21 de febr. 2017

librerías


Librerías

Jorge Carrión

Anagrama, 2016

368 páginas


ISBN: 9788433978073

“Entre un cuento concreto y toda la literatura universal se establece una relación parecida a la que mantiene una única librería con todas las librerías que existen y existieron y tal vez existirán. La sinécdoque y la analogía son las figuras por excelencia del pensamiento humano: voy a empezar hablando de todas las librerías del presente y del pasado y quién sabe si del futuro a través de un solo relato, Mendel el de los libros, escrito en 1929 por Stefan Zweig y ambientado en la Viena del adiós al imperio, para avanzar hacia otros cuentos que también hablaron de lectores y de libros a lo largo y a lo ancho del palpitante siglo XX.

Para su ambientación Zweig no escoge uno de los gloriosos cafés vieneses, como el Frauenhuber o el Imperial, uno de aquellos cafés que –como evoca en El mundo de ayer– eran «la mejor academia para informarnos de todas las novedades», sino un café menor, pues el cuento comienza mediante un desplazamiento del narrador hacia «los barrios de la periferia». Es sorprendido por la lluvia y se refugia en el primer local que encuentra a su paso. Tras sentarse a una mesa, le asalta una sensación de paulatina familiaridad. Pasea su mirada por los muebles, por las mesas, por los billares, por el tablero de ajedrez, por la cabina telefónica, intuyendo que ya ha estado en ese mismo lugar. Y escarba con tesón en su memoria hasta que al final recuerda, brutalmente recuerda.

Se encuentra en el Café Gluck y justo ahí delante se sentaba el librero Jakob Mendel, cada día, todos los días, de siete y media de la mañana hasta la hora del cierre, con sus catálogos y sus volúmenes apilados. Mientras a través de las gafas memorizaba aquellas listas, aquellos datos, mecía la barba y los tirabuzones al compás de una lectura que mucho tenía de rezo: había llegado a Viena con la intención de estudiar para rabino, pero los libros antiguos lo habían desviado de esa ruta, «para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros». Para convertirse en el Gran Mendel. Porque Mendel era «un prodigio único de la memoria», «un fenómeno bibliográfico», «el miraculum mundi, el mágico archivo de todos los libros», «un titán»

Tras aquella frente calcárea, sucia, cubierta por un musgo gris, cada nombre y cada título que se hubiera impreso alguna vez sobre la cubierta de un libro se encontraban, formando parte de una imperceptible comunidad de fantasmas, como acuñados en acero. De cualquier obra que hubiera aparecido lo mismo hacía dos días que doscientos años antes conocía de un golpe el lugar de publicación, el editor, el precio, nuevo o de anticuario. Y de cada libro recordaba, con una precisión infalible, al mismo tiempo la encuadernación, las ilustraciones y las separatas en facsímil. [...] Conocía cada planta, cada infusorio, cada estrella del cosmos perpetuamente sacudido y siempre agitado del universo de los libros. Sabía de cada materia más que los expertos. Dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios. Conocía de memoria los fondos de la mayoría de las casas comerciales, mejor que sus propietarios, a pesar de sus notas y ficheros, mientras que él no disponía más que de la magia del recuerdo, de aquella memoria incomparable que, en realidad, sólo se puede explicar a través de cientos de ejemplos diferentes.

Las metáforas son preciosas: la barba es un musgo gris, los libros memorizados son especies o estrellas y conforman una comunidad de fantasmas, un universo de textos. Su conocimiento como vendedor ambulante, sin licencia para abrir una librería, es superior al de cualquier experto y al de cualquier bibliotecario. Su librería portátil, que ha encontrado su emplazamiento ideal en una mesa –siempre la misma– del Café Gluck, es un templo al que peregrinan todos aquellos que aman los libros y los coleccionan; y todos aquellos –también– que no han podido encontrar siguiendo las pautas oficiales las referencias bibliográficas que buscaban. Así, en su juventud universitaria, tras una experiencia insatisfactoria en la biblioteca, el narrador es conducido a la legendaria mesa de café por un compañero de estudios, un cicerone que le revela el lugar secreto que no aparece en las guías ni en los mapas, que sólo es conocido por los iniciados.

Mendel el de los libros podría insertarse en una serie de relatos contemporáneos que giran alrededor de la relación entre memoria y lectura, una serie que podría comenzar en 1909 con Mundo de papel, de Luigi Pirandello, y terminar en 1981 con La Enciclopedia de los muertos (toda una vida), de Danilo Kiš, pasando por el relato de Zweig y por tres de los que Jorge Luis Borges escribió en el ecuador del siglo pasado. Porque en la obra borgeana la vieja tradición metalibresca adquiere tal madurez, tal trascendencia que nos obliga a leer lo anterior y lo posterior en términos de precursores y de herederos. La Biblioteca de Babel, de 1941, describe un universo hipertextual en forma de biblioteca colmena, desprovisto de sentido y donde la lectura es casi exclusivamente desciframiento (parece una paradoja: en el cuento de Borges está proscrita la lectura por placer). El Aleph, publicado en Sur cuatro años más tarde, versa sobre cómo leer la reducción de la Biblioteca de Babel a una esfera minúscula, en que se condensan todo el espacio y todo el tiempo; y, sobre todo, acerca de la posibilidad de traducir esa lectura en un poema, en un lenguaje que haga útil la existencia del portentoso aleph. Pero sin duda es Funes el memorioso,  fechado en 1942,  el cuento de Borges que más recuerda al de Zweig, con su protagonista en los márgenes de los márgenes de la civilización occidental, encarnación como Mendel del genio de la memoria.

Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Irineo, en su pobre arrabal sudamericano.

Como Mendel, Funes no disfruta de su asombrosa capacidad de recordar. Para ellos leer no significa desentrañar argumentos, reseguir itinerarios vitales, entender psicologías, abstraer, relacionar, pensar, experimentar en los nervios el temor y el deleite. Al igual que sucederá cuarenta y cuatro años después con Número 5, el robot de la película Cortocircuito, para ellos la lectura es absorción de datos, nube de etiquetas, indexar, procesar información: está exenta de deseo. El de Zweig y el de Borges son cuentos absolutamente complementarios: el viejo y el joven, el recuerdo total de los libros y el recuerdo exhaustivo del mundo, la Biblioteca de Babel en un único cerebro y el aleph en una única memoria, unidos ambos personajes por su condición marginal y pobre.

Pirandello imagina en Mundo de papel una escena de lectura que también está recorrida por la pobreza y la obsesión.  Pero Balicci, lector tan adicto que su piel se ha mimetizado con el color y la textura del papel, endeudado a causa de su vicio, se está quedando ciego: « ¡Todo su mundo estaba allí! ¡Y ahora no podía vivir en él, excepto por aquella pequeña porción que le devolvería la memoria!» Reducidos a una realidad táctil, a volúmenes desordenados como piezas de Tetris, decide contratar a alguien para que clasifique aquellos libros, para que ordene su biblioteca, hasta que su mundo sea «sacado del caos». Pero después de ello se sigue sintiendo incompleto, huérfano, a causa de la imposibilidad de leer; de modo que contrata a una lectora, Tilde Pagliocchini; pero le molesta su voz, su entonación, y la única solución que encuentran es que ella le lea en voz baja, es decir, en silencio, para que él pueda evocar, a la velocidad de las líneas y de las páginas que pasan, aquella misma lectura, cada vez más remota. Todo su mundo, reordenado en el recuerdo.

Un mundo abarcable, jibarizado gracias a la metáfora de la biblioteca, la librería portátil o la memoria fotográfica, descriptible, cartografiable.

No es casual que el protagonista del relato La Enciclopedia de los muertos (toda una vida), de Kiš, sea precisamente un topógrafo. Su vida entera, hasta en el más mínimo detalle, ha sido consignada por una suerte de secta o de grupo de eruditos anónimos que desde finales del siglo XVIII lleva a cabo un proyecto enciclopédico –paralelo al de la Ilustración– donde figuran todos aquellos personajes de la Historia que no se encuentran en el resto de las enciclopedias, las oficiales, las públicas, las que se pueden consultar en cualquier biblioteca. Por eso el cuento especula sobre la existencia de una biblioteca nórdica donde se encontrarían las salas –cada una dedicada a una letra del abecedario– de la Enciclopedia de los muertos, cada volumen encadenado a su anaquel, imposible de copiar o reproducir: tan sólo objetos de lecturas parciales, víctimas inmediatas del olvido.

«Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras», dice Funes. Borges habla siempre del fracaso: las tres maravillas que imagina están abocadas a la muerte o al absurdo. Ya sabemos lo estúpidos que son los versos que Carlos Argentino ha sido capaz de escribir a partir del increíble aleph, cuya posesión ha desaprovechado sin remedio. Y el bibliotecario borgeano, viajero insistente por los recodos de la biblioteca, en la vejez enumera todas las certezas y esperanzas que la humanidad ha ido perdiendo a lo largo de los siglos; y afirma, al final de su informe: «Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra.» El mismo tono de elegía encontramos en todos los cuentos mencionados: el protagonista pirandelliano se queda ciego, Mendel ha muerto, la Biblioteca de Babel pierde población a causa de las enfermedades pulmonares y los suicidios, Beatriz Viterbo ha fallecido, el padre de Borges está enfermo y Funes ha muerto de una congestión pulmonar, el padre de la narradora de Kiš también ha desaparecido. Lo que une a esos seis cuentos es el duelo, de una persona y de un mundo: «Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.»

Por eso, cuando vi la mesa de mármol de Jakob Mendel, aquella fuente de oráculos, vacía como una losa sepulcral, dormitando en aquella habitación, me sobrevino una especie de terror. Sólo entonces, al cabo de los años, comprendí cuánto es lo que desaparece con semejantes seres humanos. En primer lugar, porque lo que es único resulta cada día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme.

Su extraordinaria naturaleza, dice Zweig, sólo podía narrarse a través de ejemplos. Para contar el aleph, Borges recurre a la enumeración caótica de fragmentos particulares de un ente capaz de procesar lo universal. Kiš –posborgeano– insiste en que cada uno de los ejemplos que menciona es sólo una pequeña parte del material indexado por los sabios anónimos. Una mesa de un café de barrio puede ser la clave diminuta que abra las puertas de una de las dimensiones que se superponen en toda vasta ciudad. Y un hombre puede tener la llave de acceso a un mundo que ignora las fronteras geopolíticas, que entiende Europa como un espacio cultural único más allá de las guerras o de la caída de los imperios. Un espacio cultural que es siempre hospitalario, porque sólo existe en el cerebro de quienes viajan por él. A diferencia de Borges, para quien la Historia carece de importancia, el propósito de Zweig es hablar de cómo la Primera Guerra Mundial inventó las fronteras contemporáneas. Mendel había pasado toda su vida en paz, sin documento alguno acerca de su nacionalidad de origen ni de su patria de acogida. De pronto, las postales que envía a libreros de París o de Londres, las capitales de los países enemigos, llaman la atención del censor (ese lector fundamental en la historia de la persecución de los libros, ese lector que se dedica a delatar lectores), porque en su mundo libresco no ha penetrado la noticia de que se encuentran en guerra, y la policía secreta descubre que Mendel es ruso y por tanto un potencial enemigo. En una escaramuza pierde sus gafas. Es internado en un campo de concentración durante dos años, a lo largo de los cuales se congela su actividad más urgente, constante e íntima: la lectura. Lo liberan gracias a clientes importantes e influyentes, coleccionistas de libros conscientes de su genio. Pero cuando vuelve al café ha perdido la capacidad de concentrarse y camina irreversiblemente hacia el desahucio y hacia la muerte.

Importa que sea un judío errante, parte del Pueblo del Libro, que provenga del Este y que encuentre su desgracia y su fin en el Oeste, aunque ocurra después de decenas de años de asimilación inconsciente, de ser objeto de respeto e incluso de veneración por parte de los pocos escogidos que son capaces de calibrar su excepcionalidad. Su relación con la información impresa, nos dice Zweig, colmaba todas sus necesidades eróticas. Como los ancianos sabios del África negra, era un hombre biblioteca y su obra, inmaterial, energía acumulada y compartida.

Esa historia se la cuenta la única persona que sobrevive de los viejos tiempos, cuando el café tenía otro dueño y otro personal y representaba un mundo que se perdió entre 1914 y 1918: una anciana a quien Mendel le cobró un sincero afecto. Ella es la memoria de una existencia condenada a olvidarse (si no fuera por el hecho de que es un escritor quien la escucha, a quien le pasa el testigo que después se convierte en el cuento). Gracias a todo ese proceso de evocación y de investigación, a la distancia crítica del tiempo ese narrador que tanto se parece a Zweig alcanza el eco de la epifanía.

Todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monotonía sublime, sagradamente emparentada con la locura. [...] Y sin embargo había sido capaz de olvidarle. Por supuesto, en los años de la guerra y entregado a la propia obra de manera similar a la suya.

Le sobreviene la vergüenza. Porque se olvidó de un modelo, de un maestro. Y de una víctima. Todo el cuento se prepara para ese reconocimiento. Y habla subterráneamente de un gran desplazamiento: de la periferia en la juventud a un posible centro en la madurez que ha olvidado el origen que no debería haber sido olvidado. Es el relato de un viaje a ese origen, un viaje físico que conlleva otro mnemotécnico y que culmina en un homenaje. Generoso e irónico, el narrador permite que la anciana analfabeta se quede con el volumen picante que perteneció a Mendel y que constituye uno de los pocos rastros sólidos de su paso por el mundo. «Los libros sólo se escriben», termina el texto, «para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.»

Homenajeando a un librero portátil de un mundo desaparecido, coleccionando y reconstruyendo su historia, Zweig se comporta como un historiador tal y como lo entendía Walter Benjamin: coleccionista, trapero.  Al respecto, en su ensayo Ante el tiempo, ha escrito Georges Didi Huberman: «el despojo ofrece no solamente el soporte sintomático de la ignorancia –verdad de un tiempo reprimido de la historia–, sino también el lugar mismo y la textura del “contenido de las cosas”, del “trabajo sobre las cosas”». La memoria de Funes es como un vertedero. Los cuentos que he comentado, posibles ejemplos de una serie contemporánea sobre la lectura y la memoria, son en realidad exploraciones de la relación entre la lectura y el olvido. Una relación que se da a través de objetos, de esos volúmenes que son contenedores, los resultados del proceso de una cierta artesanía que llamamos libros, y que leemos como desechos, como ruinas de la textura del pasado y de sus ideas que sobreviven. Porque el destino de las totalidades es ser reducidas a partes, fragmentos, enumeraciones caóticas, ejemplos que se dejen leer.

Sobre los libros como objetos, como cosas, sobre las librerías como restos arqueológicos o traperías o archivos que se resisten a revelarnos el conocimiento que poseen, que se niegan por su propia naturaleza a ocupar el lugar en la historia de la cultura que les corresponde, sobre su condición a menudo contra-espacial, opuesta a una gestión política del espacio en términos nacionales o estatales, sobre la importancia de la herencia, sobre la erosión del pasado, sobre la memoria y los libros, sobre el patrimonio inmaterial y su concreción en materiales que tienden a descomponerse, sobre la Librería y la Biblioteca como Jano Bifronte o almas gemelas, sobre la censura siempre policial, sobre los espacios apátridas, sobre la librería como café y como hogar más allá de los puntos cardinales, el Este y el Oeste, Oriente y Occidente, sobre las vidas y las obras de los libreros, sedentarios o errantes, aislados o miembros de una misma tradición, sobre la tensión entre lo único y lo serial, sobre el poder del encuentro en un contexto libresco y su erotismo, sexo latente, sobre la lectura como obsesión y como locura pero también como pulsión inconsciente o como negocio, con sus correspondientes problemas de gestión y sus abusos laborales, sobre los tantos centros y las infinitas periferias, sobre el mundo como librería y la librería como mundo, sobre la ironía y la solemnidad, sobre la historia de todos los libros y sobre libros concretos, con nombres y apellidos en sus solapas, de papel y de píxeles, sobre las librerías universales y mis librerías particulares: sobre todo eso versará este libro, que hasta hace poco estaba en una librería o una biblioteca o la estantería de un amigo y que ahora pertenece, aunque sea provisionalmente, lector, a tu propia biblioteca.”

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