12/01/2016

el inspector méndez



Un inspector de barrio

por Daniel Vázquez Sallés

“El inspector Méndez apareció por primera vez en 1983. Lo hizo con la brevedad de un secundario en la novela Expediente Barcelona, y no sería hasta un año más tarde cuando Francisco González Ledesma le dio las riendas de su laureada novela Crónica sentimental en rojo, un legado que tendría continuación en las novelas detectivescas Las calles de nuestros padres, La dama de Cachemira, Historia de un Dios en una esquina, El pecado o algo parecido, Cinco mujeres y media, Méndez, Una novela de barrio, No hay que morir dos veces y Peores maneras de morir.

Méndez, el hijo mayor de Paco, porque para los amigos era Paco y lo seguirá siendo mientras pervivan sus amigos, es un detective, dicen, atípico aunque sus características no le alejen tanto de los detectives que han dejado huella en la literatura. Tiene más de 60 años, es solitario, de aspecto deshilachado, rebelde con el poder y devorador de libros. Un detective atípico dentro de lo típico, pero tan barcelonés que es difícil saber si Barcelona sería la misma ciudad sin esos detectives que la recorren con el bisturí de la memoria en las manos. Como otros detectives, llámese Carvalho, Romano o Jaritos, la relación con la ciudad, su ciudad, es de amor y odio por todo aquello que pudo ser y no fue.

No sabemos si a Méndez alguien le habrá dicho que fue uno de los pioneros de la novela negra en España, pero de saberlo, le importará un bledo. Él, un hijo de la prole, criado en el Poble Sec, barrio fronterizo de aquella Avenida del Paralelo en la que sonaban los cuplés cantados por la Bella Dorita, es un tipo demasiado curtido en la calle para dedicarse a sí mismo medio minuto de gloria. Méndez, viejo de nacimiento por obra y gracia de su creador, se considera arcaico para ser policía, pero como comisario jamás dejará de husmear por el asfalto manchado de orines y vómito en busca de justicia para los desheredados sociales. Los seres humanos que han crecido con las pupilas iluminadas por las luces de las pantallas de los cines de barrio saben que se debe morir con las botas puestas como definitivo, o casi único, sentido de la vida.

Méndez es un detective que trabaja en una comisaría del Raval, nombre posmoderno con el que se bautizó al antiguo Barrio Chino, muy cerca de donde nació. Como hombre de barrio y sin otras ambiciones que vivir y dejar vivir, lo que en su código significa ser compasivo con los delincuentes de poca monta e implacable con los estetas de la codicia, Méndez es un rebelde dentro de un cuerpo policial demasiado viciado por los antojos del poder. Méndez empezó su andadura como inspector en los años duros del franquismo y ese es un estigma que nunca se olvida.

Como a tantos otros detectives coetáneos, Méndez nunca afirmará que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque el presente sea tan ignominioso que uno busque en el pasado la ilusión perdida. Ese tiempo pretérito le ha convertido en un hombre poco confiado, sabedor de que el hedor de las cloacas del poder siempre termina por envenenarlo todo. Méndez es, como la mayoría de sus colegas, un comisario más de deducción que de acción, característica que le acerca más a los detectives mediterráneos que a los nórdicos o anglosajones, pero con un rasgo distintivo que le aleja de sus colegas del gremio llegados de barrios colindantes al suyo, o de ciudades foráneas como Marsella, o de islas como Sicilia, o de países en crisis como Grecia. Méndez es un pésimo gastrónomo. Mal cocinero y mal gourmet; la culpa, como reconoció González Ledesma, es suya, tan poco dotado para la cocina. Busquen el peor bar, y frente a un plato de oreja de cerdo mal cocinada y un vaso de vino a punto de volverse rancio encontrarán al inspector.

La última vez que tuvimos noticias de Méndez fue en la novela Peores maneras de morir y se había convertido en un hombre más sentimental para extrañeza de sus lectores. Cosas de la edad, como dirían otros sentimentales tardíos. Un caso de trata de blancas internacional en una ciudad convertida en el escaparate del turismo 2.0 tampoco invita a la felicidad y a la confianza en el futuro.


Paco González Ledesma ha muerto, pero su detective seguirá vivo mientras sus lectores lo deseen. La memoria de la Barcelona que cabalgó entre dos milenios y sus gentes sobrevivirá al paso del tiempo gracias, entre otros, a Méndez.”

11/01/2016

david bowie




I've nothing much to offer                                 No tengo demasiado que ofrecer
There's nothing much to take                                 no hay demasiado que tomar

I'm an absolute beginner                                        Soy un principiante absoluto



08/01/2016

el día sin término


El dos de mayo de 1808 o la carga de los mamelucos
Francisco de Goya, 1814
óleo sobre lienzo (268x347 cm)
Museo del Prado

“Faltaba ahora por reconstruir el Día sin Término; aquel en que dos existencias habían parecido disolverse en un Todo tumultuoso y ensangrentado. Sólo un testigo quedaba de la escena inicial del drama: una guantera que, sin sospechar lo que iba a ocurrir, había ido temprano a la Casa de Arcos para entregar varios pares de guantes a Sofía. Se sorprendió al observar que sólo quedaba un criado viejo en la mansión. Sofía y Esteban se encontraban en la biblioteca, acodados a la ventana abierta, escuchando atentamente lo que de fuera les venía. Un confuso rumor llenaba la ciudad. Aunque nada anormal parecía suceder en la calle de Fuencarral, podía notarse que ciertas tiendas y tabernas habían cerrado sus puertas repentinamente. Detrás de las casas, en calles aledañas, parecía que se estuviera congregando una densa multitud. De pronto, cundió el tumulto. Grupos de hombres del pueblo, seguidos de mujeres, de niños, aparecieron en las esquinas, dando mueras a los franceses. De las casas salían gentes armadas de cuchillos de cocina, de tizones, de enseres de carpintería: de cuanto pudiese cortar, herir, hacer daño. Ya sonaban disparos en todas partes, en tanto que la masa humana, llevada por un impulso de fondo, se desbordaba hacia la Plaza Mayor y la Puerta del Sol. Un cura vociferante, que andaba a la cabeza de un grupo de manolos con la navaja en claro, se volvía de trecho en trecho hacia su gente, para gritar: "¡Mueran los franceses! ¡Muera Napoleón!" El pueblo entero de Madrid se había arrojado a las calles en un levantamiento repentino, inesperado y devastador, sin que nadie se hubiese valido de proclamas impresas ni de artificios de oratoria para provocarlo. La elocuencia, aquí, estaba en los gestos; en el ímpetu vocinglero de las hembras; en el irrefrenable impulso de esa marcha colectiva; en la universalidad del furor. De súbito, la marejada humana pareció detenerse, como confundida por sus propios remolinos. En todas partes arreciaba la fusilería, en tanto que sonaba por vez primera, bronca y retumbante, la voz de un cañón. "Los franceses han sacado la caballería", clamaban algunos, que ya regresaban heridos, asableados en las caras, en los brazos, en el pecho, de los encuentros primeros. Pero esa sangre, lejos de amedrentar a los que avanzaban, apresuró su paso hacia donde el estruendo de la metralla y de la artillería revelaba lo recio de la trabazón... Fue ese el momento en que Sofía se desprendió de la ventana: "¡Vamos allá!", gritó, arrancando sables y puñales de la panoplia. Esteban trató de detenerla: "No seas idiota: están ametrallando. No vas a hacer nada con esos hierros viejos." "¡Quédate si quieres! ¡Yo voy!" "¿Y vas a pelear por quién?" “¡Por los que se echaron a la calle! gritó Sofía. "¡Hay que hacer algo!" "¿Qué?" “¡ Algo!" Y Esteban la vio salir de la casa, impetuosa, enardecida, con un hombro en claro y un acero en alto, jamás vista en tal fuerza y en tal entrega. "Espérame", gritó. Y armándose con un fusil de caza, bajó las escaleras a todo correr...

Hasta aquí lo que pudo saberse. Luego fue el furor y el estruendo, la turbamulta y el caos de las convulsiones colectivas. Cargaban los mamelucos, cargaban los coraceros, cargaban los guardias polacos, sobre una multitud que respondía al arma blanca, con aquellas mujeres, aquellos hombres que se arrimaban a los caballos para cortarles los ijares a navajazos. Gentes envueltas por pelotones que desembocaban por cuatro calles a la vez, se metían en las casas o se daban a la fuga, saltando por sobre tapias y tejados. De las ventanas llovían leños encendidos, piedras, ladrillos; derramábanse cazuelas, ollas de aceite hirviente, sobre los atacantes. Uno tras otro iban cayendo los artilleros de un cañón, sin que la pieza dejara de disparar con la mecha encendida por hembras enardecidas, cuando ya no quedaron hombres para hacerlo. Reinaba, en todo Madrid, la atmósfera de los grandes cataclismos, de las revulsiones telúricas cuando el fuego, el hierro, el acero, lo que corta y lo que estalla, se rebelan contra sus dueños en un inmenso clamor de Dies Irae... Luego vino la noche. Noche de lóbrega matanza, de ejecuciones en masa, de exterminio, en el Manzanares y la Moncloa. Las descargas de fusilería que ahora sonaban se habían apretado, menos dispersas, concertadas en el ritmo tremebundo de quienes apuntan y disparan, respondiendo a una orden, sobre la siniestra escenografía exutoria de los paredones enrojecidos por la sangre. Aquella noche de un comienzo de mayo hinchaba sus horas en un transcurso dilatado por la sangre y el pavor. Las calles estaban llenas de cadáveres, y de heridos gimientes, demasiado destrozados para levantarse, que eran ultimados por patrullas de siniestros mirmidones, cuyos dormanes rotos, galones lacerados, chacós desgarrados, contaban los estragos de la guerra a la luz de algún tímido farol, solitariamente llevado por toda la ciudad, en la imposible tarea de dar con el rostro de un muerto perdido entre demasiados muertos... Ni Sofía ni Esteban regresaron nunca a la Casa de Arcos. Nadie supo más de sus huellas ni del paradero de sus carnes.


El tres de mayo de 1808 en Madrid o 
Los fusilamientos en la montaña del Principe Pío o
Los fusilamientos del 3 de mayo
Francisco de Goya, 1813-1814
óleo sobre lienzo (268x347 cm)
Museo del Prado

Dos días después de saber lo poco que había de saber, Carlos mandó lacrar las cajas donde había guardado algunos objetos, algunos libros, algunas ropas, que aún hablaban por sus formas, por sus olores, por sus pliegues, de la existencia de los idos. Abajo lo esperaban tres coches para llevarlo, con su equipaje, a la Oficina de Postas. Devuelta a sus dueños, la Casa de Arcos volvería a quedar deshabitada. Las puertas fueron cerradas con llaves, una tras otra. Y la noche se instaló en la mansión -era aquél un invierno de anticipados crepúsculos, en tanto que sus fuegos eran apagados, separándose los leños a medio arder, antes de verterse sobre ellos el agua de una garrafa de espeso y orfebrado cristal rojo. Cuando quedó cerrada la última puerta, el cuadro de la Explosión en una catedral, olvidado en su lugar -acaso voluntariamente olvidado en su lugar- dejó de tener asunto, borrándose, haciéndose mera sombra sobre el encarnado oscuro del brocado que vestía las paredes del salón y parecía sangrar donde alguna humedad le hubiese manchado el tejido.”

El siglo de las luces
Alejo Carpentier
Seix Barral, Biblioteca Breve
Barcelona, 2001
págs. 405-408

07/01/2016

bizancio caribeño

tumba y epitafio de Ferdinando Paleólogo
“Las olas venían del sur, quietas, acompasadas, tejiendo y destejiendo el tejido de sus espumas delgadas, semejantes a las nervaduras de un mármol oscuro. Atrás habían quedado los verdes de las costas. Navegábase ahora en aguas de un azul tan profundo que parecían hechas de una materia en fusión —aunque hibernal y vidriosa—, movidas por un palpito muy remoto. No se dibujaban criaturas en aquel mar entero, cerrado sobre sus fondos de montañas y abismos como el Primer Mar de la Creación, anterior al múrice y al argonauta. Sólo el Caribe, pululante de existencias, sin embargo, cobraba a veces un tal aspecto de océano deshabitado. Como urgidos por un misterioso menester, los peces huían de la superficie, hundíanse las medusas, desaparecían los sargazos, quedando solamente, frente al hombre, lo que traducía en valores de infinito: el siempre aplazado deslinde del horizonte; el espacio, y, más allá del espacio, las estrellas presentes en un cielo cuyo mero enunciado verbal recobraba la aplastante majestad que tuviera la palabra, alguna vez, para quienes la inventaron —acaso la primera inventada después de las que apenas empezaban a definir el dolor, el miedo o el hambre. Aquí, sobre un mar yermo, el cielo cobraba un peso enorme, con aquellas constelaciones vistas desde siempre, que el ser humano había ido aislando y nombrando a través de los siglos, proyectando sus propios mitos en lo inalcanzable, ajustando las posiciones de las estrellas al contorno de las figuras que poblaban sus ocurrencias de perpetuo inventor de fábulas. Había como una osadía infantil en eso de llenar el firmamento de Osas, Canes, Toros y Leones —pensaba Sofía, acodada en la borda del Arrow, de cara a la noche. Pero era un modo de simplificar la eternidad; de encerrarla en preciosos libros de estampas como aquel, de mapas celestiales, que había quedado en la biblioteca familiar, en cuyas planchas parecían librar tremebundos combates los centauros con los escorpiones, las águilas con los dragones. Por el nombre de las constelaciones remontábase el hombre al lenguaje de sus primeros mitos, permaneciéndole tan fiel que cuando aparecieron las gentes de Cristo, no hallaron cabida en un cielo totalmente habitado por gentes paganas. Las estrellas habían sido dadas a Andrómeda y Perseo, a Hércules y Casiopea. Había títulos de propiedad, suscritos a tenor de abolengo, que eran intransferibles a simples pescadores del Lago Tiberiades —pescadores que no necesitaban de astros, además, para llevar sus barcos a donde Alguien, próximo a verter su sangre, forjaría una religión ignorante de los astros... Cuando palidecieron las Pléyades y se hizo la luz, millares de yelmos jaspeados avanzaban hacia la nave, sombreando largos festones rojos que bajo el agua dibujaban las siluetas de guerreros extrañamente medievales, por su ineludible estampa de infantes lombardos vestidos de cotas agujereadas —que a tejido de cotas se asemejaban las hebras marinas encontradas por el camino y que traían atravesados, de hombro a cadera, de cuello a rodilla, de oreja a muslos, aquellos personajes, cruzados por astillas de luz, que el capitán Dexter llamaba men-of-war. El ejército sumergido se abría al paso del velero, cerrando sus filas después, en una marcha silenciosa, venida de lo ignoto, que proseguía durante días y días, hasta que las cabezas les reventaran bajo el sol y los festones se consumieran en su propia corrosión... A media mañana entróse en un nuevo país: el de las Gorgonas, abiertas como alas de ave, al filo del agua blanqueada por su migración. Y aparecieron luego, en pardos enjambres, los dedalillos abiertos o cerrados por hambrientas contracciones, seguidos por un bando de caracoles viajeros, colgados de una almadía de burbujas endurecidas... (…)

En este viaje no estaba Sofía conturbada, como la otra vez —cuando se acodara en la misma borda, cuando subiera la brisa desde el vértice de esta misma proa— por angustias de adolescente. Muy madurada por su decisión, iba hacia algo que no podía ser sino como ella se lo imaginaba. Después de dos jornadas durante las cuales lo dejado atrás hubiera seguido pesando sobre su ánimo, se había despertado, en este tercer día, con una exaltante sensación de libertad. Rotas estaban las amarras. Se había salido de lo cotidiano para penetrar en un presente intemporal. Pronto empezaría el gran quehacer, esperado durante años, de realizarse en dimensión escogida. Conocía nuevamente el gozo de hallarse en el punto de partida; en los umbrales de sí misma, como cuando se hubiese iniciado, en esta nave, una nueva etapa de su existencia. Volvía a hallar el recio olor a brea, a salmuera, a harina y afrechos, conocidos en otros días cuya presencia bastaba para abolir el tiempo transcurrido. Cerraba los ojos, en la mesa del Capitán Dexter, al encontrar nuevamente el sabor de las ostras ahumadas, de las sidras inglesas, de las tortas de ruibarbo y de los nísperos de Pensacola, que la devolvía a las sensaciones de su primer viaje marítimo. (…)

Ahora estaba más impaciente que antes de alcanzar el término de su viaje, con el temor de llegar demasiado tarde: cuando el hombre del Gran Quehacer estuviese ya en acción, apartando los verdores de las selvas, como los hebreos las aguas del Mar Rojo. Confirmábase lo que tantas veces le hubiese dicho Esteban: que Víctor, ante la reacción termidoriana, estaba penetrando, con sus Constituciones traducidas al español, con sus Carmañolas Americanas, en esta Tierra Firme de América, llevando a ella, como antes, las luces que en el Viejo Mundo se apagaban. Para entenderlo bastaba mirar la Rosa de los Vientos: de la Guadalupe, la turbonada había soplado a las Guayanas, corriendo de allí a esta Venezuela que era la ruta normal para pasar a la otra banda del Continente, donde se alzaban los barrocos palacios del Reino del Perú. Allá, precisamente, por boca de jesuitas, se habían alzado las primeras voces —y Sofía conocía los escritos de un Vizcardo Guzmán— que reclamaban, para este mundo, una independencia que sólo era pensable en términos de Revolución. Todo resultaba claro: la presencia de Víctor en Cayena era el comienzo de algo que se expresaría en vastas cargas de jinetes llaneros, navegaciones por ríos fabulosos, tramontes de cordilleras enormes. Nacía una épica que cumpliría en estas tierras lo que en la caduca Europa se había malogrado. Ya sabrían quienes acaso la estuviesen desollando en la casa familiar que sus anhelos no se medían por el patrón de costureros y pañales impuestos al común de las hembras. Hablarían de escándalo, sin sospechar que el escándalo sería mucho más vasto de lo que ellos pensaban. Esta vez se jugaría al desbocaire, disparando sobre generales, obispos, magistrados y virreyes.

El Arrow zarpó dos días después, navegando a lo largo de la Isla de Margarita, para pasar entre la Granada y Tobago, al amparo de posesiones inglesas, tomando el rumbo de la Barbados. Y al cabo de un tranquilo viaje, se vio Sofía en Bridgetown, descubriendo un mundo distinto del que hasta ahora hubiese conocido en el Caribe. Distinta era la atmósfera que se respiraba en aquella ciudad holandesa, de una arquitectura diferente de la española, con sus anchas balandras madereras venidas de Scaraborough, de San Jorge o de Puerto España. Circulaban allí divertidas monedas, llamadas «Pineapple Penny» y «Neptune Penny», de una acuñación muy reciente. Se creía llevada a una urbe del Viejo Continente, al advertir que existía una «Calle Masónica» y una «Calle de la Sinagoga». Alojóse en limpio albergue, tenido por una mulata sudorosa que le fue recomendado por el Capitán Dexter. Al cabo de un almuerzo de despedida en el que Sofía probó de todo —tal era su alegría— sin desdeñar las botellas de porter, el madeira y los vinos franceses que le sirvieron, dieron ambos un paseo en coche por las afueras. Durante horas rodaron por los caminos de una Antilla domada, cuyas tierras deslindadas por suaves ondulaciones —aquí nada era grande, nada aplastante, nada amenazador— eran cultivadas hasta las mismas orillas del mar. Aquí la caña de azúcar parecía trigo verde, las yerbas tenían mansedumbre y urbanidad de césped, las mismas palmeras dejaban de parecer árboles tropicales. Había silenciosas mansiones, ocultas en la espesura, que alzaban columnas de templo griego hacia frontones borrados por la yerba, cuyas ventanas se abrían sobre el fausto de salones habitados por retratos cuyos barnices relumbraban en el exceso de luz; había casas cubiertas de tejuelas, tan pequeñas que cuando un niño se asomaba a una ventana, ocultaba, con su presencia, el cuadro de vastas familias reunidas para cenar donde hubiese sido enorme el estorbo de un tablero de ajedrez; había ruinas apelambradas por las enredaderas, donde los aparecidos —toda la isla, decía el cochero, era lugar de aparecidos— se reunían para gemir en las noches ventosas; y había sobre todo, junto al mar, casi confundidos con las playas, unos cementerios siempre desiertos, sombreados por cipreses, cuyas tumbas de piedra gris —tan pudorosas si se pensaba en los ornamentados mausoleos de las necrópolis españolas— hablaban de un Eudolphus y una Elvira, muertos en un naufragio, que sólo habían podido ser los héroes de un romántico idilio. Sofía recordaba La Nueva Heloísa. El Capitán pensaba más bien en Las Noches. Y a pesar de que les quedara lejos, cansados estaban los caballos y sólo se regresaría tarde en la noche, por la necesidad de buscar un relevo del tiro, Sofía, usando de mimos que casi parecieron excesivos al norteamericano, consiguió que llegaran hasta el pequeño bastión rocoso de St. John, detrás de cuya iglesia halló una lápida cuyo epitafio se refería a la inesperada muerte, en la isla, de un personaje cuyo nombre cargaba con una aplastante presencia de siglos: AQUÍ YACEN LOS RESTOS DE —FERNANDO PALEÓLOGO— DESCENDIENTE DEL LINAJE IMPERIAL —DE LOS ÚLTIMOS EMPERADORES DE GRECIA— CAPELLÁN DE ESTA PARROQUIA —1655 A 1656... Caleb Dexter, algo emocionado por el vino de una botella vaciada durante el camino, se descubrió respetuosamente. Sofía, en el atardecer cuyas luces enrojecían las olas rotas en espumas enormes sobre los monolitos rocallosos de Bathsheba, floreció la tumba con unas buganvillas cortadas en el jardín del presbiterio. Víctor Hugues, durante su primera visita a la casa de La Habana, había hablado largamente de esa tumba del ignorado nieto de quien cayera, en la suprema resistencia de Bizancio, muerto antes que profanado como lo fuese por los otomanos vencedores el Patriarca Ecuménico. Ahora la encontraba ella, en el lugar designado. Por sobre la piedra gris, marcada con el signo de la Cruz de Constantino, una mano seguía ahora el lejano itinerario de otra mano, que también hubiese hecho el gesto de buscar el hueco de las letras con las yemas de los dedos... Por romper con un ceremonial inesperado, que ya parecía prolongarse demasiado, Caleb Dexter observó: «Y pensar que haya venido a parar a esta isla el último propietario legítimo de la Basílica de Santa Sofía...» «Se hace tarde», dijo el cochero. «Sí; regresemos», dijo ella. Estaba admirada de que su nombre hubiese podido surgir así, de pronto, en la tonta reflexión del otro. Era una casualidad demasiado extraordinaria para no tomarse como un anuncio, un aviso, una premonición. La esperaba un prodigioso destino. El futuro se venía gestando secretamente desde que una Voluntad atronara, cierta noche, las aldabas de la casa. Había palabras que no brotaban al azar. Un misterioso poder las modelaba en las bocas de los oráculos. Sophia.”
El siglo de las luces
Alejo Carpentier
Seix Barral, Biblioteca Breve
Barcelona, 2001
págs. 349-359


Patrick “Paddy” Leigh Fermor 
El escritor, historiador y soldado británico y héroe de la batalla de Creta, Patrick “Paddy” Leigh Fermor (1915), una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, decide realizar un viaje al Caribe. Viaje que se traducirá en su primer libro: The traveler’s tree (1950).

Durante el viaje, Fermor se topó en la isla de Barbados con una lápida del siglo XVII en la que pudo leer el siguiente epitafio: Aquí descansa el cuerpo de Ferdinando Paleólogo, descendiente de la dinastía imperial del último emperador de Grecia.

De regreso a Europa se lanza a reconstruir la historia que hay detrás de la lápida: caída Constantinopla, los miembros de la casa real –Paleólogos y Cantacuzenos- unos buscan la protección del Papa y de los Médicis, otros se dirigen al este donde incluso llegarán a reinar en principados rumanos y entroncar con la realeza rusa. Muerto el emperador Constantino XI Paleólogo quedan dos hermanos, Demetrio y Tomás. El primero muere siendo monje en lo que ya es Estambul y el segundo huye a Roma con la reliquia de la cabeza de San Andrés. El Papa le concede una pensión vitalicia y sus tres hijos se educan en Italia. El mayor, Andrés, se casa con una prostituta romana y muere en la indigencia; ha tenido que vender hasta sus derechos dinásticos a los reyes de Francia y Aragón. Al segundo, Manuel, no le irán mejor las cosas. Vuelve a Estambul y el sultán le obsequia con dos mujeres, aunque Gibbon aclara que “perdióse en el hábito y la religión de un esclavo turco”. El huésped de la tumba de Barbados parece descender del tercer hijo, de Juan; pero todavía faltan unos años hasta que la familia da el salto al Caribe. Sus descendientes vivirán en Italia bajo el patrocinio de los Médicis hasta llegar Teodoro. Este servirá en los Países Bajos como soldado de fortuna en la casa de Orange y acabará sus días en Inglaterra. Es un hombre de porte aristocrático, excepcionalmente alto, rasgos aguileños, y su único patrimonio es una vasta cultura: puede leer a los griegos en su idioma, además de escribir en excelente francés. Lo último que se sabe de él es que pasó sus años postreros como huésped de Sir Nicholas Lower, miembro de una familia cultivada entre los que se contaban Francis Bacon. Muere en 1636, pero la saga continúa: dos de sus hijos combaten del lado de los realistas en la Guerra Civil Inglesa –uno de ellos está enterrado en la abadía de Westminster- y Fernando, el hijo menor –este es el hombre de la lápida - emigra a Barbados en busca de fortuna en una pequeña plantación de piñas. Apenas se sabe nada más de él, tan sólo la información que alumbra su epitafio, donde se explica que ejerció de capillero de esa parroquia y que fue miembro de la junta durante veinte años. Murió en Barbados el 3 de octubre de 1679.


06/01/2016

las Bocas del Dragón, 2

"la máquina"
“Pero he aquí que en el horizonte empiezan a dibujarse unas formas raras, desconocidas, con alvéolos en los costados y aquellos árboles crecidos en lo alto, sosteniendo paños que se hinchaban o tremolaban, ostentando signos ignorados. Los invasores se topaban con otros invasores, insospechados, insospechables, venidos de no se sabía dónde, que llegaban a punto para aniquilar un sueño de siglos. La Gran Migración ya no tendría objeto: el Imperio del Norte pasaría a manos de los Inesperados. En su despecho, su ira visceral, los Caribes se lanzaban al asalto de esas enormes naves, asombrando con su audacia a quienes las defendían. Se trepaban a las bordas, atacando con una encarnizada desesperación, inexplicable para los recién llegados. Dos tiempos históricos inconciliables, se afrontaban en esa lucha sin tregua posible, que oponía el Hombre de los Totems al Hombre de la Teología. Porque, súbitamente, el Archipiélago en litigio se había vuelto un Archipiélago Teológico. Las islas mudaban de identidad integrándose en el Auto Sacramental del Gran Teatro del Mundo. La primera isla conocida por el invasor venido de un continente inconcebible para el ente de acá, había recibido el nombre de Cristo, al quedar plantada una primera cruz, hecha de ramas en su orilla. Con la segunda habíase remontado a la Madre, al llamarlo Santa María de la Concepción. Las Antillas se transformaban en un inmenso vitral, traspasado de luces, donde los Donadores estaban ya presentes en el contorno de la Fernandina y de la Isabela, en tanto que el Apóstol Tomás, Juan Bautista, Santa Lucía, San Martín, Nuestra Señora de la Guadalupe y las supremas figuraciones de la Trinidad, se iban colocando en sus respectivos lugares, mientras nacían las villas de Navidad, de Santiago y Santo Domingo, sobre el cerúleo fondo blanquecido por el laberinto de las Once Mil Vírgenes —incontables como las estrellas del Campus Stellae. Dando un salto de milenios, pasaba este Mar Mediterráneo a hacerse heredero del otro Mediterráneo, recibiendo, con el trigo y el latín, el Vino y la Vulgata, la Imposición de los Signos Cristianos. No llegarían jamás los Caribes al Imperio de los Mayas, quedando en raza frustrada y herida de muerte en lo mejor de su empeño secular. Y de su Gran Migración fracasada, que acaso se iniciara en la orilla izquierda del Río de las Amazonas cuando las cronologías de los otros señalaban un siglo XIII que no lo era para nadie más, sólo quedaban en playas y orillas la realidad de los petroglifos caribes —jalones de una epopeya nunca escrita— con sus seres dibujados, encajados en la piedra, bajo una orgullosa emblemática solar...

(…) Venidos eran los «tardos años», anunciados por Séneca, «en los cuales el Mar Océano aflojaría los atamientos de las cosas y se abriría una grande tierra; y un nuevo marinero, como aquel que fuera guía de Jasón, descubriría un nuevo mundo; y entonces no sería ya la isla de Thule la postrera de las tierras». De súbito el Descubrimiento cobraba una gigantesca dimensión teológica. Este viaje al Golfo de las Perlas de la Tierra de Gracia estaba escrito, con relumbrante subrayado, en el Libro de las Profecías de Isaías. Confirmábase el anuncio del Abad Joaquín Calabrés, afirmando que de España saldría quien hubiese de reedificar la Casa del Monte Sión. El mundo tenía forma de pecho de mujer, con un pezón en cuya punta crecía el Árbol de la Vida. Y sabíase ahora que de su inagotable manantial, suficiente para saciar la sed de todos los seres vivos, no sólo brotaban ya el Ganges, el Tigris y el Eufrates, sino también el Orinoco, ruta de los Grandes Troncos que descendían hacia el mar, en cuyas cabeceras se hubiese ubicado por fin, después de tan larga espera —ahora alcanzable, abordable, cognoscible en todo su esplendor— el Paraíso Terrenal. Y en estas Bocas del Dragón, de aguas transparentadas por el Sol naciente, podía el Almirante clamar su exultación, entendido el secular combate de las aguas dulces y las aguas saladas: «Así pues, el Rey y la Reina, los Príncipes y sus Reinos, tributen gracias y a nuestro Salvador Jesucristo que nos concedió tal victoria. Celébrense procesiones; háganse fiestas solemnes; llénense los templos de ramas y de flores; gócese Cristo en la tierra como se regocija en el cielo, al ver la próxima salvación de tantos pueblos entregados hasta ahora a la perdición.» El abundante oro de estas tierras acabaría con la abyecta servidumbre en que el escaso oro de Europa tenía sometido al Hombre. Cumplidas eran las profecías de los Profetas, confirmadas estaban las adivinaciones de los antiguos y también las inspiraciones de los teólogos. El perenne Combate de las Aguas, en tal lugar del mundo, anunciaba que se había llegado por fin, después de una agónica espera de siglos, a la Tierra de Promisión... Hallábase Esteban en las  Bocas del Dragón, devoradoras de tantas expediciones que abandonaron las aguas saladas por las dulces, en busca de aquella Tierra de Promisión nuevamente movediza y evanescente — tan movediza y evanescente que acabó por esconderse para siempre tras el frío espejo de los lagos de la Patagonia. Y pensaba, acodado en la borda del Amazon, frente a la costa quebrada y boscosa que en nada había cambiado desde que la contemplara el Gran Almirante de Isabel y Fernando, en la persistencia del mito de la Tierra de Promisión. Según el color de los siglos, cambiaba el mito de carácter, respondiendo a siempre renovadas apetencias, pero era siempre el mismo: había, debía haber, era necesario que hubiese en el tiempo presente —cualquier tiempo presente— un Mundo Mejor. Los Caribes habían imaginado ese Mundo Mejor a su manera, como lo había imaginado a su vez, en estas bullentes Bocas del Dragón, alumbrado, iluminado por el sabor del agua venida de lo remoto, el Gran Almirante de Isabel y Fernando. Habían soñado los portugueses con el reino admirable del Preste Juan, como soñarían con el Valle de Jauja, un día, los niños de la llanura castellana, después de cenarse un mendrugo de pan con aceite y ajo. Mundo Mejor habían hallado los Enciclopedistas en la sociedad de los Antiguos Incas, como Mundo Mejor hubiesen parecido los Estados Unidos, cuando de ellos recibiera Europa unos embajadores sin peluca, calzados con zapatos de hebilla, llanos y claros en el hablar, que impartían bendiciones en nombre de la Libertad. Y a un Mundo Mejor había marchado Esteban, no hacía tanto tiempo, encandilado por la gran Columna de Fuego que parecía alzarse en el Oriente. Y regresaba ahora de lo inalcanzado con un cansancio enorme que vanamente buscaba alivio en la remembranza de alguna peripecia amable. A medida que transcurrían los días de la navegación, pintábasele lo vivido como una larga pesadilla —pesadilla de incendios, persecuciones y castigos, anunciada por el Cazotte de los camellos vomitando lebreles; por los muchos augures del Fin de los Tiempos que tanto habían proliferado en este siglo, tan prolongado que totalizaba la acción de varios siglos. Los colores, los sonidos, las palabras, que aún lo perseguían, le producían un malestar profundo, semejante al que originan, en algún lugar del pecho, allí donde las angustias se hacen palpables en latidos y asimetrías de ritmos viscerales, los resabios postreros de una enfermedad que pudo ser mortal. Lo quedado atrás, evocado en negrores y tumultos, tambores y agonías, gritos y tajos, se asociaba en su mente con ideas de terremoto, de convulsión colectiva, de furor ritual... «Vengo de vivir entre los bárbaros», dijo Esteban a Sofía, cuando para él se abrió, con solemne chirrido de bisagras, la espesa puerta de la casa familiar, siempre parada en su esquina con el singular adorno de sus altas rejas pintadas de blanco.”
El siglo de las luces
Alejo Carpentier
Seix Barral, Biblioteca Breve
Barcelona, 2001
págs. 286-290


“Cuando los nuestros regresaron a los navíos, lo que sería al atardecer, levé anclas y navegué al Poniente, y así mismo al día siguiente, hasta que hallé que no habían más que tres brazas de fondo, creyendo yo todavía que ésta era una isla y que no podría salir al Norte; y así visto, envié una carabela ligera adelante a ver si había salida o si estaba cerrado. Así anduve mucho camino hasta un golfo grande, en el cual parecía que habían otros cuatro medianos, saliendo de uno de ellos un río grandísimo. Hallaron siempre cuatro brazas de fondo y el agua muy dulce, en cantidad tan grande como jamás antes vi.

Quedé muy descontento cuando comprendí que no podía salir al Norte, al Sur ni al Poniente porque estaba cercado por todas partes de tierra; por tanto, levé anclas y torné atrás para salir al Norte por la boca que antes descubrí, sin poder regresar a la población que había visitado por causa de las corrientes, que me desviaron. En todo cabo hallaba el agua dulce y clara que me llevaba con fuerza al Oriente, hacia las dos bocas a que me he referido; entonces conjeturé que los hilos de la corriente y aquellas lomas que salían y entraban en estas bocas con aquel rugir tan fuerte era la pelea del agua dulce con la salada. La dulce empujaba a la otra para que no entrase, y la salada luchaba para que la otra no saliese. Conjeturé que allí donde están situadas las dos bocas en un tiempo hubo tierra continua que unía la isla de Trinidad con Tierra de Gracia, como podrán ver Vuestras Altezas del mapa que con ésta les envío. Salí por la boca del Norte y hallé que el agua dulce siempre vencía; cuando pasé, lo que hice a fuerza de viento, estando en una de aquellas lomas hallé en aquellos hilos de la parte de dentro el agua dulce, y en los de fuera, salada.
...Yo siempre creí que la Tierra era esférica; las autoridades y las experiencias de Ptolomeo y todos los demás que han escrito sobre este tema daban y mostraban como ejemplo de ello los eclipses de luna y otras demostraciones que hacen de Oriente a Occidente, como el hecho de la elevación del Polo de Septentrión en Austro. Mas ahora he visto tanta deformidad que, puesto a pensar en ello, hallo que el mundo no es redondo en la forma que han descrito, sino que tiene forma de una pera que fuese muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón o punto más alto; o como una pelota redonda que tuviere puesta en ella como una teta de mujer, en cuya parte es más alta la tierra y más próxima al cielo. Es en esta región, debajo de la línea equinoccial, en el Mar Océano, el fin del Oriente, donde acaban todas las tierras e islas...”

fragmento “carta del tercer viaje”
Cristóbal Colón


05/01/2016

las Bocas del Dragón

costa de la península de Paria (Venezuela)
Las Bocas del Dragón es el nombre genérico que reciben  una serie de estrechos (hay cuatro “bocas”) que separan el Golfo de Paria del Mar Caribe, en aguas entre Venezuela y Trinidad y Tobago.  

“...Hallábase frente a las Bocas del Dragón, en la noche inmensamente estrellada, allí donde el Gran Almirante de Fernando e Isabel viera el agua  dulce trabada en pelea con el agua salada desde los días de la Creación del Mundo. «La dulce empujaba a la otra por que no entrase, y la salada por que la otra no saliese.» Pero, hoy como ayer, los grandes troncos venidos de tierras adentro, arrancados por las crecientes de Agosto, golpeados por las peñas, tomaban los rumbos del mar, escapando al agua dulce para dispersarse sobre la inmensidad de la salada. Veíalos flotar Esteban, hacia Trinidad, Tobago o las Granadinas, dibujados en negro sobre estremecidas fosforescencias, como las largas, larguísimas barcas, que no hacía tantos siglos hubiesen salido por estos mismos rumbos, en busca de una Tierra Prometida. En aquella Edad de Piedra —tan reciente y tan actual para muchos, no obstante— el Imperio del Norte era la obsesión de cuantos se reunían, de noche, en torno a las hogueras. Y, sin embargo, era bien poco lo que de él se sabía. Los pescadores tenían sus noticias de boca de otros pescadores, que las tenían de otros pescadores de más lejos y más arriba, que las tenían a su vez de otros más remotos. Pero los Objetos habían viajado, traídos por trueques y navegaciones sin número. Estaban ahí, enigmáticos y solemnes, con todo el misterio de su factura. Eran piedras pequeñas —¿y qué importaba el tamaño?— que hablaban por sus formas; piedras que miraban, que desafiaban, que reían o se crispaban en extrañas muecas, venidas de la tierra donde había explanadas inmensas, baños de vírgenes, edificaciones nunca vistas. Poco a poco, de tanto hablar del Imperio del Norte, los hombres fueron adquiriendo sobre él derecho de propiedad. Tantas cosas habían creado las palabras, llevadas de generación a generación, que esas cosas habían pasado a ser una suerte de patrimonio colectivo. Aquel mundo distante era una Tierra-en-Espera, donde por fuerza habría de instalarse un día el Pueblo Predilecto, cuando los signos celestiales señalaran la hora de marchar. En espera de ello, la masa humana engrosaba cada día aumentando el hormigueo de las gentes en la boca del Río-sin-Término, del Río-Madre, situado a centenares de jornadas más al sur de las Bocas del Dragón. Unas tribus habían bajado de sus serranías, abandonando las aldeas donde se viviera desde tiempos inmemoriales. Otras habían desertado la ribera derecha, en tanto que las de selvas adentro iban apareciendo, bajo las lunas nuevas, saliendo de las espesuras por grupos extenuados, con el deslumbramiento de quienes, durante largos meses, hubieran andado en penumbras verdes, siguiendo los caños, sorteando las tuberas... La espera, sin embargo, se prolongaba. Tan vasta iba a ser la empresa, tan largo el camino por recorrer, que no acababan los caudillos de decidirse. Crecían los hijos y los nietos, y aún estaban todos ahí, pululantes, inactivos, hablando de lo mismo, contemplando los Objetos cuyo prestigio se acrecía con la espera. Y una noche, según se recordaría siempre, una forma llameante cruzó el cielo, con un enorme silbido, señalando el rumbo que los hombres se habían fijado desde mucho antes para alcanzar el Imperio del Norte. Entonces la horda se puso en marcha, dividida en centenares de escuadrones combatientes, penetrando en las tierras ajenas. Todos los varones de otros pueblos eran exterminados, implacablemente, conservándose sus mujeres para la proliferación de la raza conquistadora. Así se crearon los idiomas: el de las hembras, lenguaje de cocina y de partos, y el de los hombres, lenguaje de guerreros, cuyo conocimiento se tenía por un privilegio soberano... Más de un siglo duró la marcha a través de selvas, llanuras, desfiladeros, hasta que los invasores se encontraron frente al Mar. Se tenían noticias de que las gentes de otros pueblos, sabedoras del terrible avance de las del Sur, habían pasado a unas islas que existían, lejos aunque no tan lejos, detrás del horizonte. Nuevos Objetos, semejantes a los conocidos, indicaban que el Rumbo de las Islas era acaso el más señalado para alcanzar el Imperio del Norte. Y como el tiempo no contaba, sino la idea fija de llegar algún día a la Tierra-en-Espera, los hombres se detuvieron para aprender las artes de la navegación. Las canoas rotas, dejadas en las playas, sirvieron de modelos a las primeras que, con troncos ahuecados, fabricaron los invasores. Pero, como habría que afrontar largas distancias, comenzaron a hacerlas cada vez más grandes y espigadas, de mayor eslora, con altas y afiladas proas, donde cabían hasta sesenta hombres. Y un día, los tataranietos de quienes habían iniciado la migración terrestre, iniciaron la migración marítima partiendo, por grupos de barcas, a la descubierta de las islas. Tarea fácil les fue cruzar los estrechos, burlar las corrientes, saltando de tierra en tierra y matando a sus habitantes —mansos agricultores y pescadores que ignoraban las artes de la guerra. De isla en isla iban avanzando los marineros, cada vez más expertos y más audaces, habituados a guiarse ya por la posición de los astros. A medida que proseguían su ruta, crecían ante sus ojos las torres, las explanadas, los edificios, del Imperio del Norte. Se le sentía próximo, con aquellas islas que crecían, tornándose cada vez más montañosas y ricas. Dentro de tres islas, de dos islas, acaso de una —y contábase por islas— se llegaría por fin a la Tierra-en-Espera. Ya estaban las vanguardias en la mayor de todas —acaso última etapa. No se destinaban ya las maravillas próximas a los nietos de los invasores. Eran estos ojos que tengo, los que las contemplarían. Y de sólo pensarlo, se apretaba el ritmo de las salomas y los remos, por filas, se hundían en el mar, impulsados por manos impacientes.”

El siglo de las luces
Alejo Carpentier
Seix Barral, Biblioteca Breve
Barcelona, 2001
págs. 283-286


ruta tercer viaje de Cristóbal Colón

“Y plugo a Nuestro Señor de me dar viento, y atravesé pore sa boca adentro ; y luego halle tranquilidad, y por açertamiento se sacó del agua de la mar y la halle dulce.
(…) …llegando a la dicha boca a la ora de tercia, halló una gran pelea entre el agua dulce por salir a la mar, y el agua salada de la mar, por entrar dentro en el golpho, y era tan rezia y temerosa, que levantava una gran loma, como un cerro muy alto, y con esto traían un roído y estruendo amgas aguas, de levante a poniente, muy largo y espantoso ,, con hilero de aguas, y tras uno venían cuatro hileros unos tras otrro, que hacían corrientes que peleavan ; donde pensaron perecer, no menos que en la otra boca de la Sierpe del cabo del Arenal, cuando entravan en el golpho…Temieron, calmado el viento, no lo echase el agua dulce o salada a dar en las peñas con sus Corrientes, donde no tuviesen algún remedio…”
Los cuatro viajes. Testamento
Cristóbal Colón

“Llegando a la dicha boca a la hora tercia, halló una gran pelea entre el agua dulce por salir a la mar, y el agua salada de la mar por entrar dentro en el golfo, y era tan recia y temerosa, que levantaba una gran loma, como un cerro muy alto, y con esto traían un roído y estruendo ambas aguas de Levante y Poniente, muy largo y espantoso, con hileros uno tras otro, que hacían Corrientes que peleaban ; donde pensaron perecer , no menos que en la otra boca de la Sierpe del Cabo Arenal, Cuando entraban en el golfo….Dicen que dijo aquí el Almirante, aunque no lo halle escripto de su mano, como halle lo susodicho, que si de allí se escapaban de la boca del drago, y po resto se le quedó este nombre, y con razón…Así salió, lunes, 13 de agosto (de 1498)”

Historia de Indias, Obras escogidas

Fray Bartolomé de las Casas