12 de des. 2018

juan marsé, obra 4


La muchacha de las bragas de oro

Juan Marsé

Premio Planeta 1978

Primera edición,  1978


Luys Forest,  viejo escritor falangista, viudo y con un prestigio literario ya reducido a casi nada,  se dedica a escribir su memorias,  en las que retoca incesantemente su pasado para convertir hechos vulgares, desagradables o incómodos en lo que le parece más novelesco, poético u oportuno en la situación actual; a su lado, su sobrina Mariana -la muchacha de las bragas de oro,  que da un título a la novela- le acosa con una voz desgarrada y cínica que combate las fabulaciones mentirosas del escritor. Pero en este juego de rehacer interesadamente la verdad de su pasado va a darse una cascada de sorpresas que proporcionarán un final inesperado al libro.

Fragmento


Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que nadie le pregunte.

Cuando, después de mucho torturar el párrafo, Luys Forest lo dio finalmente por bueno,  advirtió que no llevaba agenda ni bolígrafo.  Prosiguió su paseo por la playa cojeando levemente, golpeando conchas con el bastón, tras el perro ansioso que husmeaba corrupciones. En la concavidad vertiginosa de las olas que avanzaban hasta desplomarse, giraban algas muertas y el último reflejo del poniente.

Dejó atrás el Sanatorio Marítimo, ruinoso y abandonado, y se internó en los pálidos mosaicos de una urbanización fantasma, una vasta obra paralizada.

Se diluían en su mente el estruendo del mar y el párrafo obsesivo. Después de todo, pensó, es un poco confuso. Sentía crecer aquel sentimiento espectral de su vida que le aquejaba desde hacía algún tiempo, la irrealidad del entorno y la provisionalidad de las cosas, incluida la curiosidad que su retorno había despertado en el pueblo, y que removía una memoria amarga, fermentada retrospectivamente por el rumor y la maledicencia. Llevaba cuatro meses trabajando en la versión definitiva de su autobiografía,  el segundo borrador de seiscientos folios —una orgía desenfrenada de tachaduras y serpenteantes enmiendas—, y parecía haberse propuesto vivir de manera que el mundo no pudiera hablar de él ni alcanzarle: no recibía visitas ni correspondencia ni cultivaba forma alguna de contacto con el pueblo,  a excepción de su diario paseo por la playa,  al atardecer,  precedido siempre por su perro y su memoria de arena.

Más allá de las dunas erizadas de rastrojos,  cerca de la orilla,  vio a un joven con boina que fumaba echado entre dos maltrechas maletas,  la cabeza recostada en un macuto gris. Frente a él,  una muchacha de piel blanca se adentraba despacio en el mar,  pero no se hundía; emergía remontando un banco de arena. Los brazos en jarras, de espaldas,  agitó el pelo castaño escarolado y se quedó parada, el agua repentinamente encalmada y silenciosa alrededor de sus corvas de nieve.  Volvió la cabeza hacia su amigo y señaló el horizonte con el brazo extendido: Ibiza.

Forest reanudaba su caminata, la vista fija en la contera del bastón, pero algo, el chillido o la forma borrosa de un pájaro volando —era esa hora del crepúsculo en la que es difícil precisar si ciertas cosas se ven o se oyen—, atrajo de nuevo su atención sobre la chica, sobre las alas color miel desplegadas en sus nalgas,  un triángulo dorado que la última luz del ocaso,  replegándose,  ahora encendía.

Una hora después, de vuelta a casa y cuando abría la puerta vidriera, frente a la playa, se paró a observar a la misma joven que avanzaba muy decidida hasta él desde el muro del paseo,  descalza,  con las alpargatas y la pequeña portátil de escribir en una mano,  arrastrando con la otra una pesada maleta adornada con calcomanías y pegatinas. Era clara y esbelta, de largos ojos grises en medio de una perversa constelación de pecas. No la reconoció hasta tenerla muy cerca y oír su voz enredada en humo,  sujeta a un susurro soñoliento, casi inaudible. “


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