19/08/2013

literatura del sur, 3



“—Abre la puerta, Ignatius.
— ¡Ay, la válvula, que se me cierra! —croó sonoramente Ignatius? — ¿Ya estás satisfecha, ahora que me has destrozado el resto del día?
La señora Reilly se lanzó contra la madera sin pintar.
—Bueno,  no rompas la puerta —dijo él por fin y, unos instantes después, se abrió el pestillo.
—í Qué es toda esta basura que hay por el suelo, Ignatius?
—Eso que ves es mi visión del mundo.  Aún tengo que estructurarlo en un conjunto, así que mira bien dónde pisas.
—Todas las persianas cerradas.  ¡Ignatius! Aún hay luz fuera.
—Mi yo no carece de elementos proustianos —dijo Ignatius desde la cama, a la que había vuelto rápidamente—. Oh, mi estómago.
—Aquí huele a demonios.
—Bueno,  ¿qué esperas? El cuerpo humano, cuando está confinado, emite ciertos aromas que tendemos a olvidar en esta época de desodorantes y otras perversiones. A mí, en realidad, el ambiente de esta habitación me resulta bastante confortante. Schiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas. Yo también tengo mis necesidades. Has de recordar que Mark Twain prefería la posición supina en la cama cuando componía esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.
—Si hubiera sabido que esto estaba así, hace mucho tiempo que habría entrado.
—No sé por qué estás aquí ahora, en realidad, ni por qué sientes esta súbita necesidad de invadir mi santuario. Dudo que vuelva a ser el mismo después del trauma de esta intrusión de un espíritu extraño.”
La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 55-56

“Cada humano de la Tierra posee algo de inteligencia en mayor o menor grado, pero, tenga el cerebro que tenga, está orgulloso de tenerlo. Y todo humano saca pecho cuando se le nombra a los majestuosos jefes intelectuales de su raza, cuyas espléndidas hazañas adora oír contar. Como tienen la misma sangre, al honrarse a sí mismos le han honrado a él. "¡Mirad de lo que es capaz la mente del humano!", exclama. Entonces recita la lista de los humanos ilustres de todos los tiempos, repasando las literaturas imperecederas que han dado al mundo, los ingenios mecánicos que han inventado, las glorias con las que han ornado la ciencia y el arte. Ante ellos se descubre como ante los mismísimos monarcas, rindiéndoles el más profundo homenaje, el más sincero que puede dar su jubiloso corazón, exaltando así el intelecto sobre todas las cosas del mundo, entronizándolo bajo la bóveda de los cielos en una supremacía inalcanzable. ¡Y entonces se inventa un cielo que no tiene ni un ápice de intelectualidad por ninguna parte!

¿No os parece extraño, curioso, desconcertante? Pues es tal y como os digo, por increíble que parezca. Este humano, un sincero adorador del intelecto pródigo en premiar sus poderosos servicios aquí en la Tierra, ha inventado una Religión y un Cielo que no rinden el menor homenaje al intelecto, desprovisto de toda distinción o grandeza. De hecho, ni siquiera lo mencionan.

A estas alturas habréis notado que el Cielo está pensado y construido con un plan muy concreto, de tal modo que contiene en escrupuloso detalle todas y cada una de las cosas imaginables que le resultan repugnantes al ser humano ¡y ni una sola de las que le gustan!

Pues bien, cuanto más avancemos más aparente será este hecho tan curioso.

Tomad buena nota: en el Cielo humano no se ejercita la inteligencia, ni hay nada en lo que poder emplearla. Allí un intelecto corriente se pudriría en un año. Acabaría podrido y apestoso. Podrido y apestoso, es decir, bendito. Al fin sería un cerebro sagrado, pues sólo lo sagrado puede resistir las alegrías de semejante enajenación."

"Las cartas de Satán desde la Tierra", 
Los escritos irreverentes, 
fragmento.
Mark Twain.

Florida, Misuri, 1835; Redding, Connecticut, 1910

18/08/2013

buscando editor

Carta de John Kennedy Toole a Robert Gottlieb, editor de la casa neoyorquina Simon & Schuster.


"5 de marzo de 1965

Querido Sr. Gottlieb:

(…)

Cada vez que hablo sobre “La conjura de los necios” me pongo ansioso y vacilante. Y es así porque albergo un sentimiento bastante paternal hacia el libro; en realidad es un sentimiento andrógino porque siento, además, como si lo hubiera dado a luz. Sé que tiene sus defectos y sé que cualquier extraño podría hacérmelos saber. (…)

Este libro comenzó a escribirse en 1961. En aquella época, durante el día, trabajaba tiempo completo en Hunter y hacía un doctorado en Columbia; durante la noche, además, trabajaba como profesor sustituto en el colegio nocturno de Hunter para pagar la matrícula y sobrevivir. Vivía en el ciclo frustrante de quien quiere escribir pero ha elegido la docencia como forma de sustento y debe conseguir un PhD (doctorado) para hacer algo decente en el ámbito académico. La mente, así, se dispersa en tres direcciones distintas, y la escritura es por supuesto la que más sufre. Cuando obtuve mi máster en Columbia, en 1959, yo vivía en el seno de una beca Woodrow Wilson y obtuve financiamiento extra de la Fundación Ford por una serie de pseudopoemas y relatos breves que nunca fueron enviados a nadie, como la mayoría de mis primeros trabajos. El año de 1959 a 1960 lo pasé enseñando en la Universidad Estatal de Luisiana y sufrí de una apatía neurótica inducida por el crudo horror de la Luisiana rural.

En el verano de 1961, tuve tiempo suficiente para trabajar en una versión temprana del libro, en la que Ignatius se llamaba Humphrey Wildblood. La Armada me alejó tanto de la escritura como del juego Hunter-Columbia; tuve que formar filas en agosto e irme a Puerto Rico, donde me convertí en supervisor  de un programa surrealista de enseñanza de inglés para los reclutas puertorriqueños. Mis deberes consistían principalmente en usar un silbato para indicar el cambio de clases y emanar una gran comprensión hispanoamericana para adivinar tanto los temperamentos hostiles y provocadores de los estudiantes, como los ánimos de los impopulares y defraudados instructores norteamericanos. Era un trabajo ideal: tenía derecho a un cuarto privado muy confortable que incluía un escritorio, la oportunidad para escribir. Y usé el silbato tan bien y emané tal comprensión –todo para tener ese cuarto– que terminé ganando varios honores militares (incluso unas vacaciones en las Antillas Holandesas). Nunca antes un cuarto provocó tanta ambición. Allí el libro comenzó de nuevo y, por primera vez en mi vida, tuve la oportunidad de escribir sin tener que preocuparme por la supervivencia o por problemas que tuvieran algún tipo de contacto con la realidad. Desde mi punto de vista, la Armada me dio cuatro cosas impagables: tiempo, alejamiento, seguridad y privacidad. Valoré sutilmente lo irónico y absurdo de la vida en Puerto Rico; todo el tiempo que pasé allí fue muy valioso.

Cuando llegó la hora de dejar la Armada, en agosto de 1963, debía tomar una decisión. Había completado más de la mitad del libro y, contrario a lo ocurrido con mis trabajos anteriores, podía releer lo que había escrito sin sentirme dolorosamente avergonzado. Y aún más: estaba totalmente involucrado y absorto en él; me había cautivado. Ante mí yacía entonces la obligación de escribir el trabajo para graduarme, así como la circunstancia de tener que viajar frecuentemente entre Morningside Heights y Bedford Park Boulevard para dar clase en el campus de Hunter en el Bronx, lo que significaba al menos dos horas diarias de transporte. Además Hunter me exigía hacer el PhD en tres años, lo que significaba que tenía dos años para arreglármelas con las clases, la escritura de la disertación y la presentación de los exámenes respectivos. No tendría tiempo suficiente para dedicarme a la escritura. Así que conseguí un trabajo en un pequeño y tranquilo colegio cuidadosamente seleccionado donde, como yo esperaba, había poca demanda de tiempo y casi ninguna de cerebro.

De este modo el libro siguió su curso hasta el asesinato del presidente Kennedy. Entonces no pude escribir más. Nada me parecía gracioso y caí en una profunda depresión. En febrero de 1964, por fin, sin cambios ni revisiones transcribí lo que tenía, lo concluí brevemente y comencé a enviarlo a diferentes casas editoriales con la esperanza de que le interesara a alguien. La primera versión del libro nunca se transformó en nada más.

Esto me lleva a su primera lectura del manuscrito. Aunque quizás a esta altura usted haya dejado de leer esta carta, quisiera hablar del libro en sí mismo. Estos comentarios nada tienen que ver con la “calidad” de mi trabajo, que no es una autobiografía pero tampoco completamente una invención. Si bien la trama es una manipulación y yuxtaposición de personajes, la gente y los lugares fueron trazados a partir de la observación y la experiencia, salvo una o dos excepciones. Yo no estoy en las páginas de la historia; nunca he pretendido estar. Pero escribo sobre cosas que sé y, al contarlas, es difícil no sentirlas.
En la revisión, los hilos de la trama fueron unidos de mejor manera, aunque a veces esto resultó ser solo ruido. Myrna se convirtió en una caricatura en medio de personajes muy reales, y eso a pesar de estar concebida para ser muy, muy agradable (por eso, si para un lector objetivo ella resulta ser “una patada en el culo”, entonces he fallado en mi propósito). Cuando le envié la revisión estaba seguro de que la pareja Levy era la peor falla del libro. Tratando de involucrarlos como parte de la trama se salieron de mis manos, yendo de mal en peor; se convirtieron en cartón y me era difícil releer sus diálogos (creo que comenzaron a transformarse en una vaga remembranza del viejo show Easy Aces, en el cual Goodman Ace –si no me equivoco– discutía con su esposa mientras la suegra aparecía esporádicamente en escena). No sé si pueda describir cómo esa pareja insistió en escaparse de mi control mientras intentaba manipularla a lo largo del libro.
Irene, Reilly, Mancuso: todos ellos dicen algo auténtico de Nueva Orleans. Son reales como individuos y como representantes de un grupo. Una noche, recientemente, vi de nuevo a Santa tropezando mientras Irene se sumergía a carcajadas en su copa. ¡Y cuántas veces he visto a Santa besando el retrato de su madre! Burma Jones no es una fantasía, ni lo es la señorita Trixie y su empleo, o el club Noche de Alegría, y así. No hay necesidad de abrumarlo con una lista detallada.

En resumen: pocas cosas de la historia son inventadas, aunque el argumento sí lo es. Es cierto que, bajo la irrealidad de mi experiencia en Puerto Rico, este libro se convirtió en algo más real que cuanto acontecía allí: comencé a hablar y a comportarme como Ignatius. No hay duda de que ésta es la razón por la cual hay tanto de él y su verbosidad puede extenuar. En realidad no es su verbosidad sino la mía. Y el libro, que comenzó en una tarde de domingo, se convirtió de esta forma en un modo de vida. Con Ignatius como representante, mis experiencias de Nueva Orleans comenzaron a encajar unas con otras y entonces me encontré de repente observando y no inventando. La vieja versión de Humphrey Wildblood era dolorosa, extensa, afectada y poco sentida; la nueva cobró vida, al menos para mí.”

fuente: 


17/08/2013

new orleans es música


Para el folclorista Alan Lomax, el jazz es una música resultado del crisol de razas que era el sur de los Estados Unidos.  Geográficamente, el jazz surge en el estado de Luisiana, concretamente en la zona de influencia de Nueva Orleans.

En el Sur  el batir de tambores estaba prohibido por la ley, de forma que los esclavos negros tuvieron que recurrir a la percusión mediante las palmas de las manos y el batir de los pies para disfrutar de su música. Sin embargo, la prohibición no llegaba a la Place Congo (Congo Square) de Nueva Orleans, en la que los esclavos tenían libertad para reunirse, cantar y acompañarse de verdaderos instrumentos de percusión.  La música que se desarrollaba en estas sesiones era muy variada: estaban los cantos y danzas del vudú antillano,  otros ritmos y danzas desarrolladas previamente en las islas caribeñas, como la calinda, la bamboula o el baile denominado congo y los espirituales negros. Esta tradición propia se unió, en este sur de aluvión, a  la tradición musical europea, dando lugar a una rica fusión musical.



“Ferdinand Joseph LaMenthe, más conocido como "Jelly Roll Morton", fue un pianista, compositor y cantante nacido, probablemente, el 20 de septiembre de 1885 en Gulfport, Luisiana, según la historiografía convencional, y fallecido en Los Ángeles, California, el 10 de julio de 1941. No obstante, algunos autores estiman que nació en Nueva Orleans, el día 20 de octubre de 1890, y que su nombre familiar era LaMothe .  Morton pertenecía a la pequeña burguesía de los criollos de Nueva Orleans, donde se educó, y se presentó a sí mismo como el inventor del jazz en una carta enviada a la revista Down Beat, en 1938.”

fuente wikipedia



16/08/2013

what would ignatius do?

"—Creo que será mejor que te levantes de la cama, florecilla mía. Hay que recoger los cuadernos, hay que reunir las notas. Podrías mirar debajo de la cama.
Myrna se levantó de las pringosas sábanas, diciendo:
—He intentado describirte a mis amigos del grupo de terapia de grupo, trabajando en esta habitación, apartado del mundo. Esa extraña mente medieval en su claustro.
—Debió intrigarles mucho, sin duda —murmuro Ignatius; había encontrado el saco y estaba echando en él unos calcetines que encontró en el suelo—. Pronto podrán verme en carne y hueso.
—Ay, cuando vean las ideas originales que salen de esa cabeza.
—Jo jum —Ignatius bostezó—. Quizá mi madre me haya hecho un gran favor al pensar en volver a casarse. Los lazos edípicos empezaban a agobiarme ya —echó su yo-yo a! saco—. Al parecer, has tenido un viaje sin incidentes por el Sur.
—No pude parar ni un momento en todo el camino. Casi treinta y seis horas al volante —Myrna estaba colocando en pilas los cuadernos—. Pare en un restaurante negro anoche, pero no me sirvieron. Creo que fue por la guitarra.
—Debió ser eso, sí. Te tomarían por una folclórica reaccionaria del campo. He tenido cierta experiencia con esa gente. Son muy limitados.
—No puedo creer realmente que esté sacándote de esta mazmorra, de este agujero.
—Es increíble, ¿verdad? Pensar que me opuse durante tantos años a tu sabiduría...
—Vamos a pasarlo bárbaro en Nueva York, verás.
—Estoy deseando llegar allí —dijo Ignatius, echando al saco el pañuelo y el sable—. La Estatua de la Libertad, el Empire State, la emoción de un estreno en Broadway con mis estrellas favoritas.  Los animados coloquios en el Village,  ante un exprés, con mentalidades sugestivas y contemporáneas.

—Por f in vuelves a ser el que eras. De verdad. Apenas puedo creer lo que he oído esta noche en esta casa. Resolveremos tus problemas. Estás entrando en una fase completamente nueva y vital. Tu inactividad ha terminado. Estoy segura de ello. Lo percibo. Piensa en las grandes ideas que fluirán de esa cabeza cuando elimines por fin todas las telarañas y los tabúes y los lazos paralizantes."

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 362-363



15/08/2013

literatura del sur, 2

Truman Capote
“Una mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.
Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.
-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: « ¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».”

Recuerdo navideño, 
cuento -fragmento-
Truman Capote,  Nueva Orleans, 1924 - Los Ángeles, 1984



14/08/2013

literatura del sur


“Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.”
fragmento del relato
Una rosa para Emilia
de William Faulkner

13/08/2013

Dr. Nut


"Un conjunto de tres instrumentos situada en un ala del pequeño escenario inicio You are my Lucky Star. Por el momento,  en el escenario, que también parecía estar bastante sucio,  no se veían vacantes. Ignatius miro hacia la barra intentando llamar la atención del servicio que hubiera y tropezó con los ojos del camarero que les había servido a él y a su madre. El camarero fingió no verle. Luego, Ignatius hizo un guino ostentoso a una mujer que estaba apoyada en la barra, una hispana cuarentona que emitió una respuesta aterradora con un diente de oro o dos. La mujer se apartó de la barra antes de que el camarero pudiera detenerla y se acercó a Ignatius,  que estaba arrimado al escenario como si fuera una estufa caliente.
—¿Quieres beber, chico?
Ignatius percibió que a través del bigote se filtraba cierta halitosis. Se arrancó el pañuelo de la gorra y se protegió con él las narices.
—Sí, gracias —dijo, con voz apagada—. Un Doctor Nuts, si hace el favor. Y cerciórese de que esté muy frío.
—Ya veo lo que hay —dijo enigmáticamente la mujer que volvió a la barra atronando con sus escandalosas sandalias de paja.
Ignatius vio que hablaba con el camarero haciendo gestos burlones. Todos estos gestos iban dirigidos en su mayoría a Ignatius. Al menos, pensó, en aquel antro se libraría de aquellas chicas musculosas que debían estar recorriendo el barrio en aquel momento. El camarero y la mujer hicieron algunos gestos más. Luego, ella volvió donde estaba Ignatius con dos botellas de champán y dos vasos. —No tenemos Doctor Nuts —dijo, posando la bandeja en la mesa—. Mira, debes veinticuatro dólares por este champán.
— ¡Esto es un ultraje! —, dijo Ignatius dirigiendo unos cuantos mandobles de sable a la mujer— Tráigame una coca cola.
—No hay coca. No hay Doctor Nuts. Solo champán —la mujer se sentó—. Vamos,  querido. Abre el champán. Tengo mucha sed.

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 307-308





Doctor Nut  fue un  popular refresco local del área de Nueva Orleans. La bebida,  de almendra con un sabor dulce intenso,  se comercializó en las tiendas locales y restaurantes en algún momento de finales de 1930 o principios de los años 1940. La botella se caracterizaba por su logotipo sencillo que representa una ardilla mordisqueando.

La bebida despareció en los años cincuenta del siglo pasado.