24/08/2013

Ignatius...., labora!


“Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto. (…) 

Tras el periodo en el que el mundo occidental había gozado de orden, tranquilidad, unidad y unicidad con su Dios Verdadero y su Trinidad, aparecieron vientos de cambio que presagiaban malos tiempos. Un mal viento no trae nada bueno. Los años luminosos de Abelardo, Thomas Beckett y  Everyman se convirtieron en escoria; la rueda de la Fortuna había atropellado a la Humanidad, aplastándole la clavícula, destrozándole el cráneo, retorciéndole el torso, taladrándole la pelvis, afligiendo su alma. Y la Humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que untes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio. (…)

Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio “La Ilustración”. El día de la plaga estaba próximo; pero de las cenizas de la humanidad no surgió ningún fénix.  El campesino humilde y piadoso,  Pedro Labrador, se fue a la ciudad a vender a sus hijos a los señores del Nuevo Sistema para empresas que podemos calificar, en el mejor de los casos,  de dudosas. (…) 

El giroscopio se había ampliado. La Gran Cadena del Sur se había roto como si fuera una serie de clips unidos por algún pobre imbécil: el nuevo destino de Pedro Labrador sería muerte, destrucción, anarquía, progreso, ambición y auto superación. Iba a ser un destino malévolo: ahora se enfrentaba a la perversión de tener que IR A TRABAJAR.

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 39-40

23/08/2013

french quarter

Louis Armstrong, New Orleans, 1901; New York, 1971

“La mente pervertida (y sospecho que excesivamente peligrosa) de Clyde ha ideado un medio más de empequeñecer este yo mío prácticamente invencible. Pensé al principio que podría haber hallado un padre subrogado en el zar de la salchicha, el magnate de la carne. Pero el resentimiento y la envidia que le inspiro aumentan día a día; no hay duda de que al final le asfixiaran y destruirán su mente. La grandeza de mi psique, la complejidad de mi visión del mundo, la decencia y el buen gusto que revela mi porte, la gracia con que me muevo y actúo en el cenagal del mundo de hoy... todo esto confunde y asombra al mismo tiempo a Clyde. Ahora, me ha relegado a trabajar en el Barrio Francés, zona que alberga todos los vicios que el hombre haya concebido en sus aberraciones más demenciales, incluyendo, supongo yo, algunas variantes modernas que habrán hecho posibles las maravillas de la ciencia. El Barrio Francés no debe diferenciarse gran cosa, supongo, de Soho y de ciertos lugares de África del Norte.  Sin embargo, los habitantes del Barrio Francés, bendecidos por la tenacidad y el sentido práctico norteamericanos, probablemente se entreguen en este momento afanosamente a igualar y sobrepasar en variedad e imaginación las diversiones de que gozan los residentes de esos otros emporios mundiales de la degradación humana.
Es evidente que una zona como el Barrio Francés no es el medio adecuado para un joven de buenas costumbres, casto, prudente e impresionable como vuestro chico trabajador. ¿Habrían sido capaces de superar tales obstáculos Edison, Ford y Rockefeller?
La mente diabólica de Clyde no se ha detenido en una humillación tan simple, sin embargo. Como supuestamente he de manejar lo que Clyde llama “El mercado turístico”, se me ha ataviado con una especie de disfraz.”

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 216-217


21/08/2013

literatura del sur, 4

Elmore Leonard
Nueva Orleans, 11/10/1925
Detroit, 20/08/2013
“El sábado por la mañana, tumbada al sol con su chándal y su sujetador, Melanie estaba pensando que se había pasado los últimos diecisiete años tomando el sol, ganándose la vida como chica morena californiana. Estaba pensando que la mayoría de los tipos con los que se movía no veían mucho el sol. Frank, aquel de Detroit con el que estaba en las Bahamas cuando conoció a Ordell, hacía casi catorce años, sí que tomaba el sol. Era un gilipollas, pero le encantaba el sol. A los productores de cine no les gustaba. Ni a los empresarios japoneses, ni a los tipos de Oriente Medio que iban a las islas griegas. Mientras tomaba el sol solía leer cosas sobre estrellas de cine y gente guapa, sobre todas aquellas chicas de las que nunca había oído hablar y que de repente se hacían famosas. Pero nunca había leído qué les ocurría a las chicas que se ganaban la vida tomando el sol cuando el sol acababa de arruinarles la jodida piel y se encontraban viviendo con un negro que no le veía ningún sentido a eso de tomar el sol. En ese punto se encontraba Melanie en la terraza a sus treinta y cuatro años, en una tumbona manchada de loción bronceadora. No los oyó entrar.
No se enteró de que estaban en el salón hasta que Ordell le dijo: 
–Chica, mira quién ha venido. 
Volvió la cabeza y vio a Ordell y a un tipo que llevaba una chaqueta informal de color azul y una camisa amarilla, y acarreaba una gran bolsa de Burdine’s. Un tipo con pinta de bruto, con su chaqueta nueva recién sacada de la percha. No lo reconoció hasta que Ordell dijo:
–Es Louis, nena. –Eso provocó que se levantara y entrara corriendo en la sala, aguantándose las cintas del sujetador con los dedos para que no se le descubrieran los pezones. Ordell siguió hablando–: ¿A que todavía es guapa?
–Hostia, es verdad –exclamó Melanie–. Estás ahí de verdad. Louis, la última vez que te vi...
–Ya lo sabe –cortó Ordell–. Louis no quiere hablar de esa época.
–Imagino por qué –respondió Melanie.
Soltó el sujetador, dejando que cayera si le daba la gana, se acercó a Louis, le dio un beso en la boca y luego no se apartó de él.
–En aquella época pensaba que vosotros erais los dos tíos más bordes que he conocido jamás.
–Te acabo de decir que no quiere hablar de eso.
Ella seguía mirando a Louis.
–Pero os lo pasabais bien, ¿verdad? Con aquella caja de máscaras. Si hubierais creído que alguien iba a pagar el rescate, me habríais secuestrado.
Por fin, Louis sonrió.
–Sí, se nos ocurrió.
–Me dijo que estabas aquí y me moría de ganas de verte.
–Lo que Louis quiere ver es mi película de las armas. 
Melanie les preparó un vodka con tónica y se sentó para observar a Louis mientras Ordell pasaba la cinta por la tele –un vídeo que había comprado en una exhibición de armas– imponiendo su voz sobre las de la película.


 “Rum Punch”, 1992 
Elmore Leonard
fragmento

20/08/2013

Burma Jones

condiciones de los refugiados en el Superdome
Copyright: ASSOCIATED PRESS 
“En la comisaría, el viejo se sentó en un banco con los demás, ladrones de tiendas la mayoría, que constituían la última redada de la tarde. Se había colocado pulcramente sobre un muslo la tarjeta de la Seguridad Social, la de la St. Odo Of Cluny Holy Name Society, una insignia del Club Edad Dorada y una hoja de papel que le identificaba como miembro de la Legión Americana. Un joven negro, con los ojos ocultos tras unas gafas de sol “Era Espacial”, estudiaba el pequeño dossier emplazado en aquel muslo contiguo al suyo.
—jCaramba! —dijo, sonriendo—. Usté pertenece a casi to.
El viejo reordeno meticulosamente sus tarjetas sin decir nada.
— ¿Y cómo es que han traío aquí a una persona como usté? — las gafas de sol echaron humo sobre las tarjetas del viejo—. Estos polis deben está desesperaos.
—Estoy aquí porque se han violado mis derechos constitucionales —dijo el viejo, con súbita cólera.
—No van a creérselo, ¿sabe?  Será mejó que invente usté otra cosa —una mano oscura avanzó hacia una de las tarjetas—. Eh, oiga, ¿qué significa esto de “Edad Dorada”?
El viejo cogió la tarjeta y volvió a colocarla con las otras. —Esas tarjetitas no le servirán de ná. Le meterán en la cárcel de tos modos. Ellos meten en la cárcel a tó el mundo.
— ¿Cree usted? —pregunto el viejo a la nube de humo. —Claro —una nueva nube se alzó flotando—.  ¿Cómo es que está usté aquí, hombre?
—No sé.
— ¿Qué no sabe? ¡Vaya! Qué locura. Por algo será. A la gente de coló la cogen muchas veces por na, pero usté tié que está aquí por algo, señó.
—La verdad es que no lo sé —dijo lúgubremente el viejo—. Yo estaba con un grupo de gente delante de D. H. Holmes.
—Y le robo la cartera a alguien.
—No, le llamé una cosa a un policía.
— ¿Pero qué le llamó?
—Comunista.
— ¡Comunista!  Buuuu. Si yo le llamase a un policía comunista, este  culo estaría ya entre  rejas,  seguro.  Pero  me  gustaría llamale comunista a un tipo de ésos. En fin, yo estaba esta tarde en Wools-worth y un tipo va y roba una bolsa de anacardos y el dependiente se pone a chillá como si le hubieran  pinchao.  ¡Paf!  Inmediatamente me agarra un tipo y luego un policía cabrón me saca de allí a rastras. Hay que darle a la gente una oportunidá. ¡Sí señó! —chupó el cigarrillo—. Nadie me encontró encima los anacardos; pero, de todos modos, el poli me saco de allí a rastras. Creo que aquel tipo era comunista, un comunista hijoputa y cabrón. “
La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 26-27



Acabo de salir de Nueva Orleans hace un par de horas. Viajé del apartamento en el que me encontraba en un bote y me llevaron en un helicóptero a un campo de refugiados. Si alguien desea conocer cómo tratan los funcionarios federales y estatales a las víctimas del huracán Katrina, le aconsejo que visite uno de los campos de refugiados.

En el campo de refugiados que acabo de abandonar, en la autopista I-10 cerca de Causeway, miles de personas (por lo menos un 90% negras y pobres) están paradas y en cuclillas en el barro y la basura detrás de barricadas de metal, bajo un sol implacable, con soldados fuertemente armados que montan guardia. (…)

Viajé por el campo y hablé con trabajadores de la Cruz Roja, del Ejército de Salvación, de la Guardia Nacional y de la policía estatal, (…) todos se quejaron del caos y la desorganización. Un cámara de televisión me dijo “he estado en este campo durante dos días, y la única información que te puedo dar es la siguiente: marchate antes de que llegue la noche. No te conviene estar aquí de noche”.

Tampoco existe ningún intento de parte de los que dirigen el campo  por establecer algún tipo de organización o procedimiento para, por ejemplo, formar  una fila para subir a los autobuses, recoger y registrar información para contactos, encontrar a familiares, servicios de necesidades especiales para niños o enfermos, tratamientos preventivos ante posibles epidemias, etcétera. Ni siquiera hay un lugar para almacenar la basura.

Para comprender las dimensiones de esta tragedia, es importante considerar la propia Nueva Orleans. Para los que no han vivido en Nueva Orleans, se han perdido una ciudad increíble, gloriosa, vital. Un sitio con una cultura y una energía como no se encuentra en ningún otro sitio del mundo. Una ciudad en un 70% africano-estadounidense donde la resistencia a la supremacía blanca ha apoyado una cultura generosa, subversiva y única de vívida belleza. Desde el jazz, el blues y el hiphop, Mardi Gras, desfiles, funerales de jazz,  Nueva Orleans es un lugar con arte,  música,  danza,  sexualidad y liberación sin comparación en todo el mundo.(…)
Pero también es una ciudad de explotación,  segregación y miedo. (…) Hay una atmósfera de intensa hostilidad y desconfianza entre gran parte de la Nueva Orleans negra y el Departamento de Policía.  En los últimos meses, han acusado de todo a policías, desde tráfico de drogas a corrupción y robos. En incidentes separados, dos policías de Nueva Orleans fueron recientemente acusados de violación (¡uniformados!) y ha habido diversos asesinatos policiales de jóvenes desarmados, incluyendo el asesinato de Jenard Thomas, que inspiró continuas protestas semanales durante varios meses.

La ciudad tiene una tasa de analfabetismo de un 40%, y más de un 50% de los niños negros de noveno año no se graduarán.  Louisiana gasta un promedio de 4.724 dólares por la educación de un niño y está en el 48º lugar del país en cuanto al salario que perciben sus maestros. Cada día abandonan las aulas definitivamente el equivalente a dos clases y unos 50.000 estudiantes están ausentes de la escuela cualquier día del curso lectivo. Demasiados jóvenes negros de Nueva Orleans terminan esclavizados en la Prisión Angola, una antigua plantación de esclavos donde los reclusos siguen haciendo trabajo agrícola manual, y más de un 90% de los reclusos terminan por morir en la prisión. Es una ciudad donde la industria se fue hace años y la mayor parte de los puestos de trabajo son empleos temporales y mal pagados en el sector de servicios.

La raza ha sido siempre una corriente subterránea en la política de Louisiana. Este desastre natural se cimenta en el racismo, la negligencia y la incompetencia de décadas. El huracán Katrina fue la chispa inevitable que inflamó la gasolina de la crueldad y la corrupción. De los vecindarios abandonados a su suerte, el trato dado a los refugiados, la presentación de las víctimas por los medios de comunicación. Este desastre está configurado por la raza.

La política de Louisiana es famosa por la corrupción, pero con la tragedia de esta semana nuestros dirigentes políticos han definido un nuevo grado de incompetencia. Al acercarse el huracán Katrina, nuestro gobierno nos llamó a “Orar porque el huracán descienda” a un nivel dos.  Atrapados en un edificio dos días después del huracán, sintonizamos nuestra radio a pilas en la radio local y las estaciones de televisión, esperando noticias vitales, y nos dijeron que nuestro gobernador había llamado a un día de oración. A medida que comenzaban a dominar los rumores y el pánico, no hubo una fuente de información concreta y fiable. El martes por la noche, políticos y periodistas dijeron que el nivel del agua subiría otros 4 metros –– pero en lugar de hacerlo se estabilizó. Los rumores se diseminaron como un incendio y los políticos y los medios sólo empeoraron las cosas.
Mientras los ricos escapaban de Nueva Orleans, los que no tenían adónde ir y ningún modo de llegar allí, se quedaron atrás. Para echarle sal a la herida, los medios locales y nacionales pasaron la semana pasada demonizando a los que se quedaron atrás. Por ser una persona que ama a Nueva Orleans, y a su gente, ésta es la parte de la tragedia que más me duele, y me duele profundamente. Ninguna persona racional sana debería calificar a alguien que toma alimentos de negocios cerrados indefinidamente en una ciudad desesperada y hambrienta, como “saqueador”, pero es precisamente lo que los medios hicieron una y otra vez. Sheriffs y políticos hablaron de hacer que los soldados protegieran los negocios en lugar de realizar operativos de rescate. (…)

En los próximos meses, miles de millones de dólares probablemente inundarán Nueva Orleans. Ese dinero puede ser utilizado para marcar el comienzo de un “Nuevo Trato” para la ciudad, con inversión pública, creación de puestos de trabajo estables, sindicalizados, nuevas escuelas, programas culturales y restauración de viviendas, o la ciudad puede ser “reconstruida y revitalizada” como un esqueleto de lo que solía ser, con hoteles más nuevos, más casinos, y con tiendas de cadenas nacionales y parques temáticos que reemplacen los antiguos vecindarios, centros culturales y clubes de jazz en los barrios. Mucho antes de Katrina, Nueva Orleans fue atacada por un huracán de pobreza, racismo, desinversión, desindustrialización y corrupción. Simplemente, costará miles de millones reparar el daño causado por ese huracán anterior a Katrina. Ahora, cuando el dinero comience a fluir, y los ojos del mundo estén enfocados en Katrina, su pueblo vital y de mente progresista tiene que aprovechar esta oportunidad para luchar por una reconstrucción con justicia. Nueva Orleans es un sitio especial, y tenemos que luchar por su renacimiento.”

“Acabo de salir de Nueva Orleans hace un par de horas”
fragmento de un reportaje de Jordan Flaherty,
02/09/2005

19/08/2013

literatura del sur, 3



“—Abre la puerta, Ignatius.
— ¡Ay, la válvula, que se me cierra! —croó sonoramente Ignatius? — ¿Ya estás satisfecha, ahora que me has destrozado el resto del día?
La señora Reilly se lanzó contra la madera sin pintar.
—Bueno,  no rompas la puerta —dijo él por fin y, unos instantes después, se abrió el pestillo.
—í Qué es toda esta basura que hay por el suelo, Ignatius?
—Eso que ves es mi visión del mundo.  Aún tengo que estructurarlo en un conjunto, así que mira bien dónde pisas.
—Todas las persianas cerradas.  ¡Ignatius! Aún hay luz fuera.
—Mi yo no carece de elementos proustianos —dijo Ignatius desde la cama, a la que había vuelto rápidamente—. Oh, mi estómago.
—Aquí huele a demonios.
—Bueno,  ¿qué esperas? El cuerpo humano, cuando está confinado, emite ciertos aromas que tendemos a olvidar en esta época de desodorantes y otras perversiones. A mí, en realidad, el ambiente de esta habitación me resulta bastante confortante. Schiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas. Yo también tengo mis necesidades. Has de recordar que Mark Twain prefería la posición supina en la cama cuando componía esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.
—Si hubiera sabido que esto estaba así, hace mucho tiempo que habría entrado.
—No sé por qué estás aquí ahora, en realidad, ni por qué sientes esta súbita necesidad de invadir mi santuario. Dudo que vuelva a ser el mismo después del trauma de esta intrusión de un espíritu extraño.”
La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 55-56

“Cada humano de la Tierra posee algo de inteligencia en mayor o menor grado, pero, tenga el cerebro que tenga, está orgulloso de tenerlo. Y todo humano saca pecho cuando se le nombra a los majestuosos jefes intelectuales de su raza, cuyas espléndidas hazañas adora oír contar. Como tienen la misma sangre, al honrarse a sí mismos le han honrado a él. "¡Mirad de lo que es capaz la mente del humano!", exclama. Entonces recita la lista de los humanos ilustres de todos los tiempos, repasando las literaturas imperecederas que han dado al mundo, los ingenios mecánicos que han inventado, las glorias con las que han ornado la ciencia y el arte. Ante ellos se descubre como ante los mismísimos monarcas, rindiéndoles el más profundo homenaje, el más sincero que puede dar su jubiloso corazón, exaltando así el intelecto sobre todas las cosas del mundo, entronizándolo bajo la bóveda de los cielos en una supremacía inalcanzable. ¡Y entonces se inventa un cielo que no tiene ni un ápice de intelectualidad por ninguna parte!

¿No os parece extraño, curioso, desconcertante? Pues es tal y como os digo, por increíble que parezca. Este humano, un sincero adorador del intelecto pródigo en premiar sus poderosos servicios aquí en la Tierra, ha inventado una Religión y un Cielo que no rinden el menor homenaje al intelecto, desprovisto de toda distinción o grandeza. De hecho, ni siquiera lo mencionan.

A estas alturas habréis notado que el Cielo está pensado y construido con un plan muy concreto, de tal modo que contiene en escrupuloso detalle todas y cada una de las cosas imaginables que le resultan repugnantes al ser humano ¡y ni una sola de las que le gustan!

Pues bien, cuanto más avancemos más aparente será este hecho tan curioso.

Tomad buena nota: en el Cielo humano no se ejercita la inteligencia, ni hay nada en lo que poder emplearla. Allí un intelecto corriente se pudriría en un año. Acabaría podrido y apestoso. Podrido y apestoso, es decir, bendito. Al fin sería un cerebro sagrado, pues sólo lo sagrado puede resistir las alegrías de semejante enajenación."

"Las cartas de Satán desde la Tierra", 
Los escritos irreverentes, 
fragmento.
Mark Twain.

Florida, Misuri, 1835; Redding, Connecticut, 1910

18/08/2013

buscando editor

Carta de John Kennedy Toole a Robert Gottlieb, editor de la casa neoyorquina Simon & Schuster.


"5 de marzo de 1965

Querido Sr. Gottlieb:

(…)

Cada vez que hablo sobre “La conjura de los necios” me pongo ansioso y vacilante. Y es así porque albergo un sentimiento bastante paternal hacia el libro; en realidad es un sentimiento andrógino porque siento, además, como si lo hubiera dado a luz. Sé que tiene sus defectos y sé que cualquier extraño podría hacérmelos saber. (…)

Este libro comenzó a escribirse en 1961. En aquella época, durante el día, trabajaba tiempo completo en Hunter y hacía un doctorado en Columbia; durante la noche, además, trabajaba como profesor sustituto en el colegio nocturno de Hunter para pagar la matrícula y sobrevivir. Vivía en el ciclo frustrante de quien quiere escribir pero ha elegido la docencia como forma de sustento y debe conseguir un PhD (doctorado) para hacer algo decente en el ámbito académico. La mente, así, se dispersa en tres direcciones distintas, y la escritura es por supuesto la que más sufre. Cuando obtuve mi máster en Columbia, en 1959, yo vivía en el seno de una beca Woodrow Wilson y obtuve financiamiento extra de la Fundación Ford por una serie de pseudopoemas y relatos breves que nunca fueron enviados a nadie, como la mayoría de mis primeros trabajos. El año de 1959 a 1960 lo pasé enseñando en la Universidad Estatal de Luisiana y sufrí de una apatía neurótica inducida por el crudo horror de la Luisiana rural.

En el verano de 1961, tuve tiempo suficiente para trabajar en una versión temprana del libro, en la que Ignatius se llamaba Humphrey Wildblood. La Armada me alejó tanto de la escritura como del juego Hunter-Columbia; tuve que formar filas en agosto e irme a Puerto Rico, donde me convertí en supervisor  de un programa surrealista de enseñanza de inglés para los reclutas puertorriqueños. Mis deberes consistían principalmente en usar un silbato para indicar el cambio de clases y emanar una gran comprensión hispanoamericana para adivinar tanto los temperamentos hostiles y provocadores de los estudiantes, como los ánimos de los impopulares y defraudados instructores norteamericanos. Era un trabajo ideal: tenía derecho a un cuarto privado muy confortable que incluía un escritorio, la oportunidad para escribir. Y usé el silbato tan bien y emané tal comprensión –todo para tener ese cuarto– que terminé ganando varios honores militares (incluso unas vacaciones en las Antillas Holandesas). Nunca antes un cuarto provocó tanta ambición. Allí el libro comenzó de nuevo y, por primera vez en mi vida, tuve la oportunidad de escribir sin tener que preocuparme por la supervivencia o por problemas que tuvieran algún tipo de contacto con la realidad. Desde mi punto de vista, la Armada me dio cuatro cosas impagables: tiempo, alejamiento, seguridad y privacidad. Valoré sutilmente lo irónico y absurdo de la vida en Puerto Rico; todo el tiempo que pasé allí fue muy valioso.

Cuando llegó la hora de dejar la Armada, en agosto de 1963, debía tomar una decisión. Había completado más de la mitad del libro y, contrario a lo ocurrido con mis trabajos anteriores, podía releer lo que había escrito sin sentirme dolorosamente avergonzado. Y aún más: estaba totalmente involucrado y absorto en él; me había cautivado. Ante mí yacía entonces la obligación de escribir el trabajo para graduarme, así como la circunstancia de tener que viajar frecuentemente entre Morningside Heights y Bedford Park Boulevard para dar clase en el campus de Hunter en el Bronx, lo que significaba al menos dos horas diarias de transporte. Además Hunter me exigía hacer el PhD en tres años, lo que significaba que tenía dos años para arreglármelas con las clases, la escritura de la disertación y la presentación de los exámenes respectivos. No tendría tiempo suficiente para dedicarme a la escritura. Así que conseguí un trabajo en un pequeño y tranquilo colegio cuidadosamente seleccionado donde, como yo esperaba, había poca demanda de tiempo y casi ninguna de cerebro.

De este modo el libro siguió su curso hasta el asesinato del presidente Kennedy. Entonces no pude escribir más. Nada me parecía gracioso y caí en una profunda depresión. En febrero de 1964, por fin, sin cambios ni revisiones transcribí lo que tenía, lo concluí brevemente y comencé a enviarlo a diferentes casas editoriales con la esperanza de que le interesara a alguien. La primera versión del libro nunca se transformó en nada más.

Esto me lleva a su primera lectura del manuscrito. Aunque quizás a esta altura usted haya dejado de leer esta carta, quisiera hablar del libro en sí mismo. Estos comentarios nada tienen que ver con la “calidad” de mi trabajo, que no es una autobiografía pero tampoco completamente una invención. Si bien la trama es una manipulación y yuxtaposición de personajes, la gente y los lugares fueron trazados a partir de la observación y la experiencia, salvo una o dos excepciones. Yo no estoy en las páginas de la historia; nunca he pretendido estar. Pero escribo sobre cosas que sé y, al contarlas, es difícil no sentirlas.
En la revisión, los hilos de la trama fueron unidos de mejor manera, aunque a veces esto resultó ser solo ruido. Myrna se convirtió en una caricatura en medio de personajes muy reales, y eso a pesar de estar concebida para ser muy, muy agradable (por eso, si para un lector objetivo ella resulta ser “una patada en el culo”, entonces he fallado en mi propósito). Cuando le envié la revisión estaba seguro de que la pareja Levy era la peor falla del libro. Tratando de involucrarlos como parte de la trama se salieron de mis manos, yendo de mal en peor; se convirtieron en cartón y me era difícil releer sus diálogos (creo que comenzaron a transformarse en una vaga remembranza del viejo show Easy Aces, en el cual Goodman Ace –si no me equivoco– discutía con su esposa mientras la suegra aparecía esporádicamente en escena). No sé si pueda describir cómo esa pareja insistió en escaparse de mi control mientras intentaba manipularla a lo largo del libro.
Irene, Reilly, Mancuso: todos ellos dicen algo auténtico de Nueva Orleans. Son reales como individuos y como representantes de un grupo. Una noche, recientemente, vi de nuevo a Santa tropezando mientras Irene se sumergía a carcajadas en su copa. ¡Y cuántas veces he visto a Santa besando el retrato de su madre! Burma Jones no es una fantasía, ni lo es la señorita Trixie y su empleo, o el club Noche de Alegría, y así. No hay necesidad de abrumarlo con una lista detallada.

En resumen: pocas cosas de la historia son inventadas, aunque el argumento sí lo es. Es cierto que, bajo la irrealidad de mi experiencia en Puerto Rico, este libro se convirtió en algo más real que cuanto acontecía allí: comencé a hablar y a comportarme como Ignatius. No hay duda de que ésta es la razón por la cual hay tanto de él y su verbosidad puede extenuar. En realidad no es su verbosidad sino la mía. Y el libro, que comenzó en una tarde de domingo, se convirtió de esta forma en un modo de vida. Con Ignatius como representante, mis experiencias de Nueva Orleans comenzaron a encajar unas con otras y entonces me encontré de repente observando y no inventando. La vieja versión de Humphrey Wildblood era dolorosa, extensa, afectada y poco sentida; la nueva cobró vida, al menos para mí.”

fuente: