11/12/2019

la "metáfora"

Nicolás Olivari
poeta argentino
1900-1966“Eliseo comenta entusiasmado: ¡En Buenos Aires todo el mundo lee! Es increíble. En los parques, en los cafés, en los colectivos. Hasta los malevos leen, y los cirujas, desde luego. Me crucé con uno que llevaba en la carretilla una especie de biblioteca portátil.

¿Son para revender?, pregunté.

Son para leer, señor, dijo él.

Tomé un taxi. Me preguntó a qué me dedicaba, y yo dije que era librero y que había venido a aprender a Buenos Aires. Un ciruja precisamente acababa de darme una lección. Eso le gustó, claro. Aquel taxista empezó a hablar de los escritores que había conocido por su oficio. Y me di cuenta de que aquel relato, el del taxista, iba a ser un libro en movimiento. El viaje era el libro y el taxista, por así decir, estaba ya escribiéndolo en el aire para mí. ¿Quién le ha impresionado más?, pregunté. Chascó la lengua tres veces, y dijo: Sin duda, Roberto Arlt.  Sabés cómo lo conocí? Me pagó el viaje con una novela. Yo llevaba poco tiempo, era un pibe todavía, y subió ese tipo, bien vestido y desaliñado a la vez, el cabello con vida propia. Al principio pensé que era un músico, uno de esos compositores geniales que arman una sinfonía con una tormenta, eso pensé, era verano, y la noche anterior había sido tremenda, justo se habían caído las vigas del cielo de Buenos Aires, y dije, este también ha caído del cielo, pero no.

Dijo:

Me llamo Roberto Godofredo Christophersen Arlt, nací bajo la conjunción de Saturno y Mercurio, una fortuna astrológica que todavía no me ha sido ingresada. No tengo un peso: ¿podría pagarte con una obra maestra?

Y me dio un ejemplar de Los siete locos. La primera novela que leí, ¿viste?, contó ufano el taxista. Le pregunté qué había que hacer para escribir una novela y, cuando esperaba un discurso teórico, me sorprendió por la precisión: Perder quince kilos de peso, fumar ochenta atados de tabaco y tomar tres mil litros de café. No era ningún chalado. Era un reloj con la hora adelantada. Me convenció su tesis de la mentira metafísica. En eso estamos, ¿no?

¿En qué?

¡En la mentira metafísica, che!

El taxista me llevaba a la Avenida de Mayo. Yo entonces dormía en la librería de Sabbatiello. Era una fonda popular aquella librería. Después de la guerra, muchos exiliados hallaban allí un primer refugio. ¡Un lugar hospitalario! El viejo Sabbatiello me recomendaba siempre el rincón de las enciclopedias. ¡Daban buen dormir para un hijo natural de la Revolución francesa!

Eliseo hizo una pausa buscando con la mirada la complicidad histórica de Amaro, que tenía el asentimiento corporal de un remero en tierra. No lo toméis a broma. Lo de «hijo natural de la Revolución francesa» no era una filigrana oratoria del fiscal, sino que surtía un efecto fatídico en los juicios sumarísimos de los tribunales fascistas. Hay momentos históricos en que las palabras tienen plomo, matan. Eso ocurrió aquí, en esta ciudad. No había ningún cargo verosímil. Fusilaron al alcalde y a los suyos, la gente honrada, demócrata, ilustrada, por culpa de una metáfora.

¿Qué es la mentira metafísica?, pregunté.

Imagina que la mentira se convierte en una creencia, apoyada en una supuesta verdad científica. Una síntesis de religión y ciencia. La mentira como única verdad establecida. Pero creo que lo explicó mejor el taxista. Cuando llegamos a la Avenida de Mayo le pedí que diéramos otra vuelta. Aquel hombre era un catedrático. Cada carrera, una lección magistral. No todo el mundo empieza con Los siete locos. Eso ya es propinarle una derrota a la estupidez. ¿Y qué pasa si otro día sube a ese mismo taxi un poeta que se llama Nicolás Olivari y le paga al taxista, porque se lo pide él, con un libro que lleva bajo el brazo? Era El gato escaldado, me dice el chofer, Aldo, ya sé el nombre. Y yo estoy a punto de abrazarlo, de proponerle ya la gran empresa editora transatlántica. El Taxista de Terranova, algo así.

¿De verdad era Olivari? ¿El poeta Olivari?

¡Sí, che, el mismísimo Olivari con El gato escaldado! Y Aldo, el taxista, me confesó: Yo, cuando quiero llorar, pero llorar llorar, nada de lloriquear, sino llorar como se llora en la soledad de una taberna sucia, para ver las lágrimas haciendo surcos de verdad en la piel sucia, pues entonces, cuando quiero llorar, escucho La Violeta.

Y nos fuimos a escuchar La Violeta a un boliche en Caballito, y como en ese momento no había quien la cantase, cantó Aldo:
…”


El último día de Terranova
Manuel Rivas
Alfagura, 2015
Página 126-129

10/12/2019

el último día de terranova, 6



“En la Cámara Estenopeica, colocadas a distintas alturas, había una colección de esferas, algunas hechas en la propia Terranova, en aquellos primeros tiempos en los que la librería era también bazar y tienda de disfraces. Por así decir, las esferas orbitaban por allí. En las paredes, las cartas de navegación, los carteles de grandes vapores transatlánticos, las reproducciones de láminas del Thesaurus de animales marinos, de las rosas de los vientos, y lo que nunca me cansaré de mirar, el grabado del faro de L’Enfant Perdu, en la Guayana. Pero también algunos afiches de teatro, de los que Eliseo decía que eran, a su manera, náufragos, y así lo parecían, entre sombras, como el del Retablo de fantoches de las Misiones Pedagógicas. Una vez dentro, nadie hubiera dicho que el cuarto era pequeño. Tampoco parecía un local cerrado, con paredes, sino una escenografía abstraída, con ese silencio que guarda todo lo escuchado y espera un timbre, una señal para expandirse.

Como ocurre con las risas de la fotografía posada en el gabinete, junto a otras, y al lado de la pequeña vitrina que guarda la Piedra del Rayo. Se trata de una foto que eclipsa las demás. ¿Por qué? Porque es una foto que se está riendo. Sí, se podían oír las risas. No eran estruendosas. No eran carcajadas. No eran risas a la cámara. Estas risas que fermentaban en la foto y transfiguraban todo. Tan punzantes o más que los rostros del dolor.

Hombres de lluvia aman el sol.

Eso decía, escrito a mano, en el pie de foto.

Y ese era el título del único libro de poemas de Amaro Fontana, impreso en la primavera de 1936, que nunca sería distribuido. Se convirtió en un libro invisible, incluso por deseo propio, pues él jamás se referiría a esa obra. Jamás volvería a la poesía. Corría el rumor de que estaba escribiendo una novela, La Piedra del Rayo. Y el rumor hablaba de una obra que mezclaba la investigación histórica y la novela criminal. Él jugaba con aquel misterio, algo, sí, bullía en su cabeza, sería una «caída de la inocencia» en la narrativa vigente, y no quedaba claro si con ello confirmaba o desmentía. Lo que sí quedaba claro era que todo su esfuerzo e interés se concentraban en el ensayo, en investigaciones que encadenaban sorprendentes relaciones por la técnica que él denominaba el Paso de las Piedras Prismáticas, que son las que forman un tipo de pasarela que permite cruzar un río de cierta profundidad. Una de las primeras Piedras Prismáticas, cuando todavía era universitario, se titulaba El ladrón de ganado, y trataba del abuelo materno de Ulises. Esa forma de iluminar la Odisea con imprevisibles chispazos hizo que fuese leído más allá del círculo de los estudios clásicos. Piezas como Ironía en el Hades, La flor de loto y la amnesia o Los árboles de la huerta de Ítaca fueron recibidas como textos de vanguardia, una nueva forma de escrutar la historia, como un presente recordado, y que los más enterados vinculaban con la teoría crítica que había florecido en Frankfurt. Y cuando escribió El Cíclope y el ojo panóptico del poder, en 1934, artículo en el que hacía una referencia a la amenaza autoritaria en Europa, ya firmó como Polytropos.

Allí estaban tres hombres que sonreían, sí, como chispazos.

En campo abierto, en un día soleado. Pero no estaban de paseo. Estaban zambullidos en el escenario de una excavación, como se podía ver por la intención geométrica de los surcos visibles a sus espaldas. A su lado, apoyadas en una tapia, herramientas para excavar. Nadie diría que vestían ropa de trabajo. Los tres llevaban corbata y jersey de pico. Incluso los botines, en los que recogían los bajos de los pantalones, parecían impolutos. La vestimenta invitaba a pensar en una sonrisa dominical. En una tarea festiva, más que en una obligación. Eran tres compañeros que parecían celebrar un hallazgo extraordinario: el hecho de estar juntos.

Los tres son jóvenes, aunque el del centro parece el más dinámico. El cabello, alborotado y rizo, al viento. Más o menos de la misma estatura los tres, el del centro, así, destaca un poco porque es él quien construye la unión. Abraza por los hombros a los otros dos. Otro detalle que lo hace más joven: él no lleva gafas, los otros dos, sí.

Garúa mira la foto. Es casi imposible ver esa imagen sin sonreír. Es el chispazo. Habría que ofrecer una resistencia sombría para no sumarse. Ella lo hace, está con ellos. Sonríe desde dentro.

El de la derecha, el del traje, es tu padre. Seguro. ¿Quiénes son los otros?

Tardé un rato en responder, no porque estuviese distraído o no supiese hacerlo, sino porque estaba viendo lo que ella no veía, las fotos que hay detrás de la foto, en el mismo marco, pero invisibles. Son dos fotografías. En una de ellas solo están mi padre y el tercer joven. Es una foto de estudio. Muy elegantes, repeinados. El joven está sentado, con las piernas cruzadas, y mi padre, a un lado, posa una mano en su hombro. Del otro lado, un pedestal con flores. Es una foto muy formal, de pareja. Tiene la fecha detrás, posterior a la excavación. En junio de 1936. La segunda es de menor tamaño, pero es una foto de grupo numeroso. Una reunión del Seminario de Estudios. Sobre las cabezas hay distintas señales minúsculas: punto, círculo, cruz. Estigmas del destino. Cárcel, exilio, muerte.

El de la izquierda es Eliseo. ¿No le ves el parecido?

Sí, Eliseo, claro. ¡Ja, mirá esos rulos! ¿Y el otro?

No lo sé muy bien, mentí. Un amigo de ellos. Un tal Atlas.

Lindo, este Atlas.

Garúa tiene ahora en sus manos el bifaz. La Piedra del Rayo.

Ella dice lo que también estoy pensando yo. Lo que pienso cada vez que la miro. Es extraña. Parece y no parece un arma. Parece y no un hacha. Es una piedra hechicera. Para tenerla así en las manos como la tiene ella.

¿Por qué la has llamado de esa forma, Piedra del Rayo?

Será mejor que se lo preguntes a él, a Amaro. Es el experto en piedras.

Y no lo dudó. Salió de la Cámara Estenopeica portando el bifaz no como lo habría hecho yo, sino con la solemnidad de quien lleva algo muy valioso y con el arrepentimiento de haberlo cogido y sacado de su sitio. Antes de que pregunte nada, todas las miradas, una a una, se van concentrando en la Piedra del Rayo. Amaro, Comba, Eliseo, los animales, los retratos de la galería de escritores, el reloj de la República, este último, un regalo enviado desde el exilio, dentro de un contrabando de libros. Lo llamaron así, el reloj de la República, porque estaba hecho para contar el tiempo que le quedaba a la Dictadura. Comba trata de ponerlo siempre en hora, pero no marcha muy bien.

Garúa escuchó la historia del Seminario de Estudios. Nacido con la misma vocación que la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes. Recuperar el tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al descubrimiento de la propia tierra.

Limpiar el país del miedo y de la ignorancia.

¿Quién dijo eso? ¿Había sido mi padre? Sí, había sido él.

Y ella escuchaba conmovida, porque ellos también se la contaban, aquella historia, como si fuera la primera vez tras décadas de silencio. Incluso a mí me pareció un relato nuevo aquello que creía conocer muy bien. Sí que lo había oído, pero con la distancia de quien descubre que es socio de un club al que le apuntaron desde la infancia, con la particularidad de que ese club triunfal ya no existe. Fue borrado. Aplastado. Derrotado.

No me interesaba el club.

No me interesaba el brillante historial de Polytropos, convertido en un hombre borrado.

No quería ser un esclavo de los libros. Los quería para leer, pero mi sueño no era precisamente ser un librero. Me resultaban curiosos aquellos hombres y mujeres que aprovechaban sus viajes de retorno de la emigración, o sus visitas, para traer libros en el doble fondo de la maleta. Admiraba al capitán Canzani, atravesando el Atlántico con su carga poética. Pero me interesaban por lo que tenían de contrabandistas, de clandestinos, de estar fuera de la ley. Los admiraba a ellos, no a los libros. ¡Todo el tiempo reclamando atención! Terranova podría existir sin libros. Comba, Amaro y Eliseo no vivían de los libros, vivían para los libros. La tienda de juguetes, de disfraces. Un ultramarinos. Un escaparate con cabezas de cerdos ensimismados en Carnaval. O Porco que Voa. El Cerdo Volante, sí. Un bar. Sí, sería magnífico un bar de marineros. El navy-bar Terranova.

¡Terranova podría vivir sin libros, carajo! El día que dije eso, la blasfemia largo tiempo rumiada, Comba y Amaro hicieron que no oían. Ni siquiera se miraron. Qué fracaso de provocación.”


E
l último día de Terranova
Manuel Rivas
Alfagura, 2015
Página 114-119

09/12/2019

el último día de terranova, 5



Entrevista en la revista télam, del 24 de abril de 2016

P: ¿Cómo te ubicás respecto de las dictaduras en España y Argentina?

R: Me siento un expatriado, me gustaría tener certificado de náufrago, me siento muy identificado con esa especie de sombra del exilio, porque la cultura española resistió y revivió en el exilio.
Muchos encontraron afecto en un viaje transatlántico, otros crearon frente a la derrota y no dejaron de luchar: en Buenos Aires surgieron revistas, nuevas editoriales que se convirtieron en referentes culturales.

Esa historia se ha contado poco. La Biblioteca Nacional de España es impresionante, pero tiene una laguna sobre literatura del exilio. Hay una biblioteca creada por gente universitaria que se llama la "Biblioteca del exilio", hay más de 1.500 libros recuperados, cosas que parecían perdidas, porque durante 50 años fueron quedando por el camino.

P:¿Entonces pensaste esta obra como un homenaje a quienes sufrieron el exilio desde las dos orillas?

R: De alguna manera hay un homenaje al exilio, a todo lo que significó. Hay un mundo anfibio: esa librería de Terranova tiene esa condición de anfibia, porque está sobre tierra, pero está como moviéndose en el mar, porque es como una galería, una corriente marina que se va uniendo con otros lugares, con América, con el exilio europeo.

Es un lugar donde uno tiene su propia psico-geografía, porque en la novela lo importante es esa geografía íntima, y por eso el narrador dice que busca en la línea del horizonte, donde está todo lo perdido, y lo busca detrás de la línea del horizonte, del exilio.

P: ¿De ahí la sensación de pérdida que aparece en la mayoría de los personajes?

R: Sí, de pérdida y de resistencia, lo que está encarnado en todos los personajes y especialmente en Garúa, que es una refugiada que huye de la represión y de la muerte de Argentina; pero también encarna la vuelta, el retorno del exilio, y lleva en sus alforjas esos libros, y es portadora de lo que habían llevado los exiliados, es portadora de libertad.

P: ¿Por qué elegiste que el protagonista Vicenzo estuviera afectado por la poliomielitis?

R: La poliomielitis es una enfermedad que tuvo efectos dramáticos masivos en España, conocí mucha gente afectada por esta enfermedad. Fue una enfermedad ocultada. Por eso detrás de esta novela, en la que confluyen varios géneros literarios, hay una historia de serie negra, porque la causa de que no se tratara a su debido tiempo la enfermedad cuando ya existían vacunas es porque se disputaban intereses por corrupción. Por eso el totalitarismo afecta el pensamiento, la cultura de la gente, pero realmente penetra en todo, también afecta los cuerpos, no solo porque los encarcela o tortura, y por eso Vicenzo dice "mi cuerpo es un manifiesto", como una metáfora de la dictadura.

A veces se decía en España que no había serie negra, pero yo digo que es mentira, porque las series negras en España son las novelas que tratan de ese período de la dictadura. Porque la mafia, la organización criminal de ese larguísimo período estaba en el poder, entonces de alguna forma son novelas de serie negra.

P: El libro lleva una dedicatoria a Elsa Oesterheld, ¿por qué?

R: Yo había hecho un reportaje sobre la familia Oesterheld que se publicó en la revista del diario El País, como "El desaparecido Hugo, una historia argentina". Además me habían regalado "El eternauta" y me impresionó ese libro que era una especie de profecía. Coincidí en Buenos Aires en una mesa con Elsa, por la presentación de un libro. Le dije que había leído "El eternauta" y empezamos a hablar, tuvimos una conversación de horas que siguió con una entrevista al otro día y a partir de ahí, en vez de estar diez días decidí quedarme dos meses.

Con ese reportaje la sensación que tuve es de no ser un pasajero, un turista, ni siquiera un periodista ocasional, fue una inmersión con gente que había conocido la muerte, el otro lado. Hablé con muchísima gente, de distintos lugares, fue durísimo, como hablar del franquismo en España. Para mí esa experiencia de inmersión que fue el trabajo con la familia Oesterheld me hizo llegar mucho a la gente.

P: ¿Quién fue el librero Molist al que también aludís en la dedicatoria, en qué medida inspiró este libro?

R: Fue uno de los primeros libreros que conocí, era de los que tenía libros prohibidos. A su librería llegaba la policía para interrogarlo, siempre estaba en vilo, era un auténtico librero. Cuando no iba a clase me hacia la taba -la rabona- iba a hablar con él porque para mí era como tener una clase maravillosa. No había nadie de mañana y estábamos los dos solos, y me quedó grabada una situación un día que entró una persona a comprar "Trilce", de Cesar Vallejo, y él no se lo quería vender. No quería vender por vender un libro al primero que entrase.

Para mí era insólito que alguien que tenía una tienda para vender ejerciera aquella protección con los libros para que no quedaran indefensos. Fue un auténtico librero, alguien que hace de una librería un lugar de memoria, de emoción.

P: En base a esa experiencia, ¿qué significado fueron adquiriendo las librerías y los libros en tu vida?

R: En la librería de Molist sentí la sensación de que estábamos como iguales con el librero, con las otras personas que venían, y con los autores, sentí que todos formábamos parte de ese espacio, los vivos y los muertos. Se rompía esa escisión entre vida y muerte. Se cumplía eso que querían los surrealistas de encontrar un lugar donde superar las contradicciones, la vida y la muerte, el pasado y el futuro. De alguna forma cuando las librerías están en vilo, estás con los personajes en pie de igualdad.

P: ¿Hasta qué punto la dictadura española pueden compararse con lo ocurrido en Argentina en cuanto al daño cultural?

R: La historia de la cultura es dramática. La propia cultura ha sido utilizada para aniquilar aquello que abría nuevas miradas.

Los inquisidores tenían mucha cultura y eran los encargados de quemar y censurar los libros. Hice un trabajo sobre el escritor español Eduardo Blanco Amor, amigo de Lorca, y perseguido no solo por sus ideas, sino por su homosexualidad que estuvo exiliado en Argentina.
Cuando intenta publicar su novela en gallego y castellano, "La Parranda", hubo un dictamen de la censura que dijo que era una historia escrita con una gran técnica, pero se recomendó su no publicación. En los años 70 se vuelve a presentar, y evalúan que es una novela escrita magníficamente, pero se recomienda eliminar ciertas partes porque pone en duda la honorabilidad de los defensores del orden.

A mí me llegó un dictamen del 75 sobre "Mascaró" de Haroldo Conti, en el que se hace un elogio de la obra, pero al final dice que "no puede dejar de ocultar su condición de obra inspirada en el marxismo, por lo que se recomienda su no publicación". Es tremendo, es el poder cultural que niega a la cultura.”

08/12/2019

el último día de terranova, 4




“Antón quedó un día con Eliseo para ir al puerto, con el propósito de saludar a unos compañeros de un bou vasco que hacía escala en ruta a Terranova. Él venía de ensayar una obra de teatro. Avanzó por el muelle haciendo de Charlot, practicando. Todavía llevaba la cara maquillada de blanco, con unas cejas de payaso.
Vete, dijo el padre. ¡No hace falta que subas!
Le explicó de dónde venía, que no le había dado tiempo a cambiarse, que Charlot, en El emigrante, etcétera, el golpe de mar, la causalidad. En Cierto Punto.
Ya, pero no quiero que subas. No vas a subir al barco.
Era un hombre muy sereno, pero de lenguaje endurecido:
Y vete. Tampoco quiero que te vean.
¿Qué pasaba? Eliseo sabía que estaba mal visto que a un barco subiesen los curas. Pero no tenía noticia de que la superstición afectase a los payasos. No podía pensar que fuese por desprecio o por sentido del ridículo ante los compañeros. A su padre le gustaba mucho la música. Respetaba las artes. Y habían ido todos juntos, con la abuela Nina y con Comba, a ver a Charlot en el Kiosco Alfonso. Y Antón se reía como el que más.
Pero no quiso que subiese disfrazado al barco. Y dijo algo muy extraño viniendo de él. Porque él tenía por grave insulto el de bichicoma, que era como llamaban los pescadores de Terranova a los que no daban golpe. Una adaptación de la expresión inglesa beach combers, los que iban al raque, lo que para ellos, forjados desde la infancia en el mar, era la peor deshonra: escaquearse, no mojarse.
Eso fue antes de irse a la que sería su última marea.
Dijo:
¡Júrame que no irás al mar! ¡Que no trabajarás nunca, Eliseo!
Viniendo de él, era una consigna demasiado perturbadora. Le había salido así, entre dientes y endurecida hasta el hueso. Eliseo temió que, en el fondo, estuviese asignándole esa condición, la de bichicoma. La de inútil. Pero lo que le estaba diciendo con un desasosiego que venía de la profundidad de los ojos era otra cosa. Una orden.
Respondió con asombro:
¡Viviré como un artista, padre!
También le salió una frase equívoca, pero parece que a Antón le resultó perfecta.
Eso es lo que yo quería oír.
Tosió. Una tos cavernosa. Un hombre que tosía dentro de él. Eso era lo que recordaba Eliseo de la despedida en el muelle. Cómo había dejado de toser porque apretaba todo: los puños, los dientes. Hermético. Tisis. Tuberculosis. Habían pedido medios para detectar bien estos accesos y darles un tratamiento. La respuesta de la compañía fue: Es un barco de pesca, no un transatlántico.
Había hecho su trabajo y el de otros. Extras como lañar el pescado y arrancar hígados, además del oficio de contramaestre. Y aquellos trabajos los pagaban en dólares. Cada vez que se hacía carbonada en puerto, echaban cuentas. Y él hacía hucha con todo. Tenía una misión. Tenía prisa. Cuando después de toser notaba sangre en la boca, metía la yema de los dedos para calentarlos. Era rápido y la mano obedecía la mirada. ¡Soy perito en hígados!, decía. Pero esa mano de rayo a veces se congelaba. Un hombre helado era un bulto en el barco. Así que el único remedio era pincharse con una aguja. Los dedos de las manos y de los pies. Reviviendo con la propia sangre. Otra vez la mano de rayo de Antón arrancando hígados. Hasta que la sangre que gotea en el hielo, que se mezcla con la de las manos y la de las entrañas del pescado, es la sangre del pecho.
Lo enterraron allá, en Terranova. Años después, en 1946, gracias a sus ahorros, a aquellos extras, Comba pudo abrir la librería.
Ahí está, en el centro de la galería de retratos de la pared, entre el poeta navegante Manuel Antonio y Ernest Hemingway, la foto de Antón Ponte.
¿Y ese qué escribió?, preguntó un día un cliente.
Recuerdo al tío Eliseo por una vez sin saber qué decir. Metido en la botella, intentando flotar. Un Charlot solitario en la Dársena, empapado de lluvia. El río desaparecido abriendo un surco en el maquillaje.
Ese escribió El último día de Terranova.


El último día de Terranova
Manuel Rivas
Alfagura, 2015
Página 52-55

la mort de les llibreries?





“Cada dos dies es perd una llibreria a Catalunya”

Article de W. Manrique publicat a El País el 4 de març de 2015

“N’obren algunes però en tanquen moltes més. Catalunya va passar de 601 llibreries el 2013 a 430 el 2014, un any amb un balanç negatiu ja que cada dos dies es perd una llibreria. Només a la província de Barcelona, van desaparèixer 132 llibreries, i es va passar de 458 a 326. Aquest tancament incessant també va afectar les comarques de Girona, que es van quedar amb 15 botigues de llibres menys; les de Tarragona, que en van perdre 8, i les de Lleida, que en van veure tancar 9. Tot i això, Catalunya és la comunitat autònoma on es venen més llibres. El primer trimestre del 2014, es van vendre el 20,9% del total dels llibres d’Espanya. Per darrere, Madrid, amb el 16,5%, i Andalusia amb l’11,4%.

Al mateix ritme s'escriu el declivi de les llibreries a la resta d'Espanya: cada dia se'n tanquen 2,5. En conjunt, en van morir 912 i en van néixer 226, i quan són més les que moren que les que neixen... el futur s'escurça. La lluita contra aquest destí, a través de la reinvenció d'aquests espais culturals durant els últims anys per atreure compradors, amb prou feines permet que el sector aguanti, sobreviuen 3.650 llibreries a tot Espanya i la caiguda de vendes no s'atura: el 18% des del 2011, han passat de facturar 870 milions d'euros a 707 l'any passat. Aquesta situació se suma al SOS llançat al febrer pels editors, en un país on el 35% de la gent no llegeix mai o només de vegades.

Aquest és el panorama crític que ha presentat aquest dimecres la Confederació Espanyola de Gremis i Associacions de Llibreters (CEGAL) al seu informe Observatori de la Llibreria 2014. “Una prova del desprestigi que viu el llibre a la societat espanyola per la seva pèrdua de valor com a element central de la cultura”, es lamenta Juan Miguel Salvador, de la llibreria Diógenes i responsable d'estudis de CEGAL. Això, a causa d'una confluència de factors que inclou no només la crisi econòmica i la irrupció de la tecnologia i de nous operadors globals i virtuals, “sinó també per la falta de polítiques adequades per a la lectura, una major campanya de màrqueting i activitats dinamitzadores per la nostra banda i del compromís de la societat i la família davant del llibre”, assegura Pilar Gallego, presidenta de CEGAL i del Gremi de Llibreters de Madrid. Una prova més de la caiguda del consum de béns culturals a Espanya, que en sis anys ha baixat un 27%.

El mapa de les llibreries està esquerdat. L'estudi recull les dades fins a l'agost del 2014 i només inclou les llibreries independents, aquelles en el seu sentit més clàssic, junt amb establiments que encara que ofereixin altres serveis la seva facturació de llibres és superior al 50%. Amb aquestes característiques hi ha 3.650 locals, 686 menys que el 2013 (que eren 4.336). “És una trista notícia per a un país que es tanquin tantes llibreries perquè n'hi ha moltes amb tradició, espais que han ajudat a millorar la societat”, afirma Gallego. Però la situació també mostra una cara positiva, “la de gent que, malgrat tot, creu en els llibres i s'arrisca a obrir llibreries, encara que siguin petites, especialment a Madrid, Barcelona i València”.

Aquest relleu generacional fa que el 20% del total d'aquests establiments (728) hagin estat fundats en aquest segle XXI. A Barcelona, d'obertura recent hi ha la Calders, La impossible o No llegiu, les dues últimes amb noms que denoten que són d'un altre segle. De les llibreries antigues, de les del 1940 cap enrere només en queden 103. Herois, bojos o insensats del llibre en un món de canvis vertiginosos que empeny a la reconversió o liquida models de negoci a un ritme inesperat, imprevisible. “Potser ens ha faltat ser un col·lectiu més solidari per denunciar més alt i clar l'arribada o la intromissió de nous venedors de llibres amb no gaire bones pràctiques que han tret una quota de mercat important”, es lamenta la presidenta de CEGAL. Però recorda que les llibreries s'han modernitzat en tots els aspectes a una gran velocitat davant dels canvis d'hàbits, no només com a espais físics més atractius, sinó que també han ampliat el concepte de llibreria en incorporar o habilitar racons per prendre cafè i xerrar, fins a vendre productes limítrofs al llibre. "Tot i que es veu insuficient".

A aquest mea culpa se suma la reflexió de Juan Miguel Salvador, que no descarta que, potser, ells com a llibreters van arribar una mica tard a la tasca dinamitzadora per crear i conquistar lectors: “És possible que no hàgim articulat un discurs convincent cap a la societat que vinculés el llibre amb valors positius i moderns. D'associar-ho al seu imperible valor en el desenvolupament i formació de l'individu i com a objecte primordial en el progrés de la societat i no com un article de luxe". Mentre que la tecnologia i els seus propagandistes, agrega, "han aconseguit vincular-se amb conceptes com novetat, rapidesa, actualitat, etcètera". Salvador lamenta que les qualitats del llibre no estiguin de moda: "Em refereixo a l'atenció, la profunditat, l'obra acabada, el respecte i l'estima per la feina ben feta, objectes per conservar i no d'un sol ús, etcètera, que responen a un món més pausat i reflexiu". No obstant això, està convençut que per al món que ve, "que haurà de ser respectuós amb límits nous i més severs i per tant menys accelerat, el llibre potser està més ben adaptat que bona part de la tecnologia actual.

Enmig d'aquest remolí de crisi, dades, causes i conseqüències, Pilar Gallego es pregunta quin ha estat el paper dels mitjans de comunicació en aquest procés. Durant els últims anys, diu, "els espais per a la cultura s'han reduït i això ha creat un buit en la societat. La televisió, que és el més massiu, no ofereix res, els telenotícies amb prou feines esmenten els llibres. La crisi ha fet que els diaris retallin les seves pàgines llançant un mal missatge al lector. Molts suplements especialitzats s'han tancat i els que queden han reduït pàgines i han alleugerit el contingut. Han deixat de ser un punt de referència per a la gent que abans venia a comprar un llibre amb el retall de diari a la mà. Això s'està perdent a una gran velocitat”.

Els llibreters de tota la vida saben que són una de les baules més fràgils de la cadena de valor del llibre. Més enllà dels espais físics, la prova és la venda online: el 95% correspon a les grans superfícies, llibreries i cadenes molt grans com Casa del Llibre i operadors globals com Amazon. És a dir, que a les llibreries independents els queda només el 5% de la quota de mercat virtual. Davant d'això van decidir unir forces i van crear www.todostuslibros.com.

Reinvencions i fórmules que amb prou feines sostenen un dels sectors clau al món del llibre, l'aportació del qual en els seus diferents sectors al producte interior brut és del 0,7%, el que més aporta de la indústria cultural. Per això esperen que quan el sector presenti al Govern espanyol el pla integral de foment de la lectura arribin a un acord ràpid i la seva aplicació sigui immediata, permanent i en contínua renovació, d'acord amb els temps analògics i digitals”.

Xifres del declivi:

1.       A Catalunya hi ha 430 llibreries independents i, a Espanya, 3.650.

2.       Hi ha 5,7 llibreries per cada 100.000 habitants a Catalunya i 7,8 a Espanya.

3.       Galícia, amb 14,4, és la comunitat autònoma amb més llibreries per cada 100.000 persones. La segueixen La Rioja (11,9) i Canàries (11).

4.       La Comunitat de Madrid, amb un 17,1%, és la que més llibreries té sobre el total d'Espanya. La segueixen Andalusia (12,1%) i Catalunya (11,8%).

5.       Per anys de fundació, d'abans del 1940 només queden 103 llibreries a tot Espanya. Des del 2000 se n'han creat 728 (20% del total avui).

6.       Les principals activitats dinamitzadores de les llibreries per atreure compradors són: presentacions (31,1%), conta-contes (18,9%), conferències (15,6%), publicació de catàlegs (10,9%), animació de la lectura (12,8%) i altres activitats (24,1%).

7.       La tipologia és: especialitzades (27,6%), general amb especialització (9,25%), general de fons (27,9%) i general de proximitat (35,4%).

8.       Per facturació: només l'1% de les llibreries facturen més d'un milió i mig d'euros. Entre 600.000 i 1,5 milions, el 4,7%. Entre 300.000 i 600.000, el 9,8%. Entre 150.000 i 300.000, el 17,7%. Entre 90.000 i 150.000, el 14,8%. Entre 30.000 i 90.000, el 28,6% i menys de 30.000, el 23,4%.


07/12/2019

el último día de terranova, 3




“La librería Terranova está en “liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante relación de términos amenazadores. No es una de aquellas librerías de los años finales del franquismo, que se llamaban Rayuela, Macondo o Jarama porque tenían dueños jóvenes, progresistas y entusiastas. Esta lo ha sido también, pero su pedigrí era mucho más veterano y Manuel Rivas cuenta que la fundaron en 1935 un grupo de amigos: Amaro Fontana, galleguista y profesor de lenguas clásicas, ensayista certero y oculto, miembro del venerable Seminario de Estudos Galegos, que se suicidó al final de una vida de frustración y contumacia, y Comba, su tenacísima esposa, apasionada desde niña por los libros; con ellos estuvo un marinero en tierra, Eliseo, que siempre ocultó su condición homosexual y fantaseó sobre los viajes imaginarios que le llevaban a pasear por La Habana Vieja con Lorca, Guillén (Nicolás), ­Langston (Hughes) y Lezama (Lima), o a conocer a Borges en Buenos Aires y a María Zambrano y su hermana Araceli en Roma. El sucesor y heredero, Vicenzo Fontana, ya en la sesentena, carga ese fardo esplendoroso al que suma una dramática huella de la zarpa franquista: fue víctima de uno de los crónicos episodios de poliomielitis, que el Gobierno español minimizó, y vivió años en un pulmón de acero. Sobrevivió al tratamiento y fue un rebelde —hasta donde pudo— en los años locos en que escribió letras de rock y la librería tuvo incluso un confidente policial de plantilla. Ahora, Vicenzo, víctima del rebrote de la enfermedad de su infancia, se enfrenta a algo peor que la persecución ideológica: la especulación urbanística que tiene cercado a su negocio y ha señalado su fin.

Nos hallamos ante una animada rapsodia de la historia intelectual y moral de A Coruña, y de Galicia, salpicada de historias picarescas, fantasiosas y alguna muy trágica: hay un cura exclaustrado al que llaman Sibelius, un drogadicto imaginativo y rebelde, Dombodán, otros perdularios de diversa condición, un perro que nunca ladra y un montón de gatos, que quizá suplen la imagen de las alimañas sacrificadas a finales de los cincuenta por estúpida orden gubernativa. De esos años, queda también la huella de una mujer joven, Garúa, una argentina cuya “forma de andar era giratoria”. Se parece —sueña Vicenzo— a Dita Parlo, el personaje de L’Atalante, la película mítica de Jean Vigo, pero también tiene mucho de la Maga de Julio Cortázar, arbitraria, imprevisible, libre. Ella “anhela, implora realidad” aunque, en rigor, habita la fantasía para evitarla: huyó de Argentina en los setenta pero volvió para morir a manos de una policía que tiene contactos importantes con la española. En el horizonte de Madrid estaba entonces la sombría inminencia del 23-F, y en Buenos Aires, el sangriento episodio de las Malvinas y el naufragio de la dictadura.

El último día de Terranova es un voto sentimental por haber podido habitar aquel mundo, aunque fuera desde el puente de mando de aquella extraña librería, poblada por sentimentales comprometidos e irresponsables que ven el mundo a su manera, desde su “cámara estenopeica” (en rigor, tal cosa es la más primitiva forma de cámara fotográfica — una caja oscura, que concentra los rayos y una superficie en que reflejarse—). De esa vida vicaria se alimentan… Y, por supuesto, de los libros que traen con riesgo y que venden y prestan, o que les roban… Porque si esta novela es la elegía de una forma de vida —a veces, demasiado tocada de sentimentalismo retrospectivo—, El último día de Terranova también es una denuncia del fin de una forma de transmisión cultural, basada en la frágil solidez de los libros, la fe de los lectores y la gloria de quienes los escribieron. Al hilo de estas páginas, los libros brillan como fuegos de San Telmo en una navegación peligrosa: alguien ha pedido que le traigan un ejemplar de Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus; una joven policía confiesa que robó en su juventud los Himnos a la noche; unos recuerdan los bonitos libros de la Fabril Editora porteña, y otros, cómo llegaban de Coimbra los ejemplares de A criaçâo do mondo, de Miguel Torga, o celebran la (poco verosímil) vecindad de la revista gallega Alfar y la surrealista Minotaure. Pero incluso la imprecisión cronológica añade calidez a este alegato… Otra novela de Rivas, Los libros arden mal (2006), fue la conmovedora epopeya de la muerte y supervivencia de la letra impresa en tiempos bélicos; esta de ahora es el aviso de que también puede morir en la guerra que le ha levantado la incultura galopante.”


José Carlos Mainer
El País
27/11/2015

06/12/2019

la poesía

Fachada de la librería La Poesía, de A Coruña, que inspiro a Manuel Rivas en la creación de la novela. 
Fue la más antigua de la ciudad, fundada en 1948. 
Cerró sus puertas el 31 de agosto de 2016

Presentación del libro El último día de Terranova, de Manuel Rivas, en la Sala Victoria Ocampo, de Buenos Aires, el día 24 de Abril de 2016, en el marco de la 42. ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.