3 de febr. 2017

la narrativa

“Por lo que al estilo se refiere, Jane Eyre tiende más a una gramática simple que compleja.  Las frases están formadas normalmente por oraciones principales, con palabras cortas y enfáticas unidas a través de ecos verbales y gramaticales,  lo cual produce el efecto de intensificar la espontaneidad y la naturalidad de las emociones.  Escuchamos el latido vívido del corazón de la niña,  intimamos con sus palpitaciones y su pulso: «Aumentó la velocidad de los latidos de mi corazón; la frente me ardía y un sonido [...] me llenó los oídos. Parecía que algo estaba cerca de mí. Me sentía agobiada, casi ahogada... [...] en la cerradura giró una llave...». La intensidad visceral de la niña delata, sin embargo, la lengua de la mujer.  Este estilo frenético se atempera con fragmentos de calma y tranquilidad, con escritura reflexiva y terrenal de lenguaje informal y pretendidamente cotidiano para representar el realismo doméstico que abre la novela: «Aquel día no hubo manera de dar un paseo».

A pesar de que Jane Eyre no es una novela epistolar, se lee como si fuera un intercambio comunicativo íntimo. El tono de confidencia provoca, embelesa y apela al lector. Su estilo entusiasma y crea fascinación. El hipnotismo que produce podría tener el origen en el método creativo de Charlotte Brontë: la escritura automática. Transcribe su mundo interior sin cedazo sobre el papel, con los ojos cerrados. Pero Jane Eyre siempre mantiene un ojo abierto para calibrar y manipular la respuesta del lector. Comparte con la autora su autoconsciencia en extremo despierta.

La descripción cuidadosa de los objetos familiares y ajenos aporta la sensación de verdadera realidad. Al principio, tenemos la impresión de poder observar, escuchar, tocar y oler su mundo.  En los interiores arquitectónicos se describen con minuciosidad las proporciones, las dimensiones, los muebles, los espacios en las ventanas, los hogares.  El «pedazo de tarta servido en un plato de porcelana china de brillantes colores»; las gachas quemadas de Lowood;  el pastel de la señorita Temple;  el aro de Adèle; etc.;  son detalles que añaden solidez realista al universo de la novela.  Jane Eyre es un continuo sonoro de conversaciones, charlas, diálogos ingeniosos, conversaciones amorosas, del canto de los pájaros, los pliegues de un vestido crujiendo amenazadores, cascos de caballo chocando contra la grava húmeda. En muchas ocasiones la acción es conducida solo por el diálogo. Los personajes menores contribuyen a reforzar la autenticidad y la sensación de localidad.  El dúo de Bessie y Abbot abre camino a la manera de hablar de la señora Fairfax en Thornfield,  la rotundidad de Hannah en Moor House, y finalmente, a los campechanos Mary y John en Ferndean.  El registro del habla familiar, no literaria, confiere solidez a los efectos retóricos y a la trama extravagante.

No obstante, la novela presenta el campo de fuerza del conflicto. El estilo simple a menudo da un giro, como si el asunto doloroso del que se ocupan volteara las frases. La inversión sintáctica, que cambia el orden neutro de sujeto-verbo-objeto de las frases en inglés, se usa como efecto dramático en Jane Eyre quizá por influencia del alemán, que Charlotte había estudiado, junto con el francés,  en Bruselas. Cuando Jane cuenta su destierro de la familia Reed, se coloca a ella misma como objeto: «a mí, no me había autorizado a unirme al grupo». Esta inversión articula la condición de objeto y la exclusión de la niña. Este yo reducido a «a mí» es la semilla de la rabia que estallará en el primer motín de la hasta ahora actitud pasiva de Jane. «A mí» se expandirá en el «yo» seguro de sí mismo. Encerrado en esa inversión reside el dolor de la pérdida: después del matrimonio fallido, Jane se percata de que «de su presencia debía huir».

Como narradora, Charlotte Brontë no tiene precedentes. Su dominio del suspense en Jane Eyre, combinado con la astucia de esconder la clave que resuelve los hechos no resueltos, mantiene al lector en un estado de excitación y tensión. La sensación sobrecogedora de esperar la solución inminente, de un momento a otro, se insinúa con elegancia al final del capítulo 20, cuando la autora se permite la frase: «la revelación que estaba a punto de pronunciarse». Rochester empieza a abrir su corazón a Jane: «Yo he sido —se lo digo sin tapujos— un vividor disipado e inquieto, pero creo que he encontrado el instrumento para mi cura en...». El texto sigue: «Se detuvo», y la atención del relato se desplaza a los pájaros que gorjean y al viento que silba entre las hojas. «Casi me extrañó que no interrumpieran sus murmullos para así escuchar la revelación que estaba a punto de pronunciarse. Pero tendrían que haber aguardado durante muchos minutos, tantos como duró el silencio». La frase queda inacabada para siempre: el humor de Rochester muda, cambia su idea de confesar toda la verdad. El relato entero de Jane Eyre insinúa posibilidades frustradas: contiene pausas sucesivas, digresiones, frases inacabadas, enigmas, y presenta una estela de pistas falsas, como, por ejemplo, Blanche Ingram, que actúa como cortina de humo para la esposa rival. La trama tiene que haber sido construida con anterioridad para poder ocultar los secretos que originan el suspense y la tensión. Pero también se mantiene ceñida dentro de una de las más bellas estructuras narrativas de todos los tiempos: el círculo. El ciclo de la acción se cumple en una serie de retornos que concluye con la vuelta de Jane al lado de Rochester en una reunión que se desenvuelve entre risas y lágrimas.”


Stevie Davies

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