28 d’abr. 2021

misántropos

 

"El misántropo", Brueghel, El Viejo

“Hay personajes asociales, reales y de ficción, que no necesitan, o no han necesitado, de una epidemia para eludir el contacto con los demás y enrocarse en su soledad.”

por Luisa Idoate

El Correo

22/05/2020

 

“La desgracia de unos es la fortuna de otros. El confinamiento que hoy atenaza al mundo es el paraíso de los misántropos. Su nombre deriva del griego miso y anthropos, odio y hombre, y según el diccionario alude a quien, “por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano”. Asociales, huraños, introspectivos, cultivados y críticos, esquivan las relaciones sociales que minusvaloran y cuestionan con sinceridad aplastante. Son expertos en poner tierra de por medio, en desaparecer. Repelen celebraciones, eventos, reuniones, actos sociales y festejos; los consideran un suplicio, un terreno baldío que no les interesa. Viven en un mundo estanco y a medida, con normas y costumbres propias y escasas concesiones a la galería. Hay variopintos y famosos misántropos entre los pintores, músicos, filósofos, cineastas; y también entre los personajes de ficción: tiranos, héroes, vengadores, fugitivos, detectives… Confinados por convicción y a su manera.

No existe un patrón común. Hay ciertas características que se repiten, pero no todas ni en el mismo grado. Ansiar la soledad. Despreciar las reglas y las modas vinculadas a las masas. Apatía por la desgracia ajena. Arrogancia por una presunta superioridad intelectual y ética. Cinismo e ironía hacia lo que excede el reducido círculo personal. Cierto halo de resentimiento y desencanto. Pero, ante todo, la misantropía exige reflexión, voluntad y un mecanismo que la dispare; una chispa que la prenda. Ese detonante puede ser la excelencia que destaca; el rechazo a lo diferente; el engaño, la traición, el malentendido, la desilusión reiterada; el físico que desentona, la facultad mermada o muy desarrollada; la pérdida de algo o alguien valorado; padres exigentes; instrucción forzada…

Las apariencias engañan. “¡Oh, hombres que me juzgáis malevolente, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis!”, clama Beethoven en su testamento de Heiligenstadt de 1802. Sufre sordera, escribe, “estafado año tras año con la esperanza de una recuperación”, que tardará años o quizá sea imposible. “Para mí no puede existir la alegría de la compañía humana -lamenta-. Debo vivir como un exilado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mi”, un miedo de que mi condición sea descubierta”. Sentía “humillación” cuando alguien “escuchaba una flauta” y él “no escuchaba nada”. Pide al doctor Schmidt que “describa mi enfermedad y guarden este documento con la historia de mi enfermedad de modo que, en la medida de lo posible, al menos el mundo se reconcilie conmigo después de mi muerte”. Si eso ocurre “antes de mostrar todas mis capacidades artísticas, será demasiado temprano”, puntualiza, “pero aún así estaré satisfecho, ¿no me liberará entonces de mi interminable sufrimiento?”. Y ruega: “No me olvidéis completamente cuando esté muerto, merezco eso de vosotros, habiendo yo pensado en vida tantas veces acerca de cómo haceros felices, sedlo.”

La misantropía se reivindica sin remilgos. Oscar Wilde la airea con cinismo y arrogancia: “A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”. En A puerta cerrada, Jean Paul Sartre pone en boca de Garcin su frase más famosa: “El infierno son los otros”. Emile Cioran cuestiona en El libro de las quimeras: “Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?”. Aún admitiendo que “en general”, la Humanidad le pareció “siempre detestable”, Ernesto Sabato matiza: “Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me fueron queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían hombres como los demás)”.

Para muchos, la misantropía es una filantropía devastada; y el misántropo, el idealista que naufraga. Según Platón, es consecuencia de “tener sin conocimiento una excesiva confianza en alguien, y considerar a dicho individuo completamente franco, sano y digno de fe, y descubrir poco después que era malvado, desleal y, en una palabra, otro”. Si este error de juicio se repite muchas veces, “termina uno por odiar a todos y considerar que en nadie hay nada sano en absoluto”. En la misma sospecha se mueve Quevedo, para quien, “creyendo lo peor, casi siempre se acierta”. Idéntico recelo manifiesta Brueghel el Viejo, que se autorretrata en El misántropo (1568) como un anacoreta de sayón negro y nariz puntiuaguda al que un ratero roba la bolsa por la espalda. “Debido a que el mundo es tan traicionero / Me visto de luto”, reza una leyenda a sus pies. Reinterpreta la escena su hijo Brueghel el Joven en Los aduladores (1592), con un caganer lanzando monedas como si alimentara a las aves, mientras le sodomiza una comitiva de hombrecillos. Y Lord Byron sintetiza el panorama así: “Cuando más conozco al hombre, menos lo quiero”.


"Los aduladores", Brueghel, El Joven

La misantropía es recurrente en las novelas románticas. La encarna Edmundo Dantés, de Alejandro Dumas, injustamente encarcelado y reconvertido en el justiciero, sombrío y solitario Conde de Montecristo en busca de venganza. También la quiere el resentido Heathcliff de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, que vive para el desquite de su amor perdido. Los misántropos de ficción son celosos de sus secretos. El Capitán Nemo, de Julio Verne, no deja marchar a los científicos que descubren su Nautilus: “El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie pueden todavía ejercer sus daños inocuos, batirse, devorarse, transportar a ella todos los horrores terrestres. Pero, a treinta pies de profundidad, su poder cesa, su influencia se apaga, su potencia desaparece”. A Sherlock Holmes no le gustaba confesar cómo desentrañaba los asesinatos porque, según su compañero Watson, “su espíritu misántropo y burlón aborrecía todo lo que fueran aplausos populares”. Tampoco los busca el histriónico y televisivo doctor House. Es hosco, impertinente, prepotente, sarcástico; sin empatía con el paciente, pero eficaz y centrado en sanarlo: “¿Prefiere un médico que le tome la mano mientras muere o uno que lo ignore mientras mejora?” No tendría dudas en contestar a la pregunta otro científico de la pequeña pantalla, el forense Gil Grissom, confinado en un mundo profesional que elimina el social, familiar y afectivo.

Sombría es la visión de la Humanidad que Johathan Swift dibuja en Los viajes de Gulliver, a quien los gigantes de Brobdingnag comentan: “Tus compatriotas son la raza más perniciosa de seres odiosos que la naturaleza alguna vez toleró que se arrastraran por la tierra”. El listón humano también queda bajo para Pío Baroja, que, en Las inquietudes de Shanti Andía, lo sitúa “un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo”. Ni siquiera ese nivel le otorga el escritor H.P. Lovecraft: “Estoy tan bestialmente cansado de la Humanidad y del mundo que nada me puede interesar a menos que contenga un par de asesinatos en cada página”.

En todos ellos respira Alceste, El Misántropo paradigmático escrito por Molière en 1666. “Odio a todos los hombres: a los unos, porque son malos y dañinos, y a los otros, por ser complacientes con los malos”. Reniega de las “caídas de ojos” y “el tono dulzón” del traidor; “de ese palurdo digno de que se le ponga en evidencia”. Denuncia al “trapacero, infame y facineroso maldito”, al que en todas partes “se le acoge y se le festeja”. Aborrece a los “mentirosos decidores de palabras inútiles, amigos de entablar con todos cortesías, tratando con talante igual al hombre honrado y al necio”. Y a menudo, confiesa, “me sobrevienen súbitos impulsos de huir a un desierto lejos del contacto de los hombres”.

“No salgo de las tierras de mi padre; no voy ya a ninguna otra casa ni me muevo del pueblo”, anota la poeta Emily Dickinson en 1870. Endurece su aislamiento tras la muerte de dos grandes amores, Benjamin Franklin Newton y Charles Wasdworth. Escribe sola, encerrada en su habitación; en los tres últimos años de vida no sale de ella, ni deja entrar a nadie. Habla con la familia por notas. “¿Cambiar? Cuando lo hagan las colinas”, dice. Mantiene su hermetismo hasta el final. Ni siquiera muestra su obra. Su hermana Lavinia la pública a título póstumo.

Con la muerte de su madre, en 1905, Marcel Proust cae en depresión. Se refugia en la literatura y acomete su gran obra, En busca del tiempo perdido. Lo hace durante quince años, enclaustrado en su piso parisino del Boulevard Haussmann, con paredes encorchadas para aislarse del ruido. Trabaja febrilmente, de noche; duerme de día. No sale a la calle hasta octubre de 1922 y, al mes siguiente, muere de neumonía.

Aislado del mundo vive el escritor J. D. Salinger, que triunfa en 1951 con El guardián entre el centeno. Demanda a Ian Hamilton por publicar su biografía usando cartas parafraseadas que le obliga a eliminar. Le sirve de poco. Su hija Margaret desvela en El guardián de los sueños (2000) algunas de sus intimidades, como beber su orina y aislar a su esposa del mundo. Y le reprocha su exacerbada misantropía: “No eres el único a quien la conducta humana ha confundido, asustado y hasta asqueado”. Otros muchos lo han hecho, alega. “Felizmente algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti, si tienes algo que ofrecer. Se trata de un hermoso acuerdo de reciprocidad”. Muy distinta es la visión de su hijo Matt, para quien el escritor “era amable, le gustaba hablar con la gente, con los vecinos, con los padres de mis amigos”. Pero, si alguien invadía su intimidad sin permiso, “se cerraba y podía ser irascible. Era un mecanismo de defensa”. En treinta años no concedió entrevistas.

El escritor Patrick Süskind dijo que las daría a los 70 años; los ha cumplido, sin ellas. Encumbrado con El perfume (1985), traducido a 21 idiomas y convertido en película a cuyo estreno no acudió, rehúsa cualquier tipo de correspondencia y evita las apariciones públicas. Solo proporciona fotos hechas entre 1985 y 1992 y ha rechazado y no recogido galardones como el del Frankfurter Allgemeine Zeitung y el Gutenberg. “Lo que tengo que decir lo digo en mis libros”, dice.


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