27 de febr. 2015

el ball

“Volví a mirar a las tres brujas que tenía al lado, mejor dicho, a la rubia. Para mirar a las otras dos había que echarle al asunto mucho valor. La verdad es que lo hice muy bien, como el que no quiere la cosa, muy frío y con mucho mundo, pero en cuanto ellas lo notaron empezaron a reírse las tres como idiotas. Probablemente me consideraban demasiado joven para ligar. ¿No te fastidia? NÍ que hubiera querido casarme con ellas. Debía haberlas mandado a freír espárragos, pero no lo hice porque tenía muchas ganas de bailar. Hay veces que no puedo resistir la tentación y esa era una de ellas. Me incliné hacia las tres chicas y les dije:
     ¿Os gustaría bailar?
No lo pregunté de malos rnodos ni nada, al contrario, estuve finísimo, pero no sé por qué aquello les hizo un efecto increíble. Empezaron a reírse como locas, de verdad. Eran las tres unas cretinas integrales.
     Venga — les dije —, bailaré con las tres una detrás de otra, ¿de acuerdo? ¿Qué os parece? Decid que sí.
Me moría de ganas de bailar. Al final, como se notaba que a quien me dirigía era a ella, la rubia se levantó para bailar conmigo y salimos a la pista. Mientras tanto, los otros dos esperpentos siguieron riéndose como histéricas. Debía estar loco para molestarme siquiera por ellas.
Pero valió la pena. La rubia aquella bailaba de miedo. He conocido a pocas mujeres que bailaran tan bien. A veces esas estúpidas resultan unas bailarinas estupendas, mientras que las chicas inteligentes, la mitad de las veces, o se empeñan en llevarte, o bailan tan mal que lo mejor que puedes hacer es quedarte sentado en la mesa y emborracharte con ellas.
     Lo haces muy bien — le dije a la rubia aquella — .Deberías dedicarte a bailarina, de verdad. Una vez bailé con una profesional y no era ni la mitad de buena que tú. ¿Has oído hablar de Marco y Miranda?
     ¿Qué?
Ni siquiera me escuchaba, Estaba mirando a las mesas.
     He dicho que si has oído hablar de Marco y Miranda.
     No sé. No. No sé quiénes son.
     Son  una  pareja  de  bailarines.   Ella  no  me gusta nada. Se sabe  todos los pasos perfectamente, pero no baila nada bien.  ¿Quieres que te diga en qué se nota cuando una mujer es una bailarina estupenda?
No me escuchaba. No hacía más que mirar por toda la habitación.
     He dicho que si sabes en qué se nota cuando una mujer es una bailarina estupenda.
     No...
     Veras, yo pongo la mano en la espalda de mi pareja, ¿no? Pues si me da la sensación de que más abajo de la mano no hay nada, ni trasero, ni piernas, ni pies, ni nada, entonces es que la chica es una bailarina fenomenal.
Nada, ni caso, así que dejé de hablarle un buen rato y me limité a bailar. ¡Jo! ¡Qué bien lo hacía aquella idiota! Buddy Singer y su orquesta tocaban esa canción que se llama Just one of those things, y por muchos esfuerzos que hacían no lograban destrozarla del todo. Es una canción preciosa. No intenté hacer ninguna exhibición ni nada porque me revientan esos tíos que se ponen a hacer florituras en Ja pista, pero me moví todo lo que quise y la rubia me seguía perfectamente. Lo más gracioso es que me creía que ella se lo estaba pasando igual de bien que yo hasta que se descolgó con una estupidez:
     Anoche mis amigas y yo vimos a Peter Lorre en persona. El actor de cine. Estaba comprando el periódico. Es un sol.
     Tuvisteis suerte — le dije —. Mucha suerte, ¿sabes?
Era una estúpida, pero qué bien bailaba.”

J.D. Salinger
El guardián entre el centeno
Alianza, 1978
pág. 80-81


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