11/12/2019
10/12/2019
el último día de terranova, 6
“En la Cámara
Estenopeica, colocadas a distintas alturas, había una colección de esferas,
algunas hechas en la propia Terranova, en aquellos primeros tiempos en los que
la librería era también bazar y tienda de disfraces. Por así decir, las esferas
orbitaban por allí. En las paredes, las cartas de navegación, los carteles de
grandes vapores transatlánticos, las reproducciones de láminas del Thesaurus
de animales marinos, de las rosas de los vientos, y lo que nunca me cansaré
de mirar, el grabado del faro de L’Enfant
Perdu, en la Guayana. Pero también algunos afiches de teatro, de los que
Eliseo decía que eran, a su manera, náufragos, y así lo parecían, entre sombras,
como el del Retablo de fantoches de las Misiones Pedagógicas. Una vez
dentro, nadie hubiera dicho que el cuarto era pequeño. Tampoco parecía un local
cerrado, con paredes, sino una escenografía abstraída, con ese silencio que
guarda todo lo escuchado y espera un timbre, una señal para expandirse.
Como ocurre con
las risas de la fotografía posada en el gabinete, junto a otras, y al lado de
la pequeña vitrina que guarda la Piedra del Rayo. Se trata de una foto que
eclipsa las demás. ¿Por qué? Porque es una foto que se está riendo. Sí, se podían
oír las risas. No eran estruendosas. No eran carcajadas. No eran risas a la cámara.
Estas risas que fermentaban en la foto y transfiguraban todo. Tan punzantes o más
que los rostros del dolor.
Hombres de lluvia
aman el sol.
Eso decía,
escrito a mano, en el pie de foto.
Y ese era el título
del único libro de poemas de Amaro Fontana, impreso en la primavera de 1936,
que nunca sería distribuido. Se convirtió en un libro invisible, incluso por
deseo propio, pues él jamás se referiría a esa obra. Jamás volvería a la poesía.
Corría el rumor de que estaba escribiendo una novela, La Piedra del Rayo. Y
el rumor hablaba de una obra que mezclaba la investigación histórica y la
novela criminal. Él jugaba con aquel misterio, algo, sí, bullía en su cabeza,
sería una «caída de la inocencia» en la narrativa vigente, y no quedaba claro
si con ello confirmaba o desmentía. Lo que sí quedaba claro era que todo su
esfuerzo e interés se concentraban en el ensayo, en investigaciones que
encadenaban sorprendentes relaciones por la técnica que él denominaba el Paso
de las Piedras Prismáticas, que son las que forman un tipo de pasarela que
permite cruzar un río de cierta profundidad. Una de las primeras Piedras Prismáticas,
cuando todavía era universitario, se titulaba El ladrón de ganado, y
trataba del abuelo materno de Ulises. Esa forma de iluminar la Odisea con
imprevisibles chispazos hizo que fuese leído más allá del círculo de los
estudios clásicos. Piezas como Ironía en el Hades, La flor de loto y la
amnesia o Los árboles de la huerta de Ítaca fueron recibidas como
textos de vanguardia, una nueva forma de escrutar la historia, como un presente
recordado, y que los más enterados vinculaban con la teoría crítica que había
florecido en Frankfurt. Y cuando escribió El Cíclope y el ojo panóptico del
poder, en 1934, artículo en el que hacía una referencia a la amenaza
autoritaria en Europa, ya firmó como Polytropos.
Allí estaban tres
hombres que sonreían, sí, como chispazos.
En campo abierto,
en un día soleado. Pero no estaban de paseo. Estaban zambullidos en el
escenario de una excavación, como se podía ver por la intención geométrica de
los surcos visibles a sus espaldas. A su lado, apoyadas en una tapia,
herramientas para excavar. Nadie diría que vestían ropa de trabajo. Los tres
llevaban corbata y jersey de pico. Incluso los botines, en los que recogían los
bajos de los pantalones, parecían impolutos. La vestimenta invitaba a pensar en
una sonrisa dominical. En una tarea festiva, más que en una obligación. Eran
tres compañeros que parecían celebrar un hallazgo extraordinario: el hecho de
estar juntos.
Los tres son jóvenes,
aunque el del centro parece el más dinámico. El cabello, alborotado y rizo, al
viento. Más o menos de la misma estatura los tres, el del centro, así, destaca
un poco porque es él quien construye la unión. Abraza por los hombros a los
otros dos. Otro detalle que lo hace más joven: él no lleva gafas, los otros
dos, sí.
Garúa mira la
foto. Es casi imposible ver esa imagen sin sonreír. Es el chispazo. Habría que
ofrecer una resistencia sombría para no sumarse. Ella lo hace, está con ellos.
Sonríe desde dentro.
El de la derecha,
el del traje, es tu padre. Seguro. ¿Quiénes son los otros?
Tardé un rato en
responder, no porque estuviese distraído o no supiese hacerlo, sino porque
estaba viendo lo que ella no veía, las fotos que hay detrás de la foto, en el
mismo marco, pero invisibles. Son dos fotografías. En una de ellas solo están
mi padre y el tercer joven. Es una foto de estudio. Muy elegantes, repeinados.
El joven está sentado, con las piernas cruzadas, y mi padre, a un lado, posa
una mano en su hombro. Del otro lado, un pedestal con flores. Es una foto muy
formal, de pareja. Tiene la fecha detrás, posterior a la excavación. En junio
de 1936. La segunda es de menor tamaño, pero es una foto de grupo numeroso. Una
reunión del Seminario de Estudios. Sobre las cabezas hay distintas señales minúsculas:
punto, círculo, cruz. Estigmas del destino. Cárcel, exilio, muerte.
El de la
izquierda es Eliseo. ¿No le ves el parecido?
Sí, Eliseo,
claro. ¡Ja, mirá esos rulos! ¿Y el otro?
No lo sé muy bien,
mentí. Un amigo de ellos. Un tal Atlas.
Lindo, este
Atlas.
Garúa tiene ahora
en sus manos el bifaz. La Piedra del Rayo.
Ella dice lo que
también estoy pensando yo. Lo que pienso cada vez que la miro. Es extraña.
Parece y no parece un arma. Parece y no un hacha. Es una piedra hechicera. Para
tenerla así en las manos como la tiene ella.
¿Por qué la has
llamado de esa forma, Piedra del Rayo?
Será mejor que se
lo preguntes a él, a Amaro. Es el experto en piedras.
Y no lo dudó.
Salió de la Cámara Estenopeica portando el bifaz no como lo habría hecho yo,
sino con la solemnidad de quien lleva algo muy valioso y con el arrepentimiento
de haberlo cogido y sacado de su sitio. Antes de que pregunte nada, todas las
miradas, una a una, se van concentrando en la Piedra del Rayo. Amaro, Comba,
Eliseo, los animales, los retratos de la galería de escritores, el reloj de la
República, este último, un regalo enviado desde el exilio, dentro de un
contrabando de libros. Lo llamaron así, el reloj de la República, porque estaba
hecho para contar el tiempo que le quedaba a la Dictadura. Comba trata de
ponerlo siempre en hora, pero no marcha muy bien.
Garúa escuchó la
historia del Seminario de Estudios. Nacido con la misma vocación que la
Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes. Recuperar el
tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al
descubrimiento de la propia tierra.
Limpiar el país
del miedo y de la ignorancia.
¿Quién dijo eso? ¿Había
sido mi padre? Sí, había sido él.
Y ella escuchaba
conmovida, porque ellos también se la contaban, aquella historia, como si fuera
la primera vez tras décadas de silencio. Incluso a mí me pareció un relato
nuevo aquello que creía conocer muy bien. Sí que lo había oído, pero con la
distancia de quien descubre que es socio de un club al que le apuntaron desde
la infancia, con la particularidad de que ese club triunfal ya no existe. Fue
borrado. Aplastado. Derrotado.
No me interesaba
el club.
No me interesaba
el brillante historial de Polytropos, convertido en un hombre borrado.
No quería ser un
esclavo de los libros. Los quería para leer, pero mi sueño no era precisamente
ser un librero. Me resultaban curiosos aquellos hombres y mujeres que
aprovechaban sus viajes de retorno de la emigración, o sus visitas, para traer
libros en el doble fondo de la maleta. Admiraba al capitán Canzani, atravesando
el Atlántico con su carga poética. Pero me interesaban por lo que tenían de
contrabandistas, de clandestinos, de estar fuera de la ley. Los admiraba a
ellos, no a los libros. ¡Todo el tiempo reclamando atención! Terranova podría
existir sin libros. Comba, Amaro y Eliseo no vivían de los libros, vivían para
los libros. La tienda de juguetes, de disfraces. Un ultramarinos. Un escaparate
con cabezas de cerdos ensimismados en Carnaval. O Porco que Voa. El
Cerdo Volante, sí. Un bar. Sí, sería magnífico un bar de marineros. El navy-bar
Terranova.
¡Terranova podría
vivir sin libros, carajo! El día que dije eso, la blasfemia largo tiempo
rumiada, Comba y Amaro hicieron que no oían. Ni siquiera se miraron. Qué
fracaso de provocación.”
El último día de Terranova
Manuel Rivas
Alfagura, 2015
Página 114-119
09/12/2019
el último día de terranova, 5
Entrevista en la revista télam, del 24 de abril de 2016
P: ¿Cómo te ubicás respecto de las dictaduras en España y
Argentina?
R: Me siento un expatriado, me gustaría tener certificado de
náufrago, me siento muy identificado con esa especie de sombra del exilio,
porque la cultura española resistió y revivió en el exilio.
Muchos encontraron afecto en un
viaje transatlántico, otros crearon frente a la derrota y no dejaron de luchar:
en Buenos Aires surgieron revistas, nuevas editoriales que se convirtieron en
referentes culturales.
Esa historia se ha contado poco.
La Biblioteca Nacional de España es impresionante, pero tiene una laguna sobre
literatura del exilio. Hay una biblioteca creada por gente universitaria que se
llama la "Biblioteca del exilio", hay más de 1.500 libros
recuperados, cosas que parecían perdidas, porque durante 50 años fueron
quedando por el camino.
P:¿Entonces pensaste esta obra como un homenaje a quienes sufrieron
el exilio desde las dos orillas?
R: De alguna manera hay un homenaje al exilio, a todo lo que
significó. Hay un mundo anfibio: esa librería de Terranova tiene esa condición
de anfibia, porque está sobre tierra, pero está como moviéndose en el mar,
porque es como una galería, una corriente marina que se va uniendo con otros
lugares, con América, con el exilio europeo.
Es un lugar donde uno tiene su
propia psico-geografía, porque en la novela lo importante es esa geografía
íntima, y por eso el narrador dice que busca en la línea del horizonte, donde
está todo lo perdido, y lo busca detrás de la línea del horizonte, del exilio.
P: ¿De ahí la sensación de pérdida que aparece en la mayoría de los
personajes?
R: Sí, de pérdida y de resistencia, lo que está encarnado en todos
los personajes y especialmente en Garúa, que es una refugiada que huye de la
represión y de la muerte de Argentina; pero también encarna la vuelta, el
retorno del exilio, y lleva en sus alforjas esos libros, y es portadora de lo
que habían llevado los exiliados, es portadora de libertad.
P: ¿Por qué elegiste que el protagonista Vicenzo estuviera afectado
por la poliomielitis?
R: La poliomielitis es una enfermedad que tuvo efectos dramáticos
masivos en España, conocí mucha gente afectada por esta enfermedad. Fue una
enfermedad ocultada. Por eso detrás de esta novela, en la que confluyen varios
géneros literarios, hay una historia de serie negra, porque la causa de que no
se tratara a su debido tiempo la enfermedad cuando ya existían vacunas es
porque se disputaban intereses por corrupción. Por eso el totalitarismo afecta
el pensamiento, la cultura de la gente, pero realmente penetra en todo, también
afecta los cuerpos, no solo porque los encarcela o tortura, y por eso Vicenzo
dice "mi cuerpo es un manifiesto", como una metáfora de la dictadura.
A veces se decía en España que no
había serie negra, pero yo digo que es mentira, porque las series negras en
España son las novelas que tratan de ese período de la dictadura. Porque la
mafia, la organización criminal de ese larguísimo período estaba en el poder,
entonces de alguna forma son novelas de serie negra.
P: El libro lleva una dedicatoria a Elsa Oesterheld, ¿por qué?
R: Yo había hecho un reportaje sobre la familia Oesterheld que se publicó en la revista
del diario El País, como "El desaparecido Hugo, una historia
argentina". Además me habían regalado "El eternauta" y me impresionó ese libro que era una
especie de profecía. Coincidí en Buenos Aires en una mesa con Elsa, por la
presentación de un libro. Le dije que había leído "El eternauta" y empezamos a hablar, tuvimos una
conversación de horas que siguió con una entrevista al otro día y a partir de
ahí, en vez de estar diez días decidí quedarme dos meses.
Con ese reportaje la sensación
que tuve es de no ser un pasajero, un turista, ni siquiera un periodista
ocasional, fue una inmersión con gente que había conocido la muerte, el otro
lado. Hablé con muchísima gente, de distintos lugares, fue durísimo, como
hablar del franquismo en España. Para mí esa experiencia de inmersión que fue
el trabajo con la familia Oesterheld me
hizo llegar mucho a la gente.
P: ¿Quién fue el librero Molist
al que también aludís en la dedicatoria, en qué medida inspiró este libro?
R: Fue uno de los primeros libreros que conocí, era de los que
tenía libros prohibidos. A su librería llegaba la policía para interrogarlo,
siempre estaba en vilo, era un auténtico librero. Cuando no iba a clase me
hacia la taba -la rabona- iba a hablar con él porque para mí era como tener una
clase maravillosa. No había nadie de mañana y estábamos los dos solos, y me
quedó grabada una situación un día que entró una persona a comprar "Trilce", de Cesar Vallejo, y él no se lo quería
vender. No quería vender por vender un libro al primero que entrase.
Para mí era insólito que alguien
que tenía una tienda para vender ejerciera aquella protección con los libros para
que no quedaran indefensos. Fue un auténtico librero, alguien que hace de una
librería un lugar de memoria, de emoción.
P: En base a esa experiencia, ¿qué significado fueron adquiriendo
las librerías y los libros en tu vida?
R: En la librería de Molist sentí
la sensación de que estábamos como iguales con el librero, con las otras
personas que venían, y con los autores, sentí que todos formábamos parte de ese
espacio, los vivos y los muertos. Se rompía esa escisión entre vida y muerte.
Se cumplía eso que querían los surrealistas de encontrar un lugar donde superar
las contradicciones, la vida y la muerte, el pasado y el futuro. De alguna
forma cuando las librerías están en vilo, estás con los personajes en pie de
igualdad.
P: ¿Hasta qué punto la dictadura española pueden compararse con lo
ocurrido en Argentina en cuanto al daño cultural?
R: La historia de la cultura es dramática. La propia cultura ha
sido utilizada para aniquilar aquello que abría nuevas miradas.
Los inquisidores tenían mucha
cultura y eran los encargados de quemar y censurar los libros. Hice un trabajo
sobre el escritor español Eduardo Blanco
Amor, amigo de Lorca, y
perseguido no solo por sus ideas, sino por su homosexualidad que estuvo
exiliado en Argentina.
Cuando intenta publicar su novela
en gallego y castellano, "La
Parranda", hubo un dictamen de la censura que dijo que era una
historia escrita con una gran técnica, pero se recomendó su no publicación. En
los años 70 se vuelve a presentar, y evalúan que es una novela escrita
magníficamente, pero se recomienda eliminar ciertas partes porque pone en duda
la honorabilidad de los defensores del orden.
A mí me llegó un dictamen del 75
sobre "Mascaró" de Haroldo Conti, en el que se hace un
elogio de la obra, pero al final dice que "no puede dejar de ocultar su
condición de obra inspirada en el marxismo, por lo que se recomienda su no
publicación". Es tremendo, es el poder cultural que niega a la cultura.”
08/12/2019
el último día de terranova, 4
“Antón quedó un día con Eliseo
para ir al puerto, con el propósito de saludar a unos compañeros de un bou
vasco que hacía escala en ruta a Terranova. Él venía de ensayar una obra de
teatro. Avanzó por el muelle haciendo de Charlot, practicando. Todavía llevaba
la cara maquillada de blanco, con unas cejas de payaso.
Vete, dijo el padre. ¡No hace
falta que subas!
Le explicó de dónde venía, que
no le había dado tiempo a cambiarse, que Charlot, en El emigrante, etcétera, el
golpe de mar, la causalidad. En Cierto Punto.
Ya, pero no quiero que subas. No
vas a subir al barco.
Era un hombre muy sereno, pero
de lenguaje endurecido:
Y vete. Tampoco quiero que te
vean.
¿Qué pasaba? Eliseo sabía que
estaba mal visto que a un barco subiesen los curas. Pero no tenía noticia de
que la superstición afectase a los payasos. No podía pensar que fuese por
desprecio o por sentido del ridículo ante los compañeros. A su padre le gustaba
mucho la música. Respetaba las artes. Y habían ido todos juntos, con la abuela
Nina y con Comba, a ver a Charlot en el Kiosco Alfonso. Y Antón se reía como el
que más.
Pero no quiso que subiese
disfrazado al barco. Y dijo algo muy extraño viniendo de él. Porque él tenía
por grave insulto el de bichicoma,
que era como llamaban los pescadores de Terranova a los que no daban golpe. Una
adaptación de la expresión inglesa beach
combers, los que iban al raque, lo que para ellos, forjados desde la
infancia en el mar, era la peor deshonra: escaquearse, no mojarse.
Eso fue antes de irse a la que
sería su última marea.
Dijo:
¡Júrame que no irás al mar! ¡Que
no trabajarás nunca, Eliseo!
Viniendo de él, era una consigna
demasiado perturbadora. Le había salido así, entre dientes y endurecida hasta
el hueso. Eliseo temió que, en el fondo, estuviese asignándole esa condición,
la de bichicoma. La de inútil. Pero
lo que le estaba diciendo con un desasosiego que venía de la profundidad de los
ojos era otra cosa. Una orden.
Respondió con asombro:
¡Viviré como un artista, padre!
También le salió una frase
equívoca, pero parece que a Antón le resultó perfecta.
Eso es lo que yo quería oír.
Tosió. Una tos cavernosa. Un
hombre que tosía dentro de él. Eso era lo que recordaba Eliseo de la despedida
en el muelle. Cómo había dejado de toser porque apretaba todo: los puños, los
dientes. Hermético. Tisis. Tuberculosis. Habían pedido medios para detectar
bien estos accesos y darles un tratamiento. La respuesta de la compañía fue: Es
un barco de pesca, no un transatlántico.
Había hecho su trabajo y el de
otros. Extras como lañar el pescado y arrancar hígados, además del oficio de
contramaestre. Y aquellos trabajos los pagaban en dólares. Cada vez que se
hacía carbonada en puerto, echaban cuentas. Y él hacía hucha con todo. Tenía
una misión. Tenía prisa. Cuando después de toser notaba sangre en la boca,
metía la yema de los dedos para calentarlos. Era rápido y la mano obedecía la
mirada. ¡Soy perito en hígados!, decía. Pero esa mano de rayo a veces se
congelaba. Un hombre helado era un bulto en el barco. Así que el único remedio
era pincharse con una aguja. Los dedos de las manos y de los pies. Reviviendo
con la propia sangre. Otra vez la mano de rayo de Antón arrancando hígados.
Hasta que la sangre que gotea en el hielo, que se mezcla con la de las manos y
la de las entrañas del pescado, es la sangre del pecho.
Lo enterraron allá, en
Terranova. Años después, en 1946, gracias a sus ahorros, a aquellos extras,
Comba pudo abrir la librería.
Ahí está, en el centro de la
galería de retratos de la pared, entre el poeta navegante Manuel Antonio y
Ernest Hemingway, la foto de Antón Ponte.
¿Y ese qué escribió?, preguntó
un día un cliente.
Recuerdo al tío Eliseo por una
vez sin saber qué decir. Metido en la botella, intentando flotar. Un Charlot
solitario en la Dársena, empapado de lluvia. El río desaparecido abriendo un
surco en el maquillaje.
Ese escribió El último día de Terranova.
El último día de Terranova
Manuel Rivas
Alfagura, 2015
Página 52-55
la mort de les llibreries?
“Cada dos dies es perd una llibreria a Catalunya”
Article de W. Manrique publicat a El País el 4 de març de 2015
“N’obren algunes però en tanquen moltes més. Catalunya va passar de 601
llibreries el 2013 a 430 el 2014, un any amb un balanç negatiu ja que cada dos
dies es perd una llibreria. Només a la província de Barcelona, van desaparèixer
132 llibreries, i es va passar de 458 a 326. Aquest tancament incessant també
va afectar les comarques de Girona, que es van quedar amb 15 botigues de
llibres menys; les de Tarragona, que en van perdre 8, i les de Lleida, que en
van veure tancar 9. Tot i això, Catalunya és la comunitat autònoma on es venen
més llibres. El primer trimestre del 2014, es van vendre el 20,9% del total
dels llibres d’Espanya. Per darrere, Madrid, amb el 16,5%, i Andalusia amb
l’11,4%.
Al mateix ritme s'escriu el declivi de les llibreries a la resta d'Espanya:
cada dia se'n tanquen 2,5. En conjunt, en van morir 912 i en van néixer 226, i
quan són més les que moren que les que neixen... el futur s'escurça. La lluita
contra aquest destí, a través de la reinvenció d'aquests espais culturals
durant els últims anys per atreure compradors, amb prou feines permet que el
sector aguanti, sobreviuen 3.650 llibreries a tot Espanya i la caiguda de
vendes no s'atura: el 18% des del 2011, han passat de facturar 870 milions
d'euros a 707 l'any passat. Aquesta situació se suma al SOS llançat al febrer
pels editors, en un país on el 35% de la gent no llegeix mai o només de
vegades.
Aquest és el panorama crític que ha presentat aquest dimecres la
Confederació Espanyola de Gremis i Associacions de Llibreters (CEGAL) al seu
informe Observatori de la Llibreria 2014. “Una prova del desprestigi que viu el
llibre a la societat espanyola per la seva pèrdua de valor com a element
central de la cultura”, es lamenta Juan
Miguel Salvador, de la llibreria Diógenes
i responsable d'estudis de CEGAL. Això, a causa d'una confluència de factors
que inclou no només la crisi econòmica i la irrupció de la tecnologia i de nous
operadors globals i virtuals, “sinó també per la falta de polítiques adequades
per a la lectura, una major campanya de màrqueting i activitats dinamitzadores
per la nostra banda i del compromís de la societat i la família davant del
llibre”, assegura Pilar Gallego,
presidenta de CEGAL i del Gremi de Llibreters de Madrid. Una prova més de la
caiguda del consum de béns culturals a Espanya, que en sis anys ha baixat un
27%.
El mapa de les llibreries està esquerdat. L'estudi recull les dades fins a
l'agost del 2014 i només inclou les llibreries independents, aquelles en el seu
sentit més clàssic, junt amb establiments que encara que ofereixin altres
serveis la seva facturació de llibres és superior al 50%. Amb aquestes
característiques hi ha 3.650 locals, 686 menys que el 2013 (que eren 4.336).
“És una trista notícia per a un país que es tanquin tantes llibreries perquè
n'hi ha moltes amb tradició, espais que han ajudat a millorar la societat”,
afirma Gallego. Però la situació també mostra una cara positiva, “la de gent
que, malgrat tot, creu en els llibres i s'arrisca a obrir llibreries, encara
que siguin petites, especialment a Madrid, Barcelona i València”.
Aquest relleu generacional fa que el 20% del total d'aquests establiments
(728) hagin estat fundats en aquest segle XXI. A Barcelona, d'obertura recent
hi ha la Calders, La impossible o No llegiu, les dues últimes amb noms que denoten que són d'un altre
segle. De les llibreries antigues, de les del 1940 cap enrere només en queden
103. Herois, bojos o insensats del llibre en un món de canvis vertiginosos que
empeny a la reconversió o liquida models de negoci a un ritme inesperat,
imprevisible. “Potser ens ha faltat ser un col·lectiu més solidari per
denunciar més alt i clar l'arribada o la intromissió de nous venedors de
llibres amb no gaire bones pràctiques que han tret una quota de mercat
important”, es lamenta la presidenta de CEGAL. Però recorda que les llibreries
s'han modernitzat en tots els aspectes a una gran velocitat davant dels canvis
d'hàbits, no només com a espais físics més atractius, sinó que també han
ampliat el concepte de llibreria en incorporar o habilitar racons per prendre
cafè i xerrar, fins a vendre productes limítrofs al llibre. "Tot i que es
veu insuficient".
A aquest mea culpa se suma la
reflexió de Juan Miguel Salvador,
que no descarta que, potser, ells com a llibreters van arribar una mica tard a
la tasca dinamitzadora per crear i conquistar lectors: “És possible que no
hàgim articulat un discurs convincent cap a la societat que vinculés el llibre
amb valors positius i moderns. D'associar-ho al seu imperible valor en el
desenvolupament i formació de l'individu i com a objecte primordial en el
progrés de la societat i no com un article de luxe". Mentre que la
tecnologia i els seus propagandistes, agrega, "han aconseguit vincular-se
amb conceptes com novetat, rapidesa, actualitat, etcètera". Salvador
lamenta que les qualitats del llibre no estiguin de moda: "Em refereixo a
l'atenció, la profunditat, l'obra acabada, el respecte i l'estima per la feina
ben feta, objectes per conservar i no d'un sol ús, etcètera, que responen a un
món més pausat i reflexiu". No obstant això, està convençut que per al món
que ve, "que haurà de ser respectuós amb límits nous i més severs i per
tant menys accelerat, el llibre potser està més ben adaptat que bona part de la
tecnologia actual.
Enmig d'aquest remolí de crisi, dades, causes i conseqüències, Pilar Gallego es pregunta quin ha estat
el paper dels mitjans de comunicació en aquest procés. Durant els últims anys,
diu, "els espais per a la cultura s'han reduït i això ha creat un buit en
la societat. La televisió, que és el més massiu, no ofereix res, els
telenotícies amb prou feines esmenten els llibres. La crisi ha fet que els
diaris retallin les seves pàgines llançant un mal missatge al lector. Molts
suplements especialitzats s'han tancat i els que queden han reduït pàgines i
han alleugerit el contingut. Han deixat de ser un punt de referència per a la
gent que abans venia a comprar un llibre amb el retall de diari a la mà. Això
s'està perdent a una gran velocitat”.
Els llibreters de tota la vida saben que són una de les baules més fràgils
de la cadena de valor del llibre. Més enllà dels espais físics, la prova és la
venda online: el 95% correspon a les
grans superfícies, llibreries i cadenes molt grans com Casa del Llibre i
operadors globals com Amazon. És a dir, que a les llibreries independents els
queda només el 5% de la quota de mercat virtual. Davant d'això van decidir unir
forces i van crear www.todostuslibros.com.
Reinvencions i fórmules que amb prou feines sostenen un dels sectors clau
al món del llibre, l'aportació del qual en els seus diferents sectors al
producte interior brut és del 0,7%, el que més aporta de la indústria cultural.
Per això esperen que quan el sector presenti al Govern espanyol el pla integral
de foment de la lectura arribin a un acord ràpid i la seva aplicació sigui
immediata, permanent i en contínua renovació, d'acord amb els temps analògics i
digitals”.
Xifres del declivi:
1.
A
Catalunya hi ha 430 llibreries independents i, a Espanya, 3.650.
2.
Hi ha
5,7 llibreries per cada 100.000 habitants a Catalunya i 7,8 a Espanya.
3.
Galícia,
amb 14,4, és la comunitat autònoma amb més llibreries per cada 100.000
persones. La segueixen La Rioja (11,9) i Canàries (11).
4.
La
Comunitat de Madrid, amb un 17,1%, és la que més llibreries té sobre el total
d'Espanya. La segueixen Andalusia (12,1%) i Catalunya (11,8%).
5.
Per
anys de fundació, d'abans del 1940 només queden 103 llibreries a tot Espanya.
Des del 2000 se n'han creat 728 (20% del total avui).
6.
Les
principals activitats dinamitzadores de les llibreries per atreure compradors
són: presentacions (31,1%), conta-contes (18,9%), conferències (15,6%),
publicació de catàlegs (10,9%), animació de la lectura (12,8%) i altres
activitats (24,1%).
7.
La
tipologia és: especialitzades (27,6%), general amb especialització (9,25%),
general de fons (27,9%) i general de proximitat (35,4%).
8.
Per
facturació: només l'1% de les llibreries facturen més d'un milió i mig d'euros.
Entre 600.000 i 1,5 milions, el 4,7%. Entre 300.000 i 600.000, el 9,8%. Entre
150.000 i 300.000, el 17,7%. Entre 90.000 i 150.000, el 14,8%. Entre 30.000 i
90.000, el 28,6% i menys de 30.000, el 23,4%.
07/12/2019
el último día de terranova, 3
“La librería Terranova está en
“liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante
relación de términos amenazadores. No es una de aquellas librerías de los años
finales del franquismo, que se llamaban Rayuela, Macondo o Jarama porque tenían
dueños jóvenes, progresistas y entusiastas. Esta lo ha sido también, pero su
pedigrí era mucho más veterano y Manuel
Rivas cuenta que la fundaron en 1935 un grupo de amigos: Amaro Fontana,
galleguista y profesor de lenguas clásicas, ensayista certero y oculto, miembro
del venerable Seminario de Estudos Galegos, que se suicidó al final de una vida
de frustración y contumacia, y Comba, su tenacísima esposa, apasionada desde
niña por los libros; con ellos estuvo un marinero en tierra, Eliseo, que
siempre ocultó su condición homosexual y fantaseó sobre los viajes imaginarios
que le llevaban a pasear por La Habana Vieja con Lorca, Guillén (Nicolás), Langston
(Hughes) y Lezama (Lima), o a
conocer a Borges en Buenos Aires y a
María Zambrano y su hermana Araceli en Roma. El sucesor y heredero,
Vicenzo Fontana, ya en la sesentena, carga ese fardo esplendoroso al que suma
una dramática huella de la zarpa franquista: fue víctima de uno de los crónicos
episodios de poliomielitis, que el Gobierno español minimizó, y vivió años en
un pulmón de acero. Sobrevivió al tratamiento y fue un rebelde —hasta donde
pudo— en los años locos en que escribió letras de rock y la librería tuvo
incluso un confidente policial de plantilla. Ahora, Vicenzo, víctima del
rebrote de la enfermedad de su infancia, se enfrenta a algo peor que la
persecución ideológica: la especulación urbanística que tiene cercado a su
negocio y ha señalado su fin.
Nos hallamos ante una animada
rapsodia de la historia intelectual y moral de A Coruña, y de Galicia,
salpicada de historias picarescas, fantasiosas y alguna muy trágica: hay un
cura exclaustrado al que llaman Sibelius, un drogadicto imaginativo y rebelde, Dombodán,
otros perdularios de diversa condición, un perro que nunca ladra y un montón de
gatos, que quizá suplen la imagen de las alimañas sacrificadas a finales de los
cincuenta por estúpida orden gubernativa. De esos años, queda también la huella
de una mujer joven, Garúa, una argentina cuya “forma de andar era giratoria”.
Se parece —sueña Vicenzo— a Dita Parlo, el personaje de L’Atalante, la película mítica de Jean Vigo, pero también tiene mucho de la Maga de Julio Cortázar, arbitraria,
imprevisible, libre. Ella “anhela, implora realidad” aunque, en rigor, habita
la fantasía para evitarla: huyó de Argentina en los setenta pero volvió para
morir a manos de una policía que tiene contactos importantes con la española.
En el horizonte de Madrid estaba entonces la sombría inminencia del 23-F, y en
Buenos Aires, el sangriento episodio de las Malvinas y el naufragio de la
dictadura.
El último día de Terranova es un voto sentimental por haber podido
habitar aquel mundo, aunque fuera desde el puente de mando de aquella extraña
librería, poblada por sentimentales comprometidos e irresponsables que ven el
mundo a su manera, desde su “cámara estenopeica” (en rigor, tal cosa es la más
primitiva forma de cámara fotográfica — una caja oscura, que concentra los
rayos y una superficie en que reflejarse—). De esa vida vicaria se alimentan…
Y, por supuesto, de los libros que traen con riesgo y que venden y prestan, o
que les roban… Porque si esta novela es la elegía de una forma de vida —a
veces, demasiado tocada de sentimentalismo retrospectivo—, El último día de Terranova también es una denuncia del fin de una
forma de transmisión cultural, basada en la frágil solidez de los libros, la fe
de los lectores y la gloria de quienes los escribieron. Al hilo de estas
páginas, los libros brillan como fuegos de San Telmo en una navegación
peligrosa: alguien ha pedido que le traigan un ejemplar de Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus; una joven policía confiesa que robó en su juventud los Himnos a la noche; unos recuerdan los
bonitos libros de la Fabril Editora porteña, y otros, cómo llegaban de Coimbra
los ejemplares de A criaçâo do mondo,
de Miguel Torga, o celebran la (poco
verosímil) vecindad de la revista gallega Alfar
y la surrealista Minotaure. Pero
incluso la imprecisión cronológica añade calidez a este alegato… Otra novela de
Rivas, Los libros arden mal (2006),
fue la conmovedora epopeya de la muerte y supervivencia de la letra impresa en
tiempos bélicos; esta de ahora es el aviso de que también puede morir en la
guerra que le ha levantado la incultura galopante.”
José
Carlos Mainer
El
País
27/11/2015
06/12/2019
la poesía
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