22/02/2020

el lenguaje en la novela latinoamericana


Por Miguel Ángel Asturias

Escritor, periodista y diplomático guatemalteco,  1899-1974.

“Enunciado en esta forma el tema, me apresuro a decir que lo trataré en la forma más amplia, apartado de los enfoques filológicos, lingüísticos, ya que no es mi propósito, ni creo tener capacidad para tal empresa. La gramática, la retórica y la estilística también las dejaremos aparte. Es el lenguaje, como aventura, lo que me interesa en nuestras novelas.

Los escritores de los países europeos, cuyos caminos idiomáticos están señalados, estratificados a través de siglos de cultura, son dueños de formas verbales hechas, aceptadas, consagradas. Literariamente encuentran el camino a seguir, y lo siguen, hijos de su genio o de su siglo, innovando, a cada quien su estilo, sin jamás sentirse desamparados o manoteando en lo desconocido. Hay un seguir de su universo encadenado a sus expresiones verbales que les facilita la tarea. Echan a andar con un idioma hecho, elaborado a través de generaciones, preciso para designar las cosas, directo en la interpretación de las ideas, dúctil para captar las emociones.

Nada de esto ocurre con los novelistas latinoamericanos, y por eso dijimos que en nuestras novelas estudiaríamos el lenguaje como aventura, la, sin duda, más apasionante aventura humana. Es el empleo de un instrumento cuya gama se desconoce y el que se pulsa un poco por adivinación y otro poco por atrevimiento.

Cada una de las novelas es, por sobre todo, una hazaña verbal. Hay una alquimia. Lo sabemos. ¿Pero cuáles son sus ingredientes? No es fácil darse cuenta en la obra hecha de los materiales empleados. Palabras. Sí, esto es, palabras. Pero, ¿usadas cómo? ¿De acuerdo con qué leyes, con qué reglas? Generalmente no obedecen a ninguna. Han sido puestas como la pulsación de mundos que se están formando. Palabras que suenan como piedras. Que no son palabras, sino piedras. Otras que se oyen como maderas. O metales. Es el sonido, es la onomatopeya. En la aventura de nuestro lenguaje, lo primero que debe rastrearse es la onomatopeya. Cuantos ecos compuestos o descompuestos de nuestro paisaje, de nuestra naturaleza, hay en nuestros vocablos, en nuestras frases.

Tomar cada una de las novelas hispanoamericanas y cernirla de todos esos residuos sonoros que indudablemente son parte de la aventura verbal del novelista. Un instintivo, llamémoslo así, uso de palabras que al chocar unas con otras o al entrelazar sus sílabas, suenan de distinta forma. Antes del lenguaje literario está el sonido. En el sonido empieza la aventura del novelista latinoamericano. Se guía por sonidos. Se oye. Oye a sus personajes. No sabe lo que dicen, pero los oye. Primero los oye. Luego sabrá lo que hablan. Las mejores novelas nuestras no parecen haber sido escritas, sino habladas.

El sonido de nuestras novelas es, pues, distinto. Sobrepasa los sonidos intraducibles en las lenguas o idiomas tradicionales que forman la base de nuestra manera de expresarnos. Sobrepasa los sonidos intraducibles de las lenguas indígenas y del castellano. No hay otra dinámica verbal fuera de la poesía que la palabra encierra. Y que se revela, primero, como sonido. Y después como concepto. Y por eso, las novelas hispanoamericanas, son grandes masas musicales vibrando, tomadas así, en la convulsión del nacimiento de todas las cosas que en ellas nacen.

Y la aventura sigue en la confluencia de los idiomas. De todos los idiomas hablados por los hombres. Nuestro español está formado por todos los idiomas. No exagero. Además de las lenguas indígenas americanas que entran en su composición, hay la mezcla de las lenguas europeas y orientales que las masas de inmigrantes llevaron a América. El tema es apasionante. Nuestras novelas responden a la fundición de hablas humanas habladas. Y es en la novela donde encontramos ya con cariz literario muchas palabras que se emplean en la conversación y que antes no habían llegado a plasmarse en ningún texto. Lo familiar, lo popular hallan cabida en sus páginas. Un otro idioma, también muy americano, de la América nuestra, va a regar sus destellos sobre sonidos y palabras. El idioma de las imágenes.

A nadie puede sorprender lo que digo. No son pocas las personas que leyendo nuestras novelas, las ven cinematográficamente. No parecen escritas con palabras, sino con imágenes. Y ésta es otra característica esencial del idioma que emplea la novela iberoamericana. Y lo que la diferencia de la novela europea actual. Los escritores europeos rechazan las imágenes. Y por eso todos los esquemas corrientes del arte de novelar en Europa, apenas si tienen ahora quien los siga, o los imite en América. Y no porque se persiga una dramática afirmación de independencia, sino porque nuestros novelistas están empeñados en universalizar la voz de sus pueblos, con un idioma rico en sonidos, rico en fabulaciones, rico en imágenes. Y no porque haya habido una ruptura con lo europeo, no, sino porque, al margen de lo europeo, nos hemos puesto a elaborar lo nuestro.

Fabulación, poesía y pintura americana, tenían necesidad de una lengua universal y ésta se la dio la novela, y mejor si dijéramos colorido, poesía e invención imaginativa encontraron en la novela cauce por donde correr hacia lo universal. Y en manera alguna se trata de un lenguaje creado artificialmente para dar cabida a esa fabulación, o de la llamada prosa poética, sino de un lenguaje vivo, hablado por millones de seres, que conservan en su habla popular todo el lirismo, la fantasía, la gracia, la picardía que caracteriza el lenguaje de la novela latinoamericana.

La poesía-lenguaje que sustenta nuestra novelística es algo así como su respiración. Novelas con pulmones poéticos, con pulmones verdes, con pulmones vegetales. Lo que más atrae a los lectores no-americanos, es lo que nuestra novela ha logrado por los caminos de un lenguaje colorido, sin llegar a ser pintoresco, onomatopéyico por adherido a la música del paisaje y algunas veces a los sonidos de las lenguas indígenas.

Y al hablar de esta relación entre la lengua de nuestras novelas y los resabios ancestrales que afloran inconscientemente en la prosa empleada en ellas, quiero llamar la atención sobre la importancia que la palabra cobra como entidad absoluta, como símbolo. Es por esto que nuestra prosa se aparta del ordenamiento de la sintaxis castellana, porque la palabra tiene un valor en sí, tal y como lo tenía en las lenguas indígenas. El poder mágico de la palabra entre los indígenas es tal que su sola enunciación basta. No es necesario más que una palabra, exactamente conocida, para develar un misterio, para no extraviarse en lo desconocido, para apropiarse, para adueñarse de los seres y las cosas. Desde luego que esta sintaxis del español americano con resabios de lo indígena, se descubre mejor en nuestras novelas de corte indianizante.

Pero es que además las lenguas indígenas siguen hablándose en América, y esto influye desde luego en nuestras formas de expresión, cala hondo en nuestra prosa que aprovecha muchas veces de aquel material vivo, e influye desde luego en su construcción prosódica. Hay, y éste es el fenómeno, el mestizaje del idioma. Lo indio y lo español. Y luego todos los otros idiomas europeos. Amalgama que no comienza ahora, que principió al solo terminar la conquista de América, por los españoles, al surgir los primeros escritores y poetas indígenas que, conocedores del alfabeto latino, iban a escribir, ya no en forma ideográfica, sino en nuestras letras, en sus lenguas nativas. Pero la nueva lengua, el español, se impone, y el reflujo de las antiguas lenguas nativas ya sólo se percibe en lo popular, en las creaciones de tipo popular. Casi a través de tres siglos, y éste es un dato que se olvida o no se conoce, florece una literatura indígena americana, escrita en las lenguas originales indígenas. Poesía, narrativa, teatro, historia. Todo debido a la pluma, que ya habían aprendido a cortarla tan bien como sus maestros, de escritores, poetas, dramaturgos, historiadores absolutamente indígenas. Pero, como decíamos antes, poco a poco se deja de escribir en las lenguas nativas, se usa el español y aquellas ya sólo quedan en la boca del pueblo que las habla, que las sigue hablando.

Pero el español no podía mantenerse puro, no podía el idioma castellano salir intacto, después de echarse a correr como un río a través de más de veinte naciones. Arrastra todo, oro y escoria, y va cambiando su sonido, va haciéndose más suave, más tierno, más entrañable, y muda la forma de construir las frases, la palabra alcanza su valor pleno, y un nuevo ordenamiento idiomático encadena los elementos, con una nueva lógica, hecho que dificulta, mucho más de lo que se cree, al europeo, la comprensión de nuestros textos, ya que lo que ocurre con la lengua, pasa también en el plano mental y emocional. Sí, porque la palabra, las palabras no son todo. Son simples auxiliares, medio del que se vale el poeta o el escritor en quien se mezclan lo americano y lo europeo, para crear sus obras, dentro de una manera de pensar y de sentir otra, absolutamente otra. Caótica, para algunos, novedosa para otros, simple paso hacia nuevas estructuras literarias, creaciones que vayan más allá del sortilegio verbal que en Europa parece agotado, nuestra novela reivindica, además, lo que podría llamarse el idioma, la lengua de las imágenes.

¿No se deberá a que nuestra literatura fue primero pintada, ideogramas pintados en tablillas hace siglos, el que nos guste pintar nuestra prosa con imágenes?

Si nuestros antepasados para expresarse, y especialmente para expresarse poética o literariamente, recurrían a la imagen, no hace sino seguir la norma indígena-americana el novelista que se vale de imágenes para exponer lo que piensa, lo que siente -él o sus personajes-, a tal punto que hay momentos en que parece no escribir con palabras, sino con imágenes, y por eso no son pocas las personas que, al leer nuestras novelas, las ven casi cinematográficamente. Es en las imágenes, en las que nuestra novela halla su expresión más auténticamente americana, y lo que la diferencia totalmente de la novela europea actual. Jean Cassou opina que no sólo en las artes plásticas, sino en la literatura hay en la actualidad, en Europa, un rechazo de la imagen. La presencia de la imagen singulariza nuestra literatura del ayer más lejano y de hoy. Y no las imágenes, como trasuntos espectrales, sino en toda su fuerza, viva, comunicativa, creadora, insustituible. En este terreno, puramente imaginativo, también nuestros novelistas van inventando su idioma.

Uno de los elementos que dan más carácter americano a nuestra novela, es éste de las imágenes, de las metáforas. Pues, a veces, como si no fuera bastante una imagen, el novelista nuestro recurre a la acumulación de imágenes, lo que se llama paralelismo, o bien al difrasismo, consistente en aparear metáforas. En ambos casos, paralelismo o difrasismo, fueron recursos estilísticos de la más antigua expresión literaria indígena-americana. Hay, en la novela contemporánea hispanoamericana, un aflorar de aquellas formas, olvidadas durante siglos, mientras nuestras bellas letras fueron calcadas en lo europeo. Y en este sentido, la novela europeizante que ahora se escribe en América, cualquiera puede hacer la constatación, es producto de manipulaciones de biblioteca, vacía de contenido humano. Lo que antes de existir la novela-canto, la novela-imagen, no podía establecerse bien, no podía delimitarse con precisión, se nos presenta ahora en forma tan clara, que ya no hay lugar a confusión. La auténtica novela americana de nuestros países es la que nos da aquel mundo de imágenes, transposición fascinante y rica en la que la palabra, como concepto y como sonido, juega papel de encantamiento. Nadie entenderá nada de nuestra literatura, de nuestra poesía, si quita a la palabra este poder de encantamiento.

Francis de Miomandre, gran hispanista francés, traductor de muchísimos libros del español al francés, traductor de Don Quijote, para empezar, me decía en cierta ocasión: “En los textos de las novelas americanas publicadas últimamente -se refería a las novelas en español, americanas de la América española-, se tropieza con la dificultad de que no se pueden traducir, si no se encuentran las palabras que exacta o estrictamente signifiquen lo que el escritor quiso decir. No se puede emplear cualquier sinónimo. Hay que hallar el término justo. Y es justo el término, cuando no mata la palabra, sino la deja viva, dinámica, con todas sus posibilidades mágicas. Antes traducir era traducir. Ahora traducir a los latinoamericanos, es convertirse en mago”.

Si recapitulamos, para ordenar un poco las ideas, lo que hemos dicho del lenguaje en la novela latinoamericana, y empleamos este término para abarcar la novela brasileña, tan importante, y la escrita en francés, en Haití (pensamos en Los gobernantes del rocío de Jacques Romain), si recapitulamos tenemos el lenguaje como aventura, el lenguaje en nuestras novelas es una aventura, una hazaña, algo que el novelista inventa, crea, recrea, encuentra, transforma, trasega de la lengua popular o del lenguaje culto o de formas antiguas de hablar o de modismos locales, de los que a veces se abusa, así como de expresiones en lengua indígena.

Aludimos en seguida, bien someramente por cierto, a las transformaciones que el español sufre en América, hecho que nos permite usar una lengua que en nuestros países goza de todas las libertades, una lengua mestiza riquísima.

Y después a la importancia de la imagen en nuestra novelística y más ampliamente, en nuestra literatura, que, por momentos, no parece pensada en palabras, sino en imágenes.

Pero, además, debemos estudiar el lenguaje en nuestras novelas, como una toma de conciencia. A través del lenguaje, el novelista y sus personajes participan en el mundo que crean. Más allá de la repetición vacua, lexicográfica, tiene que estar despierta la conciencia que participa positivamente en esa creación. Aquí ya el lenguaje juega otro papel. Se vale de las palabras para hacer participar al lector en la vida, casi siempre dramática, de sus creaciones. Debe inquietar, desasosegar, obtener la adhesión del lector, el cual olvidándose de su cotidiano vivir, entrará a compartir el juego de situaciones y personajes. Palabra e imagen, en una novelística así, mantienen intactos sus valores humanos. No se usaban para desvirtuar al hombre, sino para completarlo. Y esto es lo que perturba en ella, aunque muchas veces no se confiese, lo que se transforma en vehículo de ideas, en intérprete de pueblos.

Damos entonces al lenguaje, en la novela hispanoamericana, su dimensión literaria, su valor mágico, imponderable, y su proyección humana.”



 

20/02/2020

la ola negra


Por Gabriel Saidón


“Al menos cuatro novelas negras en sus distintas vertientes escritas por mujeres en la Argentina y publicadas por editoriales grandes, medianas y chicas cerraron 2018: Errantes (Planeta), de Florencia Etcheves; Malos hábitos (Del Nuevo Extremo), de Patricia Sagastizábal; Mala leche (Adriana Hidalgo), de Alicia Plante y La insurgencia cochina (Casa Brandon), de Carolina Cobelo.

Y en febrero de 2019, Claudia Piñeiro se convirtió en la primera latinoamericana en recibir el premio Pepe Carvalho en el festival Barcelona Negra, que comanda el español Carlos Zanón. Su novela Elena sabe, de 2007, se reeditó en España (y en Alfaguara Argentina). Otras reediciones recientes, como la de Le viste la cara a Dios (Flash), en formato ebook, de Gabriela Cabezón Cámara, o Quién mató a la cantante de jazz, de Tatiana Goransky por el sello mexicano Nitro/Press, se suman a nuevos libros en proceso de escritura o que esperan ser publicados en un año promisorio para el género en sus dos acepciones: negro y mujer.

Algunos van a presentarse en la Feria del Libro de Buenos Aires y se vislumbra su condición de "exportables" en un contexto internacional de lo que Goransky, invitada a festivales del género en distintos puntos del mapa, bautiza como megasuperboom y que remonta a 2009, post caída de las bolsas y derrumbe del sistema financiero occidental.

Cada vez más escritoras se suman a las "reincidentes" en esta nueva "ola negra", algunas incluso debutan en la literatura por el portón de la muerte violenta ficticia, tanto en su vertiente de enigma, con detective y búsqueda de la verdad, o despojadas de esa segunda trama, la de la investigación, y centradas en el crimen, en la venganza o, incluso, en una guerra insurgente. Porque el que cultivan las mujeres es un género en el que las normas se transgreden constantemente. De eso se trata. De la transgresión. Incluso, de la transgresión al secreto cabalístico que consiste en no contar jamás un trabajo en proceso: aquí, las autoras no solo hablan de sus libros cerrados, sino que nos dejan espiar en las obras en proceso.

Algunas novelas se centran en zonas y lenguaje marginales y otras espían en las rajaduras de la "alta sociedad". Las primeras se ubican en la línea de La virgen Cabeza (Eterna cadencia, 2009), de Cabezón Cámara, protagonizada por la pareja de una periodista lesbiana y una travesti villera. La figura de la travesti también aparece en Lola, la amiga de Ruth Epelbaum, protagonista de la serie de novelas de la autora entrerriana María Inés Krimer publicadas entre 2010 y 2013, Sangre Kosher, Siliconas exprés y Sangre fashion, en la serie Negro absoluto de editorial Aquilina.

Con estos antecedentes, y altas dosis de humor, se enmarcan las nuevas novelas LGBTQ dentro del género, como la "ópera prima" Ninfas de otro mundo (Iván Rosado, 2016), tres relatos largos de la escritora rosarina Melina Torres, con su pareja de policías, Silvana Aguirre, lesbiana, y su colega gay Ulises Herrera, donde tienen que ocuparse, entre otros crímenes, de un travesticidio. Torres también apunta a la serie: "Ahora estoy terminando una novela con los mismos personajes, según dicen, la primera dupla de detectives gay de la literatura argentina". Y espera que se publique este año.

Una pareja de policías, el Comisario Juánez y su compañera, "Pipa", también protagoniza las novelas de Florencia Etcheves, periodista de policiales que dejó los medios para enfrascarse en la literatura, y que está trabajando en la continuación de Cornelia (2016), que fue llevada al cine como Perdida, de Alejandro Maci. "Los casos de mis novelas son de ficción pero las mecánicas criminales son reales -comenta Etcheves-. Cornelia Villalba no existe, pero hay miles de chicas en todo el mundo víctimas de la trata para explotación sexual. Necesito hablar de ella y contar qué pasó con Cornelia".

Otro debut negro es el de Carolina Cobelo, con La insurgencia cochina, una novela que tensa al máximo las fronteras del género y del lenguaje y que imagina en forma de ucronía una resistencia armada gay, lesbiana y trans contra una invasión norteamericana post guerra de Malvinas, donde la muerte y el sexo violentos son ley.

Cobelo marca diferencias: "En La Insurgencia…, que presenta una gesta colectiva (a diferencia de la novela negra como gesta individual), hay dos tipos de violencia: la que está dada en la sociedad, pero también la que los personajes toman y reivindican como modo único de transformación social".

Ahora, Cobelo vuelve a los 80 y se mete con ese otro género tangencial, el espionaje, en El mundo se derrumba, cariño, "una suerte de novela de espías en clave paródica que relata las peripecias de Ronald Reagan y Nancy Reagan durante la segunda presidencia del mandatario. Comienza en 1986, cuando la enfermedad del presidente da sus primeros signos y Nancy Reagan comienza con su obra magna: llenar los vacíos del presidente con ideología de izquierda, ya que Nancy es en realidad una agente de la KGB".

En los márgenes del conurbano boanerense se sitúa Cometierra, de la debutante Dolores Reyes, que publica en mayo editorial Sigilo, y que tiene como protagonista a una chica, devenida especie de santa popular en vida, a quien los familiares de personas muertas llevan botellas con tierra del cementerio donde están enterradas sus muertas para que "pruebe" y aporte datos. La autora enumera los elementos "negros" en su novela: "Los asesinatos, la falta de interés policial por las mujeres muertas, la tristeza que generan los femicidios, la angustia que las desapariciones y la muerte provocan en los afectos. No solo la van a buscar los familiares, también la policía. Cometierra y el género negro se nutren de los mismos materiales sociales". Reyes trabajó su libro en el Espacio enjambre, en un taller con Selva Almada, autora de una novela que roza los bordes del género, Ladrilleros (Mardulce 2013), y que en su no ficción Chicas muertas (2014) narra una investigación sobre tres casos de femicidios de adolescentes pobres ocurridos en los 80.

En la otra punta del arco social, están los libros que siguen la línea de Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro. Esta novela, que se alzó con el Premio Clarín de Novela en 2005 y fue adaptada y llevada al cine por Marcelo Piñeyro en 2009, no solo catapultó a su autora a la "fama", sino que abrió las compuertas para que otras se animaran, o incluso para generar cierta demanda en el mercado editorial. En esa dirección, la historiadora Inés Arteta acaba de publicar su novela, Los caimanes (Libros del Zorzal), una libre ficcionalización del caso García Belsunce, que también ocurre en un country. La novela fue finalista en el festival Buenos Aires Negra (BAN) en 2014.

"Terminé Los Caimanes un mes después de que Claudia Piñeiro ganó el Premio Clarín. El timing fue impresionante y durante años, cuando pitcheaba la novela, me respondían que ya había una novela-country -cuenta Arteta-. Si bien en Las Viudas…, los que mueren son varones, comparten el contexto de barrio cerrado. Antes de que el feminismo tuviera la fuerza que tiene ahora, notaba que el femicidio era considerado algo que sucedía solo entre la gente de pocos recursos. Cuando la sociedad estuvo segura de que el asesino de García Belsunce fue el marido, Carrascosa, advertí que lo que no se comprendía que para la aristocracia-country, lo que hicieron apenas encontraron a la mujer muerta al lado de la bañadera, es absolutamente normal: apurarse en enterrarla y para eso fraguar la hora en que murió, así apurar el entierro. O botar "pitutos" a la basura en pos de la asepsia y solo pensar en ellos dos semanas más tarde (porque un asesinato era inconcebible, solo podía tratarse de un accidente)".

Piñeiro, que había "abandonado" el género negro en sus últimos libros, desde Un comunista en calzoncillos, promete volver al ruedo con una historia que recién empieza a gestar. "Estoy escribiendo un policial a mi estilo, tal vez incluso más que otras de mis novelas: tiene asesinato y búsqueda de la verdad, pero también otros elementos", dice.

Otra "reincidente", la escritora y psicóloga Alicia Plante, que en su "trilogía del agua" y en La sombra del otro (2016), se movía en historias de clase media, se salió de su registro habitual en Mala leche, una novela con lengua villera, donde vuelve a aparecer como detective el juez en lo penal, Leo Resnik. En su próximo libro, El menor, Plante cuenta la historia de dos hermanos muy diferentes entre sí. Uno de ellos, Nico, desaparece, y el otro, Aníbal, debe buscarlo. "Es una novela negra -señala Plante-, porque como siempre, está la crítica social al miserable medio empresario en el que se mueve Aníbal, a las mentiras, voluntarias e involuntarias, que generan el dolor, la tragedia, la muerte, la soledad".

En 2014, Solange Camauër fue la primera mujer y latinoamericana en obtener el Premio Internacional de Novela Negra Getafe-Madrid con su novela Sabiduría elemental, que Edaf publicó en España. En esa novela que juega con los límites del policial clásico, de enigma, un escritor al que se conoce solo por su apellido, Katz, aparece asesinado en su escritorio. El que se pone al hombro la investigación es su hijo Félix, antropólogo, que también será el "detective" en la segunda novela en el género de Camauër, Amores que se van. "Félix Katz está de visita en el Paraje Vagues (cerca de San Antonio de Areco) y debe ayudar a su amigo Santiago porque lo culpan del asesinato de su amante que aparece molida a golpes en medio del campo. Félix descubre al asesino y reconstruye la secuencia y las motivaciones del crimen, pero tiene dificultades para encontrar la pruebas", adelanta la autora.

Sabiduría elemental podría enmarcarse en otra vertiente del género, y es el policial intelectual, que explotaron muchos de los autores publicados en la célebre colección Séptimo círculo, con escritores como protagonistas. La cultura "alta", pero también el humor, son elementos que esta novela comparte con El rapto (Vestales, 2017), la primera de la periodista Miriam Molero, en la que el secuestro de un semiólogo por los miembros de una Iglesia y un video porno disparan una trama original y delirante, y donde también es el hijo el que investiga, junto con una ex alumna del secuestrado.

"Vuelvo con un thriller a fin de año -adelanta Molero-, de alta violencia erótica, anclada en el aquí y ahora de una ciudad de provincia donde tres chicas ponen en juego su cuerpo en el sentido erótico y en sentido de la propia vida. No hay reflexión, hay cuerpos en movimiento puro intentando someter y someterse, vivir y sobrevivir en un pantanal".

Entre las periodistas que se le animan al policial se puede nombrar también a Paula Rodríguez, que viene cultivando el humor como género (forma parte del staff de Revista Barcelona y es coautora de las tres Guía inútil para madres primerizas, junto con Ingrid Beck), y tiene en gateras una novela para ser publicada en una "importante editorial", que parte de un accidente de tren "real" para armar una trama ficticia de ramificaciones familiares y delictivas, con un lenguaje que se asoma a los márgenes pero no abusa. "Me interesa el realismo y, tal vez porque vengo del periodismo, contar el presente. Mi novela no tiene enigma en el sentido clásico. No se pregunta ¿cuál es la verdad? sino más bien ¿qué verdad se saldrá con la suya?", comenta Rodríguez.

Como en El rapto, la Iglesia y sus oscuridades están en el centro de la trama de Malos hábitos, de Patricia Sagastizábal, donde una novicia es asesinada en un convento, y una monja, la hermana María, se involucra en la investigación que lleva adelante un comisario, Obineta. Otra institución, la médica, es puesta en juicio en el libro que Sagastizábal está trabajando, donde, según cuenta la autora, "una científica argentina que dirige un Instituto de Investigaciones en los Estados Unidos, al hallar la cura de una enfermedad se encuentra ante una encrucijada que decide afrontar, sin imaginar que ha desencadenado en los enfermos efectos no deseados que la enfrentarán con el peligro y las sospechas de un crimen que recaen sobre ella".

Las autoras mujeres suelen armar "equipos de investigación". Duplas, pero también grupos. Como es el caso de Krimer, donde Ruth Epelbaum, además de su amiga travesti Lola, cuenta con la ayuda de Gladys, su empleada doméstica (shikse en idish). En Noxa (Revolver, 2016), Krimer cambia de detective y elige a Maria Meyer, una periodista cuya saga continúa en Cupo, que se publica en junio. "Cupo surge de una charla con una amiga que ocupa un cargo importante en un sindicato. Estábamos hablando del lugar de las mujeres en los gremios y dijo: 'Cuando hablamos en las asambleas, los hombres se paran para mear o fumar un pucho'. Volví a casa y anoté la frase. Después, fue definir la trama, la urgencia de la escritura y la marea verde que arrasó con todo. Al terminar su viaje en Noxa, Marcia descubre su embarazo producto de una relación con un médico casado y tiene que tomar una decisión", cuenta Krimer.

También "hay equipo" en Los motivos del lobo, de la guionista Liliana Escliar, cuyo protagonista es un médico forense, Parodi, que perdió a su hija, y que antes de ser libro fue serie de televisión. Escliar (que trabajó con la periodista Marisa Grinstein en el guión de Mujeres asesinas) corre contra reloj dándole los retoques finales a la secuela, Tumbas rotas. "La acción comienza un año después -dice Escliar-, con una provocación muy fuerte de El Lobo al forense. Lo de ellos es algo personal, que excede lo policial. A esta altura empiezo a creer que ambos se necesitan para existir. Parodi vuelve a la investigación tan desprolijo, adorable y cabrón como siempre (yo estoy enamoradísima de él)", "confiesa" Escliar.

En la línea clásica, aunque con la "licencia" de lo fantástico (otra forma de transgredir las reglas del género), Gabriela Urrutibehety trabaja en una novela "que retoma el escenario de novelas anteriores, el pueblo costero de San Augusto. Como en Con la muerte a cuestas (Letra Sudaca, 2014, donde hay un suicidio de un padre y la desaparición de una hija en la última dictadura), acá hay cosas que todos saben pero nadie quieren contar, un universo pueblerino que muestra la mugre que hay debajo del 'nos conocemos todos' y 'somos todos buena gente'. La intriga tiene que ver con un aparato que modifica el tiempo y ese es el punto fantástico, aunque no sea una novela fantástica stricto sensu. Y hay una investigadora, una periodista desocupada, que arma el rompecabezas del enigma que se presenta en el inicio. La verdad se descubre al final por la intervención de una investigadora", dice Urrutibehety.

Los viajes al pasado son el sello de otra autora, única en el universo del policial producido por mujeres argentinas, que trabaja con la historia, Mercedes Giuffré, a través de la saga ubicada en el Buenos Aires virreinal y protagonizada por el médico-detective "mitad gallego mitad, británico y un adelantado a su época", como lo define su autora, Samuel Redhead, desde Deuda de sangre (Suma, 2008) hasta Almas en Pena (2017), donde también hay un viraje hacia lo fantástico, un género en el que Giuffré ahonda en la novela que está escribiendo, para luego, promete, volver a Redhead, "porque falta una quinta novela de cierre de la serie que va a ser bien policial. Una suerte de despedida de esta etapa, al menos por un tiempo".
No están todas. Esta intenta ser una muestra representativa de un fenómeno que recién empieza pero que ya se vislumbra federal, protagonizado por escritoras de diferentes en estilos y propuestas, pero con un denominador común: la calidad en la escritura.

La "ola negra", con toda su riqueza, vino para quedarse, para levantarse, para crecer, para romper todas las orillas.”

"La ola negra":
radiografía del boom de las escritoras argentinas en la novela policial
Grabiela Saidón
Infoae.com
2

19/02/2020

discurso bcNegra




Discurso completo de Claudia Piñeiro al recibir Premio de Novela Negra Pepe Carvalho del año 2019:

“Primero, quiero expresar lo feliz que me siento por recibir este premio y agradecerle al ayuntamiento de Barcelona, al festival BC Negra y al jurado por haberme honrado con esta distinción, que lleva el nombre nada menos que del detective insignia de Manuel Vázquez Montalbán. Segundo, quiero compartir este premio con mis colegas, escritores y escritoras de novela negra que me han hecho disfrutar el género tanto cuando escribo como cuando leo y valorarlo. Y por último, señalar cuánto les debemos quienes escribimos novela negra a tantos libreros y libreras que nos recomiendan a sus lectores, con un especial recuerdo a Paco Camarasa y su Negra y Criminal.

Tengo consciencia de que soy la cuarta mujer que gana este premio, y la primera o primer latinoamericano. Por eso me propongo hablar desde allí, desde ese lugar: los márgenes. Porque hay una sospecha de marginalidad también en el género que nos convoca. Y quienes vivimos corridos de los centros de poder, por cuestiones de género o geográficos, aprendimos a poner de nuestro lado supuestas debilidades y convertirlas en fortalezas. Así, parada en los márgenes que significa ser argentino o argentina, ser escritor o escritora en Argentina, y ser escritor o escritora de policial en Argentina, debo confesarles que en mi país hemos tenido la suerte de que los mejores autores que ha dado nuestra literatura - desde Jorge Luis Borges hasta Ricardo Piglia- han apreciado el género policial, lo han difundido, lo han estudiado, lo han traducido. Muchos de ellos, además, han escrito al menos un cuento policial, una novela negra o un texto que camina por los bordes del género: Manuel Puig (The Buenos Aires affaire, El beso de la mujer araña), Juan José Saer (La pesquisa), Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares (Los que aman odian), por dar sólo algunos ejemplos.

Borges, además de dejarnos La muerte y la brújula, o los Seis problemas para Isidro Parodi, dirigió con Bioy Casares la colección Séptimo Círculo,  con la que muchos argentinos y argentinas empezamos a leer novela policial. Y escribió interesantes trabajos, conferencias y reflexiones sobre el género. Si tengo que elegir dos de sus aportes fundamentales al estudio de la literatura negra señalaría:

1.       Lo que aparece con este nuevo género, a partir de Edgar Allan Poe, no es una nueva manera de narrar o de escribir tramas sino de leer. Para Borges, Poe inventa un nuevo tipo de lector: el lector de policial. Todos nosotros, los que estamos acá, fuimos inventados por él. “Ese juguete riguroso que nos ha dejado Edgard Allan Poe”, llama Borges a este género en el prólogo a uno de sus libros. El lector de policial lee buscando descifrar enigmas, encontrar claves ocultas, intentando no caer en la trampa de falsas pistas. Porque para ese lector una palabra puede encerrar el móvil de un asesinato.

2.       El policial es un género noble. Borges eleva un género literario considerado por muchos modesto al rango de la mejor literatura. Recupera al policial desde ese lugar de marginalidad para hacerlo central, lo ilumina.

De Borges a Piglia, el recorrido de escritores argentinos interesados en la literatura negra es amplio y a favor del género. Mientras Borges destaca la "estructura formal" del policial, Piglia destaca "la ficción paranoica" Borges dice: "En esta época nuestra tan caótica, hay algo que, humildemente, ha conservado las virtudes clásicas: el policial. Ya que no se entiende un policial sin principio, sin medio y sin fin". En cambio Piglia dice: "La ficción se vuelve paranoica porque quien la interpreta debe buscar los sentidos e hilos perdidos que hilvanan la verdad". Y en Blanco Nocturno le hace decir al Comisario Croce, cuando Renzi le pregunta quién mató a Durán: “Vos lees demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras cómo son verdaderamente las cosas. No es cierto que se pueda establecer un orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve”.

Con la misma admiración que ellos, los escritores y escritoras argentinos de novela policial nos movemos desde la certeza estructural de Borges a la incerteza paranoica de Piglia. Allí se encuentra nuestra tradición literaria y la gran identificación con este género.

Pero además de la literatura está la realidad. Y cada sociedad produce distintos tipos de crímenes. Dijo Mempo Giardinelli en una conferencia sobre el policial en México que cualquier escritor latinoamericano con un ojo atento a lo que pasa a su alrededor termina escribiendo novela social y policial. Para contar una sociedad necesitamos contar los crímenes que en ella se cometen. Y para explicar un crimen hay que contar la sociedad que le ha dado lugar. Los crímenes de la dictadura militar en la Argentina, la desaparición de personas, son crímenes que fueron cometidos en nuestra sociedad. La apropiación de menores durante la dictadura también. Los asesinos solitarios que desde un balcón matan a niños que juegan en el patio de una escuela, en cambio, no son comunes en la sociedad argentina sino en aquellas donde la compra y tenencia de armas está avalada sin mayores requisitos ni cuidados: aparecen cada tanto en los Estados Unidos, tal vez en breve tiempo en Brasil después del decreto del nuevo presidente que flexibiliza la posesión de armas.

¿Qué crímenes me preocupan de los que se cometen hoy, enero de 2019, en la Argentina? Los femicidios: mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres. En mi país para tipificar este delito no es necesario que quien mate tenga una relación con la víctima -entiendo que en España sí-, sino que en su deseo de matar haya pesado el hecho de que la asesinada sea una mujer. Por ejemplo, un hombre que aborda a una mujer que regresa a su casa, la viola y luego la mata. En Argentina este crimen tiene más pena que otros tipos de asesinatos.

Sin embargo, la pena mayor no parece disuasoria y en lo que va del año hubo un femicidio cada 28 horas en la Argentina (según datos elaborados al 21 de enero por el Registro Nacional de Femicidios del Observatorio “Ahora que sí nos ven”). Cuando hace una semana escribí este discurso eran 18 las mujeres asesinadas en 2019. Anoche lo corregí, ya eran 19. Esta mañana en el desayuno volví a corregir el número: 20 femicidios en un mes. Son estos crímenes los que hacen que las argentinas salgamos a la calle a gritar #NiUnaMenos.

Pero también hay en mi país otro crimen perpetrado contra mujeres: el derivado de la práctica clandestina del aborto que sigue prohibido en la Argentina (excepto si el embarazo es por causa de violación o existe riesgo de vida de la madre o inviabilidad de vida del feto fuera del útero). En ningún otro caso una mujer puede abortar legalmente en la Argentina. Aunque claro que si ha tomado la decisión de hacerlo, lo hará. Si tiene dinero en las mejores clínicas, si no lo tiene en las peores condiciones de salud y en la clandestinidad. Cuando en mi país una mujer decide abortar y es obligada a hacerlo fuera del sistema de salud, alguien, no ella, está cometiendo un crimen y es responsable. Y ese alguien es el Estado que la deja librada a su suerte.

Una mujer -sobre todo si es pobre- puede morir en un aborto, puede quedar mutilada, pero si sobrevive, puede además ir a la cárcel, porque la ley argentina considera que el crimen lo comete ella. Según la ley vigente, la mujer que se hace un aborto tiene una pena de cárcel que va de 1 a 4 años. En el nuevo código penal que se pondrá a consideración de los legisladores en breve, la cosa de tan hipócrita es casi peor: un juez debe evaluar si la mujer que abortó tenía motivos válidos y suficientes para decidir interrumpir el embarazo, si sí, libre, si no, a la cárcel. Increíble, ¿no? Si se aprueba esta aberración, en la Argentina será increíble pero real. Les ahorro mis comentarios. Las mujeres de mi país también salimos a las calles a pedir aborto legal, seguro y gratuito. Y seguiremos saliendo hasta que se nos dé un derecho básico del que estamos privadas. Si van a Argentina se cruzarán con montones de jóvenes que llevan un pañuelo verde atado a su mochila, el pañuelo que es el símbolo de nuestra lucha. Este pañuelo. Tal vez ya se han cruzado con alguno atado a una mochila en las Ramblas, en la Barceloneta o en el Born.

No tengo dudas de que de estos crímenes cometidos contra las mujeres hablará mucha de la literatura negra que se está escribiendo en estos momentos en la Argentina. Porque quién sino el género negro para contar una sociedad. Y para hacer justicia; aunque sea justicia poética.

Por último, quiero hablar unos instantes de Manuel Vázquez Montalbán. Como tantos argentinos a los que nos gusta la novela negra, y a diferencia de otros ganadores de este premio, he leído a Montalbán. Y he disfrutado a su Pepe Carvalho. Pero nunca lo conocí. A pesar de eso, tengo la sensación de que sí nos hemos visto alguna vez. No sé si por la cantidad de anécdotas que lo tienen de protagonista y he escuchado relatadas por escritores amigos. O por el homenaje que le hace Andrea Camillieri con su Comisario Montalbano. O porque he leído en Un golpe de vida, de Juan Cruz Ruiz, la escena en la que MVM muere en el aeropuerto de Bangkok buscando la puerta de embarque y, como Juan Cruz, tengo la sensación de que estuve allí. O porque él estuvo en mi ciudad y escribió el Quinteto de Buenos Aires. O porque era hijo de un gallego pero creció rodeado de catalanes como yo. No lo sé, lo cierto es que siempre lo he sentido cercano. Sin embargo, ¿qué voy a contarles yo de Vázquez Montalbán o de Carvalho que no sepan?, me preguntaba cuando tenía que preparar estas palabras. Y entonces un amigo me ofreció una caja con siete libritos que hizo la editorial Planeta en el 97 para conmemorar los 25 años de Pepe Carvalho. Y uno de esos libritos trae Las 101 preguntas sobre Carvalho, una especie de test de memoria lectora que por supuesto devoré. Las preguntas están clasificadas de mayor a menor complejidad. Por ejemplo, entre las muy fáciles está: "¿Por qué quema libros Pepe Carvalho?" Y la respuesta se encuentra a lo largo de toda su obra: Porque no le han enseñado a vivir. Entre las fáciles: "¿De qué se disfrazó Carvalho en una fiesta de final de despedida ofrecida en un balneario?" La respuesta, en El Balneario: De detective privado. Entre las difíciles: "¿Cuál es el único libro de Vázquez Montalbán que ha quemado Carvalho?" La respuesta en Historias de política ficción: Tatuaje. O las muy difíciles: "¿Cuál es la única ciudad en la que Carvalho no consigue dormir nunca?" La respuesta en Asesinato en el Comité Central, El premio, Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas: en Madrid.

Me divertí mucho respondiendo el cuestionario. Pero me sentí un tanto descorazonada cuando llegué a la pregunta 101, que no tiene respuesta impresa. Porque la editorial había organizado un concurso para premiar a quien la respondiera. Y el premio era un viaje. "¿A dónde?" Coincidencias azarosas de la vida y la literatura: a la Argentina.

Quien respondía correctamente la pregunta 101 entraba en un sorteo y si ganaba viajaba a Buenos Aires: "¿Dónde comenzó a comprar preservativos Pepe Carvalho?". Y otra vez la coincidencia azarosa y el círculo que se cierra. Porque hoy vengo a recibir este premio a la BCNegra, pero el primer premio que recibí en mi vida fue por una nota periodística que escribí y que se llamaba Preservativos, una fobia masculina. Era principios de los 90 y yo escribía para una revista “feminista”, Emanuelle. La única que existía en Argentina. Competí en el rubro "mujer y hogar", las otras notas de la terna eran una sobre macetas y otra sobre bricolaje. Corrían tiempos en que empezábamos a saber del Sida, y al rechazo de muchos hombres a usar preservativo se sumaba que el Papa de aquel entonces desaconsejó su uso. Por todo esto la razón de aquella nota, que señalaba esa fobia de los hombres incluido el Papa. Lo cierto y mágico es que en aquel premio estuvieron presentes los preservativos, y en este también con la pregunta 101 acerca de Pepe Carvalho. La respuesta me la consiguió Nacho Iraola, director de Planeta Argentina. Acá va para quienes no la sepan: la encuentran en Los mares del sur (1979): "Lo primero que exijo a mis parejas es un certificado de esterilet, diafragma o pastilla y si no están en regla, me pongo un preservativo. Siempre llevo una cajita en el bolsillo". Acá abro un paréntesis a la cita para señalar que visto con los ojos de hoy puede sonar algo "machirulo" que en una relación sexual se le exija en primera instancia a la mujer que se cuide; pero corría el año 79, o sea, hace cuarenta años de este texto, así que mis respetos y aplausos a Pepe Carvalho que siempre llevaba una caja de preservativos en el bolsillo, escapando así desde mucho antes y con honores a la extendida fobia. "Los compro en La Pajarita, una casa de gomas de la calle Riera Baja. Allí empecé a comprarlos y allí sigo. Soy un hombre muy rutinario".

Pepe Carvalho es un hombre muy rutinario, y yo una mujer muy afortunada por estar acá recibiendo este premio con ustedes.

Muchas gracias.”

18/02/2020

country




“En octubre de 2012 fue detenido en Argentina el narcotraficante colombiano Henry de Jesús López Londoño, alias  Mi Sangre. Vivía con su mujer y sus hijos en un barrio cerrado de la llamada ciudad-pueblo de Nordelta. Ahora se encuentra encarcelado en Argentina. El pasado marzo le preguntaron en una entrevista por qué había elegido Nordelta. Y respondió: “Lo único que busqué como seguridad es un barrio cerrado. La seguridad de Nordelta funcionó a la perfección. Policías de Colombia entraron al país de forma ilegal, disfrazados de turistas. Vinieron a asesinarme y se encontraron con la barrera de protección. No pudieron pasar”.

Nordelta es el exponente máximo del fenómeno de los barrios privados. En realidad, no es un barrio, sino una ciudad-pueblo situada a una hora en coche hacia el norte de Buenos Aires. Cuenta con barrera de entrada en cada uno de sus tres accesos, muros y alambradas en su perímetro, 340 vigilantes privados, 300 cámaras de seguridad, servicio propio de emergencia, hospital, hotel de cinco estrellas y 140 habitaciones, uno de los mejores campos de golf del país, cinco colegios con 4.500 alumnos y 17 barrios con sus correspondientes barreras y vigilancia a la entrada de cada uno. Cada barrio está gobernado por una sociedad anónima sin fines de lucro cuyos accionistas mayoritarios son los propietarios de las casas. Mide 1.700 hectáreas. Solo su lago central, con sus cerca de 500 amarres para embarcaciones de paseo, abarca 180 hectáreas, o sea: más de la mitad que Central Park en Nueva York (340 hectáreas) y más del doble que todo el parque de El Retiro, en Madrid (118 hectáreas).

“Nordelta es un lugar seguro”, señala su promotor, Eduardo Constantini, el hombre que entregó la primera casa en 2000 y aspira a poblarla en un futuro no lejano con 100.000 habitantes. Ahora viven unas 30.000 personas. “Puede haber un hecho o dos hechos aislados, pero la seguridad no tiene nada que ver con otros barrios abiertos”.

Constantini es consciente de que hay toda una discusión filósofica sobre este tipo de urbanizaciones. Hay quienes consideran que son el “último crimen de los urbanicidas”, que fomentan la exclusión de los más pobres y el miedo a lo desconocido. “Hay un Estado que en su discurso se opone al barrio cerrado, pero en realidad no invierte para suplantarlo”, dice Constantini.

A los lugares como Nordelta se les llama en Argentina countries. El primero de ellos, Tortugas, nació en 1930. Era un club de campo que las familias de antiguo abolengo eligieron como lugar de recreo para los fines de semana. En la década de los noventa, bajo el mandato de Carlos Menem, se produjo un boom. Y muchas casas en los clubes de campo se convirtieron en residencia permanente. En 2011 había 700 barrios privados en Argentina donde vivían casi 300.000 personas, según la Federación Argentina de Clubes de Campo (FACC). En la actualidad estos barrios privados ascienden a 1.000, según indicó a este periódico la FACC. De ellos, unos 800 se encuentran en la provincia de Buenos Aires.

Las carreteras de Nordelta están llenas de pantallas con radares que reflejan la velocidad a la que viaja el automovilista. Las multas por exceso de velocidad se cargan en los gastos de comunidad mensuales. Y si el infractor es de fuera, paga la persona que lo invitó a entrar. “El problema”, indica Diego Moresco, gerente de la inmobiliaria Nordelta, “es que la cultura argentina del desapego a las reglas está entrando en Nordelta. Finalmente, somos argentinos. Y no respetamos los límites de velocidad. Cuando vivíamos 5.000 personas no se notaba, pero ahora que somos 30.000 se nota muchísimo”.

La novela más leída en Argentina en la última década es Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro. Está ambientada en un country en plena crisis económica de finales de los noventa. Piñeiro se ha convertido en la gran cronista del universo de los barrios cerrados. Vive en el country de Highland, uno de los de más solera, con los árboles más vetustos. “Yo duermo en mi casa con las puertas abiertas. Y los autos están siempre con las llaves puestas. Pero en este country también han robado”, asume Piñeiro.

Cada vez que alguien entra o sale de la mayoría de los countries se le registra la parte trasera del coche. Claudia Piñeiro está en desacuerdo con ese tipo de medidas que sufren a diario los empleados domésticos. “Cuando vienen periodistas alemanes o suecos a entrevistarme se quedan impresionados con las medidas de seguridad a la entrada. Creo que las hacen para que pensemos que acá no nos va a pasar nada. Pero no me gusta, porque se fomenta la paranoia. Sin embargo, es verdad que hay gente que no estaba en principio de acuerdo con estas medidas y se vinieron porque fueron asaltadas en la capital”.

Las calles suelen estar limpias en estos barrios cerrados, no hay cartoneros recogiendo basura como en la capital, ni mendigos durmiendo en colchones. Un residente anónimo declaraba en mayo a la revista Noticias por qué eligió Nordelta: “La educación pública falló; entonces, mandamos a nuestros hijos al colegio privado. La policía falló; contratamos seguridad privada. Acá la gente que no levanta la caca de su perro es poquísima. En la capital no se aguanta el olor a mierda. Triunfamos donde falló el Estado”.

El crimen de los urbanicidas

Hay barrios cerrados bien modestos que solo cuentan con una garita para el guardia y apenas 50 viviendas. También hay decenas de countries con lagunas, supermercados y colegios. Existe en la provincia de Buenos Aires una liga de polo y otra de golf intercountry, tres ligas de fútbol, dos ligas de tenis, una liga de baloncesto, una de hockey sobre césped femenino y hasta una liga deportiva de fútbol y hockey para menores, de 3 a 16 años. Y no paran de crecer estas urbanizaciones. Su gran reclamo es la supuesta seguridad que ofrecen.

Hay gente como Raúl Wagner, profesor de Urbanismo en la Universidad de General Sarmiento, que creen que son la antítesis de lo que debería ser una ciudad: “Bajo la excusa de una mayor seguridad de unas élites se acentúa el individualismo y el temor al otro. Hay algo muy extraño en esa arquitectura de casas que parecen tortas de chocolate, hechas con una arquitectura de Disney World. Lo urbano es socialización y esto es todo lo contrario. Cuando caminas por una ciudad abierta te mezclas con gente distinta”.

Wagner invoca la figura del urbanista catalán Jordi Borja, referente en Argentina de muchos detractores de los barrios cerrados. Borja declaró en una entrevista en Tiempo Argentino, en noviembre de 2013,  que los barrios cerrados “son el crimen de los urbanicidas”. Borja comentó que son criminales “los que los hacen, los que los permiten, los que los diseñan y los que viven allí”, señaló.

“Hace un año”, señaló Jordi Borja, “tuve una reunión con el equipo de Gobierno de la provincia de Córdoba. Casi todos vivían en barrios cerrados. La clase política tiene que dar el ejemplo. Creo que son unos irresponsables, habría que inhabilitarlos para siempre. […] Si en ciudades desiguales metemos barrios cerrados, acabaremos en una guerra”.”


La fiebre argentina de los barrios amurallados
Francisco Peregil
El País, 21/12/2014

16/02/2020

presentació Carla, Carlae





Ahir vam gaudir de la presència de la escriptora barcelonina Iolanda Barenys en la presentació de la seva primera novel·la, Carla, Carlae, a nostra seu de Montflorit.


Iolanda ens va explicar els seus inicis com a escriptora, a la escola de l'Obrador d'Històries, de la seva devoció per la literatura i la lectura des de molt petita , i de la passió contagiosa que produeix crear i explicar històries.


La seva primera novel·la és de lectura fàcil, s'estructura en dues parts i cinquanta-tres petits capítols. Narra la vida quotidiana d'una petita galeria de personatges amb  vides íntimament entrellaçades.  Cada capítol, sense perdre el pols narratiu de el conjunt de la trama, es converteix, entre petits matisos i descripcions subtils, en una unitat en si mateixa; així, cada episodi, cada capítol, ens va desvetllant, pas a pas, les múltiples arestes d'uns personatges polièdrics i molt rics.  D'aquesta manera, capa a capa, l'autora aprofundeix en la personalitat dels mateixos,  desvetllant la profunditat de les seves vivències, mostrant-nos les seves virtuts però, sobretot, les seves pors, les seves debilitats, les seves misèries ..., conduint-nos a un sorprenent, i de el tot inesperat, desenllaç final.



14/02/2020

carla, carlae: opinions




Demà presentem el llibre de la Iolanda Barenys : Carla, Carlae. 

Recordeu:  Centre Cívic de Montflorit (Carrer de la Mare de Déu dels Dolors, 17-19), a les 19.00 hores.

Us hi esperem!!!!!


Un recull d'opinons dels lectors de la novel·la:


“Un gran llibre, la primera novel·la de la Iolanda Barenys. T'atrapa de manera enginyosa, subtil, divertida, minuciosa, intrigant... Planera i profunda a la vegada, on tot es capgira, on tot sembla desencadenar. D'estructura àgil, es llegeix molt ràpid i amb ganes de continuar, capítol rere capítol. Personatges propers, intensos i plens de contradiccions. “


“Increïble!!! . Quan el vaig començar a llegir vaig pensar que estava ben escrit però que seria una novel·la com moltes altres. La meva sorpresa va ser quan ja portava uns quants capítols i va començar a fer girs inesperats i a veure'm identificada en cada un dels personatges en algun moment. No sé com però ara em costa trobar un llibre que m'interessi de la mateixa manera. Estic desitjant que n'escriguis un altre! Moltes gràcies, m'ha encantat.”


“¡¡Una historia actual que engancha y sorprende!!


“Totalment recomanable. El vaig llegir d'una tirada”


“Me ha enganchado desde el principio. Además está ambientada en Barcelona y los personajes me han parecido muy reales y reconocibles. También tiene puntos de humor muy buenos.”



Fragment:

“Després d'una vida sencera de no acceptar res que no s'anomenés triomf, començava a adonar-se que li feien falta respostes i aquell vespre es va proposar entendre el perquè de tot. I per què ho vull saber?, es va interrogar, per demostrar-se que començava amb bon peu. I va haver d'admetre la dolorosa veritat: el seu món no girava fi, el seu Meccano feia temps que trontollava per totes bandes i no tenia sentit continuar buscant les claus allà on no havien caigut.”


Carla, Carlae
Iolanda Barenys
editorial Obrador,  Barcelona,  2019
pàgina 213

13/02/2020

carla, carlae: nou fragment




“La Carla, cada cop mes enfonsada a la butaca, va començar a entreveure a través d'un núvol d'etílica lucidesa la gran diferencia que hi havia entre elles dues. És això, ja ho entenc, jo tinc la rebotiga plena de merda, pleeena de merda, i ben tancada sota set claus perquè no la descobreixi ningú, començant per mi mateixa. I l'aparador?
—Miriam, què hi veus al meu aparador? —va preguntar en veu alta a l'amiga que no era al seu costat.
—Carlades! —li diria ella si l'hagués sentit.
Soc un frau, es repetia la Carla, m'he cregut el meu aparador, m'he cregut que soc la Carla que tot ho controla, Carla la invencible, Carla la guanyadora, Carla la sòbria, Carla l'elegant.
Enfilada sobre la butaca va alçar els braços amb entusiasme i es va posar a cantar. A la merda els aparadors, a la merda la meva vida, a la merda tot, busqueu-me només a la rebotiga que aquí es on em trobareu a partir d'ara! Morta o viva, però borratxa i feliç, morta o viva però menys Carla i mes jo mateixa que mai!

Carla, Carlae
Iolanda Barenys
editorial Obrador,  Barcelona,  2019
pàgina 172-173


El proper dissabte, 15 de febrer de 2020,  Vespres Literaris, presentem a la ciutat el llibre de la Iolanda Barenys : Carla, Carlae


L’acte, presentat pel nostre company Joan Francesc,  tindrà lloc al  Centre Cívic de Montflorit (Carrer de la Mare de Déu dels Dolors, 17-19), a les 19.00 hores.