17/08/2013

new orleans es música


Para el folclorista Alan Lomax, el jazz es una música resultado del crisol de razas que era el sur de los Estados Unidos.  Geográficamente, el jazz surge en el estado de Luisiana, concretamente en la zona de influencia de Nueva Orleans.

En el Sur  el batir de tambores estaba prohibido por la ley, de forma que los esclavos negros tuvieron que recurrir a la percusión mediante las palmas de las manos y el batir de los pies para disfrutar de su música. Sin embargo, la prohibición no llegaba a la Place Congo (Congo Square) de Nueva Orleans, en la que los esclavos tenían libertad para reunirse, cantar y acompañarse de verdaderos instrumentos de percusión.  La música que se desarrollaba en estas sesiones era muy variada: estaban los cantos y danzas del vudú antillano,  otros ritmos y danzas desarrolladas previamente en las islas caribeñas, como la calinda, la bamboula o el baile denominado congo y los espirituales negros. Esta tradición propia se unió, en este sur de aluvión, a  la tradición musical europea, dando lugar a una rica fusión musical.



“Ferdinand Joseph LaMenthe, más conocido como "Jelly Roll Morton", fue un pianista, compositor y cantante nacido, probablemente, el 20 de septiembre de 1885 en Gulfport, Luisiana, según la historiografía convencional, y fallecido en Los Ángeles, California, el 10 de julio de 1941. No obstante, algunos autores estiman que nació en Nueva Orleans, el día 20 de octubre de 1890, y que su nombre familiar era LaMothe .  Morton pertenecía a la pequeña burguesía de los criollos de Nueva Orleans, donde se educó, y se presentó a sí mismo como el inventor del jazz en una carta enviada a la revista Down Beat, en 1938.”

fuente wikipedia



16/08/2013

what would ignatius do?

"—Creo que será mejor que te levantes de la cama, florecilla mía. Hay que recoger los cuadernos, hay que reunir las notas. Podrías mirar debajo de la cama.
Myrna se levantó de las pringosas sábanas, diciendo:
—He intentado describirte a mis amigos del grupo de terapia de grupo, trabajando en esta habitación, apartado del mundo. Esa extraña mente medieval en su claustro.
—Debió intrigarles mucho, sin duda —murmuro Ignatius; había encontrado el saco y estaba echando en él unos calcetines que encontró en el suelo—. Pronto podrán verme en carne y hueso.
—Ay, cuando vean las ideas originales que salen de esa cabeza.
—Jo jum —Ignatius bostezó—. Quizá mi madre me haya hecho un gran favor al pensar en volver a casarse. Los lazos edípicos empezaban a agobiarme ya —echó su yo-yo a! saco—. Al parecer, has tenido un viaje sin incidentes por el Sur.
—No pude parar ni un momento en todo el camino. Casi treinta y seis horas al volante —Myrna estaba colocando en pilas los cuadernos—. Pare en un restaurante negro anoche, pero no me sirvieron. Creo que fue por la guitarra.
—Debió ser eso, sí. Te tomarían por una folclórica reaccionaria del campo. He tenido cierta experiencia con esa gente. Son muy limitados.
—No puedo creer realmente que esté sacándote de esta mazmorra, de este agujero.
—Es increíble, ¿verdad? Pensar que me opuse durante tantos años a tu sabiduría...
—Vamos a pasarlo bárbaro en Nueva York, verás.
—Estoy deseando llegar allí —dijo Ignatius, echando al saco el pañuelo y el sable—. La Estatua de la Libertad, el Empire State, la emoción de un estreno en Broadway con mis estrellas favoritas.  Los animados coloquios en el Village,  ante un exprés, con mentalidades sugestivas y contemporáneas.

—Por f in vuelves a ser el que eras. De verdad. Apenas puedo creer lo que he oído esta noche en esta casa. Resolveremos tus problemas. Estás entrando en una fase completamente nueva y vital. Tu inactividad ha terminado. Estoy segura de ello. Lo percibo. Piensa en las grandes ideas que fluirán de esa cabeza cuando elimines por fin todas las telarañas y los tabúes y los lazos paralizantes."

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 362-363



15/08/2013

literatura del sur, 2

Truman Capote
“Una mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.
Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.
-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: « ¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».”

Recuerdo navideño, 
cuento -fragmento-
Truman Capote,  Nueva Orleans, 1924 - Los Ángeles, 1984



14/08/2013

literatura del sur


“Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.”
fragmento del relato
Una rosa para Emilia
de William Faulkner

13/08/2013

Dr. Nut


"Un conjunto de tres instrumentos situada en un ala del pequeño escenario inicio You are my Lucky Star. Por el momento,  en el escenario, que también parecía estar bastante sucio,  no se veían vacantes. Ignatius miro hacia la barra intentando llamar la atención del servicio que hubiera y tropezó con los ojos del camarero que les había servido a él y a su madre. El camarero fingió no verle. Luego, Ignatius hizo un guino ostentoso a una mujer que estaba apoyada en la barra, una hispana cuarentona que emitió una respuesta aterradora con un diente de oro o dos. La mujer se apartó de la barra antes de que el camarero pudiera detenerla y se acercó a Ignatius,  que estaba arrimado al escenario como si fuera una estufa caliente.
—¿Quieres beber, chico?
Ignatius percibió que a través del bigote se filtraba cierta halitosis. Se arrancó el pañuelo de la gorra y se protegió con él las narices.
—Sí, gracias —dijo, con voz apagada—. Un Doctor Nuts, si hace el favor. Y cerciórese de que esté muy frío.
—Ya veo lo que hay —dijo enigmáticamente la mujer que volvió a la barra atronando con sus escandalosas sandalias de paja.
Ignatius vio que hablaba con el camarero haciendo gestos burlones. Todos estos gestos iban dirigidos en su mayoría a Ignatius. Al menos, pensó, en aquel antro se libraría de aquellas chicas musculosas que debían estar recorriendo el barrio en aquel momento. El camarero y la mujer hicieron algunos gestos más. Luego, ella volvió donde estaba Ignatius con dos botellas de champán y dos vasos. —No tenemos Doctor Nuts —dijo, posando la bandeja en la mesa—. Mira, debes veinticuatro dólares por este champán.
— ¡Esto es un ultraje! —, dijo Ignatius dirigiendo unos cuantos mandobles de sable a la mujer— Tráigame una coca cola.
—No hay coca. No hay Doctor Nuts. Solo champán —la mujer se sentó—. Vamos,  querido. Abre el champán. Tengo mucha sed.

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 307-308





Doctor Nut  fue un  popular refresco local del área de Nueva Orleans. La bebida,  de almendra con un sabor dulce intenso,  se comercializó en las tiendas locales y restaurantes en algún momento de finales de 1930 o principios de los años 1940. La botella se caracterizaba por su logotipo sencillo que representa una ardilla mordisqueando.

La bebida despareció en los años cincuenta del siglo pasado. 


12/08/2013

la biblia de neón


 "Tras la publicación y ascenso a la fama de La conjura de los necios, los críticos y lectores que habían aclamado esa novela comenzaron a oír rumores de que su autor había dejado otra novela inédita. La noticia fue confirmada por la madre y albacea del autor, pero en una farsa esperpéntica, digna de La conjura de los necios, el manuscrito de La Biblia de neón fue objeto de numerosos litigios, hasta que por fin un juez decretó que o bien los herederos encontraban la manera de repartirse la novela —algo imposible—, o bien se autorizaba su publicación y el reparto se hacía sobre el dinero producido por el libro.  (La obra fue publicada en 1989)

En la obra, David, el  protagonista, es un adolescente que vive en una población miserable del profundo Sur. Una biblia de neón ilumina el cielo por las noches, y durante el día el fanatismo religioso y la malevolencia hacen estragos en la vida de los ciudadanos. El padre de David pierde su trabajo, no puede seguir pagando su contribución a la Iglesia, y esto marca el inicio de una decadencia que les convertirá en parias dentro de la pequeña comunidad. No hay muchas alegrías en la vida de David, excepto las que llegan de la mano de tía Mae, una hermana de su madre que tras una fantasmal carrera como cantante, y ya con sesenta años, escandaliza a los bienes pensantes con su pelo teñido de rubio, sus vestidos de colores chillones y sus decrépitos novios. Tras una decepción amorosa y un sangriento y escalofriante episodio, el joven David se apresta a una nueva vida en otros horizontes.

John Kennedy Toole escribió La Biblia de neón a los dieciséis años, tras terminar la escuela secundaria.  Es una espléndida primera novela, que revela a un escritor que a tan temprana edad posee ya una voz  propia y una sorprendente maestría. 

Walker Percy

extracto de la contraportada 
de la obra publicada por Anagrama.


"La esposa del señor Williams iba a la iglesia del predicador, y gracias a ella me enteré de lo que pensaban hacer con mamá. El señor Williams me dijo que el predicador y Flora estaban haciendo gestiones para que admitieran a mamá en el manicomio. No podía dar crédito a mis oídos, porque mamá nunca veía a nadie en el pueblo ni nadie la veía a ella, excepto algunos hombres que seguían yendo al claro a cazar conejos. Pensé en los motivos que tendrían para hacer semejante cosa, pero no se me ocurrió ninguno. [...]  Pensaba en cómo ciertas personas podían hacer lo que quisieran con otras sin que el sheriff las metiera en la cárcel, e imaginé a mamá subiendo al coche del predicador y abandonándonos. Aquellas imágenes, su partida, y el predicador diciendo a todo el mundo cómo había ayudado al pueblo y a la pobre mujer, llenaban mi mente y no podía pensar en nada más. ¿Qué otra cosa podía hacer un cristiano? Les diría el predicador. Todo buen cristiano actuaría así sin vacilar.

Me estaba cansando de lo que el predicador llamaba cristiano. Todo lo que él hacía era cristiano, y sus feligreses creían lo mismo. Si robaba en la biblioteca algún libro que no le gustaba, o hacía que el domingo una emisora de radio sólo emitiera durante una parte de la jornada, o encerraba a alguien en el asilo estatal para pobres, a todo eso lo llamaba cristiano. "

fragmento


11/08/2013

Boecio


“Ignatius alzó su camisón de franela y contemplo su vientre hinchado. Solía hincharse cuando estaba tumbado en la cama por la mariana, considerando  el giro desdichado  que habían tornado los acontecimientos desde la Reforma. Doris Day y los autobuses Greyhound, siempre que acudían a su pensamiento, creaban una expansión aún más rápida de su región central. Pero desde la tentativa de detención y el accidente, había estado hinchándose casi sin motivo, la válvula pilórica se le cerraba de pronto indiscriminadamente y se le llenaba el estómago de gas atrapado, un gas que tenía personalidad y entidad y que no soportaba el confinamiento. Ignatius se preguntó si la válvula pilórica no estaría intentando decirle algo, casandrescamente. El, como medievalista, creía en la rota Fortunae, o rueda de la Fortuna, un concepto básico de De Consolatiane Philosophiae, la obra filosófica que había sentado las bases del pensamiento medieval.  Boecio, el último romano, que había escrito la Consolatione mientras padecía una prisión injusta por orden del emperador, había dicho que una diosa ciega nos hace girar en una rueda, que nuestra suerte se presenta en ciclos. ¿Significaba acaso un mal ciclo aquella ridícula tentativa de detenerle? ¿Giraba acaso rápidamente hacia abajo su rueda? El accidente también era un mal signo. Ignatius estaba preocupado. Pese a toda su filosofía, Boecio había sido torturado y ejecutado. Y, de repente, la válvula de Ignatius volvió a cerrarse, e Ignatius se echó sobre el costado izquierdo para presionarla y abrirla.”

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
pág 40-41


Anicio Manlio Torcuato Severino, Boecio, nació en Roma entre los años 470 y 480, en el seno de una antigua familia (los Anicios) de la que provenían dos emperadores y un papa. Estudió en Atenas y fue filósofo, teólogo y hombre de Estado, ocupando el cargo de cónsul y de ministro principal junto al rey ostrogodo Teodorico I, por entonces también señor de Roma. Pero su suerte cambió cuando lo acusaron de conspirar contra el rey. Boecio fue encarcelado, sus bienes fueron confiscados y decapitado el año 524.
Durante los meses que pasó en prisión, escribió la que sería su obra más famosa, De Consolatione Philosophiae, una de las obras más leídas durante la Edad Media. En ella Boecio dialogaba con la Filosofía, personificada en una mujer, abordando temas tales como el bien y el mal, el destino, el sentido, del conocimiento que Dios tiene de nuestros actos y la libertad humana.
Traductor y comentarista de las obras de Platón y Aristóteles,  fue el profesor de Lógica de la Edad Media hasta el momento en que, en el siglo XIII, fue traducido al latín y comentado directamente la obra completa de Aristóteles.



De Consolatione philosophiae. (fragmento)

Metro Primero

Yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, sólo puedo entonar estrofas de dolor. Han desgarrado sus vestiduras mis musas favoritas y aquí están a mi lado para inspirarme lo que escribo, mientras el llanto baña mi rostro al eco de sus tonos elegíacos. Ellas siquiera no me han abandonado por fútiles temores, ellas, que siempre fueron la compañía de mis caminos.
Ellas, recuerdo gratísimo de mi florida juventud fecunda, vienen a dulcificar los destinos de ésta mi abatida vejez: si, que a impulsos de la desgracia la vejez ha precipitado sobre mí sus pasos, y a la mitad del camino de mi vida he sentido sonar la hora definitiva del sufrir.
Cubren mi cabeza precoces canas; mi cuerpo agotado siente ya el escalofrío de la tez marchita y rugosa. ¡Dichosa muerte, cuando sin amargar la dulzura de los años buenos, acude si el corazón la llama en su favor! Pero, ¡ay!, que, despiadada, cierra sus oídos a la voz de la desgracia...
¡En vez de cerrar los ojos del triste mortal que llora! Mientras me halagó la fortuna, a pesar de saberla inconstante y mudable, una hora de tristeza hubiera bastado para llevarme a la tumba; ahora que ha ensombrecido su faz engañadora, ¡oh, cuán larga se me hace una vida tan tediosa!
¿Por qué, amigos, habéis ponderado tantas veces las horas de mi dicha fugaz? ¡Ah, no estaba muy seguro quien así cayó tan de repente!

Prosa Primera
                                                               
En tanto que en silencio me agitaban estos sombríos pensamientos y con aguzado estilo escribía en blandas tablillas mi lamento quejumbroso, parecióme que sobre mi cabeza se erguía la figura de una mujer de sereno y majestuoso rostro, de ojos de fuego, penetrantes como jamás los viera en ser humano, de color sonrosado, llena de vida, de inagotadas energías, a pesar de que sus muchos años podían hacer creer que no pertenecía a nuestra generación. Su porte, impreciso, nada más me dio a entender.
Pues ya se reducía y abatiéndose se asemejaba a uno de tantos mortales, ya por el contrario se encumbraba hasta tocar el cielo con su frente, y en él penetraba su cabeza, quedando inaccesible a las miradas humanas.
Su vestido lo formaban finísimos hilos de materia inalterable, con exquisito primor entretejidos; ella misma lo había hecho con sus manos, según más adelante me hizo saber. Y, a semejanza de un cuadro difuminado, ofrecía, envuelto como en tenue sombra, el aspecto desaliñado de cosa antigua.
En su parte inferior veíase bordada la letra griega pi (inicial de práctica), y en lo más alto, la letra thau (inicial de teoría) y enlazando las dos letras había unas franjas que, a modo de peldaños de una escalera, permitían subir desde aquel símbolo de lo inferior al emblema de lo superior.
Sin embargo, iba maltrecho aquel vestido: manos violentas lo habían destrozado, arrancando de él cuantos pedazos les fuera posible llevarse entre los dedos.
La mayestática figura traía en su diestra mano unos libros; su mano, izquierda empuñaba un cetro.