25 d’abr. 2022

grans llibres de viatges, 13

 

La vuelta al mundo de un novelista

Vicente Blasco Ibañez

1924


La vuelta al mundo de un novelista narra el viaje que emprendió en 1921 Vicente Blasco Ibáñez a bordo del buque Franconia y que le llevó a recorrer el mundo durante seis meses. En el inicio del libro, el autor debate consigo mismo la conveniencia o no de empezar ese viaje, expone las ventajas y desventajas de aventurarse en esa peligrosa empresa o aferrarse a una cómoda, rutinaria y lujosa vida en su mansión en Menton, en la Costa Azul francesa. Los argumentos en contra son rebatidos y la realización el viaje se convierte en algo inevitable. El Franconia zarpó de Nueva York y Blasco Ibáñez logra hacer de este relato de viajes una ocasión inmejorable para conocer de la mano de un gran escritor, cómo se encontraba el mundo en los años 20. Vemos desfilar ante nuestros ojos la espléndida y fascinante variedad de unos paisajes de leyenda, algunos desaparecidos o irreconocibles por la acción homogeneizante del mundo globalizado que habitamos. En esta obra Vicente Blasco Ibáñez hace gala de su entrenada capacidad de observación y de la basta cultura acumulada durante toda su vida.

"El Franconia, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construido por la Compañía Cunard, va a hacer su primer viaje alrededor del mundo, y está amarrado modestamente en este patio, junto a otro buque de parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la mitad de la tierra. 

La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios con enormes salones, a cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados a un tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre; plataformas rodantes que suben o bajan por sus pendientes todos los paquetes de un incesante tráfico. Y a espaldas de estas construcciones interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios, aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para hacer tranquilamente sus operaciones de carga o de rejuvenecimiento. 

Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de comercio permanecen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como las bestias en los corrales de una granja. 

Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico, las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto a los costados del Franconia. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior para despedir a sus amigos que van a dar la vuelta al mundo, sacan repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear, bajo las ondulaciones del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque a los tres pisos del muro cercano. 

Me despido de los numerosos periodistas —en gran parte mujeres— que han venido a pedirme la última interviú sobre los más diversos e inesperados temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete a las postreras «instantáneas» en traje de viajero. 

La orquesta ha emprendido una serie ascendente de fox-trots y otras danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas parejas impacientes empiezan a bailar en las diversas cubiertas. Los sillones alineados en los paseos de a bordo guardan ramos de flores, enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si fuesen maletas. 

Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más, por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre. 

Cuando vi Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de rascacielos, edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades e ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias a su inteligencia, tales maravillas. 

Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa a su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos. "

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