26 d’ag. 2022

laëtitia, 3

 

Laëtitia y Jessica, o el heteropatriarcado que no termina de morir.

por Mónica Solanas
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25/11/2021

Las historias de violencia son, principalmente, violentas. Las historias de violencia contra la mujer, la violencia desmedida de tantos hombres contra tantas mujeres, contra tantos menores, son, además, aterradoras y pedagógicas a la vez. 

Aterradoras por lo vivido, por lo sufrido, por lo padecido; aterradoras por todos los reconocimientos personales que encontramos en ellas, que sentimos hermanas. Pedagógicas porque al analizarlas desde el feminismo nos muestran de forma clara todo lo que falló, todo lo que no supo detectarse —o no quiso atenderse por falta de recursos, o por desgana— desde entornos familiares, laborales, vecinales, sanitarios, institucionales, etcétera.

"Estudiar un caso, desgranarlo minuciosamente, nos aporta una lista larguísima, insospechada, apabullante; una lista terrible de errores, culpabilidades, indiferencias, concesiones, miedos, incomprensiones, ahogos, desatenciones, silencios, sobrentendidos, ansiedades, vulneraciones, fuerzas desequilibradas, tristezas, relaciones de poder, engaños, complicidades, impunidades, duelos, vetos, elecciones menos malas. 

Soledades. Vergüenzas. Desarraigos.

Y no se acaba aquí, hay más.

Esta lista es la que escucho, escuchamos, a diario. La que leemos a diario. Esta lista es la que nos repiten antes de señalar que no había denuncias previas por maltrato; aunque se olvidan de condenar que no las hubiera porque nadie se había fijado en la víctima, nadie la había mirado ni escuchado, nadie sentía que fuera asunto suyo salvar la vida de una mujer. Es la lista que encabeza los testimonios de vecinos y conocidos, que hablan de tipos trabajadores y educados, de padres maravillosos; testimonios que hablan de hombres normales, de familias normales. Y se olvidan también de censurarlos, porque las familias normales no están formadas por hombres normales que maltratan, que violan, que pegan y matan; hombres normales que también maltratan fuera de la familia: a sus compañeras de trabajo, a sus vecinas, a sus clientas, a sus alumnas, a sus subordinadas, a sus amigas. A tantas mujeres con las que no tienen relación de ningún tipo. Y a fuerza de repetirlo muchas personas, muchos hombres, parecen seguir creyendo que lo normal es maltratar, violar, pegar, matar.

Esta es la lista que sangra a través de las palabras que escribió el historiador Ivan Jablonka —os recomiendo encarecidamente que lo leáis— tras sumergirse en la vida y el asesinato de Laëtitia Perrais.

Secuestrada, violada, golpeada, apuñalada, estrangulada, asesinada y descuartizada por un hombre. Lo terrible es que su vida estuvo llena de vivencias tanto o más terribles. Prácticamente las mismas que vivió Jessica, su hermana melliza. Su padre violó a su madre cuando ellas tenían tres años. Los malos tratos empezaron antes del embarazo. Frank, el padre, era un hombre violento y Sylvie, la madre, no supo y no pudo defenderlas. El hermano de Sylvie recuerda cómo en una ocasión Frank «sostuvo a Laëtitia en el vacío, desde el rellano del tercer piso, sujetándola con los tirantes de su mono de trabajo». También cómo «agarró a Jessica —lloraba porque tenía el pañal sucio— y la arrojó de un sillón a otro por encima de la mesita del salón». El padre de las mellizas fue a la cárcel; para la madre quedaron los internamientos en una clínica psiquiátrica. «Sylvie era activa, sonriente, estaba feliz de vivir», explica su hermano. «Si no hubiera sufrido todos esos malos tratos, no hubiera caído una depresión y jamás le hubieran quitado la tutela de las niñas».

Esto es violencia contra la mujer.

Laëtitia y Jessica iniciaron su calvario por los oscuros pasillos de los servicios sociales, los jueces de menores, la asistencia educativa. Un sistema que debería haberlas protegido hizo todo lo contario. Explica Jessica que «un día, unos señores pusieron un candado en la puerta de nuestra casa y nos vimos obligados a vivir en la calle y en sótanos». Con ocho años ingresan en una casa de caridad. Nunca más volverán a vivir con sus padres. Con trece años un juez decreta su residencia en Pornic, Francia, donde viven los Patron, sus padres de acogida. Un papel firmado, como una condena y una sentencia de muerte.

Uno para cada hermana.

Su padre de acogida abusó sexualmente durante años de Jessica; todo indica que también agredió a Laëtitia.

Esto es violencia contra menores.

La noche del 18 al 19 de enero de 2011 Laëtitia Perrais desapareció. Jessica Perrais fue quien dio la voz de alarma. Su moto tirada cerca de la casa donde vivían con los Patron, la familia de acogida. Sus bailarinas negras al lado de la moto caída, «debe estar descalza en pleno invierno».

Dos días después de su desaparición detuvieron a su secuestrador, su violador, su asesino, su descuartizador. Tony Meilhon, un delincuente sexual multirreincidente, un hombre adulto que ligó con la joven niña Laëtitia en un bar. Tony Meilhon, que la violó como el señor Patron, el padre de acogida, denunciado por cinco jóvenes más. Tony Meilhon, que mintió, inventó, mancilló, insultó a Laëtitia durante semanas desde su detención. Tony Meilhon, una excusa más en el discurso del entonces presidente de Francia Nicolas Sarkozy para ganar espacio televisivo, jurídico y político.

Ella, despedazada, tardó semanas en aparecer. Una joven de 18 años a punto de emanciparse. «Se habría mudado. Habría sacado su carnet de conducir. Sería vendedora o maestra de parvulario. Habría abierto un restaurante con Jessica. Habría sido una mujer activa. Sus hijos hubieran tenido una mamá amorosa. Su marido no la habría golpeado.»

Esto es violencia contra las mujeres. Sexual, física, institucional, política, mediática.

El 1 de febrero de 2011 era martes; como el 18 de enero, la noche que desapareció. A las 11:30 de la mañana, un equipo de buzos encontró a Laëtitia en el estanque Trou bleu, «a siete metros de profundidad en un agua a cuatro grados». Ese Agujero azul, ese «lugar magnífico y silvestre […] rodeado por maleza, arbustos y grandes árboles que parecen abrevar directamente en el agua» se había tragado su cabeza, sus brazos, sus piernas. El fiscal Xavier Ronsin informa a la prensa de que «el busto» no estaba en el fondo del estanque.

El sábado 9 de abril de 2011, «poco después del mediodía, una caminante vio un tronco humano amputado a la altura de las rodillas y los hombros». Lo encuentra en otro estanque, el de Briord, «amarrado a un bloque de hormigón de 26 kilos mediante cordeles de nylon que pasan varias veces alrededor del pecho, la cintura, las nalgas y entre las piernas».

¿Puede un cuerpo sufrir más? ¿Cuánto más debe sufrir un cuerpo para poner fin a estos hombres?

Esto es violencia contra las mujeres. Una violencia física brutal.

Ivan Jablonka: «Si a veces experimento cierto malestar cuando estoy con Jessica, es porque soy hombre y porque los hombres, a lo largo de toda su vida, le han hecho daño. Los hombres son esos que resuelven las peleas con un cúter, que te desarman a puñetazos, que eyaculan en el papel de cocina que debes sostenerles, que te apuñalan y te quiebran el cuello como a un pollo.»

Jablonka escribió una carta a Cécile de Olivera, la abogada de Jessica Perrais, para explicarle que quería «dedicarle un libro a Laëtitia Perrais», que no lo iniciaría «sin su aprobación». Le decía que era padre de tres niñas; que había trabajado sobre menores abandonados, institucionalizados (hogares de acogida, familias de acogida y adoptivas) y maltratados. Le explicaba que ya rastreó la vida de sus abuelos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial y que quería hacer también con Laëtitia «una investigación histórica. […] Al igual que con mis abuelos, se trata de un homenaje, pero también y sobre todo de una búsqueda de verdad y justicia.»

Se trataba de todos los «habría» que tenía que haber vivido.

En su primera reunión con de Olivera, Ivan Jablonka conoció a Jessica. La hermana superviviente. «Todos los días la extraño». Todos los días es una inmensidad cuando tienes 18 años y toda la vida por delante.

El 14 de julio de 2011 Jessica ya había pedido al señor Patron que la adoptara, «a pesar de los manoseos que se han reanudado en el sillón». Ese 14 de julio se enfada con los Patron: van a irse de viaje sin ella. «Mimí, Mimí, ¿por qué no me queréis adoptar?». A principios de agosto Jessica vuelve a suplicar a los Patron que la adopten. «Te buscarás un trabajo, te sacarás el carnet de conducir y te alquilarás un apartamento. ¡Ya es suficiente!», le responde la señora Patron. Y Jessica se va a casa de su amiga Lola. Y todo cambió.

El 15 de agosto de 2011 detuvieron preventivamente al señor Patron. Lola y Justine, la novia de Jessica, lo denuncian por toqueteos y caricias cuando ambas eran menores. Jessica también presta declaración y «da descripciones pormenorizadas: pasamos al ámbito penal». Gilles Patron es «un violador de niños enriquecido por el dinero del Consejo General». En septiembre de 2011 se organizó un cara a cara entre Gilles Patron y Jessica Perrais en el despacho de la jueza de instrucción. Cécile de Oliveira, abogada de Jessica, tras siete horas de una nueva violación para su representada, declara: «Es muy difícil verse enfrentada a un hombre que ella considera su padre desde que tiene doce años y que se ha convertido en su agresor.»

Esto es revictimizar a la víctima.

Jessica y Laetitia Perrais. «Para destruir a alguien en tiempos de paz, no basta con matarlo. Primero hay que hacerlo nacer en una atmósfera de violencia y caos, privarlo de seguridad afectiva, quebrar su célula familiar, luego ponerlo a cargo de un asistente social perverso, no percatarse de ello y, por último, cuando todo ha terminado, explotar su muerte para rédito político», del libro «Laëtitia o el fin de los hombres»

«Jessica lo perdió todo: su hermana, su familia de acogida, su inocencia, su alegría de vivir, su anonimato, su tranquilidad. Eligió romper el silencio no con la muerte de su hermana, sino a raíz de una crisis familiar que le hizo entender hasta qué punto había sido el juguete del señor Patron. Durante toda su adolescencia, soportó los toqueteos de su padre de acogida porque esperaba, a cambio, el amor de una familia, una vida estable, un lugar en algún sitio.»

Cuando enterró a su hermana ese sitio eran los Patron, porque no tenía otro, no conocía otro.

Pero ese sitio también dejó de serlo tras la inculpación del señor Patron. «Jessica fue literalmente expulsada de la familia. Fue tratada como la culpable, como una zorra.»

La culpable. La zorra.

Esto es violencia contra la mujer aislándola.

No se trata de «enseñar valores morales», como he escuchado hace poco en una entrevista. Se trata de derechos, derechos humanos básicos. Los de Jessica y los de Laëtitia. Los de tantas niñas, los de tantas mujeres, los de tantas.

Se trata del heteropatriarcado que no termina de morir.

«Laëtitia fue presa de los hombres hasta el final; la suerte de Jessica fue entender que no tenía nada más que esperar de ellos». Jablonka habla de suerte, yo no lo comparto. Porque como él mismo afirma en el libro, las hermanas Perrais fueron víctimas del «patriarcado que no termina de morir […] la violencia de cada uno en su ámbito», por mucho que «Meilhon no es igual a Patron no es igual a Sarkozy». Los «espacios de coerción» son muchos y están en todos los lugares y ámbitos. Los hombres violentos son muchos y están en todos los lugares y ámbitos.

El heteropatriarcado que no termina de morir.

Y nosotras enfrente, sujetando a Jessica y recordando a Laëtitia."



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