07/03/2020

betibú, y siete




Fragmento:
“Nurit Iscar piensa en eso, en la película que harán con ellos dos, en lo que agregarán y en lo que quitarán, y se ríe. Lo mira a Jaime Brena, él también está sonriendo.

¿De qué te reís?, le dice ella.

Nada, una pavada, me preguntaba si vos dormís boca arriba o boca abajo.

Una pavada. Y vos, ¿de qué te reís, Betibú?

De vos y de mí.

De nosotros, entonces, dice Jaime Brena.

Sí, de nosotros, responde Nurit Iscar.”

Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 345

06/03/2020

betibú, seis





Fragmento:


“Es más fácil salir que entrar.

Me despido. Éste es mi último informe desde La Maravillosa. Ya no escribiré más esta columna acerca del caso Chazarreta. Pero quiero que recuerden lo que aquí les digo: el hecho de que éste sea el último informe es un acto de voluntad del que quiero dejar constancia. Yo decidí no escribir más sobre la muerte de Pedro Chazarreta ni sobre otras muertes relacionadas. Y eso es una decisión, una elección.

No quiero que suceda como tantas otras veces que un tema, una noticia, una información que un día ocupó espacio e interés, empiece a perder lugar y frecuencia hasta que nadie hable más de ella. Eso es lo que se busca a veces: que la noticia se desvanezca, que nos olvidemos del asunto. No es el caso. Dejo de escribir porque tengo miedo. Dejo de escribir porque no tengo pruebas ni garantías suficientes para decir lo que pienso. Lo único que tengo es temor y conjeturas. Este caso no está resuelto. Y no voy a poder ser yo ser yo quien lo resuelva. Quizá no lo resuelva nadie. Quizá pronto ya nadie hable del caso Chazarreta. No lo permitan.

Lo que pasa con esta noticia policial es trasladable a cualquier noticia y a la situación general de los medios hoy. Una agenda de prioridades informativas que deja afuera ciertas noticias es censura. No permitan que nadie les arme su agenda. Ni los unos ni los otros. Lean muchos diarios, vean muchos noticieros, todos, hasta aquellos con los que no están de acuerdo, y recién después armen su propia agenda. La comunicación hoy dejó de ser emisor-receptor, la armamos entre todos. Jerarquizar las noticias de acuerdo con el criterio propio y no con la agenda impuesta es hacer contrainformación. Y la contrainformación no es una mala palabra sino todo lo contrario. Es informar desde un lugar distinto, desde un lugar de no poder.

Hay que entender y mostrar los móviles de grupos y personas. No conformarse con una causa directa, ir más profundo, entender conductas. ¿Qué tiene que ver esto con noticias policiales?, ¿qué con un asesinato? Mucho. Deja más tranquilo pensar que a Chazarreta lo mataron por tal o cual motivo. No cuenten conmigo para un análisis tan simple. Si no puedo hacer un análisis más profundo no lo haré, pero ustedes sepan que esa profundidad existe y les está siendo negada. Yo hoy se las niego por miedo. Búsquenla siempre, en una noticia policial, pero también en una noticia política, internacional, de espectáculos o deportiva. Decir quién tomó un cuchillo y abrió el cuello de Chazarreta de un lado al otro es decir quién lo mató y a su vez es no decir nada. Porque detrás de eso se esconde una verdad mucho más compleja, brutal y antigua. Abusos, venganzas, pactos de silencio, son  todos asuntos más complicados y turbios que empuñar un cuchillo. Importa a qué colegio fue Chazarreta?, ¿importa que el fundador de ese colegio tenga causas por reiterados abusos?, ¿importa cuál era la ideología de Chazarreta y sus amigos en la adolescencia y cuál era en los últimos tiempos? Creo que sí,  que importa. ¿Influyen los agravios, abusos y crímenes no resueltos de otros tiempos en los agravios, abusos y crímenes de ahora, o en los futuros? Cuando no importan los antiguos agravios quedan heridas abiertas y, lo que es peor, a veces alguien se cree con derecho a reparar lo que en su momento no tuvo justicia. Pero la justicia por mano propia no deja de ser otro agravio, entonces se alimenta una rueda de odios y venganzas que no termina más. ¿Es menos asesino el que mata a quien se lo merece? La condena justa del agravio cometido, del crimen cometido, es lo único que nos puede salvar como sociedad.
No se olviden de los crímenes impunes, porque siempre encierran algo más tremendo que el crimen mismo.

Hoy dejo de escribir en este diario no porque esto no me importe, sino exactamente por todo lo contrario. Rodolfo Walsh reconoce que a partir de 1968 empezó a desvalorizar la literatura «porque ya no era posible seguir escribiendo obras altamente refinadas que únicamente podía consumir la ‘intelligentzia burguesa’, cuando el país empezaba a sacudirse por todas partes. Todo lo que escribiera debía sumergirse en el nuevo proceso, y serle útil, contribuir a su avance. Una vez más el periodismo era aquí el arma adecuada». ¿Sigue siendo hoy el periodismo, este periodismo, el arma adecuada? No lo sé, ni tengo derecho a responder esa pregunta porque no soy periodista. Yo soy escritora. Invento historias. Y a ese mundo de ficción volveré cuando termine este último informe. Porque en ese lugar no tengo miedo, porque en ese lugar puedo inventar otra realidad, una aún más cierta. Allí es donde puedo empezar una novela cualquiera, la próxima, con una mujer que viene a hacer las tareas domésticas a la casa de alguien como Pedro Chazarreta, por ejemplo, y que tiene que pasar como cada día por todos los controles de acceso a La Maravillosa sin saber, sin sospechar, que cuando llegue al chalet de su patrón se encontrará con que él fue degollado. Puedo fingir una investigación, descubrir lazos que nadie vio con otras muertes, determinar culpables materiales e ideólogos, decir por qué se mató a quien se haya matado. Inventar una y otra vez. Hasta decir, por ejemplo, que las responsabilidades últimas hay que buscarlas en un alto empresario, en un rascacielos, una torre imponente de Retiro, o de Puerto Madero, o en Manhattan. Donde yo quiera, porque no tengo que rendir cuentas. Una oficina con una gran ventana. O no, sin ventana. Total, todo será apenas una realidad que yo inventé. Una novela es una ficción. Y mi única responsabilidad es contarla bien.

Vuelvo a la literatura entonces. No escribo más estos informes porque escribir lo que debería me da miedo, y escribir otra cosa me da vergüenza.

Mis respetos para mis lectores.

Y mi confianza en que sabrán qué hacer en estos nuevos tiempos de la información. Tiempos en los que ustedes, también, son parte ineludible y activa.”



Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 330-333

05/03/2020

betibú, cinco




Fragmento:


“Si la casa de Pedro Chazarreta pudiera hablar sabríamos quién fue el asesino. Porque esa casa fue el único testigo del crimen que allí se cometió. En esa casa está la verdad. En sus pisos, en sus paredes, en los muebles y adornos que aún la visten. Todos testigos mudos.

Si el fantasma de Pedro Chazarreta pudiera presentarse ante nosotros, como se presentó el fantasma del padre muerto de Hamlet a decir su verdad, también sabríamos quién lo mató. Siempre que ese fantasma estuviera dispuesto a contárnoslo, cosa que en este caso rodeado de secretos, mentiras y ocultamientos en los que también estaba involucrado el muerto no parece tan claro como en el caso del padre de Hamlet, rey de Dinamarca.

Si el asesino se quebrara, si quien mató a Pedro Chazarreta no pudiera guardar más su secreto, viniera ante nosotros y dijera, arrepentido o no: ‘Yo lo hice’, tendríamos otra oportunidad de saber la verdad.

¿Cuál de las tres alternativas es más probable y cuál menos?

He visto muy pocos asesinos de este tipo de crímenes quebrados.

Una casa no tiene voz.

Los fantasmas no existen.

Marcelo dijo en el primer acto de Hamlet, después de conocer la versión del fantasma: ‘Algo está podrido en el reino de Dinamarca’. Y yo después de estar dentro de la casa de Pedro Chazarreta digo lo mismo, algo está podrido, algo huele mal.

Una casa no tiene voz, ¿pero puede hablar de alguna otra manera? Algo huele mal, no sólo en esa casa. Algo huele mal en La Maravillosa.”



Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 189-190

04/03/2020

betibú, cuatro


Fragmento:


“Sin proponérselo, el pibe la salva: ¿Tenés un minuto?, le pregunta a Brena. Tengo, dice él, guarda la caja de Marlboro en el bolsillo de su camisa con resignación y le hace un gesto con la cabeza que indica que lo acompañe a su escritorio. La mina ya mandó su informe, le cuenta el pibe. ¿Qué mina?, pregunta Brena. La escritora que puso Rinaldi en La Maravillosa. Nurit Iscar. Sí, Nurit Iscar, confirma el pibe. Aprendete el nombre, le dice Brena. Lo sé, pero estoy caliente. ¿Qué pasa? Que la mina inventa una teoría que va a contramano con la mía y no podemos publicar mi nota al lado de la de ella porque va a parecer que somos esquizofrénicos. Y, un poco somos. En serio, yo no puedo publicar lo que manda. ¿En qué no están de acuerdo?, pregunta Jaime Brena. Ella dice, basándose en pelotudeces que escuchó en un supermercado, que la muerte de Chazarreta fue un asesinato y para mí está claro que el tipo se suicidó. ¿Por qué? Tenía el arma en la mano. Eso se planta, no es prueba suficiente. No hay signos de violencia en la casa. No siempre hay signos de violencia en un homicidio, sobre todo cuando está bien planeado. Y no hay cortes de defensa en las manos de Chazarreta. Lo pueden haber degollado mientras dormía en el sillón, con mucho alcohol encima; hasta ahora no me dijiste nada contundente. ¿Dice el informe si la mano derecha estaba llena de sangre?, pregunta Brena. Al pibe le sorprende la pregunta: No, no dice nada, ¿por? Si no dice, seguro que es porque no había sangre: Es asesinato, pibe. Varios sitios de noticias en Internet se inclinan por la hipótesis del suicidio y hay montones de tweets y retweets…, insiste el pibe de Policiales. Tuits y retuits, repite Brena. Y luego: ¿Sabés cuál es tu problema, pibe?, mucho Internet y poca calle. Un periodista policial se hace en la calle. ¿Cuántas veces te escondiste detrás de un árbol vos?, ¿cuántas veces llamaste a un testigo de un crimen o a un pariente del muerto haciéndote pasar por el comisario Fulano de Tal?, ¿cuántas veces te disfrazaste para meterte en un lugar donde no te dejaban entrar? El pibe no contesta, pero es evidente que nada hizo de lo que le pregunta Brena. Acordate, pibe, mucha calle, ser entrador y mimetizarte con la situación: vos tenés que ser el ladrón, el asesino, el muerto, el cómplice, lo que haga falta para entenderles la cabeza. Y largá un poco la computadora, tanto Google te está haciendo mal. ¿Te das cuenta de por qué los chinos lo prohíben? Internet va a ser el nuevo opio de los pueblos, la nueva religión. Vení, sentate, le dice Brena, y le ofrece su propia silla. Abre el cajón de su escritorio, agarra una vieja regla de madera de unos veinte centímetros, se pone detrás de él y apoya la regla sobre el cuello del pibe como si fuera a degollarlo pero sin hacer todavía el movimiento. El pibe se estremece cuando la regla lo toca. Brena le pregunta: ¿Cómo era el corte?, ¿paralelo al piso?, ¿hacia arriba?, ¿o hacia abajo? Paralelo al piso y sobre el final levemente hacia arriba. Lo mataron. ¿Por qué? Brena le da la regla. Degollate, le dice. El pibe lo mira sin hacer nada. Degollate, pibe, le dice otra vez. Sin demasiado convencimiento, el pibe mueve la regla de izquierda a derecha. ¿Dónde terminó tu mano? Levemente hacia abajo. Si te estuvieras desangrando sería notoriamente hacia abajo, es imposible cortarse uno mismo el cuello hacia arriba, es un movimiento antinatural, pibe. Averiguá si la mano derecha estaba llena de sangre, el primer chorro de sangre siempre va a parar ahí, a la mano que está cortando las arterias. Pero no había cortes de defensa en las manos, insiste el pibe. No importa, el tajo hacia arriba y la mano sin sangre son evidencias más contundentes, no debe haber habido cortes de defensa porque a Chazarreta no le dieron tiempo a despertarse y reaccionar. Vas a ver que cuando llegue la autopsia definitiva va a decir que había mucho alcohol en sangre, seguro estaba dormido, borracho, y hasta le pueden haber puesto algo en el whisky, un tranquilizante, por ejemplo, o varios, o un puré de tranquilizantes. Entonces la mina puede tener razón. La mina no, Nurit Iscar. Nurit Iscar, o Betibú. O Betibú, sí, ella debe tener razón; ¿tiene los datos de la autopsia preliminar que te mandé a vos? No, no se los di, pensaba guardar esa información para mi nota. Está bien, hay que ser tacaño con la información de uno, aprueba Brena. Ella se basa en comentarios de lo más pelotudos, dice el pibe, ya te dije, cosas que escuchó mientras compraba un yogur en el supermercado, por ejemplo. Ves, calle, ella encuentra en la calle, aunque no parezca, el supermercado de La Maravillosa, en este asunto, es la calle. ¿Puedo leer lo que escribió? Te lo mando a tu mail, le dice el pibe. No, pibe, imprimímelo, yo soy de la generación paper.”


Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 104-107

03/03/2020

betibú, tres


Fragmento:


“En la foto que acompaña los editoriales de Rinaldi se lo ve igual. Pero no sabe si creerle, los periodistas a partir de determinada edad no actualizan esas pequeñas fotografías que ilustran sus notas en los diarios. Los escritores tampoco las que aparecen en las solapas de sus libros. Cuando una de ellas sale bien, queda ésa eternamente. Sin embargo, a pesar de tener claro que las fotos engañan, Nurit no puede evitar esa absurda sensación: él debe estar igual. Lorenzo Rinaldi, sí. La debacle de los hombres no es a los cincuenta: o la vida ya los arruinó antes, o los arruina después. Ella, si no es la que era, tiene que disimularlo. O compensarlo. O buscar la ropa adecuada que realce lo que tiene que realzar y esconda lo que tiene que esconder. Por ejemplo, perdió su cintura. No tiene panza, y eso lo agradece, pero perdió su cintura. La cola se cayó, no demasiado, pero lo suficiente como para que un jean haga dos o tres pliegues debajo de las nalgas. Más se cayeron los muslos, se desparramaron hacia los costados y se arrugaron. La piel de las piernas se le empezó a poner transparente, y no transparente bebé sino transparente viejo. Además de una várice que odia y la acompaña desde hace mucho tiempo —se la quiso operar pero cuando le describieron que tenían que tirar de ella con algo parecido a una aguja de crochet porque es una vena que recorre toda la pierna y se inserta en el tronco a través de la vagina, casi se desmaya y descartó en el mismo momento cualquier cirugía—, en las pantorrillas le salieron más arañitas. Pero para compensar casi no le salen más pelos, lo que es una de las pocas ventajas del envejecimiento. Tiene ya algunas manchas en la cara que promete que algún día se va a hacer sacar con puntas de diamante o luz pulsada como hizo Viviana Mansini. Lo hará el año en que escriba varios libros como Desarma los nudos, que le dejen la cabeza destrozada pero un margen de ahorro. En cambio, en las manos no tiene manchas. Tampoco tiene demasiadas arrugas en la cara. Ni en el cuello que, aunque no echó todavía papada, perdió tonicidad. Nadie en su familia se arrugó mucho, ni su madre, ni su abuela, así que supone que ella continuará con la tradición familiar de mujeres tensas. Tensas en varios sentidos. Las tetas no se cayeron, se expandieron con equidistancia, hacia los costados, hacia arriba, hacia abajo. Siente que le salen desde más cerca de las clavículas y sabe, además, que se le marca el surco entre los dos pechos, algo que nunca antes había sucedido. Nurit se conforma diciendo que para sus cincuenta y cuatro años está demasiado bien. En ese sentido no se parece a Betty Boop, ella no es un cartoon, mientras el dibujo animado conserva intactos los rulos, la boca y las piernas, su cuerpo, el de Nurit Iscar, Betibú, va mutando año a año. ¿Cómo sería una Betty Boop de cincuenta y pico de años?, se pregunta. ¿La dibujarían preocupada —como ella lo está hoy, a minutos de ver al último hombre del que estuvo enamorada— por cómo luce su cuerpo? No se acuerda de haber pensado en sus manchas, ni en la cintura que perdió, ni en sus muslos en los últimos tiempos. En realidad, nunca se preocupó demasiado por estas cosas. Pero hoy, cuando la vea Lorenzo Rinaldi, quisiera estar — tiene que reconocerlo— por lo menos, digna. Un cuerpo digno. ¿Hasta cuándo una mujer sentirá que tiene la obligación de lucir «linda»? Cincuenta y cuatro años. Ella quisiera tener un poco menos. No pide veinte, ni treinta. Cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco, apenas una década de diferencia. Tendría que haberse separado entonces, aunque sus hijos fueran un poco chicos, igual los hubiera criado bien, está segura. Ésa fue su mejor edad. Pero entonces no lo supo, y ahora ya no importa. No se puede volver a atrás. Sólo se puede realzar lo que se tiene que realzar y esconder lo que se tiene que esconder.”


Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 88-89

02/03/2020

betibú, dos



Fragmento:


“El teléfono suena otra vez y, ahora, Brena atiende a tiempo. Jaime Brena, quién habla, dice. Comisario Venturina, le contestan del otro lado. Comisario, repite Brena. ¿Cómo vas, querido? Yo bien pero pobre, mi comisario, ¿y usted? Igual que vos. A Jaime Brena le da gusto escuchar esa voz. Responde a algo parecido a un reflejo de Pavlov y su cuerpo se pone alerta, tenso pero excitado, casi feliz; alguna sustancia — ¿adrenalina?— se dispara dentro de él. Tengo algo para vos, Brena, dice el comisario. ¿Algo que me va a costar un asado con tinto del mejor? Un asado con champán, te va a costar. Escucho, dice Brena. Aunque lo hace por gusto porque sabe que en Sociedad no va a entrar ninguna información que pueda pasarle hoy el comisario Venturini, ni ninguno de sus contactos. Todavía no les dijo, todavía no se atreve a desactivarlos, son contactos de toda la vida. Sus notas de Sociedad salen sin firma, así que más allá de la gente de la redacción, por ahora y para el resto él sigue siendo el periodista más destacado dentro de Policiales del diario. Lo escucho, comisario, dice, y toma un papelito rosa del taco para anotar lo que Venturini le está por decir. Apareció muerto alguien que vos conocés muy bien, pero no te asustes que no lo querés ni medio, Brena. ¿Quién? Chazarreta. ¿Chazarreta? Degollado. Qué coincidencia. Tal cual. ¿De buena fuente? Estoy parado frente al cadáver, mirando el tajo mientras llega la policía científica. ¿Dónde? En su casa, en La Maravillosa. ¿Y qué hace usted tan lejos de su jurisdicción? Una de esas casualidades de la vida que después te cuento, vos conocés esta casa, ¿no?, lo entrevistaste acá la última vez. Sí, conozco la casa. Lo encontró la mucama, la mujer habló veinte minutos corridos sin decir mucho que sirva y ahora está en shock. ¿Hipótesis? Muchas, pero nada que valga la pena, mucha carne podrida, estaba esperando que vos me dieras tu impresión, Brena. Es que me toma de sorpresa, comisario, déjeme digerir la noticia y en un rato lo llamo. Oka, querido, yo voy a seguir en la escena del crimen un rato más, llamame cualquier cosa, no te digo que te vengas porque el fiscal ya está por caer y acá no dejan pasar ni al loro, después de lo de la otra vez… Entiendo. Mirá que te di la exclusiva. Se agradece. Llamame. Lo llamo, comisario, ¿algo más? Sí, Dom Pérignon, Brena, tira, pechito, molleja, y Dom Pérignon. Así va a ser.

 Jaime Brena cuelga y se queda mirando el papel. Se pregunta qué debe hacer. Sabe que lo que tiene entre manos es un notición. En un par de horas la información va a correr en todas las redacciones, pero en esto, como en todo, el que golpea primero golpea más fuerte. Aunque algunos digan —como dijo Rinaldi en una de las últimas reuniones de tapa en la que participó Brena— que a partir de la explosión de las noticias on line en Internet, el concepto de “primicia” es más efímero que el tiempo que demanda hacer un copy paste y reenviar. A los de la vieja escuela, y él, Jaime Brena, es uno de ésos, les sigue importando la primicia. La muerte de la mujer de Chazarreta, tres años atrás, tuvo en vilo a todo el país. Y a pesar de que no encontraron pruebas suficientes para culpar al viudo, el 99,99% de la gente cree que el asesino fue Pedro Chazarreta. Y ese 99,99% incluye a Jaime Brena, que no sólo tuvo a cargo la investigación periodística del caso para El Tribuno sino que se convirtió en un referente del asunto para otros medios, desde el asesinato hasta que se cerró la causa. Cuando mañana aparezca la noticia en los diarios la gente va a decir: se hizo justicia, Brena sabe, aunque uno nunca esté seguro de que es lo justo, ni de nada. Aunque la verdadera justicia para alguien que no debía haber muerto sea la resurrección y no que maten a su asesino. Pero Brena duda que esa justicia se la hayan concedido a nadie, ni siquiera a Jesucristo. Se acerca al escritorio del pibe con el papelito rosa en la mano. ¿Che, tenés un minuto?, le pregunta. Entonces se da cuenta de que el pibe minimiza la pantalla en la que escribe para que él no vea en qué asunto está trabajando, y aunque le dice: Sí, decime, Brena piensa: Fea actitud, pibe, hace un bollo con el papel rosa, lo tira al cesto junto a los pies del aprendiz de periodista policial y le dice: Nada, dejá.”



Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 37-39

01/03/2020

betibú, uno


Fragmento:

“Buenos días, dice Gladys cuando pasa detrás de él de camino a la planta alta. Lo dice bajo, tanto como para que la escuche si está despierto y no se despierte si está dormido. Chazarreta no responde. Duerme la mona, piensa Gladys, y sigue. Pero antes de subir la escalera se arrepiente. Mejor secar el whisky porque si el líquido humedece el piso encerado durante demasiado tiempo, se va a formar una de esas manchas blancas tan difíciles de hacer desaparecer si no es a fuerza de pasar cera sobre cera. Y Gladys no tiene ganas de empezar la semana encerando el piso. Vuelve sobre sus pasos, saca el trapo del balde, se agacha, levanta el vaso, seca el whisky al costado del sillón de terciopelo y avanza un poco a tientas con el trapo hacia el frente. Pero en seguida el trapo se sumerge en otra mancha, un charco oscuro, ella no sabe qué es; suelta el trapo con rapidez para que la humedad de la que se impregna no llegue a su mano; en cambio toca el líquido, apenas, con la punta del dedo índice: es pegajoso. ¿Sangre?, se pregunta sin terminar de creerlo. Entonces levanta la vista y mira a Chazarreta. Chazarreta está ahí, frente a ella, degollado. Un tajo le atraviesa de lado a lado el cuello que se abre como dos labios casi perfectos. Gladys no sabe qué es lo que ve dentro de ese tajo porque la impresión que le produce la carne roja, la sangre y el amasijo de tejidos y tubos le provoca un gesto de asco que le hace cerrar los ojos, al tiempo que se lleva las manos a la cara como si cerrarlos no fuera suficiente para dejar de ver, mientras su boca se abre debajo de ellas sólo para dejar salir un gemido ahogado.

Sin embargo el asco dura poco, lo vence el miedo. Un miedo que no la paraliza sino que la pone en acción. Por eso Gladys Varela ahora saca las manos de su cara y abre los ojos, se obliga a hacerlo, levanta otra vez la cabeza, mira el cuello desgarrado, la ropa de Chazarreta manchada de sangre, el cuchillo en la mano derecha sobre su regazo y la botella de whisky vacía a un costado de su cuerpo, junto al apoyabrazos. Y no lo piensa dos veces, se levanta, sale corriendo a la calle y grita. Grita sin parar, dispuesta a hacerlo hasta que alguien la escuche.”

Betibú
Claudia Piñeiro
Alfaguara, 2011
Pág. 17-18