11 de nov. 2019

de verdades o mentiras




La mentira tiene una cara moral, ética, que todos conocemos y con la que nos topamos a diario;  y otra extra moral mucho menos conocida y sumamente poderosa. El macabro uso que se ha hecho de la mentira desde el punto de vista moral, especialmente en política, ha eclipsado los aspectos constructivos de la mentira. En el sentido extra moral la mentira fue y es el gran motor del cambio, nada podría cambiar o ser creado sin ese poder transformador de la mentira. Mentir es inventar, imaginar, fingir, actuar; mentir es crear, y en este sentido el mentiroso es un creativo; mentir requiere un esfuerzo, es mucho más simple contar la verdad; mentir requiere, además, mucha imaginación. Mentimos para zafar de una situación, mentimos para no asumir responsabilidades, mentimos para obtener algún beneficio o para perjudicar a otro. Pero también miente el actor, el novelista, el científico, el religioso o el poeta. La mentira es un instrumento increíblemente eficaz y versátil y presenta varias aristas que no siempre son exploradas.

No debemos confundir el error con la mentira. El primero es involuntario; la mentira, en cambio, implica intencionalidad. Esto es lo que hace prácticamente imposible probar que alguien ha mentido; podemos probar que no ha dicho la verdad, pero no que ha mentido; esto es algo que sólo el mentiroso puede admitir (e incluso podría estar mintiendo al afirmar que ha mentido). Contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, lo opuesto a la mentira no es la verdad (ni tampoco la realidad) sino la veracidad, o en todo caso lo que pienso (aun cuando esto sea falso). Supongamos que estoy absolutamente convencido que Colón llegó a América en 1392; entonces, cuando sostengo esta posición, aunque sea falsa, no estoy mintiendo porque digo lo que pienso. Pero si en cambio digo que Colón llegó a América en 1492 (cuando sigo convencido que fue en 1392), entonces estoy mintiendo aunque lo que diga sea verdad. La mentira consiste en alterar deliberadamente lo que creo o pienso con un propósito determinado. Puedo perfectamente proponer un enunciado falso porque creo en él, y por lo tanto con la sincera intención de decir la verdad; es decir que no necesariamente miento al decir algo falso. En cambio puedo decir algo verdadero con la clara intención de engañar o confundir al otro.

La mentira consiste entonces en utilizar la imaginación para alterar deliberadamente lo que yo creo que es la realidad. Y esto es precisamente lo que permite el cambio y la transformación; la mentira transforma la realidad (o lo que yo creo que ésta es) con un propósito determinado. Es en este sentido en el que podemos afirmar que la mentira es el origen de todo. El símbolo, origen del lenguaje y elemento básico del pensamiento abstracto, es una mentira; pero una mentira socialmente aceptada, una mentira en la que todos nos ponemos de acuerdo. Convenimos en llamar “oso” a esa cosa peluda, de cuatro patas, que come pescado, inverna, y gruñe espantosamente. Pero todos sabemos que la palabra “oso” (o su sonido) no se parecen en nada al oso; la única manera “realista” de hablar de un oso sería tener uno cerca cada vez que queramos referirnos a él y, eventualmente, señalarlo. El símbolo nos permite alejarnos de la realidad, hablar del oso aunque éste no esté presente. El símbolo es una mentira que nos permite referirnos a la realidad. No sabemos aun cómo surgió el lenguaje, pero podemos hacer alguna hipótesis al respecto. El homo mentirocutecus, ubicado cronológicamente entre el homo rhodensis y el homo sapiens sapiens, logró, haciendo uso de su imaginación, asociar un símbolo (un sonido, un dibujo, una marca) con un fragmento de su realidad que en nada se le parece. Fue el primer gran mentiroso. Podemos imaginar al homo mentirocutecus gritando “udtcha” al divisar un león que se acercaba peligrosamente. Sus compañeros escucharon el “udtcha”, vieron al animal y entendieron de qué se trataba; todos estuvieron de acuerdo en que aquella mentira (el símbolo) correspondía a una “realidad” (el león). Tal fue el acuerdo que a partir de entonces si alguien gritaba “udtcha” un temor espantoso se apoderaba del grupo y mientras algunos corrían a refugiarse otros buscaban sus lanzas para enfrentar al león. Lo curioso, era que nadie había visto, escuchado u olido al león, sólo habían oído el símbolo (la mentira). Aquella mentira socialmente aceptada se había convertido en una verdad mucho más poderosa que el león mismo; ahora podían hacerse bromas (alertar sobre un león que no existe), hablar del león en ausencia de éste, planificar su caza, asociarlo con algún demonio o maleficio, utilizarlo como ofrenda (te daré tres leones) o como amenaza (te echaré a los leones). Vale la pena diferenciar aquí el símbolo (en este caso el “udtcha”) de las señales de alerta de otros animales. Éstas últimas suelen ser de carácter genético, mientras que el símbolo sólo puede transmitirse a la siguiente generación a través de la educación. La aparición del manejo simbólico en el hombre permitió el desarrollo del lenguaje, y éste a su vez impulsó la formación de conceptos abstractos imposibles de aprehender mediante la percepción sensorial. La belleza, el futuro, la amistad, la justicia, el deseo, son conceptos asociados al lenguaje. El desarrollo del lenguaje hizo posible la aparición del mito, la religión, la ciencia y el arte. Como señala Savater en Las preguntas de la vida, “Las selvas humanas por las que vagamos están hechas de símbolos”; es decir de mentiras. Quizás el principal valor de la mentira es que nos permite construir verdades, que se convierten en tales cuando logramos olvidar que fueron mentiras.

Todos tenemos una irresistible fascinación por la mentira y el engaño. A quien no le gusta dejarse sorprender por un buen mago. Todos sabemos que esa magia es en definitiva un engaño, una mentira; pero incluso llegamos a pagar una entrada al teatro para dejarnos  engañar. La única razón por la que un mago nos sorprende es porque sabemos que nos está mintiendo. Si pudiera de hecho hacer desaparecer cosas o leernos el pensamiento, entonces ya no tendría ninguna gracia; es más, el simpático mago, ahora devenido en brujo, nos provocaría miedo, aversión y rechazo, y probablemente terminaría quemado en la hoguera (porque las hogueras no desaparecieron con la inquisición, sino que siguen existiendo de forma mucho más sutil). Si no fuese por la mentira este mundo sería bastante triste; porque es la mentira la que permite que exista la ficción, es la mentira la que permite que exista la religión, el arte y la ciencia. La mentira nos ayuda a comprender el mundo. Picasso solía decir que “el arte es una mentira, pero una mentira a través de la cual podemos descubrir la verdad, al menos la verdad que nos es posible comprender”.  Y es que la mentira es un producto de la imaginación que hace posible que podamos comprender lo que nos rodea.

Todo pareciera indicar que el hombre, en su necesidad biológica de preservarse como especie, está dispuesto a aceptar mentiras por verdades en aras de comprender el mundo, a fin de asegurar su subsistencia y hacer la vida un poco más soportable. El conocimiento sería entonces una ilusión , un instrumento de la evolución para asegurar la continuidad de la especie.  De hecho el hombre ha abrazado siempre aquellas ficciones que ponían un poco de orden en el caos de su existencia, aquellas que parecían asegurar su subsistencia, aquellas que prometían (unas en el más acá, otras en el más allá) una vida feliz.

 La mentira puede existir aun cuando no exista siquiera una sola verdad; la mentira no sólo es anterior a la verdad, sino que la conforma; la mentira es el material primigenio con el que se construyen las verdades; y cuando logramos olvidarnos de que la mentira estuvo involucrada, sólo nos queda la verdad; y esa verdad (devenida en arte, religión o ciencia) nos hace sentir seguros y nos da la tranquilidad necesaria para que la existencia sea mínimamente soportable.

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