25 d’ag. 2020

la vida ante sí: final

ilustración:
Manuele Fior

Entré en el café del señor Driss, que me hizo comer de gorra, y me senté delante del señor Hamil, que estaba cerca de la ventana, con su albornoz gris y blanco. Ya no veía nada, pero en cuanto le dije mi nombre tres veces enseguida se acordó de mí.
—Ah, mi pequeño Mohammed, sí, sí, lo recuerdo... Lo conozco muy bien... ¿Qué ha sido de él?
—Señor Hamil, soy yo.
—Ah, bueno, bueno, perdona. Como ya no veo...
— ¿Cómo está, señor Hamil?
—Ayer comí un buen cuscús y hoy me darán arroz con caldo. Todavía no sé lo que me darán para cenar y siento curiosidad.
Seguía con la mano encima del libro del señor Víctor Hugo y miraba a lo lejos, como buscando lo que iban a darle de cena.
—Señor Hamil, ¿se puede vivir sin alguien a quien querer?

ilustración:
Manuele Fior




—Yo quiero cuscús, mi pequeño Víctor, pero todos los días, no.
—No me ha entendido, señor Hamil. Cuando yo era pe­queño, me dijo que no se puede vivir sin amor.
Su cara se había iluminado desde dentro.
—Sí, sí, es verdad. Yo también quise a alguien cuando era joven. Sí, tienes razón, mi pequeño...
—Mohammed.  No soy Víctor.
—Sí,  mi pequeño Mohammed.  Cuando era joven quise a alguien, a una mujer. Se llamaba... —Pareció asombrarse—. No me acuerdo.
Me levanté y volví al sótano.


ilustración:
Manuele Fior




(…)

Cuando tiraron la puerta para ver de dónde venía aquello y me vieron tendido a su lado todos se pusieron a pedir socorro y a gritar: «¡Qué horror!». No se les había ocurrido gritar antes porque la vida no huele. Me llevaron en una ambulancia al sitio donde decía el papel que me encontraron en el bolsillo con un nombre y una dirección. Les llamaron porque ustedes tienen teléfono y pensaron que eran algo mío. Fue así como ustedes llegaron y me llevaron al campo sin ninguna obligación por mi parte. Creo que el señor Hamil tenía razón cuando todavía tenía su cabeza y decía que no se puede vivir sin alguien a quien querer, pero no les prometo nada. Ya veremos. Yo quería a la señora Rosa y voy a seguir viéndola. Pero me gustaría quedarme una temporada con ustedes, ya que sus hijos me lo piden. Fue la señora Nadine la que me enseñó cómo se puede hacer retroceder el mundo, y estoy muy interesado y lo deseo de todo corazón. El doctor Ramón hasta fue a buscar mi paraguas Árthur. Yo me hacía mala sangre porque nadie iba a quererlo por su valor sentimental, hay que amar.


La vida ante sí
Romain Gary (Émile Ajar)
Traducción:  Ana María de la Fuente
deBolsillo, 2008
páginas: 191-196


ilustración:
Manuele Fior





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