable lo que ve, y algunas veces inventa personajes que van creciendo a costa de rasgos suyos que jamás aceptaría como propios.
Por lo común no es él quien los elige: son como visitantes asiduos que un buen día se instalan en el libro sin pedir permiso a nadie, a veces con timidez y ocupando un pasillo o un desván, y otras con un descaro que los lleva a tomar posesión de las mejores habitaciones de la casa. Los hay de dos tipos: los que aparecen cuando el edificio ni siquiera está construido y se instalan confortablemente en el solar vacío y los que llegan a mitad de las obras y dan órdenes a los albañiles y hasta nos obligan a modificar los planos para ofrecerles un alojamiento adecuado.(…)
A nosotros el acto de escribir nos parece sagrado, y por eso veneramos a nuestros escritores preferidos y buscamos con avaricia sus palabras exactas. Pero una gran parte de las mejores historias que se han inventado y contado en el mundo no tienen un autor conocido, y muchos de los más grandes narradores eludieron o desdeñaron el acto de escribir. (…)
Hace muchos años que nos alejamos de la infancia y el mundo en el que las voces eran las depositarías soberanas de la ficción se ha extinguido; pero a pesar de todo, nosotros, lectores cultos que nos decimos en silencio las palabras escritas, lo que buscamos es escuchar una voz o una sucesión de voces que se entrelacen en nuestra imaginación como los sonidos de la música. Simétricamente, la tarea del escritor es encontrar la suya y aprender a usarla, y también oír las voces de los otros y hacer que suenen en las palabras de sus personajes. (…) Pero la voz soberana, la que instaura y cuenta la ficción, desaparece en ocasiones o se difumina en otras voces, de tal modo que es posible que nos pase desapercibida, que no lleguemos a notarla."

Antonio Muñoz Molina

"Al inventar uno tiene la vana creencia de que se apodera de los lugares y las cosas, de la gente acerca de la que escribe: en mi cuarto de trabajo, bajo la luz de la lámpara, que ilumina mis manos y el teclado, el ratón, la concha cuyas acanaladuras me gusta acariciar distraídamente con las yemas de los dedos, la postal de la niña de Velázquez, puedo tener la sensación de que nada de lo que invento o recuerdo está fuera de mí, de este espacio cerrado. Pero los lugares existen aunque yo no esté en ellos y aunque no vaya a volver, y las otras vidas que viví y los hombres que fui antes de llegar a ser quien soy contigo quizás perduran en la memoria de otros, y en este mismo momento, a seis horas y seis mil kilómetros de distancia de este cuarto, la niña  que me mira desde la pálida reproducción de una postal mira y sonríe levemente en un lienzo verdadero y tangible, pintado por Velázquez hacia 1640, llevado a Nueva York hacia 1900 por un multimillonario americano, colgado en un gran salón medio en penumbra de un museo que visita muy poca gente. Quién sabe si ahora mismo, cuando en Nueva York son las dos y cuarto de la tarde y aquí empieza un anochecer de diciembre, habrá alguien mirando la cara de esa niña, alguien que advierta o reconozca en sus ojos oscuros la melancolía de un largo destierro."

Sefarad
Antonio Muñoz Molina
pág. 592-593

01/11/2012

Hispanic Society of America




"Pasé una parte de mi vida, o una o varias de mis vidas, queriendo irme de los lugares donde estaba, y ahora, cuando el tiempo corre tan aprisa, lo que más deseo es permanecer, instalarme duraderamente en las ciudades que me gustan, tener un sentimiento tranquilo de costumbre y de veteranía, como el que disfruto cuando pienso en todos los años que tú y yo llevamos juntos. Nunca, salvo cuando era niño, me ha tentado coleccionar nada, pero me gusta guardar entre las páginas de los cuadernos o de los libros los testimonios vulgares y valiosos de un momento preciso, cajas de cerillas con el nombre de un restaurante, entradas, billetes de autobús, cualquier documento mínimo que atestigüe una fecha y una hora, nuestra presencia en un sitio, el itinerario breve de un viaje. No tengo apego por las cosas, ni siquiera por los libros o los discos, pero sí por los lugares en los que he conocido la misteriosa exaltación de lo mejor de mí mismo, la plenitud de mis deseos y de mis afinidades, y lo que quisiera atesorar como un coleccionista avaricioso y obsesivo son los instantes, las horas enteras, los minutos que pasé escuchando una cierta música o mirando pinturas en las salas de un museo, el gusto de caminar contigo una tarde por la orilla del Hudson mientras el sol enciende de oro y de cobre los cristales de los rascacielos y esa luz queda luego en una fotografía, la inquietud de aventura y de incertidumbre que nos fue ganando esa penúltima mañana en Nueva York según veíamos deslizarse tras la ventanilla de un autobús las últimas casas opulentas del Upper East Side, los primeros descampados y bloques en ruinas de Harlem.
Hay una tendencia en los días últimos de cualquier viaje a permanecer nublados y como enrarecidos, a contaminarse de la extrañeza de quien se va a ir y subrayarla de grisura. Según subíamos hacia el norte iban quedando menos pasajeros en el autobús, y de una manera gradual, casi imperceptible, desaparecían las caras blancas y sajonas, y en vez de ancianas muy pálidas y de aire quebradizo había madres muy jóvenes con bebés en brazos o niños muy pequeños, negras o hispanas, señoras gordas con el pelo teñido de rubio, las uñas largas y el habla deslenguada del Caribe, abuelas negras que permanecían en sus asientos con una majestad de matronas etíopes y que al levantarse cuando llegaba su parada se movían con mucha dificultad, oscilando paso a paso sobre sus enormes zapatillas deportivas, los cuerpos desproporcionados y torcidos, como afectados por una dolorosa enfermedad de los huesos. Y a medida que los pasajeros del autobús dejaban de ser blancos también cambiaba la ciudad tras la ventanilla, se volvía más ancha y más vacía, deteriorada, más pobre, con menos tráfico, con pocos escaparates en las aceras casi desiertas, disgregándose en amplitudes despobladas, en perspectivas de solares cercados por alambradas y con edificios quemados o en ruinas al fondo, solares de casas derribadas de las que tal vez quedaba en pie todavía un muro con los huecos de las ventanas tapados por tablones en aspa, siniestros como tachaduras. De vez en cuando pasábamos por un tramo de calle en el que por algún motivo perduraba una sombra de vida vecinal, una acera y una fila de casas salvadas del abandono, con una tienda de aire modestamente próspero en la esquina y hombres solitarios sentados en los escalones, con madres jóvenes que llevaban a niños pequeños de la mano y macetas de geranios en alguna ventana. Hacía muchas paradas que se habían bajado del autobús los últimos turistas, los que iban a los museos de la parte alta, el Metropolitan o el Guggenheim, y ya no veíamos a nuestra izquierda las arboledas de Central Park, coronadas a lo lejos por las torres de apartamentos de West Side Avenue, con sus pináculos como zigurats o templos de remotas religiones asiáticas o cúpulas o faros de escenografías de cine expresionista con crestas y gárgolas.
Cruzando por aquellos parajes despoblados el autobús ya casi vacío iba mucho más rápido, y el conductor de vez en cuando se volvía para mirarnos o estudiaba nuestra rareza en el retrovisor. Habíamos pasado junto a una plaza ajardinada a la manera francesa que tenía en el centro una estatua en bronce de Duke Ellington. El pedestal era como el filo de un escenario, y Duke Ellington, recto y con smoking, se apoyaba en un piano de gran cola también fundido en bronce. (Ahora no sé si he visto de verdad o si me acuerdo que alguien me ha contado que en otro lugar de Nueva York hay una estatua de Duke Ellington montado a caballo.) Hacía ya más de una hora que habíamos subido al autobús, en la parada de Union Square. Pero estábamos tan lejos y habíamos viajado tan despacio que parecía que lleváramos mucho más tiempo, y tampoco había indicios de que fuéramos a llegar pronto a nuestro destino, la calle ciento cincuenta y cinco. Extranjeros en la ciudad, ahora lo éramos doblemente y por añadidura en esos barrios que nunca habíamos visitado, y en los que no estábamos seguros de encontrar nuestro camino.
La parada de la calle ciento cincuenta y cinco estaba en la esquina de una avenida muy ancha, con edificios no muy altos y dispersos, con una sugestión de soledad y de límite acentuada por la grisura del día, por las tapias bajas de los descampados. No había por los alrededores nadie a quien preguntarle. Casas pobres, iglesias, tiendas cerradas, una bandera americana ondeando sobre un edificio de ladrillo con un aire a la vez desastrado y oficial. De pronto nos ganaba el desánimo y el miedo a habernos perdido, quizás a encontrarnos de un momento a otro en una zona peligrosa, dos turistas extranjeros que se distinguen a la legua y no saben dónde están, que advierten con aprensión que entre los pocos coches que circulan no se ve la mancha amarillo fuerte de ningún taxi.
Caminamos ahora junto a las tapias de un gran cementerio que al principio nos pareció un parque o un bosque. Hacia el oeste se intuyen las vastas lejanías del Hudson, y en una encrucijada, donde termina el cementerio, se ve al otro lado de la avenida, como una aparición o un espejismo, el edificio que veníamos buscando, imponente y neoclásico, no menos raro que nosotros en este paisaje periférico, la sede de la Hispanic Society of Americ, donde nos han contado que hay cuadros de Velázquez y de Goya, y una gran biblioteca que nadie visita, porque quién va a venir a este lugar, tan lejos de todo, en un barrio que desde el sur de Manhattan es fácil imaginar devastado y peligroso.
Hay una verja, y tras ella un patio con estatuas, entre dos edificios con cornisas de mármol y columnas, con nombres españoles tallados a lo largo de la fachada. Hay una enfática estatua ecuestre del Cid, y en el muro de uno de los edificios un gran bajorrelieve de don Quijote montado sobre Rocinante, jinete y cabalgadura igualmente derrotados y esqueléticos. Junto a la puerta de entrada, una mujer de pelo blanco sujeto con un pasador y aspecto general de abandono fuma un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. La mujer nos mira un instante, y luego recordaremos los dos que nos impresionaron sus ojos, que brillaban como ascuas en su cara ajada como detrás de una máscara, los ojos vivos y fieros de una mujer mucho más joven que su aspecto físico, una empleada o secretaria americana ya cerca de la jubilación, que vive sola y no se ocupa mucho de arreglarse, que se corta el pelo de cualquier modo y lleva jerseys oscuros y pantalones de hombre, zapatos entre ortopédicos y deportivos, gafas sujetas con una cadenilla, y que se ha quedado tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar."

Sefarad
Antonio Muñoz Molina
pág. 572-577


new york




"A las afueras de Nueva York hay un cementerio de colinas onduladas y verdes y árboles inmensos que se llama Las Puertas del Cielo, con lagos de los que se levantan en las tardes de otoño populosas bandadas de pájaros migratorios. Entre millares de lápidas, en medio de una geometría de tumbas con apellidos irlandeses, hay una que lleva un nombre español, tan modesta, tan parecida a cualquiera de las otras, que es muy difícil reparar en ella.

Federico García Rodríguez
1880—1945

Cómo habría podido imaginar ese hombre que su tumba no iba a estar en el cementerio de Granada, sino al otro lado del mundo, entre los bosques cercanos al río Hudson, o que su hijo iba a morir antes que él y no tendría siquiera una sepultura visible, una simple lápida que recordara el punto exacto del barranco en el que lo ejecutaron. Sepulturas modestas y fosas comunes jalonan los caminos de la gran diáspora española: quisiera visitar el cementerio francés donde fue enterrado en 1940 don Manuel Azaña, en medio del gran derrumbe de Europa, leer el nombre de Antonio Machado en una tumba del cementerio de Colliure. Otros muertos para los que tampoco hubo tumbas ni inscripciones perduran en la multitud alfabética de sus nombres: en una página de Internet he encontrado, en letras blancas sobre fondo negro, la lista de los sefardíes de la isla de Rodas deportados a Auschwitz por los alemanes. Habría que ir leyéndolos uno por uno en voz alta, como recitando una severa e imposible oración, y entender que ni uno solo de esos nombres de desconocidos puede reducirse a un número en una estadística atroz. Cada uno tuvo una vida que no se pareció a la de nadie, igual que su cara y su voz fueron únicas, y que el horror de su muerte fue irrepetible, aunque sucediera entre tantos millones de muertes semejantes. Cómo atreverse a la vana frivolidad de inventar, habiendo tantas vidas que merecieron ser contadas, cada una de ellas una novela, una malla de ramificaciones que conducen a otras novelas y otras vidas."

Sefarad
Antonio Muñoz Molina
pág. 568-569

Antonio Muñoz Molina, obra