12/11/2019

verdad y mentira en sentido extramoral


por Friedrich Nietzsche  




“En un apartado rincón del universo donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más engreído y engañoso de la «historia universal», aunque, a fin de cuentas, no dejó de ser un minuto. Tras un breve respiro de la naturaleza, aquel astro se heló y los animales inteligentes hubieron de morir. Aunque alguien hubiera ideado una fábula así, no habría ilustrado suficientemente el estado tan sombrío, lamentable y efímero en que se encuentra el intelecto humano dentro del conjunto de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existió, y cuando desaparezca, no habrá ocurrido nada, puesto que ese intelecto no tiene ninguna misión que vaya más allá de la vida humana. Únicamente es humano, y sólo su creador y poseedor lo considera tan patéticamente como si fuera el eje del mundo. Pero si pudiéramos comunicamos con un mosquito sabríamos que también él se halla poseído por ese mismo pathos cuando surca el aire, y que se considera el centro alado del mundo. Y es que no hay un ser en la naturaleza, por insignificante y despreciable que parezca, que, al más pequeño soplo de esa capacidad de conocer, no se hinche enseguida como un odre; lo mismo que cualquier mozo de cuerda quiere tener admiradores, el filósofo, que es el más engreído de los hombres, está convencido de que el universo tiene puesta telescópicamente su mirada en sus actos y en sus pensamientos.

Resulta curioso que se comporte así el intelecto cuando sólo representa una ayuda de que dispone la criatura más desfavorecida, vulnerable y efímera para conservar la vida, de la que, por otra parte, sin ese aditamento, desaparecería tan rápidamente como el hijo de Lessing  (murió a los dos días de nacer- nota del traductor-), por toda clase de motivos. Semejante orgullo, junto al conocimiento y a la sensación, que son como una niebla que ciega los ojos y los demás sentidos de los hombres, hace que éstos se engañen sobre el valor de su existencia, dado que dicho orgullo valora el conocimiento del modo más halagüeño. El efecto más general de esto es el engaño, aunque sus efectos particulares se caracterizan en buena medida por lo mismo.

Con vistas a la conservación del individuo, el intelecto ejerce su fuerza principal en el acto de fingir, pues este es el medio que tienen los individuos más débiles y menos fuertes de sobrevivir, ya que no disponen de cuernos ni de dientes afilados como los animales de presa para defenderse en la lucha por la vida. Este arte de fingir llega en el hombre a su punto culminante; en él, el disimulo, la adulación, la mentira, el fraude, la calumnia, el engaño, la apropiación de brillos ajenos, el disfraz, el convencionalismo encubridor, la representación de un papel ante sí mismo y ante los demás, en suma, el revoloteo constante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada más incomprensible como que el hombre tienda sinceramente a la verdad pura. Por el contrario, se halla profundamente inmerso en ilusiones y ensueños, su mirada resbala por la superficie de las cosas de las que sólo percibe «formas»; su sensibilidad no le lleva en modo alguno a la verdad, sino que se limita a recibir estímulos como si jugara a palpar el dorso de las cosas. Por otra parte, durante toda su vida el hombre es engañado cada noche por sus sueños, sin que su sentido moral trate de impedirlo, pese a que ha habido hombres que han dejado de roncar a fuerza de voluntad. Pero, de hecho, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Acaso puede percibirse alguna vez como si estuviera expuesto en una vitrina iluminada? ¿No le oculta la naturaleza las cosas más importantes, incluyendo sus propios procesos fisiológicos, de modo que queda sumido y encerrado en una conciencia soberbia y engañosa, sin saber nada de las circunvoluciones de sus intestinos, ni de su rápida circulación sanguínea, ni de las complejas vibraciones de sus fibras nerviosas? La naturaleza arrojó la llave de ese recinto, ¡y ay de aquél que, movido por una funesta curiosidad, se ponga a mirar por una hendidura lo que hay fuera de esa celda que es la conciencia y vislumbre sobre qué está construida, porque descubrirá que el hombre, en su ignorante indiferencia, duerme aferrado a sus sueños sobre el lomo de un tigre —valga la expresión—, es decir, sobre un fondo de crueldad, codicia e instintos insaciables y homicidas! ¿De dónde iba a surgir, en semejantes condiciones, el impulso hacia la verdad?

En el estado de naturaleza., el individuo utiliza el intelecto para conservarse frente a los demás individuos, aunque las más de las veces lo haga sólo con la finalidad de engañar; pero como tanto por necesidad como por aburrimiento el individuo tiende a asociarse con otros individuos y a llevar una vida gregaria, necesita acordar un tratado de paz que haga desaparecer de su entorno el aspecto más brutal de la «lucha de todos contra todos». Este tratado de paz implica una cosa que parece ser el primer paso en la satisfacción de ese misterioso impulso hacia la verdad. En ese momento se determina lo que a partir de entonces ha de considerarse «verdadero», es decir, se inventa una forma universalmente válida y obligada de designar las cosas, y el código lingüístico suministra asimismo las primeras leyes de la verdad, pues en este terreno aparece por vez primera la oposición entre verdad y mentira. Mentiroso es quien utiliza esas designaciones válidas que son las palabras para hacer pasar por real lo que no lo es; dice por ejemplo, «soy rico», cuando la designación correcta de su estado sería «soy pobre»; de este modo, atenta contra las convenciones asumidas introduciendo sustituciones arbitrarias, cuando no invirtiendo palabras. Si hace esto en provecho propio y perjudicando a otros, perderá la confianza de la sociedad, que le expulsará de su seno. Los hombres rehúyen al mentiroso, no tanto por su engaño cuanto por el perjuicio que éste pueda ocasionarles; en este sentido, no detestan realmente el engaño, sino las consecuencias nefastas y nocivas de cierto tipo de mentiras. Asimismo, no desea la verdad sino en el siguiente sentido restringido: busca las consecuencias favorables de la verdad, en la medida en que contribuyan a conservar su vida; frente al conocimiento puro, que no tiene consecuencias para la vida, se muestra indiferente, llegando incluso a manifestarse hostil ante verdades que pueden tener para él efectos perjudiciales y destructivos. ¿Son, entonces, estas convenciones lingüísticas productos del conocimiento y del sentido de la verdad? ¿Responden las designaciones a las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de toda realidad?

Sólo mediante el olvido puede el hombre llegar a pensar alguna vez que posee una verdad en el sentido que acabo de reseñar. A menos que se contente con meras tautologías, esto es, con cascaras vacías de contenido, estará constantemente tomando ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La transcripción en sonidos de una excitación nerviosa. Ahora bien, deducir de una excitación nerviosa que existe fuera de nosotros una causa de la misma supone ya una utilización abusiva e injustificada del principio de razón. Si en el origen del lenguaje la verdad fuera el único factor determinante y la certeza el criterio definitivo para designar todas las cosas, ¿de qué manera podríamos, entonces, decir con propiedad que «la piedra es dura», como si captáramos lo «duro» de una forma distinta a la mera excitación subjetiva? Por otra parte, dividimos las cosas en géneros, y decimos que el árbol es masculino y la planta femenina. ¡Qué analogía tan arbitraria!¡Qué extralimitación del canon de la verdad! Cuando hablamos de una «serpiente», estamos designando sólo el hecho de «serpentear», por lo que podríamos aplicar la misma palabra al gusano. ¡Qué determinación más caprichosa! ¡Qué parcialidad cuando elegimos una u otra propiedad para designar una cosa! Si comparamos entre sí los diferentes idiomas obtendremos la evidencia de que las palabras no alcanzan nunca la verdad ni la expresión adecuada, pues, de lo contrario, no existirían tantos idiomas. La «cosa en sí» (que sería precisamente la verdad pura y sin consecuencias) resulta totalmente inaccesible, aunque tampoco lo desea quien crea un idioma, pues éste se limita a designar las relaciones que guardan las cosas con los hombres y a expresarlas mediante las metáforas más audaces: transpone una excitación nerviosa a una imagen (primera metáfora); y convierte a su vez esa imagen en un sonido (segunda, metáfora); y en cada caso salta de una esfera a otra diferente. Imaginemos que un hombre que fuese totalmente sordo y que nunca hubiese experimentado ninguna sensación sonora ni musical, contemplara en la arena las figuras sonoras de Chladni (Nietzsche se refiere a Ernst Florens Friedrich Chladni, físico alemán (1756-1824), autor de notables trabajos de acústica: sus «figuras sonoras» (láminas metálicas espolvoreadas de fina arena, sobre las cuales se producen figuras por efecto de las vibraciones sonoras), sirven para demostrar la formación de las líneas nodales ); cuando saliese de su asombro y descubriese que su causa son las vibraciones de la cuerda, aseguraría que en adelante ya sabía qué es lo que los hombres llaman «sonido». Lo mismo nos sucede a nosotros con el lenguaje. Cuando hablamos de árboles, colores, nieve o flores, creemos saber algo de las cosas mismas, pero sólo poseemos metáforas de las cosas que no corresponden en modo alguno a su ser natural. Así como el sonido se representa en la arena mediante figuras, esa x enigmática que es la cosa en sí se presenta primero como una excitación nerviosa, segundo como una imagen, y, por último, como un sonido. Por consiguiente, el nacimiento del lenguaje no sigue un proceso lógico y todo el material del que parte y que utiliza el buscador de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de Cucópolis de las Nubes (Es decir: «si no del país de los mentirosos». Cucópolis de las Nubes es el nombre que asigna Aristófanes a Atenas en Las aves, con un matiz despectivo, esto es, como ciudad de cucos-ave que, entre los griegos, simbolizaba al necio y al frívolo- y de nubes -vanidosos y mentirosos-),  tampoco del ser de las cosas.

Pensemos ahora en la formación de los conceptos. Una palabra se convierte en concepto en la medida en que no recuerda de ninguna manera la experiencia original, única y totalmente singular a la que debe su aparición, sino que ha de aplicarse a la vez a una multitud de cosas más o menos similares, es decir, que no son idénticas en un sentido estricto, sino, por consiguiente, diferentes. Todo concepto se forma identificando cosas que no son idénticas: como no existen dos hojas totalmente idénticas, es evidente que el concepto de «hoja» se ha formado abandonando arbitrariamente los rasgos característicos y olvidando las diferencias individuales. Surge entonces la idea de que en la naturaleza hay algo, aparte de las hadas, que es «la hoja» en sí, es decir, un modelo primigenio a partir del cual se han tejido, diseñado, recortado, coloreado, ondulado y pintado todas las hojas aunque por unas manos tan torpes, que ningún ejemplar resulta una copia lo bastante correcta y fiel del modelo original. Decimos que un hombre es «honrado». «¿Por qué ha obrado hoy tan honradamente?», preguntamos. Nuestra respuesta suele ser: «Por su honradez.» ¡La honradez! Pero esta respuesta equivale a decir que la hada es la causa de las hadas. Nada sabemos de esa cualidad esencial a la que llamamos «honradez»; sólo conocemos una serie muy numerosa de actos individuales, y por tanto diferentes, a los que, prescindiendo de las desigualdades que contienen, equiparamos para designar a todos ellos con la denominación de «honrados». Por último, concebimos que todos ellos tienen una cualidad oculta a la que damos el nombre de «honradez».

Elaboramos el concepto prescindiendo de lo individual y real, y del mismo modo obtenemos la forma, pero la naturaleza no sabe de formas ni de conceptos, como tampoco de géneros; en ella sólo existe una x a la que no podemos acceder ni definir. Igualmente antropomórfica es nuestra oposición entre individuo y especie, que no procede del ser de las cosas, aunque no me atrevo a decir que no se ajusta a ella pues estaría formulando una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan indemostrable como su contraria.

¿Qué es, entonces, la verdad? Un dinámico tropel de metáforas, metonimias y antropomorfismos; en suma, un conjunto de relaciones humanas que, realzadas, plasmadas y adornadas por la poesía y la retórica, y tras un largo uso, un pueblo considera sólidas, canónicas y obligatorias; las verdades son ilusiones cuyo carácter ficticio ha sido olvidado; son metáforas cuya fuerza ha ido desapareciendo con el uso; monedas que han perdido su troquelado y que ya no son consideradas como tales sino como simples piezas de metal. Seguimos sin saber de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora sólo hemos hablado de la obligación que ha establecido la sociedad para garantizar su existencia: la obligación de ser veraz; lo que equivale a decir: de utilizar las metáforas en uso. Por consiguiente, hablando en términos morales, sólo hemos prestado atención a la obligación de mentir, en virtud de un pacto, de mentir de una forma gregaria, de acuerdo con un estilo universalmente válido. Ahora bien, el hombre olvida esta situación y, por ello, miente de un modo inconsciente y a causa de un uso secular —y merced a ese modo inconsciente, esto es, a ese olvido accede al sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar obligado a llamar «roja» a una cosa, «fría» a otra y «muda» a una tercera, se suscita una inclinación moral hacia la verdad. En oposición al mentiroso, en quien nadie confía y al que todos rehúyen, el hombre comprueba lo honorable, seguro y beneficioso que es decir la verdad. Desde ese momento, el hombre, como ser racional, somete sus actos al imperio de la abstracción; ya no se deja llevar por impresiones rápidas ni intuiciones pasajeras, sino que generaliza éstas convirtiéndolas en conceptos más pálidos y más fríos para uncirlos al carro de su vida y de su comportamiento. Todo lo que sitúa al hombre por encima del animal se debe a esta capacidad suya de volatilizar en esquemas las metáforas intuitivas, de disolver, en suma, las imágenes en conceptos. En el terreno de tales esquemas cabe hacer algo que nunca podría realizarse bajo el dominio de las primitivas impresiones intuitivas: elaborar un orden piramidal de divisiones y niveles, establecer un nuevo mundo de leyes, precedencias, subordinaciones y delimitaciones, que se opone desde ese momento al mundo de las primitivas impresiones intuitivas como más sólido, más general, mejor conocido y más humano; por consiguiente, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que todas las metáforas intuitivas son individuales y ninguna resulta idéntica a otra, por lo que no son susceptibles de clasificación, el gran edificio de los conceptos ofrece la severa regularidad de un columbario romano y dota a la lógica del rigor y de la frialdad propios de la matemática. Quien se halla envuelto por esa atmósfera fría apenas creerá ya que el concepto, óseo y cúbico como un dado —e igualmente versátil— no es sino el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la plasmación artística de una excitación nerviosa en imágenes es, si no la madre, al menos la abuela de todo concepto. Pues bien, en este juego de dados de los conceptos, se considera «verdadero» el uso de cada dado según su designación, el recuento exacto de sus puntos, la formación correcta de las clasificaciones y el hecho de no alterar nunca el orden de las divisiones ni la sucesión jerárquica de las posiciones. Así como los etruscos y los romanos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y asignaban el espacio delimitado por ellas a un dios, como si fuera un templo, cada pueblo tiene sobre sí un cielo de conceptos similar, matemáticamente dividido, y entonces considera que amar a la verdad es tender a buscar a cada dios (es decir, a cada concepto) sólo en la casilla que le corresponde. En este sentido, cabe admirar el poderoso genio constructor del hombre, que es capaz de levantar sobre cimientos tan inestables (sobre una corriente de agua, por así decirlo) una catedral de conceptos extremadamente compleja: aunque, claro está, para encontrar apoyo en tales cimientos, esa construcción ha de ser una especie de tela de araña lo suficientemente flexible para acomodarse a las olas y lo bastante sólida para que no se la lleve el viento a placer. Como genio de la arquitectura, el hombre está muy por encima de las abejas, pues éstas construyen con la cera que recogen de la naturaleza, mientras que el hombre lo hace con conceptos, es decir, con un material mucho más frágil que ha de empezar por fabricarse él mismo. Esto es lo que hace al hombre digno de una gran admiración, y no tanto su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral y luego la busca en ese sitio y la encuentra, su descubrimiento no le da motivo para vanagloriarse demasiado; sin embargo, esto es precisamente lo que supone buscar y descubrir la «verdad» dentro del ámbito de la razón. Si defino lo que es un mamífero y luego aplico esa denominación a un camello, es evidente que habré formulado una verdad, pero el valor de ésta será reducido, pues se tratará de una verdad enteramente antropomórfica, que en ningún aspecto podrá considerarse «verdadera en sí», esto es, real y universal independientemente del hombre. En última instancia, quien busca tales verdades sólo trata de humanizar el mundo, de comprenderlo en términos humanos, y, en el mejor de los casos, consigue el sentimiento de una asimilación. Lo mismo que el astrólogo observa las estrellas creyendo que están al servicio de los hombres y que guardan una relación con su felicidad y su desdicha, un investigador semejante considera que el mundo entero está vinculado al hombre, que es el eco, infinitas veces repetido, de ese sonido originario que es el hombre; la copia, infinitas veces reproducida, de ese modelo que es el hombre. Su procedimiento consiste en considerar que el hombre es la medida de todas las cosas, con lo que parte del error de pensar que tiene ante si tales cosas de una forma inmediata, como objetos puros. Es decir: olvida el carácter metafórico de las intuiciones originarias, y las toma por las cosas mismas.

Sólo en virtud de este olvido del primitivo mundo de metáforas, sólo en virtud del endurecimiento y de la petrificación de la impetuosa corriente de imágenes surgidas de su fantasía, sólo en virtud de su creencia inamovible de que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí; en suma, sólo en virtud del hecho de que el hombre se olvida que es un sujeto, y un sujeto que actúa como creador y como artista, vive con cierta tranquilidad, seguridad y coherencia; si pudiera atravesar, aunque sólo fuera por un instante, los muros de esa creencia que le aprisiona, desaparecería al punto su «autoconciencia». Ya le cuesta bastante reconocer que el insecto y el pájaro perciben un mundo completamente distinto al suyo y que preguntar cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta constituye una cuestión carente de sentido, pues sólo podría resolverse utilizando como medida la «percepción correcta», es decir, según una medida de la que no se dispone. Por otra parte, hablar de la «percepción correcta» —es decir, de la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, pues entre dos esferas absolutamente distintas, como son las del objeto y el sujeto, no hay ningún vínculo de causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión posible, sino, a lo sumo, una conducta estética, es decir, una transcripción alusiva, una traducción balbuceante a un lenguaje completamente extraño, para lo que se requeriría, en todo caso, una esfera intermedia y una fuerza mediadora que dispusieran de libertad para poetizar e inventar. La palabra (fenómeno» implica muchas seducciones, por lo que procuro evitarla, habida cuenta de que no es cierto que el ser de las cosas «se manifieste» en el mundo empírico. Un pintor sin manos que quisiera expresar cantando el cuadro que ha concebido podría revelarnos, en este tránsito de una esfera a otra, mucho más que el mundo empírico sobre el ser de las cosas. Aún más, la relación entre una excitación nerviosa y la imagen en que ésta se plasma no tiene, de suyo, un carácter necesario, pero citando se produce la misma imagen millones de veces, se transmite en herencia a lo largo de muchísimas generaciones y, sobre todo, se da en todo ser humano como consecuencia siempre de la misma circunstancia, acaba adquiriendo para el hombre el mismo significado que si fuera la imagen única y necesaria, como si la relación entre la excitación nerviosa originaria y la imagen producida guardase una estrecha relación de causalidad; del mismo modo que un sueño que se repitiera eternamente sería considerado, percibido y juzgado como una realidad absoluta. Sin embargo, el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantiza en modo alguno la necesidad y la legitimidad exclusivas de dicha metáfora.

Todo hombre familiarizado con estas consideraciones habrá experimentado necesariamente una profunda desconfianza hacia cualquier forma de idealismo, a la vez que estará convencido de manera bastante clara del carácter consecuente, universal e infalible de las leyes naturales y habrá llegado a la siguiente conclusión: en el mundo de las alturas que alcanza el telescopio y en el de las profundidades adonde llega el microscopio, todo es tan seguro, elaborado, infinito, regular e indefectible, que la ciencia podrá explotar eternamente esas minas con éxito, y todo lo que descubra concordará entre sí y estará exento de toda contradicción interna. Esto no se parece nada a un producto de la imaginación, pues, si lo fuese, quedaría forzosamente al descubierto en algún momento su carácter aparente e irreal Ahora bien, frente a esta conclusión hay que decir que si cada uno de nosotros tuviera una percepción sensible diferente, sólo podríamos percibirnos unas veces como pájaros, otras como lombrices, otras como plantas; o que si uno de nosotros percibiera una excitación visual como roja y otro como azul, mientras que para un tercero fuera una excitación auditiva, nadie diría que la naturaleza se encuentra regulada por tales leyes, sino que la concebiría sólo como un producto sumamente subjetivo. Por consiguiente, ¿qué es para nosotros, a fin de cuentas, una ley de la naturaleza: algo que no conocemos en sí mismo, sino sólo por sus efectos; es decir, por sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, no conocemos sino como relaciones añadidas a otras. Así pues, todas estas relaciones no hacen más que remitir constantemente unas a otras, mientras que su esencia nos resulta totalmente incomprensible. En realidad, únicamente conocemos lo que aportamos a ellas: el tiempo y el espacio, es decir, las relaciones de sucesión y los números. Sin embargo, todo lo que nos maravilla y asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría hacernos desconfiar de ese idealismo no radica más que en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del tiempo y del espacio, y en ninguna otra parte más. Ahora bien, esas representaciones las producimos en nosotros y las proyectamos fuera de nosotros tan necesariamente como teje la araña su tela; si estamos constreñidos a no concebirlo todo más que bajo esas formas, no es de admirar que sólo captemos realmente en las cosas dichas formas, pues todas ellas implican necesariamente las leyes del número, y el número es precisamente lo más admirable que tienen las cosas. Toda esa legalidad del curso de los astros y de los procesos químicos que tanto nos impone coincide en el fondo con esas propiedades que añadimos a las cosas, de forma que, con esto, somos nosotros mismos quienes nos infundimos respeto. De ello resulta, sin duda, que esta formación artística de metáforas, que marca en nosotros el principio de toda percepción, presupone ya esas formas y, por consiguiente, se efectúa como consecuencia de ellas; sólo la persistencia inmutable de estas formas originarias explica que luego pueda construirse un edificio conceptual basándose a su vez en dichas metáforas. Efectivamente, este edificio es una réplica de las relaciones de tiempo, espacio y número, elaborada sobre la base de las metáforas.

Como hemos visto, en la elaboración de los conceptos actúa originariamente el lenguaje y más tarde la ciencia. Al igual que la abeja construye las celdas y al mismo tiempo las llena de miel, la ciencia trabaja sin descanso en ese gran columbario de los conceptos, en el cementerio de las intuiciones; construye sin parar nuevos pisos más elevados, apuntala, limpia y renueva las celdas antiguas, y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese enorme entramado con todo el mundo empírico, es decir, con el mundo antropomórfico, introduciéndolo en él para ordenarlo. Si hasta el hombre activo vincula su vida a la razón y a sus conceptos para no ser arrastrado y perderse a sí mismo, el investigador construye su choza al pie de la torre de la ciencia para prestarle ayuda y encontrar a la vez protección bajo ese bastión ya existente. En efecto, necesita protección pues le amenazan fuerzas terribles que oponen constantemente a la verdad científica «verdades» de tipo muy distinto con las etiquetas más diferentes.

Ese instinto que impulsa a la formación de metáforas y que es fundamental en el hombre ya que no puede prescindir de él ni un solo instante, pues si lo hiciera prescindiría del hombre mismo, no se halla verdaderamente sometido y apenas si se encuentra domado por el hecho de haber construido ese nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza con esos evanescentes productos suyos que son los conceptos. Busca un nuevo ámbito y otro cauce para su actividad, y lo encuentra en el mito y, en suma, en el arte. De continuo confunde los títulos y las celdas de los conceptos, introduciendo nuevas transcripciones, metáforas y metonimias; constantemente muestra su deseo de dar al mundo que se ofrece a los ojos del hombre despierto una forma tan abigarradamente irregular, inconexa, sugestiva y siempre nueva, que se parece al mundo de los sueños. De suyo, el hombre en estado de vigilia sólo tiene efectivamente conciencia de que está despierto gracias al entramado rígido y regular de los conceptos; por eso, cuando alguna vez el arte desgarra repentinamente ese entramado de conceptos, llega a creer que está soñando. Tiene razón Pascal cuando afirma que si todas las noches tuviéramos el mismo sueño, lo consideraríamos como las cosas que vemos cada día: «Si un artesano tuviera la seguridad de soñar todas las noches durante doce horas que era un rey, creo —dice Pascal— que sería casi tan dichoso como un rey que soñara todas las noches durante doce horas que era un artesano».  Gracias al milagro constante que se produce, según el mito, el estado de vigilia de un pueblo que se halla estimulado por éste, como los antiguos griegos, por ejemplo, se parece, de hecho, más al sueño que a la vigilia del pensador que se ha desengañado de la ciencia. Cuando cada árbol puede hablar como una ninfa o un dios bajo la apariencia de un toro puede raptar doncellas, o cuando se puede ver de pronto a la propia diosa Atenea en un bello carro tirado por caballos —como creía el honrado ateniense—, entonces todo es posible, como sucede en un sueño, y la naturaleza entera rodea al hombre aturdiéndole como si sólo juera una comparsa de máscaras compuesta por dioses para quienes engañar a los hombres con todas las formas de las cosas no sería sino una broma.

No obstante, el propio hombre tiene una tendencia invencible a dejarse engañar, y parece feliz y contento cuando el rapsoda le recita leyendas épicas como si fueran ciertas o cuando un actor que interpreta el papel de rey se muestra más majestuoso que un monarca auténtico. El intelecto, maestro en el arte de fingir, se siente libre y descargado de su habitual esclavitud cuando puede engañar sin hacer daño alguno; entonces celebra sus saturnales y nunca resulta tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz. Embebido por el placer de crear, lanza desordenadamente metáforas y desplaza los límites de la abstracción hasta el extremo de designar al río como un camino en movimiento que lleva al hombre a donde habitualmente se dirige. Entonces se ha desembarazado del signo de la esclavitud: entregado habitualmente a la oscura tarea de indicar a un pobre individuo que ansia vivir el camino y los medios de conseguirlo, y de ir tras la presa y el botín, al servicio de su amo, ahora se convierte en señor y puede borrar de su rostro la expresión de indigencia. En comparación con su anterior actividad, todo lo que hace ahora implica fingimiento, como lo que hacía antes entrañaba deformación. Reproduce la vida del hombre, pero la considera algo bueno y parece mostrarse satisfecho de ella. Ese entramado, ese tablón gigantesco de conceptos al que el hombre indigente se aferra durante toda su vida para salvarse no es a los ojos del intelecto liberado más que un armazón y un juguete a utilizar en sus obras de arte más audaces; y cuando lo rompe, lo desmonta y lo reconstruye ensamblando irónicamente las piezas más desiguales y separando las que mejor se ajustan revela que no necesita ese recurso de la indigencia y que ya no se guía por conceptos sino por intuiciones. No hay ningún camino regular que lleve de esas intuiciones al país de los fantasmales esquemas, al país de las abstracciones; aún no se ha forjado un lenguaje para ellas; el hombre enmudece cuando las veo sólo dice metáforas severamente prohibidas y encadenamientos conceptuales inauditos para responder de forma creadora a la impresión que le causa la poderosa intuición presente, o, al menos, para burlarse de las viejas barreras conceptuales y destruirlas.

Hay épocas en que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan codo con codo, el uno temiendo a la intuición, el otro despreciando la abstracción; la irracionalidad del segundo corre pareja con la insensibilidad que el primero muestra hacia el arte. Ambos desean dominar la vida: el primero sabiendo responder a las necesidades más imperiosas con previsión, sensatez y regularidad; el segundo como «héroe desbordante de alegría» que es, no viendo esas mismas necesidades y considerando que sólo es real la vida disfrazada de apariencia y de belleza. Allí donde, como en la antigua Grecia, el hombre intuitivo maneja sus armas con más fuerza y con mayor éxito que su adversario, puede formar una cultura, si las circunstancias lo propician, e imponer el dominio del arte sobre la vida. Ese disimulo, ese rechazo de la necesidad, ese esplendor de las intuiciones metafóricas y, en general, esa inmediatez del engaño acompañan a todas las manifestaciones de una vida de esta clase. Ni la vivienda, ni los andares, ni la ropa, ni la tinaja de barro revelan que los ha creado la necesidad: parece que todo ello hubiera de expresar una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un jugar con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones no utiliza éstos más que para protegerse de la desgracia, sin obtener de esas abstracciones ningún tipo de felicidad, y aspirando a librarse lo más posible de sus sufrimientos, el hombre intuitivo, asentado en una cultura, además de protegerse de la desgracia, cosecha, como fruto de sus intuiciones, una iluminación, animación y liberación abundantes y permanentes. Bien es cierto que cuando sufre y padece más intensamente, e incluso que sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza siempre en la misma piedra. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad; se desgañita sin encontrar consuelo. ¡Qué distinta es la actitud del estoico, instruido por la experiencia y dueño de sí mismo gracias a los conceptos, ante esa misma desgracia! El, que de ordinario sólo busca la sinceridad y la verdad, superar las ilusiones y protegerse de los ataques por sorpresa de la seducción, logra, ante la desgracia, como aquél ante la alegría, una forma de fingir que es una verdadera obra maestra: no ofrece un rostro humano conmovido y trastornado, sino que lleva una especie de máscara, de rasgos admirablemente simétricos; no grita y ni siquiera cambia el tono de voz. Cuando un buen nublado se descarga sobre él, se envuelve en su manto y se aleja lentamente bajo la lluvia.”


traducción de 
Enrique López Castellón

11/11/2019

de verdades o mentiras




La mentira tiene una cara moral, ética, que todos conocemos y con la que nos topamos a diario;  y otra extra moral mucho menos conocida y sumamente poderosa. El macabro uso que se ha hecho de la mentira desde el punto de vista moral, especialmente en política, ha eclipsado los aspectos constructivos de la mentira. En el sentido extra moral la mentira fue y es el gran motor del cambio, nada podría cambiar o ser creado sin ese poder transformador de la mentira. Mentir es inventar, imaginar, fingir, actuar; mentir es crear, y en este sentido el mentiroso es un creativo; mentir requiere un esfuerzo, es mucho más simple contar la verdad; mentir requiere, además, mucha imaginación. Mentimos para zafar de una situación, mentimos para no asumir responsabilidades, mentimos para obtener algún beneficio o para perjudicar a otro. Pero también miente el actor, el novelista, el científico, el religioso o el poeta. La mentira es un instrumento increíblemente eficaz y versátil y presenta varias aristas que no siempre son exploradas.

No debemos confundir el error con la mentira. El primero es involuntario; la mentira, en cambio, implica intencionalidad. Esto es lo que hace prácticamente imposible probar que alguien ha mentido; podemos probar que no ha dicho la verdad, pero no que ha mentido; esto es algo que sólo el mentiroso puede admitir (e incluso podría estar mintiendo al afirmar que ha mentido). Contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, lo opuesto a la mentira no es la verdad (ni tampoco la realidad) sino la veracidad, o en todo caso lo que pienso (aun cuando esto sea falso). Supongamos que estoy absolutamente convencido que Colón llegó a América en 1392; entonces, cuando sostengo esta posición, aunque sea falsa, no estoy mintiendo porque digo lo que pienso. Pero si en cambio digo que Colón llegó a América en 1492 (cuando sigo convencido que fue en 1392), entonces estoy mintiendo aunque lo que diga sea verdad. La mentira consiste en alterar deliberadamente lo que creo o pienso con un propósito determinado. Puedo perfectamente proponer un enunciado falso porque creo en él, y por lo tanto con la sincera intención de decir la verdad; es decir que no necesariamente miento al decir algo falso. En cambio puedo decir algo verdadero con la clara intención de engañar o confundir al otro.

La mentira consiste entonces en utilizar la imaginación para alterar deliberadamente lo que yo creo que es la realidad. Y esto es precisamente lo que permite el cambio y la transformación; la mentira transforma la realidad (o lo que yo creo que ésta es) con un propósito determinado. Es en este sentido en el que podemos afirmar que la mentira es el origen de todo. El símbolo, origen del lenguaje y elemento básico del pensamiento abstracto, es una mentira; pero una mentira socialmente aceptada, una mentira en la que todos nos ponemos de acuerdo. Convenimos en llamar “oso” a esa cosa peluda, de cuatro patas, que come pescado, inverna, y gruñe espantosamente. Pero todos sabemos que la palabra “oso” (o su sonido) no se parecen en nada al oso; la única manera “realista” de hablar de un oso sería tener uno cerca cada vez que queramos referirnos a él y, eventualmente, señalarlo. El símbolo nos permite alejarnos de la realidad, hablar del oso aunque éste no esté presente. El símbolo es una mentira que nos permite referirnos a la realidad. No sabemos aun cómo surgió el lenguaje, pero podemos hacer alguna hipótesis al respecto. El homo mentirocutecus, ubicado cronológicamente entre el homo rhodensis y el homo sapiens sapiens, logró, haciendo uso de su imaginación, asociar un símbolo (un sonido, un dibujo, una marca) con un fragmento de su realidad que en nada se le parece. Fue el primer gran mentiroso. Podemos imaginar al homo mentirocutecus gritando “udtcha” al divisar un león que se acercaba peligrosamente. Sus compañeros escucharon el “udtcha”, vieron al animal y entendieron de qué se trataba; todos estuvieron de acuerdo en que aquella mentira (el símbolo) correspondía a una “realidad” (el león). Tal fue el acuerdo que a partir de entonces si alguien gritaba “udtcha” un temor espantoso se apoderaba del grupo y mientras algunos corrían a refugiarse otros buscaban sus lanzas para enfrentar al león. Lo curioso, era que nadie había visto, escuchado u olido al león, sólo habían oído el símbolo (la mentira). Aquella mentira socialmente aceptada se había convertido en una verdad mucho más poderosa que el león mismo; ahora podían hacerse bromas (alertar sobre un león que no existe), hablar del león en ausencia de éste, planificar su caza, asociarlo con algún demonio o maleficio, utilizarlo como ofrenda (te daré tres leones) o como amenaza (te echaré a los leones). Vale la pena diferenciar aquí el símbolo (en este caso el “udtcha”) de las señales de alerta de otros animales. Éstas últimas suelen ser de carácter genético, mientras que el símbolo sólo puede transmitirse a la siguiente generación a través de la educación. La aparición del manejo simbólico en el hombre permitió el desarrollo del lenguaje, y éste a su vez impulsó la formación de conceptos abstractos imposibles de aprehender mediante la percepción sensorial. La belleza, el futuro, la amistad, la justicia, el deseo, son conceptos asociados al lenguaje. El desarrollo del lenguaje hizo posible la aparición del mito, la religión, la ciencia y el arte. Como señala Savater en Las preguntas de la vida, “Las selvas humanas por las que vagamos están hechas de símbolos”; es decir de mentiras. Quizás el principal valor de la mentira es que nos permite construir verdades, que se convierten en tales cuando logramos olvidar que fueron mentiras.

Todos tenemos una irresistible fascinación por la mentira y el engaño. A quien no le gusta dejarse sorprender por un buen mago. Todos sabemos que esa magia es en definitiva un engaño, una mentira; pero incluso llegamos a pagar una entrada al teatro para dejarnos  engañar. La única razón por la que un mago nos sorprende es porque sabemos que nos está mintiendo. Si pudiera de hecho hacer desaparecer cosas o leernos el pensamiento, entonces ya no tendría ninguna gracia; es más, el simpático mago, ahora devenido en brujo, nos provocaría miedo, aversión y rechazo, y probablemente terminaría quemado en la hoguera (porque las hogueras no desaparecieron con la inquisición, sino que siguen existiendo de forma mucho más sutil). Si no fuese por la mentira este mundo sería bastante triste; porque es la mentira la que permite que exista la ficción, es la mentira la que permite que exista la religión, el arte y la ciencia. La mentira nos ayuda a comprender el mundo. Picasso solía decir que “el arte es una mentira, pero una mentira a través de la cual podemos descubrir la verdad, al menos la verdad que nos es posible comprender”.  Y es que la mentira es un producto de la imaginación que hace posible que podamos comprender lo que nos rodea.

Todo pareciera indicar que el hombre, en su necesidad biológica de preservarse como especie, está dispuesto a aceptar mentiras por verdades en aras de comprender el mundo, a fin de asegurar su subsistencia y hacer la vida un poco más soportable. El conocimiento sería entonces una ilusión , un instrumento de la evolución para asegurar la continuidad de la especie.  De hecho el hombre ha abrazado siempre aquellas ficciones que ponían un poco de orden en el caos de su existencia, aquellas que parecían asegurar su subsistencia, aquellas que prometían (unas en el más acá, otras en el más allá) una vida feliz.

 La mentira puede existir aun cuando no exista siquiera una sola verdad; la mentira no sólo es anterior a la verdad, sino que la conforma; la mentira es el material primigenio con el que se construyen las verdades; y cuando logramos olvidarnos de que la mentira estuvo involucrada, sólo nos queda la verdad; y esa verdad (devenida en arte, religión o ciencia) nos hace sentir seguros y nos da la tranquilidad necesaria para que la existencia sea mínimamente soportable.

10/11/2019

mentira, 5 – fragmento-




“La hoja arrancada de la libreta del faro es uno de los pocos papeles que Julio ha guardado en su vida, por no decir el único. Yo nunca he espiado a nadie, ni acostumbro cotillear. No me gusta hurgar en las intimidades ajenas. Si cayó en mis manos fue sólo porque lo quiso el azar. Fue hace poco más de cuatro años, cuando confirmamos que la enfermedad de Julio era irreversible. Eso lo convertía en candidato a una pensión de invalidez permanente para cuya obtención había que actualizar y presentar una serie de papeles oficiales. Nos volvimos todos locos, porque él tenía esa clase de ineptitud para la burocracia que se le supone a los artistas. Nada de papeles. Vade retro al orden. Viva la improvisación. Le preguntábamos y él sonreía. Le insistíamos en que era importante y contestaba:  ¿Cotizaciones? Vaya, vaya, así que cotizaciones.» Me tocó hurgar en los lugares que siempre había respetado, amontonar bocetos y bitácoras antiguas, clasificar hojas sueltas que, en la mayoría de los casos, no servían para nada, porque Julio sólo conservaba lo que le apetecía, no lo que pudiera ser útil algún día. Un lío monumental. Ese papel apareció en una antigua libreta de dibujo. Una en la que sólo había bocetos. Julio dejó de pintar en el 73. Yo encontré el papel en el 97. Además, conozco bien los cuadros de mi marido. Ninguno de aquellos bocetos estaba fechado, pero conozco incluso a la mayoría de las personas retratadas en ellos, de modo que el cálculo es fácil y doloroso: aquel documento estaba en su poder desde 1969. Hay una prueba más contundente. A mediados de los años 70, cuando la curiosidad de Serena se volvió demasiado peligrosa, Julio le habló de la libreta de tempestades del faro; la animó a consultarla pero, con la excusa de que ya él lo había hecho antes, le advirtió que no encontraría la página del 11 de enero del 22. Al enterarme, le pregunté por qué lo había hecho, por qué enviaba a su hija en busca de algo cuya inexistencia no haría sino reforzar su frustración. «Para que descanse», me contestó. Tenía su lógica. Poner a Serena en la vía muerta. Dejar que su tren descarrilado de preguntas llegara extenuado al fin de la carrera. Funcionó. Fue el último chasco, la última pelea. Poco después, cuando Serena agotó las posibilidades de encontrar esa hoja de la libreta, se terminó la guerra de las preguntas sobre Simón. O se volvió subterránea, no sé. Lo que sí sé es que aquellas razones de Julio eran falsas. Lo que de verdad quería era convertir a su hija en testigo involuntario de la mentira. Por eso la envió al faro. Porque él mismo había estado allí antes. Porque fue Julio quien arrancó la hoja de la libreta. Y luego, en vez de reconstruir su vida, escogió dejar las cosas como estaban. Supongo que supo que escogía por nosotros.

Fue uno de los peores episodios de mi vida. Creo que me lo hubiera tomado mejor si llego a encontrar una prueba de que Julio tenía una amante, o un hijo secreto; cualquiera de esas mentiras ridículas de los culebrones me hubiera parecido menos dañina que aquélla. No recuerdo haber tenido jamás una bronca igual. En fin, no exactamente una bronca, porque no obtuve de él ni media palabra. Yo le preguntaba desde cuándo sabes esto y cómo puede ser, te das cuenta de lo que has hecho, nunca pensaste en tus hijos, nunca se te ocurrió pensar lo que significa para ellos Simón… Julio sostenía el papel y lo miraba como si no supiera leer y no decía nada. Luego rompió a llorar y, la verdad, hasta hoy no he conseguido saber si lloraba por lo que había hecho o si tal vez no lo entendió nunca, si aquellas lágrimas eran sólo una respuesta a mi ansiedad, a la violencia desconocida con que lo estaba acosando. Era desesperante. Como cuando lloran los bebés en mitad de la noche y no consigues saber qué les pasa. Qué enfermedad tan oportuna. O qué astuto el azar, revelando las pruebas del delito sólo cuando ya el criminal estaba mudo.

Nunca dije nada a nadie. Claro que tuve la tentación. Tal vez hubiera sido mejor reunirlos a todos y decírselo: «Chicos, no hubo muertos ni náufragos en Malespina el 11 de enero de 1922. Todo es mentira. Simón no existió nunca.» Estuve a punto, pero enseguida imaginé las preguntas que provocaría aquel descubrimiento a mis hijos, las mismas que me estaba haciendo yo, y me di cuenta de que no iba a tener respuestas. Indicios sí, sospechas, intuiciones, incluso alguna certeza. Pero no respuestas. Por eso me callé. ¿Hice mal? Sinceramente, creo que no. Creo que mi único error fue no deshacerme de aquella hoja suelta. Debí quemarla. Tirarla al mar. La guardé porque me consta que mis hijos han heredado mi respeto por la intimidad. Ninguno de ellos se atrevería a abrir un solo cajón de mi archivo sin pedirme permiso. Claro que para que te pidan permiso has de estar viva.”

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Mentira
Enrique de Hériz
Edhasa, 2004
Página 367-369

mentira, 4




“Quizás la mejor manera de definir Mentira, de Enrique de Hériz, sea con el hipotético proverbio octavo de Li Po, un poeta chino del que cuentan historias los protagonistas de este libro: “La verdad y la mentira son aparejos de fortuna. Nos mantienen a flote en el naufragio de la vida”.

Y es que esta joya literaria nos habla precisamente de eso: de las verdades y las mentiras que contamos para que nuestra vida tenga sentido, para darle sentido a las vidas ajenas, para engañarnos, para animarnos… A lo largo de la vida es posible que nos encontremos ante ciertas verdades que decidamos callar, ante ciertas incógnitas que no podamos desvelar y nos inquieten tanto que decidamos inventar una respuesta que nos explique y nos tranquilice.

Pero este libro no habla exclusivamente de las mentiras y las verdades que cada uno de nosotros defiende a lo largo de la vida. Esta obra nos habla de la Vida en mayúsculas, y lo hace a través de la muerte. Una de las protagonistas, Isabel, es antropóloga especializada en ritos mortuorios, en descubrir las diferentes maneras que tienen las tribus del planeta para enfrentarse a la muerte. ¿Y por qué es importante descubrir estos ritos? ¿Por qué nos habla de ellos la protagonista? Porque a través de ellos descubrimos la manera de entender la vida que tiene cada tribu, porque la forma de tratar la muerte también nos habla de cómo entender la vida.

Este libro es, tomando prestadas las palabras de Rosa Montero, un gran cuento. Un gran cuento en el que se cuentan muchos cuentos. La historia de Simón (gran eje de la vida de todos los protagonistas de la que, en realidad, sólo se sabe lo que alguien contó una vez sobre él), la historia de Li Po, la historia de la batalla de les Formigues, la rusa… La frontera entre la realidad y la ficción se difumina en cada historia, en cada recuerdo de los familiares de Isabel, y de Isabel misma. Algunos luchan contra esa ficción buscando la verdad; otros deciden creer las historias porque les han servido como excusa en ciertas circunstancias, pero también como impulso en otros momentos de la vida. En esa familia algunas historias son ya casi mitos, incrustadas en la memoria de Julio, de Isabel y de sus hijos. ¿Y por qué contar tantas historias? Quizás porque, como dice Isabel al principio de la obra, “somos quienes nos cuentan que somos”. Sin esos cuentos, no podríamos rellenar los huecos, no podríamos explicarnos a nosotros mismos ni presentarnos a los otros.

Enrique de Hériz consigue con Mentira una obra que nos muestra, de la mano de las dos narradoras, madre e hija, el camino del descubrimiento de uno mismo, de sus límites, de sus necesidades, de sus sentimientos más profundos, de sus lazos sentimentales, de sus verdades y sus mentiras; en definitiva, de la vida y la muerte. Y todo ello regado en algunos momentos con una ironía y una afilada capacidad de observación y reflexión sobre el comportamiento humano que no deja indiferente al lector.

Muchos cuentos dentro de un gran cuento que, en definitiva, también podría ser la vida que nosotros contamos cada día al despertarnos y vivir nuestra historia.”



Enrique de Hériz y su extraordinaria y vital “Mentira”
por Inés Macpherson
Encuentos y desencuentos. Un paseo entre cuentos y libros
04/11/2019

09/11/2019

mentira, 3 –fragmento-





“Por otra parte sospecho que, si se le hubiera concedido la oportunidad de escoger una enfermedad final, papá no habría encontrado otra mejor que ésta. Al fin y al cabo, olvidar ha sido su gran especialidad y, según la teoría que se esforzó en inculcarnos desde la infancia, la clave de sus momentos de mayor felicidad. Trazar una raya en el calendario. Empezar de nuevo. Reinventarse la vida. Pasar a otra cosa.

Bueno, por mucho que nos cueste aceptarlo, ya sólo le queda pasar a morirse. Tal vez un día se olvide de respirar y luego se olvide de sí mismo. Sería la culminación perfecta de su teoría. Si cada uno tiene la muerte que le corresponde, ésa sería la suya. Olvidarse de ser. Papá vivía montado en un globo, soltando el lastre de su pasado inmediato para ganar altura cada vez que la vida lo zarandeaba. No niego que el truco funcionara, pero ahora que la caída es irremediable no le queda lastre por soltar; ya no tiene más que este presente devastado y tirarlo por la borda será lo mismo que saltar él, abandonar el globo, abandonar la vida.

Es posible que a mí me ocurra lo contrario. Yo no tengo globo; camino por la vida a ras de suelo. Cargo gustosamente con el lastre del pasado, lo atesoro y permito que me acompañe a todas partes. A mí lo que me molesta a menudo es el presente, esa jodida manía suya de entrometerse en todo. Al pasado lo envías al bosque del olvido y permanece allí, aun a costa de convertirse en alimaña. El presente, en cambio, te espera al pie del bosque, en mitad del camino, y lleva un hacha en la mano. Estas páginas son el mejor ejemplo. Yo quería recordar, aprovechar las horas de estas noches tranquilas para atar alguno de los muchos cabos que andan sueltos por ahí. Sin embargo, aquí está el presente, sembrando el camino de piedras. No sé cuántas horas llevo escribiendo sobre las cosas del presente, que son mezquinas a la fuerza: el malhumor de Alberto, las bromas de Luis, la pesada ausencia mental de papá.”

Mentira
Enrique de Hériz
Edhasa, 2004
página150-151

mentira, 2




“Un error hace que se dé por muerta en la jungla de Petén (Guatemala) a la antropóloga Isabel García, que decide no deshacer la obra del azar y aprovechar tan inesperado regalo para desaparecer: estar muerta, no existir para los otros, le permitirá ser a solas, vivir en los silencios propios. Allá lejos, en la casa familiar enclavada en un pueblecito pesquero del litoral catalán, se reúne la familia de Isabel para esparcir sus cenizas en el mar: su esposo, Julio –un anciano enfermo, perdido en la amnesia, la viva negación del que fuera un extraordinario fabulador–, y sus hijos, Alberto –un abogado brillante, un gran gestor, un hombre seguro y generoso, aunque con cuatro matrimonios fracasados–, Pablo, el mediano –compositor genial, dionisíaco– y Serena, la menor –siempre preguntando, siempre ansiosa y necesitada de saber, siempre intentando apresar «el momento en que el azar deja de serlo para convertirse en lógica», y que quizá por eso se hizo meteoróloga–. Además está Luis, el nieto –hijo de Alberto–, un adolescente que, tras salir del largo coma padecido tras un accidente de moto, sufre el síndrome transitorio de desinhibición, lo cual significa que dice lo que piensa y siente, sin ningún tipo de trabas.

En Mentira, la función narradora se alterna entre Isabel y Serena. Las leyendas «de agua y silencio», las leyendas desnudas a que Isabel se entrega en el ejercicio de autognosis que hilvana su discurso, la llevan inevitablemente a evocar las historias de los demás, que también le pertenecen. En Serena, y dada la circunstancia en que se halla, evocar ––contar la historia de la familia– resulta natural. En este binomio madre-hija encontramos el primer dualismo de los muchos con que Enrique de Hériz construye esta novela de novelas que es en sí misma un homenaje y una ofrenda al arte de ¿mentir? Hériz sabe hacerlo muy bien: mentir, contar historias, fabular, narrar. Lo demostró en sus dos novelas anteriores, pero ahora estamos hablando de una compleja «mentira», que se despliega a lo largo de 632 páginas, urdida con materiales tan diversos como las historias familiares pasadas y presentes, destacando la del abuelo Simón –verdadera columna vertebral del libro y organizada a partir de la tensión encierro-destierro, cuyos ecos retornan en otras historias menores–; la historia del poeta Li-Po y la glosa de sus Siete proverbios sobre la mentira; el relato de la batalla naval que en 1282 tuvo por escenario las islas Formigas; el enigma de la falsa rusa cuyo retrato imaginario había pintado Julio; el recuento de los varios viajes de Isabel –destacando el que versa sobre los wari y su canibalismo–, quien se especializó en ritos fúnebres y que, cuando finalmente entiende el porqué de la decisión tomada –mantener el error para prepararse a morir–, decide regresar a Barcelona.

Amalgamar impecablemente materiales tan heterogéneos –a los que deben sumarse otros procedentes de los muchos microrrelatos que salpican esta Mentira– no es tarea fácil. Hacerlo conociendo y respetando los códigos y modos narrativos que corresponden a cada una de estas historias por la naturaleza de los materiales con que se tejen, todavía es más difícil. Sobre todo, si consideramos que el autor hace que sus narradores hablen «con palabras prestadas»: las historias de familia se heredan, pasan «de Simón a su padre, de Amparo al mío, derramadas, tirando cada una de la siguiente en su caída libre hasta llegar a mí para quedarse sólo un tiempo hasta que las transmita a quien tal vez ya está en mi sangre», dice Serena. Las otras historias se calcan de los libros y por eso también se cuentan con palabras prestadas.
Porque en la historia de Simón hay relato de aventuras y folletín; en la de LiPo, mucho exotismo y chinoiseries; en la de la batalla naval, crónica y épica; en la de la rusa, enigma y misterio; en las historias «de flechas y lanzas» que narra Isabel, la conversión del ensayo y el reportaje en relato (ejercicio ya practicado con éxito por Hériz en Historia del silencio, a propósito de la ornitología). Y a todo ello hay que sumarle lo que estas páginas tienen de anotación diarística, de apuntes del cotidiano vivir, transcurra éste a orillas del río Pasión o junto a las aguas del Mediterráneo.

Y aquí debo precisar que, lógicamente, no tienen el mismo atractivo todas las historias. Para mi gusto (hablo como lectora), la de Simón podía haberse acortado bastante (evitando reiteraciones innecesarias y adelgazando algún tramo de la peripecia), y lo mismo cabe decir respecto al registro del «día a día» que Serena incluye en su discurso, a veces sembrado de menudencias de escaso interés, porque, como bien escribe ella, «el presente inmediato casi siempre está lleno de palabras minúsculas». No es objeción: es expresión de una preferencia estrictamente personal. Narrativamente, el modus operandi es impecable, muy correcto; pero a veces conviene aflojar amarras para que el lector vaya en línea de aire. Quizá así Mentira ganaría intensidad y fuerza en torno a las páginas centrales, donde a mi modo de ver la narración se esponja y ablanda, debilitándose el otro valioso elemento de esta novela: todo cuanto versa sobre el arte de mentir, sobre la inmensa maraña de historias que el buen prestidigitador de Hériz despliega e intercala con extrema naturalidad, a pesar del maridaje de opósitos en torno al que gravitan: Madre-hija, encierro-destierro, recuerdo-olvido, verdad-mentira, pasado-presente, azar-razón, muerte-vida. El punto de llegada es la escritura. El reencuentro familiar es una explosión de voces, una brillante sinfonía compuesta de verdades y mentiras, préstamos e impostaciones mutuas, muy parecido a un rito eucarístico: común unión. El punto de llegada es el mismo para todos (escriban o no): la certeza de que verdad y mentira van aparejadas; que éstas nacen del deseo y son sueños imprescindibles; que suprimir la ficción es aniquilar la vida; que fabular es luchar contra la devastación del tiempo: «Porque la vida se dedica a eso: a acosar permanentemente cualquier leyenda del heroísmo que no se limite al puro valor de la supervivencia. Y después no queda nada. Apenas breves leyendas efímeras: la pasión, la perfección, una belleza ideal e intocable. La rusa. Batallas medievales. Historias de poetas chinos. Nos convencemos de que vale la pena vivir por esas cosas aunque vivir se acabe. O porque vivir se acaba».

Aparejos de fortuna: eso son las historias que contamos o leemos. Ya saben: «Cuando un barco se queda sin gobierno posible, cuando no tienes más remedio que inventarte una vela o un timón, lo llaman así», le explica el padre a la Serena niña. Y por eso ésta, al final de su periplo, se inventa este hipotético octavo proverbio de Li-Po: «La verdad y la mentira son aparejos de fortuna. Nos mantienen a flote en el naufragio de la vida».”


Aparejos de fortuna
por Ana Rodríguez Fischer
Revista de libros
01/09/2004

07/11/2019

la passió d’Antónov-Ovséienko




La passió d’Antónov-Ovséienko
per Bernat Puigtobella

“L’any 2004, llegint les obres completes del cronista de Banyoles, Antoni Rigau, pare de la Irene i la Gemma Rigau, vaig topar amb un relat fascinant. Rigau explicava la tràgica història del bolxevic Vladimir Antónov-Ovséienko, cònsol de Barcelona durant la Guerra Civil. El cònsol soviètic a Barcelona feia excursions a Banyoles amb el seu xofer i pescava a l’estany. De la descripció que Rigau fa d’aquelles escapades se’n desprèn la imatge d’un personatge bon vivant, que es feia portar caviar de Rússia per valisa diplomàtica. Antónov-Ovséienko havia estat un dels herois de la Revolució d’Octubre que va assaltar el Palau d’Hivern l’any 1917. Militar molt respectat, després de la mort de Lenin s’havia alineat amb Trotsky, una opció que el marcaria negativament en les purgues estalinistes. Sempre vaig pensar que Antónov-Ovséienko era un personatge entre èpic i tràgic i que un dia o altra algú n’hauria de fer una novel·la, o fins i tot una pel·lícula.

Han hagut de passar quinze anys perquè algú finalment s’hagi dignat a intentar-ho. Andreu Claret ha fet una aportació singular a la literatura sobre la Guerra Civil amb El cònsol de Barcelona (Columna), una novel·la que aborda el paper del cònsol Vladimir Antónov-Ovséienko a Catalunya entre el 1936 i el 1939. Claret s’ha documentat profusament per situar el personatge a la Catalunya dels anys trenta, però també ha sabut projectar amb imaginació vicissituds del personatge de les quals hi ha en poques traces documentals. El cònsol de Barcelona reconstrueix amb detall els moviments del cònsol i la seva dona Sofia Levin, des de la torre de l’Avinguda Tibidabo on tenia la seu el consolat fins al cor de Barcelona, on Antónov-Ovséienko va viure moments de gran popularitat. Claret reprodueix amb encert episodis com l’arribada del vaixell rus Zirianin al port, on el cònsol va arribar a cridar visques en favor dels anarquistes que suposadament havia de combatre davant d’una gernació de 200.000 ànimes, o al balcó del Palau de la Generalitat, on va sortir a saludar a la multitud exultant acompanyat de Lluís Companys. El vell revolucionari Antónov-Ovséienko va ser enviat per Stalin a Catalunya amb una missió molt clara: donar suport a la República per contenir i derrotar el feixisme. Però es va trobar una Barcelona encesa pels ideals revolucionaris, dominada per uns partits que no podien o no volien destriar la guerra de la revolució. A banda del repte de posar ordre entre les forces polítiques d’esquerra que acabarien col·lisionant el Maig del 1937, el cònsol havia de fer front a l’espionatge intern al si del mateix consolat, on tenia espies infiltrats dels serveis secrets soviètics, el NKVD, que informaven puntualment a Stalin de qualsevol vel·leïtat d’Antónov-Ovséienko que es pogués considerar i castigar com a traïció a la línia oficial del Kremlin, que en aquells moments no volia incomodar França i Anglaterra amb un brot revolucionari a Catalunya. El cònsol es va trobar que la Catalunya dels anys trenta era un terreny adobat amb els ideals més inflamables, un país en què lluitar contra el feixisme volia dir sembrar la revolució.

Andreu Claret ha sabut dibuixar bé totes aquestes ambivalències polítiques, i el fràgil equilibri que Antónov-Ovséienko havia de mantenir entre el seu ideari bolxevic i la lleialtat a un líder que havia posat en marxa una maquinària estatal feixista al si de la Unió Soviètica. Com sol passar en les novel·les històriques, en què personatges històrics es barregen amb d’altres ficticis, aquí pren un paper principal el xofer del cònsol Antónov-Ovséienko, Josep Tarrida, un militant del PSUC, i el seu germà Ramon, un intel·lectual vinculat a la Biblioteca Arús, fundada pel maçó Rossend Arús. A la novel·la de Claret, Josep Tarrida no porta Antónov-Ovséienko a pescar a Banyoles, però ens ofereix un contrapunt proper, que ens permet seguir les contradiccions més íntimes d’un polític conscient de la seva imminent defenestració.

La novel·la d’Andreu Claret s’ha situat de seguida a la llista dels llibres més llegits, i això també és simptomàtic. De la seva lectura n’emergeix la passió d’un màrtir de la guerra civil, que va tenir un destí paral·lel al de Lluís Companys: morir per uns ideals en mans de l’estat que en teoria l’havia de protegir. El cònsol de Barcelona projecta en el seu tram final l’estela pòstuma d’Antónov-Ovséienko fins al dia d’avui, gràcies a la nonagenària filla de Josep Tarrida, que en conserva el record i ajuda el lector a fer-se una idea del seu llegat vuitanta anys després de la seva mort. Productors de cinema: correu a llegir aquest llibre que aquí hi ha una pel·lícula!”

article a Núvol
21/07/2019

El proper dimarts, 19 de novembre de 2019,  Vespres Literaris, organitza la presentació del llibre de l’Andreu Claret,  “El cònsol de Barcelona”.  Amb la presencia de l’autor, l’acte el presentarà Rafael Bellido Cardenas  i estarà conduit per la nostra companya  Eva Torralba,  tenint lloc a l'espai Enric Granados,  de la Biblioteca Central de Cerdanyola del Vallès (Plaça d'Enric Granados, 1), a les 19.00 hores.