27 d’ag. 2022

laëtitia, 4

 


Laëtitia o el fin de los hombres

por Juan Carlos Galindo
Zenda libros
16/01/2018

"Esta es la historia de una violación y un asesinato. La historia de una investigación que pretende no ya castigar al culpable sino reparar una injusticia: la que se da cuando, por encima del relato y el homenaje a la víctima, en el subconsciente colectivo y en la narración final el monstruo, el asesino, el violador, es el protagonista. Ivan Jablonka (París, 1973) consigue en Laëtitia o el fin de los hombres (Anagrama, traducción de Agustina Blanco) reivindicar a la víctima y gracias a una investigación que mezcla su faceta de historiador con la pesquisa sociológica y la ficción nos regala un texto brutal.

Laëtitia Perrais nació en el lado equivocado de la vida. Cuando murió, la noche del 18 de enero de 2011, tenía 18 años. A esa edad ya había sufrido abandonos, violencia e incomprensión. Así lo explica el autor en un extracto que da idea del tono afilado de su prosa: “No estaba programado que Laëtitia, esa muchacha radiante a la que todos querían, terminara como un animal despiezado. Pero desde su infancia sufrió inestabilidades, idas y venidas, descuidos, se acostumbró a vivir con miedo, y ese largo proceso de debilitación esclarece tanto su final trágico como a nuestra sociedad en su conjunto. Para destruir a alguien en tiempos de paz, no basta con matarlo. Primero hay que hacerlo nacer en una atmósfera de violencia y caos, privarlo de seguridad afectiva, quebrar su célula familiar, luego ponerlo a cargo de un asistente social perverso, no percatarse de ello y, por último, cuando todo ha terminado, explotar su muerte para rédito político”. Esto último es exactamente lo que hizo Nicolas Sarkozy, invitado siniestro a todo este circo y proveedor esencial del espectáculo mediático.

La única forma de escribir esta historia de manera decente, sin demagogia, sin vísceras, es a través de una investigación brutal que la sostenga. El peligro pasa a ser entonces el escribir un frío relato jurídico-policial o un tratado sociológico. Algo de todo esto tiene este libro tremendo, pero está a la vez tránsito y algo especial, de una piedad, de una fuerza y de un tono que lo hacen único. Considerado por algunos como lo más importante que le ha pasado a la fructífera no ficción francesa desde El adversario de Emmanuel Carrère, el libro ganó el premio de Le Monde, el Medicis y el Prix de Prix.

El ensayo es también una reconstrucción de la vida de la víctima hasta el momento en que se encuentra con ese desecho social y delincuente habitual que termina con su vida. La investigación policial y periodística surgidas inmediatamente después de la desaparición de la joven y hasta que fue encontrada están contadas con un pulso impecable. El círculo vital en el que se desarrollaba la existencia de Laëtitia, con sus disfunciones, sus desastres y sus intentos de hacer las cosas bien, está contado con rigor. Al propio asesino se le trata con distancia y rigor.

“En la vida de Laëtitia hay tres injusticias: su infancia, entre un padre violento y un padre de acogida abusador; su muerte atroz a los 18 años; su metamorfosis en su suceso, es decir, en espectáculo de muerte. Las dos primeras injusticias me dejan en un estado de impotencia y desolación. Contra la tercera, se indigna todo mi ser”, declara el autor al final de un capítulo cerca de la mitad del libro. Es en esos tramos finales de los capítulos donde entra una primera persona no muy presente que acerca al libro a las investigaciones “ de vida” de Carrère pero sin su monstruosa figura (en todos los sentidos).

Ese padre de cogida abusador, que viola continuamente a Jessica, la hermana de Laëtitia, convirtiéndola en víctima por partida doble, es el otro gran monstruo del relato, una figura que emerge a medida que avanza la investigación y que produce verdadero asco. El señor Patron es el hombre perfecto, el padre amantísimo, el justiciero, el odiador de pederastas que pedía altavoz en mano en las manifestaciones tras la muerte de Laëtitia un endurecimiento de la pena contra los violadores, la imagen del francés medio, solidario y digno, tan usada por Sarkozy. En cierto modo, el señor Patron es el mal. Pero el desastre se agiganta porque el Estado francés es incapaz de darse cuenta de esto y no solo lo permite sino que es el proveedor del señor Patron, quien le permite tener cerca a sus víctimas. La dignidad, la nobleza y la heroicidad sin alardes de Jessica es uno de los grandes hallazgos del libro.

La conclusión obvia pero no por ello menos aterradora de que en realidad Laëtitia fundamentalmente muere por ser mujer es desalentadora. El final es sentido pero domina la sobriedad presente en toda la investigación, en toda la ficción, en lo que quiera que sea este libro inmenso."

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada